domingo, 7 de junio de 2026

En junio, beber y sudar, y el fresco buscar

 



Es el sexto mes del año y tiene 30 días y el cuarto mes en el calendario romano, donde enero y febrero estaban al final del año.

Según algunos, recibió el nombre en honor de Lucio Junio Bruto, fundador de la República romana, más otros creen que era llamado así por estar dedicado a la juventud ya que el nombre proviene de la palabra latina «iuniores», que significa «más jóvenes», y además hay quien opina que su nombre fue tomado de Juno, diosa del matrimonio y esposa de la deidad suprema Júpiter.

En junio se produce el solsticio de verano en el hemisferio norte, el día con más horas de luz, y el solsticio de invierno en el hemisferio sur, el día con menos horas de luz, excluyendo las regiones polares en ambos casos.

Algunas lluvias de estrellas tienen lugar en junio. Las Ariétidas tienen lugar del 22 de mayo al 2 de julio de cada año, y alcanzan su punto máximo el 7 de junio. Las Beta Táuridas del 5 de junio al 18 de julio. Las boótidas de junio tienen lugar entre el 26 de junio y el 2 de julio de cada año.

Las flores de este mes son la rosa y la madreselva. Los signos zodiacales son Gemini (hasta el 20 de junio) y Cáncer (a partir del 21 de junio). El 24 de junio se celebran las Hogueras de San Juan, muy populares. Es tradicional la quema de trastos viejos, muñecos y monumentos de cartón y corcho. El 29 de junio se celebra la Fiesta de los Santos Pedro y Pablo.

Para la Iglesia católica, este mes está dedicado al Sagrado Corazón de Jesús.




viernes, 5 de junio de 2026

Sol Cerrato Rubio: Sentir

 



Sentir los días fugaces

llenos de todo y de nada.

La melancolía de una mañana

sin palabras, el calor del sol

en un invierno gélido y brillante.

La violencia enmascarada

con las noticias fusil.

La presencia de las personas medicina.

La textura de una piel desnuda

en la cuna cósmica de las estrellas.

La lentitud de acebuche

en el balcón jardín.

¡Sentir, sentir!

Las simbióticas verdades

enredadas en la conciencia.

La primavera que llega cabalgando

por tus tobillos y mis simetrías.

Tú, que me haces estar

más en el sentir

que en el pensar.

La belleza de la imperfección

ajena y propia.

El quejido de las hojas

en una bocanada de brisa.

Sentir a tu animal

agazapado en las noches frías,

en los domingos peregrinos.

¡Sentir, sentir!

Los latidos del corazón

en un mundo regido por la razón.

La vibración del eco

armonizando la caja de los recuerdos.

Sentirte a ti.

Despierta, aprendo

a fluir

con mi momento.

 

 

Sol Cerrato Rubio

 

miércoles, 3 de junio de 2026

Historias de la niñez: El cine de mi pueblo

 


Estaba situado en la calle principal. Muchos carteles anunciaban las películas. La mayoría de las veces eran reposiciones antiguas. Solía haber programa doble, salvo que la película fuera muy larga, como «Ben-hur» o «Sonrisas y lágrimas». Los asientos estaban sin numerar y se llevaban cojines porque al cabo de media hora no sabías cómo sentarte.

El flaco, un hombre de mediana edad, servía de acomodador, vendía las entradas en la ventanilla y era el encargado de que la película no se atascara.

Los amigos íbamos los sábados por la tarde. Aquellas sillas fueron testigos de muchos amoríos quinceañeros. Recuerdo una novia, muy erudita, que con su cháchara tenía el don de adormecerme.

Aquel día hablaba del cine como espectáculo, por lo visto este tinglado comenzó el 28 de diciembre de 1895 en París. Algo dijo de los hermanos Lumière.

¡Qué podía importarme! Si en aquel momento estaba viendo y oyendo a Cantinflas decir: «El mundo debería reírse más, pero después de haber comido.» Y fue como un relámpago comprobar el hambre que tenía, me levanté y pidiendo permiso salí al pasillo. Detrás de mí quedaron murmullos de protesta.

En el bar de enfrente me puse a reventar, mi estómago había alcanzado su capacidad máxima de almacenamiento. Todo me hacía reír. En verdad: Cantinflas era un saco de sabiduría.

Volví a entrar en el cine, volví a oír las protestas, con la que no volví a salir fue con aquella novia. Y no sé ¿por qué?

 

© Marieta Alonso Más

martes, 2 de junio de 2026

Amantes de mis cuentos: Ocultos deseos

 



Se cuenta que hace mucho tiempo vivió un hombre solitario de cabeza casta y cuerpo pecador.

El pobre pensaba que discurseando sobre la moral se apaciguarían las furias pasionales impuestas por la naturaleza, los tormentos de los apetitos insatisfechos, la alegría de los placeres consumados.

La de horas que gastaba de pie sobre un cajón de madera en aquella esquina del parque londinense exhortando a todo aquél que quisiera escucharle:

Ante todo, moderación en los males que aquejaban a la Humanidad si se continuaba dando rienda suelta a los instintos.

Extenuado y afónico regresaba a paso lento, como era su costumbre, a sentarse ante la chimenea que chisporroteaba mientras, en el exterior, oscuros nubarrones presagiaban un espeluznante temporal, al que esperaba con impaciencia, para salir con los brazos en alto, justo en el momento de descargar aquellas flechas de agua que le harían feliz, por limpiar las calles de toda inmundicia y a él de pensamientos obscenos. 

 

Marieta Alonso Más

lunes, 1 de junio de 2026

Amantes de mis cuentos: Todo cambia en un segundo

 



Hay a quienes les gusta viajar, otros sienten un afán por ganar dinero que da pavor, y otros, pocos, lo único que saben es trabajar. A mí lo que me apasiona es ir a desfiles de moda, no porque quiera ser modelo, no valgo para ello: soy canija. Lo que me atrae es el glamour, el ambiente, la pasarela, la combinación de creatividad y espectáculo. Nunca me he comprado nada, pero allí estoy.

Aquel día amaneció a cero grados, caía agua nieve. Me coloqué el abrigo de mi madre y cogí el paraguas. Tras el desfile, me quedé curioseando, como siempre.

En mala hora.

Al retirar uno de tantos cortinajes tropecé con un cadáver cosido a puñaladas. El cuerpo de una mujer de ojos grandes y profundos como charcos negros, miraban fijamente, el rostro manoseado por la vejez había dejado un río de sangre.

La pasarela, muda y solitaria, despertó y se oyeron pasos apresurados. No quise mirar quién era, posiblemente el asesino regresaría al lugar del crimen. Si me encontrara, ¡oh, Dios mío!, me hilvanaba. Sería su segunda víctima. Me preparé para morir. Muda de espanto, permanecí a la espera de mi destino. Alguien me tocó en el hombro y de pronto, pensé que debía luchar. Me di la vuelta amenazando con el paraguas.

Era la policía.

Me explicaron que aquella señora, una maquilladora de toda la vida, había sufrido un infarto. La sangre que había visto correr a borbotones solo eran efectos especiales y las puñaladas producto de mi imaginación. 

Lloré por aquella mujer que no conocí en vida. Y al día siguiente, me presenté en el cementerio y recordé lo que mi madre, mujer inteligente, decía: Ten un abrigo a mano, que sirva para todo, para ir a la compra, a los desfiles, a los entierros. 

 

© Marieta Alonso Más 

 

domingo, 31 de mayo de 2026

Yacimiento de Tiermes (Soria)



En el municipio de Montejo de Tiermes, al sur de la provincia de Soria, se encuentra el yacimiento arqueológico de Tiermes, un entorno de rocas y tierra roja con restos arqueológicos que dan razón de las culturas que allí se establecieron.

Tiernes y Numancia eran los dos enclaves más importantes de los celtíberos arévacos. Tras la caída de Numancia en el 133 a.C., Tiermes recogió el testigo de la resistencia y lo hizo hasta el 98 a.C., cuando fue sometida por el cónsul Tito Didio y más tarde, romanizada.

Entre los restos recuperados en excavaciones arqueológicas, los de las etapas celtíberas y romanas son los más relevantes, destacando las estancias y habitáculos excavados en la roca, la necrópolis celtíbera de Carratiermes, complejos edificios públicos como el denominado Castelum Aquae, la Casa de las Hornacinas, vivienda en la que se horadó la roca para construir las alacenas, las termas…, además de calles y elementos defensivos, como la muralla tardorromana que rodea al cerro.

De la época visigoda, sobresale la ermita de la Virgen del Val.

Actualmente, hay junto al yacimiento un museo monográfico que ofrece toda la información relevante de este lugar 

viernes, 29 de mayo de 2026

Cristina Vázquez: La casucha

 


El tiempo que pasábamos en la casa de la sierra fue haciéndose cada vez más frecuente. En cuanto había un puente como el de octubre, los de mayo o el de los difuntos en noviembre, para allá que nos mandaban. También íbamos en cuanto acababa el colegio. Ese mes nos instalábamos con nuestra madre que iba y venía a Madrid.

La casa se llamaba La Casucha y era una pequeña construcción de piedra con un mirador cerrado por largas ventanas y un jardín medio salvaje. La mujer que había cuidado a nuestra madre cuando era pequeña era de ese pueblo y luego se quedó de guardesa. Se llamaba Valentina y a mis dos hermanos y a mí nos daba miedo.

—Es una bruja que se ha escapado de un cuento —aseguraba mi hermano José en un tono atemorizado.

Era una mujer encorvada, pero no porque fuera gibosa sino como si le costara enderezarse de la cintura para arriba. Luego entendí que había sido por cargar más peso del debido a lo largo de su vida. Siempre iba vestida de negro con un delantal de rayas grises, el escaso pelo, también negro, recogido en un minúsculo moño y le faltaban dos dedos y varios dientes.

A mi madre le decía ternezas que solo le oíamos con ella. Cuando llegaba a la casa se fundían en un cálido y prolongado abrazo. A nosotros nos daba un exiguo beso en la cabeza, gesto que agradecíamos, pues ninguno de los tres hermanos conseguimos evitar la repugnancia que nos producía esa adusta mujer.

—Mamá, por favor, no nos dejes solos con Valentina, nos da miedo —le suplicábamos indefectiblemente cuando se preparaba para marcharse.

—No os dejaría nunca con nadie que no fuera de mi total confianza —nos contestaba con una lejana sonrisa.

Nuestro padre se había muerto hacía un par de años y los tres íbamos olvidando sus rasgos, su voz y su presencia, aunque estuviera poco en casa. También olvidábamos las agrías discusiones que tenían, que habitualmente terminaban con un portazo. Pasaban varios días, incluso a veces un mes en el que él no aparecía lo que generaba una agradable tranquilidad. A veces, en estos casos nos íbamos a La Casucha, propiedad de mi madre, donde ella se renovaba y salía de esa oscura tristeza en la que se encerraba. En esos días era cuando yo oía a Valentina susurrarle palabras de ánimo, que no se preocupara, pobrecita mía, se merecía una vida mejor. Todo tenía solución. Cuando quisiera su Valentina se ocuparía.

Nos gustaba ir a pasear al bosque al que se accedía por una puerta herrumbrosa al fondo del jardín. Ese era un momento feliz, imaginábamos aventuras, el olor intenso de la tierra mojada, el ruido de los animalitos que se alejaban… Para mí fue siempre un lugar al que volver, aunque fuera en mi mente, cuando quería recuperar el bienestar y una sensación de orden, de que todo está bien.

Al ir después de las primeras lluvias buscábamos níscalos debajo de los pinares, conscientes de la prohibición de que no tocáramos ningún otro tipo de seta.

—Las hay muy venenosas —nos aseguraba Valentina—. Y no os separéis de mí, que por aquí anda la raposa.

Era el único mal recuerdo que tengo de ese bosque. Una mañana encontramos cerca de un grupo precioso de setas que parecían de caramelo, un animalito muerto.

—¿No os lo decía yo?, ese bicho se ha muerto por comer estas setas —nos las señaló con su mano sin dedos—. Andaros con ojo, no se os ocurra ni acercaros.

Cuando volvimos a los dos días no quedaba ni una seta y el caldo que hervía en la cocina despedía un olor agrío e intenso. Valentina nos echó de la cocina, no era sitio para niños, y jugueteó con una escoba como si nos echara a escobazos. Casi fue la única vez que recuerdo reírme con ella. Nos prohibió entrar durante toda la tarde, hasta que apagó el fuego.

A los pocos días de marcharse, nuestra volvió a buscarnos vestida de luto y con una cara rara; yo nunca se la había visto así antes, hinchada, ojerosa y una leve sonrisa en los labios.

—Siento deciros que vuestro padre ha muerto —nos abrazó con una ternura que yo tenía olvidada.

© Cristina Vázquez