martes, 1 de agosto de 2017

Amantes de mis cuentos: El mudo

Biblioteca de Mark Twain


A mis años recuerdo haber sido feliz por un instante. Hubo un chico dentro de mi cabeza al que parecía que yo le gustaba. Nunca lo supe a ciencia cierta. Miraditas, leves rozamientos, préstamos de libros, siempre a mi vera, pero palabras de amor o algo relacionado con ese verbo, ni por asomo. En cambio, yo lo amaba. Sé que parece cursi, pero es la verdad.

Una tarde de primavera, era víspera de exámenes, nos encontrábamos el grupo de clase sentados en la hierba, cuando alguien preguntó si sabíamos lo que se prometían uno al otro en la ceremonia matrimonial. Yo sí, yo también, dijimos al unísono los dos panolis. Y mirándonos a los ojos repetimos aquello de: Yo fulanita, yo menganito me entrego a ti…, para amarte y honrarte hasta que la muerte nos separe.

La emoción que nos embargó fue de tal calibre que nuestras miradas se eternizaron por dos minutos. Cerré los ojos y me vi ante el altar, vestida de blanco y recibiendo el beso tras: “Os declaro marido y mujer”. 

Pasaron los años y terminamos los estudios. Se marchó a otro país. Yo seguí soltera. Nunca encontré a nadie, ni juez ni párroco, que me eximiera de aquella promesa que no fue refrendada por una firma.

Ayer, al cabo de cincuenta años, nos encontramos en la misma biblioteca, entre los paneles de marquetería. Se me cayeron los libros. El bibliotecario vino en mi ayuda, ninguno de los dos estábamos para agacharnos. Él me miraba con unos ojos desgastados por el tiempo sin musitar palabra. Sonreímos. Y fue como si nuestra promesa de amor se renovara.

© Marieta Alonso Más


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