viernes, 25 de septiembre de 2015

Antonio Machado Ruiz: A orillas del Duero (Campos de Castilla)

Antonio Machado por Leandro Oroz (1925)


Mediaba el mes de julio. Era un hermoso día. 

Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía, 

buscando los recodos de sombra, lentamente. 

A trechos me paraba para enjugar mi frente 

y dar algún respiro al pecho jadeante; 

o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia 

adelante 

y hacia la mano diestra vencido y apoyado 

en un bastón, a guisa de pastoril cayado, 

trepaba por los cerros que habitan las rapaces 

aves de altura, hollando las hierbas montaraces 

de fuerte olor -romero, tomillo, salvia, espliego-. 

Sobre los agrios campos caía un sol de fuego. 

Un buitre de anchas alas con majestuoso vuelo 

cruzaba solitario el puro azul del cielo. 

Yo divisaba, lejos, un monte alto y agudo, 

y una redonda loma cual recamado escudo, 

y cárdenos alcores sobre la parda tierra 

-harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra-, 

las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero 

para formar la corva ballesta de un arquero 

en torno a Soria. -Soria es una barbacana, 

hacia Aragón, que tiene la torre castellana-. 

Veía el horizonte cerrado por colinas 

oscuras, coronadas de robles y de encinas; 

desnudos peñascales, algún humilde prado 

donde el merino pace y el toro, arrodillado 

sobre la hierba, rumia; las márgenes de río 

lucir sus verdes álamos al claro sol de estío, 

y, silenciosamente, lejanos pasajeros, 

¡tan diminutos! -carros, jinetes y arrieros-, 

cruzar el largo puente, y bajo las arcadas 

de piedra ensombrecerse las aguas plateadas 

del Duero.

El Duero cruza el corazón de roble 

de Iberia y de Castilla. 

¡Oh, tierra triste y noble, 

la de los altos llanos y yermos y roquedas, 

de campos sin arados, regatos ni arboledas; 

decrépitas ciudades, caminos sin mesones, 

y atónitos palurdos sin danzas ni canciones 

que aún van, abandonando el mortecino hogar, 

como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar! 

Castilla miserable, ayer dominadora, 

envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora. 


¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada 

recuerdas, cuando tuvo la fiebre de la espada? 

Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira; 

cambian la mar y el monte y el ojo que los mira. 

¿Pasó? Sobre sus campos aún el fantasma yerra 

de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra. 

La madre en otro tiempo fecunda en capitanes, 

madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes. 


Castilla no es aquella tan generosa un día, 

cuando Myo Cid Rodrigo el de Vivar volvía, 

ufano de su nueva fortuna, y su opulencia, 

a regalar a Alfonso los huertos de Valencia; 

o que, tras la aventura que acreditó sus bríos, 

pedía la conquista de los inmensos ríos 

indianos a la corte, la madre de soldados, 

guerreros y adalides que han de tornar, cargados 

de plata y oro, a España, en regios galeones, 

para la presa cuervos, para la lid leones. 

Filósofos nutridos de sopa de convento 

contemplan impasibles el amplio firmamento; 

y si les llega en sueños, como un rumor distante, 

clamor de mercaderes de muelles de Levante, 

no acudirán siquiera a preguntar: ¿qué pasa? 

Y ya la guerra ha abierto las puertas de su casa. 

Castilla miserable, ayer dominadora, 

envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora. 


El sol va declinando. De la ciudad lejana 

me llega un armonioso tañido de campana 

-ya irán a su rosario las enlutadas viejas-. 

De entre las peñas salen dos lindas comadrejas; 

me miran y se alejan, huyendo, y aparecen 

de nuevo, ¡tan curiosas!... Los campos se oscurecen. 

Hacia el camino blanco está el mesón abierto 

al campo ensombrecido y al pedregal desierto.




Ermita de San Saturio (Soria) A orillas del Duero 


Fuente: Grandes poetas. Antonio Machado. Poesía. Orbis-Fabbri

2 comentarios:

  1. Marieta, es placer que hayas recordado a uno de mis Maestros. Un placer volver a leerlo...
    Saludos poéticos.

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  2. Muchísimas gracias, Antonio. Tus comentarios me llenan de alegría.

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