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sábado, 18 de octubre de 2025

Paula de Vera: Preludio de guerra (Shikamaru y Temari): Parte II

 



«Cinco divisiones. Cuarenta mil ninjas. Eso son ocho mil por división, considerando cinco grandes aldeas y cinco tipos de habilidades básicas; la proporción sería...».

Shikamaru frunció el ceño levemente, con proporciones, probabilidades y cifras dando vueltas en su mente por pura costumbre. No le suponía un gran esfuerzo y, en el fondo, le relajaba. Era como calcular los movimientos y predecir las acciones que ocurrirían en una partida de shōgi, solo que esta era a mucha mayor escala que el duelo en un simple tablero. Poca gente lo entendía, pero a él tampoco le importaba demasiado.

Los shinobi convocados por los Cinco Kages se veían del tamaño de hormigas desde su posición frente al ventanal a media altura de la Torre Raikage, en la Aldea Oculta de la Nube. De hecho, el símil se acentuaba al ver los movimientos zigzagueantes, pero ordenados, de los que se incorporaban a filas poco a poco.

Chōji, Ino y él habían llegado la noche anterior y, esa misma madrugada, el joven Nara había debatido con su padre la distribución de las cinco divisiones. Sin querer, su mente divagaba entre nombres que conocía de sobra, repasando quién estaría en cada pelotón y cuál podría ser su suerte en la batalla. Shikamaru suspiró. No le gustaba el conflicto, nunca lo había hecho.

«Cuarenta mil personas», recordó con amargura, sintiendo un nudo en el estómago. «Todos buscando detener a quienes quieren acabar con nuestro sistema de vida. Qué fastidio».

¿No deberías estar de camino a la formación?

La voz femenina a su espalda, grave y modulada como solo «ella» podía tenerla, lo sobresaltó apenas. Sin embargo, Shikamaru se esforzó por mostrar la emoción justa en su rostro antes de girarse despacio. Aun así, no pudo evitar esa extraña y pesada sensación que se alojaba en su pecho desde hacía ya algunos años cada vez que se encontraban.

Temari —saludó, cordial—. Cuánto tiempo.

«Desde lo de Asuma», recordó, con un ligero sabor amargo en la garganta.

Sin embargo, no lo dijo en voz alta. Tampoco pareció hacer falta. Cuando sus miradas se cruzaron, ella esbozó una sonrisa tensa y se acercó un par de pasos más. Llevaba un fardo de tela parda entre las manos, entre cuyos pliegues sobresalían unas hombreras de armadura. Por otra parte, llevaba ropa más corta de la que Shikamaru recordaba haberle visto nunca: sin mangas, pero con mucho tejido de rejilla debajo. Cuando los ojos del joven, por un extraño impulso, buscaron bajar más allá de sus clavículas, su mente lo obligó suavemente a encarar de nuevo sus iris verdes.

Hola, llorón —repuso la kunoichi, con ese deje de humor fastidioso que siempre le provocaba punzadas en el pecho—. Deberías estar de camino —reiteró, ajena a sus pensamientos, señalando con la cabeza la amplia explanada que había al otro lado de los cristales—. No te conviene ser el último en llegar, por respeto a tu apellido.

Shikamaru entrecerró los ojos, hastiado sin quererlo por dentro a causa del comentario. Admiraba a su padre como el que más y sabía que Temari también, desde hacía años; no era algo que ella nunca hubiese ocultado. Pero le escocía que le recordaran que tenía que estar a la altura de lo que se esperaba de él... otra vez.

No habrá problema —expuso entonces, sereno, apartando apenas la mirada hacia el exterior de la ventana—. Según mis cálculos, a ojo, aún queda más de la mitad de nuestro ejército por llegar.

Ejército” era una palabra casi extraña en su lengua, pero sabía que no había muchas más formas de denominarlo. Era la guerra, les gustara o no, y en ella todo efectivo preparado para la batalla se convertía en soldado. Temari, por su parte, no lo interrumpió. Se limitó a observarlo con los brazos cruzados bajo el pecho mientras él proseguía:

Además, cuando he subido esta mañana a hablar con mi padre, había una cola considerable de gente que quería recibir sus bandas de la Alianza.

Al poner el brazo izquierdo en jarras, su propia insignia, cosida a la manga de la camisa del uniforme, refulgió bajo el tímido sol que ya asomaba en el cielo. Shikamaru se encogió de hombros, giró hacia Temari el rostro inmutable.

Así que no, no creo que vaya a llegar el último.

El ceño de ella se frunció y sus ojos se movieron de arriba abajo como si lo estuviera evaluando. Quizá, en realidad, y conociéndola un poco, estaba intentando encontrar algún agujero en su lógica por donde insistir con su argumento. En el fondo, es lo que él habría hecho. Por supuesto, Temari no encontró resquicio alguno, aunque su postura apenas se relajó al resoplar y apartar la vista.

No has cambiado nada, ¿eh, llorón?

El apelativo le escoció como el roce ligero de una espina sobre la piel, sin llegar a hacer sangre. De hecho, Shikamaru casi se sorprendió al notar la falta de tono burlón que siempre acompañaba a esa palabra. Aun así, su rostro permaneció neutro mientras ella añadía con cierto cansancio:

Bueno, pues... te habrás enterado de que estamos en la misma división.

Con el corazón extrañamente acelerado, Shikamaru asintió despacio.

Ambos tenemos buenas habilidades a distancia, aunque sean de distinta naturaleza —arguyó, práctico—. Supongo que era de esperar.

En ese momento, Temari lo observó con fijeza de una forma que, por primera vez, Shikamaru no supo interpretar correctamente. Había... algo distinto y extraño, y por un momento se sintió terriblemente confundido. De hecho, un segundo después, ella resopló, apartó la vista y cambió el peso de un pie a otro. Casi como si, sin saberlo, él hubiese dicho algo que no debía y la hubiese molestado. Sin embargo, la sensación llegó y pasó tan rápido que el joven ninja casi pensó que se lo había imaginado.

Hum —respondió Temari entonces, en un tono de lo más neutral y con esa seriedad habitual en ella, antes de volver a encararlo sin rastro ya de emoción—. Diez minutos, llorón. Ese es el tiempo que te doy para verte a mi lado.

Él alzó una ceja, pero se quedó helado cuando ella añadió con media sonrisa peligrosa:

O tu nuevo capitán tendrá noticias tuyas.

Gaara.”

Shikamaru reprimió un escalofrío. No es que el pelirrojo y taciturno Kazekage fuese el mismo homicida aterrador de años atrás, pero tampoco era alguien con quien quisiera medirse de buenas a primeras. Entrecerró los ojos, picado. ¿Acaso Temari lo estaba provocando a propósito? No es que le faltara razón, pero no podía imaginarse a la kunoichi rubia haciendo algo semejante.

«No, no puedes dejarte ganar en eso», resolvió, sosteniéndole la mirada como pudo. «No te atrapará en una trampa tan burda como esa».

Por suerte o por desgracia, antes de que pudiera rebatirla, una silueta grande, roja y coronada por una amplia melena castaña apareció por una esquina.


***


Ah, Chōji —escuchó entonces Temari decir a Shikamaru mientras este oteaba algún punto a sus espaldas—. ¿Ya estás listo?

La joven rubia se giró a tiempo de ver aparecer al rubicundo aludido, sonriente como de costumbre, con una bolsa de patatas fritas abierta en la mano.

Sí, ya está todo listo. Y he conseguido un aperitivo para la espera.

Sin verlo, Temari notó que Shikamaru suspiraba detrás de ella, justo antes de que la esquivara para reunirse con su mejor amigo.

No tienes remedio, Chōji. Anda, vamos para abajo.

Sí, vamos.

En ese momento, Akimichi pareció darse cuenta de que había alguien más, porque se giró un instante e inclinó la cabeza con educación.

Perdón, señorita Temari. No la había visto.

La joven suspiró, lo encaró sin violencia y se relajó apenas.

Chōji, es un placer volver a verte. Y, ya que vamos a ser compañeros de armas los tres, no hace falta que seas tan formal.

El aludido pareció enrojecer un instante ante aquella indicación, pero enseguida recuperó la sonrisa y asintió.

De acuerdo, Temari.

¿Nos vamos ya, Chōji?

Temari alzó una ceja al comprobar que, de repente, Shikamaru parecía nervioso y con ganas de desaparecer de allí cuanto antes. Sin embargo, no dijo nada mientras Chōji se despedía, de nuevo con una educación que contrastaba de forma increíble con su aspecto orondo y su gula sin fin. No obstante, antes de que ella pudiera decir nada más, Shikamaru se giró y agregó:

Nos vemos en diez minutos, Temari. No faltes.

Dicho lo cual, ambos se giraron para desaparecer por el pasillo. En ese momento, la joven rubia se dio cuenta de que tenía poco tiempo para cambiarse antes de bajar a formar.

«Maldito sea, me ha salido el tiro por la culata», pensó, mientras corría en dirección contraria hacia los aposentos de Gaara y su escolta.

Sin embargo, ni mientras se vestía con dedos temblorosos ni al descender casi a saltos las escaleras de la torre hasta el patio principal pudo evitar que su estómago se revoltijara como si hubiera cien mil mariposas en su interior. Pero lo peor de todo era que sabía perfectamente quién lo provocaba, aunque se negara a admitirlo. Y no ayudaba el hecho de que, a pesar de que todos ellos estaban a las puertas de una guerra que podría cambiar su mundo por completo, su mente rezara constantemente para que tanto ella como Shikamaru salieran con vida de ella.


Historia inspirada en Shikamaru Nara y Temari, personajes del manga/anime “Naruto/Naruto Shippuden”

Imagen: “Stargazing”, de Paula de Vera

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jueves, 18 de septiembre de 2025

Paula de Vera: Preludio de guerra (Shikamaru y Temari): Parte I

 



El cielo sobre la Aldea de la Nube estaba despejado cuando finalizó la última reunión de coordinación entre los Kages. Tras despedirse con la debida cortesía y dirigirle un gesto cómplice a su hermano, Temari bajó por las escaleras de la Torre Raikage con paso decidido. El leve eco de sus sandalias apenas se oía más allá del siguiente rellano. Llevaba la ropa de batalla doblada sobre un brazo y notaba cómo le bullía la mente de anticipación, algo nerviosa por la batalla que se avecinaba. Todo estaba listo para partir hacia el frente en unas horas, pero la sensación de vértigo en el estómago no la abandonaba.

No tenía miedo. No exactamente. Quizá era una punzada de dolorosa consciencia: un recordatorio de que muchos de ellos —algunos con los que había crecido, entrenado, discutido o luchado— no regresarían.

Suspiró mientras recorría el pasillo hacia los aposentos asignados a las visitas. Todavía tenía que cambiarse para la formación en el patio principal. Pero no podía evitar que su mente regresara una y otra vez a las figuras que más se habían destacado en esas reuniones. Entre ellas, una en particular: Shikaku Nara.

Lo había observado en silencio mientras discutía con los Cinco Kages, desde su posición tras la Quinta Hokage... Siempre con ese tono calmado y sereno de quien piensa más rápido de lo que habla. Admiraba su templanza, su capacidad para marcar el ritmo sin imponerlo y para ofrecer soluciones a los más impulsivos sin levantar la voz ni perder los nervios. Además, tenía la humildad de reconocer sus errores, aunque no eran frecuentes. Era evidente por qué lo habían escogido como estratega general para esa guerra.

Sin embargo, Temari no podía evitar compararlo constantemente con su hijo.

En su día, cuando Shikamaru fracasó en la misión de recuperar a Sasuke, apenas había visto a Shikaku de lejos. La primera impresión que tuvo fue la de un ninja serio, grave, estricto... Lo que Temari habría calificado como el ninja ideal para un mundo en el que la guerra y el odio nunca daban tregua.

Ahora se daba cuenta, tras haberlo conocido más, de que su discurso en ese momento también tenía un matiz que no supo percibir: una forma silenciosa y quizá poco sensible, pero efectiva, de decirle a su hijo que no se rindiera. Que siguiera adelante. En ese momento, Shikamaru era un muchacho derrotado, encorvado por la culpa, pero incluso entonces ya se vislumbraba en él algo especial. A pesar de su juventud, de ser el chūnin más joven de su generación y de ser más sensible de lo que Temari hubiera imaginado jamás en un compañero de armas masculino, su forma de comportarse y actuar ya denotaba esa especie de seriedad y templanza silenciosa que resultaba imposible de ignorar.

Ahora, años después, podía afirmar sin dudar que lo admiraba casi tanto como a su padre. Por supuesto, no lo admitiría en voz alta ni bajo tortura, pero había algo en él que la descolocaba más de lo que quería reconocer. Lo había visto tomar decisiones sin pestañear, con la misma cabeza fría que distinguía a su padre, y con una claridad en el juicio que, en ocasiones, la ponía nerviosa. No en un sentido romántico, por supuesto; Temari se consideraba más práctica que todas esas tonterías adolescentes. Le resultaba frustrante que Shikamaru se escondiera tan obstinadamente tras esa pereza fingida y esas quejas repetitivas en las que sabía que no creía. Porque, si había algo que no cambiaba, era que, en el momento de la verdad, ese “vago irremediable” era uno de los ninjas más firmes y decididos que había conocido.

«Shikamaru tiene ese mismo potencial, aunque no quiera admitirlo y a veces parezca el último en creérselo».

Resopló indignada, sin querer.

«Será idiota».

Lo más intrigante del primogénito de Shikaku era que, a diferencia de otros, jamás alardeaba de ello. Se limitaba a inclinar la cabeza y retirarse de nuevo a las sombras, sin pedir nada a cambio. Salvo, quizá, por una cosa.

Recordaba su última visita a la aldea de la Hoja, antes de su destrucción. El duelo en sus ojos por Asuma Sarutobi. La dureza con la que la recibió al principio... y lo que pudo entender, a partir de retazos de información que escuchó entre sus compañeros o en los rincones de la Torre Hokage, antes y después de ese encuentro.

Shikamaru se había vengado. Lo había planeado todo y su estrategia había acabado con dos miembros de Akatsuki. Se había vengado sin pestañear de aquellos que le habían arrebatado lo que más le importaba.

Tan absorta iba en sus pensamientos que apenas se dio cuenta a tiempo de que estaba a punto de chocarse con alguien al girar una esquina, junto a un pequeño mirador. Frenó y ralentizó el paso justo a tiempo, aunque su corazón dio un ligero vuelco, mezcla de sorpresa y algo más. Algo a lo que aún no quería poner nombre, sin estar segura de lo que significaba y sin querer darle más importancia.

Como si lo hubiera invocado con sus pensamientos, Shikamaru Nara estaba allí. Le daba la espalda a medias, pero ni siquiera se giró al percibir su presencia. Al contrario, se limitó a seguir caminando. Su expresión mostraba, como de costumbre, que andaba sumido en sus pensamientos. Sin embargo, Temari detectó algo que no había identificado en otras ocasiones: fruncía el ceño igual que su padre.

Ese gesto de concentración, que para alguien que apenas conociera a Shikamaru podría pasar por simple fastidio, era el mismo que tenía Shikaku cuando reflexionaba inclinado sobre mapas y documentos, justo antes de dar un veredicto o plantear un plan.

Al verlo, Temari sintió cómo se le aceleraba el pulso sin razón aparente en apenas un segundo. Sin querer, sonrió para sus adentros con algo que se asemejaba al orgullo por el ninja que tenía delante.

«Esto solo confirma lo que llevo años pensando de él. Tiene talento para más cosas y debería aprovecharlo».

Quizá por eso no le sorprendió cuando, al repartir los cinco destacamentos del ejército, Gaara aceptó sin dudar la sugerencia de nombrar a Shikamaru capitán sustituto de la Cuarta Unidad, que estaría directamente bajo su mando. Al barajar opciones, su hermano le había preguntado, por supuesto... Y no admitiría, ni bajo tortura, que ese había sido uno de los pocos nombres que había salido de su boca. Aunque Shikamaru solo fuera un chūnin, tenía talento para liderar, pero le faltaba un pequeño empujón para demostrarlo y hacerse valer de verdad. Por suerte, Gaara tardó muy poco en tomar la decisión.

«Tengo más fe en este cabeza hueca que él mismo», resopló Temari para sus adentros con resignación antes de dar un paso más en su dirección. «Solo espero no haberme equivocado».



Historia inspirada en Shikamaru Nara y Temari, personajes del manga/anime “Naruto/Naruto Shippuden”

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sábado, 14 de junio de 2025

Paula de Vera: Perder a tu maestro (Shikamaru y Temari) - Parte 2

 



 

La noche había caído sobre la Aldea hacía rato, pero a Shikamaru no le urgía volver a casa. Llevaba horas sentado cerca del monumento a los caídos, girando el encendedor de Asuma entre los dedos mientras observaba el horizonte, sumido en sus pensamientos. Para cualquiera que no lo conociera, podría parecer el mismo vago de siempre, pero su mente era un hervidero que desmentía cualquier apariencia de calma.

Hacía dos días que había ejecutado a Hidan, pero su espíritu no terminaba de alcanzar la satisfacción que esperaba. En su lugar, seguía asentado en su pecho el mismo vacío incómodo desde que Asuma había expirado entre sus brazos. Como si la venganza no hubiese sido más que un espejismo. Una promesa de alivio y cierre que, al final, solo había dejado tras de sí un eco amargo de tristeza y soledad.

Despacio, como si el mero pensamiento hubiese invocado al fantasma de su difunto maestro, Shikamaru sacó el paquete de cigarrillos del bolsillo. Se lo había quedado después de la muerte de Asuma, casi como un recuerdo al que aferrarse. Pero ahora sentía que debía ir un paso más allá. Vacilante, extrajo uno y lo observó girar entre sus dedos.

Siempre había odiado el tabaco: el olor, la aspereza en la garganta y la forma en que el humo le llenaba los ojos de lágrimas. Sin embargo, en ese instante, aquella cajetilla tenía un atractivo especial. Como un susurro lejano, una presencia reconfortante que le hacía sentirse menos solo.

Sin pensarlo demasiado, se llevó el cigarrillo a los labios y encendió el mechero con un chasquido, imitando el gesto que había visto tantas veces en su maestro. Esta vez, la llama surgió a la primera entre la rejilla de metal y Shikamaru supo que no había vuelta atrás.

La primera calada le abrasó la garganta y lo hizo toser, haciendo que sus ojos se llenaran de una mezcla de irritación y tristeza residual. Definitivamente, el humo del tabaco siempre le hacía llorar. Pero ni la tos, ni las lágrimas ni el fuerte aroma le parecieron tan amargos como la bilis que subía por su estómago cada vez que los recuerdos volvían sin piedad.

«Esto es mejor que nada», se dijo, sintiendo una extraña paz al sostener el cigarrillo entre los dedos.

Exhaló el humo lentamente, dejando que su cuerpo se relajara un poco. Como si, de algún modo irracional, la presencia de Asuma estuviera allí a su lado, con una mano firme sobre su hombro.

—Ese vicio es nuevo.

Shikamaru se enderezó de inmediato al escuchar aquella voz femenina e inesperada, alerta. Giró la cabeza y vio a Temari a unos metros de distancia, con los brazos cruzados.

La última vez que se habían visto fue semanas atrás, durante los exámenes chūnin, aunque a él le parecía una eternidad. Verla ahora solo consiguió que su maltrecho corazón latiera más rápido sin razón aparente y no supo si aquello era más doloroso o si, de alguna forma, le proporcionaba un tenue alivio. Eso y la súbita conciencia de que, si ella estaba allí, él debería haberlo sabido y estar preparado para recibirla, cosa que no había hecho. Si la Quinta Hokage se enteraba, su cabeza rodaría por el suelo. Pero, por alguna razón, en ese instante aquello le importaba bien poco.

Sin poder evitarlo, la miró fijamente. Durante la preparación de los exámenes, su relación se había vuelto poco a poco más cercana. Entre piques, provocaciones y discusiones sobre la conducción de las pruebas, tanto a solas como junto a la junta evaluadora, Shikamaru había empezado a notar lo cómodo que se sentía con su presencia. Años atrás, habría puesto los ojos en blanco por tener que lidiar con una mujer desconocida durante tanto tiempo. Ahora, sin embargo, no podía dejar de valorar su profesionalidad, su determinación y, al mismo tiempo, su paciencia para escuchar y evaluar cada argumento. Era una mujer con carácter, sin duda. Pero, por primera vez en su vida, eso no le parecía un fastidio monumental.

Aun así, en ese momento y después de todo lo ocurrido, lo último que quería era enzarzarse en otro tira y afloja con ella. Incluso cuando sus discusiones habían dejado de ser realmente agresivas hacía más tiempo del que admitiría jamás, en ese instante no tenía fuerzas. Solo quería estar solo con sus pensamientos y su dolor.

Y, sin embargo, tampoco fue capaz de ignorarla ni de pedirle que se fuera. Por más que su alma estuviera sumida en la oscuridad desde aquel día, una parte de él se alegraba de verla.

—¿Qué haces aquí? —preguntó al final, eligiendo responder a su pulla desviando la conversación, en lugar de justificarse.

Su tono fue más seco de lo que pretendía y Temari lo notó. Apenas un ligero gesto en su expresión delató su molestia antes de que respondiera con ironía:

—Guau. Menudo recibimiento.

Él resopló sin moverse. El humo salió de golpe por su nariz, casi sin darse cuenta, pero tampoco apartó la vista de esos ojos verdes. Dos pozos profundos que, ahora y siempre, parecían analizarlo con una intensidad que le resultaba incómoda y a la vez relajante. Más aún en ese instante, cuando lo único que quería era cerrar su alma y su corazón para no sentir nada.

—Ya... No esperaba visitas aquí arriba, la verdad —murmuró con voz monocorde.

Temari enarcó una ceja.

—Ya veo.

Shikamaru se obligó a no chasquear la lengua, irritado y sin saber por qué. En otras circunstancias, no le habría importado tanto o incluso habría admitido que ella tenía razón, pero ahora no tenía paciencia para escuchar sermones. No quería que su presencia le recordara que la rutina continuaba. Que había que proteger el mundo ninja. La Hoja. Que la diplomacia era la única forma de hacer frente a la amenaza de guerra que pesaba sobre todos ellos. Que, le gustara o no, pronto habría una cumbre de Kages que requeriría un retorno al trabajo político para ambos.

—En realidad, respondiendo a tu pregunta, llegué esta tarde —dijo ella con naturalidad—. Había revuelo en la aldea y Naruto, Ino y Sakura me pusieron al día.

Shikamaru entrecerró los ojos. Su lado más herido y reactivo le susurraba, de forma terriblemente tentadora, que le dejara claro lo poco que le importaba todo aquello. Pero la parte de él que sabía que Temari no tenía la culpa lo obligó a morderse la lengua.

Aun así, no pudo evitar resoplar con hastío y que cierta amargura se filtrara por sus labios junto con el humo de la última calada.

—Genial. ¿Y has venido a darme un sermón sobre lo sensible que puedo llegar a ser?

Sabía que era un dardo directo. Un rencor que arrastraba desde hacía casi tres años, desde que ella se lo había echado en cara. No es que el tema hubiera vuelto a surgir desde entonces, más que en momentos esporádicos, y, de hecho, si Temari seguía llamándolo «llorón», hacía tiempo que Shikamaru lo toleraba con resignación... o hasta con cierta diversión, dependiendo del día.

Pero no esa noche.

No podía.

En cualquier caso, Temari pareció encajar el golpe. Su ceño se frunció y su expresión se tornó más agresiva mientras se cruzaba de brazos y escupía:

—No, venía a darte el pésame por tu maestro, idiota. Pero si me vas a tratar así, la próxima vez no me molesto.

Tras aquel exabrupto, la joven se giró bruscamente para irse, pero Shikamaru ya se había arrepentido de sus palabras antes siquiera de que ella le diera la espalda por completo.

—Temari.

No alzó la voz, pero ella lo oyó. Frenó en seco, aunque apenas giró la cabeza en su dirección. Shikamaru suspiró, se frotó la sien con la mano libre y dudó durante un par de segundos sobre qué hacer. Al final, se rindió a lo que su corazón herido le pedía y apagó el cigarrillo contra la piedra más cercana.

—Lo siento. No debería haberte hablado así —se disculpó—. ¿De acuerdo?

Temari se volvió por completo, aún con el ceño fruncido y los brazos cruzados.

—Depende. ¿Vas a seguir ladrándome o podemos hablar como personas normales?

Él exhaló despacio el último resquicio de humo de sus pulmones.

—No, no voy a volver a decir nada —reculó, dando vueltas todavía al encendedor en una mano, antes de esbozar una media sonrisa más amable—. Aunque... gracias por las condolencias. Se agradecen.

Ella lo observó detenidamente durante varios segundos que parecieron eones. Shikamaru esperó su respuesta con el alma en vilo. Si Temari lo mandaba a paseo en ese instante, sabía que se lo había ganado.

Finalmente, por suerte, la joven respiró hondo, sacudió la cabeza y se acercó un par de pasos antes de sentarse a una distancia prudencial.

—He oído que castigaste bien a ese bastardo —comentó entonces.

No dijo su nombre, pero no hacía falta. Ambos sabían de quién hablaba.

—Que lo planeaste, incluso. Y salió bien.

—Solo hice lo que se merecía, ni más ni menos. No podía quedarme de brazos cruzados.

Temari pareció suspirar al asentir, con aire pensativo, pero su tono era sereno como de costumbre cuando repuso sin mirarlo:

—Hiciste bien. Quizá es cierto que la venganza no es lo mejor en estos casos, pero era lo que había que hacer.

No había reproche ni acritud real en sus palabras, pero Shikamaru notó cómo se le revolvían las entrañas al escucharla. En el fondo le escocía oír lo mismo de boca de Temari y de Tsunade.

«La venganza no es propia de ti», había dicho la Quinta.

Y era cierto. Antes.

Ahora, quería luchar por lo que le importaba, sin importar el precio.

—No puedes entenderlo —le replicó, hosco.

Para su sorpresa y mayor irritación, Temari soltó una risa seca y despectiva.

—Y un cuerno. Te recuerdo que esos bastardos también secuestraron a mi hermano —replicó en el mismo tono, antes de añadir con gesto tenso—: Los habría asesinado yo misma si hubiera podido. Así que solo te has adelantado, llorón. No te lo tengas tan creído.

Shikamaru bajó la mirada, con una punzada involuntaria de culpa que le recorrió el cuerpo.

—Mierda. Tienes razón —admitió, sacudiendo la cabeza, sin ánimo de discutir.

Por alguna razón, las palabras bruscas de Temari eran ese bofetón de realidad que necesitaba, aunque no sabía cómo. Abatido, resopló y miró al horizonte.

—Casi había olvidado lo ocurrido. Perdona —se excusó, más suave.

Ella lo miró, pero no respondió. Sin esfuerzo, Shikamaru entendió que no hacía falta. Era extraño como aquella hosca joven rubia y él podían entenderse tan fácilmente sin necesidad de palabras. Temari enseguida desvió la mirada, también hacia la aldea. Durante varios minutos, ambos se limitaron a observar la villa durmiente en la distancia, perdidos en sus respectivos pensamientos. No obstante, el silencio era cómodo y casi cómplice. Los dos, aun viniendo de aldeas distintas, estaban metidos junto a todos sus seres queridos en lo que parecía ser el principio de un conflicto ninja mucho mayor.

De repente, Shikamaru se dio cuenta de que las diferencias culturales entre Temari y él pesaban menos que nunca. Quizá por eso, tras apenas un minuto de cómodo silencio, susurró:

—No es lo mismo sin él.

Temari se giró apenas en su dirección, lo que demostraba que lo había escuchado a pesar del tono bajo, y asintió con calma.

—Nunca lo será, pero seguirás adelante —afirmó, sin mostrar condescendencia.

Sus ojos verdes reflejaban una seriedad y, al mismo tiempo, una serenidad que Shikamaru no podía dejar de mirar sin razón aparente.

—No porque quieras tú, sino porque él querría que lo hicieras.

Él parpadeó y se obligó a apartar la vista, confundido más por la situación que por sus palabras.

—Supongo que tienes razón —concedió, reflexivo, aunque el dolor de pensar en Asuma volvió con fuerza—, pero nunca me había sentido así.

—Te entiendo. Pero créeme, lo superarás. Y probablemente también lo superarás —declaró Temari, sin tapujos.

Shikamaru se removió con incomodidad en el sitio.

—Eso es difícil —la rebatió, sincero y humilde al mismo tiempo.

«Superar a Asuma. Qué más quisiera», pensó, abatido y halagado al mismo tiempo, sin razón aparente.

Temari, por su parte, inclinó la cabeza: escrutándolo con una mirada que le provocó una punzada de vergüenza en el pecho.

—Sé que siempre te lo digo, pero tienes talento de sobra para ser uno de los mejores ninjas de la Hoja —dijo entonces, sin asomo de emoción en su voz, más allá de la serenidad de quien simplemente constata un hecho—. Seguro que tu maestro también lo sabía.

Shikamaru agachó apenas la barbilla y meneó la cabeza, sintiendo las mejillas arder de forma menos incómoda de lo esperado.

—Bah. Me estás haciendo la pelota —reiteró, mirando sus dedos entrelazados entre sus rodillas.

En la periferia de su campo de visión, ella negó de golpe y casi con una risita seca.

—Ni de coña. No voy a darte coba como si fueras un niño necesitado de atención —declaró, categórica.

Tras escucharla, Shikamaru soltó una risita entre dientes, casi un bufido. Después, desvió la vista hacia la Hoja.

—Supongo que es lo único que me queda, ¿no? —resopló, con una rendición exenta de tristeza.

A su lado, Temari asintió, esbozando apenas una sonrisa. Solo ese simple gesto pareció caldear extrañamente el ambiente en lo alto de la colina. Sin embargo, duró lo que un suspiro antes de que ella se levantara, se sacudiera la falda del kimono y lo encarara con calma.

Shikamaru notó en su mirada algo extraño, un matiz que no supo interpretar: ¿comprensión? ¿Amistad? ¿Camaradería?

Para bien o para mal, aquel destello duró apenas un instante antes de que ella hablara con su tono habitual y autoritario, aunque más suave de lo normal:

—No le des muchas vueltas, ¿de acuerdo? Es lo mejor.

Él la observó, extrañado, pero, de algún modo, reconfortado, sin entender del todo por qué. Sin pensarlo demasiado, asintió despacio.

—Gracias, Temari.

Ella asintió levemente con la cabeza antes de recolocar el abanico a la espalda y girarse con naturalidad.

—Mañana espero verte a la hora del desayuno, o te reportaré ante la Hokage. ¿Entendido?

Shikamaru parpadeó, sorprendido por la amenaza, teniendo en cuenta el momento que acababan de compartir. Sin embargo, al mismo tiempo, una risa suave escapó de sus labios, inesperada y liberadora. Había algo absurdamente reconfortante en pensar en una rutina tan simple.

—Allí estaré.

Temari asintió satisfecha.

—Bien.

Él la imitó con un leve gesto de cabeza, pero no dijo nada más. Se limitó a observarla mientras se alejaba, su mente, como siempre, enredada en una maraña de pensamientos. Aunque, por primera vez en días, uno de ellos no le pesaba tanto y esa ligereza era extraña. Algo incomprensible. Sin embargo, aún pasarían años antes de que el gran estratega Shikamaru Nara descubriera el porqué.

Por ahora, una guerra llamaba a las puertas de la Hoja. Y era hora de salir a luchar.

 

Historia inspirada en Shikamaru Nara y Temari, personajes del manga/anime “Naruto/Naruto Shippuden”

Imagen: “Stargazing”, de Paula de Vera

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miércoles, 14 de mayo de 2025

Paula de Vera: Perder a tu maestro (Shikamaru y Temari) - Parte 1

 


Las nubes poblaban el cielo la tarde en que Temari volvió a pisar la Aldea Oculta de la Hoja. Hacía varias semanas que había partido de allí por última vez, tras colaborar en la evaluación y supervisión de los exámenes chūnin, pero no sabía por qué echaba de menos aquel lugar.

«Qué estupidez», pensó por enésima vez, sin ser capaz de desprenderse del todo de ese sentimiento. «Tu lugar está en la Arena, por mucho que vengas».

La joven jōnin lo tenía claro: adoraba su hogar. Le gustaba subir a las altas murallas para contemplar los atardeceres anaranjados y violetas cayendo sobre el desierto. Era capaz de dormir arrullada por el sonido de las tormentas de arena que arreciaban al otro lado de su ventana en la residencia del Kazekage. Y, sin embargo, ¿por qué llevaba meses, casi un año, sintiéndose tan cómoda y deseosa de viajar a aquel lugar tan verde, húmedo y lleno de vida?

Sacudiendo la cabeza, se adentró por las grandes puertas y se presentó con el protocolo correspondiente ante los guardias que la detuvieron al cruzar el umbral. Sin embargo, enseguida notó algo extraño en el ambiente.

El primer indicio fue el rostro de los centinelas. Aunque la seriedad formaba parte inherente del trabajo, había algo más. Una especie de tristeza y apatía, mezclada con una hosquedad mayor que de costumbre en algunos casos, que la joven no supo descifrar de inmediato.

De hecho, solo al dar un par de pasos en la enorme plaza de acceso a la villa y ver a algunos chūnin y jōnin conocidos pasar de largo o reunirse en pequeños grupos, la realidad la golpeó con una extraña y desagradable sensación en el pecho. Se sorprendió a sí misma mirando, casi sin pretenderlo, en busca de Shikamaru Nara.

«¿Dónde estará ese llorón perezoso?».

Desde hacía tiempo, el joven tenía la tarea de escoltarla siempre que visitaba la aldea, cortesía de la Quinta Hokage. No es que a Temari le hiciera demasiada gracia —llegó a pensar que la estaban “vigilando”—, pero notar su ausencia en ese momento despertó un sentimiento inesperado en su interior. Era como si, de repente, le faltara algo.

«Tonterías», se reprendió con brusquedad, tratando de recuperar la racionalidad lo antes posible y silenciando sin miramientos a la parte más condescendiente de su ser con el ninja. «Solo te molesta el hecho de que ni siquiera sea capaz de cumplir con su trabajo».

—¡Señorita Temari!

La voz la devolvió de golpe a la realidad. Parpadeó y giró la cabeza, justo a tiempo para ver acercarse a Sakura Haruno, seguida de Ino Yamanaka y, más atrás, Naruto Uzumaki.

—Sakura. Naruto. Ino —saludó con cortesía—. Cuánto tiempo sin vernos.

—Sí, mucho —confirmó la joven médico con el mismo tono.

Sin embargo, la kunoichi de la Arena detectó enseguida cierta tristeza en su rostro, similar a la que había intuido en los guardias de acceso, y le preguntó:

—¿Vienes a reunirte con la Hokage?

Temari asintió despacio.

—Sí. Como embajadora, y considerando todo lo que está ocurriendo con Akatsuki, el Kazekage me ha enviado a intercambiar información...

Al ver la sombra que cruzó los rostros de los tres presentes nada más mencionar a la ya famosa organización criminal, así como el hecho de que apartaran la mirada en direcciones distintas, Temari se interrumpió de golpe.

—¿Ocurre algo? —preguntó con cautela.

Durante varios segundos, ninguno de sus interlocutores pareció capaz de responder. De hecho, en los ojos de Ino asomaron lo que parecieron lágrimas traicioneras, mientras sus hombros se convulsionaban apenas con un sollozo silencioso.

Temari se tensó, anticipando lo peor, pero nada la habría preparado para lo que escuchó.

—No es nada —susurró Sakura, aunque claramente no lo creía—. Es solo que hace poco que Akatsuki... Digamos que acabó en combate con el hijo del Tercer Hokage, Asuma Sarutobi...

Sintió cómo la sangre abandonaba su cuerpo y palideció visiblemente mientras su mente comprendía de qué iba aquello a toda velocidad. Ino llorando. La ausencia de Shikamaru.

—Lo siento mucho —se disculpó, formal y sincera a la vez, paseando la vista despacio por los tres ninja—. No llegué a conocerle demasiado, pero sé que era un buen hombre.

Ino asintió y le dedicó una sonrisa agradecida, al igual que Sakura.

—Era de los mejores de la Hoja —confirmó Naruto con su intensidad habitual, aunque mitigada por una evidente tristeza—. Y los de Akatsuki ya han pagado por ello.

Temari lo observó con la cabeza ladeada, intrigada por esa afirmación, y parpadeó.

—¿Han pagado? ¿Qué queréis decir?

Para su perplejidad, los tres ninja le explicaron entonces, sin demasiados detalles, lo ocurrido en los días anteriores: todo había sido orquestado y pensado por Shikamaru, con el golpe de gracia de la nueva técnica de Naruto. Temari escuchó en silencio, sin poder evitar que un escalofrío de incredulidad y orgullo le recorriera la espalda al conocer todo lo que Shikamaru había sido capaz de predecir.

«Así que de verdad es el genio que todos pensamos», se dijo para sus adentros, reprimiendo una sonrisa a duras penas.

Se lo había dicho más de una vez, pero nunca le hacía caso. Tenía talento y entrega. En el fondo, se preocupaba por los demás. Sin embargo, aquello debía de haber sido un golpe muy duro para él. Si algo sabía Temari del trato formal que ambos mantenían, era que Asuma Sarutobi, aparte de maestro, era casi un ídolo para el heredero de los Nara.

—La verdad es que Shikamaru es un tipo increíble —lo alabó entonces Naruto, sacando a Temari de sus cavilaciones.

Sin mostrar lo que pasaba por su cabeza, asintió con un suave resoplido de aceptación.

—Por cierto, ¿dónde está? —quiso saber.

Ante la mirada curiosa y algo incómoda de los otros tres, Temari se mantuvo lo más estoica posible y agregó:

—Generalmente, es mi escolta cuando vengo, pero no lo he visto por ninguna parte.

Ino fue la primera en reaccionar, resoplando.

—Con todo lo que ha pasado, al muy vago se le habrá olvidado —rezongó, aunque esta vez su voz no denotaba demasiada acritud—. Puedo ir a buscarlo, si quieres.

Tras apenas un instante de duda, Temari negó con la cabeza.

—No pasa nada. Iré al hotel a dejar mis cosas y después descansaré un poco. Si le ves, dile que estoy aquí.

Ino asintió.

—Claro, pero si te parece, te acompaño yo.

Temari asintió con la cabeza, resignada a no poder moverse sola por la Hoja, a pesar de los meses que llevaba trabajando de emisaria.

—De acuerdo.

Así, ambas chicas se despidieron sin aspavientos de Naruto y Sakura antes de dirigirse al alojamiento de la joven visitante. No hablaron mucho, pero a Temari le agradó la compañía más de lo que pensaba. De cualquier forma, su mente estaba más pendiente de buscar cierta presencia en cada esquina que giraban, que de la escasa conversación con Ino.

Eso sí, cuando casi llegaron a la puerta del hotel, detectó por fin al ninja que estaba buscando. Su presencia era tenue, estaba lejos, pero estaba casi segura de que era él.

—Ya estamos aquí —indicó Ino—. Si necesitas algo, avísame.

La kunoichi de la Arena la observó con neutralidad, pero agradecida.

—Claro. Gracias, Ino.

La otra chica se despidió con un gesto de la mano.

—¡Nos vemos mañana!

Temari asintió y la vio alejarse, esperando pacientemente. Solo cuando se aseguró de que estaba sola y nadie la veía, se recolocó el abanico, se deslizó hacia la esquina más cercana y saltó entre las sombras en dirección a la salida de la aldea.

 

Continuará…

 

Historia inspirada en Shikamaru Nara y Temari, personajes del manga/anime “Naruto/Naruto Shippuden”

Imagen: “Stargazing”, de Paula de Vera

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