sábado, 14 de abril de 2012

Amantes de mis cuentos: Elogio a una hortaliza

Las cebollas: Auguste Renoir
Mi psicóloga me recomendó leer libros trágicos, ver películas tristes, dramas en el teatro, que frecuentara la compañía de personas desdichadas para que se disipara mi angustia a través de las lágrimas. Nada surtió efecto. No brotaban de mis ojos.
El allium cepa fue mi salvación. Se dice que es una de las primeras plantas cultivadas y que procede de Asia Central. Se dice que a los egipcios les hizo buen provecho y que más tarde griegos y romanos alimentaron a gladiadores y legionarios, con un mejunje parecido a lo que hoy se llama «salsa provenzal». Era su forma de obtener fuerza y musculatura como apreciamos en el cinematógrafo.
Dejando la historia a un lado, he de reconocer que disfruto cuando cada día, la coloco sobre una tabla de madera y voy haciéndola trocitos. Lloro a mares, me quita la tos, hace que me sienta genuinamente feliz. Con ella mis sentidos se alborotan. Su olor me llena, me arrastra hasta el infinito, cuando siento que se me hace la boca agua. 
También a través del oído he llegado a venerar este manjar, al leer en voz alta una de las más tristes canciones de cuna, canción de ausencia, de añoranza, de gran carga emocional.
Pero es a través de la vista cuando me ha llegado el éxtasis. El cuadro de Renoir. Su colorido, la fragmentación de su pincelada, la luz de la naturaleza, la voluptuosidad de su forma. Esta hortaliza, me llevó a las alturas y me sentí un alma gemela de este pintor excepcional, que fue capaz de descubrir la belleza, allí donde nadie, nunca antes la había visto.
Jamás pensé que a través de esta simple planta herbácea, mi amada cebolla, llegara a alcanzar tal estado de bienestar, tal sosiego, tal conocimiento de las artes, tal llantina.



© Marieta Alonso Más

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