martes, 17 de noviembre de 2015

Cristina Vázquez Salinero: Consejos a deshora

Ronda de noche. Rembrandt




Los tiempos que corrían eran revueltos. Los católicos estaban cercando la ciudad de Amberes, y toda la guardia estaba apostada en los lugares estratégicos de defensa. Pero como decía Hubertus Van der Loes el mal nunca duerme, y al no poder ir a luchar contra ellos, pues un accidente le había dejado el brazo izquierdo inerte, decidió que asumiría la defensa de las calles de malhechores y pillos.

Existía un gran secreto, casi un misterio en torno al accidente que le dejó inválido, las malas lenguas decían que se lo rompió a causa de una desafortunada caída desde una ventana, huyendo de un marido celoso, aunque él afirmaba que fue en un duelo contra el Duque de Antioquia por defender el honor de una dama. Fuese como fuese, el señor Van der Loes, no podía levantar el brazo ni para mesarse la barba.

Esa noche, henchido de amor patrio y responsabilidad de mantener su ciudad en orden, habló con su amigo Johannes Vrier, y acordaron reclutar a los hombres que estuvieran disponibles, muchos de ellos mayores para el servicio de las armas, para ejecutar su plan. Johannes Vrieer, siempre se sintió un militar frustrado, pues su familia, aunque noble, no muy próspera, le dedicó a la Iglesia, vocación a la que no se sentía llamado y gracias a un matrimonio por amor con una rica heredera, pudo abandonar la santa institución y dedicarse a administrar, con muy buen tino, las propiedades de su esposa. Pero siempre le había quedado la amargura de no haber podido llevar a cabo ninguna acción militar, pero sus circunstancias se lo impidieron, por lo que ahora, instigado por su amigo Hubertus, vieron ambos la oportunidad de organizar un pequeño ejercito, con banda de música, arcabuces y lanceros, convencidos de la importante misión que iban a cumplir. Lo único que exigieron a los participantes es que se vistieran con sus mejores galas, pues la apariencia de respetabilidad y valor era tan o más importante que la respetabilidad y el valor en sí mismos.

Cuando ya estaban engalanados y dispuestos a empezar su ronda de vigilancia, Johannes con una banda al pecho, que su mujer le hizo con un resto de cortinaje y Hubertus con el traje de gala de su presentación en la Corte, y el arcabuz, sujeto al brazo inerte con unas cuerdas poco visibles, se reunieron secretamente en un aposento alejado del centro, perteneciente a la fabrica de cervezas de la mujer de Johannes.

Cuando ambos amigos, comenzaron la arenga para enardecer a sus hombres en el cumplimiento del deber, se oyó una vocecita, bastante airada, en medio del fragor de armas y alboroto de hombres.

¿Ya estamos jugando otra vez a la guerra?, un silencio sepulcral se apoderó de la reunión y sin saber muy bien de dónde procedía, los hombres se sintieron incómodos, hasta que se fijaron en la pequeña figura de Bárbara. Todos miraron hacia otro lado, pues conocían a la elegante y casi enana cortesana, que les había divertido y dado buenos consejos para sus inversiones, pues ella había hecho una fortuna considerable, con su talento.

Volved a casa, deprisa, vuestras mujeres os buscan y la ciudad está empezando a arder.

No hay manos para apagar el incendio. Ya habrá otro momento para juegos.



© Cristina Vázquez Salinero

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