jueves, 1 de septiembre de 2016

Amantes de mis cuentos: Aires de grandeza


Heno





Era una mujer preciosa con sus ojos color violeta. Y no sé qué más se puede decir de ella. Algo agradable, se entiende. La conocí en un burdel.

Me cegó su belleza. Soy de esas personas bastante tozudas que piensan que lo que se dice una y otra vez al final se convierte en realidad.

Por eso me repetía:

−Me puede valer, paciencia.

Hablaba siempre en un tono distinguido. Se imaginaba que si miraba por encima del hombro sus maneras parecerían más ilustres. Claro que su padre era francés y su madre rusa. No sé cómo pudo llegar con ese pedigrí a este pueblo.

Toda su conversación versaba sobre los muchos viajes que había realizado. Para ella el mundo era un lugar hermoso que había que conocer. Los viajes, según ella, cultivaban la mente, se aprendía geografía y se eliminaban los prejuicios pueblerinos.

−Leer puede ser una alternativa− decía yo, pensando en lo caro que resultan los viajes.

No se dignaba contestarme. Carraspeaba y daba por hecho que tenía razón.

Era extremadamente sensible, sobre todo cuando la interrumpía, detestaba mi brusquedad. Yo me reía, para no tener que explicarle que para mí una persona sensible suele ser aquella que siempre le mete el dedo en la llaga a los demás.

−Eres un egoísta− me decía.

La besaba para limar asperezas. También pensando en lo que podría venir a continuación, que en el fondo era lo que me gustaba. Ella seguía con su perorata, enumerando lo que consideraba sus virtudes. Y yo, a lo mío.

Un día, en el momento cumbre, me dice:

−¡Qué visión tan trivial tienes del amor!

Ni con esas me desanimé. Su cuerpo era lo más importante en ese momento, así que no hice caso de sus palabras.

Otras veces parloteaba sobre la amistad, para ella era imprescindible tener amigos y saber cómo son, lo que piensan. Se enfadó cuando le solté que conocer a los amigos es lo más peligroso que existe.

Eso sí, me sorprendía, cuando lograba que entrara en acción y su cuerpo color de leche se ponía escarlata, cuando volaba hasta el cielo para luego bajar en forma de lluvia. Hay momentos en que una altanera y un paleto se acoplan de maravilla.

Le gustaba escucharse hablar. Era uno de sus mayores placeres. No dejaba de hacerlo ni siquiera cuando no le prestaba atención.

Soñaba con trajes de fiesta, zapatos de salón: Yo le preguntaba para qué le podían servir esos lujos, el pueblo se quedaba aislado la mayor parte del invierno. Lo que me hacía falta era que me ayudara a arar los campos, a guardar las pacas de heno, a cuidar de las ovejas.

−Amado mío −me decía como quien dicta sus memorias−, ¿cuándo te darás cuenta que no estoy hecha para esas labores?

Me convenció. Así que contraté a uno para que hiciera su trabajo.


Y una mañana me quedé sin jornalero y sin mujer.



© Marieta Alonso Más

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