martes, 4 de febrero de 2014

Inés Vázquez: NOGALES


Tú sabes que yo soy parejo,
ya te lo dije una vez,
si yo no te causo penas,
no quiero que me las des.

(José Alfredo Jiménez, Alma de Acero)

-          ¿Y dice usted que quiere emociones? Pues véngase conmigo, que le voy a poner delante un nudo en la garganta de esos que le enfrían a uno la entrepierna, usted ya me entiende… Una de esas cosas que por mucho que uno tenga mundo y haya estado aquí y allá, se le agarra por dentro como una mala hierba,  se le prende en el alma… y ahí sí, ahí ya está usted jodido de por vida compañero… ¿Aún quiere verlo?
La boca desdentada de Simón, el enterrador de Nogales masticaba las palabras y las tragaba acompañadas de dos sorbos de mezcal. Sus ojos se hacían cada vez más pequeños, hasta quedar reducidos a dos ranuras de centavito de plata, brillantes y falsas.
-          Sáquese no más la espina y véngase conmigo, güero. Apenas y si le voy a cobrar…, si acaso el traguito de después, y será más por acompañarlo a usted que por propio vicio, figúrese lo que le tengo…
Los gruesos dedos se aferraban al mostrador metálico de la cantina, mientras su cuerpo se balanceaba hacia delante y hacia atrás como el de un muñeco sin centro de gravedad. Efectuaba el movimiento de forma intermitente, cual ejercicio de ballet, para dejarse caer finalmente con el torso sobre la barra, extendiendo sus peludos brazos hasta invadir los territorios vecinos.
-          Pinches güeros, son bien codos, y eso que están forraditos de billete…

El sombrero de cañizo aterrizó con sus alas sobre la mugrienta barra, anegada de pequeños charcos de tequila y cerveza. Los surcos de la acartonada cara absorbieron rápido toda humedad mientras su raída camisa acusó una nueva mancha, un lamparón deforme e irregular que se extendía veloz por su pecho.
-          Chingada madre, me regué la camisa…, y ya ven, para nada. Total ya no hay hombres.
Simón enderezó su retorcida anatomía y allá fue a sentarse a un rincón, botella vacía en mano. Primero, escudriñó el fondo del vidrio, encajando uno de sus achinados ojos en el cuello de la botella. Después, comprobando la absoluta ausencia de posibilidad alguna de seguir bebiendo, se cerró en banda cruzando brazos y piernas, para apoyar finalmente su cabeza y el humedecido sombrero contra el renegrido muro del tugurio.
-          Aquí estoy si me buscan.   Y si me buscan, me encuentran… - sentenció.
Durante algo más de una hora, los ronquidos guturales de Simón ambientaron el local. Se percibían de fondo, como una marea algo brava y persistente, pero alejada y desprovista de peligro.
Los güeros siguieron bebiendo. Sus maneras, complacientes y algo imberbes, al igual que sus caras, se fueron calentando al ritmo que se vaciaban las botellas. Bolitas verdes de billete rodaban por la barra, mientras Soledad se apuraba a pescarlas con sus largos dedos de cantinera avezada y discreta, toda ojos, cero lengua.
La cantina se fue vaciando. En las mesas del rincón, sólo los incondicionales del amanecer polveado, como habían bautizado a aquellos despertares siniestros, medio desnudos en la cuneta, rebozados de vómitos y orina, y con la incertidumbre del honor maltrecho y la certeza de la bolsa vacía.
Los güeros sabían de esas costumbres y procuraban cruzar al otro lado de Nogales en tiempo y modo, no sin antes culminar la juerga en un cuartucho de carretera, a escasos metros de la frontera, donde tres madres de familia completaban el salario familiar con servicios a la carta.
- Only ten dollars güero, por ser tú…, pa’que te regreses a los States bien contento.

De tanto en tanto Simón abría un ojo y sopesaba el punto en el que se encontraba la noche. Él no entraba en el paquete. Él andaba guardando muertos y eso le daba derecho a un extra de desfogue y a un plus de respeto.
-          ¿No ven que ya no quedan hombres? Nadie tira a Simón a la cuneta, nadie que quiera bien a los suyos y desee verlos bien tapaditos, con su tierra de mantillo todita rastrillada y extendida y sus flores bien padres. Y se me termina la noche y estos pinches güeros sin interés por el negocio.

Simón se incorporó con dificultad, encajándose el sombrero en su grasienta cabeza.
-          Ay, Soledad, ya no seas malita y dame tantito trago que me duelen los huesos de andar escondiendo lo que nadie quiere ver.
Los peludos brazos sobre las caderas lo hacían ver expectante y algo provocador. Soledad pidió permiso al patrón con los ojos antes de servirle más veneno. El patrón accedió y señaló al par de güeros con la mitad del meñique que le quedaba.
-          Y a esos también. A ver si se marchan pronto o me dan el gusto de empolvarlos de una chingada vez.
Los güeros agradecieron el trago extra. El más viejo levantó el vaso para hacer un brindis pero perdió el equilibrio y fue a empotrarse de bruces contra un viejo barril.
-          Viva la Revolución,- farfulló entre dientes- y estalló en carcajadas y toses profundas.
Cuando recuperó su lugar en la barra miró directamente a los ojos chinos de Simón.
-          Hoy no bien para amor, ¿qué eso que dices qué tienes?- Con el puño cerrado golpeó con fuerza su pecho y el de su amigo.- En pasado, nosotros marines,- y estalló nuevamente en sonoras risas,- quiero ver lo que tú tienes.
-          Hecho amigo.- Y Simón se llevó la mano al sombrero en señal de aprobación.
Soledad miró al patrón con ojos de preocupación, pero el patrón se encogió de hombros y se limitó a secar la barra con un trozo de mandil de cuadros.
-          Pendejadas de borrachos - masculló.
Simón les abrió la puerta. Afuera, la noche era negra y espesa como caldo de frijol. Algunos perros callejeros deambulaban por los caminos, ladrando al aire, espantándose de su propio eco y de su propia sombra.
-          Pinches canes. No más tragan. Donde esté el caballo…, eso sí es un animal decente y no estas piojeces- y amagó una patada al aire. - Me caminan derechito, ¿si? , no se me anden cruzando que ahora se viene lo bueno.
-          ¿Dónde vamos? – el güero más joven fumaba un cigarro de marihuana, largo y mal liado, una especie de espárrago deforme.
-          Pues sí que tienen ustedes vicios, no manches…- y torció el gesto casi halagado- Y después uno es la basura, la escoria tercermundista,… pero así es el negocio, chingada madre, el mundo al revés.
-          Mi amigo pregunta dónde vamos- la mano rubicunda del güero se posó firme en el hombro de Simón, deteniendo su paso por unos instantes.
-          Sáqueme la garra, amigo.- Los centavitos de plata refulgieron en la cara de Simón.-  ¿No querían emociones? Ya mero llegamos, ténganme paciencia.

Por espacio de diez minutos caminaron casi a tientas. Simón abría la comitiva sin rastro alguno de titubeo. La mano al cinto hacía suponer que cargaba plomo. El perfil de algunas casas a medio construir se recortaba contra el firmamento en aquellos lugares donde una luna inexistente pugnaba por brillar.
Los güeros caminaban como autómatas, tropezando con sus propios pies, avanzando a trompicones entre risas flojas y chupadas de cigarro.
Remontada una suave colina, un foco de luz les cegó bruscamente los ojos, acostumbrados ya a la oscuridad del camino. Una explanada de tierra revuelta, con montículos de arena y cruces de madera mal clavadas se extendió ante ellos.
-          Bonito paisaje – Simón torció la cabeza y les dedicó la mitad de una sonrisa.
-          Viejo loco- dijo el güero más joven, ahogando una risa mientras apuraba su corneta de marihuana.
-          Vénganse para acá, no se me hagan ahora los muy mirados. Les dije desde el principio que era cosa potente. Yo no me la gasto en pendejadas. ¿Son hombres o no más son ustedes unas pinches viejas?
-          What is this fucking place, man?- los güeros comenzaron a inquietarse.
-          Tal cual los entendiera, se están ustedes preguntando qué carajo les tengo preparado. La plata por delante, órale.
Los güeros escarbaron en sus bolsillos en busca de más bolitas de billete. Sus ojos oteaban el horizonte, contabilizando un sin fin de abultadas lomas coronadas de tierra revuelta.
-          Más, más, estírense güeros. Con esto que me dan no tenemos ni para empezar. Y ahora caminen, todo derechito que yo les indico. Dele güero, dele, que no se diga que son marines de comercial.
La pareja de hombres caminaba aturdida. La borrachera había empezado a despejarse al igual que la mórbida gracia del siniestro paisaje. Delante de un bulto de tierra, Simón los detuvo.
-          Vénganse para acá. Ustedes que son hombres civilizados, que viven allá en su primer mundo separaditos sólo por una frontera de alambre pero bien chingona, …oigan y qué manada de cuates que se asaron en la pinche alambrada, no manches… Ustedes, que ven el noticiero bien escandalizados vienen acá, del otro lado, a gozar sus porquerías,… sííí, no me ponga esos ojos güero, - Simón escarbaba el suelo con su bota puntiaguda- ya sé que se fumó toda esa marranada y que ni modo, son los ojos que tiene,… Ustedes chingan por diez cochinos dólares con nuestras mujeres,  y después les andan haciendo relajo, regateándoles a la mera hora de poner la plata sobre la cama. Y hasta eso ya les parece poca novedad, pues andan faltos de emociones dicen, …emociones…
Los güeros retrocedieron unos pasos y con las palmas en alto comenzaron a musitar:
-          Ok, tranquilo, keep the money, nos vamos, no hay problema.
-          No más véanlo;  a la mera hora y no son hombres. Les dije que era cosa fina, yo tengo que hacer mi discursito, no más para ambientar, no se acaloren.
 Simón había destapado ya medio agujero de tierra blanda con la bota. Debajo de su pie se abría un foso, una especie de cueva arenosa y húmeda que exhalaba un hediondo olor. Llevándose lentamente la mano al cinto les fue anunciando:
-          Y ahora van a acercarse hasta acá para cobrarse en emociones sus pinches billetes.
Los güeros con el terror escrito en la cara obedecieron el camino que les marcaba el revólver a modo de brújula. Una vez frente al foso descubrieron horrorizados cómo una inmensa torre de cuerpos sin vida cubría hasta el más pequeño resquicio. Todos güeros, todos atrapados como conejos a lo largo de una infinidad de noches sin luna al otro lado de la alambrada.
-          Yo soy hombre de palabra. Ya les dije que les iba a poner delante un nudo en la garganta de esos que le enfrían a uno la entrepierna, ya me entienden… Una de esas cosas que por mucho que uno tenga mundo y haya estado aquí y allá, se le agarra por dentro como una mala hierba para prenderle el alma… y ahí sí, ahí ya están jodidos de por vida compañeros…
Y Simón disparó su revolver de culata de madera con el gesto esforzado por la dureza del gatillo y la incipiente artrosis de sus dedos. Los güeros cayeron despacio, desplomándose como muñecos, con el asombro y la borrachera aún pintada en sus rostros, incrédulos ante la ridiculez de su propia muerte.
- Pinches güeros, caen como conejos.
La bota de Simón esparció veloz la tierra mientras sus deformes manos ajustaban el sombrero sobre su grasienta cabeza. 
- La neta, ya no hay hombres.





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