domingo, 17 de julio de 2016

Paula de Vera García: Una vista perfecta



Primer capítulo del fanfic “Osmosis Jones: maldita Navidad” basado en personajes de la película “Osmosis Jones” (2001, Warner Bros).
HISTORIA EN DESARROLLO
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El golpe de la puerta de la taquilla al cerrarse sonó bastante menos de lo que el agente especial Osmosis Jones esperaba. Aquella Nochebuena le había vuelto a tocar patrullar en la boca, como llevaba haciendo casi tres años desde aquel incidente con la ostra en el estómago, eso no era nada nuevo. Pero esta vez, ocho meses después de haber acabado con Thrax, lo que casi le había costado la vida, su ascenso en el cuerpo le había permitido dedicarse a otro tipo de investigaciones.

Sin embargo, en una noche como aquella nadie era prescindible, o eso le había dicho el jefe antes de endilgarle la tarea de dirigir un comando de novatos que precisamente habían ido a graduarse de la academia de Policía para Leucocitos de Frank el día anterior. Que en el periodo navideño se necesitaban refuerzos no era ninguna novedad y menos si se tenía en cuenta el tipo de comida a ingerir: pavo, dulces, alcohol… Pero si a todo ese mejunje se sumaban esos malos hábitos higiénicos de Frank que ni siquiera el nuevo alcalde, Tom Colónico, había conseguido cambiar del todo, la Nochebuena volvía a plantearse como un reto solo a la altura de los más avezados. Y dirigir a una pandilla de niñatos que aún no había pasado la inocencia adolescente, en esas circunstancias, a Jones le parecía más un castigo que algo bueno.

Osmosis se frotó los ojos con cansancio. Por suerte para él, Frank se había ido a dormir la mona un par de horas antes, sobre las cinco de la mañana y, cuando por fin habían conseguido neutralizar a los dos últimos gérmenes, que se habían escondido entre dos muelas para hacer cosas muy poco agradables a la vista, el comando había podido volver al tercer precinto de linfonódulos, donde habían sido relevados por los guardias de tráfico digestivo. Ahora, ellos serían los encargados de derivar a cada nutriente en dirección a su destino. Lástima que la mayoría de ellos fuesen grasas de contrabando que algunas células de moral poco ortodoxa aprovechaban a canjear en los territorios adiposos del cuerpo por sustanciosas cantidades de dinero. Aquello lo único que conseguía era que más y más células se mudaran a aquellos rincones que los inmobiliarios llamaban “gangas en el bajo Frank”. Y Jones, que había crecido cerca de zonas similares, había aprendido que la palabra “higiene” en aquellos rincones era poco menos que un tabú.

–Colónico tendrá que retomar los planes de reordenación urbanística de la papada de Phlemming– rezongó de mal humor para sus adentros mientras se ponía la chaqueta, guardaba la placa y la pistola en su cinto y salía de la comisaria–. Las cosas no han mejorada nada desde hace ocho meses…– se lamentó acto seguido.

“Si tan solo pudiésemos…” ¿Qué? De inmediato, dejó caer los hombros, derrotado por algo más que el puro agotamiento. Porque estaba muy bien elucubrar pero, ¿qué iba a hacer un simple leucocito como él?

Al salir de la zona de vestuarios en dirección a la entrada de la comisaria, sus reflexiones se vieron interrumpidas de golpe cuando vio una aglomeración de compañeros gritando y obstruyendo la puerta del edificio, los agentes que ya habían terminado sus respectivas tareas y estaban listos para volver a sus hogares. Tímidamente y sin demasiadas ganas de jarana, Jones se aproximó al despacho de su jefe, pero estaba vacío. Probablemente se habría ido a pasar las fiestas con la parienta. “Con que nadie prescindible, ¿eh?”, reflexionó con acidez. “Ya lo veo”.

El alboroto persistía en la puerta y además, de vez en cuando se escuchaba algún silbido de admiración hacia lo que fuera que hubiese fuera. Osmosis se aproximó despacio y pidió paso bromeando como era su costumbre –un vicio que en ocasiones no podía evitar–, hasta que uno de sus compañeros le dio un codazo acompañado de una mueca pícara y lo obligó a mirar hacia fuera. Y el joven policía tuvo que hacer un esfuerzo para que la mandíbula no se le cayera hasta el suelo de la impresión.

Apoyada contra una reluciente motocicleta decorada en tonos violetas y con dos discos escarlata dibujados justo en la parte trasera, sobre la matrícula, se encontraba una visión que a ojos de Osmosis era poco menos que divina. Llevaba botas negras a juego con el traje de chaqueta y pantalón de color índigo, el cual estilizaba su cuerpo lo suficiente como para que por la cabeza del leucocito pasaran todo tipo de fantasías indecentes. La joven se apartó el flequillo de la cara mientras trataba de contener la risa ante la expresión bobalicona del agente Jones. Con media sonrisa, enmarcada en unos labios carnosos de color fucsia oscuro, se incorporó al verle y murmuró con coquetería:

 –Hola, Jones. Veo que te alegras de verme.

En ese momento Osmosis pareció volver a la realidad, mientras escuchaba las risitas de sus compañeros tras él. Tratando de ignorar amistosamente los comentarios que le dirigían algunos de ellos, del estilo “menuda chica te has buscado, Romeo” o “espero que se le dé bien…” acompañado de un gesto muy poco inocente, Osmosis Jones, héroe superviviente frente a la Muerte Roja, se acercó con aire seductor a la joven que lo había saludado.

–Leah…–-murmuró, aún sin poder evitar un deje sorprendido en su voz, mientras la miraba de arriba a abajo–. Estás… ¡Guau!

Sabía que quizá no había sido especialmente elocuente pero su expresión corporal, así como el movimiento de sus manos repitiendo en el aire la forma de su cuerpo debieron de hacer el resto, porque cuando ella aproximó su rostro al suyo hasta apenas encontrarse a un nanómetro de distancia, la joven célula sintió cómo todos los canales iónicos de su membrana despertaban. “Contrólate, tío”, se recomendó repetidamente. Aquella mujer lo volvía más loco que ninguna, pero no podía hacer una indecencia allí delante de todos sus compañeros.

–Digamos que ascender sienta bien –replicó ella enigmáticamente mientras paseaba dos dedos sobre el asiento de la motocicleta.
Ante lo cual, Osmosis olvidó todos sus anhelos físicos momentáneamente y su expresión volvió a reflejar la mayor sorpresa del mundo, acompañada por un brillo orgulloso en sus ojos.

–¿Qué…? ¿Qué dices, nena? –pero ante su asentimiento, no pudo evitar abrazarla y alzarla en vilo, dándole una vuelta en el aire–. ¡Oh, Leah! ¡Nena, eso es genial! ¡Sabía que lo conseguirías!
Ella soltó una risita a la vez que trataba de quitarle importancia con un encogimiento de hombros.

–Gracias, Ozzy. Lo cierto es que me lo acaban de decir hace unas horas –distraídamente, se apartó el flequillo de nuevo de los ojos-. Tom necesitaba una nueva portavoz y responsable de prensa y comunicaciones así que…

Dejó la frase en el aire, pero Jones no necesitaba que le dijese nada más. Con cariño, la abrazó con una enorme sonrisa. Lo cierto era que habían hablado de aquello hacía un tiempo, prácticamente cuando Tom Colónico había ganado las elecciones a la alcaldía de Frank. Después de la desastrosa derrota de Phlemming, cuya campaña Leah había abandonado después de que aquel hubiese dejado morir a su hospedador, literamente, la situación para ella se había vuelto muy complicada. Leah procedía de una familia trabajadora de glóbulos rojos, más o menos del mismo barrio que Osmosis, pero sumado al problema de la pobreza estaba que, debido a un problema genético ella pertenecía a una estirpe diferente a la de sus congéneres. Ella era una “falciforme”, un glóbulo rojo anómalo, de ahí el color de su citoplasma; lo cual no le había puesto las cosas fáciles ni durante su niñez, ni mucho menos durante el instituto.

Pero Leah no se dio por vencida en ningún momento: era la más estudiosa de su clase, la que más se aplicaba y la que menos pensaba en salir y hacer gamberradas. Cuando consiguió estudiar Política de Frank y entrar a trabajar para Phlemming cuatro años antes, pensó que por fin su vida empezaba a dar el giro que tanto anhelaba. Lástima que aquel hubiese terminado siendo un cafre de tomo y lomo. Suerte que sus ideas parecían coincidir con las del flamante nuevo alcalde de Frank, el cual había contactado con ella prácticamente al día siguiente de ganar para preguntarle si quería trabajar para él.

Justo cuando Osmosis se inclinaba para besarla intensamente, se oyeron una serie de silbidos procedentes de la puerta de la comisaría y los dos tortolitos se separaron, ligeramente azorados.

–Oye, Ozzy, ¿qué tal si vamos a un sitio más privado? –sugirió Leah pasando las manos alrededor del cuello de él–. No creo que este sea el mejor lugar para celebrarlo.

Ante lo cual, su interlocutor señaló con un gesto de la cabeza su reluciente coche aparcado a unos diez milímetros de distancia y sonrió igual que ella lo había hecho antes.

–Nena, tienes razón –admitió, rodeando sus hombros con un brazo y conduciéndola hacia allí–. 
De hecho, quiero enseñarte un sitio, si no te importa dejar la motocicleta aquí...

–No, claro que no –Leah enarcó una ceja curiosa–. ¿A dónde quieres llevarme?

Ante lo cual, el leucocito mostró una sonrisa enigmática y canturreó:

–Ya lo verás…



© Paula de Vera García




Paula de Vera con uno de sus libros







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