martes, 1 de marzo de 2016

Amantes de mis cuentos: Al filo de una palabra





Marimacho me llamaron las lenguas de doble filo cuando ayudé a reducir un gato con tenía rabia. En otro momento no me hubiera herido esa palabra, pero allí estaba él, el hombre que me atraía más que ningún otro.

Nunca reparó en mí hasta que oyó lo que me llamaron y desde entonces me dedica una sonrisa burlona cargada de interrogantes. Me gustaría que él me viese vestida de mujer con zapatos y medias finas.

Desde que han brotado en mí esos sentimientos tengo un afán casi obsesivo por tener la casa limpia, ordenada, hasta la encalé sin ayuda de nadie. Mi padre me mira fijamente y mueve la cabeza. Hace una semana le pedí que el día de la matanza uno de mis hermanos me reemplazara a la hora de sajar al cerdo. Me contestó que no tenía por qué cambiar la norma, ¿para qué? ¿A cuento de qué venía ese cambio?, que las costumbres eran casi como leyes o es que yo no lo sabía. La verdad es que siempre lo he matado yo, mis hermanos son muy remilgados para eso.

El día de la matanza, él se presentó en casa junto con los demás vecinos. Nadie reparó en mi pelo recién lavado, recogido en una coleta, ni en la lechera con flores que había colocado sobre la mesa.

Y comenzó la jornada.

Para mí liquidar al marrano era cosa de poco. Estoy acostumbrada a que cuando hay que hacer algo se hace. Precisión. Rapidez. En un momento dado pude ver como él se iba hacia los matorrales con una chica del pueblo. Un poco más tarde reapareció con ella a su lado. Me traían un cubo lleno de agua. Se reían y me miraban. Me di la vuelta. Llegaron ante la mesa, sentía su mirada fija en mi espalda cuando le oí preguntar con sorna:

-          ¿Marimacho?

Despacio fui girando con el cuchillo en la mano. Precisión. Rapidez. Y con horror comprobé que él, con la mano libre, se tocaba el corazón.




© Marieta Alonso Más

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