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domingo, 29 de marzo de 2026

Cristina Vázquez: La foto

 



La foto presidía la repisa de la chimenea. Un par de floreros a cada lado le daban un aspecto de humilde altarcito. Nines había vuelto a residir al cortijo de sus padres en Extremadura. Seguir viviendo en Barcelona, sin haberse quitado nunca el pelo de la dehesa o de charnega de feo acento, la había hartado.

Recogió el modesto piso que compró con sus ahorros y lo poco que aportó José, su marido. Pidió el despido en la fábrica de montaje en la que había conseguido ser jefa de equipo y tener a casi treinta mujeres bajo su mando y decidió volver a sus orígenes. Habilitó parte del cortijo para vivir allí con José y el resto lo hizo hotel rural. Su marido al principio protestó un poco por el cambio. A él la dehesa…, que sí, Nines, que era una belleza, pero él no tenía tanta vida espiritual para vivir en el campo y la tele no se veía bien y la pifi —siempre bromeaba al pronunciar wifi—, era más inestable que el mar. A lo que se negó fue a tener piara de cochinos. Que vendiera la montonera y le dieran unos buenos jamones a cambio.

 El hotel empezó a funcionar poco a poco y Nines volvió a trabajar sin descanso. Se ocupaba de que todo estuviera cuidado y José con su labia recibía a la gente y cuadraba las cuentas. Poco a poco se acostumbró a esta vida, es más, le encantaba.

—Vivo como un marqués —se ufanaba—. Y además hay una clientela muy interesante. ¡Si hasta vienen extranjeros a ver pájaros!

Estos comentarios los hacía en el bar del cercano pueblo donde todos conocían a la Nines desde pequeña. Y ponderaban lo lista que era, lo lista y lo valiente, porque sin haber ido al colegio, emigró desde jovencita y se hizo un porvenir.

Una tarde apareció un cliente de una edad aproximada a la de Nines. A ella le pareció el colmo de la elegancia y finura. Hablaba con un acento que a ella le resultó exótico y le recordó a un jefe inglés que tuvieron en la fábrica durante unos años. Era un señor muy educado que la distinguió no solo en el trabajo, aumentándole la responsabilidad y el sueldo, sino también un poco en su corazón, le confesó una tarde poco después de cerrar la fábrica. Era la mujer más atractiva e inteligente que había conocido. Nines se derritió cuando se lo confesó con ese acento tan suave, pero enseguida comprendió que con aquel hombre no había porvenir y en cambio sí mucho peligro.

Así que ahora al escuchar a este nuevo cliente, algo en ella que permanecía dormido, más que dormido acorchado, se despertó con la emoción del recuerdo juvenil. ¡Ay Peter! Ella siempre le agradeció a José que la salvara, eso se decía, del inglés aquel. Él era un buen hombre, sin duda, y bien plantado, aunque un tanto cabeza hueca y su conversación la aburría. Pero es que ella era muy exigente, ya se lo decía su madre. El tal Peter también lo fue cuando ella le dijo que o se casaban o no se volvían a ver. Cómo pretendía casarse con él, si ni siquiera había ido a la escuela, le espetó con crueldad. Nunca olvidaría su cara de desprecio y la desolación que sintió. Tardó en comprender el mérito que había tenido estudiando por las noches y sacando, ya mayor, sus cursos para no ser una burra.

El señor que fue al hotel hablando con ese acento y que a Nines la descuadró, estuvo tres días y se despidió cortésmente. Al ir a recoger el cuarto vio que en la mesilla de noche tenía una foto olvidada. Se quedó mirándola un largo rato. Era una foto preciosa de unos niños que salían de la escuela con sus mochilas a la espalda. Se podían intuir sus sonrisas, aunque no se les viera la cara. Guardó con cuidado la foto y la miraba todos los días, hasta que decidió ponerla en el sitio principal y destacarla con los jarroncitos.

—Yo soy la tercera de la derecha —repetía a quien se admirara de la foto—. Para mí es un recuerdo inolvidable de cuando fui al colegio.

© Cristina Vázquez

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