miércoles, 1 de enero de 2014

Amantes de mis cuentos: El campo y la ciudad







Mi mejor amiga se ha enamorado de un chico que veranea en nuestro pueblo. Es guapo a rabiar, según ella. Hemos salido a dar un paseo por la orilla del río. Ninguno de los dos se acuerda de que existo, por eso me he quedado rezagada, aparentando indiferencia.

Sobre una piedra al sol he visto a dos lagartijas con sus colas largas y sus cabezas chatas, el buche les subía y  bajaba. Primero una y luego la otra me las puse de pendientes. Es muy fácil. Se le aprieta con delicadeza las comisuras de la boca, no les queda más remedio que abrirla y entonces  acerco el lóbulo de las orejas y ellas se agarran para no caer. Moviendo la cabeza las hago oscilar.

Mi amiga se puso histérica al verme, no me lo explico porque, cuando estamos solas, ella también lo hace. Está celosa, se le nota, porque él ha prestado más atención a mis orejas que a ella. Delante de él pretende ser de asfalto cuando es más de campo que el cloquear de las gallinas.

El capitalino para hacerse el sabio, nos preguntó onomatopéyicamente hablando, lo que era más acertado llamar al cerdo, si cochino o guarro. Mi amiga dijo cochino. No sé cuándo ella habrá oído a un cerdo decir cochi, cochi, cochi. Si se pone atención el cerdo dice: guarr, guarr, guarr.

Hubo un momento de silencio que aprovechamos para mirar el paisaje. No pasó mucho tiempo sin que al enterado le escuchara decir, con ese aire de erudito con el que nos quiere apabullar que, las palomas zurean y las cigüeñas crotoran. Mi amiga se superó a sí misma diciendo con voz meliflua que estaba impresionada con sus conocimientos. Él sonreía con suficiencia.  Así que comencé a andar entonando, como quien reza el padrenuestro, que el pato, parpa; el jabalí, arrúa; la pantera, himpla; los grillos, estridulan; los asnos, rebuznan; el elefante, barrita.

Me di la vuelta al no obtener respuestas ni reproches y encontré que mi amiga, a la que no le gusta perder el tiempo, se había recostado muy sexy sobre una paca de heno. Les tiré las lagartijas y ni cuenta se dieron. Me marché.




© Marieta Alonso Más

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