viernes, 17 de junio de 2016

Paula de Vera García: La sinceridad es lo primero


Capítulo 18 del fanfic “Madmartigan y Sorsha: el antes y el después”, basado en personajes de la película “Willow” (1988, Lucasfilm)

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Apoyado en una de las columnas talladas del corredor que conducía a las dependencias palaciegas, Madmartigan contemplaba con aire distraído cómo sus soldados cambiaban de guardia sobre el portón de la ciudad. Aún sentía escalofríos al pensar que aquellas eran sus tropas, que él era el capitán de la guardia principal de Tir Asleen. Aunque no sabía si esa sensación se debía más a la importancia del cargo o al amargo recuerdo de cómo había conseguido el puesto.

En ese instante, unos pasos suaves a su derecha distrajeron sus pensamientos, haciendo que girase la cabeza ligeramente con curiosidad. Pero el movimiento se completó del todo y su expresión se tornó en una de absoluto aturdimiento en cuanto comprobó quién era la recién llegada.

Había cambiado desde que la había visto unas horas antes. Sus rebeldes rizos pelirrojos, en vez de recogidos, ahora caían prácticamente sueltos sobre sus hombros y brillaban bajo las antorchas como el fuego mismo que las consumía. Tan solo unos pocos mechones trenzados desde las sienes hasta la nuca añadían alguna decoración al peinado. Por otro lado, las ropas regias aunque casi militares de color oscuro con las que había llegado se veían ahora sustituidas por un sencillo vestido blanco con una capa a juego, sujeta mediante dos delicados broches dorados a los hombros de la prenda femenina en cuestión.

En cuanto sus miradas se cruzaron, Sorsha mostró media sonrisa a la vez que emitía un comedido “hola” en su dirección. Madmartigan se incorporó del todo al escuchar de nuevo su voz. El corazón le palpitaba a mil pulsaciones por minuto, pero procuró disimularlo por todos los medios bajo una fingida apariencia cautelosa.

–Hola… –replicó en el mismo tono–. ¿Qué haces aquí abajo?

Quizá había sido un poco brusco. “Por los dioses, Madmartigan. Un piropo, algo que le haga sentirse cómoda…”. Pero tenía que admitir que, después de la conversación en el campamento, algo dentro de él aún se retorcía de dolor al contemplar la posibilidad de ser amable con ella. “Sé agradable”, se obligó no obstante.

Sorsha agachó la cabeza al escuchar la pregunta, con la actitud clara de quien ha acusado el golpe, pero procuró disimularlo pasando un mechón de pelo por detrás de su oreja, cruzándose de brazos y apoyando su espalda contra el muro del palacio; cerca de él pero, a la vez, a una distancia no invasiva. Claro que entendía que pudiese estar molesto con ella. Al fin y al cabo, durante las últimas horas había actuado con él como una auténtica cretina cuando estaba claro que solo pretendía ayudarla.

–Mi padre se ha retirado ya y yo… Bueno, necesitaba que me diese el aire.

Era una verdad a medias, pero tampoco quería decirle claramente que había estado durante quince minutos dando vueltas por el castillo, como un pato mareado, mientras trataba de encontrarlo. Sin embargo, él pareció conforme con su respuesta.

–¿Cómo estás? –preguntó entonces, cauto.

Ella suspiró a la vez que mostraba lo que parecía media sonrisa cansada.

–Mejor, la verdad –reconoció–. Pensé que sería mucho peor. Aunque reencontrarme con mi padre después de tantos años –meneó la cabeza con cierta inseguridad– ha sido complicado. Eso es cierto –acto seguido, lo miró con intensidad; tanto que Madmartigan tuvo que contenerse para no acercase de dos zancadas y hacer una locura–. Gracias por acudir a rescatarme, por cierto.
El guerrero se humedeció los labios mientras apartaba ligeramente la vista para camuflar que se había ruborizado sin quererlo.

–De nada –repuso con voz enronquecida. No estaba seguro de lo que podía o debía decir, pero al final consiguió resumirlo en una frase escueta–. No podía dejar que te ocurriese nada –para su alivio Sorsha sonrió al escucharlo, evidentemente agradecida, pero no dijo más. Momento que aprovechó Madmartigan para dejarle caer algo que llevaba esperando a verbalizar desde que había aparecido–. Estás preciosa… Por cierto.

Ahí llegó el turno de enrojecer para la muchacha.

–Algo parecido me dijiste cuando nos conocimos, ¿recuerdas?

Madmartigan mostró media sonrisa maliciosa.

–Sí –replicó en tono mordaz–. Hilda se acuerda perfectamente.

Touché. Sorsha se mordió el labio con culpabilidad al tiempo que enrojecía más y más por momentos; algo que consiguió camuflar a medias apartando el rostro de la luz que proyectaba la antorcha más cercana, y quedando así en penumbra.

–Siento lo que te dije en el campamento –musitó en voz lo suficientemente alta para que él la escuchase, antes de obligarse a mirarlo de nuevo.

El guerrero había cambiado las ropas de viaje y la armadura por una reluciente camisa blanca y un jubón negro azulado de manga larga con el emblema de Tir Asleen bordado sobre el pectoral izquierdo. Su larga melena oscura lucía limpia y sedosa y se veía, como siempre, adornada por las dos pequeñas trenzas que caían por delante de sus orejas y la tira de cuero que recogía una parte del cabello sobre la nuca. La muchacha tenía que admitir estaba dolorosamente guapo aquella noche.

–No te preocupes –contestó él al cabo de unos segundos que a la princesa se le hicieron eternos –. Nockmaar es la ciudad en la que has vivido casi toda tu vida. No debe ser agradable que te obliguen a abandonarla por la fuerza.

Sorsha enarcó las cejas, claramente sorprendida.

–No pensé que me entenderías tanto… –admitió al cabo de unos segundos.

A lo que él replicó:

–¿Por qué crees que no insistí en que vinieses a Tir Asleen?

“Aunque me doliese en el alma”, quiso agregar, pero se contuvo. La princesa, por otra parte, abrió mucho los ojos a la vez que hacía un esfuerzo evidente por no quedarse boquiabierta. De hecho, en ese momento, sintió el impulso de lanzarse hacia delante, abrazarlo y fundir sus labios con los suyos, dejando libertad al fuego que la consumía por dentro. Y, aunque consiguió contenerse a tiempo, dio un par de pasos hacia él. Además, un recuerdo había cruzado por su mente en ese instante. Algo que necesitaba, no sabía bien por qué, confirmar o desmentir antes de hacer nada comprometedor.

–¿Puedo preguntarte algo, Madmartigan? –él la invitó a continuar con un gesto–. ¿De qué conocías a Eleion?

El guerrero apartó el rostro para tratar de evitar que Sorsha viese el ramalazo de temor y dolor mezclados a partes iguales que lo había atravesado, algo que logró solo a medias.

–¿Por qué quieres saberlo? –inquirió con voz ronca.

Sorsha se humedeció los labios, insegura, antes de responder.

–Cuando se presentó por primera vez en el castillo, te llamó Madmartigan de Galladoorn y además me dijo que no te tenía aprecio por diversos motivos. Sumado al hecho de que tus soldados no son muy buenos guardando secretos… –lo encaró directamente–. Dicen que lo retaste a duelo por mí. ¿Es… cierto?

Horas antes, al escucharlo de boca de un oficial a hurtadillas, le había parecido una locura, pero quizá era posible. Sin embargo, ahora la seriedad que reflejaba el rostro del guerrero daba casi miedo.

–Es cierto –le confirmó–. Y en cuanto a por qué le conozco… En fin –resopló–, no es algo que me guste recordar… –alzó la vista hacia ella con cautela–. ¿Qué más te contó?

“Ah, no. No va a ser tan fácil, he preguntado yo primero”, pensó ella antes de erguirse de brazos cruzados, en actitud decidida.

–No pienso decírtelo hasta conocer primero tu versión –declaró.

“Ay”, pensó entonces Madmartigan. “Después de esto no querrá volver a verme jamás”.

Pero tenía que hacerlo. Y lo sabía. Se lo debía si quería apostar por una relación con ella.

–Está bien –claudicó con cierta pesadumbre, sintiendo los nervios a flor de piel–. Te lo contaré.



© Paula de Vera García

Paula de Vera con uno de sus libros



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