lunes, 23 de enero de 2017

Brújulas y Espirales: Emmanuel Carrère "Una semana en la nieve"

Blog Literario de Francisco Martínez Bouzas


"UNA SEMANA EN LA NIEVE": EN LOS RECOVECOS DEL ALMA INFANTIL




Una semana en la nieve

Emmanuel Carrère

Traducción de Javier Albiñana

Editorial Anagrama, Barcelona, 2014, 163 páginas


   Emmanuel Carrère (París, 1957) es escritor, guionista y realizador de televisión. Tras varias novelas de pura ficción, se consagró como un extraordinario narrador acercándonos a la figura criminal de Jean-Claude Romand en su novela El adversario, a experiencias vitales de gran dureza –la certeza y la claridad de la vida frente a la brutalidad de la muerte- en De vidas ajenas, o al retrato de Rusia en los últimos setenta años a través del retrato simbólico y paródico de Limonov. Anagrama recupera en este inicio otoñal dos de sus novelas estrictamente ficcionales: El bigote y Una semana en la nieve el libro que comento y valoro en esta reseña.

   Una semana en la nieve no es lo último de Carrère. El original francés, La Classe de niege fue editado en 1995, y es la última obra antes de que Jean-Claude Romand, el “monstruo” de El adversario, aceptara entrevistarse con  el escritor y Carrère se consagrara de forma definitiva a retratar la realidad como en las ficciones, desarrollando ese estilo tan característico que le ha convertido en uno de los escritores más leídos de Francia y de buena parte del mundo. Una semana en la nieve es pues el último libro de un escritor de estilo cristalino, directo,  a veces mordaz, antes de que decidiera moverse fuera de la ficción.

   La novela narra una historia de abuso sexual de un niño, aunque no sólo eso, y fue por ello por lo que en su día recibió el Premio Fémina de 1995. Una obscura tragedia que se interna en las entretelas del alma infantil hasta llevar al protagonista al final de la inocencia. Nicolás, el protagonista, es un niño solitario y sobreprotegido. Sobre él, sobre sus miedos de infancia, construye Carrère una trama en la que, en sus comienzos y buena parte de su desarrollo, parece que nada ocurre, pero el autor logra mantenernos en una permanente expectativa. Una trama que paulatinamente se irá haciendo terriblemente desasosegante porque el lector, a medida que se interna en el desarrollo argumental, intuye que algo sombrío va a acontecer. Es la gran pesadilla que flota sobre una trama de la que tan solo revelaré algún dato.

   El protagonista, Nicolás,  es, como he dicho, un niño apocado que casi siempre está en la luna. Va a pasar con sus compañeros una semana en la nieve para iniciarse en el esquí. Su padre, tan hostil como sobreprotector, decide que su hijo no viajará en el autobús escolar y será él quien lo acerque hasta la estación de esquí, lo que hace que, en un involuntario olvido, las pertenencias del niño queden en el maletero del coche paterno. Este hecho obligará a Nicolás a acercarse al compañero más bravucón del grupo que le presta algo de ropa para dormir. También es con él con quien comparte las pesadillas de los niños robados por traficantes de órganos para extraerles sus jóvenes miembros. Hasta que de repente tiene lugar la tragedia que se estaba mascando: la desaparición, violación y asesinato de un niño de un pueblo vecino. Es el suceso terrible que le llega al lector como un terrible mazazo, pese a que la escritura de Carrère lo iba insinuando poco a poco.

   Desde el punto de vista de los géneros, ésta es una “nouvelle”, estructurada  en treinta y un breves capítulos  en los que el autor, sin mostrar nunca todas sus ases argumentales, mezcla los códigos de la crónica periodística de sucesos con los del relato fantástico. Pero sabe controlar el suspense hasta el clímax  de los capítulos finales. Sin abusar de los recursos narrativos, en una de esas breves secuencias, Carrère  echa mano de una prolepsis que nos deja percibir cómo son los personajes, especialmente Nicolás y Hodkann, el niño bravucón, veinte años más tarde. Pero muy pronto se regresa al presente y el lector tiene la oportunidad de presenciar la tenebrosa y trágica historia que está por venir.

   Prosa clara y precisa que permite intuir el estilo personal y único de un gran narrador, que sabe sobre todo contar una historia. Todo ello en una muestra de la literatura menos conocida y quizás secundaria del escritor. Sutil y turbadora. No solo entretiene, obliga a reflexionar. Y todo esto a pesar de que Emmanuel Carrère reniegue de la misma al abjurar de la ficción, de lo que es solo ficción. Lo que escribía en sus albores  de escritor de novelas.


Francisco Martínez Bouzas




Emmanuel Carrère
Fragmentos


“No se oía ya ruido, pero Nicolás no sabía si los demás dormían. Quizá, por temor a suscitar las iras de Hodkann, fingió hacerlo, y quizá Hodkann también, para sorprender a quien osara infringir la consigna. Nicolás, por su parte, no quería dormir. Temía hacerse pipí en la cama y mojar el pijama de Hodkann. O, peor todavía, traspasar el colchón, al no tener hule, y mojar al propio Hodkann, que estaba debajo de él. El maloliente líquido empezaría a gotear en su cara de tigre, Hodkann arrugaría la nariz, se despertaría, y la que se armaría. La única solución para evitar semejante catástrofe, era no dormirse. Según las manecillas fosforescentes de su reloj, eran las nueve y veinte, y se levantaban a las siete y media, o sea que le quedaba una larga noche por delante. Pero no era la primera vez, estaba entrenado.”



…..



“Este intercambio de palabras desató las lenguas. Maxime Ribotton , dándose importancia, dijo que su padre era partidario de que a los sádicos los condenaran a muerte. Alguien preguntó qué era un sádico, y Maxime Ribotton explicó que llamaban así a la gente que cometía ese tipo de crímenes: violar y matar a niños. Eran monstruos. Nicolás no sabía lo que quería decir violar, y sin duda no era el único, pero no se atrevía a preguntarlo; en cualquier caso, adivinaba que tenía que ver con la cosa sin nombre, entre sus piernas, que era una forma de tortura relacionada con eso, la peor de todas, quizá consistente en cortarla o arrancarla. Le tenía impresionado la seguridad con  la que Maxime Ribotton, de ordinario apático, trataba esos temas. «¡Monstruos!», repetía éste con feroz retintín, como si su padre y él hubieran pescado a uno y se dispusieran, antes de cortarle la cabeza, a torturarlo a su vez.”


(Emmanuel Carrère, Una semana en la nieve, páginas 35, 128)

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