sábado, 1 de febrero de 2014

Amantes de mis cuentos: En casa de mis abuelos





A mi papá y a mi mamá les gusta mucho viajar en avión. Por eso, unas veces, vamos a Moscú a ver a mis abuelos maternos, y otras a La Habana a visitar a mis abuelos paternos. Nosotros vivimos en Madrid.

A mí no me gustan los aviones, me gusta el parque, me gusta jugar con mis amigos. Cuando corro por el pasillo del avión, siempre tropiezo con las piernas de una mujer que se llama azafata y mi padre no me deja abrir la puerta para ir a la calle. Lo que hace es atarme a un asiento que él mismo dice que es incómodo. Protesta por la comida que le dan. Dice que es de plástico. Y el plástico no se come.

Una vez discutió con un señor de uniforme, escribió en un papel y nos fuimos a casa sin las maletas. Una semana después aparecieron pero según él, en bastante mal estado. Mi papá volvió a escribir y le pagaron. No es justo, porque cuando hay sopa para cenar, yo me quejo y no me dan propina. Y encima me la tengo que tomar.

Mi papá se lamenta de lo caro que son los viajes. Mi mamá no refunfuña por nada cuando vamos a Rusia pero, sí lo hace cuando vamos a Cuba.  Mi papá dice que es selectiva en sus protestas. Ella le dice que a su madre no hay quien la aguante. ¡Anda que a la tuya!,  le responde mi padre. 

Yo me lo paso muy bien con los cuatro abuelos. Hablan diferente pero no tengo problema porque unos hablan como mi papá y otros como mi mamá. Lo que sí me cansa es tener que dar tantos besos. Te levantas y te piden uno; tras la siesta, otro; a la hora de acostarte, otro; sin contar los que tienes que repartir entre medias. Con uno al día debería bastar. Han descubierto que doy abrazos de oso y me tienen aburrido.

En casa me dicen que tengo unas manos que parecen pies porque, todo juguete que cojo... se me cae, o lo tiro, o lo rompo. Lo hago para averiguar lo que hay dentro.

Me gustan mucho los coches pero, los míos los tengo rotos, es que no los hacen bien. Mis amigos no saben compartir y no me prestan los suyos.

Tengo prohibido jugar a la pelota dentro de casa pero a mis abuelos no les importa. Y claro, como me dejan, se rompen cosas y entonces las abuelas me regañan.

Un día, en Cuba, sin querer, tiré del mantel y cuando me di la vuelta los platos, las copas, los vasos de la tatarabuela estaban rotos. Al caer hicieron mucho ruido. Mi madre y mi abuela corrieron desde la cocina. Gritaron mi nombre. Me asusté. Mi abuela se cayó al suelo, dijeron que le había dado una sirimba, era el único recuerdo de su familia que le quedaba. Mi padre me azotó en el culo, sin decirme por qué, y me dolió tanto que comencé a llorar. Mi abuela volvió en sí, me miraba muy raro, llamaron al médico y la llevaron a su habitación. Se fue sin decirme nada. Yo lloraba, pataleaba y gritaba porque mi madre no dejaba de decir que yo era un niño muy malo. Mi padre me puso de rodillas de frente a la pared.


El único que me quiere es mi abuelo que vino hablar conmigo de hombre a hombre y me dijo que las mujeres se rodean de muchos cachivaches y que para preservar la paz en el hogar tenemos que aprender, desde temprano, que no debemos tocar sus cosas.

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