martes, 31 de mayo de 2016

Cristina Vázquez Salinero: Labores

En la Galería
John Singer Sargent




El orden y la moralidad fueron las premisas fundamentales en la vida de James, además del respeto por sus semejantes y la contemplación de la Naturaleza. Era descendiente de  un conocido pastor anglicano que llegó en el Mayflower, hecho muy valorado por la familia y repetido generación tras generación, así como unos giros lingüísticos, que aunque quedaron anticuados con el paso del tiempo, transmitieron como una señal que reconocían entre parientes lejanos. 

Sus antepasados habían partido de su Inglaterra natal por ardor religioso, para purificarse  de los males que aquejaban a la Iglesia Anglicana,  y el primero que descendió en el nuevo continente, fue el famoso  pastor de encendido verbo y vida ejemplar, deseoso de propagar su Fe en esas tierras. La devoción religiosa no impidió que hiciera una importante fortuna, pues con el trabajo se gana el cielo.

Pese a las convicciones en que  James se crió, nunca tuvo una sensación de plenitud en la lectura de la Biblia ni en los rezos colectivos. Aunque en los tenebrosos valles, el Señor le guiara con  mano firme, se asustaba.  Le reñían por contemplar extasiado las puestas de sol, el vuelo de las aves migratorias, o el perfil de una mujer que en la Iglesia le hacía perder el orden de los salmos.

Cuando llegó el momento de casarse,  sus padres consideraron oportuno el matrimonio con una prima tercera, devota, rica y de apariencia recatada, que reconocía los dichos familiares a la perfección. Él no conocía mujer y cayó entusiasmado en sus brazos, pese a que ella le obligaba a rezar antes de cumplir con el sagrado sacramento. Como eran jóvenes y se gustaron, los rezos quedaron en brevísimas jaculatorias, que eran más un código entre ellos para empezar sus quehaceres amorosas que una auténtica oración. Pero pasados algunos años, que no fructificaron en hijo alguno, James volvió a sentir la temida insatisfacción.

Las puestas de sol, el esplendor de los cerezos en primavera, el paulatino discurrir del río cercano a la casa que se había construido lejos del bullicio, pensando en criar ahí a sus hijos, se iba desvaneciendo como ilusión y realidad, y en lo que más se entretenía era en mirar a las mujeres, que terminaron por parecerle la más perfecta creación de la Naturaleza. Un día le dijo a su mujer que la amaba, pero que necesitaba tener alguna otra perfección en su vida; como el engaño no entraba en su código moral, estaba seguro de que en la casa, tan grande y desocupada, cabría otra mujer. Ella, con los ojos clavados  en el cielo, lloró, se sintió inservible, pero la entereza de él en asegurarle su devoción y la promesa de mantener siempre un orden, en el que ella sería  la primera, la convencieron. Era un hombre de palabra, y le parecía infame  seguir siendo anglicano y tener dos mujeres, por lo que resolvió hacerse  mormón, para estar en paz y orden con la carne y  el espíritu.

Ella estuvo asustada y triste, pese a sus continuas demostraciones de cariño, hasta que vio que la mujer que trajo, era amable, educada, no interfería en su relación y  cuando él se iba en ausencias más o menos largas, se acompañaban en las tareas de la casa y se entretenían  haciendo labores juntas.  Tampoco nació ningún hijo. 

En silencio y con benevolencia siguieron sus vidas, hasta que al cabo de unos años, volvió a surgir en James la terrible insatisfacción, su desaliento en la vida y como ellas ya le conocían y le amaban, le buscaron una mujer buena y sensata,  al gusto de ellas, que al fin y al cabo era el de él.

Las labores primorosas que legaron las tres mujeres, se expusieron durante un tiempo en la casa que se dejó, al no haber herederos, como museo representativo de la vida de una  típica familia americana, hasta que un terrible tornado la destruyó, casi un siglo  después de que hubieran muerto todos.


© Cristina Vázquez Salinero

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