Todos ellos discutían sobre cómo
salir de aquel entuerto. Saldrían, por supuesto, como ocurría siempre, muchas
veces de forma ilegal, o antiética, o incluso amoral, pero eso era lo de menos.
La ética, la moral, la verdad, la rectitud y la dignidad eran elementos de escasa
importancia cuando se trataba de mantenerse arriba, siempre arriba. El poder lo
merecía. Y ellos eran verdaderos dioses en tales menesteres. Ahora les acusaban
de no acudir nunca a las sesiones parlamentarias, lo que, en el fondo, era una
verdadera tortura y procuraban evitarlo siempre que les fuera posible; lo
cierto es que su bancada en el Congreso de los Diputados, un día tras otro, estaba
siempre vacía y habían empezado a correr rumores y comentarios no demasiado
agradables al respecto. Y eso no podían permitirlo. Tendrían que buscar una
solución. Y la buscaron y la encontraron porque eran mentes inteligentes y, de
una u otra manera, siempre superaban los escollos.
La idea surgió de uno de ellos, no
con demasiadas luces, pero con genialidades de cuando en cuando sorprendentes.
Colocamos, dijo, muñecos de plástico en los escaños, iguales o similares a las
muñecas sexuales utilizadas por algunas personas para sus asuntos de cama, que
llevarán nuestros rostros y tendrán un aspecto similar al nuestro. Los
llamaríamos dipuplasts, que es la unión de las palabras diputados
y plástico. De tal manera, podríamos simular estar en el Congreso y a la
vez permanecer en cualquier lado a nuestro antojo, sin tener que soportar los
insultos y barbaridades que profieren contra nosotros. Por supuesto, ordenaríamos
a las televisiones que hicieran siempre tomas de lejos y, al igual que sucede
con nuestros súbditos, se plegarán a nuestros deseos. Asimismo, convenceríamos
al resto de los partidos a que actuaran de igual manera y todos seríamos
iguales. Es evidente que siempre tendría que ir en persona alguno de nosotros o
de nuestros rivales, pero eso sería un pequeño sacrificio. Las votaciones, claro
está, se harían de forma telemática. Es como si estuviéramos, pero sin estar. Y
con respecto a la posibilidad de ser descubiertos, no tendría la más mínima
importancia porque sería cuestión de negarlo, insistir en que se trataba de un
grandioso bulo y asistir en persona unas cuantas veces a las sesiones hasta que
los ánimos se serenaran. El sacrificio sería pequeño y las ventajas, enormes.
Con respecto a una posible pérdida de votos, no existe ningún problema porque
los nuestros seguirán votándonos hagamos lo que hagamos, por muy deleznable que
eso pueda ser y por muchas barbaridades que conlleve. Lo sabemos nosotros, lo
saben ellos y lo sabe todo el mundo.
─ ¿Qué os parece? ─Preguntó.
Y
una gran sonrisa de placer se les perdió a todos en sus bocas porque el futuro
se presentaba mucho más brillante que hasta el momento.
Fue a partir de ese día cuando nació
la era del dipuplast.
©
Blanca del Cerro





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