viernes, 29 de enero de 2016

Carolina Olivares: Lo que me inspiró Memorias de África

Imagen sacada de Google

Temeroso ante la nueva experiencia, ante el nuevo reto, aguardo tras el telón. Y mientras espero en silencio, junto a la soledad, en ese espacio llamado Backstage -que en ocasiones como esta, queda reservado para los perdedores como yo- fluye por los altavoces la melodía que me indica a mí, y al público que permanece expectante sentado en las butacas del magnífico teatro, que la función acaba de comenzar.

Desde la humillante postura que he adoptado, me pongo de pie para dejar de estar arrodillado. Entonces tomo plena conciencia del lamentable aspecto físico que tengo; un infinito deterioro me ha arrastrado hasta donde me encuentro; no me podré sostener por mucho tiempo.

La música está envolviéndome de tal manera, que hace –que por un instante- me olvide de mi mísera existencia. Y las notas invisibles que no puedo ver comienzan a acariciar la piel de mi quebrado cuerpo. Y como si estuvieran dándome un mágico baño espumoso, al tiempo que cierro mis ojos, siento que la espuma formada por las notas de la escala musical está elevándome.

No puedo explicar la sensación que me produce todo esto. Es extraña, como mis sentimientos. Y así, levitando, voy atravesando la gruesa tela de terciopelo; y entre bambalinas, abro de nuevas mis cansados ojos al mundo.

Ahora, en el escenario, estoy volando en un estado diferente al corporal: en un solo segundo he pasado de estar vivo a ser… simplemente etéreo.

Nadie parece darse cuenta de mi presencia, salvo la melodía que no cesa de sonar. Ella es la única que no me ignora, es la única que realmente está haciéndome compañía.

Entre bailarinas y bailarines que están escenificando lo que parece ser una romántica escena de amor me desplazo hasta estar situado frente al escenario. Y desde mi nueva posición, puedo contemplar mejor lo que están representando. Al instante mi mente conjuga a la perfección todo lo que estoy viendo y escuchando.

Dos personas maduras, de diferentes sexos, conversan -entre medias del cortejo amoroso- tranquilamente sentadas sobre la hierba. Al fondo, la sabana africana y una preciosa puesta de sol adelantan que el día concluye.

Los protagonistas, aproximándose lentamente el uno hacia el otro, sellan sus labios con un dulce y tierno beso. Y yo, siento –aun siendo ya incorpóreo- que me estoy estremeciendo.

         Sin poder controlarlo, mis ojos se inundan de lágrimas. Y éstas, caen sobre los espectadores, que, perplejos y mirando hacia el techo, no comprenden de donde vienen las diminutas gotas de agua salada que les está mojando el cabello.

No puedo evitar sentirme avergonzado. Ellos no son culpables de que yo sienta tanto dolor. Sólo deseo que mi pena, convertida en lágrimas, no les contagie con mi sufrimiento.

         Sé que la melodía está dando los últimos acordes. La he escuchado tantas y tantas veces… Y como presiento que la función está llegando a su fin, antes de que bajen el telón para siempre, regreso con los actores.

Muchos llegarán a ser grandes estrellas y, con el tiempo, tocarán el cielo de la fama; sin embargo, yo ya no formo parte de esta vida: yo pertenezco a otro cielo, muy distinto al que ansían todos ellos.

Sobre el escenario, las luces se han apagado; los artistas se han volatilizado y la música se está evaporando.

Y justo antes de que desaparezca del todo, finalmente me fundo con ella para terminar junto a las estrellas que son mi verdadero hogar: las que están eternamente poblando allá, en el firmamento.



© Carolina Olivares Rodríguez


Escrito por Carolina Olivares Rodríguez, mientras escuchaba la banda sonora de la película Memorias de África. (Todos los derechos reservados a la autora.)



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