sábado, 25 de junio de 2016

Carolina Olivares: Salvaje y Tierno

Película Point Break. Disco de la B.S.O.
Foto de Carolina Olivares. Especie de sinopsis de ésta su película favorita.

Ansioso por llegar al destino que la vida me tenía reservado, me presenté -nunca mejor dicho- donde me habían destinado. Era buen tirador, por lo que estaba lo suficientemente preparado para entrar en combate, y el cuerpo a cuerpo, para nada me atemorizaba.

Ilusionado, así me sentía. Y la ilusión me desbordaba. Había nacido para ser Policía; sin embargo, nada más pisar el departamento en uno de los distritos de la ciudad de Los Ángeles que me habían asignado, alguien lograría que, desde el mismo instante que contabilizaba mi tiempo como agente, comenzara la cuenta atrás hacia del declive de lo que acababa, contradictoriamente, de iniciar.

Alaridos y voces fueron lo que me escupió, un ser superior, tras mi carta de presentación. Y aunque la ilusión no me abandonó, no fui consciente de que, aquel primer día, supondría gran impacto para mi subconsciente, el deseo de querer que llegara cuanto antes el último de mi carrera policial.

Como compañero infatigable de viaje me asignaron a un veterano. Se las sabía todas y era un verdadero experto en las tramas de la rama a la que estaba predestinado: la sección de Atracos.
Hacía meses que una banda formada por cuatro atracadores de bancos traía de cabeza al personal de mi departamento. Eran perfectos en sus acciones delictivas; era imposible detectarles.

La banda de delincuentes estaba conformada por cuatro; parecían varones; en sus acciones no dejaban huellas; no había rastros ni vestigios por lo que la tarea para descubrirles resultaría ser ardua complicada.

La única pista que tenían acerca de ellos era que, al momento de atracar la sucursal bancaria, iban caracterizados con las máscaras de cuatro ex presidentes norteamericanos. Por lo demás, el atraco era limpio: no había heridos y en menos de tres minutos lograban culminar, con éxito, el asalto al banco. Y aunque se hacían con un gran botín siempre respetaban la caja fuerte.

Aquella noche, al llegar a mi apartamento, la adrenalina hizo acto de presencia; y desde entonces, esa misma sensación no me abandonaría. Al contrario, cada día se intensificaba más y más en mi interior.

Las jornadas laborales, junto a mi compañero, fueron pasando. De él aprendí mil estrategias. Echábamos más horas que un reloj, tratando de buscar el modo de desmantelar a los misteriosos atracadores.

Un día, desde el departamento de Científica, atisbaron una ínfima luz: tras analizar un trozo de cabello de uno de los atracadores, resultó que, en ellos, detectaron pruebas procedentes de residuos marinos que sólo se dan en determinadas zonas costeras de playas californianas.

¿Y si los atracadores practicaban surf?

-¡Sí!-, exclamaría mi compañero.- Has de infiltrarte y hacerte pasar por uno de ellos.

-Venga, no me jodas.

-No, en serio. Son como clanes. Debes inmiscuirte en su mundo, en el mundo del surf. Y has de actuar del mismo modo que lo hacen ellos.

Cuando mi colega de profesión me propuso esto no di crédito. No me había metido en la Academia de Policía para codearme con chiflados melenudos que llevaban una vida salvaje. Mi corazón no se regía por esos parámetros de conducta: el romanticismo era lo que gobernaba en mi tierno corazón. Entonces ¿Cómo iba a poder enfrentarme a un mundo tan antagónico a lo que albergaba dentro de mi ser?

Paradigmas de la vida: lo que jamás pude imaginar es que aquello que no creí que fuera para mí, llegaría a convertirse, a la larga, en mi gran pasión: el surf movería al motor de mi alma.

Tras infiltrarme en el nuevo mundo, en el del surf, acontecieron en mi existencia dos situaciones con las que –para nada- contaba: de una parte me enamoré de una chica surfera, de otra, encontré a mi alma gemela en la antítesis de lo que, hasta ahora, había simbolizado mi trayectoria: el líder de la banda de los atracadores resultaría ser… Idéntico a mí.

Compartíamos tantas cosas. Éramos iguales. Pero cada uno de nosotros habíamos elegido caminos muy dispares.

Yo jugaba con ventaja, al menos al principio de la historia. Sin embargo cuando descubrió mi verdadero papel… Si anteriormente había tratado de llevarme al límite… Ahora trataría de llevarme con él al mismísimo Infierno.

Reconozco que eso me hacía sentir más vivo que nunca: estar al filo del abismo y vivir al límite de lo imposible. Francamente, me considero un tipo afortunado: no todas las personas tienen ocasión de poder experimentar las emociones que he podido experimentar yo de la mano de este surfero atracador.

Las cosas terminaron fatal: la banda de atracadores fue finalmente descubierta. Y el único que quedó ileso de la situación fue mi alma gemela: el surfero con el que entablé una relación especial de amistad.

Tras meses de continua v¡gilancia, parecía burlar eternamente todas las operaciones que se realizaban contra él; pero al final fue localizado.

Me correspondería a mí ponerle las esposas para detenerle. Sin embargo ni le detuve ni le esposé: a orillas de una playa australiana, se adentraría en un enfurecido mar en busca de lo que anhelada.

Mi alma gemela había nacido sólo para morir surcando la Ola Perfecta. Y el único motivo que le movía era cabalgar en esa Ola Mortal que le llevaría a lo que para él representaba la más absoluta de las felicidades: A La Muerte.

Y allí, en aquel instante, lancé mi placa de policía, sabiendo que nunca volvería a ejercer como tal.
  
En cuando al Amor, sigo enamorado de esa chica surfera -explosiva y salvaje como la que más- igual que el primer día. A ella debo agradecer el mero hecho de tener ganas de disfrutar de la vida.

No tenemos nada salvo nuestro Amor; y con eso simplemente nos conformamos. Y algo más: Somos Felices.




© Carolina Olivares

2 comentarios:

  1. ¡Un cuento maravilloso! Me encanta cómo está construido. Mantienes muy bien la intriga y el final resulta sorprendente. Carmen Romeo Pemán

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