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viernes, 13 de marzo de 2026

Malena Teigeiro: El estudiante

 


Mi marido se llama Jaimito. Repito, no Jaime, sino Jaimito.

Fue mi compañero de pupitre desde el día que comencé el colegio. No tengo ninguna duda de que si no fuera por mí, que le dejaba copiar en todos los exámenes, y le soplaba las preguntas orales, quizá no hubiera sido capaz de terminar la enseñanza básica. De eso estoy segura. Sin embargo, en lo referente a los negocios, ya era otra cosa. Ahí incluso le ayudó el nombre de Jaimito. ¿Que por qué? Pues porque al igual que en el colegio cada vez que algo ocurría el señor Iturriaga, nuestro maestro, gritaba: Jaimito, qué está pasando. Jaimito, qué haces. Jaimito, otra vez copiando, y él, fuera o no el culpable, bajaba la cabeza. También cuando había que construir un decorado, instalar unas luces, o buscar los trajes para una obra de teatro, era Jaimito el que se ocupaba de ello.

Al terminar el bachillerato, me fui a Madrid. Quería estudiar Filología en la Complutense. Me sentía feliz. Podía elegir lo que más me gustaba, las Lenguas Muertas. Estudié latín, griego, y un poco de sánscrito. Me sentía tan feliz entre todo aquello que apenas volvía a mi pequeña ciudad durante las vacaciones. Y era lógico, en Madrid se quedaba esperándome mi adorado Carlos.

Y Jaimito, cuyo nombre hizo que todos lo conocieran, decidió dedicarse a trabajar en lo que mejor sabía hacer: La búsqueda. De ese modo, cualquiera que tuviera que arreglar un lavaplatos, una máquina de coser, la necesidad de adquirir el elemento más extraño, todos, todos los que lo conocían, inmediatamente decían voy a llamar al Jaimito. Seguro que él sabe dónde encontrarlo. Y Jaimito, nadie entendía cómo, al día siguiente, a veces incluso a los diez minutos, llamaba a la puerta de la casa del susodicho con el artículo que se necesitaba.

Y así fueron pasando los años.

Cuando finalicé mis estudios, sin saber todavía qué camino tomar, volví a mi ciudad. Y allí estaba, como siempre, Jaimito esperándome.

Apenas pasados dos meses, Carlos, mi novio durante la carrera, me escribió diciendo que había descubierto su amor por Dorita, mi compañera de habitación y amiga íntima durante todos los años que duraron mis estudios. Ni le contesté. Pero eso sí, lloré un día tras otro hasta que mi madre llamó a Jaimito. Sentado a mi lado, igual que cuando lo hacía en el pupitre, mirando al frente, me susurró que le faltaba la persona que le soplara lo que tenía que hacer. Cosa que no entendí, porque en ese momento ya tenía dos tiendas y un almacén en los que podías encontrar cualquier cosa por inverosímil que fuera.

Al fin conseguí una plaza de profesora en un colegio en las afueras de la ciudad. Estaba cerca del almacén de Jaimito, por lo que él me llevaba todas las mañanas.

Y ocurrió lo que todos pensaban que tenía que pasar. Una mañana del mes de julio, nos casamos. Él estaba feliz. Yo bastante contenta. Apenas un año después nació Jaime, y luego tuvimos también dos niñas.

Y lo cierto fue que Jaimito tenía razón. Desde que nos casamos, fui la que le soplé lo que a mi juicio debía hacer, la que lo animó a abrir tiendas en otras ciudades, primero, y en otros países después, la que dejó su trabajo en el colegio para ayudarle a dirigir la cadena.

Una mañana, como antiguos alumnos, los dos fuimos invitados a nuestro colegio. Como personas con gran éxito en la vida, por entonces éramos una de las mayores fortunas del país, querían que diéramos una charla sobre la necesidad de tener una buena preparación para poner enfrentarnos a la vida.

Y sí, Jaimito, impasible, sentado a mi lado, con la mejor de sus sonrisas, escuchó de mis labios la recomendación de la necesidad de unos buenos estudios para poder encarar el futuro. Cuando terminé, desde el fondo del salón de actos, renqueante, ayudado por la que supuse era su hija, se acercó a saludarnos el señor Iturriaga. Miró a nuestros hijos y volviéndose a mi marido dijo: Copiando otra vez, Jaimito.

© Malena Teigeiro

viernes, 13 de febrero de 2026

Malena Teigeiro: Cebolla frita

 

Un poquito de sal, unas gotas de limón, una cucharada de cebolla bien frita, y otra de vino blanco, recitaba Lidia en voz alta. Y, ahora, espolvorearlas bien con pan rallado, aunque sin pasarse.

—Así es como te gustan, ¿verdad? —gritó mientras introducía la bandeja en el horno.

—¿Que me gusta el qué? —escuchó la voz de Juan que, como si fueran burbujas, flotaba en el ambiente.

Las zamburiñas era el marisco que más apreciaba su Juan. ¿A su Juan? Lidia se limpió los ojos con la puntita del delantal. Sus lágrimas no eran por culpa de la cebolla, eran porque la imagen de Manolita, la dueña del puesto 53 —el de ellos era el 54— del mercado de mariscos, le había venido a la mente.

Manolita lo heredó de su madre, doña Manuela, muerta en un accidente de coche hacía poco. Y desde que la hija lo ocupaba, su Juan no era el mismo. Ni se reía con ella ni jugaban en la cama. Ahora le descubría canas, alguna arruga alrededor de los ojos, y sobre todo le molestaban los niños. Manolita era joven, tenía el pecho prieto y tan alto que sus primeras curvas siempre estaban fuera del escote. Reía con fuerza y, como hacían todos, anunciaba sus mariscos a voz en grito, pero los de ella eran alegres, casquivanos. Tan así era, que desde que Manolita estaba al frente del puesto de su madre, las ventas en el de Juan habían bajado. Y desde que se colocó el delantal con las tiras bordadas bien tiesas, Juan enloqueció por ella. De eso Lidia estaba bien segura.

Sin embargo, desde ayer Juan estaba más hosco que de costumbre. Hasta se había enfadado con los niños durante el desayuno. Y en vez de ir con los amigos a tomar el apetitivo y jugar una partidita, se había quedado en casa tumbado en el sofá. Ni tan siquiera veía el fútbol. Lidia llamó a su madre para que se llevara los niños. Algo iba a pasar y no quería que los críos estuvieran delante.

Desde que su madre cerró la puerta, ella daba vueltas por la casa sin saber qué hacer. Y fue entonces cuando se le ocurrió cocer unos camarones y cocinar las zamburiñas. Era lo que más le podía gustar a Juan. A las dos y media, todo estaba como tenía que estar: la mesa con el mantel bordado, un búcaro azul con margaritas en el centro y una botella de Alvariño refrescándose en la nevera.

Ya sentados a la mesa, Lidia, asustada, percibía la intensa calma con que Juan pelaba los camarones. Después lo vio mojar pan en una zamburiña. De pronto levantó la cabeza. La miró despacio.

—Estás muy guapa esta mañana —susurró.

La capoteaba para darle la puntilla, pensó Lidia mientras lo veía coger el vaso de vino y bebérselo de un trago. ¿La iba a dejar y encima se burlaba de ella? O sea que, además de aguantarle los cuernos que seguro le estaba poniendo con Manolita, cocinaba lo que más le podía gustar, cuidaba a sus hijos, lo amaba desde que era una niña, ¿tenía que escuchar sus falsos piropos? No estaba guapa y lo sabía. ¡Cómo podía estarlo con los ojos rojos de tanto llorar, la delgadez escurriéndosele por las caderas, y ese pelo que nunca sabía qué hacer con él! Por ahí ya no estaba dispuesta a pasar. Se removió en el asiento. Bebió del mismo modo su vino y aclarándose la garganta lo miró de frente.

—¿Te ocurre algo Juan? —preguntó.

—Lidia, tenemos un problema —masculló sin dejar de comer las zamburiñas.

—¿Tenemos o tienes un problema? —inquirió con retintín.

Él levantando la cabeza, la miró sorprendido. Creía que todo lo de la casa les afectaba a los dos, pero si ahora las cosas ya no eran así... Continuó mojando el pan en la zamburiña. Lidia se sintió inquieta. Lo quería tanto que hasta le dio lástima. Pero, ¿era tonta o qué?, se dijo.

—Manolita...

Lidia se levantó de la silla. Que no siguiera, por favor, que no siguiera, se dijo. No estaba dispuesta a escuchar lo que le iba a decir. Cerró los ojos, lo vio saliendo de la casa con la maleta en la mano y comenzó a llorar. ¿Es que no le daban pena sus hijos? ¿Es que no sentía nada por ella después de tantos años de estar juntos?, le espetó. Juan la miraba con los ojos redondos y la boca abierta.

—Escucha Lidia, Manolita se casa con uno de Lérida, por lo que deja el puesto. Como nos está agradecida por lo que la ayudamos manteniéndolo los días que su madre estuvo en el hospital, nos lo ha ofrecido a nosotros. Si ando preocupado es porque es mucho dinero y tendríamos que pedir un préstamo al banco, y ya me conoces, a mí eso de endeudarnos no me va. Ella dice que está dispuesta a alquilárnoslo hasta que se lo podamos pagar. ¿A ti qué te parece que debemos hacer?

—Juan, no seas tan raro. Nos apretaremos un poco el cinturón, y si algún mes va peor, tiramos de los ahorros. Pide el préstamo, como hace cualquiera, y dale las gracias. Y eso sí, no me vuelvas a ocultar ninguna cosa. No sabes lo preocupada que estaba pensando que tenías un problema de salud. ¡Vaya!, que ya me veía viuda —Lidia se secó una lagrimita con a punta de la servilleta—. ¿Y sabes una cosa? —con sus cálidos ojos lo miró satisfecha—. Me alegro de que Manolita se case. Que contenta estaría su madre. Ojalá tenga mucha suerte. A mí siempre me pareció una buena chica. Y quedarse huérfana tan joven... Pero ahora, comamos, que las zamburiñas se están quedando frías. Y eso sí, en cuanto termine voy a llamar a mi madre —Lidia chupó la cabeza de camarón con deleite—. La pobre anda en un sin vivir con lo de tu posible enfermedad.

© Malena Teigeiro

martes, 13 de enero de 2026

Malena Teigeiro: Las redes

 



Pintaba puertos, playas o acantilados. Pero, sobre todo, puertos. El color del mar, los inmensos cielos que lo cubrían, la hacían volar sobre él. Le daba lo mismo colorear el verde oscuro de las playas del norte de Francia, el azul grisáceo de las islas del Pacífico, o el turquesa de las playas caribeñas. Incluso pintaba algunos puertos teñidos de rojo con lava del volcán.

Muy pocos comprendían su atracción por los puertos, que olían a aceite, a sal, y a pescado, en donde podías sentarte a charlar con los que remendaban las redes o a tomar un vaso de vino.

A veces acompañaba a Antonio, un patrón amigo de su padre que solo salía al mar en busca de la cena. Si pescaba poco, la invitaba a su casa de encima de la playa, y si habían tenido suerte, le daba los peces para que ella los vendiera. Salían al atardecer. A ella una de las cosas que más le placía era sentir el frío de la arena en los pies desnudos cuando caminaba hacia la barca. Siempre le pareció que estaba igual de fría que su padre cuando se lo trajeron muerto.

Una mañana, Antonio también apareció muerto en su cama. Algún día tenía que ser, escuchó a uno de por allí. Después de aquel comentario, Paco se le acercó. Si quería, él podía llevarla también en su barca. Ella no contestó.

Días después del entierro, Paco se acercó a su casa. Venga mujer, le dijo, que no era bueno que estuviera encerrada. Vente conmigo que voy a echar las redes esta noche. Ese día no fue, pero, al otro, cuando volvió a pedirle lo mismo, pensó que tenía razón, no era bueno estar tan sola. Además, nada le gustaba tanto como estar en el mar. Y fue con él.

Salieron varias noches hasta que una de ellas, mientras esperaban a que se llenaran las redes él, sentado en la borda, la animó a beber un trago de aguardiente. Ella apenas mojó los labios mientras el otro se bebía media botella. Le vio los ojos rojos, los labios violetas y una risa tonta. Ven, ven. Acércate, le decía balanceándose con el ritmo de la mar. Ella se acercó y de un empujón lo tiró al agua. Había aprendido a defenderse de los hombres.

Al día siguiente, al atardecer, unos pescadores encontraron la barca a la deriva. Uno de ellos la acomodó entre los aparejos, el otro recogió las redes. Paco, como un pez, apareció en ella.

Durante el juicio, le declaró al juez que fue ella la que lo empujó. Conocía lo que le pasaba a las mujeres cuando los hombres se ponían en aquel estado, y ella no estaba dispuesta a pasar por eso. El magistrado sentenció que la internaran en un siquiátrico.

Desde entonces, vive allí, y si bien es verdad que no puede mojarse los pies en el mar, ni sentir el frío de la arena en las plantas de los pies, le han dado las pinturas con las que disfruta pintando los puertos.

sábado, 13 de diciembre de 2025

Malena Teigeiro: Vicisitudes de una maleta rosa fosforito

 


Sabía que no estaba bien. Sabía que eso podía suceder, pero la prisa, la necesidad de salir corriendo me hizo superar el impulso de abrirla y colocar mejor las cosas. La culpa de que estuviera así la tendrían las botas altas trak o quizá la bolsa de aseo. El bote de laca y el de crema limpiadora eran enormes. Cerré la maleta y salí corriendo.

En la rotonda del aeropuerto, al mirar hacia atrás, me pareció ver que una parte, pequeña, eso sí, de mi falda plisada salía de la maleta. No pasa nada, me reconvine. En cuanto aparque y baje del coche, comprobaré que todo está bien. Si hace falta, antes de embarcar, la abriré para cerrarla y colocar de nuevo todo.

En el parking me di cuenta de que no tenía tiempo para ningún tipo de comprobaciones. Intentando sacarla del maletero —menos mal, que tuve la precaución de colgarme la bandolera del cuello—, sudando copiosamente, rezongaba que por qué sería tan difícil sacar las maletas del coche. Al fin logré sacarla. Lo que no pude impedir fue que con gran estruendo se cayera al suelo. Qué buena compra hice, pensé al comprobar que nada se había roto. Superada esa prueba, después de enderezarla con esfuerzo, no me cupo ninguna duda de que la maleta rosa fosforito, de cuatro ruedas, era de buena calidad. Salí del estacionamiento corriendo.

Aquella mañana me di cuenta de lo grande que era la sala de partidas. ¿Quién habría inventado esa horrible T4? A la carrera comprobé el billete. Sí. Era el mostrador 790. Justo, y como no podía ser de otro modo, entré por la puerta equivocada. Mi mostrador se encontraba al menos a un kilómetro de donde estaba. Seguí corriendo. En aquel momento ya me daba igual tropezar con una u otra persona, atropellar al carrito de un bebé, o matar al perrito, qué mono, que diligentemente andaba al lado de su dueño. Perdón, perdón, decía a cada paso recordando la máxima de mi madre: Nunca se pueden perder las maneras. Nunca.

A punto de que cerraran el mostrador de facturación, al fin, llegué. Aquí. Aquí, grité, agitando la tarjeta de embarque que había sacado por la noche, ya casi de madrugada. Señorita, me dijo la chaqueta roja. Tiene que ir a la máquina, meter sus datos y sacar la cinta de la maleta. Después pásese por el mostrador para facturar el equipaje.

Como siempre, la primera máquina no funcionaba. En la segunda, un señor mayor, amablemente me pidió ayuda. Me encanta la gente educada, recuerdo que pensé. Y me pedía ayuda a mí, que estaba a punto de perder el vuelo. Y ahí sí que perdí las maneras. Lo empujé y corrí hacia la siguiente.

Ya con el pasaporte, la tarjeta de embarque, la cinta de la maleta en la mano, volví al mostrador. El joven que me esperaba con el ceño prieto, lo primero que me dijo fue que no creía que la maleta llegara a tiempo y que como no corriera mucho, tampoco llegará usted al avión. Están llamando para embarcar desde hace un rato.

Gracias, dije, intentando no perder las maneras. Coloqué la maleta en la cinta sobre las cuatro ruedas. Él con la calma propia del que hace ese gesto una y otra vez, pegó el papelito en el asa. Le dio al botón y la cinta arrancó llevándose mi tambaleante equipaje.

Sonreí y suspiré aliviada. De pronto, la maleta se cayó de la cinta y como cabía esperar, se abrió desperdigando toda la ropa.

¡Mi bellísima maleta rosa! Era de tan buena calidad que aguantó hasta estar en la cinta para abrirse. Sin atender a los gritos del muchacho, eché a correr siguiendo las indicaciones: Pasillo J, ascensor para bajar a la plata menos 2...

Ahora, ya solo con la bandolera al hombro, podía volar los kilómetros que me separaban de la puerta de embarque. Eh. Eh, grité a la azafata que se retiraba del mostrador. Me miró con mala cara. Le entregué la tarjeta y aguantando el mal humor de todos aquellos con los que me iban cruzando, que sin duda no tuvieron a una madre como la mía, recorrí el finger y me senté en la fila 12, C.

El runrún del avión al despegar y el recuerdo de la noche anterior en la que Jimmy me había pedido por teléfono que me casara con él, hicieron que mi corazón latiera con rapidez.

Colgué a las dos de la madrugada. Y feliz, decidí que no esperaba ni un solo día para reunirme con mi amado. ¡Qué bueno era lo del internet para estas ocasiones! Busqué un billete. Solo encontré este que, con suerte, me permitiría dormir un par de horas. Después llamé a mi madre, a mi amiga Lucía, con ella hablé ni sé el tiempo, y a mi hermana Jacinta, con la que me tuve que entretener un poco. Le expliqué dónde dejaba las llaves, también le anuncié que le mandaría un mensajito con la plaza del parking. Y luego, hablando muy bajo —no sé por qué si estaba en mi casa y nadie me escuchaba—, le expliqué dónde dejaba dinero para pagar a la señora que me limpiaba el piso. Apenas me quedaba tiempo y rápido, rápido hice el equipaje. Sin haberme acostado, llegué hasta el aeropuerto.

De pronto recordé mi preciosa maleta rosa y toda la ropa desparramada. ¡Qué coño me importaba a mí la maleta y la ropa si estaba volando hacia Londres en donde me esperaba mi amado Jimmy! Me dormí feliz.

Angustiada me desperté. ¿Me esperaba Jimmy? ¡Pero si ni siquiera lo había avisado! Ahora creía recordar que con los nervios, tampoco le había dicho sí a su petición de matrimonio.

© Malena Teigeiro

jueves, 13 de noviembre de 2025

Malena Teigeiro: El poder de los colores

 


Después de romper con Olivier, su marido, con el resto del dinero que todavía le quedaba de la herencia de sus padres, y su perro Bistró sentado a su lado, conducía Ninet desde París hasta la casa que le dejaron sus abuelos. Durante todo el camino iba invadida por la tristeza que le causó tener que abandonar a Olivier, pero ya no aguantaba más sus golpes, ni sus gritos, ni sus borracheras.

Para llegar hasta la casa había que subir la montaña por un largo, estrecho y sinuoso camino de tierra, por el que Ninet condujo tomando primero una curva, luego otra, con sumo cuidado. Al parar su Peugeot rosa delante de la casona se sintió feliz. Contemplaba la fachada complacida. Era de piedra y vigas viejas que, al igual que las ventanas, lucían el mismo color que las vides que la rodeaban. Estaba igual a como era cuando de niña pasaba allí los veranos, pensó mientras abría la puerta.

A la mañana siguiente, mientras desayunaba en la cocina, decidió que tenía que pintarla. Después de tantos años, las blancas paredes estaban sucias, desconchadas. Primero, pintó de rosa su dormitorio. Y rosa también eran las telas de las cortinas que hizo, aunque estas un poco más oscuras. Siguió con el baño. En el intento de que se pareciera al mar Mediterráneo que veía desde la ventana, lo pintó de azul verdoso con trazas cobalto. El pasillo y la escalera, lo primero que veía todas las mañanas al salir de su habitación, los coloreó de azul cielo.

Se sentía feliz entre aquellos alegres tonos que le permitían soñar y dejar la tristeza.

Al fin le tocó a la cocina comedor. Ésta todavía conservaba el primitivo blanco, sucio de grasa y humo por muchas partes. En su Peugeot rosa se dirigió a la tienda de pinturas. Aparcó con cuidado delante de la puerta. Entró y pidió un bote de pintura amarilla, pero de ese color amarillo que tienen las natillas, aclaró. El hombre que la atendió, levantando las cejas, le entregó un bote. Este le quedará precioso. Es el que todos usamos por aquí. Qué estupendo, pensó Ninet viendo ya las paredes de la cocina pintadas con ese amarillito que tanto le gustaba.

Cuando comenzó a pintar, el color le disgustó bastante. No era como el de las natillas, sino como el de los limones. Sin embargo, y como aún le quedaba pintura, y aunque aquel color le producía cierta irritación, sin detenerse, pintó los muebles, las sillas, las puertas. Luego colgó cuadros, platos y llenó los vasares con las vajillas.

Sin duda, el año que viene cambiaré el color, se dijo satisfecha al cerrar la puerta después de colocar el último adorno.

Una tarde al volver de recoger flores, se encontró a Olivier sentado a la mesa. Otra vez no, gritó su interior. Miró hacia el fondo, y el amarillo de la pared le hizo subir acidez a la boca. Luego, al ver la botella de coñac encima de la mesa y a él con un vaso en la mano, sintió náuseas. Se lo rellenó. Con tranquilidad, se sirvió otro y se sentó enfrente mientras él la insultaba. Un color como aquel amarillo no era bueno para nadie, pensaba sin dejar de mirar las paredes mientras escuchaba que a gritos la amenazaba por haberlo abandonado llevándose el dinero. Cuando terminó la botella de coñac, Ninet buscó por los vasares hasta que encontró otra de aguardiente. Le rellenó de nuevo el vaso una y otra vez. Estaba ya bastante borracho cuando el hombre se levantó rabioso. Ella cerró los ojos y se encogió en la silla. Esperando sus golpes, escuchó el ruido del cuerpo al caer. Giró la cabeza y vio que de la boca de Olivier salía un hilo de babas. De puntillas, se fue de la cocina.

Era ya de noche cuando, poco a poco, arrastró el cuerpo, todavía en coma etílico, hasta el coche de Olivier. Logró sentarlo detrás del volante. Lo encendió, puso la palanca en punto muerto y retiró el freno de mano. Desde fuera del coche, agarrada al volante, lo llevó hasta el comienzo del camino. Después de un empujoncito, lo soltó. Primero se deslizaba despacio, luego, lo vio que tomaba velocidad hasta desaparecer de su vista en la primera curva. Se quedó un momento expectante. No tardó mucho en ver una gran bola de fuego. Ya tranquila, entró en la casa. Como siempre hacía, atrancó la puerta, y mientras subía por aquella escalera pintada de azul cielo, iba pensando que tenía que cambiar, pero ya, el color de la cocina. Aquel amarillo sin duda la irritaba.

© Malena Teigeiro

lunes, 13 de octubre de 2025

Malena Teigeiro: Un vestido de seda condesa

 


A doña Justinita le emocionaba todo, absolutamente todo, en la tienda de Telas, Encajes y Novedades. Incluso el olor parecía emborracharla. Por no hablar de los rollos de tela, que colocados unos al lado de los otros le recordaban a las flores del campo. Una pieza de seda rosa sobre otra de raso verde, a su lado una de batista amarilla, los algodones estampados, terciopelos y encajes, y los tules para los velos de novia, esos, bien apartados, no fuera ser que se ensuciaran.

Como siempre que era invitada a una cena de gala, dos o tres semanas antes, doña Justinita entraba en la tienda de telas. Esa vez se preparaba para la que daban en el Palacio de Oriente al rey de... —¡Vaya a saber usted de dónde!—, que andaba de visita en España. Su esposo, general de la Guardia Real, era uno de los invitados. Y como siempre, don Manuel, uno de los dueños de la tienda de telas, en cuanto la vio entrar, salió del despacho para atenderla personalmente.

La señora comenzó a contarle la necesidad que tenía de un nuevo traje de noche. Como él ya podía suponer, decía con un leve movimiento de cejas, a su esposo lo habían invitado a la cena en palacio. Y allí estaba ella otra vez, ya sabía él para qué. Y revoloteó la mano haciendo sonar unas pulseras. Tendrá que ser largo, y moderno, sin llegar a ser muy llamativo. Don Manuel sacó de uno de los cajones del mostrador el último figurín de moda. Ojeó con rapidez las hojas, hasta llegar a un vestido, bastante vaporoso, con manga francesa y un poquito de cola. Doña Justinita, pasó el dedo por encima de la fotografía, como queriendo acariciar la vaporosa muselina, mientras le comentaba que no le gustaba repetir vestidos, y como mujer de militar, tampoco podía gastar demasiado por lo que, por favor, buscara entre las sedas, rasos y muselinas, la que mejor le fuera tanto a su cartera como a su persona. Con coquetería, ladeó la cabeza y lo miró soñadora.

—Recuerde, don Manuel, que el que llevé la última vez era de organza azul pastel.

El hombre recortaba una muestra de todas las que creía que le podían valer, para que la señora pudiera elegir libremente en su casa. Medio escondido, descubrió un rollo de raso Condesa color violeta, casi morado.

—Mire, doña Justinita, éste es el color que a usted mejor le va, el violeta. Sin duda es el que más realza el verde de sus ojos. Y también tiene una buena caída para el modelo que hemos elegido —el hombre, sin dejar de alabar la tela, cortó una muestra de casi dos metros—. Mírelo en casa con la luz artificial, que es la que va a tener cuando se lo ponga —añadió mientras arrancaba la hoja de la revista.

Con cuidado, empaquetó las muestras, y en un sobre separado puso la de seda violeta y el dibujo del vestido. Sin dejar de charlar de lo pesadas que eran esas cenas, don Manuel la acompañó hasta la puerta. En cuanto hubiera decidido con cuál se quedaba, que lo llamara, y que no se preocupara, le mandaría la tela con el botones. Tras una pequeña inclinación, cerró la puerta.

Don Manuel entró de nuevo en su despacho, se sentó a la mesa y continuó repasando el libro de cuentas. A su lado, su hermano Antonio, el otro propietario de Telas, Encajes y Novedades, movía la cabeza sin levantar la mirada del libro de pedidos.

—La falda que lleva esta vez está estaba confeccionada con la última muestra que le diste, ¿no? —susurró con disgusto.

Embebido en sus cuentas, don Manuel continuó su trabajo sin contestar. De pronto dejó el lápiz en alto sobre la hoja. ¡Su adorada Justinita! Cerró los ojos y la vio, años atrás, paseando por la acera de La Gran Vía del brazo del flamante uniforme de Carlos, entonces todavía teniente de la Guardia Real. ¿Qué hubiera pasado si en vez de pegarse un tiro con su arma reglamentaria cuando hizo el desfalco, se hubiera divorciado de ella? Quizá la pobre nunca hubiera enloquecido. Y entonces él...

Suspiró profundo, bajó el lápiz y continuó repasando su columna de números.

© Malena Teigeiro

sábado, 13 de septiembre de 2025

Malena Teigeiro: La vecina

 


Como todas las mañanas Grace se dirigió a la cabina. Marcó un número, escuchó varios timbrazos, y a la voz que descolgó le pregunto por Henry. Esperó.

Ellos dos se conocían desde niños, y con apenas diez años juraron que se casarían. Sin dejar nunca de verse, continuaron sus estudios y cuando Henry ingresó en la Royal Air Force, la ilusión de su vida era ser piloto, Grace alquiló una pequeña habitación en Londres y se fue detrás de él. Enseguida decidieron contraer matrimonio. Aunque habían pasado ya muchos años de aquello, pensaba sin soltar el auricular, recordaba muy bien el día que estalló la guerra. Los llamaron a todos, por lo que ellos, que tenían preparada la ceremonia de su boda para unos días después, tuvieron que retrasarla. Pero no le importó, porque alquilaron un apartamento al que él siempre que podía venía a verla. En ese tiempo fue cuando se quedó embarazada. La alegría de Henry junto a la de ella por aquel inesperado embarazo fue casi tanta como el malestar de sus padres. Ellos no la entendían. Sin embargo, Grace, ilusionada, les hablaba de lo mucho que se querían y de que en cuanto acabara la guerra se casarían. Esta vez con un nuevo invitado, decía riendo.

Tampoco se le olvidaba la mañana que recibió el telegrama de Henry. Decía que tenía que ir a la base aquella misma tarde, que, por favor, fuera lo más elegante que pudiera, y que el coche de un amigo pasaría a recogerla a las dos de la tarde. Desde la una y media Grace esperaba delante de la puerta de su casa y no fue hasta casi las tres cuando el coche la llegó. Había mucho lío en la base, se disculpó.

El automóvil recorrió la carretera de la base y Grace, aturdida por el ruido de los motores de las avionetas que llegaban y que partían, se tapó con fuerza los oídos. El auto se detuvo delante de la puerta del pabellón, en donde Henry la esperaba con un pequeño ramo de flores en las manos. Vamos, vamos, Grace, le gritó ayudándola a bajar del Austin Seven. Tengo dos sorpresas para ti. Una buena y otra mala, le contaba sonriente llevándola cogida por el codo por los pasillos del edificio. La mala es que... Buenos esto te lo contaré a la vuelta. Y la buena es que cuando le dije al capellán de la base, Mister Murray, que estaba esperando un hijo, él se ofreció a casarnos. Azorada, con la respiración entrecortada, Grace le sonreía. Henry detuvo su carrera ante una puerta pintada de marrón. Antes de llamar, la besó. Pase, escucharon una ronca voz. Entraron. En el centro de la pequeña habitación, había una mesa de pino bastante gastado, llena de libros y documentos. Y justo detrás de ella, pegado a la pared se levantaba un pequeño altar. ¿Había llamado a los testigos?, preguntó el clérigo al sonriente novio. La puerta se abrió casi sin que hubiera terminado de pronunciar estas palabras. Eran ellos, Billy y Martín, los testigos.

Al terminar la ceremonia, ambos, ya solos, se dirigieron a la camarilla de Henry. Alguien les había dejado una botella de vino y unas galletas.

Por la mañana la despertaron unos golpecitos en la puerta. Era el conductor que la había recogido la tarde anterior. Henry se había marchado poco después de amanecer.

Con su nuevo documento en el bolso, Grace recorrió el camino de vuelta a casa. Esta vez entró en su pequeño apartamento feliz. A pesar de lo que diga tu abuela, tu papá nos quiere, le decía a su bebé mientras se quitaba el abrigo. Después de un ligero desayuno, bajó a la cabina y los llamó. A su alegría su madre le puso una pega: Una boda así, tan secreta, a lo peor no era válida. Ella rio para sí.

Después de colgar, qué suerte que la cabina estuviera instalada delante de su casa, marcó el número de la base. Unas veces podía hablar con él, otras no, pero siempre había alguien que le daba noticias de Henry.

Al fin una noche nació su bebé. Él no estaba, pero ya vendrá le dijo a su madre que la miraba llorosa.

Cerró la cabina y de nuevo se dirigió a su casa. Ya está aquí otra vez esa vigilante cotilla, se dijo malhumorada Grace inclinando la cabeza hacia su vecina. Ella no se preocupaba de la vida de nadie y no veía por qué Kate tenía que meterse en la suya. Su vecina levantó la mano con la intención de saludarla.

Era cierto. Kate estaba pendiente de la entrada de Grace en la cabina. Y unas veces cortando flores, otras recogiendo el correo, las más dejando la basura, disimuladamente la vigilaba. Ella conocía que Henry nunca pudo contarle la otra cosa, la mala, porque su avión fue de los primeros que derribaron la noche de la gran batalla. También conocía que la trastornada mente de Grace nunca quiso aceptar aquella muerte, y que cada día, desde aquella cabina, ya sin servicio, le contaba su vida y la de su hijo al que fue el amor de su vida.

© Malena Teigeiro

miércoles, 13 de agosto de 2025

Malena Teigeiro: El color rojo del atardecer

 


Aunque fuera invierno, la tarde estaba tranquila, sin viento. Se detuvo un instante. Pasándose la mano por la sudorosa frente aspiró la suave y perfumada brisa. Recordó sus correrías de niña por el camino que ahora con rapidez desandaba. Miró hacia atrás. Las mismas luces violetas, naranjas y rojas del atardecer.

Su único amigo Juan, era hijo del farmacéutico de la aldea, un hombre viudo y dado a la bebida, que montado en su vieja bicicleta casi todos los días se acercaba a la casona en donde vivía Manuela. Corre Manuela, era el grito preferido del chico mientras pedaleaba por el camino de tierra. Y aunque Manuela intentaba seguirle, él siempre llegaba antes al bosque que rodeaba la casona del indiano. Luego, entre bromas y risas, descansaban tumbados debajo de una de las palmeras que su bisabuela trajo de las Indias. Con gran pesar de su madre, aquellos juegos hacían que Manuela siempre anduviera las rodillas llenas de golpes y arañazos. Las de él no. Las de él, que tanto admiraba la niña, eran redondas, siempre sanas y jugosas como la fruta.

Tras años de risas y carreras, y algunos castos besos en el palmeral, él se fue a la universidad. Iba a ser farmacéutico, como su padre. Manuela quiso acompañarlo. En cuanto lo expuso, su madre, jugueteando con uno de sus rizos, dijo que ella no necesitaba estudiar. Era débil para hacer algo tan profundo, añadió su padre. Nosotros te dejaremos lo suficiente para que vivas tú, tus hijos y tus nietos, expusieron casi al unísono. Y aunque nunca entendió que fuera una niña débil, consintió.

Aquella misma tarde le explicó ella no iría a la universidad. Decían que era débil y que esto no le permitía realizar estudios tan duros. Era cierto, dijo comprensivo Juan acariciándole una mejilla. Parecía una muñequita de porcelana, continuó secándole las lágrimas que, sin que pudiera evitarlo, le bajaban por las mejillas silenciosas como ríos sin piedras.

—No te preocupes, voy a volver todas las vacaciones y en cuando termine, enseguida nos casaremos —le susurraba acariciándole la nuca mientras la besaba—. Después nos iremos a vivir a la ciudad, lejos de esta aldea. Y tú me ayudarás a llevar la farmacia.

Levantando la cabeza, Manuela, tímida, preguntó si no pensaba volver a la aldea cuando se hubieran casado terminado. A él se le agrió la mirada. Quizá lo hicieran en el verano, rumio.

El primer año el muchacho volvió en Navidad, en Semana Santa y en el mes de julio. A partir del segundo curso ya solo lo hizo por Navidad. Según le relató en una triste carta, su padre no podía pagarle la carrera y si deseaba seguir estudiando no lo quedaba más remedio que trabajar. Ella lo comprendió. Y, animosa, continuó escribiéndole un día tras otro.

Cuando en alguna de las visitas a su padre, Juan aparecía por la casona del indiano, Manuela percibió que ya no era el alegre joven con el que jugaba de niña. Ahora, adelantando la barbilla con fiero orgullo, hacía malignas bromas sobre los hijos de los ricos. Manuela, sin comprender esos desplantes, intentaba animarlo. Cuando pusieran su farmacia, sería la más bonita y la mejor surtida de todas. Él que la miraba con astucia, la besaba debajo de las palmeras, aunque ya no con dulzura de entonces. ¿Que le pasaba a Juan?, le inquirió una mañana su madre. Le daba la impresión de que últimamente andaba con el ánimo rabioso. Manuela salió corriendo como si no la hubiera escuchado.

En cuanto terminó sus estudios, contrajeron matrimonio, y tal como predijo, se instalaron en la ciudad. Con el dinero que le regaló su padre a Manuela, instalaron la farmacia en una importante y céntrica calle.

Un año más tarde, tuvieron una niña. Según todos, era el vivo retrato de la madre de Juan, quien había desaparecido cuando él apenas andaba. Quizá por eso él no la soportaba, pensaba Manuela acariciando a su bebé. Dos años más tarde, llegó el ansiado hijo varón. Era el que iba a perpetuar su nombre, le dijo altanero con el niño en los brazos en la verdosa habitación del hospital. A Manuela, que por entonces ya había heredado todos los bienes de sus recién fallecidos padres, le vino a la mente la imagen del cirrótico anciano boticario, abandonado por su hijo en una residencia no mucho tiempo después.

El primer verano que volvieron a la finca como propietarios, Juan la llenó de invitados a los que ella atendió. Lo que más le gustaba de esa casa, le dijo, era que se encontraba en medio del bosque y los campos, lejos de la aldea y de sus miserias. El palacete estaba anticuado y tenían que modernizarlo, aseguró con la mano todavía en alto despidiendo a los últimos amigos. Ella, que en principio se negó, fue cediendo hasta que un arquitecto conocido de su marido la remodeló con acero y cristal, cosa que a Manuela entristeció. Sin embargo, a Juan le gustaba cada vez más aquella casa, y comenzó a ir solo. Alguien tenía que ocuparse de las tierras, comentó dándole un fuerte tirón de oreja que hizo que se le saltaran las lágrimas. No querría que fuese como su padre, a quien todos sus empleados tomaron el pelo.

Pronto Manuela supo a través de su administrador, que en aquellas visitas no iba solo. Solían acompañarlo uno o dos matrimonios. Y no tardó en enterarse de que la mujer del arquitecto tenía una especial sintonía con su esposo y de que solían pasar algunas noches en la casona. Prefirió cerrar los ojos. Sin duda, más bien antes que después, la abandonaría, igual que hizo con las otras. Sin embargo, esta vez no fue así. Una noche mientras cenaban él le confesó que se iba a divorciar.

—Estaba enamorado de otra. Por primera vez sentía por una mujer el delirio, el ardor de la pasión.

Manuela bajó los ojos. El ardor de la pasión. Aquellas palabras la humillaban. Levantó la mirada y vio a Juan paladeando unos sorbos de vino. Después de unos minutos continuó. También quería que supiera que ella además de torpe y fría, era bastante inútil. Dejó el tenedor sobre el plato y altanero adelantó la barbilla. Tampoco tenía formación para llevar la finca, por lo que en el reparto de bienes se la a iba a quedar. Del resto, ya hablarían. Manuela levantó la cabeza. Lo miró de frente.

—¿Qué bienes? Que ella supiera su suegro nunca aportó ni una botella de coñac. Y recuerda, que hasta el local de la farmacia es mío —él se levantó tirando la silla al suelo. Ya en la puerta, se volvió amenazante

—Por ahí, no Manuela. Por ahí no.

Esa noche Juan no durmió en la casa y por la mañana no fue a la farmacia. Manuela llamó al administrador. Sí. Tal como pensaba, don Juan estaba en la finca con la otra.

Al día siguiente, sin apenas dormir, Manuela se levantó decidida. Después de dejar a los niños en el colegio, se fue a visitar a su suegro a la residencia, tal y como solía hacer casi todas las semanas desde que Juan abandonó a su padre en ella.

—Hace una mañana tan linda que me lo llevo de paseo —cariñosa acarició el hombro a la monjita—. Ya lo traeré de vuelta para el almuerzo.

Con él en el coche se dirigió hacia la finca. Y aunque los ojos sin vida del hombre sentado a su lado, parecían fijarse en todo lo que iban dejando atrás, sus oídos escuchaban sin entender la monótona voz de Manuela: Su madre siempre le decía que esa casa sería suya. También le contaba que la construyeron sus bisabuelos. No era una casa cualquiera, añadía siempre poniendo los ojos en blanco. Era la casa del indiano, un palacete que habían construido con el dinero que trajeron de Cuba.

Apenas dos horas después entraron en la finca. Manuela dirigió al coche hacia el bosque. Luego dejó a su suegro a la sombra de una palmera. Presurosa, y sin dejar de escuchar la voz de su madre: La casa será tuya. La construyó tu bisabuelo..., se dirigió hacia la parte de atrás de la casa. Entró por el garaje al cuarto de calderas y abrió la espita del gas. Luego, sigilosa, subió a la cocina en donde abrió todas las llaves de la cocina. Los escuchó jadear en su dormitorio, el mismo en el que tantas noches durmiera con Juan.

—El pendejo —rio al escuchar la palabra cubana que tantas veces repetía su abuelo—, no ha tenido ni siquiera la delicadeza de ocupar otra cama más que la nuestra.

Como si quisiera borrar las noches de dicha en aquella habitación sacudió con fuerza la cabeza. Luego, dejó una vela encendida en el suelo del pasillo, justo delante de la puerta de la cocina. Después de cerrar el garaje sin hacer ruido, corrió a recoger a su suegro. Empujaba la silla hacia el bosque cuando la explosión la hizo detenerse. Qué más daba esa casa u otra cualquiera, se preguntó admirando el cielo que aquel atardecer era igual al de la tarde que Juan le dio su primer beso. Sonriente, advirtió que junto a los rosados y violetas que recordaba, ahora se mezclaban los rojos y naranjas del fuego que dejaba atrás. Qué suerte que la aldea estuviera tan lejos, susurró. Al menos en eso tenías razón, Juan. Porque hasta que sea de noche, allí no advertirán que el rojo del cielo no es un color del amanecer.

Al subir al anciano al vehículo, le vio en los abotargados y perdidos ojos una extraña luz. Parecía como si quisiera hablarle, cosa imposible, pues hacía más de dos años que había perdido ese don.

—Don Juan, solo quiero que sienta todavía más ardor que el que las caricias de esa mujer le puedan proporcionar. Y por usted no se preocupe, en cuanto los entierre, se vendrá a vivir conmigo y con los niños. Ahora, corramos a la residencia, que no quiero que hoy, precisamente, lleguemos tarde.

Y Manuela, después de secarle al anciano una lagrimita, le dio una cariñosa palmada en la mejilla y sin más, con la tranquilidad del justo, arrancó el automóvil.

© Malena Teigeiro

domingo, 13 de julio de 2025

Malena Teigeiro: Consejo materno

 


Los del gran almacén tendrían que tener un poco de cuidado y no anunciar las rebajas en los envoltorios de esa forma tan alarmante. Y lo digo porque anoche discutí con Antonio. Buscando su ropa de jugar al fútbol mi marido encontró las bolsas vacías de la tienda en de donde compré mi ropa de verano.

Como últimamente en cuestión de dinero Antonio no se fía de mí, las había escondido. Pero, claro, cuando volvió a casa dispuesto a ir a jugar al fútbol, y yo no estaba —había llevado a nuestra hija Lucía a la gimnasia rítmica— él decidió buscar por sí mismo su equipo. Es muy desordenado y nunca encuentra nada. Y claro, se puso a mirar en un sitio y en otro. Encontró el pantalón y la camiseta, pero no las zapatillas ni los calcetines. Con lo que sí se topó fue con las bolsas del gran almacén. Y mira que las escondí con cuidado. Se puso furioso. Según él soy una maquinita de gastar. Este pensamiento tan inútil le hace perder mucho tiempo. Ya lo creo. Siempre anda acechando por los armarios, busca que te busca, con la única intención de conocer en qué desembolso su dinero. ¡Qué pérdida de tiempo, Señor!

Cuando llegué a casa me esperaba en el salón. Estaba sentado en el sofá con una cerveza en la mano y las bolsas vacías del gran almacén descansando sobre sus rodillas. Sin hablarme, golpeó con el dedo el papel. Luego y sin importarle que la niña estuviera delante dijo: ¿Te creías que no las iba a encontrar, que no me iba a enterar? Y yo, que en los grandes momentos razono con tranquilidad, seria, molesta, dije que no. Que si las bolsas estaban bien guardadas era porque soy una persona muy ordenada y me gusta almacenarlas por si alguna vez nos hacen falta.

—¿De verdad te crees que soy gilipollas? —dijo con los ojos cerrados como un chinito.

Y como no me gusta que Lucía vea ciertas cosas, sin contestarle, con la niña de la mano, salí del salón.

Y todo aquel jaleo lo armó porque me compré unos pantalones amarillos, dos blusas, bien sencillas, un vestido más arreglado y una chaqueta por si hace frío. Esta la adquirí porque veraneamos en una casa que tiene su madre en una aldea del norte. ¡Qué quiere! ¿Que coja una pulmonía? Además, ¿es que no comprende que el perfume de un gran almacén en rebajas es inigualable? A mí, la emoción que me produce cruzar esas grandes puertas de cristal hace que hasta las aletas de la nariz me tiemblen.

Lo cierto es que si aquella vez me fui de compras fue por lo pesado que se puso la noche anterior. La causa de su enfado era algo tan simple como que me teñí el pelo de un color dorado, muy propio para el verano. Gritaba que el mío era más bonito, que quería el mismo que tenía cuando me conoció. ¿Pero es que no se da cuenta de que eso ya no se lleva? ¡Anda ya! Qué se cree él que voy a ir a recoger a Lucía al colegio con mi pelo al natural. La otra tarde, Marina, la mujer de Carlos, que también lleva su niña al mismo cole que nosotros, lucía unas mechas color... Bueno, no sé ni de qué color eran, pero preciosas. Le pedí la dirección de su peluquería y nada más ver entrar a mi Lucía en el edificio, para allí que me fui. Me tiñeron con un tinte vegetal, para que no haga daño al medio ambiente, que según el peluquero me levantaba dos o tres tonos el color de la piel. La verdad es que me encuentro monísima. Pues, ¡a Antonio no le gusta! Y eso que no se ha enterado de lo que me costó. Pero el dinero a mí no me importa. ¡La de cosas que me enseñó mi madre a hacer con chorizo y carne de pollo picada!

Por la mañana cuando se fue de casa todavía me seguía chillando por lo de las rebajas. Lo cierto es que aquel mal trato me produjo un nerviosismo tremendo. Y esas situaciones tan drásticas son las que te llevan a un divorcio seguro, cavilaba mientras llevaba a Lucía al colegio.

En la puerta de la escuela, cuando me despedía de mi niña, me di cuenta de que más de una me miraba. Suspiré profundo y sacudí con fuerza la hermosa melena. Y en ese instante percibí que era cierto que esos disgustos te podían llevar a un divorcio. Eso sí, a cualquiera menos a mí. Mi madre me enseñó que nada como ir de compras para levantarte el ánimo. Y como Antonio, aunque es igual a la suya de enrabietado, es un buen hombre, bastante guapo por cierto, y me divierto con él muchísimo, pues decidí seguir el consejo de mi mamá. Hoy vuelvo a ir de compras. Además, siguen las rebajas, con lo que siempre ahorras. Eso sí, esta vez no esconderé las bolsas. Las tiraré directamente al contenedor. Lo que es a mí, ese no me vuelve a pillar.

© Malena Teigeiro

viernes, 13 de junio de 2025

Malena Teigeiro: El camionero

 


El enfado de Carmen era total cuando se dirigió a abrir la puerta. Incluso consigo misma. Estaba harta de limpiar, hacer la comida, llevar los niños al colegio para, luego, como casi siempre, a la carrera, llegar a la oficina tarde. Y después de trabajar durante todo el día, rápido, rápido, volver al colegio a recoger a sus hijos. Luego, tenía que ayudarles con los deberes y preparar la cena mientras sus risueños y adorables peques llenaban el suelo del cuarto de baño de agua, espuma de jabón, y juguetes.

Así de lunes a viernes.

El sábado era diferente. El trote con los niños comenzaba un poco más tarde, pero como no iban al colegio tenía que bajarlos al parque, jugar con ellos, para a eso de la una y media, volver a casa. Después de darles de comer, rodeada por sus hijos se echaba una siesta mientras dormitaba una película. Una de esas que no comprendía cómo sus criaturas podían dormir tranquilas después de verla.

Y también estaba Paco. Él siempre fue un buen marido, un buen hombre. Era camionero. Transportaba frutas y verduras desde la huerta murciana para repartirlas por los distintos países de Europa. Y cuando después de dos semanas arrastrando un trailer de más de doce metros, llegaba a casa, pues claro, no estaba para mucha ayuda. Ella, desde luego, ni tan siquiera se la pedía.

Así iban pasando las semanas, los meses, y normalmente Carmen era feliz. Hasta que llegó una tarde en que el Presidente anunció que había que encerrarse en las casas. Dijo que era para evitar el contagio de un bicho que corría por el país, matando a unos y otros sin distinción. Como todos, Carmen lo aceptó con miedo y una pizca de alegría. Se organizó un despacho en la mesa de la cocina. Colocó tres mesas más, una de ellas hecha con la caja de cartón de la lavadora que acababa de comprar, ¡Menos mal!, se dijo, y se dispuso a pasar aquellas semanas de la mejor manera posible. A Paco aquella orden lo pilló camino de Polonia, con lo que estaría al menos diez días sola. Si sus padres vivieran en Madrid, la podrían ayudar, pero no. Vivían solos en Águilas. Aunque eso en las circunstancias por las que estaban pasando la tranquilizaba. Eran personas conocidas, y seguro que alguien les echaba una mano.

Después de dos meses de encierro, Carmen se levantó con un enfado total. Llevaba tres días sin saber nada de Paco. Porque este, aunque todo el país estuviera encerrado en casa, continuaba llevando su camión de un lado para otro, lo que la preocupada. ¿Habría cogido el bicho? ¿Estaría internado en un hospital de vaya usted a saber qué país? Señor, Señor, que me llame cuanto antes y vuelva bien, rezaba. Y para colmo, aquello de trabajar en casa resultaba una locura. Y no era porque a eso de las ocho de la tarde los niños salieran a aplaudir al balcón con riesgo de caerse a la calle. No. Ni porque mientras ella intentaba trabajar en su ordenador, sus tres hijos corrieran por los pasillos sin atender a sus clases on line. Tampoco. Ni porque la hubiera llamado la directora de la escuela para decirle que no comprendía que no estuviera atenta, que era la educación de sus hijos lo que estaba dejando a un lado. Simplemente, porque ya no tenía ni siquiera el momento de explayarse en la oficina con Encarnita. Tenía su gracia Encarnita. Rio. Le contaba unas cosas que la hacían poner colorada, y eso que ella no era ninguna mojigata, pero es que el marido de Encarnita debía de ser algo así como un toro.

Y ahora llamaban al telefonillo. ¿Pero quien podría ser si nadie andaba por la calle? Cerró el ordenador. Rodeada de sus tres criaturas, que como ella estaban ansiosas por escuchar una voz diferente, contestó al telefonillo.

—Doña Carmen González —le llegó una apresurada y cantarina voz.

—Sí. Soy yo.

—De Amazon. Un paquete para usted.

Pulsó la apertura del portal pensando en lo raro que era. Ella no recordaba tener ningún pedido pendiente. Pero claro, como lo único que podía hacer después de acostar a los niños era ver la televisión o comprar on line, no le cabía duda de que anoche, o quizá la noche anterior cuando miraba los suéteres tan baratos de unos grandes almacenes, hubiera adquirido uno.

Después de que se hubo marchado el joven que le subió el paquete, con la mascarilla puesta y unos guantes de los de la gasolinera, lo roció con agua con lejía, y empujándolo con el pie, lo dejó a un lado del recibidor.

Pasadas las dos horas y media que decían había que tener de seguridad, con otros guantes y otra mascarilla, y los niños, cualquier motivo era válido para dejar las clases, mirando desde la habitación de al lado, abrió la caja. Con esmero, y casi sin tocar los cartones de la sonriente boquita, los guardó en una bolsa de basura que dejó bien atada en el descansillo. No fuera a ser que quedara vivo algún bicho.

Por fin, con reparo, abrió el paquete. Era un ramo de rosas. Leyó la tarjeta y abrazada a las flores lloró. Ni en Reyes había recibido nunca un regalo como aquel. Paco, desde donde estuviera, se acordaba de ella y del día que se conocieron.

© Malena Teigeiro

martes, 13 de mayo de 2025

Malena Teigeiro: El día de Todos los Santos

 


Lo primero, poned más velas, razonó mi abuela sin tener en cuenta que en el altarcillo ya no cabía una más. Ella creía que haciendo aquello llamaba poderosamente la atención de los del Mas Allá. Sin embargo, mi tía abuela, su hermana, siempre crítica o quizá un poco envidiosilla del marido de la otra, entre suspiros y miradas a techo, decía que su cuñado había sido el hombre más bueno y cabal que había conocido. Luego, con un brillo especial en la mirada, añadía: fijaos si sería bueno, que hasta tuvo la delicadeza de irse antes de ponerle los cuernos a mi hermana. Luego, acababa rezongando que como se pusiera una vela más, iba a haber un incendio y no precisamente en el infierno.

Todo aquello venía porque era día de Todos los Santos, es decir, el Día de Difuntos. Y en esa fecha mi abuela, como todos los años, además de ir al cementerio a dejar un gran ramo de flores y de llorar una hora delante del hermoso y tétrico panteón familiar, encima de la mesa del comedor montaba un altar con la esperanza de que su difunto esposo viniera a visitarla. En él, alrededor de un gran retrato de su marido, el abuelo Paco, colocaba flores, una caja de cervezas y cuencos con taquitos de queso y jamón, su aperitivo favorito. Ponía también las fotos de todos nosotros. Ella decía que, como cuando se fue, y se persignaba con un pequeño rezo, sus hijos apenas eran unos niños, y claro, tampoco había nacido ningún nieto, no fuera a ser que al ver una familia tan grande, pensara que esta —aquí siempre daba pataditas en el suelo con la punta del zapato— no era su casa y pasara de largo.

Cuando ellos contrajeron matrimonio, según decían, Paco tenía una gran fortuna, y mi abuela, de familia pobre, pero de gran belleza, también tuvo la fortuna de que la viera y se enamorara de ella. Según contaban todos, aunque duró poco fue un matrimonio muy feliz. Ella no tenía ningún reparo ni pereza a la hora de obsequiarlo con cualquier capricho que él pudiera tener, por ejemplo, cuidando con esmero sus comidas, pues al decir de todos, Paco era hombre comilón. Le gustaba sentarse a la mesa y disfrutar con una buena carne y un buen vino rodeado de sus amigos. Y sin duda fue eso lo que lo llevó a la tumba. Sí. Le dio un infarto mientras degustaba un cordero asado, rodeado de cebollas, patatas y pimientos fritos. Según él, lo indigesto de aquellas comidas era la grasa que, decía, él aniquilaba con unas hojas de verdísima lechuga.

Al parecer, en eso de la lechuga no llevaba razón, porque su fallecimiento sucedió justo después de haberle dado a su fiel Raimunda cuatro hijos. Y digo justo, porque mientras mi abuela daba a luz, Paco y sus amigos, se hallaban en la taberna celebrando el nacimiento de mi tío Pepito con un asado de chancho.

A partir de entonces, la abuela Raimunda colocaba aquel altar todos los años, varios días antes del Día de Difuntos. Cada vez era más grande, con más comida y más velas. Y en tanto el altarcito estaba en la casa, ella a diario cambiaba los alimentos, a diario rellenaba los vasos de vino, y al llegar el dos de noviembre, desde bien temprano se sentaba delante del altar. Llorosa, hipaba y rezongaba: Paco, por favor, aunque solo sea una vez, vuelve y dame el abrazo que tu muerte impidió. Ese abrazo de felicitación por nuestro hijo que a mí tanto me gustaba. Ese que a la vez que me apretabas contra tu pecho, me besabas y me mordías la oreja susurrándome palabras de amor. Y de paso, sóplame al oído donde guardaste aquellos doblones de oro que me regalaste cuando nos casamos y que decías eran por si en algún momento tenía yo una necesidad. Y no es que la tenga, que me arreglo bien, pero, por si acaso, ¿no crees que debería conocer el escondite?

© Malena Teigeiro

domingo, 13 de abril de 2025

Malena Teigeiro: La cometa de seda china

 


Después de llegar de un largo viaje a China, el padre de Pedro sacó de la maleta despacio, casi como un prestidigitador, uno a uno, los regalos comprados en el lejano país. Eran un mantón bordado que le regaló a su madre, una caja de pinturas de geisha para Lola, su hermana, y una cometa para él. Su regalo venía dentro de una larga y estrecha caja de madera lacada en negro recamada con incrustaciones de nácar. Le dijo que la adquirió en un anticuario chino. Al tiempo que se la entregaba, le contó que al hombre le colgaba sobre la espalda una raquítica trenza. Mientras él admiraba el estuche de la cometa, el chino le dijo que la había recogido entre los escombros de un antiguo palacio de Pekín. Y que después de haberla estudiado mucho, llegó a la conclusión de que había pertenecido a un sobrino de la poderosa emperatriz Cixí. La cometa tenía forma de mariposa. A modo de timón entre las alas de seda de colores, arrastraba una larga cola de lacitos azules. A él le sorprendió que el cordel de la bobina fuera hecho con hilo de oro. Al menos a él así se lo pareció. Le dijo también que los adornos que lucía en las alas eran láminas de pan de oro, y que tuviera cuidado de no volarla muy alto, ni a las horas de mucho sol, porque aquellas finísimas laminitas se podrían fundir.

Nervioso, Pedro, que quería verla en todo su esplendor, extendió la cometa sobre la mesa. Y fue entonces cuando su madre, siempre tan práctica, quiso hacer con ella una lámpara. Él se negó.

Al día siguiente bajó a la playa al atardecer. Iba con su padre y juntos la hicieron volar. Se sorprendieron de lo rápido que se elevó. Parecía una mariposa con vida propia y con deseos de escapar. A partir de esa tarde, y mientras duró el veraneo, padre e hijo bajaban a volarla con la brisa del ocaso, a esa hora en que el sol, ya más frío, no podía hacer daño a los adornos de oro.

Desde la primera tarde, se les acercó Beatriz, la hija del director del banco de la ciudad. Ella y su familia vivían todo el año en la playa, en una casa vecina a la suya. Era una niña morena, de trencitas delgadas y pestañas negras y largas que daban sombra a sus achinados ojos azules. Corría detrás de Pedro y su cometa y su risa se unía a la del chico. A veces incluso lo hacían cogidos de la mano. Una tarde su padre colocó la bobina de hilo entre los dedos de Beatriz. La niña corrió por la arena y ellos lo hicieron detrás. Iban asustados, pues parecía que de un momento a otro la cría fuera a elevar el vuelo detrás de aquella enorme mariposa de seda de colores.

Poco a poco pasó el verano y cuando una mañana ventosa iban a salir hacia la ciudad, Pedro decidió dejar la cometa guardada en la casa de Beatriz. En Madrid no tenía un espacio donde volarla y era posible que su madre no pudiera soportar la tentación de hacer la famosa lámpara de la que no dejaba de hablar. La niña, con los ojos brillantes y las mejillas rojas, apretó la caja contra su pecho como si fuera su más preciado muñeco.

—Yo te la cuidaré siempre —su voz parecía que fuera a caer en un emocionado llanto.

Sin embargo, en aquel viaje de vuelta no todo sucedió como se esperaba. Casi llegando a Madrid, un autobús se echó encima del pequeño coche. Fallecieron los padres. Pedro y su hermana se quedaron a vivir con sus abuelos, que lo primero que hicieron fue vender la casa de la playa. Nunca, decía su llorosa abuela, nunca volvería a circular por esa carretera.

Pasaron los años sin que Pedro olvidara su cometa de seda. Y cuando tiempo después volvió a aquella playa y se acercó a la casa de Beatriz, se encontró que en ella vivía otra familia. A don Jorge, hacía años que lo trasladaron de plaza, le comunicó el nuevo director del banco.

Desde que se independizó, Pedro todos los años volvía a pasar algunos días en aquella playa. Y todos los atardeceres, paseaba por la arena con la mirada fija en el cielo. Era un mero acto de romanticismo, le confesó una tarde a Marcela, su coqueta y presumida novia. Tenía el presentimiento de que iba a recuperar su cometa, le susurraba muy seguro de lo que decía. Y ella, que deseaba veranear en alguna playa de moda, poco tardó en dejarlo, cosa que a él pareció no importarle demasiado.

Una de esas vacaciones, paseando al atardecer por la arena la vio. A lo lejos una joven sostenía el hilo de oro de la mariposa de seda. Cerró los ojos y como cuando era niño, revivió las tardes en las que, junto con su padre, corría detrás de la cometa. Es la tuya, le decía inquieto su corazón que palpitaba con tanta fuerza que creyó que iba a salírsele del pecho. Si esa era su cometa, Beatriz tenía que estar allí.

Cuando llegó a su lado, la joven alargó la mano para entregarle la bobina de hilo de oro. Con ella entre los dedos, sintió que un rayo le recorría la espalda. Miró al cielo. Detrás de las alas de colores le sonreía su padre. Cerró los ojos y se desplomó sobre la arena.

© Malena Teigeiro