martes, 1 de diciembre de 2015

Amantes de mis cuentos: ¿Qué me dice?


Venezuela
Mi mujer es española y yo cubano. Por avatares de la vida hemos llegado a Venezuela. La verdad es que soy un tipo con suerte. Mi mujer es maravillosa porque me sigue allá donde voy. Y no es fácil. Soy enfermero de profesión y tengo un amigo, médico, que reside en Higuerote y me ha ofrecido trabajo en su clínica y alojamiento en su casa. ¡Qué más puedo pedir!
Esta mañana me levanté eufórico y dinámico para ir andando hasta el consultorio. Mi primer día de trabajo. Me dieron las directrices y como soy espabilado pensé que ya estaba todo dicho.
Entra el primer paciente:
-Buenos días.
-Buenos días. ¿Nombre, por favor?
-Bartolo Eurípides Carrasco Pérez
Busco la ficha, por Carrasco no está archivada, por Pérez tampoco. Hay un tal Bartolo hijo de Chicho. No, éste no es. Aquí está. En la letra E. Eurípides Carrasco. Le sonrío y le enseño la ficha. Afirma con la cabeza y me pregunta:
-¿Me volteo y me pelo el rabo?
Silencio. Con tono moderado le digo:
-Vamos a ser serios que yo vengo aquí a trabajar.
En ese momento entró mi amigo, le dio una palmada en la espalda al paciente y me explicó lo que intentaba decirme. Nada de doble sentido. Era que si se daba la vuelta y se descubría la nalga para que yo le inyectase. Lo peor de los cubanos es lo mal pensados que somos.
La mañana transcurrió con algún que otro mal entendido, pero pronto me acostumbré a preguntar el significado de las palabras. Sin problemas llegó la tarde, siento que casi hablo venezolano. Lo que no entiendo lo adivino.
Mi mujer vino a buscarme a la hora de salida. Mi amigo es soltero y ella ni corta ni perezosa se ha hecho dueña de la casa. Él, feliz de que le organicen la vivienda. Es muy buena persona porque si hubiese sido al contrario, no sé… no sé. A mí no me gusta que me toquen mis cosas.
El caso es que venía a buscarme con una lista para ir de compras. Avanzábamos despacio porque mi mujer llama alubia y yo frijoles a lo que ellos llaman caráotas. Tiene su intríngulis esto de que a un mismo producto se le llama de tantas maneras. Que mi mujer no sepa lo que es malanga, ¡ok!, en su aldea nunca la han comido, pero que yo a la malanga tenga que aprender a llamarla ocumo y a la papaya, lechosa, hace que se me trabe la lengua
Nos saludan por las calles. Se ha corrido la voz de que soy el nuevo enfermero y me parece que mi mujer está un poco celosa al comprobar lo popular que soy.
Entramos en la carnicería. Me llevo una sorpresa cuando me topo con Eurípides, que está detrás del mostrador y me echa una sonrisa de oreja a oreja. Le presento a mi mujer. Ella le pide un redondo, yo le aclaro que es carne mechada.
-¿Qué?
-Sí, mire-, le dice mi mujer en plan didáctico. Es un trozo de carne de vaca relativamente cilíndrica a la que se le pone un relleno y luego con un cordel se amarra.
-¡Ah! Usted lo que quiere es que yo le haga un muchacho.
-¡Será atrevido! Gustavo dile algo.
-Calma, mi amor. 
Eurípides se deshacía en disculpas. Al final se calmaron los ánimos y salimos con lo que habíamos ido a buscar.
Todas las tiendas estaban a mano. Así que compramos dos franelas, una ponchera, dos cobijas y un chinchorro. Cansados de aprender tantas palabrejas pero con el deber cumplido, nos paramos a tomar chicha, que es una bebida a base de arroz, leche condensada y canela. Dejamos los paquetes en el suelo.
Y en medio de nuestro ágape apareció un ladronzuelo de poca monta, rubio y de ojos claros, al que unos llamaron malandro y otros catire, con la intención de llevarse nuestras bolsas, cosa que no logró gracias al chichero, a Eurípides y a otros que se abalanzaron contra él. Con agilidad circense soltó los paquetes y salió volando como una flecha.
Invité a todos a beber cerveza, a saborear unas masas de puerco fritas, a mover el esqueleto. Y aceptaron hasta los que ni siquiera habían visto al ratero.


Esto de hablar el mismo idioma no siempre tiene ventajas. 



© Marieta Alonso Más

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