El nombre del Señor Alcalde, autoridad
suprema de la capital de aquel país recio, antiguo y plagado de claroscuros,
era Agustín Jiménez de Olavide. Agus para los amigos, Olavide para los no tan
allegados, don Agustín para sus empleados y sirvientes. Su rostro agradable,
sus buenas maneras, sus dotes persuasivas y, sobre todo, su gran labia, hacían
de él un hombre buscado y deseado en todos los ambientes, de ahí su éxito en
primer lugar a nivel social, posteriormente en los negocios y, por último, al
percatarse de sus excelentes posibilidades, en el intrincado mundo de la
política. La política era un universo de charcos y codazos, pero muy atrayente
a la par que peligroso. Y un verdadero reto. Por eso lo aceptó.
Allí aterrizó antes de los cuarenta
años, en ese mundo un tanto oscuro y, en muchas ocasiones retorcido, de un arte
que —no lo dudaba un instante— acabaría aprendiendo con el tiempo. No era
necesario estudiar para tal empresa porque nadie ha necesitado estudiar para
llevar el bastón del mando. Y, una vez afiliado a uno de los partidos más
votados del país, empezó a subir y a ascender por una escalera invisible pero
que a él se le antojaba espectacular por sus múltiples recovecos y sus
numerosas satisfacciones, especialmente —para qué lo iba a negar— económicas.
Entretanto, la vida le había llevado a
través de la escuela, el instituto y la universidad. Empezó a estudiar una
carrera universitaria, una cualquiera ya que no importaba cuál, economía,
derecho o políticas, que dejó colgada de los hilos de la nada, dado lo
interesantes —y mucho más productivos— que le parecieron algunos de los
negocios propuestos por un par de compañeros emprendedores a los que se unió.
Asimismo, la vida le introdujo en la sinuosa aventura del amor y el matrimonio
con una mujer sencilla, pero de fuerte carácter de nombre Mercedes, con la que
tuvo dos hijos: Rosario y Ernesto.
A través del tiempo, su mundo empezó a
esponjarse y a hacerse suave y cómodo y, sobre todo, agradable, contando con
multitud de ventajas, placeres y sobresueldos, la mayoría derivados de sus
prebendas y ascensos políticos, con lo que él y su familia vivían en una
comodidad fastuosa, casi al borde del lujo. Adquirieron un chalet espectacular
en una urbanización de élite, a las afueras de la ciudad; enviaron a sus hijos
a estudiar al extranjero; negociaron con quien sabían que debían negociar; se
codearon con personas de alto rango; asistieron a todos los fastos posibles de
la alta sociedad y disfrutaron de lo que, según él, tanto merecía por su propio
esfuerzo, su maravillosa e inigualable gestión en pro de los ciudadanos y su
contribución al bien común.
Su ascenso fue meteórico en todos los
aspectos.
En el mes de mayo se celebraron
elecciones municipales y Agustín Jiménez de Olavide fue elegido Alcalde de la Villa.
No fue exactamente elegido, sino que, a través de la unión de cinco partidos
distintos al que había ganado en realidad, consiguió la alcaldía de la capital,
pero ese pequeño detalle no le causaba ninguna desazón sino al contrario. Ese
tipo de nimiedades encerraban pequeñeces políticas fuera de su control y
carecían de importancia. El ascenso, al fin y al cabo, siempre está plagado de
espinas. Ahora era alcalde de la principal ciudad de su país, uno de los
primeros del mundo, y eso era lo que interesaba.
Aquel fue un día fastuoso. Ya llegarían
otros, pero ese fue verdaderamente único tras haber cumplido uno de sus grandes
sueños. Aquello, su logro, suponía la puerta de entrada hacia una cumbre que,
estaba seguro, en algún momento alcanzaría, la cima real, el máximo absoluto,
el punto culminante de cualquier vida, de cualquier persona y de cualquier
político: el poder.
Su primer discurso como alcalde fue
retransmitido por todas las televisiones nacionales. Agradeció el cargo que con
tanto esfuerzo había conseguido, invitó a todos los partidos a unirse a su
causa —que, sin lugar a dudas, era y sería el bien común—, tendió la mano a las
personas que estaban a su alrededor, y se puso a favor a todos los inmigrantes
y refugiados que llegaran a su querida ciudad, dándoles una cálida bienvenida y
abriendo las puertas incluso de sus hogares en pro de una grata y agradable
convivencia.
Jareb, parapetado tras la diminuta mesa de
la cocina y con una taza de café entre las manos, sonrió al oír las palabras del
nuevo alcalde. Se encontraba en su pequeño piso, compartido con otras siete u
ocho personas y situado en un barrio marginal, desayunando y oyendo la
televisión, antes de salir a trabajar, un trabajo de venta ambulante en el
metro —o en la calle, dependiendo del día— no excesivamente agradable ni bien
remunerado, pero trabajo, al fin y al cabo. Y un elemento de importancia vital:
contaba con un techo, comida y ropa, algo de lo que carecían muchos compañeros,
especialmente los recién llegados. Una situación que él había sufrido en sus
carnes y que, sin duda, sufrirían ellos si no acababan siendo deportados. Y
aquel hombre que hablaba en la televisión, el nuevo alcalde, estaba dando la
bienvenida y abriendo las puertas a inmigrantes y refugiados. Interesante,
realmente interesante. Nadie lo había dicho hasta ese momento. Ese caballero,
agradable y agraciado, había sido el primero. Jareb sabía, sin lugar a dudas,
que era una farsa, que nadie abriría las puertas de sus hogares a la escoria de
la humanidad, que aquello eran palabras huecas, bienintencionadas pero huecas, aunque
guardó aquel hecho singular en el bolsillo de las posibilidades remotas, se
levantó y salió camino del trabajo.
Una extraña idea prendió en su piel
morena y allí quedó oculta.
Agustín Jiménez de Olavide se sentía
exultante. La felicidad se deslizaba por todas las venas de su cuerpo porque su
existencia se estaba desarrollando tal y como, en un día lejano, hubiera proyectado.
Arriba, siempre arriba, sin importar los medios mientras alcanzara el poder.
Ahora ya era alcalde, mañana… quién podría saber lo que le deparaba el mañana,
pero no tenía duda de que algo muy bueno. Extraordinario. Estando a favor de
los más desfavorecidos, de los menos agraciados, los tendría a su lado y le
apoyarían. En el fondo, le importaba muy poco lo que sucediera con los
refugiados y con los inmigrantes que, al fin y al cabo, eran chusma según sus
criterios, pues lo verdaderamente interesante era el apoyo que supondría para
él y su carrera el hecho de tenerlos de su lado. Por eso debía hablar bien de
ellos y abrirles todas las puertas.
Jareb volvió a escuchar en diversas
ocasiones las palabras de aquel hombre dando la bienvenida y aceptando a seres
que, al igual que él mismo, habían llegado a un país del llamado primer mundo y
se habían podido asentar y establecer entre sus propios habitantes. Otros no
tenían tanta suerte, otros habían tenido que salir corriendo, otros habían sido
deportados, otros habían perdido la vida en el intento, otros, otros, otros...
Le gustaba lo que decía, le gustaban las
palabras del alcalde, tantas veces repetidas, sonaban bien, sonaban a gloria
bendita, a música celestial, si lo hubiera declarado cuando él llegó, miles de
años atrás, tal vez no habría sufrido tantas penalidades… pero quizás —y solo
quizás— podrían beneficiarse otros, compatriotas o no, de las posibles ventajas
de aquel ofrecimiento. Jareb no ignoraba que las palabras son solo palabras y
que aquel hombre, pulcro y elegante, posiblemente no pensaba lo que decía, lo
de abrir las puertas a los desgraciados, o mejor dicho, sí lo pensaba, aunque
jamás lo pondría en práctica ni lo llevaría a cabo, pero estaría bien someterlo
a prueba. La sonrisa no se despegó de su boca mientras escuchaba al ínclito don
Agustín Jiménez de Olavide. “Tendréis las
puertas abiertas”, decía, “todas las
puertas de nuestras casas y de nuestras almas, y recibiréis toda la ayuda
posible porque sois maravillosos”, fueron las últimas palabras del alcalde.
En la fachada del ayuntamiento había colgado una pancarta que rezaba: “Bienvenidos”.
Jareb acabó su desayuno, ordenó un
puñado de pensamientos dispersos y llamó a su amigo Yamal, quien llevaba muchos
años en el país, conocía mucha más gente que él y hablaba aceptablemente el
idioma, además de poseer una furgoneta —no propia sino del supermercado en el que
prestaba sus servicios como repartidor—, un elemento que le sería necesario
para sus planes inmediatos.
Yamal y Jareb se encontraron al término
del día, se saludaron y encaminaron sus pasos a las afueras de la ciudad, a uno
de los barrios más lujosos y elitistas del entorno, donde estaba ubicado el fastuoso
chalet residencia del alcalde, don Agustín, su familia y —suponían— un ejército
de criados y guardaespaldas. Charlaron durante todo el recorrido. Jareb no
preguntó a su amigo cómo había conseguido la dirección porque en realidad no le
importaba. Yamal poseía buenas fuentes y él lo sabía.
El lugar era solitario, con el lujo
surgiendo y rebosando por todas las esquinas. No podían detenerse ante el edificio
porque despertarían sospechas. Pasaron por delante, observaron y se marcharon,
como si fueran viandantes ocasionales a la entrega de algún paquete, pero tomaron
nota de todo lo que pudieron apreciar.
La vivienda era realmente fastuosa, un
mínimo de seiscientos metros cuadrados construidos, tres alturas, una fachada
digna de un palacio, columnas y escalinatas de mármol, un jardín espectacular, garajes,
piscina, verjas de hierro, sin vigilantes, al menos en ese momento. Por las cabezas
de Jareb y Yamal traspasó la idea de que era bastante comprensible la razón por
la cual algunos seres humanos se dedicaban a la política, pero no lo expresaron
en voz alta porque no merecía la pena. Sus oscuras mentes, en esos instantes
tan oscuras como sus propias pieles, se encontraban tejiendo otros asuntos de
mayor envergadura en el telar de las posibilidades inmediatas.
¿Por qué no? ¿Por qué no iban a hacerlo?
¿Quién se lo impediría en un principio? De ese modo mostrarían la verdadera
naturaleza de don Agustín Jiménez de Olavide, y otros seres similares, y
expondrían ante el mundo su miseria porque —de eso no había ninguna duda—
actuaría como un miserable. Le pondrían en una difícil tesitura.
La alegría se desparramaba lenta.
Abandonaron la zona con el sabor y el
olor del lujo pellizcando sus sentidos. Hablaron durante mucho rato porque, en
su caso, las palabras acariciaban y se encontraban a gusto con el intercambio y,
tras pergeñar lo que podían hacer, finalmente decidieron actuar un día de las
siguientes semanas, un viernes o un sábado a ser posible, en el que la familia
Jiménez de Olavide celebrara algún evento, fiesta, reunión o similar. La
esposa, doña Mercedes, sería más impresionable sola, pero a quien verdaderamente
iba destinada la prueba sería a don Agustín.
Iniciaron los preparativos, que no
fueron demasiados. Era sencillo encontrar a las personas adecuadas en aquel
barrio, bastaba con extender la vista alrededor y palpar un mundo gris con la
mirada. Un grupo de veinte individuos sería bastante, considerando el hecho de
que más no cabrían en la furgoneta. Con tres o cuatro familias habría suficiente.
Jareb pensó en Rovena y sus niños; en Massak y Tolia con los gemelos; en el
grupo de Darmo, compuesto por siete u ocho personas en total, y en tres o
cuatro amigos más que, junto con ellos dos, alcanzarían sobradamente la
veintena. Todos aceptarían prestarse a la pantomima, no le cabía duda. Una
sonrisa maléfica se paseó por su boca.
El calor se había instalado en la
capital y no tenía visos de retirarse por el momento, un elemento a su favor ya
que la aventura resultaría mucho más incómoda con frío o incluso con lluvia.
El día elegido fue el sábado porque
precisamente esa noche la familia celebraría una fiesta y no resultaría nada extraño
la llegada de un envío con viandas para el ágape. Además, don Agustín ese día
no tendría que asistir al Ayuntamiento. Jareb tampoco acudiría al trabajo,
dejando su puesto ambulante en manos de algún amigo de confianza, no era la
primera vez ni sería la última. Yamal se presentó puntual a la cita, recogieron
en la furgoneta a sus amigos y se dirigieron hacia la morada donde habitaba el
alcalde y su familia.
La luz era una caricia suave. Ese día
cálido, aquellas personas con ojos y labios de resignación incrustados en el
alma iban a dar una lección a la clase dominante. Jamás llegaron a pensar que
esa clase dominante cediera a sus expectativas.
La furgoneta recorrió tranquilamente las
calles de la urbanización, asfaltadas de silencio, y se detuvo ante una de las
verjas de hierro. No había ningún vigilante, probablemente porque se
encontrarían en el interior de la mansión o porque solo hacían guardia los días
de diario, un punto que ignoraban y al que no daban la mínima importancia. Yamal
pulsó el botón del portero automático, indicó que venía a hacer la entrega del
supermercado, las cámaras les enfocaron y la verja se abrió. Había sido
sencillo. Una vez dentro, el vehículo se encaminó hacia la puerta de servicio
situada en la parte posterior de la vivienda. El magnífico jardín los recibió
con todo su esplendor de árboles, estanques y flores, un estallido de colores y
aromas que les hizo tambalearse de placer.
Yamal y Jareb descendieron del vehículo
y se aproximaron a la puerta, donde les recibió una doncella perfectamente
uniformada, cofia incluida. Con toda la educación de la que supieron hacer
gala, le indicaron que necesitaban ver al dueño de la casa para entregarle
personalmente un comunicado, mientras Rovena y sus tres niños, Massak y Tolia
con sus gemelos, el grupo de Darmo, compuesto por siete u ocho personas, además
de las jóvenes Unia, Dalica y Verna, acompañadas de sus hijos, bajaban de la
furgoneta, se agrupaban y permanecían quietos, como estatuas, contemplando las
maravillas que les rodeaban y guardándose infinidad de preguntas sin respuesta.
La doncella abrió los ojos aterrorizada
sin saber qué pensar de aquella repentina invasión de desharrapados. Había
olvidado por completo el supuesto pedido de alimentos que portaban.
—
No se asuste, señora —dijo Jareb con total tranquilidad, exhibiendo la mejor de
sus sonrisas—. Solo queremos hablar con el dueño de la casa.
— Pero…
—
Por favor, avise al dueño de la casa. Le aseguro que no vamos a hacerles nada
malo. Solo queremos hablar con los señores.
La
joven doncella cerró la puerta y corrió escaleras arriba aterrorizada. Cuatro minutos después la puerta se abrió de
nuevo y apareció un hombre de unos cincuenta años vestido de mayordomo. Detrás
de él, doña Mercedes.
— No se preocupe, Jacinto. Yo me hago cargo de
la situación —indicó la dama al sirviente colocándose ante él y encarándose con
Yamal y Jareb.
Era
una mujer gruesa, bien entrada en la cuarentena, la cara redonda, el pelo rubio
recogido en un moño y los ojos pequeños excesivamente pintados. Transmitía
serenidad. Un tin-tin de pulseras la perseguía.
— Yo
soy la dueña de la casa. Ustedes dirán.
Detrás
de ella se posicionaron la doncella, el mayordomo y otras dos personas,
supuestamente el personal de servicio de la vivienda. El alcalde ni siquiera
había hecho acto de presencia por el momento. Supuestamente estaría durmiendo.
Jareb,
mejor conocedor del idioma que el resto de sus acompañantes, indicó a doña
Mercedes que, dado que su marido, don Agustín, había expresado continuamente su
deseo de abrir las puertas de sus almas y de sus propias casas a los
inmigrantes y refugiados, ellos habían tomado sus palabras por ciertas y venían
a comprobar que dichas puertas en verdad permanecían abiertas por lo que, en
calidad de emigrantes, allí estaban, dispuestos a instalarse de forma definitiva
en casa del alcalde con sus familias y sus enseres y a permanecer allí todo el
tiempo que fuera necesario, quedando eternamente agradecidos por tanta
amabilidad.
La
doncella y el mayordomo sujetaron a doña Mercedes que se encontraba al borde de
la histeria y a punto del desmayo. Su piel había adquirido una palidez
cadavérica.
Don
Agustín apareció en ese momento por el fondo de la grandiosa cocina atándose el
cinturón de su batín de seda color granate, mientras murmuraba:
— ¿Qué
sucede, Jacinto? ¿Qué pasa aquí?
Y
dado que en aquella enorme vivienda habría sitio para muchas personas, continuó
Jareb, algo que resultaba evidente, habían decidido por unanimidad que unos
cuantos de ellos, no podría decirle el número exacto, se instalarían definitivamente
en varias de las habitaciones, pues suponía que contaban con muchas dadas las
dimensiones del edificio, y otros tantos colocarían sus tiendas de campaña en
el jardín de manera que perturbaran lo menos posible a los actuales habitantes
de la mansión, ya que no deseaban en absoluto molestar, porque estaban
realmente agradecidos por su bondad, su ofrecimiento y por el maravilloso trato
que, no le cabía la menor duda, recibirían en el futuro.
Los
acompañantes de Jareb y Yamal, colocados en grupo detrás de ellos, asentían a
cada una de sus frases.
Doña
Mercedes escuchaba aterrorizada las palabras de Jareb y se descomponía segundo
a segundo. La piel de su rostro había adquirido un tono rojo cereza, cercano al
violeta. Una de las criadas acercó una silla para que su señora tomara asiento.
Don Agustín no entendía una palabra de lo que estaba sucediendo, escuchaba y
permanecía estático, una especie de estalactita inmóvil, sin saber qué hacer ni
cómo actuar.
Era
verdaderamente fantástico, continuó Jareb, que hubiera personas como el alcalde
y su esposa que comprendieran el problema de la inmigración y la pobreza a la
que estaban sometidos —desgraciados de ellos que habían tenido que abandonar su
país y buscarse la vida, era realmente duro, no se puede imaginar, señora, ni nadie
podía imaginar lo que aquello suponía—, entendieran su tesitura, abrieran las
puertas de sus almas y de sus casas, tal y como habían manifestado con
frecuencia el señor alcalde, se pusieran de su lado haciéndose eco de todos los
problemas que arrastraban y quisieran ayudar contribuyendo con sus propios…
Fue
en ese instante cuando doña Mercedes perdió el sentido. Cayó fulminada por las
palabras de aquel ser que tenía delante y que estaba diciendo que... cielos…
invadirían su casa, se harían dueños de sus dependencias, tendrían que
compartir con ellos, oh no, por favor, compartir lo suyo… Todo porque Agustín
había abierto las puertas… Dios mío… cómo se le había ocurrido afirmar tales
barbaridades, sí, barbaridades. Una cosa eran las palabras y otra los hechos… su
marido estaba realmente loco, loco de remate. Jacinto, el solícito mayordomo,
ayudado por las tres doncellas, se hizo cargo de la situación, tomó a la esposa
del alcalde en sus brazos, la llevó al salón y la depositó en uno de los
divanes, mientras la sirvienta más joven corría a por un frasco de sales. Don
Agustín acompañó al grupo anonadado. Todos ellos rodearon a su señora mientras
la abanicaban. Jareb y Yamal permanecieron quietos e intercambiaron miradas y
sonrisas.
En
ese momento, don Agustín dio un paso vacilante hacia el grupo de desharrapados y
exclamó:
—
¡Marchaos de aquí, granujas, o llamo a la policía! —Su piel parecía haber
desteñido pasando del rosa violáceo al rojo fuego intenso.
A
lo que Jareb, mirándolo con desprecio, respondió:
—
No será necesario, no se preocupe. En seguida nos marchamos. No olvide, señor
alcalde, que ha sido usted quien ha dicho y repetido que teníamos las puertas
abiertas. Nosotros solo nos limitábamos a cumplir su deseo.
Y
sonrió enigmático.
Mientras
los sirvientes atendían la lipotimia de doña Mercedes en el fastuoso salón de
la vivienda, plenitud de lujo y maravilla, Jareb indicó a sus amigos que ya era
suficiente y que la función había terminado. La joven Tolia, toda ojos y
sueños, preguntó si podrían coger algunas viandas para la comida, les vendrían
muy bien y allí había de sobra, a lo cual tanto Yamal como Jareb respondieron
que no, que su misión había finalizado y debían volver cuanto antes a sus
hogares dejando la casa tal cual la habían encontrado. Eran pobres pero no
ladrones. Había sido divertido. Había sido muy divertido exprimir la realidad y
demostrar que las palabras de determinados seres son solo palabras, sombra y
humo, que nada tienen que ver con la realidad, pero el espectáculo ya había
tocado a su fin. Todos subieron de nuevo a la furgoneta menos Jareb, que permaneció
momentáneamente en la cocina para abrir la verja desde los mandos del portero
automático. Tras ellos quedaron los susurros y los aspavientos de cuatro
personas asustadas, un alcalde acobardado y un desmayo.
Una
sonrisa de triunfo y socarronería los acompañó durante todo el recorrido hasta
llegar a su barrio. Nadie pronunció una palabra.
Jareb
y Yamal jamás supieron cuál sería la conversación que mantuvieron el alcalde y
su señora esposa, únicamente podían imaginarlo y reír con aquellas suposiciones,
lo que sí pudieron comprobar el lunes siguiente es que la pancarta que rezaba: “Bienvenidos”, colocada en la fachada
del Ayuntamiento, había desaparecido. Y don Agustín, el Señor Alcalde, jamás
volvió a hablar de puertas abiertas.
©
Blanca del Cerro

No hay comentarios:
Publicar un comentario