miércoles, 1 de junio de 2016

Amantes de mis cuentos: Escrutinio vital

Giorgione: Retrato de una anciana
Galería de la Academia de Venecia 






Acabo de cumplir cien años. Ayer. Y hago constar que solo me quejo de un ligero dolor en las rodillas al caer la tarde. Me imagino que sea al estar todo el día trajinando, dando órdenes para que recojan la casa, el menú diario y echando maíz a las gallinas, que por cierto, hoy me he quedado pensativa por lo poco apasionadas que suelen ser estas aves.

Allí estaban pasando el rato, picoteando, chismeando con las congéneres y con esa actitud condescendiente que suelen tener al mirar al gallo que en todo su esplendor emitía su cloqueo de reclamo, ninguna hizo ademán de levantarse por lo que al final el de la cresta colorá tuvo que elegir a una de ellas, que lo recibió tranquila, con algo de desgana y se dejó hacer para al final sacudirse el plumaje como quien se quita el agua de una llovizna impertinente. Si los gallos no fueran tan soberbios, éste se hubiera alejado traumatizado, pero no, soltó un kikirikí, alertando al mundo de su proeza.

Ese detalle hizo que recordara a mi tercer marido, el pobre, de los seis con los que me casé, era el menos dotado y el que más alardeaba. No critico, no, si la primera que se juzga a sí misma, soy yo. Una tonta apasionada. No me explico cómo me pudo durar tanto la explosión hormonal de los años jóvenes, estuve setenta años en activo. Al cumplir los noventa me aplaqué y llevo una vida, en ese aspecto, bastante sosegada. Ni siquiera añoro aquel bienestar animal que me embargaba al término de la función. Y aquí estoy como si me fueran a dejar para semilla.

¡Oh, qué vista tan hermosa tengo ante mis ojos! Con las montañas a lo lejos, mis hijos trabajando los campos y el murmullo del cercano río. Me siento en la mecedora y hago repaso de mi vida. No me puedo quejar.

Mi primer marido era un don nadie como yo, en aquel entonces, jugador de lotería y cuando le tocó el Gordo de Navidad, no lo resistió. Heredé el premio y me compré esta finca para que los dos hijos que le di aprendieran del campo lo que la ciudad no les podía dar. Mi segundo esposo, el más trabajador de todos sacó tal rendimiento a estas tierras que pudo construir esta casa que de cómoda que es, no apetece salir de ella. En el plano familiar me hizo otros dos hijos. Murió encaramado en el tractor, de una insolación. Del tercero creo que ya les he hablado, se le iba la fuerza por la boca. Me sorprendió al pedirme el divorcio para casarse con su peluquero. A ese también le di otros dos hijos y eran de él, no se confundan. El cuarto muy simpático, casi me deja en bragas, no me quedó otro remedio que tomar una acertada decisión a pesar de haber tenido dos hijos con él, preparé unas croquetas, su plato preferido y se marchó al otro mundo, horrorizado. El quinto, ese sí que era un encanto, qué cabeza para los negocios, en poco tiempo enderezó el cortijo y me enseñó lo suficiente sobre las finanzas para llevar las riendas de mi economía. Otros dos hijos le di en pago de sus servicios. Murió de una indigestión de letras, literalmente, era amante de las sopas y como los fideos de tan delgaditos son monótonos, le sorprendí con esas pastas de letras y por formar palabras se le olvidaba comer y murió de inanición. ¡Ay, el sexto! También le di otros dos hijos. Lástima que me durase tan poco, era tan apasionado como el gallo que veo desde aquí que ha vuelto a las andadas. No ha dejado gallina que no recibiera su estocada.

En el fondo mi vida ha sido sistemática, todo lo bueno ha sido divisible por dos: seis maridos, doce hijos, cien años. Lo impar ha venido siempre rodeado de pérdidas, de sobresaltos. No sé qué me deparará el porvenir.



© Marieta Alonso Más

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