miércoles, 21 de enero de 2026

Blanca del Cerro: La exquisita educación

 



            El día me recibió con caricias y una brisa suave llena de consuelo. Salgo diariamente a la calle y paseo por todo Madrid porque me gusta, me calma y estoy en contacto con seres desconocidos, aunque no por eso, menos interesantes. Soy una anciana de setenta y nueve años, al borde de ser octogenaria, y me gusta la vida, por lo que la disfruto en la medida de mis posibilidades. Me quedé viuda con tan solo sesenta y dos debido a ese maldito cáncer que se lleva a muchos y deja a otros tantos en la miseria moral. Mi querido Adolfo desapareció en un suspiro.

            Casi siempre voy en autobús, aunque a veces, cuando hay ascensores, bajo hasta el metro, un transporte que me agrada porque es rápido, cómodo, seguro y no tiene atascos. Hoy he decidido ir en suburbano hasta Ópera y pasear por la calle Arenal. En realidad, el lugar elegido se denomina la Plaza de Isabel II, aunque nadie le da su nombre real. Al abrirse la puerta del ascensor, entran en tromba tres jovenzuelos, por supuesto, ellos antes que nadie, yo espero pacientemente y paso la última. Al salir, ocurre exactamente igual. Ni buenos días, ni un saludo, ni una palabra y, por supuesto, nada de ceder el paso. La exquisita educación de determinados seres me tiene admirada y anonadada.

Durante el trayecto, en el vagón permanezco de pie mientras contemplo a varios hombres, no demasiado mayores, sentados, al igual que un par de niños con sus madres, y tres o cuatro chicas veinteañeras enfrascadas en sus móviles. La exquisita educación de determinados seres me admira y me subyuga. Un hombre, posiblemente sudamericano, me cede su asiento. ¡Cielos! ¿Estaré soñando? ¿Será realidad lo que ha ocurrido o seré víctima de una alucinación? Le doy las gracias. Los restantes pasajeros ni se inmutan.

            Ya en la calle Arenal, camino de la Puerta del Sol, voy a entrar a una tienda, pasan primero dos chavales y ni siquiera sujetan la puerta, que no acaba de caerme encima porque lo impido con la mano. La exquisita educación de determinados seres me produce asombro y pasmo al mismo tiempo. La dependienta me hace esperar hasta que no queda nadie en el local, momento en el cual me atiende, porque no le queda otro remedio, no con demasiado entusiasmo. Le pido lo que quiero por favor, y ni siquiera me da las gracias. La exquisita educación de determinados seres me sorprende y fascina a partes iguales.

            Me encanta la Puerta del Sol, plagada de edificios con solera y las estatuas que se levantan, llenas de murmullos y tiempo. Bajo por la Carrera de San Jerónimo hasta el Paseo del Prado y decido coger un autobús, en lugar de volver en el metro. El autobús va bastante lleno y, gracias a la exquisita educación de determinados seres allí presentes, nadie me cede su asiento. Llego hasta el fondo del vehículo y milagrosamente encuentro un sitio, que consigue ocupar antes que yo un hombre cuarentón y calvo, que tiene la delicadeza de sonreír antes de quitarme el sitio. La exquisita educación de determinados seres no deja de maravillarme e impactarme. Permanezco de pie durante todo el trayecto, cuestión que importa poco a quienes me rodean.

            Unos días antes, la semana pasada creo recordar, cuando me quejé ante un grupo de jóvenes sobre determinadas actitudes relacionadas con la exquisita educación existente hoy en día, uno de ellos me increpó diciendo: “¿No queríais igualdad? Pues ahí la tenéis.” Yo le respondí que nada tenía que ver la igualdad con la educación, la cortesía, el detalle, el respeto, la urbanidad, la galantería o la delicadeza, pero salió corriendo y ni siquiera escuchó mi respuesta. Supongo que no tendría ni idea del significado de tales términos y debería buscar dichas palabras en el diccionario, o mejor en Internet, ya que también desconocería lo que es un diccionario, pero, a estas alturas de la vida, no me voy a preocupar demasiado por esa exquisita educación existente en la actualidad la cual, pese a todo, me pasma, admira, alucina y desconcierta.

            ¡Qué le vamos a hacer!

 

© Blanca del Cerro

lunes, 19 de enero de 2026

Liliana Delucchi: El intruso

 




—Has ido a la peluquería —dijo Hortensia mientras servía café a su hermana.

—Estaba harta de llevar moño. Paolo me ha recomendado este corte más juvenil.

—¿Jóvenes nosotras? Te engaña para sacarte dinero —murmuró la mayor al tiempo que untaba una tostada con aceite—, ¡Paolo! Se llamaba Eulogio cuando era pescador, como casi todos los de este pueblo —siguió rezongando— ¡Paolo! Unos años en Italia y vuelve con nuevo nombre y oficio de peluquero. ¿A quién quiere engañar?

Casi tiró la silla cuando se levantó de la mesa para recoger los restos del desayuno. Continuó farfullando que a Azucena la engañaba cualquiera que la mirara un poco.

—Tenemos la edad que tenemos y ningún corte de pelo ni falda nueva como la que llevas va a enmendar eso —soltó airada.

La más joven hizo como que no la oía y salió canturreando al patio con la excusa de regar las plantas.

Hortensia se asomó a la puerta secándose las manos con el delantal, que ya estaba para que lo jubilaran, con intención de hacer las paces.

—¿Te apetece un paseo por el malecón?

—No. Esta mañana pretendo ir al mercadillo. Hay un nuevo puesto que ha traído modelos de la ciudad y quiero verlos —contestó la otra mientras cortaba un capullo de rosa y se lo ponía en el ojal de la blusa.

—¿Vendrás a comer o también lo harás en el pueblo?

—Vendré, cariño. ¿Cómo voy a perderme tu rabo de toro?

Al fin, dejando de lado su ira y casi sonrojada, la mayor de las Gómez hizo, entre silencios, preguntas sobre cotilleos que su hermana habría escuchado en las tiendas y se ofreció a acompañarla.

Habían nacido en lo que entonces era un caserío y que, a causa del turismo, se transformó en una pequeña ciudad donde nacionales y extranjeros iban de vacaciones. Toda una vida allí, entre pescadores que se habían pasado a la construcción o al comercio, y empezaron a dar cierto lustre a lo que ellas recordaban como un villorrio descascarado.

Toda una vida allí, una existencia pacífica sin más colorido que el que aportaba la Semana Santa, los Carnavales o la romería, se decía Hortensia mientras intentaba alcanzar el paso más firme de su hermana a lo largo de esas callejuelas infestadas de turistas. Y ahora, encima, llegaba ése haciéndose el italiano ¡qué va a ser italiano, si nació aquí, como nosotras!

Azucena era distinta. Desde pequeña le gustaba la vida de las ciudades: leía revistas de moda, le pedía a la modista diseños imposibles y fue la primera en hacerse socia de la biblioteca en cuanto la construyeron.

Su hermana la sacó de sus pensamientos preguntándole si le apetecía volver dando un paseo por la playa.

—Mira, allí está. Nuestra barca. Ya no la utilizamos, deberíamos pintarla y volver a navegar, como hacíamos con papá.

Hortensia lanzó una mirada de soslayo ante la propuesta de esa enloquecida, antes de responder:

—Ya no tenemos fuerzas para remar.

—¡Serás tú! Mira mis brazos —levantó la manga de la camisa para que su hermana viera sus músculos—. Además, podemos invitar a Paolo. Él es fuerte, sin duda nos llevará a puerto seguro.

¡Otra vez Paolo! Que no vea mi hermana cómo frunzo la boca, dice que me salen códigos de barra. ¡Maldita sea! ¿De dónde saca esta chica ese tipo de cosas? Hizo un amago de sonrisa antes de sorprender a la más joven con su respuesta.

—Muy bien. Si así lo quieres, saldremos con tu peluquero. Podrías invitarlo a comer, así lo veo.

El comedor estaba resplandeciente y fresco el domingo en que el pseudo italiano entró en él. Llevaba flores para Hortensia y un frasco de perfume para Azucena. Ésta lucía radiante con un vestido floreado recién adquirido en el mercadillo y su melena suelta, tal como él le había recomendado. Hasta la mayor estrenaba un delantal de cocina, pero ni el delantal impoluto ni su moño estirado le daban la seguridad necesaria como para no plantearse que nunca se sabe a quién mete uno en casa.

Desde que ese hombre apuesto y risueño le había lavado no solo el pelo sino el cerebro a su hermana, pensaba que quería apoderarse de la casa y la renta que les había dejado el padre. Era un vividor que en nada se metería en la cama de Azucena. Sus especulaciones iban de un lado al otro, incapaz de centrarse en la conversación.

—¿Cuándo iremos a navegar? —la voz de Paolo sonó varonil—. Podríamos el próximo domingo, después de misa…, si a Hortensia le parece bien.

—Sea —respondió la aludida, levantando el vaso de vino en señal de brindis.

El día indicado, al salir de la iglesia, sintieron el sol del verano en la cara y, estimando que el calor iría en aumento, antes de acercarse a la barca pasaron por la casa para cambiarse y coger sombreros.

Hortensia se sorprendió al ver el atuendo de su hermana. Se había puesto pantalones cortos, una camisa semitransparente y escotada, que permitía ver el canalillo, y los labios pintados de rojo. El italiano silbó al verla.

Ciertamente su hermana tenía razón en cuanto a la fuerza de Paolo. Remó él solo y sin descanso hasta la cala solitaria donde instalaron el picnic. El hombre no paraba de hablar… ni de beber, tanto que a la mayor empezó a dolerle la cabeza.

Pero el alcohol es traicionero: suelta la lengua, escatima fuerza física y libera ideas escondidas. Así fue como, en el viaje de regreso, el presunto Adonis, al contemplar las rodillas al descubierto de su supuesta amada, le dijo que las tenía arrugadas y si quería de verdad quitarse años, él le recomendaría dónde hacerse un lifting. Cuando Hortensia vio lágrimas en los ojos de su hermana, le cogió uno de los remos al italiano y golpeó su cabeza teñida de rubio, que terminó en el agua con el resto de su cuerpo.

Tambaleándose a causa del movimiento del mar, se acercó a Azucena y después de abrazarla le dijo:

—Ya podemos regresar a casa. Solas. No necesitamos un remero. Él se arreglará…, si sabe nadar.

sábado, 17 de enero de 2026

Escudo de la Villa de Madrid

 



Tiene su origen en la Edad Media. Es de plata, una osa apoyada en un madroño. Bordura de azur cargada de siete estrellas de seis puntas blancas. Al timbre, corona real abierta.

«… En tiempo de don Alfonso VI viniendo a ganar este reino de Toledo, el primer pueblo que ganaron fue Madrid, y para denotar que así como aquellas siete estrellas que andan alrededor del Norte son indicio de la revolución y del gobierno de las orbes celestiales, así Madrid como alcázar y casa real y primeramente ganado, había de ser pueblo de donde los hombres conociesen el gobierno que por la asistencia de los reyes y señores de estos reinos de Madrid había de salir, y también porque este nombre Carpetano, quiere decir Carro, por eso tomó las siete estrellas que en el cielo llamamos Carro.»






Escudo de Madrid de la Casa del Pastor, en la calle de Segovia, considerado como el más antiguo que se conserva en la capital.











Tienda en la calle Concepción Jerónima con un escudo de Madrid esculpido en su parte superior.










Detalle del escudo de Madrid en la Fuente de la Alcachofa en el Parque del Retiro.

jueves, 15 de enero de 2026

Nuevo Akelarre Literario nº 124: Los estudios de cine





Inicialmente, el cine era visto como una curiosidad o un espectáculo de feria, pero su potencial como industria creció con la expansión de las producciones y la evolución del lenguaje cinematográfico.

Este mes hemos querido beber de su magia para incorporarla a los cuatro relatos que esperamos estén a la altura de quienes nos regalaron tantos buenos momentos.

Pinchad en el link

https://www.nuevoakelarreliterario.com/los-estudios-de-cine/ 

martes, 13 de enero de 2026

Malena Teigeiro: Las redes

 



Pintaba puertos, playas o acantilados. Pero, sobre todo, puertos. El color del mar, los inmensos cielos que lo cubrían, la hacían volar sobre él. Le daba lo mismo colorear el verde oscuro de las playas del norte de Francia, el azul grisáceo de las islas del Pacífico, o el turquesa de las playas caribeñas. Incluso pintaba algunos puertos teñidos de rojo con lava del volcán.

Muy pocos comprendían su atracción por los puertos, que olían a aceite, a sal, y a pescado, en donde podías sentarte a charlar con los que remendaban las redes o a tomar un vaso de vino.

A veces acompañaba a Antonio, un patrón amigo de su padre que solo salía al mar en busca de la cena. Si pescaba poco, la invitaba a su casa de encima de la playa, y si habían tenido suerte, le daba los peces para que ella los vendiera. Salían al atardecer. A ella una de las cosas que más le placía era sentir el frío de la arena en los pies desnudos cuando caminaba hacia la barca. Siempre le pareció que estaba igual de fría que su padre cuando se lo trajeron muerto.

Una mañana, Antonio también apareció muerto en su cama. Algún día tenía que ser, escuchó a uno de por allí. Después de aquel comentario, Paco se le acercó. Si quería, él podía llevarla también en su barca. Ella no contestó.

Días después del entierro, Paco se acercó a su casa. Venga mujer, le dijo, que no era bueno que estuviera encerrada. Vente conmigo que voy a echar las redes esta noche. Ese día no fue, pero, al otro, cuando volvió a pedirle lo mismo, pensó que tenía razón, no era bueno estar tan sola. Además, nada le gustaba tanto como estar en el mar. Y fue con él.

Salieron varias noches hasta que una de ellas, mientras esperaban a que se llenaran las redes él, sentado en la borda, la animó a beber un trago de aguardiente. Ella apenas mojó los labios mientras el otro se bebía media botella. Le vio los ojos rojos, los labios violetas y una risa tonta. Ven, ven. Acércate, le decía balanceándose con el ritmo de la mar. Ella se acercó y de un empujón lo tiró al agua. Había aprendido a defenderse de los hombres.

Al día siguiente, al atardecer, unos pescadores encontraron la barca a la deriva. Uno de ellos la acomodó entre los aparejos, el otro recogió las redes. Paco, como un pez, apareció en ella.

Durante el juicio, le declaró al juez que fue ella la que lo empujó. Conocía lo que le pasaba a las mujeres cuando los hombres se ponían en aquel estado, y ella no estaba dispuesta a pasar por eso. El magistrado sentenció que la internaran en un siquiátrico.

Desde entonces, vive allí, y si bien es verdad que no puede mojarse los pies en el mar, ni sentir el frío de la arena en las plantas de los pies, le han dado las pinturas con las que disfruta pintando los puertos.

domingo, 11 de enero de 2026

Leyendas del Baobab

 



En el corazón de África, donde la tierra respira historias antiguas y los espíritus de los antepasados ​​susurran en el viento, se alza el baobab. Un árbol singular que ha inspirado innumerables leyendas, que transmiten sabiduría ancestral y valores esenciales.

Una de esas fábulas nos cuenta que, con un tronco robusto y flores vibrantes, el baobab se llenó de orgullo y deseaba alcanzar el cielo, desafiando a los dioses con su arrogancia. Los dioses, al ver su vanidad, decidieron castigarle. En lugar de crecer hacia arriba, el baobab fue condenado a crecer al revés, con sus raíces hacia el cielo y sus flores bajo tierra. Esta transformación simboliza la importancia de la humildad y las consecuencias de la soberbia. 

No solo es un árbol emblemático en África, sino que también representa la fortaleza, la resistencia. A pesar de su apariencia extraña, el baobab es esencial para la vida en su entorno, proporcionando alimento y refugio a muchas especies.

Otra de esas fábulas nos cuenta que, en las vastas llanuras de la sabana africana, donde el sol abrazador marca el ritmo de la vida vivía un pequeño grupo de animales.

Kofi, un joven elefante de espíritu curioso y corazón inquieto, sentía desde pequeño una llamada interior que lo empujaba a explorar más allá de los caminos conocidos. No era solo curiosidad lo que lo movía sino un deseo profundo de comprender su entorno y encontrar maneras de mejorar la vida.

A su lado estaba Amani, una jirafa elegante y observadora, a quien todos consideraban una líder natural. Con su visión amplia y su carácter sereno, Amani cuidaba de los suyos con una preocupación genuina. Los largo periodos sin lluvia la inquietaban, y en su corazón latía un anhelo por encontrar una solución que trajera alivio a todos los habitantes de la sabana. No estaban solos. Lulú, una cebra valiente y decidida; Tumo un león sabio y respetado; y Nala, amable rinoceronte preocupada por el incierto futuro, formaban parte de aquel grupo unido por un destino común.

La sequía prolongada los empujaba al límite: el agua era escasa, los alimentos se agotaban y los depredadores acechaban con más frecuencia. Las noches se hacían más frías y los caminos más largos.

Un día impulsado por la necesidad y la esperanza, Kofi y Amani decidieron emprender un viaje hacia los confines de la sabana.  Buscarían una solución más allá de lo conocido, confiando en que, unidos, podrían superar los obstáculos. En el trayecto se enfrentaron a numerosos peligros, pero la determinación de ambos los mantenía firmes.

Durante una tormenta de polvo que casi los desorienta por completo, encontraron un baobab gigantesco en el corazón de la sabana. Sus ramas se extendían hacia el cielo como si quisieran tocarlo, y sus frutos, desconocidos para ellos, colgaban en abundancia. Cansados, pero llenos de esperanza, exploraron aquel árbol majestuoso y descubrieron que sus frutos, conocidos como «pan de mono», eran nutritivos, y sus hojas se podían utilizar en la medicina tradicional. Además, podían crecer en las condiciones más adversas. Era un símbolo de la vida en medio de la sequía.

El regreso fue todo un éxito.

Lulu, Tumo, Nala y los demás animales se unieron para cuidar y cultivar aquellos árboles especiales. Aprendieron juntos a conservar el agua, a repartir los frutos con equidad y a valorar el esfuerzo colectivo por encima de las diferencias. El baobab fue bautizado como el «Árbol de la Esperanza».

Kofi y Amani demostraron con su valentía y generosidad que la verdadera misión no solo está en encontrar soluciones, sino en compartirlas para el bien común. En cada fruto compartido, en cada sombra que el baobab ofrecía, aprendieron el valor de cuidarse mutuamente y de caminar siempre juntos, sin dejar a nadie atrás.

Así, la sabana africana floreció de nuevo, recordando a todos que la naturaleza y sus criaturas tienen mucho que enseñarnos sobre la solidaridad, la esperanza y el compromiso con los demás.

 


viernes, 9 de enero de 2026

La cocina a mi alcance: Tarta de patatas

 

Recuerdo que con apenas siete años mi madre me ponía a batir la nata que había ido recogiendo en un frasco. Me encantaba untarla en el pan. No sé si ella sabía que la mantequilla es rica en vitamina A, D y E, lo que sí sabía era que tirar comida era pecado, y en mi casa no se tiraba nada.

Una vez a la semana, los jueves, comíamos de sobras, pero no unas sobras que el comensal supiera que el lunes había comido picadillo, que el martes había saboreado bonito en escabeche, que el miércoles había quedado ropa vieja, que el viernes se comía pescado, por la vigilia, que el sábado habría ajiaco, que el domingo, pollo. No. No. Cada porción sobrante la escondía en empanadillas, en patatas rellenas, en frituras y… ¡Sorpresa! Nunca sabíamos lo que íbamos a encontrar al hincar el diente.

En casa la leche era de vaca, nos la traía Juanito en una yegua que era la mar de noble y eso que más mataduras era imposible tener. Y siempre me decía que de la leche de oveja, vaca o cabra era posible obtener mantequilla, pero de la leche de camella, no. Eso se lo había dicho mi tatarabuela, que no sabía leer ni escribir, pero era de una inteligencia natural que llamaba la atención.

El proceso de batir las natas produce pequeños grumos que flotan, a eso le llamaba suero de mantequilla y me animaba a beberlo, por lo flaca que estaba. Y no sé para qué, pero le echaba cubitos de hielo antes de que yo empezara a batirlas con una cuchara de madera.   

Pues, esta tarta que parece tan rimbombante, mi madre la hacía con lo que hubiera en la nevera, por lo que la receta que ayer encontré entre sus cosas, no tenía ni mancha de grasa.  

 

Ingredientes

700 gramos de patatas

20 gramos de mantequilla

1 puerro

5 huevos pequeños

1 cebolla picada

200 gramos de beicon troceado

75 gramos de queso para gratinar

3 cucharadas de nata para cocinar

 

Paso a paso

Horno a precalentar. Hervimos las patatas con sal hasta que estén cocidas.

Cortamos el puerro y lo hervimos unos tres minutos. Freímos el beicon y cuando esté crujiente añadimos la cebolla hasta que se dore bien.

Mezclamos los huevos, el queso, la nata y la mantequilla, la sal, añadimos el beicon y la cebolla. Batimos bien.

Engrasamos un molde con mantequilla y aplastamos las patatas con un vaso hasta que quede una capa totalmente lisa. Agregamos la mezcla. Horneamos durante 20 minutos a 200 grados. Y ya está.