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lunes, 19 de enero de 2026

Liliana Delucchi: El intruso

 




—Has ido a la peluquería —dijo Hortensia mientras servía café a su hermana.

—Estaba harta de llevar moño. Paolo me ha recomendado este corte más juvenil.

—¿Jóvenes nosotras? Te engaña para sacarte dinero —murmuró la mayor al tiempo que untaba una tostada con aceite—, ¡Paolo! Se llamaba Eulogio cuando era pescador, como casi todos los de este pueblo —siguió rezongando— ¡Paolo! Unos años en Italia y vuelve con nuevo nombre y oficio de peluquero. ¿A quién quiere engañar?

Casi tiró la silla cuando se levantó de la mesa para recoger los restos del desayuno. Continuó farfullando que a Azucena la engañaba cualquiera que la mirara un poco.

—Tenemos la edad que tenemos y ningún corte de pelo ni falda nueva como la que llevas va a enmendar eso —soltó airada.

La más joven hizo como que no la oía y salió canturreando al patio con la excusa de regar las plantas.

Hortensia se asomó a la puerta secándose las manos con el delantal, que ya estaba para que lo jubilaran, con intención de hacer las paces.

—¿Te apetece un paseo por el malecón?

—No. Esta mañana pretendo ir al mercadillo. Hay un nuevo puesto que ha traído modelos de la ciudad y quiero verlos —contestó la otra mientras cortaba un capullo de rosa y se lo ponía en el ojal de la blusa.

—¿Vendrás a comer o también lo harás en el pueblo?

—Vendré, cariño. ¿Cómo voy a perderme tu rabo de toro?

Al fin, dejando de lado su ira y casi sonrojada, la mayor de las Gómez hizo, entre silencios, preguntas sobre cotilleos que su hermana habría escuchado en las tiendas y se ofreció a acompañarla.

Habían nacido en lo que entonces era un caserío y que, a causa del turismo, se transformó en una pequeña ciudad donde nacionales y extranjeros iban de vacaciones. Toda una vida allí, entre pescadores que se habían pasado a la construcción o al comercio, y empezaron a dar cierto lustre a lo que ellas recordaban como un villorrio descascarado.

Toda una vida allí, una existencia pacífica sin más colorido que el que aportaba la Semana Santa, los Carnavales o la romería, se decía Hortensia mientras intentaba alcanzar el paso más firme de su hermana a lo largo de esas callejuelas infestadas de turistas. Y ahora, encima, llegaba ése haciéndose el italiano ¡qué va a ser italiano, si nació aquí, como nosotras!

Azucena era distinta. Desde pequeña le gustaba la vida de las ciudades: leía revistas de moda, le pedía a la modista diseños imposibles y fue la primera en hacerse socia de la biblioteca en cuanto la construyeron.

Su hermana la sacó de sus pensamientos preguntándole si le apetecía volver dando un paseo por la playa.

—Mira, allí está. Nuestra barca. Ya no la utilizamos, deberíamos pintarla y volver a navegar, como hacíamos con papá.

Hortensia lanzó una mirada de soslayo ante la propuesta de esa enloquecida, antes de responder:

—Ya no tenemos fuerzas para remar.

—¡Serás tú! Mira mis brazos —levantó la manga de la camisa para que su hermana viera sus músculos—. Además, podemos invitar a Paolo. Él es fuerte, sin duda nos llevará a puerto seguro.

¡Otra vez Paolo! Que no vea mi hermana cómo frunzo la boca, dice que me salen códigos de barra. ¡Maldita sea! ¿De dónde saca esta chica ese tipo de cosas? Hizo un amago de sonrisa antes de sorprender a la más joven con su respuesta.

—Muy bien. Si así lo quieres, saldremos con tu peluquero. Podrías invitarlo a comer, así lo veo.

El comedor estaba resplandeciente y fresco el domingo en que el pseudo italiano entró en él. Llevaba flores para Hortensia y un frasco de perfume para Azucena. Ésta lucía radiante con un vestido floreado recién adquirido en el mercadillo y su melena suelta, tal como él le había recomendado. Hasta la mayor estrenaba un delantal de cocina, pero ni el delantal impoluto ni su moño estirado le daban la seguridad necesaria como para no plantearse que nunca se sabe a quién mete uno en casa.

Desde que ese hombre apuesto y risueño le había lavado no solo el pelo sino el cerebro a su hermana, pensaba que quería apoderarse de la casa y la renta que les había dejado el padre. Era un vividor que en nada se metería en la cama de Azucena. Sus especulaciones iban de un lado al otro, incapaz de centrarse en la conversación.

—¿Cuándo iremos a navegar? —la voz de Paolo sonó varonil—. Podríamos el próximo domingo, después de misa…, si a Hortensia le parece bien.

—Sea —respondió la aludida, levantando el vaso de vino en señal de brindis.

El día indicado, al salir de la iglesia, sintieron el sol del verano en la cara y, estimando que el calor iría en aumento, antes de acercarse a la barca pasaron por la casa para cambiarse y coger sombreros.

Hortensia se sorprendió al ver el atuendo de su hermana. Se había puesto pantalones cortos, una camisa semitransparente y escotada, que permitía ver el canalillo, y los labios pintados de rojo. El italiano silbó al verla.

Ciertamente su hermana tenía razón en cuanto a la fuerza de Paolo. Remó él solo y sin descanso hasta la cala solitaria donde instalaron el picnic. El hombre no paraba de hablar… ni de beber, tanto que a la mayor empezó a dolerle la cabeza.

Pero el alcohol es traicionero: suelta la lengua, escatima fuerza física y libera ideas escondidas. Así fue como, en el viaje de regreso, el presunto Adonis, al contemplar las rodillas al descubierto de su supuesta amada, le dijo que las tenía arrugadas y si quería de verdad quitarse años, él le recomendaría dónde hacerse un lifting. Cuando Hortensia vio lágrimas en los ojos de su hermana, le cogió uno de los remos al italiano y golpeó su cabeza teñida de rubio, que terminó en el agua con el resto de su cuerpo.

Tambaleándose a causa del movimiento del mar, se acercó a Azucena y después de abrazarla le dijo:

—Ya podemos regresar a casa. Solas. No necesitamos un remero. Él se arreglará…, si sabe nadar.

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