sábado, 19 de mayo de 2012

Carmen Dorado Vedia: Amnesia

Soy cuentista por vocación. Desde pequeña empecé a mostrar interés por otros países, otras culturas, otras gentes, en definitiva por todo lo diferente. Allá donde mis pasos no me podían llevar lo hacía mi imaginación, y así transcurrió mi vida hasta que un día ingresé en los Talleres de Clara Obligado donde se me abrió todo un mundo de posibilidades.
Desde entonces aquello que he visto y conocido, y lo que me gustaría frecuentar y no puedo, lo imagino para luego plasmarlo en un papel.
Y así, entre recuerdos y sueños voy construyendo mis cuentos.

Amnesia
Cuentan que hace ya mucho tiempo, existió una aldea que se caracterizaba por dos peculiaridades, una que sus habitantes eran todos octogenarios, y la otra que habían perdido la memoria.
El pueblo, construido en la ladera de un monte con veinte casas dispuestas a lo largo de las dos únicas calles, era un lugar tranquilo, y como tal la vida de sus residentes transcurría de manera apacible entre el cultivo de pequeñas huertas, la cría de gallinas y alguna que otra cabra. Pero cuando llegaba el buen tiempo los vecinos, impulsados por una fuerza desconocida, se lanzaban a la calle, entonces se producía el caos. Los ancianos, sin memoria, se perdían y pasaban horas dando vueltas hasta que el azar o cualquier otra circunstancia les devolvía a los hogares.
Quiso el destino que, a principios del verano, de camino hacia un mitin pasara por allí un político local y al ver a tantos viejos dar vueltas sin parar, ora por una calle, ora por la otra, empezara a sospechar que se trataba de alguna forma de manifestación no autorizada. Mandó detener el coche y envió a su hombre de confianza para que se informase.
Éste al acercarse al grupo tan solo obtuvo saludos de cortesía y alguna que otra explicación incoherente, por lo que decidió regresar junto a su jefe.
-Excelencia no he sacado nada en claro, no me han sabido decir que hacían todos en la calle, y al preguntarles por qué no volvían a sus casas se han encogido de hombros y han continuado con su paseo.
-Malditos aldeanos, no me retrasaré por su culpa. Arranca el coche y vayámonos de aquí- masculló el político, mientras pensaba que si perdía un minuto más no llegaría a tiempo para comenzar su arenga.
-Ya me ocuparé del asunto cuando estemos en la ciudad- pensó mientras salían del pueblo.
Se dio la circunstancia que cerca de allí, al coronar la cima del monte descubriese a un grupo de soldados que tumbados en la cuneta, dormían a la sombra de un camión.
-¡A lo que hemos llegado!- le oyeron decir sus acompañantes. ¡Y pensar que en estos vagos hemos depositado nuestra defensa! Para un momento que he de hablar con el oficial al mando.
Entonces, en un alarde por demostrar su autoridad se dirigió al sargento de la compañía y le conminó a que enviase una patrulla para vigilar a los ancianos.
Así se hizo, y seis soldados fueron designados. Las órdenes eran muy precisas: “No interferir, no confraternizar, sólo observar e informar”.
Difícil fue cumplir la misión, pues los militares comenzaron a simpatizar con los ancianos, les ayudaban en las pequeñas tareas domésticas, comían y pernoctaban con ellos, y cuando se perdían eran acompañados de vuelta a casa, empresa complicada, pues como ninguno recordaba cual era su hogar, la mayoría de las veces eran conducidos erróneamente a otra vivienda.
Así transcurrió el verano, hasta que las primeras nubes del otoño dejaron paso a las fuertes lluvias, y los ancianos terminaron, por voluntad propia, recluidos en las casas ya fueran propias o ajenas.
A los soldados les fue a buscar un camión para trasladarles a otro lugar en el que precisaran de sus servicios. El oficial al mando, tal y como se le había ordenado, elaboró y envió el correspondiente informe, y así terminó su misión.
En cuando al escrito, fue archivado y jamás leído. Eran tiempos revueltos en el municipio y las cosas no estaban para ocuparse de una panda de viejos desmemoriados.
Durante algún tiempo el asunto permaneció en el olvido, en la aldea ninguno recordaba a los soldados, y en la ciudad nadie volvió a hablar del asunto hasta que, con el cambio de gobierno y la llegada de nuevos políticos, se descubrió en un cajón, un escrito inquietante.
En él se mencionaba, con precisión castrense, las peripecias de un destacamento militar que pasó el verano en un lugar de difícil localización. El cuaderno de bitácora, revelaba la cotidianeidad de la vida en el pueblo, y describía cronológicamente las actividades llevadas a cabo desde el alba hasta el anochecer.
El hecho intrigó a los nuevos gobernantes que decidieron enviar una expedición y evaluar las circunstancias.
El comité de sabios, que así se llamó, reunió a médicos, psicólogos y trabajadores sociales para que examinaran las especiales condiciones que se detallaban. Un mes tardaron en analizar los pormenores del pueblo y a sus habitantes a los que habían sometido a todo tipo de pruebas.
El gabinete de crisis creado para la ocasión, estudió todas ellas, y al no encontrar ninguna explicación lógica decidieron en un alarde de imaginación, más por justificar sus honorarios que por la presunta ayuda a los aldeanos, pintar cada casa de un color distinto, de esta manera cada habitante quedaría asociado a una tonalidad.
El gesto, en lugar de aliviar la situación, supuso un gasto extraordinario a las mermadas arcas municipales, tanto que llegó a la prensa.
Los gobernantes que desde hacía tiempo no contaban con el apoyo popular y viendo como la situación podía escapárseles de las manos, tomaron una drástica decisión, a partir de ese momento el lugar al que todos se referían como la aldea sin memoria, sería borrada de los mapas, y el informe causante de tanto desasosiego destruido.
Un gesto sencillo, pero inútil, porque aunque a ese gobierno le sucedieron otros muchos, y el caso de la aldea nunca más fue mencionado, siempre permaneció en la memoria de todos como una leyenda más, y los ancianos ajenos al interés que habían suscitado, seguían al llegar el buen tiempo con sus paseos, ora por una calle, ora por la otra, eso sí, cada casa del pueblo lució, desde entonces, un bonito color pastel, algo que agradó mucho a sus gentes.

Carmen Dorado Vedia
(Publicado en la página de los cuentos el 14 de abril de 2009)

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Amnesia por Carmen Dorado Vedia

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