domingo, 8 de julio de 2012

Carmen Dorado Vedia: El legado de los sueños

EL LEGADO DE LOS SUEÑOS

El pasado ha huido,
lo que esperas está ausente,
pero el presente es tuyo.

-Proverbio árabe-


En la séptima noche del séptimo mes del calendario lunar, después de que un resplandor iluminara cielo y tierra, siete ancianos, procedentes de las más prestigiosas escuelas de sabiduría, se reúnen para seguir la señal.
Doctos entre los sabios escrutan el cielo, consultan mapas, discuten la posición de las estrellas y, por primera vez, dejan atrás el recelo inicial provocado por años de enfrentamiento, e inician un viaje.
Acompañados de sus camellos, avanzan despacio y con dificultad a través de la arena, mientras la luna recorta su silueta y la proyecta sobre la planicie.
Cuando surge el sol e inicia su marcha hacia poniente, descansan bajo las palmeras de algún oasis perdido, hasta que de nuevo la oscuridad cubre de sombras el desierto, y con la visión de un hilo de luna, reanudan su camino en el que dejarán huellas escritas, con caracteres únicos, que el viento borrará más tarde.
En su búsqueda cruzan arenas rojas, montañas erosionadas, bajan por antiguos valles, cuando a lo lejos distinguen el contorno de una caravana de dromedarios que imaginan cargada de oro, incienso y mirra del sur de Arabia; sales y betún del Mar Muerto; sedas y piedras preciosas de China e India, que si Alá lo permite, se venderán en algún mercado. Los sabios sienten un pellizco en el alma al recordar con nostalgia los zocos con olor a jabón y azahar, los exquisitos manjares mezclados con araq, y el sonido de instrumentos ancestrales, mientras bellas mujeres interpretan sus danzas.

***

El maestro detiene por unos instantes su relato al advertir la expectación que ha despertado en los niños, que sentados a su alrededor permanecen muy callados, sonríe y continúa con la historia.

***

Durante la travesía la expedición lucha contra la arena, busca refugio al amparo de sus camellos, cubren el rostro con pañuelos y escuchan el sonido ensordecedor del aire, hasta que cesa la tormenta.
Antes de reanudar la marcha, borrados los caminos, suben a un Yebel, miran hacia el Este y descubren una ciudad, se adentran en ella, caminan por sus calles, pero es una ciudad muerta, un lugar misterioso donde el tiempo quedó detenido, aunque en el aire aún se escuchan rumores de conversación, murmullos de mercado y confesiones de enamorados. Sienten como los fantasmas rondan los muros de las casas, los baños públicos, las pequeñas iglesias y mezquitas... ¿Qué pasó? ¿Quizás sus habitantes iniciaron un viaje? Pero ¿Un viaje hacia dónde? Y en el silencio escuchan el eco de una flauta, al principio lejano, pero que poco a poco se hace más intenso, hasta oírlo con toda nitidez. Como un espejismo surgido del polvo ven a un hombre y antes de que el temor les haga retroceder y esconderse, le oyen decir -soy Aziz, hijo de Abdel Salam, de la tribu de Kamal, salí en busca de mi rebaño al ver como se acercaba la tormenta, y ahora me dirijo a la tienda de mi padre. Vengan al campamento, donde podrán lavarse y descansar.
Los ancianos abatidos aceptan la hospitalidad del joven, caminan tras él y  cuando llegan a la Jaima son recibidos por un beduino, que con la mano en el corazón les invita a pasar. 
Allí, entre aromas de té y dulces, los siete sabios dan gracias a Alá por volver a lugares conocidos y poder compartir charla y comida. Ya con el ánimo apaciguado describen la travesía y hablan de su ciencia. Los nómadas escuchan en silencio hasta que el más viejo de todos toma la palabra.
- Son muchas las caravanas que han visto nuestros ojos, muchas las historias que hemos oído contar; somos gentes sencillas que, con el paso de los años, hemos aprendido algunas cosas; no somos astrónomos, ni médicos y mucho menos magos; pero conocemos las estrellas, sabemos curar las heridas, e interpretamos los sueños. Por eso, desde hace tiempo esperábamos su llegada. Salgamos, pues he de mostrarles algo.
En el exterior el grupo camina hacia el Oeste bajo un cielo enrojecido, cuando de repente sienten como el calor se hace insoportable. Ante sus ojos se les muestra un lugar distinto, desconocido, formado por esqueletos metálicos de altas torres que escupen llamas al cielo, mientras un denso humo las corona. A sus pies, ven correr riachuelos de un líquido espeso, viscoso, negro, maloliente.
-                     Esta es la razón por la cual los hombres abandonaron las ciudades, cambiaron sus tradiciones y su historia milenaria por una riqueza efímera, pero aquí comenzará su propia destrucción, pues por su causa  lucharán por dominar la materia a la que han vendido su alma, y en su nombre matarán y mataremos sin escrúpulos -concluye proféticamente el pastor.

***

El maestro vuelve a detener su relato al ver la preocupación que ha provocado en los niños, e inmediatamente prosigue...

***

Los ancianos atónitos ante las palabras del hombre que les ha guiado hasta allí, miran hacia el horizonte, y comprenden que el tiempo que se les ha concedido llega a su fin, por lo que  deciden regresar sin demora. Pero antes quieren saber qué será de los hombres del desierto.
-                     Para nosotros es fácil- contesta el beduino, al mismo tiempo que con sus brazos inicia un gesto para abarcar toda la llanura. -Amamos la libertad, sólo nos sometemos al viento y al sol;  y llegado el día, que se avecina próximo, levantaremos las tiendas, cabalgaremos hacia el este y allí, donde encontremos un pozo que no esté seco, montaremos nuestro campamento, cuidaremos de los rebaños y seguiremos reuniéndonos bajo la luna para soñar la historia de nuestro pueblo.
Al volver al campamento para iniciar su viaje de vuelta, el grupo se detiene ante un corro de niños, que con piedras ha formado un planisferio. En el centro uno de ellos va nombrando las constelaciones.
-                     Es mi nieto Said -dice con orgullo el pastor- le gusta jugar con las estrellas y pese a su corta edad, puede nombrarlas a todas.
Los ancianos sorprendidos por los conocimientos del niño, proponen al abuelo que deje a éste acompañarles, petición que se les concede, pues todos en el poblado saben de las cualidades del pequeño. Así, acompañados por Said, los siete sabios comienzan a desandar su camino, mientras el abuelo, con la tristeza prendida en el corazón por la marcha de su nieto más amado, permanece a la entrada de la tienda hasta que el grupo se aleja y sus figuras se funden con el paisaje. ¡Que Alá les proteja y guíe!

***

El maestro al comprobar la distracción de los niños ante la llegada de la noche, decide concluir por hoy su relato, pero, cuando se disponen a salir, éstos le preguntan:
 -Yadd ¿Cómo termina el cuento?
Said, mira a cada uno de los siete chiquillos que sentados a su alrededor han permanecido muy atentos a la narración. Los conoce bien y sabe que no puede dejarlos sin respuesta.
-                     Este cuento no tiene fin. Es nuestra historia y continúa con cada uno de vosotros, pues habéis sido elegidos para que el legado milenario de nuestro pueblo perdure en vuestros hijos, y en los hijos de vuestros hijos y así, nunca se ignoren las fases de la luna, la dirección de los vientos, ni la ruta de las estrellas. Pero ahora salgamos todos al patio.
En el exterior todo está preparado. Los pequeños son colocados en las esteras con las que han cubierto el recinto. El maestro se sitúa en el centro frente al telescopio que horas antes ha instalado. Consulta sus libros, ajusta las lentes y ve a través de la lupa el comienzo del eclipse. Entonces uno a uno los niños son testigos de tan bella visión.
Said, apartado del grupo, mira al cielo y antes de que la oscuridad lo invada todo, busca entre las constelaciones, como muchas otras veces, siete estrellas. En ese momento recuerda a los sabios con los que emprendió su viaje, un viaje de conocimiento, un viaje sin fin, y postrado en señal de adoración, le oyen decir:
 ¡As Salamu Alaykum!



Carmen Dorado Vedia
Publicado en el libro “Jonás y las palabras difíciles”
Edición 2010




Licencia Creative Commons
El legado de los sueños por Carmen Dorado Vedia


3 comentarios:

  1. Muchas gracias Marieta, como siempre, por darme esta oportunidad.

    Un beso muy fuerte,

    Carmen Dorado

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    1. Gracias a tí por desear publicar tus preciosos cuentos en mi blog. Recuerda que siempre habrá un espacio para tí en él. Un abrazo. Marieta

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  2. Y tu siempre tendrás un espacio en mi... corazón.

    Carmen

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