lunes, 5 de octubre de 2015

Ramón L. Fernández y Suárez: Memorias del Museo del Louvre

La muerte de Sardanápalo
Eugéne Delacroix
Museo del Louvre. Sala Delacroix


Ante el colosal despliegue de imaginación que plásticamente nos transmite la paleta orientalista de este autor decimonónico, me quedo sorprendido; más aún, petrificado, por el patético refinamiento que con fuerte dramatismo nos ofrece esta mítica recreación.

“La muerte de Sardanápalo”, presentada al público en el salón de 1827, acusa también la decadencia que tras trece años de restauración borbónica, se hacía patente en la llamada ciudad luz. No pasa el mensaje desapercibido para todos; más aún cuando se hace evidente su parentesco espiritual con  la obra de Lord Byron, romántico socavador de los restos insepultos del ancien régime.

El rey de Nínive, gobernador de Babilonia, decide no entregar a sus conquistadores el magnífico esplendor que le rodea. Nadie verá su cabeza en lo alto de una pica agujereada por los cuervos. Ningún forastero rozará sus carnes en los turgentes pechos de sus concubinas. Sus caballerías soberbias no serán obligadas a galopar en dirección desconocida por insolentes guerreros victoriosos.

La atmósfera que desprende esta espectacular composición me envuelve y me reclama desde las cálidas carnosidades que destacan sobre la opulencia de los rojos dominantes en la escena. Delicada y brutal sensualidad que se enriquece en los múltiples detalles cuidados con esmero. La posición jerarquizante del monarca, destacada por la albura de su ropa, determina la subordinación de todo cuanto le rodea. Hay voluntad incontestable desde su mirada que, no obstante, necesita un cierto distanciamiento del espectador  para apreciar imágenes producidas por yuxtaposición del colorido antes que por la delimitación lineal de las figuras. No es arte impresionista, no; pero destaca la atención sobre una técnica que despertará de su letargo al arte del divino Apeles durante la segunda mitad del propio siglo.

Soberbia, egoísmo, sensualidad a tope y espléndida riqueza refinada. Son éstas las notas dominantes que, provenientes de esta tela mural, nos hacen olvidar, de forma momentánea, el feroz sacrificio que impone toda tiranía a sus obligados servidores.





                                                                    © Ramón L. Fernández y Suárez.





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