lunes, 1 de abril de 2013

Amantes de mis cuentos: El infiel


Guillermo se sorprendía de sus nuevas ansias de vivir, ni siquiera de joven había tenido tanta actividad sexual. Por otra parte se le presentaban grandes oportunidades para solazarse y él no era hombre que desaprovechara las ocasiones. Además, era muy posesivo. No se desprendía de nada. Así fue coleccionando amigas como quien colecciona monedas.
Este trajín era solo de lunes a jueves. Los fines de semana los pasaba con su esposa yendo al teatro, al cine, a misa, a restaurantes caros, con sus amigos de siempre. Marido ejemplar nunca dio motivo de queja y como amante tampoco.
Lástima que un jueves por la tarde sufriera un infarto en un momento muy delicado. La amiga de turno con aquel cuerpo inerte encima, se puso nerviosa, no sabía qué hacer. Alcanzando con dificultad el teléfono de la mesa de noche pudo llamar a su despacho y la secretaria en un arranque de orgullo herido llamó a la esposa que, demostrando saber estar, se hizo cargo de la situación.
Llamó a un cerrajero. Abrió la puerta. Pagó y despidió al profesional. Traspasó el umbral de aquel nido de amor y con educación y tacto exquisito logró colocar el cadáver en posición respetable. La chica le dio las gracias con un fuerte abrazo y ella impertérrita le pidió que se vistiese.
Llamó a su chófer. Este colocó el brazo de su jefe sobre sus hombros, bajó por el ascensor, lo llevó al coche. La mujer esperaba con la puerta abierta, le pusieron el cinturón de seguridad y así fue llevado a su domicilio. Un médico certificó su muerte. Esquelas, velatorio, pésames, responso. Todo intachable. 
Al día siguiente tras el féretro caminaban despacio y con la mirada baja una treintena de mujeres vestidas de luto riguroso. A la cabeza “la mujer”. Detrás por orden de  antigüedad “las amigas”.

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