La bisabuela tenía unos primos que vivían en Manila y, en su viaje de vuelta a España tras la independencia, le trajeron un mantón de regalo.
Desde entonces, fue un tesoro para la familia. Tiene bordados de flores y pájaros de distintos colores y unos preciosos flecos.
Se dice que ese lienzo cuadrado de seda es de origen chino, a pesar del nombre.
La Señá Candelas, así llamaban a mi bisa, una vez al mes, lo sacaba de la caja donde lo tenía guardado, lo aireaba y lo dejaba caer sin doblar.
Nunca tuvo ocasión y cuando surgió la oportunidad no se atrevió a lucir
tan lujosa prenda.
Solo tuvo hijos, nada de nietas, pero al fin, llegó la niña
en la cuarta generación y hay que ver, esa bisnieta, el aire que le da al
mantón. Que si en una boda, que si bailando flamenco, que si anudado a la
altura de las caderas para ir a la verbena de la Virgen de la Paloma.
La chica sigue la tradición guardándolo con sumo cuidado. La
última vez que lo usó, su padre pesaroso, manifestó:
—¡Qué lástima, que no te vea mi abuela!
Le dio un beso emocionado y entonces se oyó una voz nacida de
no se sabe dónde:
«Que no la veo, eso es lo que tú te crees».
Marieta Alonso Más

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