lunes, 21 de junio de 2021

Dendrocronología

 

Anillos de crecimiento en un tejo


Es el estudio que establece la edad de un árbol. Todo ello mediante la observación de los anillos de crecimiento anual. Además de datar los árboles, estudia las condiciones climáticas y atmosféricas durante los diferentes períodos de la historia a través de la madera.

Teofrasto en el 322 antes de Cristo mencionó la existencia de los anillos de los árboles y el hecho de que se formaran anualmente. En el siglo XV Leonardo da Vinci reconoció la relación entre los anillos y las precipitaciones atmosférica en el período vegetativo. En Francia en 1737, dos científicos y en 1745 Carlos Linneo usaron los anillos de crecimiento para datar fenómenos climáticos, y pudieron fechar una fuerte helada ocurrida en 1708 y 1709. Muchos fueron los estudios para conocer la historia de los bosques.

Sin embargo, la dendrocronología como ciencia debe ser atribuida no a un botánico, sino a un astrónomo, Andrew Ellicott Douglass, fundador del Laboratorio de Investigación de los Anillos de los Árboles, en la Universidad de Arizona, en 1937.

También se ha utilizado para establecer la edad de Ming, esa almeja de Islandia que se conoce como el animal más longevo.

 

Válvula izquierda de la concha de Ming. Tenía 507 años de edad al momento en que fue capturada


domingo, 20 de junio de 2021

Chaflán de Letras: Entrevista a Ana Iriarte



Nuestra invitada, Ana Iriarte, editora y presentadora de Hoy por hoy Madrid Oeste en la Cadena SER.

Hablamos de la Radio y los libros.


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https://youtu.be/BJnCHSvHtaE 



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sábado, 19 de junio de 2021

Liliana Delucchi: Un regalo

 


Estaba un poco triste. Nos despedimos en el aeropuerto… En medio de unos abrazos de los que no podíamos separarnos me dio las llaves de su piso y me dijo que dejaba unos cuantos libros y algunas cosas que eran importantes para mí.

––Pasado mañana los nuevos dueños tomarán posesión así que ve y recoge todo lo que no nos hemos llevado ––susurró apretándome la mano.

A su marido lo destinaban a Australia, me separaban de ella y de mis sobrinos. ¡Australia! Eso está en las antípodas, más de treinta horas de vuelo, le dije cuando me dio la noticia antes de servirme una copa de brandy para digerir la novedad.

A pesar de las estancias vacías, queda el olor del que ha sido su hogar y, en medio del salón, junto a un montón de cajas con carteles donde se lee «Para Tomás» está la casa de muñecas: Lustrosa, con las cortinas limpias y todos los enseres bien colocados. Mi padre la había desterrado al desván el día en que nos vio jugando con ella.

––¿Qué haces? ––me gritó. –– Es para Elena, los varones no enredan con esas cosas.

Al día siguiente me apuntó a clases de boxeo y me hizo socio de su club de rugby. También me ordenó que me alejara de mi hermana, que juntos solo podíamos jugar al ajedrez. Ni siquiera a las damas, que era cosa de mujeres.

Ella, a la que le daba miedo el desván, lloró tanto que mi madre intercedió para que le bajaran la casa de muñecas a su habitación. Allí era donde nos reuníamos cuando el jefe de la familia estaba de viaje.

Me gustaba peinar a Elena y darle mi opinión sobre lo que ponerse cuando iba a alguna fiesta. Yo la esperaba despierto en su cama para que me contase sobre los modelos de las demás. Siempre estuvimos muy unidos y cuando me fui a la universidad nos escribíamos largas cartas o hablábamos por teléfono. En la actualidad las cosas serán más fáciles con el correo electrónico y los WhatsApps, aunque Australia sigue estando lejos.

Ahora estoy sentado en el suelo del que fuera su salón, frente a la casa de muñecas. Con un dedo hago balancear la mecedora que está en la entrada, me acerco para mirar por la ventana de la cocina. Todo está en orden. ¡Querida Elena!

Suena el timbre. Es Juan. Se sienta a mi lado. Su mano blanca y delicada acaricia el tejado. Me mira y sonreímos.

© Liliana Delucchi

jueves, 17 de junio de 2021

Paula de Vera García: Jamás lo Permitiría (Vegeta & Bulma #10)

 


Dos meses tras la derrota de Majin Buu…

―Auxilio. Vegeta... ¡Vegeta! ¡VEGETA!

―¡Ah!

Entre sábanas de seda, el Saiyan se despertó de golpe, envuelto en sudor y jadeando agitado. 

«Lia...» pensó, antes de darse cuenta de dónde estaba en realidad. 

No era la nave de Freezer, ni su camarote cuando estaba en su Armada... Vegeta se echó una mano al rostro y dejó caer la cabeza de nuevo en la almohada, apretándose el puente de la nariz con fuerza entre dos dedos y sin dejar de preguntarse: 

«¿Por qué ahora?»

Hacía años que aquella pesadilla no lo acosaba, casi desde... Vegeta giró la cabeza. Bulma dormía de espaldas a él, su silueta recortada en la penumbra y respirando tranquila. El guerrero tragó saliva con amargura. Si aquello le sucediera ahora...

 

Aunque jamás lo hubiese admitido como tal, Lia había sido su primer amor. Una de tantas chicas de un planeta lejano a las que Freezer secuestraba y encerraba en las bodegas de su enorme nave, hasta que alguno de sus soldados quería divertirse con ella. A Lia la habían asignado a Vegeta de forma aleatoria.

 

Cuando se conocieron, tendrían más o menos la misma edad, unos diecisiete años. Vegeta ya había pasado por su iniciación sexual hacía tiempo y no solía ser de los que sucumbían a las pasiones carnales de forma frecuente, pero en aquel momento se sentía especialmente necesitado; por ello, no tuvo reparos en pedir que le trajeran a una de las jovencitas que aguardaban su destino unos cuantos pisos bajo su camarote. Pero Lia era diferente.

 

La primera vez que se acostaron fue algo muy estándar: ella se esforzó por complacerlo y él deseaba ser complacido. Pero, cuando acabaron, Vegeta se quedó con una sensación extraña mientras observaba a aquella muchacha de piel azulada que se había quedado sentada en el borde de la cama, con la cabeza gacha. Sin quererlo y sin motivo aparente, Vegeta había sentido una curiosa e inmediata simpatía por ella. La siguiente vez, Vegeta no había dudado en pedir a Lia, ignorando incluso las burlas de algunos de sus compañeros que decían que aquella azulita no tenía nada de especial y que “el canijo se estaba enamorando”. Vegeta se limitó a repartir algún que otro puñetazo antes de volver a encerrarse con ella en su camarote. Allí Lia y él se acostaban, hablaban un poco, incluso llegaban a reírse juntos. 

Al menos, hasta que llegó ese fatídico día. Vegeta se había ido de misión a un planeta cercano con Raditz y Nappa, buscando tantear el terreno y empezar la conquista. Sin embargo, cuando volvió al día siguiente a por suministros, escuchó unos gritos que le pusieron los pelos de punta. Era Lia.

Aterrado y sin apenas pensar en lo que hacía, corrió en dirección al alboroto y se encontró una escena que no esperaba. Freezer, erguido en el centro de su sala de mando, observaba a una figura escuálida a la que uno de sus matones particulares sujetaba por el pelo. Su piel azul no dejaba lugar a dudas sobre su identidad.

Cuando los presentes se giraron hacia él y los ojos aguamarina de Lia se clavaron en los suyos, Vegeta sintió un potente escalofrío que amenazó con hacer flaquear sus rodillas. La habían golpeado con violencia, algo que hizo hervir la sangre del Saiyan. Sin embargo, en cuanto sus ojos se cruzaron con la fría mirada de Freezer y su media sonrisa cruel, Vegeta sintió helarse todo su interior. Su garganta se cerró de golpe y no fue capaz de hacer ni decir nada. Absolutamente nada.

―Vaya, Vegeta... ¿Cómo tú por aquí? ―canturreó Freezer en aquel tono de voz tan desagradable que siempre tenía―. ¿Dando un paseo por la nave? Pareces acalorado.

El joven guerrero no fue capaz de responder; pero su mirada hacia Lia debió ser lo bastante elocuente como para que Freezer riese por lo bajo, y pasara una mano por debajo de la barbilla de la joven sin aparente interés.

―Oh ¿quizá has venido por esta muchachita? Tengo entendido que le tienes cierto aprecio...

Ahí, Vegeta supo que tenía que decir algo, lanzarse y salvarla de sus garras como fuese. Pero entonces tenía tanto miedo de Freezer que, tras varios segundos de parálisis, sólo fue capaz de articular; ronco y sabiendo que se arrepentiría para siempre, sin mirarla a la cara:

―No, no es nadie para mí. Haz lo que tengas que hacer.

Freezer sonrió entonces con malicia y pronunció:

―¡Ah! Bueno, pues dado que esta jovencita se ha negado a cumplir con su deber y ha rechazado aceptar a otro de mis soldados... ―Vegeta notó la sangre de piedra al escuchar aquello. «Lia se ha negado... ¿por mí?»―. Creo que todos tenemos claro cuál es el castigo. Puedes quedarte a verlo si quieres Vegeta. Total, si no es nadie para ti...

Y sin dar tiempo a reaccionar a un paralizado príncipe, Freezer alzó un dedo, apuntó a la cabeza de Lia... y disparó sin piedad.

 

Ahora, sentado entre sábanas de seda, más de veinte años después, Vegeta notó encogerse el estómago dolorosamente ante aquel recuerdo. Sólo de pensar en que a Bulma le sucediera algo similar se le revolvía todo el cuerpo. Pensando en su yo pasado, se daba asco a sí mismo. El guerrero suspiró y miró de nuevo a su esposa, con el corazón todavía en un puño.

Hacía apenas dos meses que habían acabado con la amenaza de Buu y la Tierra, de momento, vivía en paz. Aquella noche en particular, Bulma había insistido en darle una sorpresa por su aniversario y había encargado que amueblaran un apartamento privado en una de las muchas islas del planeta, pero a suficiente distancia de la Capital del Oeste como para que pudiesen estar a sus anchas. Había sido una velada magnífica y aún queda fin de semana por delante, pero a Vegeta le encogía el corazón sólo el hecho de pensar que eso pudiera desaparecer de la noche a la mañana por alguien como el difunto Freezer. Y, ¿si volviera a aparecer alguien como él? No quería ni pensarlo…

Bulma, por su parte, dormía de espaldas a él y ajena a sus tribulaciones; con la sábana apenas cubriendo su tercio inferior hasta la curva de las caderas, dejando la cintura y la espalda al aire. Su piel brillaba a juego con la seda de las sábanas, mientras el amanecer empezaba a asomar con tonos rojizos y anaranjados por el horizonte. Vegeta tragó saliva con fuerza. Con Bulma, aunque nunca lo hubiera dicho en alto, sabía que su orgullo estaba de más, que no tenía ningún sentido. A veces, el príncipe de los Saiyan se sorprendía pensando en cosas que en su día le parecerían absurdas; como que, si Bulma le pedía bajarle la estrella más hermosa del cielo, él lo haría sin pensárselo un instante; incluso, aunque muriese en el intento.

En lo profundo de su ser, sabía que haría cualquier cosa por ella.

Cuando notó su respiración normalizada, Vegeta se movió con cuidado para acercarse al perfil durmiente de su mujer y le pasó un brazo mimoso por la cintura; no queriendo despertarla, pero con la extraña y urgente necesidad de estrecharla contra sí. Sin embargo, en cuanto Bulma notó su roce se dio la vuelta y apoyó la cabeza y una mano sobre su pecho de mármol, acunada entre sus brazos.

―Vegeta ―musitó, somnolienta―. ¿Qué hora es? ¿Estás bien?

Él acarició su espalda con la yema de los dedos, en ademán tranquilizador.

―Sí, estoy bien ―repuso, ronco―. Aún no ha amanecido, duérmete...

―Hm, hm...

Bulma obedeció sin que se lo dijeran dos veces y su marido se quedó observando el amanecer durante unos cuantos minutos, sintiéndola respirar relajada contra su piel, antes de volver a dormirse también.

 

Cuando Vegeta volvió a despertarse, el sol brillaba alto en el cielo y Bulma ya no estaba en la cama con él. Pero, tras la inquietud inicial, el guerrero se relajó al descubrir su silueta recortada contra el cielo azul, acodada en la baranda de la terraza del apartamento de asueto, de espaldas a él. Vegeta gruñó al tratar de incorporarse: maldita sea si no le dolía cada fibra de su cuerpo a causa de la noche anterior… Pero, esta vez, no era una sensación del todo desagradable y eso casi lo hizo esbozar una sonrisa satisfecha.

Cuando bajó los pies al suelo, estirándose para desterrar tanto las posibles agujetas como la desagradable sensación que le había dejado la pesadilla sobre Lia, Bulma justo se dio la vuelta; y, mientras él aún permanecía sentado sobre el colchón, avanzó un par de pasos hacia la puerta abierta de la terraza; sonriendo de una forma que Vegeta, sin quererlo, notó saltar su duro corazón al verla.

―Buenos días, dormilón.

Vegeta hizo una mueca.

―¿Qué hora es? ―quiso saber, algo desorientado.

―Casi la hora del almuerzo ―repuso ella, sin dejar de sonreír y cruzándose de brazos―. ¿Has dormido bien?

Mientras seguía desperezándose, Vegeta la observó, sin responder. Estaba preciosa así, solo arropada con aquella corta bata rosa y azul pastel que apenas le cubría hasta la mitad de los muslos y, además, realzaba su escote de una manera que debería estar prohibida en las leyes de la Naturaleza. Vegeta suspiró, frotándose la cabeza, tratando aún de ahuyentar de su mente la imagen del cadáver de Lia por enésima vez.

―Cariño ―Bulma se acercó enseguida al comprobar que algo no iba como debía―. ¿Estás bien? Te veo un poco pálido.

Vegeta trató de quitarle importancia y disimular mediante una sonrisa irónica, sin conseguirlo del todo.

―Ja. Supongo que es cosa del ajetreo de ayer... ―replicó.

 

Bulma torció el morro, sospechando y sin tragarse aquella excusa en ningún momento. Sí que era cierto que el principal motivo para escaparse al apartamento había sido poder estar a solas, pero el sexo tras la llegada la noche anterior había tenido algunos… “matices”, digamos, que Vegeta jamás imaginó. Aunque, en honor a la verdad, el orgulloso príncipe casi sentía escalofríos de placer solo de recordarlo. No obstante, nada podía engañar a alguien como Bulma Briefs. Lo que se demostró cuando esta dio dos pasos más, se sentó junto a él sobre el colchón y tomó su barbilla con un dedo amoroso.

―Oye ¿necesitas hablar de algo? Yo... ―Al comprobar que él apartaba un poco la mirada, la mujer se pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja, insegura de repente, retirando también la vista y el contacto físico con él―. Lo siento si ayer te hice sentir incómodo con las propuestas para hacer cosas diferentes, cielo. Quizá fui demasiado impulsiva y...

Bulma se calló de golpe al sentir, sin esperarlo, que los labios de Vegeta silenciaron los suyos en un segundo.

―Lo de ayer fue mejor que estupendo ―reconoció él contra su piel, soltando su rostro sin violencia. De hecho, el “experimento” de la noche anterior, aprovechando la distancia con el hogar, casi había terminado por complacer al Saiyan más de lo que quería admitir―. Así que por eso no te preocupes.

 

La mujer ladeó la cabeza, intuyendo que había algo más pasando por su morena cabecita; pero cualquier duda se diluyó en su mente cuando, como por impulso, sus labios se volvieron a rozar con dulzura; haciendo que Bulma se estremeciera de placer y su mano derecha se deslizara de nuevo hacia la mandíbula de Vegeta. Los dos amantes estuvieron un rato explorando la boca del otro sin prisa, beso a beso, hasta que el dedo de Vegeta empezó a descender desde detrás de la oreja de Bulma, trazando el recorrido de su yugular, bordeando su clavícula, acariciando la suave piel entre los pechos y pasando finalmente sobre la tela. Entonces, sin dejar de besar a su mujer y reprimiendo una sonrisa ante su suspiro de deleite, Vegeta tironeó con delicadeza del cinturón de la bata usando sólo una mano; hasta que este se rindió y la tela se abrió, dejando a la vista un cuerpo más que perfecto a sus ojos.

―Dios, eres preciosa, Bulma...

 

Vegeta se separó un instante de su mujer, paseando la vista con lujuria y sin prisa por sus curvas. Ella se miró también, ladeando la cabeza, antes de dirigirle una mirada que lo significaba todo. Vegeta entonces le tomó el rostro con una mano mientras la otra se alzaba para acunar uno de sus pechos, acariciando la zona más sensible entre el pulgar y el índice. Bulma jadeó y se acercó más a él, al tiempo que dejaba caer la bata desde sus hombros hasta descubrir solo la parte superior de los brazos. Sus besos se volvieron más ansiosos, más apasionados, ella se colocó a horcajadas sobre él... Hasta que un extraño gruñido los hizo detenerse en seco, extrañados. Sin embargo, en cuanto se repitió, tras mirarse los dos se echaron a reír con ganas.

―Vaya, cariño. Creo que hay alguien que te reclama más que yo... ―bromeó Bulma.

―Ja. Ni que hubiera sido solo yo ―replicó él en el mismo tono, disimulando una risita ante su carita avergonzada, antes de acusar una nueva punzada de hambre en la parte baja de las costillas―. Oh, vale. Creo que sí tengo demasiada hambre como para seguir con esto ahora mismo...

«Quién lo dudaría de un Saiyan» se rio Bulma para sus adentros. 

Pero, de puertas para afuera, se limitó a besar a su marido en la mejilla; colocarse la bata sobre los hombros, pero sin abrochar el cinturón que dejó caído encima de las sábanas, levantarse de un salto y encaminarse hacia la cocina.

―Entonces, vamos a encargar comida ―declaró, guiñándole un ojo― y luego hablamos... ¿Te parece?

 

Historia inspirada en Vegeta & Bulma, personajes de Dragon Ball Z

Imagen: Vegeta y Bulma, de RedVioletti

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martes, 15 de junio de 2021

Nuevo Akelarre Literario nº 69: El sueño de volar


Este mes nuestras cuentistas suben a un avión para relatarnos historias como la de un hombre cuya vida transcurre entre las cabinas de esas aeronaves; otro para quien volar no es un sueño, sino una pesadilla; un anciano campesino que cada vez que ve pasar uno lo señala porque allí va su nieto; una joven con billete de ida y vuela a un pasado que la atormentaba.


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https://www.nuevoakelarreliterario.com/el-sueno-de-volar/ 

lunes, 14 de junio de 2021

Julia de Castro: El apicultor de Alepo de Christy Lefteri

 


Alepo, Siria, guerra, refugiados. En los últimos años estas palabras u otras tantas de tristes connotaciones se han convertido en sinónimos. El Apicultor de Alepo es la historia de la huida de una familia desde el horror a la esperanza pasando por la miseria, el abandono y la realidad de occidente para con todas esas personas que no tienen más salida que dejar lo que siempre han conocido y amado.

Nuri Ibrahim, apicultor y Afra, pintora, toman la difícil decisión de escapar de su tierra, dejando atrás lo que más aman, después de haber perdido a su hijo Sami y al ver como todo su mundo se desmorona y sus vidas corren un serio peligro.

La esperanza de una vida mejor en Inglaterra donde ya reside un familiar, una de las personas que más han influido en la vida de Nuri, les hace enfrentar un viaje peligroso y dramático en el que se van a encontrar con la cara más oscura y pútrida de la inmigración: mafias, hambre, prostitución, burocracia, prejuicios y un largo deambular por míseros campos de refugiados.

Nuri nos relata las dificultades de su viaje a la vez que echa la vista atrás, a su vida en Alepo y a su pasión por las abejas entre las que lleva años viviendo. A través de sus recuerdos y sus vivencias, nos muestra claramente diferenciadas, las imágenes del antes y después de una vida que, como tantas y tantas, quedó truncada por la locura de la guerra.

El apicultor de Alepo es una llamada de atención, un grito soterrado que retumba en las conciencias. Esos hombres, mujeres y niños que se ven forzados a salir al mundo desconocido sin posibilidad de elección y que se enfrentan, una y otra vez, con una muralla que les impide lo que tanto ansían, a algunos de una forma definitiva.

Historia dura porque nos pone delante de los ojos la realidad sin velos y la inquietante certeza de que el ser humano es el único depredador que amenaza al propio ser humano de multitud de formas diferentes: violencia, opresión, expolio, pero también: abandono, indiferencia, falta de empatía.

La autora de esta novela Christy Lefteri, sabe bien de lo que habla, no solo por ser inglesa de padres grecochipriotas que tuvieron que dejar su tierra y buscar un lugar lejos después de la invasión turca, sino por el trabajo que ha desarrollado en un centro de refugiados griego.


© Julia de Castro

Mi invierno en libros 2020