jueves, 19 de abril de 2012

Amantes de mis cuentos: Polos Opuestos

A mis padres

      Ramón y Adolfina han muerto en un corto espacio de tiempo. Llevaban cincuenta y tres años de casados.
      Él un emigrante español, arribó a Cuba, donde ella había nacido. Una mañana la vio y siguió sus pasos. Estos le llevaron a la Iglesia, lugar que él no pisaba. Ella: una cucaracha de sacristía.        
Ramón le pidió a la mujer de un paisano suyo, que también iba a misa y que siempre le decía: “cásate Ramón”, que se hiciera amiga de la catequista. Y obediente, al domingo siguiente, se sentó en el mismo banco donde estaba Adolfina y antes de comenzar el oficio le dijo:
       -Me gustaría ayudarla en la catequesis y llegar a ser su amiga.
       Sorprendida ésta contestó:
       -Será un placer.
       Salieron juntas y ¡qué casualidad! allí en la verja estaba Ramón al lado de su amigo, que tampoco iba a misa, pero que ese día fue a buscar a su mujer para ir a tomar el aperitivo y como la cosa más natural se hicieron las presentaciones.
       No había baile en el pueblo y sus alrededores a los que no fuera Ramón. Ella era un desastre bailando, se le enredaban los pies. Iba a pocos saraos. Cuando coincidían, él siempre bailaba con ella y ella nunca dejó de bailar con él. Ramón sentía pasión por el baile y para Adolfina era un absurdo. Para corroborar su teoría del absurdo, un día dejaron de bailar, se taparon los oídos y ella le preguntó qué parecían los bailarines. Ramón se carcajeaba viendo a sus amigos haciendo piruetas en un mundo de silencio, mientras ella como siempre sólo sonreía.
       Para Ramón todo el mundo era su amigo, Adolfina tenía contadas amistades. Y cuando ella decía que alguien no era de fiar, Ramón le reprochaba que juzgara a las personas tan a la ligera. Adolfina callaba, pero como casi siempre acertaba, Ramón riéndose decía que debido a sus ascendientes gallegos tenía algo de meiga.
       A él le entusiasmaba el teatro y la invitaba en numerosas ocasiones, ella siempre aceptó su invitación e iba acompañada de una amiga de su madre que le servía de chaperona. A él no le gustaba el cine, a ella sí. Él buscaba mil excusas para  ir a cualquier lugar, menos al cine y ella hacía como que comprendía la imposibilidad de ir.
       Un día del mes de enero mientras bailaban un danzón, Ramón le dijo:
       -No finalizará el año sin que nos casemos.
       Ella le miró y preguntó: ¿acaso somos novios? Él soltó una carcajada y no contestó.
      Llegaron las fiestas de mayo y Ramón bailó todos los días y con todas las chicas del pueblo. Adolfina no podía salir de casa, salvo a misa, porque guardaba luto por el marido de una tía lejana. En cuatro meses casi no se vieron.
      A primeros de septiembre la madre de Adolfina le preguntó qué relación tenía con Ramón. Amigos, contestó ella. Su madre mirándola fijamente preguntó ¿seguro?
       -Sí, respondió Adolfina.
       Entonces, no me explico, dijo pensativa su madre, si solo sois amigos ¿cómo es que nos ha pedido tu mano?
      Se casaron el 29 de diciembre de 1943 dos días antes de que venciera el plazo.



Publicado en: Cartílagos de tiburón
Edición: Taller de Escritura de Madrid
Madrid 2005




2 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho, y habiendo tenido el honor de conocerlos, era como si los estuviera viendo.
    Un abrazo.
    Manolo. Tu compadre

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    1. Muchas gracias por esas palabras que van más allá y llegan al corazón. Un abrazo de oso a los cuatro y a la vez. Marieta. Tu comadre

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