miércoles, 27 de mayo de 2020

Selene: Hablemos de cosas positivas


Mi intención este mes era finiquitar un relato que tenía en un cuaderno abandonado desde hacía unos meses y compartirlo con todos vosotros. Se trataba de un texto reflexivo e íntimo, de los que suelo subir por aquí. Sin embargo, al leerlo he sentido que no era el momento. Muchos de nosotros estamos pasando situaciones complicadas y, hoy por hoy, no veo la necesidad de ahondar en las reflexiones de este estilo. Así que voy a hablar de cosas positivas. ¡Adelante!

Una de las cosas que me está dando la vida durante este confinamiento es la gente. Podría parecer algo lógico en estos momentos. Sin embargo, hay muchos que están pasándolo muy mal y encima solos. Por eso quiero darle las gracias a todos esos que están pendientes de mí. Empezando por mi pareja, que es lo mejor que me ha pasado, mi familia (la adoro) y mis amigos. Algunos de ellos me han sorprendido tanto que no puedo sino dar las gracias.

Otra han sido las series de televisión. Podría parecer superficial en otro contexto, pero el hecho de poder desconectar, ver una vida diferente a la tuya y sumergirte en ella es algo que me parece muy conveniente en los tiempos que nos han tocado vivir. En mi caso Card Captor Sakura, El Ministerio del Tiempo, Glee, The good Place o embrujadas me están dando muchísima energía.





Tampoco olvido, por supuesto, el deporte. Reconozco que ha habido alguna que otra semana en la que he flaqueado, pero en general hacer ejercicio físico me ha ayudado a mantener la cabeza despejada. Teniendo en cuenta lo poco atlética que soy, la verdad es que me siento muy orgullosa de este pequeño logro.

Ni estoy leyendo mucho ni estoy escribiendo. Pero, ¿sabéis qué? Estoy comiendo cosas ricas, viendo directos de Instagram y disfrutando del tiempo libre que tengo y me doy por satisfecha. Mis personas cercanas, mis series favoritas y el deporte están siendo una fantasía, de manera que no me arrepiento. No lo hagas tú tampoco.

Todo va a salir bien.


© Selene

lunes, 25 de mayo de 2020

Carolina Olivares: Luces en tierra y mar



El paraíso según Otgonbayar Ershuu
Hay un lugar, en un lugar del mundo... Algunos dicen que no existe que solo es una fantasía.

Y no. Es real.

De noche, conduciendo, las nítidas luces de la autopista a veces me deslumbran. Pero yo avanzo, entre el escaso tráfico como quien avanza torpemente por las dunas del desierto. Solo que aquí los agonizantes rayos del sol hace tiempo decidieron irse a dormir. Aunque en la ciudad, en las horas diurnas sigue haciendo igual o más calor que en esos espacios desérticos.

La ciudad que duerme bajo el amparo de la luz de las estrellas hace tiempo que dejó de estar iluminada por ellas. La contaminación, los ruidos y el devenir de los transeúntes rompe la magia que antaño crearon los duendes.

De noche, conduciendo, pienso en ti. Pero tú, ahora y siempre, estás tan lejos...

La ciudad que duerme bajo el amparo de la luz de las estrellas recibe el nombre de la Ciudad de las Luces. Pero yo, aquí estoy... Demasiado ausente.

Hay un lugar, en un lugar del mundo; algunos lo llaman paraíso. Yo le digo mi paraíso.

De noche, conduciendo, la carretera me lleva hasta la costa: la ciudad que duerme bajo el amparo de las estrellas, es la misma en la que sueñan los Ángeles.

Hay un lugar, en un lugar del mundo...

Algunos lo comparan con las luces, que alumbran mi ciudad, otros, sin embargo, prefieren pensar que todo es mentira; la obra de una mente atrapada por la locura.

Y no. Es real.

Observando la inmensidad del mar la playa se hace diminuta. Esas luces, que ves dibujadas en el agua, son de cuerpos que desprenden luminiscencia. La ciudad que duerme bajo el amparo de las estrellas es la misma en la sueñan los Ángeles. Y Los Ángeles se volvió tan tóxica...

Hay un lugar, en un lugar del mundo, donde las luces, que se dibujan en el mar, lo emanan unas algas luminiscentes.

Desde la colina donde un día construí mi hogar puedo contemplar el océano. E imaginar que antes de morir, iré a un lugar, en un lugar de este mundo solo para que los Ángeles con los que convivo vean esas otras luces, que surgen alrededor de islotes ubicados en lugares...

De lugares... Al otro lado del mundo.

© Carolina Olivares


sábado, 23 de mayo de 2020

Notting Hill en Alcalá de Henares (Madrid)

"El libro es fuerza, es valor, es alimento; antorcha del pensamiento y manantial del amor".
Rubén Darío



Brújulas y Espirales: Alejandro Morellón "Caballo sea la noche"

Blog literario de Francisco Martínez Bouzas

UNA AUDAZ PROPUESTA NARRATIVA



Caballo sea la noche

Alejandro Morellón

Editorial Candaya,Camí del Pendès (Barcelona), 2019, 89 páginas.


    
   Alejandro Morellón ha sido hasta ahora el único español que con El estado natural de las cosas  logró el Premio Hispanoamericano de Cuentos García Márquez. En la novela breve que analizo, se aleja de ese cuento y de otro titulado La noche en que caemos. En esta novela breve, como se nos dice en las Claves sobre el libro que elaboran Candaya y el propio autor, se aparta de la temática fantástica que inspira los cuentos citados. Para adentrarse en una escritura reflexiva, poética a veces, y filosófica; y al mimo tiempo desbocada, para tematizar otro tipo de problemas: la culpabilidad, la identidad, el pasado, las tragedias intrafamiliares.

   Un acontecimiento traumatizante de cariz sexual acaecido en el seno de una familia, es el detonante de esta novela, en la que dos personajes: Alan y su madre Rosa, debaten a través de monólogos interiores, monólogos sin auditorio, en los que expresan sus pensamientos más íntimos, próximos al subconsciente. A través de ellos descubren o reinventan la tragedia familiar. Con la peculiaridad de que todos sus monólogos autónomos (Stream of consciounes) y todo lo que acontece tiene lugar en la casa de la que no salen los dos principales protagonistas; lo que condicionará el lenguaje, como más adelante indicaré. El desmoronamiento de un familia en un espacio claustrofóbico y opresivo, debido a algo que sucedió y ha dejado a los miembros del clan familiar hechos trizas.

   La novela está estructurada en cinco capítulo, cinco intensos monólogos sin interrupción, con frases largas, sin puntos, en los que esos monólogos interiores que brotan del subconsciente, se expresan a través de la voces de Alan y de su madre, paralizados los dos por el dolor en una historia familiar que irán desvelando, y de la que también formaban parte Marcelo, el padre que huyó porque según su otro hijo sus adicciones se dan de la mano. Y Oscar, el hermano mayor, ausente por el odio.

   Presenciamos en primer lugar el monólogo autónomo de Alan que se retrotrae al ambiente familiar feliz de su quinto cumpleaños, pero también a la historia de la familia, una historia de revivencias de la que él prefiere ausentarse sumiéndose en el “sueño” para despertar después como quien no ha conocido el pasado. Pero de inmediato llegarán los remordimientos y los reproches como los de su hermano: “¿qué porquería estás haciendo?”.

   Rosa, la madre con la que convive Alan en esa casa -testigo de desgracias que el lector poco a poco va identificando y que se aclaran definitivamente en el desenlace del capítulo V- que se considera madre pero no puede mirar a su hijo, no puede tocarlo y terminará echándole de casa para que pueda liberarse e la tragedia familiar. Alan sabe que perdió su identidad hace muchos años y por eso sus divagaciones habituales son: ¿quien soy yo? Un ente sin identidad, es una de sus respuestas. Vive en un constante frenesí para descubrir quién es.

   Mientras tanto la madre vegeta alienada, “alimentándose” de las fotografías de su pasado para no tener que enturbiar los ojos con la verdad del presente, en esa casa-refugio en la habitan sin  esperanza y sin desesperación. Una carta del padre que Alan lee en el desenlace descubre la herida y la causa del desmoronamiento familiar: “Soy la herida y el cuchillo” había escrito el padre para despedirse. El progenitor confiesa lo inconfesable. Pero tampoco el hijo es inocente. Él y su padre hacen cuerpo bajo la ley del deseo. “La primera voluntad de la carne”, reconoce Alan en el desenlace.

   Los secretos familiares guardados bajos llave, funcionan como la trabe (viga) de oro de la novela, con dos perspectivas: la de la madre y la del hijo. Secretos que originan culpa y dolor en Alan y en Rosa que vive en una especie de ensueño-alucinación. Revive el pasado viendo una y otra vez las fotografías familiares, pero también está de algún modo envuelta en la culpa.

    
                                            
Alejandro Morellón
   El autor ha sabido recrear con gran destreza el ambiente envenenado e hipnótico; así como diferenciar las voces que intervienen e la novela. Y ha sido capaz de convertir a la casa en un personaje más de la trama. Forman parte sus, supongo, viejos muros del lenguaje opresivo y claustrofóbico que Alejandro Morellón ha creado con acuidad. Se ha escrito que este es un libro de literatura enferma, pero que también aporta consuelo vital, a pesar de que algo que ha sucedido deja a cuatro miembros de una familia hechos trizas.

   Gran riqueza de imágenes y un estilo de prosa -en el fondo la personalidad del autor- repleto de vigor, no obstante sus rasgos opresivos. Novela sin duda osada y de calidad como todas a las que no tiene acostumbrados Candaya, ninguna golosina literaria por supuesto, pero apta para un público lector capaz de leer entre líneas y rellenar las lagunas que el autor conscientemente deja vacías.


Francisco Martínez Bouzas

jueves, 21 de mayo de 2020

Escaleras espectaculares: El tigre y la tortuga (Alemania)




Una escalera, una enorme pieza de arte, una montaña rusa pedestre, y como tal en la que se debe caminar, sin vagones, solo peldaños, con el río Rin de fondo, a unos cuarenta y cinco metros de altura, con un paisaje y una perspectiva completamente distinta.

Ubicada en Duisburgo, Alemania, fue construida con acero y zinc. Un vínculo entre la escultura y el parque. Y así recordar el pasado industrial de la región. Fue abierta al público en 2011, y es obra de los artistas germanos Heike Mutter y Ulrich Genth.

Las luces LED están integradas en el pasamano para que la escultura también sea accesible de noche.

¿Por qué ese nombre? Heike Mutter nos dice que la montaña rusa representa la aceleración y la alta velocidad de un tigre, pero que el turista debe investigarla a paso de tortuga.



¿Os ha gustado?

martes, 19 de mayo de 2020

Liliana Delucchi: La luna y los espejos


Consentidora de mil prodigios, la luna siempre ha estado presente a lo largo de mi vida. Su carácter femenino y, por tanto ambivalente, nos ha permitido desarrollarnos en un universo de marcada condición masculina. Ellos veneran al sol, porque bajo sus rayos todo está claro, no hay lugar para dobleces. Nosotras nos movemos en las turbias sombras de la noche. De ahí nuestra complejidad.

Nunca había entendido el axioma de viajar para encontrarse, pero eso fue lo que sucedió.

Pasé la niñez en Saint Tropez, donde el traje de baño era un cuerpo desnudo y la desinhibición fluía en mil juegos con un mar que conformó mi personalidad. Nunca olvidaré mi primer día en el apartamento que compartía en la universidad de Lyon con Michelle, una rubia de Turena, y Charlotte, la mejor sonrisa de Lemosín, cuando al salir del baño sin ropa noté que casi se escandalizaban. Mi educación mediterránea poco tenía que ver con el interior recatado de Francia. Ésta y otras diferencias marcaron nuestra relación de una forma positiva. Sobre todo con Michelle, quien solía quedarse horas conversando, contándome cosas de su vida, como para que yo las juzgara y emitiera algún veredicto. De alguna forma, necesitaba de mi aprobación. Jamás quise ir tan lejos, con lo cual, mi renuencia a aprobar o desaprobar sus historias hizo que se volcara más en mí.

No tuve problemas para relacionarme con chicos, como los atraía, los dejaba acercarse.

—Tienes la mirada ausente —dijo uno de ellos durante un concierto de jazz, mientras intentaba acariciarme.

—Estoy escuchando, son magníficos.

Volví a casa con la música en mi mente y sin recordar el color de los ojos de mi acompañante.
Michelle, Charlotte y yo fuimos buenas amigas compartiendo aquel tiempo, aunque la relación no sobrevivió al final de nuestras carreras. Las tres tuvimos suerte en conseguir trabajo de inmediato en las ciudades más opuestas de Francia, lo que simplificó que nunca tuvimos que justificar la despedida.

El estudio del Derecho me apasionó y no tuve un suspenso en toda la carrera que, de forma meteórica, finalicé. Pero, el ejercicio de la abogacía me hartó, lo sentía tristísimo, un expediente eterno e infinito, donde solo cambiaban nombres y hechos. La realidad más chata me oprimía hasta que, por Internet, encontré posibilidad de escapar como funcionaria de la Comunidad Europea con una plaza en el Patrimonio Histórico en Granada.

Y al igual que cuando dejé la universidad, apenas tuve tiempo de despedirme de mis amigos-amantes, de hecho, solo me llevé en la mente a un tierno médico que me curó de una caída en bicicleta y al cual le supe devolver su trato afectuoso. También viajaba conmigo un sentimiento de soledad, era como si los hombres que había conocido no tuviesen lugar en mis maletas.

Granada me encantó por sus días de estudio y sus noches de juergas en bares y apartamentos más o menos discretos.

Caminé atardeceres saboreando aromas y colores en la búsqueda de que alguna de esas sonrisas que descubría fuera dirigida a mí. Las conversaciones que escuchaba me despertaron un deseo intenso, casi doloroso, de un susurro de amor.

Como dije, nunca había entendido el axioma de viajar para encontrarse, hasta que, una noche mientras cabalgaba sobre un americano, me vi en un espejo junto a la luna que entraba por la ventana. Ese reflejo, que al principio me deleitó al ver cómo me retorcía de placer, se volvió borroso, pensé que eran los gin-tonics. De a poco, pude focalizar la imagen y unos versos vinieron a mi mente:

«Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.»


Por suerte, el americano se vistió y se fue.

¿Dónde está mi corazón?

Acerqué una silla a la ventana y, desnuda como esa luna, empecé a llorar. Entonces supe que mi larga soledad era mi constante compañera de viaje.



domingo, 17 de mayo de 2020

Paula de Vera García: A punto de perderte (Hipo & Astrid)






Tormenta aterrizó con suavidad sobre la arena, mezclando apenas su aleteo con el susurro de las olas. Astrid inspiró hondo el aroma del salitre y notó su cuerpo relajarse. La cena había sido ciertamente incómoda.


Aparte de tener a Dagur y Mala como invitados, seguía habiendo una aparente competitividad entre parejas flotando en el aire. Era como si Hipo y ella tuviesen que estar pegados como dos siameses todo el tiempo para demostrar que se querían. La joven sacudió la cabeza con disgusto, aunque también con una ligera punzada de diversión. Ni que fuese un secreto entre sus allegados…


La dragona gorjeó en dirección al agua en ese instante, haciéndola bajar de las nubes y centrar su atención en ella. «Pescado, claro», pensó Astrid. ¿Qué le pasaba que estaba tan despistada? Despacio, se aproximó a Tormenta y le acarició el morro.


—Ve —susurró—. Estaré bien.


La hembra de Nader estaba a punto de obedecer, encantada, cuando un aleteo a sus espaldas hizo que amazona y montura se volviesen, curiosas. Al ver quiénes eran los invitados, Tormenta aleteó con un graznido al tiempo que se lanzaba a saludar al dragón, mientras su mejor amiga aguardaba cruzada de brazos y con media sonrisa cargada de ironía a que la silueta más espigada saliese de la penumbra.


—Cualquiera diría que tienes un Furia Nocturna —se chanceó—. ¿Por qué has tardado tanto?


La otra figura se rio entre dientes.


—De eso, échale la culpa a Mocoso —aseguró Hipo, echándose el pelo hacia atrás. A veces los mechones que le caían sobre la frente podían ser bastante molestos… O quedar en posición de “electrocutado”, tras un vuelo rápido como el que acababa de ejecutar. No era presumido, pero a Astrid le encantaban esos detalles—. Parecía que intentaba distraerme a propósito.


—¿Quieres decir como si supiera que venías a encontrarte conmigo? —prosiguió Astrid—. ¡Qué sorpresa…!


—Sí, ¿verdad? —Hipo llegó a su altura y, entre risas cómplices, alzó las manos para acunar el rostro de Astrid y besarla con amor infinito.

No había mentido en el muelle: la amaba y siempre la amaría. Lo volvía loco cada detalle de su menuda figura y de su carácter. Apenas podía creer que estuviesen comprometidos. Lo cual hizo que su mirada bajase hacia el collar de su madre. Su prometida siguió la dirección de su mirada, suspiró y apoyó la cabeza sobre su pecho. Hipo rodeó su cintura con los brazos y apoyó la nariz en su pelo. Como siempre, aspiró con suavidad esa mezcla de humo, hierbas y sal que había aprendido a amar en secreto con los años. Astrid enderezó la cabeza, cerrando los ojos con deleite mientras él deslizaba los labios hasta su frente.


—Oye Astrid —dijo él en voz baja, con ese deje algo tímido que lo caracterizaba en situaciones como aquella—. Quiero que sepas que… Siento lo que ha pasado.


Ella sonrió con levedad y meneó la cabeza.


—No tienes por qué, Hipo —musitó—. De verdad.


—No, sí tengo por qué —la rebatió él con dulzura, ciñéndola a él con más intensidad—. Me he dado cuenta... de que he estado a punto de perderte. Y todo por una estupidez —se maldijo—. No quiero que vuelva a ocurrir.


Astrid lo miró directamente, buscando sus hechizantes ojos verdes.


—Yo tampoco debí ponerme así —admitió, antes de tornar la vista hacia las olas de plata que lamían la orilla de la playa—. Sé que entre tú y yo hay cosas mucho más importantes que un simple colgante de compromiso; aunque… También sé que no siempre soy la novia encantadora y cariñosa que quizá debiera ser.


—No tienes que cambiar por mí, Astrid —murmuró él, anhelante—. Siempre… te he querido como eres y no pediría que eso cambiara por nada del mundo. Aunque… Quizá debería decírtelo más a menudo —se disculpó con media sonrisa azorada—. Lo siento.


Ella sonrió a su vez y se recostó contra su pecho, sintiendo paz por primera vez en mucho tiempo. Vivir en el Confín no era tan idílico ni tan emocionante en el buen sentido como todos pensaban en un principio. Pero, si la integridad de los dragones estaba en juego, ambos tenían claro que los defenderían hasta la muerte.


Un graznido sobre sus cabezas provocó que ambos alzaran la vista, curiosos; pero solo se trataba de Tormenta y Desdentao, que se perseguían fintando entre las nubes. Hipo tomó la mano de Astrid, entrelazando sus dedos, y besó su cuello. Astrid alzó la mano para enterrarla entre sus mechones castaños y atraerlo más hacia su piel, sin brusquedad. A medida que la ternura se abría paso entre ellos, arrastrando lejos el mal recuerdo de aquel fatídico día, la joven sonrió con picardía y se apartó de un saltito, haciendo que él se sorprendiese y aflojase su abrazo.


—¡Oye! ¿Dónde vas? —quiso saber él con cierta diversión.


Astrid, sin entrar en su juego, se giró y empezó a avanzar hacia el agua al tiempo que susurraba:


—Hace buen tiempo, ¿no crees?


Hipo enarcó una ceja interesada.


—Sabes que soy mal nadador… —apuntó, burlón, aunque siguiéndola sin poder evitarlo—. ¿Qué será de mí, si me ahogo?


—¿Qué será de Mema? —fingió escandalizarse Astrid—. ¡Estoico pierde a su único hijo en una playa sin apenas profundidad! —ambos se rieron mientras Hipo aceleraba para intentar atrapar a Astrid sin conseguirlo. Al contrario, ella se zafó, agregando a gritos—. ¡Qué deshonra sobre los Abadejo, damas y caballeros!


—¡Tú, ven aquí! —la instó Hipo mientras lograba, por fin, amarrarla por la cintura con una mano y atraer su cuerpo tembloroso de risa hacia él. Él tampoco podía contener las carcajadas. Pero sus jadeos se convirtieron en un grito de alarma cuando Astrid le hizo su llave clásica y lo arrojó sobre las olas que rompían sobre la arena, sin avisar—. ¡Eh, oye! ¿A qué ha venido eso? —quiso saber, entre sorprendido y divertido.


Ella, sin inmutarse, siguió riendo y se arrodilló junto a él.


—Bueno, he conseguido que llegaras al agua, ¿no? —inquirió, mordaz, con media sonrisa.


Él le devolvió un gesto mucho menos inocente mientras se acodaba sobre la arena.


—¿Insubordinación, lady Hofferson? —ronroneó—. Eso no es algo que una buena vikinga deba hacer.


Ella enarcó una ceja burlona.


—¿Estoy condenada, mi señor? —le devolvió la pulla, acercando su rostro al de él.


Hipo, por su parte, fingió seguir su juego antes de aferrar su cintura con ambas manos, encerrar su pie izquierdo entre sus piernas y voltear la cadera. Haciendo, cómo no, que Astrid gritara de estupor y sorpresa antes de caer al agua a una zona lo bastante profunda como para cubrir toda su silueta; indignada, la joven boqueó para tomar aire cuando su cabeza asomó de nuevo entre las olas.


—Serás… —masculló.


Pero Hipo fue más rápido. Aún arrodillado en el borde del agua, la atrajo hacia sí y encerró sus labios en un beso cargado de deseo. Tras una décima de segundo en la que la muchacha intentó oponer resistencia, sus brazos desnudos terminaron rodeando el cuello de su novio y su lengua comenzó a buscar la de él con más insistencia. Estaban ya empapados y sus labios sabían a sal. Hipo se separó un instante, tendió la mano a Astrid para que se levantase y tiró de ella sin brusquedad hasta conducirla al abrigo de un parapeto rocoso cercano.


—Es noche cerrada, Hipo —rio ella entre beso y beso—. ¿Crees de verdad que alguno de nuestros queridos compañeros y/o invitados estará despierto a estas horas como para vernos?


Él mostró media sonrisa sardónica.


—Lo siento, milady. No quiero arriesgarme a que pase la de la última vez.


Astrid apenas consiguió contener una carcajada. ¿Cómo se las arreglaban para que alguien los escuchase hacer el amor cada dos por tres? Porque, si no se equivocaba, aquel iba a ser el siguiente paso de la reconciliación.


—Así que… ¿Estamos en paz?


Él apoyó su espalda contra la roca y la rodeó con un brazo antes de acariciar sus labios con una mano libre cargada de evidente deseo.


—Aún no, cariño. Aún no…



La luna, semi-oculta por el ir y venir de las suaves nubecillas vespertinas, hacía caprichosos dibujos sobre el oleaje. Ya metidos en el agua, Astrid acariciaba la espalda de su novio mientras él enredaba los dedos en su trenza rubia. Sus cuerpos estaban tan conectados que parecían uno solo. Sus movimientos eran como una danza perfecta, una coreografía, una dulce batalla de la que ninguno quería salir vencedor con facilidad. Los labios del muchacho rebuscaban entre los recodos de la piel de la joven guerrera, mientras ella echaba la cabeza hacia atrás con deleite. Apenas la roca tras su espalda le hacía sentir que seguía en el mundo real.


Cuando todo acabó sin remedio, la muchacha clavó las uñas en la espalda de él, gritó su nombre y después bajo los labios para encontrarlos con los suyos. Hubiesen eternizado aquel momento, mirándose a los ojos, diciéndose todo lo posible sin palabras. Pero estaban en tiempo de guerra y un ruido lejano en la zona de la base, así como un rugido de advertencia de Desdentao, les indicó que quizá había algo más importante que hacer. Los dos tortolitos, resignados, se dirigieron a la playa para recoger su ropa y sus pertenencias.


Sin embargo, antes de que montaran en sus dragones, Astrid retuvo un instante a Hipo de la mano y lo atrajo hacia ella para besarlo.


—¿Y esto? —quiso saber él, conmovido.


Ella pasó un mechón por detrás de su oreja.


—Digamos… que he olvidado decirte algo antes, en el muelle de despegue.


—¿El qué?


Fue entonces cuando Astrid lo besó de nuevo; con brevedad, pero infinita dulzura, y pronunció:


—Yo también te amo.



Historia ambientada en el universo de “Cómo entrenar a tu dragón” durante la serie “Hacia nuevos confines” (Netflix)



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© Paula de Vera García