miércoles, 19 de noviembre de 2014

Liliana Delucchi: Nunca jamás

"La costurera"
Atribuida a Velázquez
Galería Nacional de Arte, Washinton, USA




Mi tía Florencia cosía al revés. Bueno, esa era una de las muchas cosas que distinguían a la hermana menor de mi madre; desde pequeña intuí que ella era diferente, no solo por sus comentarios entre dientes cuando mi abuela reunía a sus hijas a la sesión de costura los jueves por la tarde; su mirada tenía una especie de burla contenida que le asomaba entre las pestañas, mientras su boca permanecía cerrada.

Todas tenía nombre de ciudades, el de mi madre era Roma. Lo de mi abuela con las ciudades italianas creo que le vino por un Giancarlo que pasó una vez por el pueblo y le dejó pena en el alma y alegría en el cuerpo, aunque ese era un secreto de familia del que solo se hablaba cuando las discusiones subían de tono.

La tía Florencia nunca participaba de la sesión de reproches cuando las demás se desbocaban en montones de <<cuando tú fuiste>>, <<pero si fuiste tú quien se llevó el cuadro de la bisabuela>>, ella cosía y tarareaba bajito, después se ponía de pie y preparaba el té. Mientras sus hijas se atiborraban de pasteles, mi abuela iniciaba la hora de las lamentaciones, desde la pérdida de una posición que nunca tuvieron hasta la conjugación de todos los verbos condicionales, abriendo así la gran ventana a contingencias de una vida extravagante. Pero la verdad es que lo único maravilloso que había en ese salón era la imagen de mi tía contra el ventanal: el atardecer encendiendo su pelo rojo, el vestido blanco despegándose de sus piernas y apenas cubriendo el brazo izquierdo que se desmayaba a lo largo de su cuerpo, mientras el derecho subía como queriendo atrapar una mariposa.

Mi madre coleccionaba muñecas. Malolientes muñecas de porcelana con ojos estrábicos y pelo hirsuto. A mí me daban terror, pero ella insistía y las instalaba en mi habitación. Nunca se enteró de que antes de irme a dormir las metía en una bolsa y las mandaba al balcón.

A escondidas, mi tía me regalaba libros, los que más me gustaban eran los de piratas; cuando podíamos, las dos nos escapábamos al parque y nos disfrazábamos de bucaneros. Generalmente era Florencia la capitana, aunque a veces cambiábamos los papeles, se vestía de contramaestre y yo dirigía el barco. Como buenos corsarios, nuestra principal misión era robar, por tanto, aprovechábamos los largos soliloquios de las tertulianas para arramplar con cuanto podíamos de sus joyeros. Nuestro botín lo guardábamos en el desván, en una caja entre muchas otras que yo había bautizado como Nunca Jamás, porque era un lugar donde, como nunca había estado, jamás podías volver. Todo el mundo sabe que en la piratería es importante poseer un tesoro para enfrentar posibles infortunios.

Florencia tenía, entre sus múltiples funciones, la de proveer alimento a la casa, algo que las demás detestaban, pero a ella le encantaba, porque le permitía perderse durante horas por el mercado que instalaban todas las mañanas en las calles del pueblo; a veces dejaba que la acompañara, no había nada que me diera más seguridad que sentir mi mano dentro de la suya. En el mercado no robábamos, ni tampoco en la tienda de antigüedades de Pedro, un amigo de mi tía, donde pasábamos bastante tiempo.

Pedro tenía el pelo y las cejas oscuras y los ojos tan verdes que parecían aceitunas; al igual que Florencia, siempre canturreaba, y cada vez que por encima de sus gafas nos veía entrar al son de la campana de la puerta, sus olivas se extendían en señal de alegría. Le gustaba la cocina y preparaba la mejor brioche del mundo, de la que yo daba cuenta mientras ellos conversaban en voz baja, después iba a la parte trasera de la tienda, una pequeña habitación en la que Pedro guardaba sus más preciados tesoros: cajas de música con canciones de cuna de países remotos, les daba cuerda y me sentaba a escuchar. Así fue como aprendí esas nanas que me cantaba antes de dormir. El día que el amigo de mi tía se dio cuenta de que yo repetía palabras cuyo significado desconocía, decidió que debía aprender idiomas; me compró dos cuadernos, uno para inglés y otro para francés, y mientras Florencia hacía las compras, él me enseñaba a conjugar verbos. Así, poco a poco, empezamos a cambiar de lengua en las órdenes a nuestra tripulación, dependiendo de los mares que surcáramos. La tarde en que mi madre nos descubrió llamándonos mister, le dijo a su hermana que no perdiera tiempo conmigo, que de mi padre no solo había heredado los rizos oscuros sino también su escasa inteligencia. Fue entonces cuando Florencia desenvainó la rama que llevaba cruzada al cinturón y con una rápida estocada le cruzó la mejilla <<No la mereces>>, le gritó. Esas fueron las últimas palabras que le dirigió en el resto de su vida.

La luna se colaba por la ventana del desván, formando un gran corredor hasta la puerta la noche en que, habiendo esperado que todos estuvieran en la cama, subí para esconder mi último tesoro, un broche con perlas y brillantes que mi madre había dejado en un cajón, olvidándolo con todo lo que le recordara a su familia política. Descalza, subía uno a uno los escalones intentando que no crujieran, solo me faltaban dos cuando oí susurros provenientes del desván. Apreté el broche contra mi camisón, convencida de que los fantasmas de nuestros antepasados querían quitármelo, los de mi padre, claro, porque a los de mi madre les importaría un bledo. Pero era una pirata, y si no había tenido miedo de colarme en la habitación para hacerme con mi botín, menos lo iba a tener de esos seres que seguro me comprenderían.

No había nadie, ni fantasmas ni gatos, ni golondrinas asustadas. Desde la ventana entreabierta pude ver las largas piernas blancas de mi tía debajo de un nogal; el camisón subía y bajaba unos pechos que parecían lanzar tímidos lamentos. Las sombras de las ramas me impedían ver quién estaba con ella, sin embargo la luz de la luna iluminaba una sonrisa en la cara de Florencia.

Durante los días siguientes intenté descubrir algo diferente en la expresión de mi tía, pero ella seguía cumpliendo con las funciones que la familia le había asignado sin dejar esa mirada de burla contenida que la caracterizaba.

Se había levantado viendo la noche que, despertada por una pesadilla, acudí a la habitación de mi tía. Florencia estaba con el abrigo puesto y dos maletas al lado de la cama. Las ramas de los árboles filtraban un encaje de sombras sobre la biblioteca, el armario donde mi tía guardaba su ropa de invierno estaba cerrado, pero el que contenía la de verano tenía las puertas abiertas y estaba... vacío. Me quedé de pie, en la puerta, sin atinar a decir palabra, solo temblaba y me sorbía esas lágrimas que no dejaban de recorrer mis mejillas.

Florencia se dejó caer sobre el lecho, observándome. No había burla en sus ojos, solo una inmensa tristeza. No sé cuánto tiempo estuvimos mirándonos y llorando, hasta que dijo <<Ponte zapatos y un abrigo. Nos vamos>>. Atravesamos el jardín a oscuras y las calles hasta el pueblo apenas iluminadas por las estrellas. Florencia llevaba sus dos maletas y yo, escondida entre mi ropa, la caja de Nunca Jamás. Cuando Pedro nos vio llegar en medio de la noche, abrió los ojos en signo de interrogación.

-¿No querías una hija? -dijo Florencia-. Las dos o ninguna.

Así era mi tía.

No me dejó que le pusiera su nombre a mi primera hija, le pusimos Mary, por Mary Read, y a la segundo Ann, por Ann Bonny, las dos famosas piratas, pero ese es nuestro secreto, además, a nadie llaman la atención aquí, en Jamaica, unos nombres tan comunes.


© Liliana Delucchi




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