domingo, 13 de septiembre de 2026

Malena Teigeiro: Berta no quiere ver el cielo



En cuanto llega la tarde y acaba con sus quehaceres, Berta se asoma a la ventana. Siempre a la pequeña. Allí lo espera con la mente en blanco. Bueno, en blanco no, porque de su cabeza no desaparece nunca la imagen.

Martín tiene los ojos transparentes, de color verde, de ese que es como el agua del mar. Adora esos ojos que la miran de arriba abajo y que le hacen bajar los párpados avergonzada. Una de las cosas que más le gustan de él es la sonrisa. Cada vez que le baila en sus gruesos y húmedos labios, se enamora un poco más.

Berta saca medio cuerpo hacia afuera. Quiere mirar lejos, muy lejos. No. Todavía no vuelve. De nuevo se acomoda en el alfeizar de la ventana pequeña. Siempre en la pequeña. Espera. Siente frío y se arrebuja en su chal.

Ahora recuerda sus juegos de niños. Porque él y ella están juntos casi desde que nacieron. Qué día tan feliz el de su matrimonio. Todo fue perfecto. Hasta el sol fue espléndido. Sonríe. Martín era pícaro. Sí. Siempre tuvo una inocente y osada picardía que todavía la mantiene enamorada. Por eso lo espera en la ventana pequeña. Esa que le deja ver los campos y los barcos que atraviesan el canal. A ella no le gustaba mirar por la grande. Escucha el rasgar de la quilla de un barco y cierra los ojos. No. No era el de él. Porque Martín patronea con dulzura, casi mimando las aguas. Aspiró el perfume a hierba. Aunque sus ojos fueran del color del agua, él no olía a mar. Él olía a leche y a bollos, a bebé y a hogar. A veces también a vino. Y ese olor fuerte, agrio le repelía. Una ráfaga de viento le hizo sujetarse unos rizos.

Una de las cosas que más le gustaban a Berta, era sentir su calor al despertar, y todavía muchísimo más aspirar el perfume de su piel. De día, sola en la casa, echaba de menos su risa y su voz, incluso cuando protestaba por cualquier cosa. Porque, tenía que reconocerlo, su hombre, además de alto y delgado, era un poco pendenciero. Aunque ella le riñera cada vez que le contaban una de sus peleas, entendía que no había que darle importancia, que eran cosas que hacían los maridos al salir de la taberna. ¡Ya se corregirá con el tiempo! Últimamente está bastante preocupada. Son muchas las noches que llega tarde y en un estado lamentable. Recordó aquella de no hacía tanto tiempo, que lo tuvo que ayudar a subir a la habitación. Vomitó por las escaleras. Pero era un buen hombre. Aún en aquel estado Martín le pidió perdón por el trabajo que le estaba dando y le juró que no volvería a emborracharse. Ella sonrió. Era casi imposible que pudiera cumplir con su promesa.

Berta se acarició el vientre. Su bebé ya no estaba allí. Y no entendía por qué. Ahora lo recordaba. El bebé salió de su vientre el mismo día que le dijeron que Martín se había ido al cielo, que no volvería nunca más. Que la noche anterior le clavaron una faca en el pecho. Pero sabe que no es cierto, que como tantas otras veces, y aunque esté borracho, llegará a casa y la abrazará y la besará.

Y por eso Berta nunca mira por la otra ventana, la que está alta, la que solo deja ver el cielo. Teme que Martín aparezca entre las nubes con su bebé en los brazos.

© Malena Teigeiro 

viernes, 11 de septiembre de 2026

Tumbas papales

 




Unas cien tumbas papales están localizadas. Son muchas, pero en realidad son menos de la mitad de los 266 papas que han muerto desde San Pedro a Francisco.

Se sabe poco de los papas y sus tumbas de los primeros siglos de la cristiandad y a veces la información es contradictoria. Como sucede con otras reliquias religiosas, varios sitios se atribuyen tener la misma tumba.

El estilo de las tumbas papales ha evolucionado a lo largo de la historia y alguna de las más notable fueron encargadas a escultores como Miguel Ángel, Gian Lorenzo Bernini y Alessandro Algardi.

Las más antiguas ya no existen debido a los numerosos traslados o a su destrucción. La mayoría están en la Basílica de San Pedro, otras en algunas de las principales iglesias de Roma como son: la Basílica de San Juan de Letrán, Santa María sopra Minerva y Basílica de Santa María la Mayor… El resto en otras catedrales e iglesias de Italia, Francia y Alemania.


miércoles, 9 de septiembre de 2026

La cocina a mi alcance: Pastel a lo Susan

 


Otto Frederick Rohwedder, un joyero de Missouri, inventó en la década de 1920, el pan de molde. Se trata de un pan enriquecido.

Su masa incluye mantequilla leche o grasas que le proporcionan miga suave, corteza blanda y una mayor conservación. Su versatilidad lo hace ideal para sándwich tostadas y otras preparaciones culinarias consolidándose como un alimento básico en muchas expensas.

Se hornea dentro de un molde. Además de proporcionar mayor valor nutricional, sabor y textura, la adición de grasas permite que se conserve tierno por más días respecto del pan común.

Generalmente es un pan blanco, aunque también hay panes de molde integrales, sin corteza, con cereales o frutos secos, de papa, multigrano, negro, de mantequilla…

Se puede comprar en prácticamente todos los supermercados y también en panaderías. Su precio es económico, accesible.

Mi amiga Susan es una gran fan de este tipo de pan y es que ella llega tarde del trabajo y las cenas se le hacen muy cuesta arriba. Y como no les va a dar sándwich todos los días ha ideado este pastel. A sus hijos les encanta, aunque uno de ellos odia la lechuga y el tomate y con disimulo se las tira a su perro que en las horas de comida siempre está a su lado.

 

 Ingredientes:

 Lechuga

Tomates

Cebolla

Pimientos morrones

Anchoas

Atún

Huevo cocido

Pan de molde (sin corteza)

Mayonesa

 

Preparación:

 

En una fuente plana rectangular de plástico pone una base de pan de molde, cada rebanada, bien juntitas y las unta con mayonesa.

Coloca hojas de lechuga por encima. Trocea los tomates, la cebolla y los pimientos morrones en dados. Las anchoas en trocitos y desmiga el atún. Los reparte por encima de la lechuga y el pan, todo bien extendido.

Otra base de pan de molde, untar mayonesa y la misma operación. Terminar con una capa de pan untado con la mayonesa.

Adornar con el huevo cocido rallado por todo el pastel o en rodajas o en cuartos, como os plazca que para eso sois libres de hacer lo que queráis.

lunes, 7 de septiembre de 2026

En septiembre crecen las noches y menguan los días

 



Noveno mes del año y tiene 30 días. Septiembre es una palabra procedente del latín que significa: siete meses. Era el séptimo en el calendario romano. Ambas grafías, «setiembre» y «septiembre», son correctas.

El 21 de septiembre en el hemisferio norte comienza el equinoccio de otoño. Mientras el hemisferio sur comienza el equinoccio de primavera.

Los signos del zodíaco para el mes de septiembre son Virgo, hasta el 22 de septiembre, y Libra, del 23 de septiembre en adelante.

Las flores de septiembre son las nomeolvides, gloria de la mañana y aster. En algunos países se suele considerar que la piedra preciosa de septiembre es el zafiro.

Cada año, septiembre comienza el mismo día de la semana que diciembre.

Para la Iglesia católica, este mes está dedicado a los ángeles.​




sábado, 5 de septiembre de 2026

Sol Cerrato Rubio: Otra vez

 





Huele a sal marina,

a mojito de ron,

a palmeras con puesta de sol.



A galán de noche,

a pescadito frito,

a arena ardiente,

a protector solar.



A árbol de sombra,

a paellas

y helado de pistacho.

A escapada terráquea.

Días sin prisas

y sandalias mojadas de brisa.



A distancias de mármol,

pantallas cargadas de calor.

A fuegos indomables,

a lunas absortas

y a cenas fugaces.



A guitarra con acordes

de canción del ayer.

A bachata y salsa también.



Huele a verano otra vez.



© Sol Cerrato

jueves, 3 de septiembre de 2026

Amantes de mis cuentos: Peticiones

 



Nona tras la epidemia de 1918 en que perdió a sus tres hijas, tuvo que cuidar a cinco nietos pequeños, entre seis meses y cuatro años; un marido siempre enfermo, era alérgico al trabajo; tres yernos que los viernes se gastaban en el bar lo que habían cobrado en la semana y, desesperada se iba a la iglesia.

Ante la imagen del Cristo de la Buena Muerte, resguardada en un rincón, pedía casi a gritos, como si amonestara al Señor, que la sacara de la tierra, que ella estaba muy vieja para tanto quehacer; que los nietos crecieran rápido, se hicieran hombres y mujeres de bien; que los yernos se casaran con cualquiera de las pelanduscas que merodeaba en el bar y se los llevaran bien lejos, que nunca volvieran; y si tanto se empeñaba en no llevarla junto a Él..., al menos ¡Jesús mío, déjame viuda!



© Marieta Alonso Más

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Amantes de mis cuentos: El trabajo no era bueno para mi salud hasta que...

 



Mi padre me puso a trabajar en la oficina de un amigo, ya estaba bien de hacer el vago, dijo cabreado. Que mi cabeza no regía del todo bien era verdad, pero si sabía ir detrás de las chicas y comer con pasión, glotonería mejor dicho, también podía poner el mismo empeño en currar. Mi madre me hizo señas de que no le llevara la contraria. Mi progenitor es muy bueno, pero tiene un genio diabólico.

Y aquí estoy. En un sótano lleno de archivadores, estanterías, con una trituradora rompiendo papeles de hace un siglo. Siento que hay algo raro en el ambiente, los fantasmas parecen más una certeza que una suposición.

Hay una taladradora con vida propia, recojo los redondeles que caen por el suelo como si fueran copos de nieve, se reproducen sin que nadie ponga de su parte. Esto no me gusta nada. Así que decido sentarme a conversar con los espíritus. Han resultado ser amigables y les encanta trabajar.

Buena señal, así que he estado sentado en una sillón de ejecutivo dando órdenes, que se llevan a cabo en un momento. Y en menos de lo que canta un gallo hemos terminado de romper papeles.

Todo está limpio, recogido y lo único que he hecho ha sido llevar unos sacos enormes, negros, llenos de papeles a los contenedores. Menudo trabajo, no crean. Seis viajes. Los compañeros cuando me vieron cargando hasta con diez sacos a la vez no se lo podían creer y se miraban unos a otros. Tengo mucha fuerza. Lo hice porque los espectros me explicaron que ellos no podían salir de aquella habitación y por unos amigos se hace lo que haga falta.

Hasta el jefe salió, el amigo de mi padre, no se podía creer mi hazaña y el muy egoísta me dijo que al día siguiente haría lo mismo en un despacho con papeles de alto secreto.

Se me heló la sangre y me fui hablar con mis amigos, a contarles el problema. Nos sentamos, ellos en el suelo y yo en el cómodo sillón. A uno de ellos se le ocurrió que si los metía a todos en un saco y los llevaba a la espalda, a lo mejor, podrían pasar de un lugar a otro, sin problemas. Así lo hicimos. Y desde entonces soy el gran jefe del grupo de las ánimas, más feliz de este mundo. Ellos son mis amigos de verdad y mi padre, desde entonces, no logra cerrar la boca de la impresión.



© Marieta Alonso