jueves, 1 de octubre de 2015

Amantes de mis cuentos: Buena estrella



 Vivía sola en una casa enorme. En plena cordillera cantábrica. Su marido un día aciago no amaneció. Cuando esto sucedió, lloró sin aspavientos. Después del entierro los hijos marcharon y Josefa se enfrentó a la realidad, menos mal que tenía una gran fuerza interior porque en apariencia más menuda y frágil no podía ser.

Se levantaba de madrugada y ordeñaba las vacas, limpiaba los establos, daba de comer a los cerdos. Se hizo una experta partera. Las gallinas cuando entraba en el corral la seguían a todas partes y entre recoger los huevos, echarles agua, pienso y con el buen tiempo sembrar, escarbar, desbrozar, recoger los productos de su huerta tenía todo el tiempo ocupado. Nadie se explicaba cómo podía tener reluciente su casa y tan limpio y atendido todo lo demás. Y es que hay personas a las que les cunde el trabajo.

En verano los hijos venían a verla y ella les entregaba unos pequeños fajo de billetes. Mamá es mejor que nos envíes un giro, no debes tener dinero en casa. Pero esos adelantos no eran para ella y además el pueblo más cercano estaba a veinte kilómetros. Ya una vez en Francia, en la única ocasión que fue a visitarles se había topado con el progreso intentando entrar por una puerta giratoria y habían tenido que ayudarla para salir de ella.

Un perro pastor alemán, Buddy era su ayudante, su confidente, su amigo. Después de cenar se sentaba a leer en voz alta y Buddy no perdía detalle de lo que le contaba, según ella, ladraba cuando deseaba que repitiera algún párrafo.

Era sociable y amiga en el sentido, no de salir a pasear, sino de ayudar a los cinco vecinos. Un solterón llamado Gervasio le servía de gran ayuda. Cada día, muy temprano, venía en su carromato a recoger la leche y los productos que ella y los otros vecinos le entregaban para que él a su vez los llevase hasta el entronque donde un camión con el que habían concertado la venta le esperaba. Josefa a su vez prestaba su tractor para que los vecinos trabajasen sus tierras.

Una vez cada seis meses, Josefa iba al pueblo con Gervasio para comprar hilo, aguja, telas, todo lo que necesitaba y que la tierra y los animales no le daban.

Llevaba diez años en soledad cuando una madrugada después de ordeñar sus vacas entró en la pocilga para sus quehaceres y se encontró a la puerta un cajón de madera con un bulto dentro. Estaba todo tan oscuro que no supo qué podía ser. Se imaginó que algún vecino le había dejado algo para los cerdos, lo primero que hizo fue darles de comer a éstos y con el farol se recostó en un poyete para averiguar de qué se trataba.

Un bebé cubierto de trapos apareció entre sus manos, no lloraba, no se movía. Se desabrochó la chaqueta y la camisa, colocó al niño sobre su pecho, se abotonó y salió corriendo con el bebé hacia la casa, se sentó en una mecedora al lado de la chimenea intentando darle calor con su cuerpo, con su aliento y con sus manos. Poco a poco el bebé fue tomando color pero daba la impresión de que no respiraba, Josefa asustada le dio un buen azote en el culo que le hizo toser y llorar, ella siguió dándole palmadas hasta que soltó un buen berrido y salió del letargo en que estaba. En ese momento ella respiró más tranquila y el bebé comenzó hacerlo de forma acompasada.

Lo sacó del refugio que era su pecho pero el bebé hacía por volver donde había estado y ella se lo volvió a colocar en el mismo lugar. Tomó dos cinturones, uno se lo puso alrededor de su cintura sobre la chaqueta ahuecando ésta y el otro alrededor de su pecho abarcando al bebé. Esto le permitía tener las dos manos libres. Puso a hervir un poco de la leche que momentos antes había ordeñado y subió al sobrado en busca de un biberón y ropa de canastilla que tenía olvidada en un arcón.

Rebajó la leche con agua e intentó darle el biberón poco a poco. El bebé era tan glotón que fue visto y no visto. Así le devolvió todo encima cuando se lo colocó al hombro. Le dio otro poquito y al tomarlo más despacio le sentó mejor. Se le durmió en un santiamén. Lo puso sobre su cama. Sintió llegar a Gervasio que se ofreció a ir a buscar al médico. El hombre cargó con las lecheras y los huevos y se marchó.

El niño ya aseado y con la ropa limpia dormía tranquilamente. Le colocó en el centro de la cama y se fue a lavar lo que traía puesto. Lo revisó todo bien. Allí no había ningún indicio para saber de dónde podía venir. Tendió la ropa al sol para que blanqueara más. Desayunó y se sentó en el borde de la cama a contemplar aquella criatura. Movía las manitas, ella le acarició pasando su índice por la cara, los brazos y las manos. El bebé le agarró un dedo y ella sintió una emoción ya olvidada.

A media mañana regresó Gervasio con don Aquilino, el médico y don Eutiquio, el Juez de Paz. Josefa contó escuetamente lo ocurrido y el Juez de Paz tomó nota de todo mientras el médico atendía al niño. Don Aquilino desinfectó y colocó correctamente el cordón, tomó la temperatura y dijo que el niño estaba en perfectas condiciones. El pequeño seguía dormido como si con él no fuera la cosa. Don Eutiquio le preguntó a Josefa qué pensaba hacer y ella le preguntó ¿Qué se hace en estos casos? Bueno, hay que dar cuenta a las autoridades y si no te quedas con él irá a un orfanato. No creo que nadie le reclame. Si lo han abandonado en tu pocilga es que sabían que tú le encontrarías allí. Gervasio estrujando la gorra entre las manos comentó: Se sufre mucho en los orfanatos, yo lo sé muy bien. Y se preparó para marchar con el médico y el juez de paz. Don Eutiquio comentó que no tenía que dar una respuesta en ese momento. Al día siguiente podía enviarle recado y según lo que decidiera así se haría. Gervasio se acercó al niño y le besó en la cabeza.

Mientras comía se puso a pensar que tal vez debía llamar a sus hijos pero el teléfono más cercano estaba a veinte kilómetros. No era una buena idea. Además no necesitaba que nadie le dijese lo que tenía que hacer. Ella era incapaz de entregar al niño a un orfanato pero su aflicción nacía de pensar cómo se sentiría esa madre que tuvo que abandonar a su hijo recién nacido.

Trabajaba con la misma rapidez de siempre, en el pajar encontró un trozo de papel de estraza y con un lápiz que siempre llevaba en la oreja para llevar el control de lo que entregaba a Gervasio y con su mala letra escribió: Tengo a tu niño en casa. Ven hablar conmigo esta noche. Buscaremos una solución. Puso el papel en el mismo cajón donde habían dejado el niño.

Gervasio apareció al anochecer con un saco de patatas. Hubo que explicarle que faltaban muchos meses para que el niño pudiera comer patatas. Él no contestaba solo la miraba fijamente. ¿Tienes algo que decirme?

-         Nada.
Entonces ¿qué miras?

-         Nada. ¿Qué vas a hacer?

No contestó pero le invitó a cenar. Y allí seguía Gervasio cuando sonaron dos golpes en la puerta.

Una mujer joven bastante desaliñada y con golpes en su cara se presentó diciendo que había leído el mensaje. Josefa la hizo pasar y se sentaron en la mesa de la cocina. La mujer miraba de reojo al crío. Saludó a Gervasio. Mira hija, tus razones tendrás para haber abandonado a tu hijo y yo no soy quien para juzgarte. Lo que quiero es que me digas ¿Por qué a mí? Si no nos conocemos y tú no eres de por aquí.

Después de un rato en silencio dijo que ella era una buena persona y muy trabajadora. Llevo dos meses en el pueblo, se lo oí decir varias veces a este hombre cuando utilizaba mis servicios y le conté mi problema. Él me dijo dónde encontrarla. Y cuando se me presentó el parto aquí lo dejé. Estoy con un hombre con el que vamos de un pueblo a otro, mañana nos largamos. Tengo otros seis hijos y ninguno de él, cuando no bebe no es tan malo aunque siempre está borracho y nos maltrata a los chicos y a mí. Yo quería que éste al menos tuviera mejor estrella. A mi hombre le he dicho que el niño nació muerto. No le importó pero me pegó porque no trabajé anoche. A los otros les obliga a mendigar.

La mujer bajó cabeza y ojos. ¿Te gustaría cambiar de vida? La chica dijo que sí con la cabeza. Mira, hija, yo tengo muchos años y no creo que vea comulgar a tu hijo. Me dices que tu hombre es un borracho así que me imagino que esta noche beberá como siempre. Si no apareces no creo que sepa donde buscarte. Esto está muy apartado. Ahora te sientas y cenas que estás muy flaca y tienes que alimentarte para que des de mamar a tu hijo. Gervasio te llevará en el carromato hasta donde están los otros chicos y regresáis todos con él. El borracho estará durmiendo la mona y no se enterará que te largas para siempre. Venís a vivir conmigo hasta que la vida os vaya colocando a cada uno en su sitio. No me falles jovenzuela. Te doy una oportunidad de vivir decentemente así que aprovéchala.

Gervasio, tú y yo tenemos que hablar. Sabía que desde niño te faltaba un hervor, lo que no me imaginaba era lo de bocazas. No vas a cambiar. Así que mientras esperamos a que llegue la medianoche, para emprender lo que tenemos que hacer, subamos al sobrado a buscar catres y preparar camas para cada uno de los que vais a venir.

Y aquella casa en la que durante tanto años el silencio podía masticarse se volvió tan alegre y bulliciosa que Buddy echado en el suelo se ponía la dos patas en las orejas intentado acallar el ruido y preguntándose horrorizado ¿qué había sido de su vida anterior?

(C) Marieta Alonso Más

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