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miércoles, 21 de octubre de 2026

Blanca del Cerro: Señor Alcalde

 



        El nombre del Señor Alcalde, autoridad suprema de la capital de aquel país recio, antiguo y plagado de claroscuros, era Agustín Jiménez de Olavide. Agus para los amigos, Olavide para los no tan allegados, don Agustín para sus empleados y sirvientes. Su rostro agradable, sus buenas maneras, sus dotes persuasivas y, sobre todo, su gran labia, hacían de él un hombre buscado y deseado en todos los ambientes, de ahí su éxito en primer lugar a nivel social, posteriormente en los negocios y, por último, al percatarse de sus excelentes posibilidades, en el intrincado mundo de la política. La política era un universo de charcos y codazos, pero muy atrayente a la par que peligroso. Y un verdadero reto. Por eso lo aceptó.

        Allí aterrizó antes de los cuarenta años, en ese mundo un tanto oscuro y, en muchas ocasiones retorcido, de un arte que —no lo dudaba un instante— acabaría aprendiendo con el tiempo. No era necesario estudiar para tal empresa porque nadie ha necesitado estudiar para llevar el bastón del mando. Y, una vez afiliado a uno de los partidos más votados del país, empezó a subir y a ascender por una escalera invisible pero que a él se le antojaba espectacular por sus múltiples recovecos y sus numerosas satisfacciones, especialmente —para qué lo iba a negar— económicas.

        Entretanto, la vida le había llevado a través de la escuela, el instituto y la universidad. Empezó a estudiar una carrera universitaria, una cualquiera ya que no importaba cuál, economía, derecho o políticas, que dejó colgada de los hilos de la nada, dado lo interesantes —y mucho más productivos— que le parecieron algunos de los negocios propuestos por un par de compañeros emprendedores a los que se unió. Asimismo, la vida le introdujo en la sinuosa aventura del amor y el matrimonio con una mujer sencilla, pero de fuerte carácter de nombre Mercedes, con la que tuvo dos hijos: Rosario y Ernesto.

        A través del tiempo, su mundo empezó a esponjarse y a hacerse suave y cómodo y, sobre todo, agradable, contando con multitud de ventajas, placeres y sobresueldos, la mayoría derivados de sus prebendas y ascensos políticos, con lo que él y su familia vivían en una comodidad fastuosa, casi al borde del lujo. Adquirieron un chalet espectacular en una urbanización de élite, a las afueras de la ciudad; enviaron a sus hijos a estudiar al extranjero; negociaron con quien sabían que debían negociar; se codearon con personas de alto rango; asistieron a todos los fastos posibles de la alta sociedad y disfrutaron de lo que, según él, tanto merecía por su propio esfuerzo, su maravillosa e inigualable gestión en pro de los ciudadanos y su contribución al bien común.

        Su ascenso fue meteórico en todos los aspectos.

        En el mes de mayo se celebraron elecciones municipales y Agustín Jiménez de Olavide fue elegido Alcalde de la Villa. No fue exactamente elegido, sino que, a través de la unión de cinco partidos distintos al que había ganado en realidad, consiguió la alcaldía de la capital, pero ese pequeño detalle no le causaba ninguna desazón sino al contrario. Ese tipo de nimiedades encerraban pequeñeces políticas fuera de su control y carecían de importancia. El ascenso, al fin y al cabo, siempre está plagado de espinas. Ahora era alcalde de la principal ciudad de su país, uno de los primeros del mundo, y eso era lo que interesaba.

        Aquel fue un día fastuoso. Ya llegarían otros, pero ese fue verdaderamente único tras haber cumplido uno de sus grandes sueños. Aquello, su logro, suponía la puerta de entrada hacia una cumbre que, estaba seguro, en algún momento alcanzaría, la cima real, el máximo absoluto, el punto culminante de cualquier vida, de cualquier persona y de cualquier político: el poder.

        Su primer discurso como alcalde fue retransmitido por todas las televisiones nacionales. Agradeció el cargo que con tanto esfuerzo había conseguido, invitó a todos los partidos a unirse a su causa —que, sin lugar a dudas, era y sería el bien común—, tendió la mano a las personas que estaban a su alrededor, y se puso a favor a todos los inmigrantes y refugiados que llegaran a su querida ciudad, dándoles una cálida bienvenida y abriendo las puertas incluso de sus hogares en pro de una grata y agradable convivencia.

        Jareb, parapetado tras la diminuta mesa de la cocina y con una taza de café entre las manos, sonrió al oír las palabras del nuevo alcalde. Se encontraba en su pequeño piso, compartido con otras siete u ocho personas y situado en un barrio marginal, desayunando y oyendo la televisión, antes de salir a trabajar, un trabajo de venta ambulante en el metro —o en la calle, dependiendo del día— no excesivamente agradable ni bien remunerado, pero trabajo, al fin y al cabo. Y un elemento de importancia vital: contaba con un techo, comida y ropa, algo de lo que carecían muchos compañeros, especialmente los recién llegados. Una situación que él había sufrido en sus carnes y que, sin duda, sufrirían ellos si no acababan siendo deportados. Y aquel hombre que hablaba en la televisión, el nuevo alcalde, estaba dando la bienvenida y abriendo las puertas a inmigrantes y refugiados. Interesante, realmente interesante. Nadie lo había dicho hasta ese momento. Ese caballero, agradable y agraciado, había sido el primero. Jareb sabía, sin lugar a dudas, que era una farsa, que nadie abriría las puertas de sus hogares a la escoria de la humanidad, que aquello eran palabras huecas, bienintencionadas pero huecas, aunque guardó aquel hecho singular en el bolsillo de las posibilidades remotas, se levantó y salió camino del trabajo.

        Una extraña idea prendió en su piel morena y allí quedó oculta.

        Agustín Jiménez de Olavide se sentía exultante. La felicidad se deslizaba por todas las venas de su cuerpo porque su existencia se estaba desarrollando tal y como, en un día lejano, hubiera proyectado. Arriba, siempre arriba, sin importar los medios mientras alcanzara el poder. Ahora ya era alcalde, mañana… quién podría saber lo que le deparaba el mañana, pero no tenía duda de que algo muy bueno. Extraordinario. Estando a favor de los más desfavorecidos, de los menos agraciados, los tendría a su lado y le apoyarían. En el fondo, le importaba muy poco lo que sucediera con los refugiados y con los inmigrantes que, al fin y al cabo, eran chusma según sus criterios, pues lo verdaderamente interesante era el apoyo que supondría para él y su carrera el hecho de tenerlos de su lado. Por eso debía hablar bien de ellos y abrirles todas las puertas.

        Jareb volvió a escuchar en diversas ocasiones las palabras de aquel hombre dando la bienvenida y aceptando a seres que, al igual que él mismo, habían llegado a un país del llamado primer mundo y se habían podido asentar y establecer entre sus propios habitantes. Otros no tenían tanta suerte, otros habían tenido que salir corriendo, otros habían sido deportados, otros habían perdido la vida en el intento, otros, otros, otros...

        Le gustaba lo que decía, le gustaban las palabras del alcalde, tantas veces repetidas, sonaban bien, sonaban a gloria bendita, a música celestial, si lo hubiera declarado cuando él llegó, miles de años atrás, tal vez no habría sufrido tantas penalidades… pero quizás —y solo quizás— podrían beneficiarse otros, compatriotas o no, de las posibles ventajas de aquel ofrecimiento. Jareb no ignoraba que las palabras son solo palabras y que aquel hombre, pulcro y elegante, posiblemente no pensaba lo que decía, lo de abrir las puertas a los desgraciados, o mejor dicho, sí lo pensaba, aunque jamás lo pondría en práctica ni lo llevaría a cabo, pero estaría bien someterlo a prueba. La sonrisa no se despegó de su boca mientras escuchaba al ínclito don Agustín Jiménez de Olavide. “Tendréis las puertas abiertas”, decía, “todas las puertas de nuestras casas y de nuestras almas, y recibiréis toda la ayuda posible porque sois maravillosos”, fueron las últimas palabras del alcalde. En la fachada del ayuntamiento había colgado una pancarta que rezaba: “Bienvenidos”.

        Jareb acabó su desayuno, ordenó un puñado de pensamientos dispersos y llamó a su amigo Yamal, quien llevaba muchos años en el país, conocía mucha más gente que él y hablaba aceptablemente el idioma, además de poseer una furgoneta —no propia sino del supermercado en el que prestaba sus servicios como repartidor—, un elemento que le sería necesario para sus planes inmediatos.

        Yamal y Jareb se encontraron al término del día, se saludaron y encaminaron sus pasos a las afueras de la ciudad, a uno de los barrios más lujosos y elitistas del entorno, donde estaba ubicado el fastuoso chalet residencia del alcalde, don Agustín, su familia y —suponían— un ejército de criados y guardaespaldas. Charlaron durante todo el recorrido. Jareb no preguntó a su amigo cómo había conseguido la dirección porque en realidad no le importaba. Yamal poseía buenas fuentes y él lo sabía.

        El lugar era solitario, con el lujo surgiendo y rebosando por todas las esquinas. No podían detenerse ante el edificio porque despertarían sospechas. Pasaron por delante, observaron y se marcharon, como si fueran viandantes ocasionales a la entrega de algún paquete, pero tomaron nota de todo lo que pudieron apreciar.

        La vivienda era realmente fastuosa, un mínimo de seiscientos metros cuadrados construidos, tres alturas, una fachada digna de un palacio, columnas y escalinatas de mármol, un jardín espectacular, garajes, piscina, verjas de hierro, sin vigilantes, al menos en ese momento. Por las cabezas de Jareb y Yamal traspasó la idea de que era bastante comprensible la razón por la cual algunos seres humanos se dedicaban a la política, pero no lo expresaron en voz alta porque no merecía la pena. Sus oscuras mentes, en esos instantes tan oscuras como sus propias pieles, se encontraban tejiendo otros asuntos de mayor envergadura en el telar de las posibilidades inmediatas.

        ¿Por qué no? ¿Por qué no iban a hacerlo? ¿Quién se lo impediría en un principio? De ese modo mostrarían la verdadera naturaleza de don Agustín Jiménez de Olavide, y otros seres similares, y expondrían ante el mundo su miseria porque —de eso no había ninguna duda— actuaría como un miserable. Le pondrían en una difícil tesitura.

        La alegría se desparramaba lenta.

        Abandonaron la zona con el sabor y el olor del lujo pellizcando sus sentidos. Hablaron durante mucho rato porque, en su caso, las palabras acariciaban y se encontraban a gusto con el intercambio y, tras pergeñar lo que podían hacer, finalmente decidieron actuar un día de las siguientes semanas, un viernes o un sábado a ser posible, en el que la familia Jiménez de Olavide celebrara algún evento, fiesta, reunión o similar. La esposa, doña Mercedes, sería más impresionable sola, pero a quien verdaderamente iba destinada la prueba sería a don Agustín.

        Iniciaron los preparativos, que no fueron demasiados. Era sencillo encontrar a las personas adecuadas en aquel barrio, bastaba con extender la vista alrededor y palpar un mundo gris con la mirada. Un grupo de veinte individuos sería bastante, considerando el hecho de que más no cabrían en la furgoneta. Con tres o cuatro familias habría suficiente. Jareb pensó en Rovena y sus niños; en Massak y Tolia con los gemelos; en el grupo de Darmo, compuesto por siete u ocho personas en total, y en tres o cuatro amigos más que, junto con ellos dos, alcanzarían sobradamente la veintena. Todos aceptarían prestarse a la pantomima, no le cabía duda. Una sonrisa maléfica se paseó por su boca.

        El calor se había instalado en la capital y no tenía visos de retirarse por el momento, un elemento a su favor ya que la aventura resultaría mucho más incómoda con frío o incluso con lluvia.

        El día elegido fue el sábado porque precisamente esa noche la familia celebraría una fiesta y no resultaría nada extraño la llegada de un envío con viandas para el ágape. Además, don Agustín ese día no tendría que asistir al Ayuntamiento. Jareb tampoco acudiría al trabajo, dejando su puesto ambulante en manos de algún amigo de confianza, no era la primera vez ni sería la última. Yamal se presentó puntual a la cita, recogieron en la furgoneta a sus amigos y se dirigieron hacia la morada donde habitaba el alcalde y su familia.

        La luz era una caricia suave. Ese día cálido, aquellas personas con ojos y labios de resignación incrustados en el alma iban a dar una lección a la clase dominante. Jamás llegaron a pensar que esa clase dominante cediera a sus expectativas.

        La furgoneta recorrió tranquilamente las calles de la urbanización, asfaltadas de silencio, y se detuvo ante una de las verjas de hierro. No había ningún vigilante, probablemente porque se encontrarían en el interior de la mansión o porque solo hacían guardia los días de diario, un punto que ignoraban y al que no daban la mínima importancia. Yamal pulsó el botón del portero automático, indicó que venía a hacer la entrega del supermercado, las cámaras les enfocaron y la verja se abrió. Había sido sencillo. Una vez dentro, el vehículo se encaminó hacia la puerta de servicio situada en la parte posterior de la vivienda. El magnífico jardín los recibió con todo su esplendor de árboles, estanques y flores, un estallido de colores y aromas que les hizo tambalearse de placer.

        Yamal y Jareb descendieron del vehículo y se aproximaron a la puerta, donde les recibió una doncella perfectamente uniformada, cofia incluida. Con toda la educación de la que supieron hacer gala, le indicaron que necesitaban ver al dueño de la casa para entregarle personalmente un comunicado, mientras Rovena y sus tres niños, Massak y Tolia con sus gemelos, el grupo de Darmo, compuesto por siete u ocho personas, además de las jóvenes Unia, Dalica y Verna, acompañadas de sus hijos, bajaban de la furgoneta, se agrupaban y permanecían quietos, como estatuas, contemplando las maravillas que les rodeaban y guardándose infinidad de preguntas sin respuesta.

        La doncella abrió los ojos aterrorizada sin saber qué pensar de aquella repentina invasión de desharrapados. Había olvidado por completo el supuesto pedido de alimentos que portaban.

— No se asuste, señora —dijo Jareb con total tranquilidad, exhibiendo la mejor de sus sonrisas—. Solo queremos hablar con el dueño de la casa.

—  Pero…

— Por favor, avise al dueño de la casa. Le aseguro que no vamos a hacerles nada malo. Solo queremos hablar con los señores.

La joven doncella cerró la puerta y corrió escaleras arriba aterrorizada.  Cuatro minutos después la puerta se abrió de nuevo y apareció un hombre de unos cincuenta años vestido de mayordomo. Detrás de él, doña Mercedes.

—  No se preocupe, Jacinto. Yo me hago cargo de la situación —indicó la dama al sirviente colocándose ante él y encarándose con Yamal y Jareb.

Era una mujer gruesa, bien entrada en la cuarentena, la cara redonda, el pelo rubio recogido en un moño y los ojos pequeños excesivamente pintados. Transmitía serenidad. Un tin-tin de pulseras la perseguía.

—  Yo soy la dueña de la casa. Ustedes dirán.

Detrás de ella se posicionaron la doncella, el mayordomo y otras dos personas, supuestamente el personal de servicio de la vivienda. El alcalde ni siquiera había hecho acto de presencia por el momento. Supuestamente estaría durmiendo.

Jareb, mejor conocedor del idioma que el resto de sus acompañantes, indicó a doña Mercedes que, dado que su marido, don Agustín, había expresado continuamente su deseo de abrir las puertas de sus almas y de sus propias casas a los inmigrantes y refugiados, ellos habían tomado sus palabras por ciertas y venían a comprobar que dichas puertas en verdad permanecían abiertas por lo que, en calidad de emigrantes, allí estaban, dispuestos a instalarse de forma definitiva en casa del alcalde con sus familias y sus enseres y a permanecer allí todo el tiempo que fuera necesario, quedando eternamente agradecidos por tanta amabilidad.

La doncella y el mayordomo sujetaron a doña Mercedes que se encontraba al borde de la histeria y a punto del desmayo. Su piel había adquirido una palidez cadavérica.

Don Agustín apareció en ese momento por el fondo de la grandiosa cocina atándose el cinturón de su batín de seda color granate, mientras murmuraba:

—  ¿Qué sucede, Jacinto? ¿Qué pasa aquí?

Y dado que en aquella enorme vivienda habría sitio para muchas personas, continuó Jareb, algo que resultaba evidente, habían decidido por unanimidad que unos cuantos de ellos, no podría decirle el número exacto, se instalarían definitivamente en varias de las habitaciones, pues suponía que contaban con muchas dadas las dimensiones del edificio, y otros tantos colocarían sus tiendas de campaña en el jardín de manera que perturbaran lo menos posible a los actuales habitantes de la mansión, ya que no deseaban en absoluto molestar, porque estaban realmente agradecidos por su bondad, su ofrecimiento y por el maravilloso trato que, no le cabía la menor duda, recibirían en el futuro.

Los acompañantes de Jareb y Yamal, colocados en grupo detrás de ellos, asentían a cada una de sus frases.

Doña Mercedes escuchaba aterrorizada las palabras de Jareb y se descomponía segundo a segundo. La piel de su rostro había adquirido un tono rojo cereza, cercano al violeta. Una de las criadas acercó una silla para que su señora tomara asiento. Don Agustín no entendía una palabra de lo que estaba sucediendo, escuchaba y permanecía estático, una especie de estalactita inmóvil, sin saber qué hacer ni cómo actuar.

Era verdaderamente fantástico, continuó Jareb, que hubiera personas como el alcalde y su esposa que comprendieran el problema de la inmigración y la pobreza a la que estaban sometidos —desgraciados de ellos que habían tenido que abandonar su país y buscarse la vida, era realmente duro, no se puede imaginar, señora, ni nadie podía imaginar lo que aquello suponía—, entendieran su tesitura, abrieran las puertas de sus almas y de sus casas, tal y como habían manifestado con frecuencia el señor alcalde, se pusieran de su lado haciéndose eco de todos los problemas que arrastraban y quisieran ayudar contribuyendo con sus propios…

Fue en ese instante cuando doña Mercedes perdió el sentido. Cayó fulminada por las palabras de aquel ser que tenía delante y que estaba diciendo que... cielos… invadirían su casa, se harían dueños de sus dependencias, tendrían que compartir con ellos, oh no, por favor, compartir lo suyo… Todo porque Agustín había abierto las puertas… Dios mío… cómo se le había ocurrido afirmar tales barbaridades, sí, barbaridades. Una cosa eran las palabras y otra los hechos… su marido estaba realmente loco, loco de remate. Jacinto, el solícito mayordomo, ayudado por las tres doncellas, se hizo cargo de la situación, tomó a la esposa del alcalde en sus brazos, la llevó al salón y la depositó en uno de los divanes, mientras la sirvienta más joven corría a por un frasco de sales. Don Agustín acompañó al grupo anonadado. Todos ellos rodearon a su señora mientras la abanicaban. Jareb y Yamal permanecieron quietos e intercambiaron miradas y sonrisas.

En ese momento, don Agustín dio un paso vacilante hacia el grupo de desharrapados y exclamó:

— ¡Marchaos de aquí, granujas, o llamo a la policía! —Su piel parecía haber desteñido pasando del rosa violáceo al rojo fuego intenso.

A lo que Jareb, mirándolo con desprecio, respondió:

— No será necesario, no se preocupe. En seguida nos marchamos. No olvide, señor alcalde, que ha sido usted quien ha dicho y repetido que teníamos las puertas abiertas. Nosotros solo nos limitábamos a cumplir su deseo.

Y sonrió enigmático.

Mientras los sirvientes atendían la lipotimia de doña Mercedes en el fastuoso salón de la vivienda, plenitud de lujo y maravilla, Jareb indicó a sus amigos que ya era suficiente y que la función había terminado. La joven Tolia, toda ojos y sueños, preguntó si podrían coger algunas viandas para la comida, les vendrían muy bien y allí había de sobra, a lo cual tanto Yamal como Jareb respondieron que no, que su misión había finalizado y debían volver cuanto antes a sus hogares dejando la casa tal cual la habían encontrado. Eran pobres pero no ladrones. Había sido divertido. Había sido muy divertido exprimir la realidad y demostrar que las palabras de determinados seres son solo palabras, sombra y humo, que nada tienen que ver con la realidad, pero el espectáculo ya había tocado a su fin. Todos subieron de nuevo a la furgoneta menos Jareb, que permaneció momentáneamente en la cocina para abrir la verja desde los mandos del portero automático. Tras ellos quedaron los susurros y los aspavientos de cuatro personas asustadas, un alcalde acobardado y un desmayo.

Una sonrisa de triunfo y socarronería los acompañó durante todo el recorrido hasta llegar a su barrio. Nadie pronunció una palabra.

Jareb y Yamal jamás supieron cuál sería la conversación que mantuvieron el alcalde y su señora esposa, únicamente podían imaginarlo y reír con aquellas suposiciones, lo que sí pudieron comprobar el lunes siguiente es que la pancarta que rezaba: “Bienvenidos”, colocada en la fachada del Ayuntamiento, había desaparecido. Y don Agustín, el Señor Alcalde, jamás volvió a hablar de puertas abiertas.

 

© Blanca del Cerro

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