viernes, 23 de febrero de 2024

Julia de Castro: Violeta de Isabel Allende

 



 

Este verano he vuelto a leer Violeta de una de mis escritoras favoritas, Isabel Allende y como la primera vez, he disfrutado de lo lindo de sus páginas.

La novela comienza en 1920 cuando su protagonista nace, a punto de la llegada de la gripe española al país, una epidemia que, como muy recientemente hemos vivido, hará tambalear las bases de una sociedad que quedará diezmada por el virus. La familia del Valle, se librará de los efectos de la enfermedad gracias al confinamiento impuesto por el padre para caer en el desastre de la Gran Depresión que les arrancará de su acomodada y placentera vida y le obligará a retirarse a una zona remota y muy diferente del país en la que Violeta descubrirá un mundo ignorado e iniciará el camino de lo que será su futuro.

A través de una larga carta escrita a su nieto Camilo, la protagonista nos llevará por el relato completo de su vida y de la sociedad en la que vive. A lo largo de los cien años de Violeta, además de los avatares que van a rodear su existencia, también nos asomaremos a los grandes acontecimientos históricos de ese período con especial mención a la sangrienta dictadura que sumió al país que, aunque no mencionado expresamente nos lleva a pensar en Chile, en la oscuridad y su liberadora caída.

Isabel Allende ha querido dotar a Violeta de una fuerza y una independencia económica que su madre, en la que se inspira este personaje, nunca pudo tener, en su lucha incansable por dar visibilidad a ese sector de la humanidad que, hoy más que nunca, sigue batallando para que se le reconozca su lugar en la sociedad.

Allende, a través de la sencilla magia de su escritura, nos pone delante de cuestiones tan actuales hace un siglo como hoy mismo: homosexualidad, drogas, maltrato, corrupción, discriminación social, represión política, etc. Todas las obras de la autora y, esta no podía ser una excepción, tienen esa pasión por la vida que consigue que mires cada nuevo día con los ojos llenos de ilusión y esperanza. La pasión que pone en sus historias es un canto a la resiliencia y al vitalismo.

Os animo a leer esta historia, estoy segura de que no os va a defraudar.

 

Julia de Castro

Mi verano en libros

miércoles, 21 de febrero de 2024

Blanca del Cerro: La magia de los sentimientos

 

  

        “La magia de los sentimientos” es el último libro que he leído de mi amiga y compañera literaria, Marieta Alonso, y espero que no sea el último porque tenemos ante nosotros a una autora de primer orden a la que da gusto leer. Lo ha demostrado en este y en sus restantes libros como “La huella de los adioses” o “Un año en Edimburgo”, por nombrar un par de ellos.

        “La magia de los sentimientos”, editada por Esstudio Ediciones, trata sobre la vida y aventuras de cuatro hermanas, muy distintas entre sí, quienes, a la muerte de sus padres, quedan al cuidado de una tía rica, generosa y tacaña a la vez, con la que empiezan a compartir su existencia. A lo largo de la novela la autora explica las vidas de cada una de ellas, mezclando la trama con personajes de lo más variopinto, como un mendigo, un médico, un veterinario o un sacerdote, y algunos más, todos ellos curiosos y sorprendentes, que hacen las delicias del lector. Y hasta aquí puedo contar porque, para entender la magia de esta novela, hay que leerla e introducirse en el ambiente, la familia, el pueblo y todo lo que se mueve a su alrededor.

        Es una novela tierna, como la autora, y verdaderamente llena de magia; muy bien escrita, muy bien documentada y con un candor especial que hace al lector introducirse de lleno en la trama, sintiéndose como parte de la misma y encontrándose a gusto a medida que va pasando páginas. Entre todos los participantes en la historia, el personaje de la tía, pese a sus características, me ha parecido muy especial.

        Me ha encantado la novela por la forma sencilla en que Marieta explica el contenido, los personajes y el entorno. Es de esos libros que dejan buen sabor de boca al terminarlo, porque uno siente que podría verse reflejado en cualquiera de sus personajes, con los que resulta fácil encariñarse, porque está cubierta por un manto de dulzura y porque hace nacer sonrisas.

        Animo a todos a leerla porque no os defraudará, sino al contrario.

        ¡Muchas felicidades, Marieta!

 

© Blanca del Cerro

           

lunes, 19 de febrero de 2024

Liliana Delucchi: Los tres L

 


—Uno, dos, tres, cuatro.

Así todas las tardes. Cuando el carrusel de las cinco y media se ponía en marcha, Leonardo contaba los caballos que pasaban y decidía, fuera cual fuese, que montaría en el cuarto.

Lucía, su gemela, no tenía ese problema, como era una princesa, siempre subía a la carroza. A mí me daba igual, solo quería jugar con ellos y participar de sus ensueños. Para nosotros la calesita no era solo un entretenimiento, sino un vehículo que nos llevaba lejos. Viajábamos en el tiempo y en el espacio. Recorríamos lugares con praderas infinitas que se fundían en las más altas montañas y conversábamos con los personajes que habíamos encontrado en las páginas de algún cuento.

Conocí a los hermanos una tarde en que me precedían en la cola para montar en el tiovivo. Eran más altos que la media. Rubios y con los ojos azules, iban vestidos siempre de punta en blanco. Jamás sus zapatos tenían una pizca de barro; la trenza de Lucía, que le llegaba hasta mitad de la espalda, brillaba como un sol de verano, rematada con un lazo de color a juego con su vestido. Un flequillo dorado caía sobre la frente de Leonardo, contra el que luchaba su mano derecha en un gesto repetido.

Llegaban a la pradera donde estaban instalados los juegos de la mano de su abuela, una señora de pelo blanco y modales contenidos que, instalada a la sombra de una higuera, hacía ganchillo mientras sus nietos jugaban. Los pequeños parecían pertenecer a otro mundo, en voz baja, como si quisieran ocultar algún secreto, solo hablaban entre ellos. El resto de los niños no se atrevía a acercárseles, como si ese halo de misterio que los envolvía impidiera cualquier tipo de aproximación.

En ese entonces tendríamos seis años y era tal la curiosidad que despertaban en mí que quise unirme a ellos. Para mi sorpresa me aceptaron y desde entonces fuimos inseparables, tanto que en el barrio empezaron a llamarnos los tres L, por las iniciales de nuestros nombres.

—Me dan pena mis amigos —dije un día a mi madre mientras merendábamos—. No tienen padres. Leonardo me contó que murieron en un accidente.

—No se puede tener todo en la vida, Luis —contestó— tú careces de hermanos y ellos de padres.

Me pareció desacertada su afirmación, pensé que uno puede encontrar algo parecido a un hermano en un amigo, pero… ¿Padres? Sin embargo el tiempo le dio la razón, porque de la misma forma que yo buscaba un lazo fraternal con los gemelos, ellos hacían lo mismo con sus progenitores solo que, hasta ese momento, sin resultados aparentes.

Una tarde que amenazaba lluvia llamaron a mi puerta, los dos con impermeables y sus rubios cabellos cubiertos con capucha. En voz baja, para que solo los escuchara yo, me dijeron que era el día ideal, que si queríamos viajar en el tiempo, la tormenta sería nuestra aliada; nos transportaría al lugar que ellos buscaban desde hacía mucho tiempo y que deseaban compartir conmigo. El temporal empezaba a rugir a lo lejos, por tanto, cogí mi chubasquero y, ansioso por introducirme en el misterio que me proponían, salimos de casa a escondidas.

El tiovivo estaba vacío, ningún otro niño se había atrevido a salir con ese temporal, lo que nos hizo sentir valientes, distintos y decididos a vivir la mayor de las aventuras. Unas monedas sirvieron para que el guarda pusiera en marcha la calesita y el lamento de la madera vieja bajo nuestros pies fue acallado por la música que daba vueltas con nosotros. Esta vez todos montábamos caballos; nuestros «arre, arre» se perdían entre los truenos mientras sentíamos que el aire nos enfriaba la cara.

Dos, tres, cuatro vueltas y el paisaje a empezó a cambiar. Las copas de los árboles se estiraban como si fueran a diluirse entre las nubes; aparecieron personas desconocidas en medio de una niebla que difuminaba sus facciones y su vestimenta pertenecían a otra época.

—No es aquí —gritó Leonardo para que lo oyéramos—. Tenemos que alejarnos un poco más.

—Dirijamos los caballos hacia la derecha —intervino Lucía.

Los seguí. Nuestros corceles no cabalgaban, volaban. De pronto estábamos entre algo parecido al algodón deshilachado y conteníamos la respiración para que no nos entrara por las narices. No sé cuánto tardamos en atravesar esas nubes compactas y encontrarnos sobrevolando una pradera verde, sembrada de pequeñas flores amarillas. A lo lejos, algunas casas bajas y el campanario de la iglesia. Una carretera sinuosa se perdía camino arriba.

—Es por allí… Por allí —susurró mi amigo al tiempo que ralentizaba su cabalgadura.

—Desmontemos y arreglemos el guarda raíl —ordenó Lucía.

No sé de dónde sacamos fuerzas para reparar un amasijo de hierro roto que bordeaba la carretera, pero lo hicimos a tiempo. Minutos más tarde, un coche descapotable rojo, conducido por un hombre acompañado de una mujer rubia pasó a nuestro lado camino del río. La dama nos miró con desconcierto y alzó su mano enguantada para saludarnos.

Cubiertos de polvo, con arañazos en las manos y el corazón a punto de escapar de nuestro pecho, volvimos a los caballos que pastaban tranquilos, esperándonos.

Cuando el carrusel se detuvo nos sorprendió ver que la tormenta había desaparecido y lucía el sol del atardecer. La ropa, que habíamos ensuciado en aquella carretera, estaba impecable, al igual que nuestras manos y el corazón nos latía con la parsimonia de siempre.

Junto a la abuela de los gemelos, invariablemente bajo la higuera, había una pareja más joven, la misma que vimos pasar en el deportivo y que abrazó a los hermanos.

—Ya estamos de vuelta, queridos —dijo la mujer.

Los pequeños los estrecharon antes de presentarme como «nuestro mejor amigo».

Todavía temblaba cuando llegué a casa y me senté en una butaca frente a mis padres quienes, sonrientes, me anunciaron que en unos meses tendría un hermano. Ante tal situación de felicidad obvié decirle a mi madre que se había equivocado, que sí se puede tener todo en la vida… Aunque será necesario un poco de magia, un carrusel y compañeros como los míos.

© Liliana Delucchi

sábado, 17 de febrero de 2024

Leyendas de La Rioja: La Virgen de Valvanera

 



Patrona de La Rioja. Allí en las estribaciones de la Sierra de la Demanda, desde hace once siglos ha sido venerada la Virgen que apareció una noche, según relata la Historia Latina, escrita en 1419 por Rodrigo de Castroviejo, abad de Valvanera, como traducción de un texto en latín del siglo XII, escrito probablemente por Gonzalo de Berceo.

Cuenta la leyenda que un ladrón llamado Nuño Oñez, natural de Montenegro, el cual vivía en una cueva cerca de Anguiano, se arrepintió de los actos que había cometido tras la muerte de su hijo. Y comenzó a rezar.

Un día, recibió la visita de un ángel que le dijo que buscara a la virgen de Valvanera. Le indicó que la figura de la virgen se encontraría en un roble, que sobresaldría sobre los demás y en cuyo hueco habría un enjambre de abejas. Sin dudarlo, se embarcó en su tarea junto a un sacerdote de Brieva llamado Domingo.

Ambos pasaron días sorteando los obstáculos naturales que se encontraron por el camino hasta que llegaron al lugar señalado por el ángel. Recuperaron la imagen y la dejaron al abrigo de la ermita del Santo Cristo.  

Este hallazgo daría origen al Monasterio de Valvanera, ya que en torno a la imagen se reunirían un grupo de ermitaños que con el tiempo fueron adoptando una vida regular inspirada en la Regla de san Benito.

 

Quietud recóndita



jueves, 15 de febrero de 2024

Nuevo Akelarre Literario nº 101: El pavo real



El pavo real

Aunque se lo asocie con el concepto de vanidad es, en casi todas las culturas, un símbolo solar relacionado con la gloria, la belleza, la sabiduría y la inmortalidad.

Aquí están nuestros cuentos de este mes. Disfrutadlos.

Pinchad en el link

https://www.nuevoakelarreliterario.com/el-pavo-real/ 

martes, 13 de febrero de 2024

Malena Teigeiro: No era tan extraordinario

 


Al despertarse, la música que le daba vueltas y más vueltas en la cabeza, le hizo recordar la noche pasada. Sintió un leve mareo. Sin moverse, continuó sentado en el borde de la cama agarrado al colchón. Se dio cuenta de que tenía puesto el pantalón del pijama, sin embargo, la camisa era la misma que llevaba en la casa de Jacinta. Una arcada le subió a la boca. Apretó los ojos. Sentía unos golpes en la sien, como si un pájaro carpintero le estuviera picoteando el hueso. Giros y giros. Vueltas y vueltas. Parecía que estuviera montado en un carrusel. ¡Qué mareo! Ahora lo recordaba. Anoche la música en la casa de Adela era agobiante. Y el humo, quizá incienso, junto con el intenso perfume a almizcle, y sin duda las bebidas, en algún momento le hicieron perder el sentido. De pronto recordó que tenía que ir al despacho. Había convocado una reunión importante para esa mañana y se le estaba haciendo tarde. Quizá después de una buena ducha estaría más recuperado, pensó. Al entrar en el cuarto de baño, inmediatamente, abrió el grifo. Sin esperar a que saliera el agua caliente metió la cabeza debajo. Al ir a enjabonarse, vio que todavía llevaba puestos el pijama y la camisa. Sin salir de debajo del agua, con dificultad se los quitó.

Aunque él siguiera viviendo todavía en la misma casa de sus padres, en los trescientos metros del palaciego piso de techos altos, hizo que le construyeran un apartamento de soltero. Grandes y espaciosos salones, una moderna cocina, y dos habitaciones. Para la suya, con un balcón a la esquina de la plaza de la Marina, pidió que le hicieran un baño inmenso. Era digno de un alto ejecutivo como él. Ahora el agua caliente le caía encima de la cabeza, y los chorros laterales le golpeaban la espalda. Después de varios minutos del húmedo masaje, comenzó a encontrarse mejor. Un buen desayuno y a la oficina, decidió mientras cerraba los grifos. Aunque poco iba a poder hacer en aquel estado, pensó. Envuelto en la toalla, tomó un café cargado y un jugo de naranja con un calmante efervescente que siempre le daba buen resultado. Mordisqueó unas galletas. Después comenzó a vestirse.

Hacía mucho frío cuando pisó la calle. Aquella música de nuevo le daba vueltas en la cabeza. ¿De dónde venía ahora? Miró a su alrededor. Nada. Decidió ir caminando hasta la oficina. Así aquel aire helado terminaría con la resaca. Dio la vuelta a la esquina y salió a la Plaza de Oriente. Ahora el sonido era nítido, fuerte, repetitivo. Se detuvo. Sí. Era la música del carrusel. Recordó a Amelia saltando a su lado. Apenas eran unos niños cuando corrían hacia él. Ella siempre sentada entre las alas de un cisne, como las princesas, decía, y él en un caballito a su lado. Recordó la vez que al volver de la universidad coincidieron en el portal. Era una presumida jovencilla, que altanera caminaba abrazando los libros.

—Amelia.

Ella se volvió. ¿Vamos? Lo han vuelto a instalar. No tuvo que decir nada más. Amelia le sonrió cerrando los ojos como las chinitas. ¿De verdad me estás invitando a dar una vuelta en mi carroza de cisne? Jorge le recogió los libros y los dejó en la portería junto a los suyos. Quedaron de nuevo para volver al día siguiente, y continuaron reuniéndose hasta que terminaron sus carreras. Y fue entonces cuando ella, seria, le habló de casarse, quería ser una madre joven, añadió. De pronto recordó el brillo de sus ojos cuando le dijo que él no era para ella. ¡Qué verdes eran en aquel momento! Nunca volvió a ver otros del mismo color. Al escuchar que no pensaba contraer ningún compromiso que no fuera el de su trabajo Amelia aleteó las pestañas. Y sin más, bajó del carrusel. La vio caminar con la cabeza inclinada.

Pasaron los años y el trabajo, el éxito, los compromisos y viajes, no le permitieron mantener ninguna relación de manera estable, duradera. Eso era algo para los currantes, decía riendo a las mujeres que lo acompañaban. Era algo para lo que ya tendría tiempo. Ahora no. Ahora quería triunfar y divertirse. Esa música, y se llevó la mano a la sien. Esa música le seguía girando y girando en la cabeza. Alguien le dijo que Amelia contrajo matrimonio con Alberto, un chico de lo más común, lo recordaba bien. Que tenía varios hijos, y que había abierto una farmacia. Quizá, como le solía pasar a la gente corriente, hasta era feliz, sonrió despectivo. Ahora la música sonaba nítida, repetitiva. Delante de él estaba el carrusel.

Comenzó a molestarle la humedad en los ojos y se los restregó. Quizá fuera el frío.

El tiovivo comenzó a girar.

© Malena Teigeiro

domingo, 11 de febrero de 2024

Los «trulli» de Alberobello

 



Patrimonio de la Humanidad 1996

La comarca de las Murgas es famosa por los trulli, construcciones típicas de esta región que se extiende desde Selva di Fasssano al valle de Itria.

Unos dicen que el origen de estas construcciones se remonta a la Prehistoria, a la segunda mitad de Edad Media o a principios del siglo XVI cuando, siendo un pequeño feudo bajo el dominio de los condes de Conversano, comenzó a poblarse de campesinos que deseaban cosechar las tierras fértiles. Los condes autorizaron a los colonos para que construyeran sus casas a la piedra seca, esto es, sin utilizar mortero, para poder ser derruidas en caso de inspección regia.

Esto se debía a la Pragmática de Baronibus, norma existente en el Reino de Nápoles, en cuya virtud el nacimiento de una aglomeración urbana exigía el pago de tributo. Así con la astuta propuesta se evitaba pagar el impuesto, ya que se podían configurar como construcciones precarias, de fácil demolición.

Son cabañas de piedra caliza encalada y con techumbre en forma de cono que se embellecen con pináculos decorativos, cuya forma está inspirada en elementos simbólicos, místicos y religiosos. Están construidos sobre la misma roca. Las pareces de 1,5 a 1,8 metros de altura y normalmente de planta rectangular son dobles y cuentan con pequeñas ventanas. Su techumbre cónica está compuesta también por piedras planas dispuestas de modo concéntrico. Las viviendas cuentan con ingeniosos sistemas de recogida de la lluvia, usando unos aleros en la base del tejado que conducen y recogen como canalones el agua a través de un canal practicado en una losa hacia la cisterna que está situada bajo la vivienda.



Los trulli de Alberobello son unos de los mejores conservados y homogéneos de este tipo en Europa. El barrio de Monti contiene 1030 trulli. Sus calles descienden por las faldas de la colina y convergen en su base. Sobre la cumbre del rione Monti se encuentra la iglesia de san Antonio de Padua, también en forma de trullo, con planta de cruz griega y a más de cuatrocientos metros sobre el nivel del mar. Se integra perfectamente con lo que le rodea.

El barrio de Aja Piccola con 590 trullis es menos homogéneo y confluye sobre una explanada, la cual en la época feudal se utilizaba como «era» para trillar.

La mayoría de los trulli pertenecen a particulares, aunque algunos han sido adquiridos por el Ayuntamiento. Un 30% se destinan a tiendas para el turista, un 40% están abandonados y solo el 30% están habitados, aunque cada día va disminuyendo las familias que viven en ellos.

 


Leer es viajar



Fotos: Ángeles Alonso