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miércoles, 20 de enero de 2021

martes, 22 de enero de 2019

José Carlos Peña: Barcos y Navegantes XII




A todo trapo

 Solemos pensar que las prisas, el riesgo y la especulación descontrolada son características exclusivas de este siglo XXI, un tanto loco, que nos ha tocado vivir; pero no es exactamente así.

 Durante la segunda mitad del diecinueve, cuando la navegación a motor empezaba a ser una realidad incontestable, los grandes veleros disfrutaron de la última oportunidad para demostrar su valía y asegurarse un puesto en la nueva era del comercio marítimo que se avecinaba.

  Eran tiempos de especulación y volatilidad en el comercio del té, y la rapidez en la entrega suponía, por primera vez, un factor determinante. Ya no bastaba con llegar a tiempo, ahora había que ser el más veloz, el primero; el mejor de todos.

  Azuzados por una competencia feroz, en Inglaterra y Estados Unidos se construyeron unos barcos de diseño revolucionario, donde primaba la velocidad por encima de cualquier otra consideración. Eran los clippers, unos veleros magníficos y majestuosos, de casco alargado y afilada proa, capaces de desplegar al viento una cantidad de vela nunca vista hasta entonces.

 Durante casi treinta años, estos barcos demostraron que podían hacer en unos pocos meses travesías que antes duraban un año, entre Londres y la desembocadura del Min, en China; entre Cantón y Nueva York, o Melbourne y Hamburgo. Mucho más rápidamente que los nuevos barcos de vapor, que necesitaban hacer frecuentes escalas para repostar combustible.

 Fue una época gloriosa, romántica y… efímera, llena de carreras memorables, gestas marineras, naufragios evitables y especulación sin precedentes. Todo hay que decirlo.

 Aquello terminó en 1.869, cuando la inauguración del Canal de Suez acortó la ruta en más de la mitad y dejaron de ser rentables las singladuras a gran velocidad por el Cabo de Hornos o el de Buena Esperanza.

 Casi todos los clippers desaparecieron entonces, solo algunos sobrevivieron convertidos en buques escuela y uno de ellos, quizá el mas popular, permanece atracado en los muelles de Greenwich como museo flotante.

 Allí, la magnífica estampa del “Cutty Shark” induce a reflexionar sobre numerosas cuestiones. Una de ellas, quizá no la menor, es si vale la pena tanto esfuerzo por ser el más veloz, el primero; el mejor de todos.

©josecarlospeña

miércoles, 24 de octubre de 2018

José Carlos Peña: Pereza existencial






El protagonista de este cuento —cuyo nombre no viene al caso— estuvo a punto de morir el día de su cincuenta cumpleaños.

En los últimos tiempos, según se acercaba la fecha, se le veía más pensativo y ensimismado que de costumbre. Hablaba poco, y cuando lo hacía, sus palabras y el tono de su voz parecían impregnados de una sutil capa de tristeza, incluso de arrepentimiento.

En una de las pocas conversaciones que tuvo con su mejor amigo, sentados ambos en el coche, camino del restaurante donde iban a celebrar el aniversario, terminó confesando que, si echaba la vista atrás —cosa que últimamente hacía con frecuencia— no podía evitar el desasosiego que le producía comprobar cuantas oportunidades había dejado pasar a lo largo de vida.

—Siempre he intentado vivir sin agobios —decía— con la libertad de hacer lo que quiero y cuando me plazca. Huyendo de las prisas, los compromisos y la urgencia de atender asuntos que, la mayoría de las veces, pueden esperar.

—Es una buena manera de enfocar la vida —apuntó su amigo.

—Sin embargo —continuó— según voy entrando en la madurez, no dejo de pensar cómo habría sido mi vida si hubiera aceptado aquel trabajo que me ofrecieron en el extranjero, que parecía excelente, pero suponía también una mudanza y el considerable esfuerzo de adaptarse a otro país y otras costumbres. O, que habría sido de mí si hubiera puesto más empeño en conquistar a Teresa, que era el verdadero amor de mi vida y al final acabó casándose con otro, creo que por puro aburrimiento.

Y, cada vez que me acuerdo, no consigo comprender por qué no compré aquella casa que me ofrecieron junto a la playa, que era una auténtica ganga, aunque necesitase una reforma; supongo que la razón fue que me abrumaba la idea de empezar unas obras, con todo el trasiego y los trastornos que eso supone. ¿Entiendes lo que te digo?

Su amigo iba a responder que sí, que lo entendía perfectamente, pero en ese momento la rueda delantera derecha del coche reventó, y ambos terminaron estrellándose contra un árbol en la cuneta.

Cuando el agente que se ocupaba del atestado preguntó al protagonista de esta historia cómo se le ocurría circular con unos neumáticos tan viejos, él respondió que sí, que sabía que tenía que cambiarlos —de hecho, lo había pensado muchas veces—, pero nunca encontraba el momento de hacerlo.


©josecarlospeña

lunes, 25 de junio de 2018

José Carlos Peña: Cuestión de espejos


                             
         
   


Colgando de un muro en el Callejón del Gato, en pleno centro de Madrid, se conservan dos espejos, uno cóncavo y otro convexo, que fueron muy populares a finales del siglo diecinueve y principios del veinte. Tanto es así que Valle Inclán los inmortalizó en una memorable escena de “Luces de Bohemia”, donde sus estrafalarios protagonistas filosofan a propósito de su visión más o menos distorsionada de la realidad.

Algunas veces, impulsado por la curiosidad, me he entretenido observando cómo reacciona la gente cuando ve la imagen que les devuelven de sí mismos esos espejos; y no deja de ser intrigante que mientras unos se ríen divertidos hay otros, y no pocos,  que se quedan muy serios y pensativos, diríase que inquietos, ante tan grotesco espectáculo.

Todo esto viene a cuento porque hace poco leí el relato de un escritor, oscuro y totalmente desconocido, de nuestro tiempo, cuyo protagonista es un hombre incapaz de reconocer su imagen en los espejos, hasta que un día, en una de esas barracas de feria que van por los pueblos, llora de emoción al contemplar su figura deforme en el reflejo de un cristal trucado.

Parece ser que el relato está basado en una historia real, y que su caso fue motivo de estudio para algunos especialistas norteamericanos, que llegaron incluso a publicar un artículo científico en el que describían los síntomas, y el posible tratamiento, de una nueva forma de trastorno mental que no estaba catalogada hasta entonces.

No hace mucho, comenté todo esto con una buena amiga que es psicóloga y ella, después de escucharme con atención, iluminó la pequeña sala donde nos encontrábamos con una sonrisa y luego negó con la cabeza.

—No estoy de acuerdo en absoluto —dijo—. Entre otras razones porque hoy día cualquier comportamiento que se aleje de lo que consideramos normal termina catalogado como trastorno. Pero resulta que el concepto de normalidad que manejamos es completamente arbitrario, y cambia según el contexto histórico y cultural donde lo apliquemos.

—¿Quieres decir que lo que le pasaba a ese tipo puede considerarse normal? —pregunté descargando todo el énfasis en esa dichosa palabra que tantos quebraderos de cabeza nos produce: “normal”.

—No hay más que aplicar el sentido común  —respondió ella sin dejar de sonreír—, porque si lo piensas bien, todos nosotros, en algún momento de nuestra vida, elegimos el espejo donde queremos mirarnos; así que la verdadera dificultad consiste solamente en no equivocarse de espejo.


© José Carlos Peña

viernes, 25 de mayo de 2018

José Carlos Peña: El mar


                                


“Un hombre emprende el viaje y es otro el que regresa” dice un viejo proverbio.

Algunas veces, muy de tarde en tarde, me entretengo releyendo lo que escribía un bisabuelo mío, que es el único miembro de la familia con inquietudes literarias e intelectuales reconocidas. Era un pequeño terrateniente castellano, aburguesado y ocioso, que admiraba profundamente los avances tecnológicos que tenían lugar en Europa y se mostraba firme partidario del método científico. Aunque en algunas ocasiones llevaba esa afición hasta extremos un tanto ridículos, o al menos discutibles.

En uno de sus ensayos, escribe que al enterarse de que un joven de la localidad ha decidido enrolarse como marinero en un bacaladero portugués, con la intención de ampliar horizontes y ganar algo de dinero, él, mi bisabuelo, concibió un pequeño experimento.

No le costó mucho convencer al muchacho para concertar una entrevista y  someterlo, de paso, a un exhaustivo reconocimiento. Empezó formulándole algunas preguntas acerca de su forma de ver el mundo, la familia, la religión, la organización política y social, y continuó luego con otras cuestiones de tinte más personal; todo ello con la intención de pergeñar lo que hoy día podría denominarse un perfil psicológico.  

Parece que el joven se mostró reticente y desconfiado al principio, pero escribe mi bisabuelo que logró crear un clima de confianza suficiente como  para que las palabras y las ideas fluyeran poco a poco, en la medida en que era capaz de expresarse el hijo de una familia modesta y con escasos estudios. En cualquier caso, le advirtió de que al tratarse de un experimento científico, su identidad nunca llegaría a ser un dato relevante.

Luego sometió al muchacho a un reconocimiento físico que quedó reflejado en una descripción pormenorizada que incluye, además del peso y las medidas de cada uno de sus miembros, el color del cabello, los ojos y las uñas, así como la anchura de hombros, el perímetro craneal y los resultados de algunas sencillas pruebas de fuerza y resistencia.

Se despidieron ambos con la promesa de repetir todo el procedimiento cuando el joven regresara, aunque hay unas anotaciones que hablan de la posibilidad de que tal cosa no llegara a ocurrir, teniendo en cuenta el porcentaje de naufragios de la flota portuguesa, las posibilidades de una muerte en el mar y muchas otras circunstancias adversas  imposibles de cuantificar.

Hace poco, en el curso de un viaje, tuve la oportunidad de visitar el pequeño museo dedicado a los bacaladeros portugueses en Viana do Castelo. Allí, junto a las magníficas reproducciones de aquellos esplendidos veleros de gran arboladura y afilada proa, que se internaban durante largos meses en las gélidas aguas de Groenlandia para llenar las bodegas de bacalao, hay una serie de viejas fotografías que llamaron poderosamente mi atención.

En ellas aparecen los rostros de aquellos verdaderos lobos de mar, la mayoría jóvenes. Son los rostros de unos hombres duros y fuertes, muchos de ellos en actitud silenciosa, con la mirada ausente y el cansancio y la soledad reflejados en cada uno de sus rasgos.

Mientras los contemplaba, intenté imaginar cómo deben afectar a cualquiera esas interminables campañas. Cómo aquellos hombres, solos en medio del mar durante tanto tiempo, rodeados de témpanos y a merced de los embates del viento; sacudidos por las olas y ateridos de frío, podían contemplar el mundo y encontrar una motivación que dotara de sentido a su existencia.

Escribe mi bisabuelo que dos años después, cuando el joven cuya identidad sigue siendo un secreto regresó, volvió a someterse dócilmente a las preguntas y el reconocimiento, aunque su actitud era bien distinta en esta ocasión.

Se mostraba parco en palabras y soportaba las comprobaciones físicas con cierto aire burlón. Cuando mi bisabuelo empezó a interrogarlo sobre cómo había sobrellevado la exposición prolongada al aire libre, el frio y el trabajo duro, el muchacho esbozó una sonrisa.

— Parece mentira que sea usted tan listo —le dijo— y no se dé cuenta de que el verdadero viaje es interior.

© José Carlos Peña


sábado, 17 de febrero de 2018

José Carlos Peña: La brújula


                                                         
Un mapa y una brújula, un sextante y un reloj es todo lo necesario para orientarse en el mar. Si uno los maneja correctamente, siempre sabe dónde se encuentra y en qué dirección avanza. Pero en tierra no ocurre lo mismo.

Cuando, después de muchos años navegando, Ismael dejó la vida en los barcos, puede decirse que el sentimiento que experimentó con más intensidad fue la desorientación.

Él deseaba dejar atrás la soledad y el distanciamiento que supone la vida en el mar y vivir entre sus congéneres como uno más. Y, aunque ya no era joven, gracias a su espíritu inquieto y su gran fuerza de voluntad probó varios empleos, habitó en diferentes ciudades, se casó  dos veces e intentó  hacer suyos cuatro hogares distintos. Pero lo años pasaban y no podía decir que hubiera encontrado su camino, porque la vida en tierra ofrece demasiadas distracciones, hay excesivos puntos de referencia y uno, al final, no sabe a ciencia cierta dónde está ni a dónde se dirige.

Comprobó con desaliento que vivir entre los otros resultaba complicado, porque era preciso conjugar muchos intereses, mantenerse al margen de la política, despreciar la publicidad, luchar contra la corriente de las modas, evitar a los bancos, ignorar las habladurías y sortear las trampas del amor; demasiadas dificultades para alguien acostumbrado a  moverse de aquí para allá siguiendo una ruta previamente trazada en el mapa. 

Aun así tuvo suerte y las cosas le fueron relativamente bien. Consiguió montar un pequeño negocio, se casó por tercera vez y estableció su residencia en un pueblo junto al mar.

Pero no podía evitar la melancolía de su vida anterior y con los años terminó comprándose un barquito, en el que cada vez pasaba más tiempo.

La gente creía que se dedicaba a pescar, que disfrutaba brincando sobre las olas o que buscaba unos momentos de soledad y recogimiento en medio del mar. Pero no era así exactamente.

En realidad, lo que hacía cuando se había alejado lo suficiente de la costa, era encerrarse en la cabina, extender una carta de navegación sobre la mesa de bitácora y,  armado con una brújula, un sextante y un reloj, dedicar largas horas  a calcular rumbos, distancias y velocidades; midiendo la altura del sol sobre el horizonte y estudiando el movimiento de las estrellas para situarse, y obtener así una idea aproximada de dónde se encontraba y en qué dirección se movía.

Esos eran sus únicos momentos de sosiego, cuando se sentía capaz de intuir la sutil armonía que rige el mundo y el devenir de todas las cosas. Quizá no fuese una más que una sensación falaz, una ilusión de su mente, pero a Ismael le servía para enfrentarse luego, una vez en tierra, al aparente sinsentido de la vida cotidiana.

Muchos años después, cuando vio aproximarse el momento final, no exigió nada, porque le daba absolutamente igual lo que hicieran con su cuerpo y el lugar que le asignaran para descansar eternamente. Pero si rogó a sus familiares que, ya que iba a emprender su último viaje, por precaución, lo enterraran con una brújula en el bolsillo.


© José Carlos Peña 


viernes, 29 de diciembre de 2017

José Carlos Peña: El atajo

                                  
             
Nunca, a lo largo de los dos años que llevaba haciendo el reparto en aquella zona, Oswaldo había tomado ese desvío. De hecho, ignoraba totalmente su existencia hasta que alguien se lo recomendó como un atajo para sortear los atascos cotidianos e interminables de la autovía. 

Pero desde el primer momento tuvo la extraña sensación de que terminaría arrepintiéndose. Porque era una carretera estrecha, que serpenteaba entre colinas y hondonadas cubiertas de bosque, donde no había ni una sola gasolinera, ni un bar, ni cobertura de móvil en algunos tramos.

Como todas las mañanas, Oswaldo conducía atento al reloj, el teléfono y el tráfico. Aunque por aquella pista sinuosa no circulaba nadie más y el camión se movía despacio entre rampas, curvas y cambios de rasante que limitaban la visibilidad; y él empezaba a pensar que no había sido tan buena idea tomar ese desvío.  Por suerte había dejado de llover y entre la espesura, a lo lejos,  a veces era posible distinguir las luces algunas viviendas.

A la salida de una curva, después de bajar una empinada cuesta, vio un camino de tierra que se abría a la derecha, pero no le prestó demasiada atención; ni tampoco al cochambroso cartel, oxidado e ilegible, que señalaba una dirección desconocida. Pero no le quedó más remedio que rescatarlo de su memoria dos kilómetros después, cuando el motor del camión empezó a renquear, la cabina se llenó de un extraño olor a  quemado y, finalmente, Oswaldo se vio obligado a detener el vehículo, bajarse y comprobar con espanto que de las entrañas del motor brotaba un humo, negro y espeso, que no auguraba nada bueno.

Las primeras luces de la mañana todavía eran escasas, el teléfono móvil se había convertido en un artefacto completamente inútil, y todos los temores de Oswaldo parecían haber despertado repentinamente.

¿Qué iba a decir su jefe?, uno de esos tipos que desconocen la empatía y exigen mil explicaciones, pero no admiten escusas. Un personaje cada vez más habitual en esas empresas deshumanizadas que tanto abundan, donde las relaciones son cualquier cosa menos personales y el trato es distante, frio y cada vez menos frecuente. ¿Cómo iba a explicarle a alguien así que había tomado ese desvío para ahorrar tiempo, combustible y la desazón que se apodera de uno cuando se ve atrapado en un atasco interminable?

De mala gana dejó abandonado el camión en la cuneta y empezó a caminar, cuesta arriba, con la esperanza de que aquel cartel, y aquel camino que había visto dos kilómetros antes, lo condujeran a un lugar con teléfono, donde le permitieran hacer al menos una llamada. Pero sabía que no iba a resultarle fácil, porque un individúo como él, con la piel oscura y acento del sur, no inspira demasiada confianza a esas horas, en una carretera solitaria y en un país con demasiados problemas propios como para ocuparse de los ajenos.

Además, mientras caminaba en busca del desvío, no dejaba de pensar en el camión abandonado en la cuneta, preguntándose si lo encontraría a la vuelta, si no le vaciarían el remolque o la carga se echaría a perder.

¿Qué iban a pensar en la empresa si ocurría algo parecido? No resultaba demasiado difícil imaginarse cómo reaccionarían esos tipos, a los que uno no conoce y que no saben ni cómo te llamas, pero deciden si vas a trabajar mañana, o la semana que viene, durante cuántas horas y a cambio de qué salario. Gente que no te mira a la cara, que habla contigo por teléfono o por correo electrónico y al final se despide diciendo que ya te llamarán, sin molestarse en disimular que están mintiendo miserablemente.

Agobiado por esos y otros pensamientos, como el recibo de la hipoteca, las facturas que irremisiblemente llegan todos los meses y lo difícil que iba a resultarle encontrar un nuevo trabajo, Oswaldo llegó a la altura del desvío y comprobó que, efectivamente, el cartel era ininteligible. Pero se internó en el camino de tierra y continuó andando.

Había cipreses a ambos lados y al final se veía una casa con las ventanas abiertas. El mastín que dormitaba en el porche salió a recibirle moviendo el rabo, el aire se había impregnado de un agradable aroma a café recién hecho y, clavado en una estaca, muy cerca de la puerta, había otro cartel.

Oswaldo lo leyó y respiró aliviado.

Solo era una palabra, escrita con letras grandes y caligrafía clara: “BIENVENIDO”, decía.



©josecarlospeña




lunes, 20 de noviembre de 2017

José Carlos Peña: Un café con leche

     
                            
Del mismo modo que Marcel Proust fue capaz de divagar a lo largo de treinta páginas a propósito de una simple magdalena, Pep Fontana podía, aquella fría mañana de noviembre, dedicar todo el tiempo que fuera necesario a evocar sus viejos recuerdos frente a una taza de café.

En realidad a él, al principio, hace ya muchísimos años, no le gustaba el café. Desayunaba todos los días leche con cacao en la vieja y destartalada cocina de sus padres, sentado junto a la estufa; pero asistía con fascinación al ritual que cada mañana, muy temprano, llevaban a cabo los mayores de la casa. Su madre molía despacio los granos oscuros, ponía agua a hervir y cuando ya el aroma del café traspasaba los umbrales de la cocina y llegaba hasta cada uno de los rincones de la pequeña casa, solo entonces, su padre y sus hermanos mayores aparecían somnolientos y despeinados en la cocina, se sentaban alrededor de la mesa y empezaban a pelearse por las tostadas. Pep los observaba mientras iba mojando las galletas, una a una, en el tazón de leche con cacao y deseaba ser algún día como ellos.

El primer café, creía recordar, no lo tomó con el desayuno. Fue un anochecer, cuando ya era casi un adolescente y su madre puso frente a él, sobre la mesa redonda  del cuarto de estar, atiborrada de libros y cuadernos, un pequeña y humeante taza.

—Tómate esto —le dijo— si tienes que estudiar toda la noche vas a necesitar un poco de ayuda.

Pep Fontana no pensaba estudiar toda la noche, ni mucho menos, pero el efecto que le produjo aquel líquido oscuro, espeso y amargo fue suficiente para mantenerlo despierto durante horas, incluso cuando su mente vagaba ya por caminos que estaban muy distantes del contenido de los libros de texto. Al día siguiente, además, se presentó al examen sin haber dormido apenas, agotado y con los nervios a flor de piel, consciente del desastroso resultado que iba a obtener.

Luego vinieron muchos más cafés. Unos en casa con el desayuno y otros en la taberna que había frente al instituto, donde se refugiaba con su compañeros huyendo de las clases y los profesores más aburridos, y ocupaban el tiempo compartiendo improbables ilusiones de futuro.

También en  la cantina de la facultad corría el café con abundancia, tanto si él y sus compañeros pasaban la mañana jugando a los dados o se enzarzaban con ardor en discusiones bizantinas sobre las ventajas y los inconvenientes de la revolución que estaba por llegar.

En la madurez las cosas cambiaron y Pep Fontana, ahora que tenía tiempo, hubiera podido recordar todos y cada uno de aquellos cafés con leche, fríos y mucha azúcar, preparados el día anterior y tomados precipitadamente a las cinco de la mañana, mientras se vestía procurando no hacer ruido para no despertar a su mujer y a los niños; inmediatamente antes de internarse en la gélida madrugada de Madrid, camino del trabajo.

Y los cafés cortados de la máquina del pasillo, en la fábrica,  rodeado de amigos y competidores, ambos las mismas personas, hablando, precipitadamente de fechas, presupuestos y plazos de ejecución. Convencido de que todo cuanto dijera sería utilizado en su contra; bien en un rincón de la oficina o bien en el despacho del jefe.

Y puestos a recordar, ¿qué decir de aquellos cafés de madrugada en algún lugar lejano, o un té, dependiendo del país donde se encontrara? Con otras gentes y otras costumbres, deseando sacar adelante el trabajo con la mente perdida en Madrid, concretamente en el salón de su casa, donde su mujer y sus hijos estarían viendo la televisión y quizá, solo quizá, acordándose de él.

Muchos cafés y muchos días a lo largo de toda una vida, los unos amargos, los otros dulces, unos espesos y otros suaves y livianos; con leche, cortados, carajillos después de comer para mejorar la digestión y solos a media tarde, para levantar el ánimo cuando aún queda una larga jornada por delante.

A estas alturas, Pep Fontana no estaba seguro de si había valido la pena iniciarse en el hábito del café porque, en realidad, lo que él añoraba en estos momentos era la leche con cacao y galletas que le ponía su madre sobre la mesa cada mañana. Sobre todo, teniendo en cuenta el café tan malo que sirven en las residencias de ancianos.



© José Carlos Peña