martes, 19 de enero de 2021

Liliana Delucchi: La princesa y el santo

 


Desde que se trasladó a esa ciudad costera iba casi a diario al puerto. Los barcos tenían para ella la magia de las lecturas de su niñez: navíos atravesando tormentas, marineros subyugados por los cantos de las sirenas y la visión promisoria de la costa más allá de los mástiles. Sin embargo, nunca se atrevió a navegar.

––Son cárceles en las que, además, te puedes ahogar.

Eso había dicho el tío Florencio, un anciano que en su vida solo había pisado la tierra, cuando Natalia le contestó que surcar mares era la mayor idea de libertad que se le pudiera ocurrir. A él también le gustaban los barcos, le dijo, y nada le hacía más ilusión que formar parte de ese grupo de gente dispuesta a atravesar el Atlántico.

Aquel otoño de 1927, le explicó a su sobrina, él apenas contaba cinco años cuando la familia decidió emprender una nueva vida en un buque que tenía el nombre de la hija del Rey Víctor Manuel III y de la Reina Elena, el Principessa Mafalda. Cada mañana, desde que se habían instalado en Génova, el niño iba al puerto a ver esa gran mole que lo trasladaría a Buenos Aires en solo catorce días, junto con sus padres y hermana mayor.

Todo estaba preparado, billetes, equipaje y las ilusiones, cuando a falta de tres jornadas para iniciar la travesía, Rosa, su hermana, enfermó y Florencio vio partir la nave enarbolando un pañuelo a modo de despedida. Envidiaba a aquellos que desde la cubierta alzaban los brazos saludando a quienes quedaban en tierra. La familia decidió esperar a que la niña mejorara para tomar el próximo barco.

Fue su padre quien, mientras desayunaba la mañana del 26 de octubre, leyó en el periódico la terrible noticia: El Principessa Mafalda se había hundido frente a las costas de Brasil. Su madre se negó a esperar a otro trasatlántico: «Dios nos ha salvado esta vez, no lo pongamos a prueba de nuevo». Y volvieron todos a casa. Allí pasó Florencio su juventud y cuando llegó la hora de los estudios superiores se trasladó a la gran ciudad. El puerto seguía manteniendo su magnetismo y el joven iba cada tanto a las tabernas que rodeaban las dársenas, pero si bien algunos de sus amigos emprendieron viajes, las palabras de su madre habían quedado en su memoria.

––Pero esa es mi historia, jovencita, quizás la vida tenga otros designios para ti ––dijo a Natalia una tarde en que estaban sentados frente a un bosque de mástiles.

Poco antes de morir de extrema vejez, el anciano pidió ver a la joven y le entregó una medalla con la imagen de San Telmo.

––Es el protector de los navegantes ––susurró con la poca voz que le quedaba- Mi madre me la prendió de la chaqueta cuando íbamos a viajar y aunque nunca subimos a ese barco, jamás me he separado de ella.

Cuando años más tarde Natalia ojeaba un folleto de viajes, vio el anuncio de una naviera que botaba un nuevo trasatlántico, su nombre era San Telmo. En ese momento supo que iba a emprender la travesía a la que tanto había temido.

© Liliana Delucchi

lunes, 18 de enero de 2021

Blanca del Cerro: Cadena de besos



Uno de los recuerdos más dulces de mi vida fue el de mi abuela paterna. Se llamaba Marta y en ese recuerdo se mezcla la fantasía, el sueño y un dulce aroma a jazmines que siempre la perseguía como si fuera un perro hambriento. Era una mujer firme y, hasta cierto punto, espectacular, con un halo de autoridad que la hacía especial a los ojos de casi todos.

Mi abuela Marta —ojos de miel, labios carnosos y la eternidad en la frente—afirmaba que los besos forman una cadena alrededor de la Tierra, una cadena invisible que jamás debería interrumpirse, porque el día que alguien, sin saber quién ni cómo, la cortase, cuando faltasen los besos entre la humanidad, el mundo se terminaría para siempre. Y nos perseguía con su cantinela de caricias a flor de piel, como un vendaval de suspiros arropándonos a nosotros, sus siete nietos.

Todos los domingos comíamos en su casa y nos reunía a su alrededor para contarnos unas historias que escuchábamos embelesados. Yo la admiraba por su fuerza, por su sabiduría y por ese encanto que emanaba de ella en forma de torrente, una suerte de brisa suave que desprendía magia. Nos besaba de una forma especial, convirtiendo tal acto en un rito sagrado del que no queríamos ni podíamos huir porque no deseábamos contribuir al final del mundo sino al contrario, y ella sonreía, y nos sentíamos muy a gusto. El amor escapaba a chorros de sus pupilas. Así domingo tras domingo a lo largo de once años, una época realmente maravillosa en la que nadie imaginó lo que nos esperaba.

Ignoro de dónde vino aquello, pero un día nos despertamos todos abrumados por algo que llamaban pandemia. Lo cierto es que ignoraba el significado de aquella palabra, que entonces escuché por vez primera, lo que encerraba, lo que era y cómo se produjo, siendo como una especie de plaga maléfica que había atacado al planeta entero al que de repente sumió en una especie de letargo espantoso. Los goznes del mundo entero empezaron a chirriar. La televisión gritaba, los gobiernos temblaban, los habitantes del mundo caían bajo las fauces malditas de aquella suerte de enfermedad, los hospitales se llenaron, y los cementerios, las vidas empezaron a diluirse, y nos obligaron a encerrarnos en nuestras casas. Los niños dejamos de ir al colegio. Y el mundo en su totalidad adquirió el aspecto cadavérico de un monstruoso fantasma.

Lo grave, lo que me resultó más terrorífico, es que los seres humanos empezaron a alejarse unos de otros, como si se tuvieran miedo, como si de sus ojos surgiera la enfermedad que nos asolaba y atacara a otros, como si cada uno de nosotros fuera el portador oculto de aquella miseria. El mundo empezó a encogerse, a reconcentrarse en sí mismo. No salíamos de casa salvo para lo imprescindible, y los pequeños ni siquiera pisábamos la calle ya con el miedo entre todos, una suerte de centinela acosador.

Dejamos de ir a comer a casa de la abuela Marta, la vida se diluía y el amor empezó a colarse por las rendijas de la nada como un espectro sinuoso. Porque, además de las salidas, se prohibieron las reuniones, y el trato con los demás quedó reducido a un hilo de silencio cada vez más largo que empezó a envolvernos y, en cierto modo, a destrozarnos. Se prohibieron los besos y los abrazos por temor al contagio, y eso sí que me pareció terrorífico porque mi mente infantil, recordando aquellas tardes suaves de domingo, se preguntaba: ¿Qué sucederá con la cadena de mi abuela Marta? ¿Y si se corta? ¿Y si nos quedamos sin ella? ¿Y si desaparece?

No sé si sentía más temor por la enfermedad en sí o por la ausencia de esos besos de los que empezamos a carecer, continuamos por acostumbrarnos y terminamos por rechazar.

Algo o alguien estaban rompiendo muy lentamente la cadena de besos que daba la vuelta al mundo, aquella de la que tanto hablara mi abuela. Y esta desaparecía gota a gota.

Así transcurrieron tres largos años durante los cuales la oscuridad y la tristeza a partes iguales se fueron haciendo dueñas de los hombres. La mente del mundo se retorcía a pasos agigantados. La humanidad entera, sin besos ni cariño, quedó sumida en un letargo silencioso e inconcebible.

La cadena de amor se había volatilizado, dejó de rodearnos y envolvernos para siempre. Esa que sucumbió poco a poco, esa que los hombres debíamos haber conservado a toda costa, esa a la que jamás debíamos haber renunciado y que, como por arte de magia, había dejado de existir.

Mi alma se llenó de una angustia de color granate como jamás había sentido.

Y sucedió lo inevitable.

Ese domingo nos levantamos pronto. Era el cuarto año de la pandemia, cuando las almas ya ni siquiera caminaban de puro hastío y la vida se arrastraba revestida de sinsentidos. Nada parecía presagiar la hecatombe y nadie supo exactamente lo que sucedió, salvo yo que llevaba mucho tiempo esperándolo, ignoraba el qué en realidad, pero sabía con total certidumbre que había llegado la hora de la verdad, esa que no debía haber salido nunca de su madriguera pero que la humanidad obligó a escapar.

Aquella mañana limpia pasó a ser noche muy oscura. Fue así, de repente, casi sin percatarnos: un temblor terrorífico se extendió por toda la Tierra; el cielo se hizo gris, las nubes se apelotonaron y reventaron, los vientos se elevaron, los volcanes explotaron todos a la vez, el mar se hizo un inmenso rugido, los astros se convirtieron en masas informes, los rayos poblaron el firmamento y, mientras todo aquello ocurría, el día se transformó en una oscuridad mezquina que empezó a poseer la vida tragando y tragando todo lo que encontraba a su paso.

La noche, como un inmenso agujero negro, succionó al mundo. Mi último pensamiento fue para mi abuela Marta y su cadena de besos.

Y ya todo dejó de ser.

 

© Blanca del Cerro

 

Relato ganador del segundo premio del Primer Certamen Literario del grupo "Sígueme leyendo, por favor".

 

domingo, 17 de enero de 2021

Paula de Vera García: Amor Eterno (Ban & Elaine): 6. El dolor más desgarrador

 


Se ha ido.

Lancelot se ha ido y no puedo creerlo. Me niego a contemplar que, en el fondo, era igual que yo. Iba a ser igual que yo. Derrotado tras peinar el prado donde ayer desapareció aquel vendedor, retorno al palacio como si nunca pudiera volver a sentir nada en absoluto. Me siento... Vacío.

Sin embargo, al llegar al claro, te veo llegar a ti. Vuelas con frenesí, los ojos desorbitados y las manos frente al pecho. Cuando mis ojos se clavan en los tuyos, aunque quisiera no podría ocultarte lo que ha ocurrido. Mi rostro debe de decirlo todo. Con el alma en pedazos, como en una pesadilla, veo entonces cómo te derrumbas sobre la hierba, desmadejada como una muñeca. Tus rodillas tocan el suelo, tus manos cubren tus preciosos labios y, de entre ellos, sale un grito que casi me hace querer imitarlo. Eso es lo que me confirma lo que sospecho desde hace varios minutos: que esto, aunque quisiera, es la dura realidad.

Sin pensarlo dos veces y sin apenas sentir mi cuerpo, me noto avanzar hasta tu altura, caigo a tu lado y mis brazos te acogen contra mi pecho, donde las lágrimas empapan mi piel desnuda sin control. Los dos nos quedamos así, abrazados, como si el tiempo se hubiera detenido. Al menos, hasta que un revuelo de súbditos a mi alrededor me hace volver con dolorosa brusquedad al mundo real. Preguntan qué ha sucedido y que dónde está Lance. Mi pequeño Lance. Casi no puedo contener una lágrima traidora cuando les ordeno dar la alarma para encontrar a mi hijo, cueste lo que cueste. Como de costumbre, nadie replica. De hecho, diría que todos se entregan de inmediato a la tarea sin dudar un instante. Aman a su príncipe, igual que nosotros dos.

Está empezando a llover. Con cuidado, aprovechando que tus sollozos son apenas murmullos, me levanto contigo en brazos y nos meto al abrigo del castillo, en dirección a la sala principal. Casi derrumbándome, me siento en el trono mullido y te mantengo entre mis brazos. Me rompe el alma verte así, con la mirada llorosa y clavada en quién sabe dónde. Había olvidado el dolor que se siente al perder a alguien que amas, pero el destino se ha asegurado de recordármelo de la peor forma posible.

En ese momento, susurras contra mi pecho el nombre de nuestro pequeño y yo solo puedo abrazarte de nuevo. Me dices que quieres recuperarlo y no puedo estar más de acuerdo. Sufro, mi corazón duele. Pero tengo una cosa clara. Lo vamos a encontrar. No importa lo que tarde, pero lo haré. Y ese juramento, al tiempo que lo susurro contra tu pelo, tu precioso cabello rubio tan parecido al de él, parece grabarse a fuego en mi corazón.

 

«No te preocupes, mi pequeño Lancelot. Yo te traeré de vuelta a casa».

 

Historia inspirada en Ban y Elaine de Seven Deadly Sins/Nanatsu No Taizai

Imagen: Ban, Elaine & Lancelot Ban Jr. por Sesshlidia

 

Sigue a Paula de Vera en sus redes sociales: Twitter, Facebook, Instagram y Blog.

 

 

© Paula de Vera

viernes, 15 de enero de 2021

Nuevo Akelarre Literario nº 64: Nevada en Los Ancares


 

En ese paraje solitario tienen lugar cuatro historias que, amparadas en la magia del paisaje y confundidas con la nieve y la bruma, discurren por senderos angustiosos o esperanzadores, tejiendo a su alrededor relatos que pudieron haberse escuchado en las largas noches de invierno.



Pinchad en el link y disfrutad

https://www.nuevoakelarreliterario.com/nevada-ermita-san-lorenzo-ancares/

jueves, 14 de enero de 2021

Julia de Castro: Mamá no me deja contarlo de Cathy Glass

 



Cathy recibe en acogida a un niño de apenas siete años, Reece. El pequeño tiene un largo historial de familias de acogida y expulsiones de colegios. Agresivo, incorregible, asocial, en definitiva, un niño de los que las instituciones dirían que no tiene solución y así lo demuestra la falta de actuación por su parte ante un caso claro y difícil.

La lucha que Cathy emprende ante la negativa del niño a contar su historia, «Mamá no me deja contarlo», es la única explicación que puede obtener de Reece, y la dejadez de los servicios sociales, es titánica. Necesita encontrar los motivos del penoso comportamiento de Reece y esto la lleva a una ardua senda en la que encuentra, entre otras cosas, una enorme pasividad de los servicios sociales en este caso hasta el punto de que tiene graves dificultades para llegar a dar con los informes sobre la familia y el niño. Después de leerlos no entiende cómo no se ha actuado mucho antes, cómo no se ha sacado a Reece de esa casa ya de bebé y no solo a Reece, sino también al resto de los hermanos.

Solo cuando llega a conocer el secreto más oscuro de la familia de Reece, empieza a entender los comportamientos del pequeño. Todo comienza a cobrar sentido y el camino para poder ayudarle a salir de la oscuridad en la que ha vivido toda su vida, empieza a aclararse.

Nos encontramos ante una historia de una tremenda dureza por la situación y la edad del pequeño protagonista. Lo triste es que este tipo de situaciones se dan en la realidad mucho más de lo que podríamos imaginar y terminan marcando todo el desarrollo vital de los niños que las sufren.

La novela me ha enganchado desde el inicio, la sordidez de la trama y el dolor soterrado en la vida de un pequeño que no ha tenido ninguna opción llega al corazón como un disparo. El enorme esfuerzo de Cathy, su entrega sin condiciones a una labor tan ardua y delicada como sacar del pozo a alguien y devolverle a la humanidad a la que tiene derecho, me han emocionado.

Sé que hay muchos lectores que no querrán leer esta novela: «para penas ya tenemos las del día a día», pero a aquellos que sí les pique la curiosidad y no teman enfrentarse a la miseria moral, el dolor y la frustración, os animo a su lectura, no os va a dejar indiferentes.

 

© Julia de Castro

Mi otoño en libros 2020

miércoles, 13 de enero de 2021

Malena Teigeiro: Los difuntos de la familia de Carmiña

 


Custodiadas por las gaviotas, salían a la mar casi todas las barcas al mismo tiempo. Eran rojas, verdes, azules. La de Pancho, azul como el agua al atardecer, siempre llevaba los cristales de la cabina abiertos. Le gustaba navegar con el aire dándole en la cara, haciéndole volar el cabello. El barco era casi nuevo. Lo habían comprado con lo que les dio el seguro por el naufragio del de su padre. Navegaban él y su único hermano, Juanciño, un muchacho enclenque al que le resultaba muy dificultoso arrastrar las redes.

––Este, solo vale para estudiar –––le decía su madre dándole con los nudillos en la cabeza.

Cada vez que los veía salir a la mar, la mujer, con las manos en los bolsillos de su delantal de rayas grises y negras, movía la cabeza. Mientras amarraba la barca al muelle, Pancho rumiaba las palabras de su madre. Era verdad. Y no es que Juanciño no le pusiera interés, que sí le echaba, pero esas manitas, esos hombros… Y aquella noche, ya en la cama, justo antes de dormirse, decidió que tenía que hablar con don Tomás.

El maestro, un hombre serio, amable, de chaqueta raída y pantalones de pana, era respetado por todos en el pueblo, y hasta le regalaban aquella parte de la pesca, de las patatas, o de las verduras que no conseguían vender. Si no, con aquellas tres chicas estudiando en Santiago, don Tomás pasaría más hambre que Dionisio, el pobre faltoso que pedía limosna.

––Buenas, don Tomás. ¿Tendría un momento para que le invite a tomar un vino? ––con la gorra todavía en la mano le inquirió Pancho a la salida de misa.

Y juntos fueron hasta la taberna de Roque en donde estuvieron charlando hasta la hora de comer. Después de aquella conversación, Pancho y su madre enviaron al chico al seminario de Santiago. Allí podría estudiar, y luego, si no quería ser cura, con los estudios adquiridos, ya se las podría valer bien. Y así fue. Cuando terminó el bachillerado, al mismo tiempo que trabajaba de auxiliar en un banco, Juanciño comenzó sus estudios de derecho. Pasados unos años, se licenció, y con un préstamo se estableció por su cuenta en una calle de las afueras de Santiago.

Y desde que abrió su despacho todos los domingos al salir de misa, Pancho y don Tomás se miraban satisfechos, luego bajaban juntos a la tabarna. Hasta que un tiempo después mientras bebían su taza de vino escuchó don Tomás:

––¿Sabe que ya cambió su despacho a la Rua Nova? –––satisfecho Pancho sefrotaba las calludas manos.

––¡Bien lista que era tu madre! El enclenque muchachito se nos está haciendo rico como picapleitos ––levantó la taza el maestro.

Y Juanciño, que ya era don Juan siguió visitando la aldea. Primero lo hizo solo, después del brazo de una señorita, hija de un médico importante, que sin esperar demasiado se convirtió en su esposa. Y así, domingo tras domingo, mientras tuvo vida su madre, siguieron viéndose los dos hermanos. Sin embargo, desde que había fallecido, apenas había vuelto a la aldea.

––Otro ahogado ––escuchó Juanciño a través del teléfono la voz don Tomás.

Los barcos habían salido con buena mar, le dijo, pero, ya se sabía lo caprichosa que era. Y aquella noche cambió de pronto. Decían los que habían podido regresar que las olas tenían más de diez metros, y que las barcas caían desde lo alto como si fueran pelotas arrojadas en el frontón. A Pancho lo habían encontrado dos días después. Regresó con prisa y ahora estaba delante del ataúd de su hermano. Se le veía nervioso, triste. Y los que por allí pasaron dijeron que lo vieron llorar.

De vuelta del cementerio, se abrazó a Carmiña, su cuñada. Le aseguró que ella y su hijo nunca pasarían apuros. Los ojos verdes de la mujer, duros como piedras, lo contemplaron.

––Yo no sé de cuentas ni de leyes para discutir con el seguro. Solo te pido que nos representes a mi hijo y a mí, y que nos consigas lo más que puedas. Y con ese dinero le pagas los estudios a este.

Colocó Carmiña la mano encima del hombro del chico, quien, trémulo, con los dedos dentro de los bolsillos, se clavaba las uñas en las palmas. Y continuó diciendo que si no le llegaba, pues que entonces tenía ocasión de hacer valer eso que pensaba que le debía a su hermano.

––Pero te lo llevas ahora.

También le dijo que Pancho siempre hablaba de que el chico salía a él, y que aunque era fuerte, tenía la misma cabeza.

Cuando vio que subían al automóvil, miró al hijo. El mismo pelo color del color de las mazorcas de su padre, los mismos ojos verdes muy abiertos, brillantes. Se acercó a la ventanilla.

––Escucha, dirígelo bien. Y trátalo mejor que si fuera tuyo.

Don Juan tembló al ver que su cuñada apoyaba la figa de azabache en la ventanilla. A ella le pareció que la vidriosa mirada de su hijo le sonreía.

––Déjalo, Carmiña. Esto no hacía falta ––y le separó la mano.

Cuando el automóvil pasó la curva, y ya desde la aldea no se los podía ver, Carmiña bajó al puerto. A ninguno más de los nuestros se lo volverá a tragar la mar, grito al viento. Se limpió las lágrimas y contempló el horizonte. Y lo vio navegar. Y mientras hacía sonar la sirena su barca iba custodiada por cientos de gaviotas. Lo vio alejarse y fundirse con el cielo, como siempre, con el cabello revuelto por el viento.

© Malena Teigeiro

martes, 12 de enero de 2021

El anaquel de los libros: Entrevista a la escritora y poeta Mariana Romero-Nieva



Mariana Romero Nieva

Una vida dedicada a la poesía 



En "El anaquel de los libros" los escritores Gonzalo Arjona y José Luis Labad nos han presentado a la escritora y poeta Mariana Romero-Nieva.

Mariana nació en 1932 en San Carlos del Valle (Ciudad Real) , pero gran parte de su vida la disfruta en Alcalá de Henares. Y su amor por su tierra le ha llevado a escribir sobre ella en muchísimas ocasiones.

Pinchad en el link

https://cadenaser.com/emisora/2020/12/02/ser_madrid_oeste/1606922197_255349.html?ssm=fb&fbclid=IwAR3GbGIgUkTDJfGfwMT7_rFbU7be9nAHhvdx81RL9L1-5t_HkglCn3lpS2g 


Disfrutadla