lunes, 1 de septiembre de 2014

Amantes de mis cuentos: El camino de cada cual

El Camino





A lo largo de la vida he vivido donde menos me podía imaginar.  

La casa de mis padres era tan mía que, pasado mucho tiempo siempre que regresaba a ella decía: “Voy a mi casa”. 

Un día marché tan lejos que fue imposible volver a ella, por eso la idealicé. Cerraba los ojos y cada habitación era un cúmulo de recuerdos. Cada rincón hablaba de mí. Las muñecas un tanto ajadas de tanto jugar, de tanto peinarlas. Los libros, premio de todas mis buenas acciones, de mis triunfos y también de algún fracaso que me hizo llorar. Soñaba con mi cama en la que por haberme hecho mayor ya no podían dormir conmigo, mamá ni papá, en las noches de pesadillas.

Cada casa la tengo tan dentro de mí que no hago distinciones entre aquellas que compré, aquella de alquiler, la pensión en la que estuve un año, la habitación con derecho a cocina en la que pasé unos meses, la cama que compartí por horas durante una semana, la litera en un albergue que utilicé tres días.

Cuando adquirí mi primera casa aquello representó un estado de tensión, proporcional al monto en que me había hipotecado. A veces me despertaba en la quietud de la noche temblando por haber soñado que perdía el trabajo y que el Director del Banco encogía los hombros, escenificando que no era su problema.

Fue inmensa la ilusión que sentí cuando crucé el umbral de mi propiedad. La llave la mantuve apretada en mi mano. Ya tenía un rincón donde guarecerme por las noches y los días de lluvia. Es un sentimiento casi infantil que se apodera de uno y hace decir: mi casa, mis llaves, mis cuatro paredes. La vi como un  palacio al estar sin muebles y eso que tenía cuarenta metros cuadrados.

Parecía luminosa aunque diera al norte y fuese un sótano. Parecía nueva aunque fuera de segunda mano, tuviera desconchados y necesitara una mano de pintura. Parecía confortable a pesar del grifo que goteaba, de los ratones, de las cucarachas, de las telarañas. Nada importaba, porque existía un mañana que aún no había utilizado para realizar todas estas tareas.

Fui en busca de una cama y un frigorífico, lo que hizo que durante quince días viviera a pan y leche porque los bolsillos estaban vacíos. Pasados unos meses comiendo en el suelo, oyendo los ladridos del perro del vecino e imaginando estar de jira en el campo, cobré la paga de Navidad. Salí corriendo al Rastro y allí adquirí una mesa camilla con cuatro sillas. Me cobraban por llevarlas a casa ¡ni hablar! Así que sin chistar hice tres viajes andando: el primero con dos sillas a cuestas, el segundo con las otras dos, el tercero con la mesa.

Todo lo coloqué en el lugar apropiado. ¡Oh, qué bonito! Di dos vuelta alrededor, me senté y me levanté varias veces de cada silla, para comprobar que no era un sueño. Me sentí arropada por unos muebles. Lástima, que el único mantel que tenía, regalo de unos amigos, fuera rectangular cuando la mesa era redonda.

Pasaron los años, me casé, llegó la prole, vendimos aquella casa y nos compramos una, sino mejor al menos más amplia. ¡Qué lujo el ascensor! Los chicos fueron desfilando y regresaron trayendo a los nietos. Es la casa, mi casa, en la que más años he vivido.

Hoy mis hijos me han traído a una Residencia. Me siento en la cama para probar el colchón, en la butaca para recostar la cabeza, reviso el cuarto de baño que está incorporado a la habitación. El comedor es inmenso pero lleno de viejos. Mi nieto me dice que son chavales a mi lado pues soy la mayor de todos. Este niño es un bocazas. Tengo un jardín para pasear. Eso me gusta. Bueno, pues aquí estoy. Doy el visto bueno. A mi marido no le hubiese gustado… era más quisquilloso que yo. Buscaré algún entretenimiento porque la vida me ha enseñado que hay que adaptarse a todo. Lo que importa es el camino.






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Gracias.


© Marieta Alonso Más

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