viernes, 11 de noviembre de 2016

Socorro González- Sepúlveda Romeral: Hilando los recuerdos

Pueblo
Acrílico sobre papel
S. González-Sepúlveda Romeral


La cocina era el único lugar caliente de la casa, donde ninguna puerta ajustaba y el frío se colaba por las rendijas. La niña calentaba sus manos regordetas en la lumbre, mientras vigilaba los pucheros, que esparcían un olor apetitoso de comida hecha despacito. 

Despacito caminaba por el centro de la iglesia del pueblo, del brazo de su padre, hacía el altar, adornado con ramos de lilas, allí la esperaba su novio vestido de etiqueta, mientras avanzaba, su mente se distrajo con el olor a lilas y el recuerdo de sus primeros besos, que le sabían a palomitas de maíz. 

Las mazorcas de maíz colgaban del techo de la despensa, junto a los cestos de manzanas, ristras de ajos y guindillas, los tarros de manteca y de arrope, se alineaban en los estantes al lado de las especias, pimentón dulce y picante, azafrán, clavo y canela…Espolvoreó  la canela sobre las torrijas recién hechas, y llevó con orgullo la bandeja al comedor. Con sus postres, aquella chica que llegó del pueblo, se había metido en el bolsillo a todos  los huéspedes y a la dueña de la pensión de la calle del Limón. 

Un limonero, un granado  y un viejo peral, que aún florecía, crecían en el patio enjalbegado donde, con doce años, la niña cosía y bordaba, bordaba y soñaba con bonitos vestidos y zapatos de tacón alto, como los que lucían en las fiestas del pueblo las chicas que venían de Madrid. 

-Madrid está en el centro de España- señalaba Don Hilario con el puntero en el centro del mapa, y los niños se removían inquietos, para ver escritos sobre el cartón los nombres de lugares, para ellos desconocidos. -¡Silencio!– dijo Don Hilario. 

Guardó silencio, cuando la policía la interrogaba una y otra vez, sobre el estudiante, que había muerto de forma misteriosa en la pensión. Ella, que no entendía de política ni de propaganda subversiva, les llevó, sin quererlo, hasta la maleta repleta de documentos comprometedores, después sintió frío. 

El frío de la gran ciudad, golpeó con crudeza sus quince años, recién cumplidos, al llegar con su familia a Madrid. Le costó acostumbrarse a estar rodeada de mucha gente y sentirse sola, a la indiferencia de los que pasaban por su lado, siempre con prisas, sin verla ni saludarla. 

Saludar con el brazo en alto y frecuentar despachos del Ministerio, fue el precio que pagó por conseguir el estanco que regentaba. Cuando consiguió lo que deseaba supo, que nunca más volvería a ser feliz, que había traicionado su casa, su pueblo, a su viejo maestro, sus sueños mientras bordaba en el patio y las promesas del día de su boda. Supo que no volvería a ser la niña que se calentaba en la cocina y, entonces, lloró.




© Socorro González-Sepúlveda Romeral


No hay comentarios:

Publicar un comentario