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jueves, 19 de marzo de 2026

Liliana Delucchi: Sin lágrimas



 Las mañanas de septiembre aún conservan la luz del verano, la calidez de esos días a veces interminables de julio y agosto.  Alma y yo caminamos hacia su colegio bajo la sombra de los árboles.  Ella, aunque ansiosa por llegar, intenta mantener el ritmo de mis pasos de anciano. Hoy es su primer día de clase, está ilusionada y deseosa de volver a ver a sus amigos. La acompaño por primera vez; mi hija me lo pidió, dado que tiene una reunión de trabajo a estas horas. Soy feliz, también mi nieta está muy contenta y lo demuestra con algunas cabriolas que la sueltan de mi mano.

Cuando llegamos a la puerta del edificio, veo una nube de niños con sus uniformes, maletas y balones. ¿Les dejarán llevar pelotas de fútbol? En mis tiempos no estaban autorizadas. De pronto, una imagen se superpone a la de esos escolares. Es una foto en blanco y negro en el fondo de mi memoria: un grupo de chavales de espalda, con sus mochilas y gorras, camino del campo de concentración que suponía para mí la escuela.

—Hagas lo que hagas, ni se te ocurra llorar —dijo mi madre, de cuya mano me cogía como si fuera una tabla de salvación—, es de débiles y de personas sin modales.

Estábamos los dos de pie a la puerta de nuestra casa esperando el bus escolar. El muy cretino llegó a su hora y en cuanto abrió la puerta, mamá, con un suave empujón, me dirigió a las fauces de ese monstruo que me trasladaría a un mundo desconocido.

Apenas pude responder con un susurro cuando el conductor me  preguntó mi nombre. Una palabra más hubiera descubierto mi congoja. Las primeras lágrimas que contuve en mi vida.

El resto fue silencio. Un silencio cortado por llantos de otros niños, las palabras de consuelo de la celadora a nuestro cuidado y el ruido del motor. A través de la ventanilla podía ver hileras de niños que se dirigían a ese lugar al que nunca hubiese deseado ir. Yo estaba muy bien en casa, con mis padres, mi abuela y la niñera, ¿qué necesidad de sacarme de ese lugar tan cálido y confortable? Fue entonces cuando vi al grupo de niños de espaldas, esa foto en blanco y negro que hoy regresa desde el fondo de mi memoria.

Cuando descendimos del bus me quedé quieto, incapaz de dar un paso hacia el edificio blanco y enorme en el cual estaba destinado a  pasar muchos años de mi vida. Seguía conteniendo las lágrimas, inmóvil debajo de un castaño. Alcé los ojos al cielo nublado. Llora tú que puedes, le dije al firmamento encapotado sin abrir la boca. Pero a él también le habrían dado las mismas instrucciones, porque no llovió. Fue entonces cuando sentí una mano en la mía. Pertenecía a un chico de mi edad, con el mismo uniforme y la misma gorra calada hasta las cejas.

—¿Vamos? Soy Alejandro.

No recuerdo si respondí con mi nombre, sólo que le di la mano y juntos entramos en el colegio. Desde ese día fuimos inseparables. Toda una vida compartiendo alegrías y sinsabores hasta que hace un par de años una horrible enfermedad se lo llevó para siempre.

Alma me deja, corre hacia el patio donde están sus compañeros. Cuando logro alcanzarla abraza a un niño de su misma edad. Le pregunto su nombre.

—Alejandro.

Esta vez no hay lágrimas que contener y el sol brilla en el cielo.

© Liliana Delucchi

jueves, 19 de febrero de 2026

Liliana Delucchi: La nota


La temperatura era cálida para esas horas de la mañana. Sin duda, el sol apretaría según transcurriera la jornada, pero de momento, la suave brisa del mar pegaba el vestido floreado a sus piernas. Eloísa disfrutó con el contacto del algodón contra su piel; caminaba despacio, gozando de ese momento de soledad amenizado por las voces de los pescadores, el vuelo de las gaviotas y el roce de los lánguidos pliegues de la ropa. Se detuvo a contemplar el horizonte, respirar a pleno pulmón el aire marino, disfrutar de ese retiro de un mundo que se le estaba haciendo pesado. Por un momento, frente al paisaje que aparecía ante sus ojos, dudó sobre sus planes. No eran fáciles de consumar, pero la situación la había llevado al límite de sus fuerzas y recurrió a las pocas que le quedaban para desarrollarlo…, al menos en su mente.

Siguió camino del mercado. Un golpe de aire le arrebató el sombrero que un afable caballero le devolvió con una sonrisa. ¡Qué bella sonrisa! ¡Cuánto hacía que nadie le ofrecía una! Hasta llegó a pensar que no las merecía… No es cierto, no tengo que ser desagradecida, Augusta me ofrece una cada vez que me acerco a su puesto. El suyo era uno de los primeros de la lonja, con marisco siempre fresco, delantal impoluto y su eterna amabilidad.

—¿Qué, te has decidido? —preguntó la pescadera con un mohín cómplice.

—¿Te refieres a las zamburiñas o a las nécoras? Llevaré ambas…, y de todo lo demás también —contestó guiñando un ojo—. Será una comida de celebración.

—Ni que lo digas… ¿Ya ha llegado?

—Anoche, con una maleta para dos meses junto con toda su verborrea.

—Para lo que le va a durar—. Sentenció Augusta mientras cerraba la bolsa que contenía el marisco—. El frasquito que me dio la anciana está en el fondo —agregó pasándole el paquete con todo el pedido—. ¡Y buena suerte!

Eloísa desanduvo el camino hasta su casa todavía en silencio, ni su marido ni la hermana de éste se habían levantado. Metió la compra en la nevera y se puso a hacer café. Con una taza caliente y algunas galletas sobre la bandeja, se dirigió al patio, a respirar el aroma de las gardenias que tan bien se le daban. Acarició las flores con la mirada, como despidiéndose de ellas, de ellas y de todas las demás que había cultivado desde hacía años.

La voz de su cuñada la sacó de la ensoñación. Bien, se dijo, manos a la obra. Tras ofrecer un desayuno a su invitada y después de un largo rato de asentir con la cabeza a la catarata de palabras que salían de la boca de esa mujer insufrible, se escabulló con la excusa de preparar el almuerzo. Pedro, su marido, también se había levantado y unido a su querida hermana.

Desde la cocina, Eloísa escuchaba voces solapándose unas a otras, como si todo el tiempo del mundo fuera insuficiente para lo que se tenían que contar. Incontinencia verbal, pensó, padecen de incontinencia verbal. «Quizás los libros de medicina deberían incluir la nueva dolencia que acabo de descubrir», murmuró para sí, mientras preparaba la comida que los hermanos le habían pedido.

Cuando la mesa estuvo terminada: mantel de hilo blanco, adornado con los colores de los mariscos y un jarrón con gardenias, se acercó para decirles que todo estaba listo.

Frotándose las manos, como si hubieran pasado una hambruna, y sin una palabra de agradecimiento o de elogio se sentaron en el comedor, fresco a pesar de la hora. Como dos náufragos que llegan a una isla después de meses sin probar bocado, engulleron las maravillas que había comprado en el puesto de Augusta.

Eloísa no se unió a la comilona, los contemplaba a través de la ventana y cuando vio que, una a una, sus cabezas caían inertes sobre los platos, cogió la maleta que tenía preparada desde el día anterior, y escribió una nota que dejó clavada en la puerta de entrada.

«Señores policías, no prueben el marisco.»

© Liliana Delucchi

lunes, 19 de enero de 2026

Liliana Delucchi: El intruso

 




—Has ido a la peluquería —dijo Hortensia mientras servía café a su hermana.

—Estaba harta de llevar moño. Paolo me ha recomendado este corte más juvenil.

—¿Jóvenes nosotras? Te engaña para sacarte dinero —murmuró la mayor al tiempo que untaba una tostada con aceite—, ¡Paolo! Se llamaba Eulogio cuando era pescador, como casi todos los de este pueblo —siguió rezongando— ¡Paolo! Unos años en Italia y vuelve con nuevo nombre y oficio de peluquero. ¿A quién quiere engañar?

Casi tiró la silla cuando se levantó de la mesa para recoger los restos del desayuno. Continuó farfullando que a Azucena la engañaba cualquiera que la mirara un poco.

—Tenemos la edad que tenemos y ningún corte de pelo ni falda nueva como la que llevas va a enmendar eso —soltó airada.

La más joven hizo como que no la oía y salió canturreando al patio con la excusa de regar las plantas.

Hortensia se asomó a la puerta secándose las manos con el delantal, que ya estaba para que lo jubilaran, con intención de hacer las paces.

—¿Te apetece un paseo por el malecón?

—No. Esta mañana pretendo ir al mercadillo. Hay un nuevo puesto que ha traído modelos de la ciudad y quiero verlos —contestó la otra mientras cortaba un capullo de rosa y se lo ponía en el ojal de la blusa.

—¿Vendrás a comer o también lo harás en el pueblo?

—Vendré, cariño. ¿Cómo voy a perderme tu rabo de toro?

Al fin, dejando de lado su ira y casi sonrojada, la mayor de las Gómez hizo, entre silencios, preguntas sobre cotilleos que su hermana habría escuchado en las tiendas y se ofreció a acompañarla.

Habían nacido en lo que entonces era un caserío y que, a causa del turismo, se transformó en una pequeña ciudad donde nacionales y extranjeros iban de vacaciones. Toda una vida allí, entre pescadores que se habían pasado a la construcción o al comercio, y empezaron a dar cierto lustre a lo que ellas recordaban como un villorrio descascarado.

Toda una vida allí, una existencia pacífica sin más colorido que el que aportaba la Semana Santa, los Carnavales o la romería, se decía Hortensia mientras intentaba alcanzar el paso más firme de su hermana a lo largo de esas callejuelas infestadas de turistas. Y ahora, encima, llegaba ése haciéndose el italiano ¡qué va a ser italiano, si nació aquí, como nosotras!

Azucena era distinta. Desde pequeña le gustaba la vida de las ciudades: leía revistas de moda, le pedía a la modista diseños imposibles y fue la primera en hacerse socia de la biblioteca en cuanto la construyeron.

Su hermana la sacó de sus pensamientos preguntándole si le apetecía volver dando un paseo por la playa.

—Mira, allí está. Nuestra barca. Ya no la utilizamos, deberíamos pintarla y volver a navegar, como hacíamos con papá.

Hortensia lanzó una mirada de soslayo ante la propuesta de esa enloquecida, antes de responder:

—Ya no tenemos fuerzas para remar.

—¡Serás tú! Mira mis brazos —levantó la manga de la camisa para que su hermana viera sus músculos—. Además, podemos invitar a Paolo. Él es fuerte, sin duda nos llevará a puerto seguro.

¡Otra vez Paolo! Que no vea mi hermana cómo frunzo la boca, dice que me salen códigos de barra. ¡Maldita sea! ¿De dónde saca esta chica ese tipo de cosas? Hizo un amago de sonrisa antes de sorprender a la más joven con su respuesta.

—Muy bien. Si así lo quieres, saldremos con tu peluquero. Podrías invitarlo a comer, así lo veo.

El comedor estaba resplandeciente y fresco el domingo en que el pseudo italiano entró en él. Llevaba flores para Hortensia y un frasco de perfume para Azucena. Ésta lucía radiante con un vestido floreado recién adquirido en el mercadillo y su melena suelta, tal como él le había recomendado. Hasta la mayor estrenaba un delantal de cocina, pero ni el delantal impoluto ni su moño estirado le daban la seguridad necesaria como para no plantearse que nunca se sabe a quién mete uno en casa.

Desde que ese hombre apuesto y risueño le había lavado no solo el pelo sino el cerebro a su hermana, pensaba que quería apoderarse de la casa y la renta que les había dejado el padre. Era un vividor que en nada se metería en la cama de Azucena. Sus especulaciones iban de un lado al otro, incapaz de centrarse en la conversación.

—¿Cuándo iremos a navegar? —la voz de Paolo sonó varonil—. Podríamos el próximo domingo, después de misa…, si a Hortensia le parece bien.

—Sea —respondió la aludida, levantando el vaso de vino en señal de brindis.

El día indicado, al salir de la iglesia, sintieron el sol del verano en la cara y, estimando que el calor iría en aumento, antes de acercarse a la barca pasaron por la casa para cambiarse y coger sombreros.

Hortensia se sorprendió al ver el atuendo de su hermana. Se había puesto pantalones cortos, una camisa semitransparente y escotada, que permitía ver el canalillo, y los labios pintados de rojo. El italiano silbó al verla.

Ciertamente su hermana tenía razón en cuanto a la fuerza de Paolo. Remó él solo y sin descanso hasta la cala solitaria donde instalaron el picnic. El hombre no paraba de hablar… ni de beber, tanto que a la mayor empezó a dolerle la cabeza.

Pero el alcohol es traicionero: suelta la lengua, escatima fuerza física y libera ideas escondidas. Así fue como, en el viaje de regreso, el presunto Adonis, al contemplar las rodillas al descubierto de su supuesta amada, le dijo que las tenía arrugadas y si quería de verdad quitarse años, él le recomendaría dónde hacerse un lifting. Cuando Hortensia vio lágrimas en los ojos de su hermana, le cogió uno de los remos al italiano y golpeó su cabeza teñida de rubio, que terminó en el agua con el resto de su cuerpo.

Tambaleándose a causa del movimiento del mar, se acercó a Azucena y después de abrazarla le dijo:

—Ya podemos regresar a casa. Solas. No necesitamos un remero. Él se arreglará…, si sabe nadar.

viernes, 19 de diciembre de 2025

Liliana Delucchi: Fragancias del pasado

 


Incapaz de vislumbrar cómo pueden caber treinta años en ese diminuto espacio, Emilia, sentada en el borde de la cama, contempla la maleta vacía. Ya le dijo a él que no quiere nada de la casa, solo su ropa y accesorios. Pero ¿y el resto? ¿Se pueden guardar los recuerdos en una valija? No, porque, además, no quiere llevárselos. Ni siquiera las fotos, no harían más que hacerla dudar sobre su nueva vida. La decisión está tomada, eso fue lo que le dijo antes de encerrarse en su cuarto con los ojos tan vacíos como la maleta.

¿Y Carolina? Ella ya está haciendo su nueva vida. Allá lejos, en la universidad, con nuevos amigos y nuevas experiencias. Su  habitación la echa de menos desde hace meses, y por mucho que Emilia rocíe los cojines con el perfume de su hija, solo azuza su nostalgia.

No fue su partida. No. El silencio se había instalado entre Mario y ella, solo roto por reuniones con amigos, los diálogos de alguna película o por el bullicio de esa adolescente que se fue para seguir con su vida.

Silencio. El mismo del dormitorio que una vez compartieron y que en breve Emilia va a abandonar… ¿para siempre? Ahora sí sus ojos vuelven a llenarse de esa agua salada que sorbe como si fuese una niña pequeña.

A través de los cristales de la ventana, las ramas todavía sin flores del magnolio le recuerdan que probablemente allí, en la playa, donde piensa instalarse, hayan florecido. Mejor clima, arena limpia y paseos a orillas del mar. Por primera vez desde hace días, sonríe ante un futuro más prometedor que ese presente cargado de desasosiego.

Vuelve a la habitación de Carolina, se tumba en la cama y, abrazada a uno de sus peluches, se queda dormida. La despierta el viento que golpea una rama contra el cristal de la ventana, el viento y un pensamiento o quizás una voz que le dijo entre sueños: «No tienes por qué irte. Que se vaya él.»

Con una fuerza que había olvidado poseer, se levanta y corre a su cuarto. Desocupa la mitad del vestidor que pertenece a Mario, coge su ropa que huele a un perfume de mujer que no es el suyo, y la tira por la ventana. En la maleta desierta, esa que horas atrás no alcanzaba a vislumbrar con qué llenaría, vierte todo el contenido de la mesilla de noche de su marido. Todo no. Las pastillas azules las tira por el retrete. ¡A ver cómo te las arreglas ahora con tu amante!

Antes de que Mario regrese, ha hecho cambiar la cerradura y puesto la valija sin recuerdos delante de la puerta.

© Liliana Delucchi

miércoles, 19 de noviembre de 2025

Liliana Delucchi: Asuntos de familia

 


Cuando entró en el comedor, Jacinto no pudo menos que sonreír. Tan amarillo y luminoso, tan armónico y ordenado; impasible siempre a las tormentas que estallaban en él, esas tormentas silenciosas y calladas, colmadas de medias sonrisas y bisbiseos.

A pesar de encontrarlo vacío, podía recordar qué lugar ocupaba cada uno a la mesa durante las celebraciones: la abuela y el abuelo en una de las cabeceras, sus padres en la otra y los tíos y tías, a los lados, de acuerdo con su edad. Cuanto mayores, más cerca de los anfitriones, esos dos ancianos de pelo blanco y gesto amable.

Jacinto y sus primos eran relegados al office hasta que tenían los años y los modales adecuados para integrarse con los adultos, lo cual le parecía injusto, ya que los niños de su edad resultaban aburridísimos. Solo hablaban de deportes y de juegos que nuestro protagonista resolvía antes siquiera de que los otros terminaran de plantearlos.

Como ese reducto para infantes solo estaba controlado por una asistenta, Jacinto escapaba al jardín, a su habitación y al comedor principal, donde más le gustaba. Invariablemente detrás de una cortina o cualquier escondite desde donde pudiera escuchar las conversaciones y captar los gestos de sus parientes.

El joven soñaba con ser escritor y había oído que quienes aspiran a ese oficio han de ser, por encima de todo, cotillas. Siempre iba acompañado por un cuaderno donde anotaba frases, expresiones y gestos de los que consideraba llegarían a ser los personajes de sus relatos.

Una tarde de invierno, previa a las celebraciones navideñas, el niño, que contaba ocho años, estaba sentado a una mesa del jardín. Con abrigo, capucha y mitones, escribía lo que consideraba sería su primera novela. Comenzaba así: «Nació en 1870. A los veinte años, Lindor Covas tenía veinte años».

El aspirante a literato no se dio cuenta de que su tío Pancracio estaba a sus espaldas leyendo lo que él escribía, quien no solo lanzó una risotada, sino que durante la cena, con su voz fuerte y vulgar, relató a los demás comensales lo ocurrido.

Jacinto apretó las mandíbulas para no gritar, controló su furia y juró venganza.

No tuvo que esperar mucho tiempo, ya que, durante la cena de Noche Vieja, aburrido y un poco cansado, se escondió debajo de la mesa de los mayores, agradeciendo por primera vez que la naturaleza lo hiciese tan menudo. Cuál no sería su sorpresa, cuando tuvo que apartarse al rincón junto a los pies de los abuelos, dado que por el centro de aquel espacio bajo el largo mantel, los pies de los comensales se movían y acariciaban unos a otros. Pudo ver cómo las uñas pintadas debajo de la media de la tía Maruja, acariciaba la entrepierna del tío Anastasio, su cuñado, mientras que la mano de Pancracio se metía debajo de la falda de la hermana de su esposa.

Jacinto se mantenía inmóvil, contiguo a los juanetes del abuelo, casi sin respirar y rogando al cielo que no lo sorprendiera un estornudo que diera al traste con su escondite. Esos adultos presuntuosos e hipócritas le habían servido en bandeja su futuro desagravio. Nadie se ríe de Jacinto, y menos el patán de Pancracio.

La tía Hildegard, esposa de Pancracio, era una matrona alemana alta, fuerte y con un trasero de grandes proporciones, al que no le cabía el tanga de encaje rojo que encontró entre la ropa de su marido y que pertenecían a su hermana.

Desde su habitación, Jacinto escuchó portazos, insultos de ellos y chillidos de ellas. El «…y tú más» se repetía por los pasillos así como el estruendo de los coches que partieron casi derrapando.

Pasó el tiempo y aquel niño se convirtió en lo que siempre había deseado. Una tarde, mientras firmaba ejemplares de su primera novela, el tío Pancracio, con su sentido del humor habitual, se acercó para preguntarle si recordaba el nombre de aquel que a los veinte años tenía veinte años, a lo que el escritor respondió: «Hildegard».

El hermano de su padre solo atinó a decir: serás cabrón.

© Liliana Delucchi

domingo, 19 de octubre de 2025

Liliana Delucchi: El vestido azul

 


Entregué las llaves a los nuevos propietarios y les di la mano después de desearles felicidad en su nueva casa. No sentí congoja, aunque sí un poco de nostalgia al recorrer con la vista el jardín de la adolescencia; las risas junto a mis padres, las cenas de Navidad y los cumpleaños; los desafíos con mi hermano para ver quién se columpiaba más alto… Un pasado que quizás no fue tan maravilloso como a veces recordamos, pero que sin embargo queda en la mente con tintes amables.

Tras el fallecimiento de nuestros padres, Felipe y yo decidimos mantener la propiedad con la idea de dejarla a nuestros hijos y nietos…, esa idea de inmortalidad que los humanos trasladamos a los inmuebles, pero que a veces el destino trunca solo porque no es real.

La vida no nos bendijo con hijos, ni a él ni a mí, por tanto decidimos que lo mejor era venderla para llevar a cabo otros proyectos.

Decidí dar un paseo por el barrio, despedirme de esa zona de la ciudad a la que quizás no volviera. Fue al dar la vuelta a una esquina cuando la vi. La tienda de telas. Conservaba el mismo olor a madera antigua, las mismas estanterías y, casi diría, el mismo tipo de empleados, amables y formales, que guardaba en la memoria.

Sentí una especie de mareo al regresar a la mañana en que entré con tía Rosa. Ella iba a confeccionarme el vestido para la fiesta de los quince años y buscábamos la tela. Me dirigí directamente a una pieza azul, demasiado eléctrico para mi tía, ideal para mí. Ganó ella y nos llevamos una color marfil.

Como cualquier adolescente, yo estaba muy ilusionada con ser la reina del festejo. Vinieron todas mis compañeras de colegio, las amigas del barrio y los chicos que nos gustaban, aunque mis ojos se habían posado desde tiempo atrás en Roberto, el gran amigo de Felipe.

Si bien tenía unos cuantos años más que yo, me hizo el honor de bailar conmigo casi toda la noche y la felicidad se alargó mucho más allá de la fiesta, ya que casi no pude dormir de tan henchida de satisfacción como estaba.

Pendiente de cada visita de Roberto, esperaba una palabra o más bien declaración de amor. Creo que las hormonas y la fantasía que pusieron en mí las novelas, me llevaban a recrear una y otra vez el abrazo de aquellos boleros en los que la cadencia de las voces de “El trío Los Panchos” hicieron que sintiera el cuerpo de ese hombre que ansiaba mío para siempre.

El vestido blanco marfil giraba entre sus brazos y yo pedía a Dios que la noche no terminara nunca. Pero terminó, y la magia se fue disolviendo en saludos escuetos antes de encerrarse en la habitación de mi hermano donde yo tenía prohibido entrar, salvo invitación oficial que nunca se producía.

No quería escuchar a la tía cuando me susurraba al oído una y otra vez «ese hombre no es para ti». ¿Por qué no?, ¿para quién iba a ser si yo era la hermana de su mejor amigo, si bailó conmigo toda la noche y nos habíamos acercado tanto en esos cheek to cheek?

Un par de años más tarde, Felipe y Roberto alquilaron un piso para estar más cerca de la facultad. Eso fue lo que dijeron. Venían juntos a la comida del domingo y estaban muy unidos, aunque estudiaban carreras diferentes. A pesar de insistir, nunca logré que me invitaran a su apartamento y empezaron a tratarme como a una chiquilla caprichosa. ¿Dónde estaba mi querido hermano? ¿A qué mundo lo había trasladado la universidad?

Sin respuestas a esas preguntas, decidí buscar otras relaciones y mi vida se pobló de nuevas amistades y novios.

Aunque Felipe y Roberto terminaron sus respectivas carreras, siguieron viviendo juntos, si bien en un piso más grande y glamuroso. Sus respectivos trabajos se los permitía. Hasta que el segundo se casó con una prima lejana que su madre había elegido para él.

Felipe vendió el piso y consiguió un trabajo de investigación en el extranjero, donde estuvo casi diez años. Fue en una de mis visitas a su nuevo país, cuando me confesó lo que yo no entendí en las palabras de nuestra tía al decirme «ese hombre no es para ti».

—Eran otros tiempos —dijo—, y Roberto no supo o no quiso hacer frente a nuestra realidad. Quería ser como los demás, y para ello lo mejor era casarse y tener hijos.

No había amargura en sus palabras, solo resignación y un halo de dolor superado, de esos que dejan grietas que ni uno mismo es capaz de entrever.

Cuando Felipe volvió a nuestro país, pasamos mucho tiempo juntos, con ese tipo de relación de dos solterones que comparten aficiones y una historia profunda y cercana.

Al volver a esa tienda de telas, mis ojos, como aquella vez, fueron directamente a una pieza azul. Aquella que tía Rosa describió como “demasiado eléctrico”.

—Estás preciosa. Elegante y glamurosa, —dijo Felipe al recogerme para ir a la ópera— azul Klein.

© Liliana Delucchi

viernes, 19 de septiembre de 2025

Liliana Delucchi: La llamada



 Es la hora. Don Severo ya está sentado en el sillón frente a la ventana. Con sus gafas de lejos enfoca la cabina de la calle de enfrente, a escasos metros de su casa. Te estás retrasando, chiquilla. ¡Ah!, ya te veo. Tranquila, él esperará.

Como todas las noches, a las once en punto, una joven desconocida, a quien él ha bautizado Beatriz, se acerca a llamar por teléfono. La conversación con quien sea que está al otro lado de la línea suele durar entre quince y veinte minutos. Luego, ella desanda el camino con la mirada fija en las baldosas, como si buscara en ellas el rostro de alguien o una respuesta.

Si el anciano reparó en la chica, no fue por cotilleo de viejo aburrido. No, su pelo rubio ensortijado y esa forma de caminar alada le recordaron a su adorada Griselda. ¡Cuánto te echo de menos, pequeña! Con ese futuro que tu madre y yo habíamos planeado para ti. Pero él te embrujó, dejaste tus estudios con notas de campeonato, como solíamos decir, y lo seguiste para que él cumpliera sus sueños. ¿Y los tuyos, querida?

Gris, te llamaba, y yo me enfurecía porque ése no era tu nombre. Llámala Griselda, que es su nombre completo. Gris es un color triste y ella no lo es.

No se enfade, don Severo, es solo un diminutivo. ¡Diminuto eres tú!, pensé, pero mantuve silencio. Quizás debí haber hablado.

El anciano vuelve al presente para ver, a través de los cristales de la cabina de teléfono, a la lozana Beatriz. Parece enojada. Aunque don Severo no puede ver su rostro, los gestos de la mano derecha denotan indignación. Cuando cuelga el auricular, la chica se apoya sobre el aparato, como si necesitara recuperar fuerzas para regresar a donde sea que regrese.

Consternado, el hombre baja la cabeza. Su mente se llena de recuerdos, algunos amables, otros tristes, todos lejanos. Enciende el televisor. Una comedia, necesito una comedia.

Fue la noche siguiente cuando, al ver a la joven llorar desconsolada, tomó la decisión. Mañana le escribiré una nota. Lo hizo. Cinco minutos antes de las once, bajó hasta la calle y dejó un papel sobre el teléfono. En el mismo le decía que nadie era digno de sus lágrimas, que era muy joven para gastar su vida con quien no la merecía. A continuación, la firmó, agregando su número de móvil. Subió a casa y se limitó a esperar frente a la ventana.

La vio leer la misiva, mirar hacia todos lados hasta descubrirlo sentado junto a la lámpara. Una tenue sonrisa se dibujó en su cara llorosa, pero no lo llamó.

Don Severo se preparaba una sopa cuando escuchó el timbre. Al otro lado de la puerta encontró a Beatriz, con su nota en la mano.

—Estoy haciendo la cena, ¿te apetece acompañarme?

—Encantada, gracias.

© Liliana Delucchi

martes, 19 de agosto de 2025

Liliana Delucchi: Detrás de la valla

 


Aunque me gustaba el colegio, el comienzo de las vacaciones de verano era lo más esperado en mi agenda infantil. Se debía a que los meses siguientes los iba a pasar en casa de mis tíos. Desde que tío Alberto se retiró de los negocios, con la abundante fortuna que logró gracias a su  sabiduría, la familia decidió trasladarse al campo, a un palacete estilo francés con escalera de doble entrada que daba al jardín. Me maravillaba todo aquello: el parque, piscina, cancha de tenis, caballerizas y mis dos primos, Alejandro y Tomás. Tía Julia nos llamaba los tres mosqueteros. Una mujer extraordinaria, no recuerdo haberla visto enojada ni una sola vez. Lo primero que surgía en la cocina, donde desayunábamos, era su sonrisa. Siempre estaba tarareando, y cuando nos veía aparecer, todavía en pijama, nos abrazaba y bailábamos al son de lo que estuviera cantando. Además de ser una magnífica cocinera, jamás repetíamos bollería ni almuerzos… Su luz lo inundaba todo, hasta los días de tormenta parecían brillar ante esa mirada.

Mi madre estaba un poco celosa a causa de mi devoción por ella. Decía que a tía Julia le sobraban motivos para ser feliz. Claro, no trabajaba; no tenía que pasarse ocho horas en una oficina, luego llevarme a actividades extraescolares y de regreso a casa preparar la cena, para después recogerlo todo. Seguramente tenía razón, pero yo ansiaba pasar tiempo en esa casa tan grande y cómoda en vez de en nuestro piso de la ciudad, donde se oía toser al vecino.

Lo que más encendía mi entusiasmo en aquella mansión era el bosque que se extendía al otro lado de la valla. Allí, Athos, Porthos y Aramis llevábamos a cabo nuestras más atrevidas aventuras. No nos faltaba D’Artagnan, que fue como bautizamos al jardinero que se ocupaba de mantener ese monte de pinos y abedules limpio y cuidado. Un hombre que entonces me parecía mayor. Delgado, enjuto y con muchas arrugas, nos relataba historias donde los personajes, tanto los buenos como los malvados, curiosamente, llevaban los nombres de los habitantes del pueblo cercano.

D’Artagnan tenía una hija que por entonces era un poco más pequeña que nosotros. Huérfana de madre, se convirtió en la protegida de tía Julia y de tanto estar juntas, la niña adoptó el temple y hasta la forma de caminar de quien llamaba madrina. Y aunque por aquel entonces yo no tendría más de doce años, me enamoré. Su nombre: Eva, como la primera mujer…, mi primera mujer.

Si bien teníamos prohibido entrar en la habitación donde tío Alberto guardaba su colección de espadas antiguas, hacíamos caso omiso y nos llevábamos algunas al bosque, donde las armas se cruzaban de acuerdo con lo que habíamos leído en alguna novela o visto en ciertas películas.

Después de limpiarlas, las devolvíamos a su sitio.

Las vacaciones en esa casona se vieron reducidas el verano del 83. Mis padres habían alquilado una residencia en la playa y partí con ellos. Fue la última vez que estuve allí.

Cuando regresamos a la ciudad, mi padre recibió una llamada de su hermano. La conversación duró bastante. Desde la mesa en la que yo estaba jugando con unos recortables, pude ver que la expresión de ese hombre tranquilo se iba transformando. No dio explicaciones, al menos a mí, solo comentó que mi tío lo necesitaba como abogado y partiría esa misma noche. Desde el otro lado de la puerta de la habitación, le escuché decir que cómo se le ocurría a Alberto dejar la sala de las armas sin llave. Tardó dos semanas en regresar.

Nunca supe exactamente qué pasó.

Mis tíos vinieron a la capital, camino de Suiza, donde fijarían su residencia y mis primos irían a un internado. Los acompañaba Eva, vestida de luto y de la mano de la que llamaba su madrina.

Cuando años más tarde, camino del sur, me acerqué a la que fuera mi casa de vacaciones de la infancia, la encontré abandonada. La escalera que daba al jardín estaba cubierta de musgo y le había crecido un arbusto; la maleza derribó la valla que separaba la parcela del bosque. Quise adentrarme, pero descubrí en el suelo un trozo viejo y roto de cinta amarilla donde pude leer: «No pasar, escena del crimen».

© Liliana Delucchi

sábado, 19 de julio de 2025

Liliana Delucchi: La venganza de la moda

 


Como era costumbre, mis amigas y yo montábamos guardia a la puerta del centro comercial el primer día de rebajas. En cuanto abrieron, entramos en medio de esa nube de abrigos, sombreros y bolsos dispuesta a arrebatar aquello que ansiábamos llevar a casa. Estábamos entrenadas para luchar por lo que queríamos…, pero las otras también. La contienda se lleva a cabo sin ceder un centímetro al avance del enemigo; un espacio cedido puede significar una ganga menos en nuestro vestidor, una de esas que más tarde nos preguntamos para qué la compramos y termina en el saco destinado a los más desfavorecidos.

Sin embargo, esa mañana nos depararía una sorpresa. Agotadas de tanto tira y afloja, nos dimos un descanso para un café. Entonces vimos a una de ellas. ¿Es…? Sí, era la de los días impares. Así llamábamos a Lola Morales, una de las amantes del primer ministro. El mote se debía a que la veíamos con él los martes y jueves. Los lunes, miércoles y viernes correspondían a Encarna Ferreiro, y los fines de semana a su legítima, apodada “la señora”, con sus hijos.

Lola era alta, delgada y rubia, con una de esas sonrisas perennes que parecen dibujadas por un experto artista, debido a que no se modifica nunca, ideal para alegrar la segunda y cuarta jornada de la semana, si da la casualidad de amanecer lluvioso.

Encarna, por su parte, era la propietaria de una abundante cabellera cobriza que brillaba al sol y ella sabía mover como nadie. De mayor estatura que su rival y un cuerpo más contundente, se prodigaba menos que la rubia en eventos fuera del ministerio, lo cual era lógico, dado que trabajaba más. Lo que las unía era que sus mentes se movían en un círculo más limitado de lo esperado, aunque sin perder su capacidad para la ordinariez.

“La señora” tenía el pelo castaño, generalmente recogido; un rostro que, pese a no ser poseedor de una belleza clásica, era de lo más atractivo; sus maneras evidenciaban la calma y confianza que se adquiere tras una larga experiencia. En definitiva, era una mujer que mantenía a raya sus fuertes impulsos, lo cual otorgaba serenidad a sus gestos y movimientos.

Nos sorprendió ver a Lola en la cafetería la primera mañana de rebajas. ¿Acaso el ministro no era pródigo con sus amantes? Siempre habíamos pensado que ella compraría en tiendas de grandes marcas donde dan cita para que no te encuentres con otras clientas.

Sin embargo, el material de cotilleo durante nuestras partidas de cartas se vería incrementado ¡y cómo!, con la situación que iba a tener lugar jornadas más tarde en una recepción en la embajada de Suecia.

No recuerdo el motivo del coctel, ni me importa…, sería alguna fiesta nacional de ese país o la visita de un miembro del gobierno o de la Corona. Da igual. Lo importante fue que, quizás por error, o tal vez por maldad, las tres mujeres de la vida del político fueron invitadas.

Recuerdo a “la señora”, con su elegancia habitual, enfundada en un diseño exclusivo, conversando con dos hombres en un idioma desconocido para mí. También atesoro en mi memoria su expresión cuando vio llegar a Lola, no sé si demudada o estoica, y su sonrisa cuando Encarna hizo una entrada triunfal, sacudiendo la melena. El gesto de satisfacción de la legítima se debía a que las dos amantes de su marido lucían el mismo vestido.

© Liliana Delucchi

jueves, 19 de junio de 2025

Liliana Delucchi: Las trillizas

 


Las sillas del salón de la abuela eran altas. Tanto que nuestros pies no llegaban al suelo. Allí estábamos, mis hermanas y yo, aún vestidas de luto, sentadas una junto a la otra y con las manos enguantadas sobre la falda.

—Déjame a solas con mis nietas —ordenó a la tía Amanda.

Cuando la puerta se hubo cerrado, la anciana nos miró, se detuvo unos segundos en el rostro de esas tres niñas desoladas y temerosas ante la majestuosidad de una señora de negro a la que no habían visto en mucho tiempo.

—Es una buena mujer —dijo señalando con la cabeza el lugar por donde había salido su hija menor—, pero una idiota de la peor especie, con la misma incontinencia que la genialidad. Por eso seré yo quien se haga cargo de vuestra educación. ¿Lo entendéis?

Asentimos con la cabeza mientras ella estiraba un poco su vestido reacomodándose en el sillón. Antes de continuar, se demoró en un silencio que a nosotras nos dio miedo.

—Vuestra madre sí que era inteligente. Con un espíritu libre que ya hubiese querido tener yo, pero vivimos en épocas diferentes.

Haciendo uso de su bastón se puso de pie y caminó hasta el piano, cogió una foto en la que estábamos mis padres y nosotras, la besó y desde su considerable estatura, a pesar de sus años, hizo un amago de sonrisa.

—Vuestro padre también era inteligente. Y culto; con un sentido del humor sutil y perspicaz. Por eso ella se enamoró. No lo dudéis: se amaban profundamente.

La vimos avanzar hacia nosotras. Creo que todas teníamos ganas de llorar, de gritar, de pedir auxilio, pero no lo hicimos. Nos mantuvimos inmóviles y calladas, a la espera de que dictaminara nuestro destino. Un destino que ella dibujaría.

—Un internado no es opción. Allí envié a mis dos hijas y los resultados fueron nefastos, a pesar de la buena reputación del mismo —lanzó un suspiro al aire antes de continuar—, pero como aprenderéis a lo largo de vuestra vida, la reputación es una vana y engañosa impostura que muchas veces se gana sin mérito—, acercándose a una mesa baja, hizo sonar la campanilla.

Por fin pudimos bajar de los aparatosos tronos para acercarnos a la mesa a tomar el té. Las tres en silencio, escuchando lo que la anciana había planificado para un futuro que veíamos incierto.

—Tampoco tendréis institutrices. Ni vuestra madre y tía las tuvieron. Ellas, después del internado fueron a colegios, como lo haréis vosotras —cogió un scon y, mientras lo untaba con mermelada, nos guiñó un ojo—. Es deliciosa, me encanta la de naranja amarga, obra de Serena, la cocinera. Si tenéis alguna preferencia en cuanto a comidas, podéis pedírsela.

¿Decidir? ¿Podíamos decidir lo que queríamos comer? Después de lo vivido y escuchado hasta el momento nos parecía extraño. A través de los años descubriríamos cuán erradas estuvimos con aquella primera impresión de la tarde posterior al funeral.

Esa misma noche, cuando nos habíamos acostado en una habitación colorida y perfumada, todavía con la sensación de estar en un mundo extraño, se abrió la puerta y apareció la abuela. Después de preguntarnos si estábamos cómodas y a gusto, se sentó en una butaca y nos leyó un cuento. Adormilada, sentí su caricia, un beso en mi frente y las palabras que quedarían en mi memoria para siempre: «Mis queridas reinas magas, yo seré vuestro ángel custodio.»

Y lo fue. Cuidar de nosotras, de nuestro desarrollo intelectual y sensitivo, del bienestar físico de unas niñas temerosas y afligidas por su orfandad, había sido la promesa hecha ante el féretro de su hija. Lo cumplió. Nos dedicó el resto de su existencia, que creo estiró todo lo que pudo, para no dejarnos antes de estar preparadas para la vida.

A pesar de lo que dijo aquella aciaga tarde después del velorio, a la tía Amanda le permitió formar parte de nuestra niñez y adolescencia. Con ella íbamos a la peluquería, de compras y bailábamos en su salón los últimos ritmos que llegaban a esa casa que una vez nos pareció sombría y que se transformó en un jardín de rosas.

© Liliana Delucchi

lunes, 19 de mayo de 2025

Liliana Delucchi: La fiesta

 


—¿Dónde está el muerto?

Si esperaba que mi vecina agradeciera las molestias que me había tomado para decorar el jardín con velas y flores, estaba equivocada. A veces cometo el error de creer que la gente es más amable de lo que su naturaleza le permite. Sin embargo, he de confesar que la fiesta que habíamos urdido (sí, la palabra es urdido) no era más que un complot para quitarnos de encima a Victoria.

Había llegado a la urbanización con su primer marido del que estaba a punto de separarse, mejor dicho, él la iba a abandonar por otra. Cosa que cuando la conocimos y vimos el trato que le daba a ese pobre hombre, no nos sorprendió: hambriento de afecto había agotado sus reservas de cortesía y recurrido a brazos más cálidos. La ausencia de un varón en su vida hizo que ella se acercara a nosotras.

La vida en esta pequeña comunidad de vecinos era apacible, sin demasiados contratiempos ni dramas apocalípticos. Organizábamos reuniones en invierno y fiestas de jardín en verano, en las que el tono general era la cordialidad, esa sana diversión de gente educada que solo quiere pasar un buen rato. Hasta que apareció ella.

Llegaba contoneándose y alzando la voz para contrarrestar su baja estatura en un alarde de llamar la atención. Las demás le sonreíamos, obviando sus comentarios a veces agresivos, como lo de preguntar dónde estaba el muerto. Esa gracia se debió a las velas que habíamos colgado de los árboles.

Tuvimos unos pocos años de tranquilidad cuando consiguió su segundo marido, durante los cuales, como tortolitos, se refugiaron en su casa y no asistían a los eventos. Hasta que el susodicho conoció a otra y, al igual que el primero, partió sin ella.

Desde entonces, aparecía por sorpresa en cualquiera de nuestras casas, se auto-invitaba a comer, cenar o lo que se terciara, hasta intentó incluirse en nuestro club de lectura, aunque allí se encontró con la excusa del numerus clausus.

—Tenemos que encontrarle un novio. Alguno de vuestros maridos tendrá un amigo, conocido, compañero de trabajo. Lo que sea —dijo Carlota.

—Es verdad —contesté—. En cuanto huela testosterona, se encerrará y nos dejará en paz.

Ese fue el origen de la fiesta con velas. Aquella a la que le faltaba el muerto. O quizás, no. El finado sería ese pobre hombre al que ella eligiera, porque moriría, sí, pero de aburrimiento, antes de huir como de la peste.

La víctima se llamaba Fermín. Antiguo compañero de colegio de mi marido de visita en nuestro país para ver a su familia. Desde hacía años su trabajo de arqueólogo lo trasladaba de una excavación a otra en diferentes lugares del mundo.

—¡Genial! —casi gritó Carlota—. Se la llevará lejos.

Pero las cosas no salieron según lo previsto. Fermín, demasiado sensible como para soportar la vulgaridad de Victoria, prefirió el refinamiento de Agustina. Profesora de historia, tímida y de modales contenidos, era de esas personas que escuchan, aprenden y cuyos silencios, más que hacer pensar a su interlocutor que está aburrida, lo convence de una inteligencia madura y receptiva.

No se separaron en toda la noche. Desde lejos, nosotras, las urdidoras del complot, esperábamos que en cualquier momento se dispararan fuegos artificiales. No fue así, ambos eran demasiado discretos, pero cualquier buen observador se daba cuenta de la magia que los envolvía.

Y la come-hombres, indignada por no ser la elegida, ella, una hembra alfa abatida por una insulsa con poco pecho, se marchó con sus pasos cortos y la melena al viento.

No sabemos cuánto durará su ausencia, pero algo es algo.

En realidad, visto a la distancia, la fiesta fue un éxito, aunque no hubiera un muerto. Habíamos emparejado a dos seres encantadores y alejado, al menos por un tiempo, a otro tóxico.

© Liliana Delucchi

sábado, 19 de abril de 2025

Liliana Delucchi: El viaje

 


El día que encontré a Anastasio en la playa tumbado boca arriba, el aire estaba limpio y corría la brisa de principios de septiembre. Levanté la mirada y pude ver algunas cometas bajo las nubes. Como a él le habría gustado.

La noche anterior hizo mucho calor. Pese a la oscuridad, se intuía un cielo amenazador y el bochorno presagiaba la tormenta que no tardó en descargar una lluvia torrencial. Alrededor de medianoche, cuando estaba leyendo, oí unos ladridos que venían de la terraza. ¡Imbécil de mí! Tom se había quedado fuera.

Abrí el ventanal para que entrara, pero no lo hizo. En vez de eso, se dirigió hacia la baranda, bajó los escalones hasta el jardín y me condujo a los pies de la higuera. Yo estaba empapado y mi perro también, pero aún más mi vecino.

—¡Por el amor de Dios, Anastasio! ¿Qué haces aquí?

Por toda respuesta, el hombre se escondió entre las matas que rodeaban el árbol.

Al acercarme intenté moverlo para ver si estaba herido. Pensé llamar a emergencias, pero había dejado mi móvil en el salón y mi fiel can no era de especial ayuda. Lamía la cara del hombre mientras escarbaba la tierra de su alrededor.

No tengo una constitución fuerte, más bien soy canijo, pero me he dado cuenta de que ante situaciones difíciles el ser humano saca fuerzas de donde no las tiene. Todavía me veo cargando los casi noventa kilos de Anastasio a través del jardín hasta depositarlo sobre la tumbona de la terraza. Lo examiné para determinar si estaba herido. No. Solo roñoso y mojado. Limpié su cuerpo lo mejor que pude con una toalla húmeda y le cambié la ropa. Mi hermano, quien tiene más o menos su misma talla, había dejado un chándal de deporte con el que yo intentaba vestir a mi vecino.

—¡Ayúdame un poco, hombre! —decía mientras forcejeaba para ponerle los pantalones.

Me hizo caso y levantó una pierna. En ese momento vi una triste sonrisa en su rostro y pude escuchar un leve «gracias».

—Esta mañana vi cometas en la playa —dijo.

Yo no era capaz de comprender el significado de esas palabras, pero no era momento de insistir. Ya hablaría si ése era su deseo.

—Necesitas algo fuerte. Vuelvo ahora mismo.

Me dirigí a la cocina a preparar un poco de café, aunque pensándolo mejor, lo cambié por un whisky. Lo bebió de un trago.

Para ese momento, Tom había subido a la tumbona y restregaba sus pelos mojados contra el chándal seco. Mi cachorro no me ayudaba. Pensé ordenarle que bajase, pero al ver a mi vecino acariciándolo, no lo hice.

No recuerdo cuánto tiempo permanecimos a resguardo de esa tormenta. En silencio. Anastasio y el can en la tumbona, yo en una silla, mirándolos, a la espera de una explicación.

—Me hubiera gustado volar con ellas. Con las cometas —dijo incorporándose y extendiéndome el vaso. Lo rellené con un poco más de whisky.

—Siempre me gustó volar —continuó mientras hundía sus dedos en la pelambre del perro—. A Lucía también le gustaba. Tanto —rió sarcástico— que me dejó por un piloto.

—¿Lucía se ha marchado?

—Esta tarde.

—Lo siento.

—No tanto como yo —volvió a reír. Pero esta vez sin sarcasmo, aunque su voz tenía el eco del alcohol.

—En casa no tomamos, así que no hay bebidas. ¿Me puedo llevar esta botella?

—Me parece imprudente, sobre todo si no estás acostumbrado.

—Sé que no lo dices por tacañería, pero una buena borrachera ayuda a dormir. Y yo lo necesito esta noche.

Mientras lo acompañaba hasta su casa, pensé que no me había dicho qué hacía en mi jardín, pero no era momento de preguntárselo. Lo haría al día siguiente, cuando fuera a ver cómo estaba.

Y lo vi. Pero no en su casa porque no estaba, sino en la playa. Tumbado en la arena boca arriba, con un frasco de barbitúricos en la mano y los ojos abiertos. Parecía contemplar las cometas.

Buen viaje, querido amigo.

© Liliana Delucchi