He tenido muchos malos momentos, como todo el
mundo. En ocasiones me he levantado de la cama por pura obstinación, porque no
tenía más remedio. Otras veces he llorado hasta quedarme sin energía. He
gritado, gritado y gritado de pura frustración hasta que he quedado
vacía, inerte y convertida en una sombra.
Me gustaría decir que estas circunstancias han
sido algo que ha ocurrido de manera anecdótica, que no se ha repetido, que ha
pasado por mi vida y se ha marchado. Sin embargo, no es así. Porque todo
vuelve. Todo vuelve, todo pasa y todo empieza de nuevo: la desgana, el
llanto, el grito. La soledad y la necesidad de permanecer, de estar, de solo sobrevivir.
Aun así, entre lluvia y lluvia, siempre hay
rayos de sol.
Unas veces son buenas noticias. Otras, la vida, que sigue su curso. A veces,
simplemente, un detalle. Algo pequeño e insignificante que nunca pensaste que
te haría hincar los pies en el suelo y auparte con todas tus fuerzas. Y
siempre, sin excepción, viene acompañado de la risa.
De ese sonido claro, puro y que parece capaz
de llenar todos los huecos. Capaz de inundar el mundo de luz, capaz de
desterrar las tinieblas de los corazones más manchados de soledad. Por ello, es
indispensable que la risa, que la cura para muchos de los males del mundo,
tenga su propio homenaje, su propio momento.
Doy gracias por la risa.
Doy gracias por poder seguir adelante, por
tener espacios llenos de sol entre las tinieblas que pueblan el mundo.
© MJ Pérez
No hay comentarios:
Publicar un comentario