domingo, 21 de julio de 2019

50 años de la llegada del hombre a la luna




Ocurrió el 21 de julio de 1969 y tuvo lugar al sur del Mar de la Tranquilidad.

La tripulación del Apolo 11 estaba compuesta por el comandante Neil A. Armstrong, de 38 años, el primero en pisar la superficie lunar y el que dijo la famosa frase: «Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la Humanidad»; Edwin E. Aldrin Jr., de 39 años, apodado Buzz, el segundo de a bordo que siguió los pasos de Armstrong; y Michael Collins, de 38 años, piloto del módulo de mando, que se quedó en la nave. Al módulo lunar se le llamó Eagle y al módulo de mando se le bautizó con el de Columbia.   


A un comentario de su comandante respondió Aldrin: Magnífica desolación. 

Tomaron fotografías y muestras del suelo lunar. Se dieron cuenta de la baja gravedad existente y comenzaron las tareas encomendadas: colocación de una placa con una inscripción que dice: Aquí, unos hombres procedentes del planeta Tierra pisaron por primera vez la Luna en julio de 1969 d.C. Vinimos en son de paz en nombre de toda la humanidad. Está firmada por los miembros de la tripulación y por el presidente de los Estados Unidos; una cámara de televisión, un detector de partículas nucleares, desplegaron la bandera estadounidense, e iniciaron una conversación telefónica con el presidente Richard Nixon.

Nixon:  Hola Neil y Buzz, les hablo el Despacho Oval de la Casa Blanca y seguramente esta será la llamada telefónica de mayor relevancia histórica que haré desde la Casa Blanca. No puedo llegar a expresar el inmenso orgullo que sentimos todos por lo que acabáis de lograr, porque gracias a lo que han conseguido, desde ahora el cielo forma parte del mundo de los hombres y como nos hablan desde el Mar de la Tranquilidad, ello nos recuerda que tenemos que duplicar los esfuerzos para traer la paz y la tranquilidad a la Tierra. En este momento único en la historia del mundo, todos los pueblos de la Tierra forman uno solo. Lo que han hecho enorgullece y rezamos para que vuelvan sanos y salvos a la Tierra.

Armstrong: Gracias, señor presidente, para nosotros es un honor y un privilegio estar aquí. Representamos no solo a los Estados Unidos, sino también a los hombres de paz de todos los países. Es una visión de futuro.

El 24 de julio, los tres astronautas lograron un perfecto amerizaje en aguas del Océano Pacífico, poniendo fin a la misión. El éxito del Apolo 11 fue tal que diez hombres más les imitaron en su viaje hacia lo imposible. La última misión lunar de este tipo fue en 1972, y desde entonces nadie ha vuelto a pisar la Luna.


El próximo objetivo es Marte, y solo será cuestión de tiempo.

viernes, 19 de julio de 2019

Liliana Delucchi: Treinta años




Hasta algún tiempo después, Alejandra no recordaría haber recibido la carta con un remite de Boston. La asistenta la dejó junto a facturas y extractos bancarios y allí quedó hasta que se decidiera a poner en orden los papeles para entregar a la gestoría. No habría vuelto a pensar en ello si no fuese por esa llamada telefónica que la dejó trastornada. Una voz lejana y conocida la citaba en el Parque del Retiro, junto a la fuente del Ángel Caído.

El próximo viernes, a las cuatro de la tarde. Fue todo lo que dijo. Entonces ella pensó que su memoria reconocía la letra de ese sobre, pero no lo abrió.

Se conocieron en la universidad, ante la puerta de un aula destartalada en la que el profesor ya había iniciado la clase. Ninguno de los dos entró y tras mirarse un rato sin saber muy bien qué decir, fueron a la cafetería. Él llevaba un ejemplar de Historia Universal de la Infamia y ella le dijo que no era su obra favorita de Borges. Ésa fue la primera discrepancia que tuvieron. Llegaron otras, cada vez más oscuras, por llamarlas de alguna manera.

Él le rogó que no lo dejara, que era consciente de que su autoritarismo y hoscas actitudes la estaban marchitando. Le prometió que cambiaría. Pero para entonces ella había recuperado su sonrisa y se fue caminando por una acera llena de jacarandás bajo el aire tibio de noviembre.
A lo largo de los años siguientes, solo se enteró de él a través de otras personas, de su matrimonio, una hija, una carrera profesional floreciente y, finalmente, una plaza de profesor en Estados Unidos.

Nunca supo Alejandra cómo él consiguió su dirección de Madrid. Empezaron a llegarle cartas con referencias a una juventud que ella no ansiaba recordar. Nunca le contestó y la correspondencia se fue espaciando hasta desaparecer.

Entonces comenzaron a llegar personas, una compañera del gimnasio que en un determinado momento hizo referencia a un hombre, por la descripción no le cupo dudas y lo peor, quería un encuentro. Alejandra se negó. Como se negó también a otras visitas circunstanciales que aparecían de pronto y por casualidad. Todas con el mismo mensaje y a todas arrancó de su vida.

Esta vez, sin intermediarios, la citaba en El Retiro. No sabía si fue la curiosidad o el deseo de poner fin a una persecución de más de treinta años, el caso es que ese viernes se encaminó a El Retiro. Dio una vuelta a la fuente del Ángel Caído sin encontrar más que pájaros picoteando las migas que alguna anciana les hubiera arrojado. Cuando estaba a punto de regresar a su casa vio un paquete envuelto en papel de estraza, donde se leía: Para Alejandra. Supo quién lo había dejado y lo abrió. Era un ejemplar de la Historia Universal de la Infamia, con una nota que decía: “No has querido volver a verme en este mundo, te espero en el otro”.

A la mujer no le temblaron las manos cuando lo dejó en una papelera, junto con botes vacíos de Coca-Cola y restos de bocadillos.


jueves, 18 de julio de 2019

Paula de Vera García: Otro hijo contigo (Vegeta & Bulma 9)




La mujer cerró los ojos y echó la cabeza unos milímetros hacia atrás, suspirando. Algo era algo.

–Vegeta –lo llamó, consciente de que iba a sacar a la luz un tema algo espinoso–. ¿Eres… feliz conmigo? ¿Con nosotros? –se corrigió, pensando en Trunks–. ¿Con tu hijo?

Los dedos que ceñían la mano de Bulma se crisparon por una centésima de segundo y Vegeta resopló con fuerza junto al hombro casi desnudo de su esposa.

–Sí. Lo soy. Lo sabes –repuso, ronco, al cabo de unos segundos–. Pero, por un momento, quise volver a sentir… Volver a ser… –solo ahora, abrazado a su esposa, se daba cuenta de lo idiota que había sido; podía haber perdido a su familia para siempre por su egoísmo y, pensado en frío, tenía que admitir que jamás se lo hubiese perdonado; cuando Goku le había dicho que Buu los había absorbido. Cuando habían huido al planeta de los Kaio–Shin, dejando a su hijo atrás a merced de la explosión de la Tierra… Era demasiado doloroso solo recordarlo. Por ello, avergonzado, Vegeta se retiró bruscamente un segundo después y le dio la espalda a Bulma, empezando a encaminarse hacia la cama–. Soy un idiota –sentenció.

Pero su mujer fue más rápida. Con un gesto firme, tomó la muñeca de él antes de que se alejara y lo obligó a detenerse. Vegeta se volvió, intrigado, sin ver asomo de reproche en los ojos de su esposa. Al contrario, vio lágrimas, lo cual tampoco le hizo sentir mejor. Más bien, solo era la confirmación de su peor suposición: le había hecho daño. Otra vez.

Pero también es cierto que lo que hizo ella a continuación solo lo desconcertó aún más. Sin preaviso y en apenas un segundo, Bulma recortó el metro de distancia que los separaba, le echó los brazos al cuello y lo abrazó con una fuerza inusual en ella, al tiempo que enterraba el rostro en el hueco de su clavícula.

–Sí, eres un idiota, de los peores que hay en todo el maldito Universo –sollozó entonces Bulma, soltando por fin la tensión que había soportado desde que todo se había torcido en el Torneo de Artes Marciales, haciendo que él se crispara del todo, arrepentido hasta la médula–. Pero un idiota sin el que no sería capaz de vivir –Vegeta se quedó todavía más paralizado si cabía ante aquella declaración, mientras abrazaba a Bulma casi por instinto y rogaba, interiormente, porque aquel horrible torrente de lágrimas dejase de empaparle el hombro y de resbalar por su brazo. Si había algo que su duro corazón jamás había podido aguantar, desde que se había enamorado de Bulma hacía algo más de siete años, era verla llorar–. Cuando mataste a toda esa gente, no quería creer que ese fueras tú; llegué a odiarte hasta el fondo de mi ser, no me creía capaz siquiera de volver a mirarte a la cara –Vegeta contuvo una maldición a tiempo mientras mantenía a Bulma aferrada contra su pecho y un nudo muy desagradable se cerraba sobre su garganta–. Pero cuando me dijeron después que habías muerto, yo… –continuó Bulma, emocionada–. Me sentí tan destrozada que…

Vegeta ciñó los brazos alrededor de ella con más intensidad, impotente y odiándose a sí mismo más que nunca.

–Bulma –la llamó, apoyando los labios sobre su corta cabellera azul. El llanto de la aludida se cortó un poco, expectante ante lo que él tuviese que decir; pero ambos se mantuvieron en la misma postura, como dos estatuas atrapadas en el tiempo y el espacio–. No llores más, por favor. No soporto verte así.

Secándose las lágrimas, Bulma se separó entonces unos centímetros de él y le acarició el rostro.
–Vegeta, yo… –sorbió.

Él, sin embargo, se limitó a callarla rápidamente con dos dedos, como si le hubiera leído la mente.

–Lo sé. No lo digas –repuso, en cambio, antes de volver a abrazarla–. No volveré a dejar que nadie me controle ni que nadie os haga daño a ti o a Trunks –aseguró, ronco–. Te lo prometo.

Bulma sonrió contra su piel, sin responder. Poco a poco, su cuerpo dejó de sacudirse y se fue relajando, acunada en silencio por los brazos de Vegeta. Aunque él no lo admitiera, había cambiado en aquellos años. Sin duda había cambiado. Aunque de cara a la galería siguiera pretendiendo ser la misma criatura orgullosa, fría y distante que era doce años atrás, cuando llegó a la Tierra en busca de venganza y destrucción, ella lo conocía lo suficiente como para ver tras toda esa cortina con absoluta claridad.

–Vegeta.

–¿Qué?

Bulma sonrió, un poco avergonzada.

–Llevo un tiempo pensándolo… Pero sé que seguramente me vas a decir que no –reconoció, sin alzar la cabeza–. Al fin y al cabo, no es que la última vez saliera muy allá…

–¡Oh, vamos, suéltalo ya! ¡No me tengas así! –rogó él, impaciente.

Qué poco le gustaba que la gente se andase con rodeos, aunque fuese Bulma… No obstante, su esposa negó con la cabeza, tozuda. Bulma estaba segura de que Vegeta saltaría como un resorte ante aquella propuesta y no quería eso, aquella noche no. No obstante, debió saber que él no se daría por vencido así porque sí–. Bulma... –el Saiyan puso los ojos en blanco, se retiró un poco y se sentó sobre el borde de la cama, cansino, mientras tiraba de ella para acercarla a él al mismo tiempo. Ella se quedó de pie frente al Saiyan, roja como un tomate y sin saber bien qué hacer. Él sonrió a medias, con aparente resignación–. No creo que eso sea muy cierto desde hace siete años, ¿no crees?

Bulma dudó aún un segundo. Pero, al ver que él esperaba su respuesta con cierta impaciencia, se inclinó apoyando las manos en sus rodillas hasta juntar su mejilla con la de él.

–Quiero tener otro hijo contigo –susurró ella junto a su oído, antes de retirarse para comprobar la reacción del Saiyan. Este pareció sorprendido, pero su expresión había cambiado a otra algo neutra, con el entrecejo levemente fruncido. Bulma enrojeció aún más, sabiendo que había sido una tontería en cuanto lo había materializado en voz alta–. ¿Qué opinas…? ¿Tú…? ¡Ah!

Antes de poder obtener respuesta a esto último, visto y no visto, Bulma se vio lanzada sobre la cama; el cuerpo de su marido, claramente listo para la acción, la aprisionaba dulcemente contra las sábanas y ahora, en vez de tener el rostro plano, sonreía con lujuria mal disimulada. Pero lo que encendió del todo a la mujer fueron sus siguientes palabras:

–¿Y a qué estamos esperando?

Así, tras besarse con deseo y pasión renovados, Vegeta y Bulma se desnudaron el uno al otro e hicieron el amor sin prisa, durante toda la noche; disfrutando de cada roce, cada susurro al oído y cada gemido de placer del otro como si casi fuera su primera vez en la intimidad.

Al enlazar sus cuerpos, como siempre, se sentían como si fueran uno solo, dos piezas acopladas a la perfección por el destino en una energía, un movimiento y un solo deseo que los empujaba a amarse sin contemplaciones. Aparte, toda la contención de Vegeta se había roto en el momento en que se había sentido perdonado por ella; por su diosa particular, por su mirada azul cristal. Refugiarse en sus brazos era como un bálsamo que curaba todas sus heridas, que convertía su existencia en luz y dejaba atrás la negrura del pasado.

Cuando por fin se durmieron, agotados y al filo de un rojizo amanecer, lo último que hizo Vegeta antes de cerrar los ojos fue rozar suavemente con los dedos el vientre plano y perfecto de Bulma. En el fondo, aunque no lo expresara en voz alta, lo había emocionado que ella le pidiera ir a por un segundo hijo; era un regalo que solo su lado más orgulloso creía merecer por derecho.

Pero el lado racional del Saiyan, el que adoraba a Bulma por encima de todo, estaba encantado por la posibilidad de, por fin, hacer las cosas bien con el regalo que era su familia. Aunque no lo dijera, en ese momento se dio cuenta de lo importantes que eran en su vida. Había relegado sus sentimientos tan al fondo de su alma que se había creído incapaz de volver a sentir nada similar por nadie. Pero ahí estaba.

“Desde luego”, pensó, “ay del que se atreva a poner en peligro su seguridad”. Porque, si era necesario, el príncipe de los Saiyan volvería a protegerlos con su propia vida.

Y en esa ocasión, no le importaría a quién tuviera que llevarse por delante con tal de conseguirlo.

(Imagen: Pinterest. Inspiración: Dragon Ball Kai)


© Paula de Vera García

miércoles, 17 de julio de 2019

Martin Niemöller: Cuando vinieron

Martin Niemöller


«Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista.

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata.

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista.
 
Cuando vinieron a buscar a los judíos, no pronuncié palabra, porque yo no era judío.
 
Cuando finalmente vinieron a buscarme a mí,
no había nadie más que pudiera protestar».




No se trataba originalmente de un poema, sino del sermón: ¿Qué hubiera dicho Jesucristo? Pronunciado en la Semana Santa de 1946 en Kaiserslautern (Renania-Palatinado-Alemania).

Se le atribuye erróneamente al dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht.

martes, 16 de julio de 2019

Nuevo Akelarre Literario nº 46: Teatro Colón de Buenos Aires





Este templo de la música ha sido elegido este mes para los relatos que ofrecemos. Historias que se desarrollan en el escenario, detrás de él o en el patio de butacas y que hablan de encuentros y desencuentros, amores perdidos y reencontrados, vida y muerte y hasta lo que imaginamos que hay después de ella…




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Disfrutad con nuestros cuentos

lunes, 15 de julio de 2019

Museo del Prado: Fra Angélico

La Anunciación. El Prado


Nació en la región de Toscana, en Vicchio, Florencia, hacia 1400. Fue un pintor cuatrocentista italiano, aprendiz de Lorenzo Monaco cuando en Florencia se construía la cúpula de Brunelleschi para la catedral, las puertas de Ghiberti para el Baptisterio y las esculturas monumentales de Ghiberti y Donatello para el Campanile y la iglesia de Orsanmichele, cuartel general de los gremios florentinos. Todos estos artistas buscaban inspiración en la Antigüedad.

Se ordenó en el convento de San Domenico de Fiésole, donde tomó el nombre de Fra Giovanni. Para este convento pintó tres retablos, uno de ellos el de la Anunciación del Prado.

En su tumba en Santa María Sopra Minerva, en Roma, aparecen estos fragmentos:

¿Quién podrá encontrar otro pincel como este?

No me elogiéis porque parezca un nuevo Apeles, sino porque os entregué, oh Cristo, todas mis riquezas.

La gloria, el espejo, el ornamento de los pintores.

Su condición de fraile ha hecho que se pasara por alto su talento en el manejo de la luz, la perspectiva espacial y la narración, en beneficio de sus logros como pintor teólogo.

La Anunciación es el primer retablo conocido del Renacimiento compuesto en forma rectangular en lugar de con arcos góticos y sin fondo dorado. Para la casa de la Virgen el pintor adoptó el nuevo sistema de dibujo en perspectiva creado por Brunelleschi. La inclusión de Adán y Eva es una innovación del propio autor, como queriendo humanizar su versión sobre este tema.

El acierto con que supo ilustrar los principios de la fe cristiana fue la razón de que poco después de su muerte en 1455 se le diera el sobrenombre de Angélico, que exaltaba sus facultades de pintor religioso al equipararle con el gran teólogo dominico Tomás de Aquino, conocido como «doctor Angélico».

La Anunciación llegó a España en 1611, cuando era máximo el aprecio por Fra Angélico, mientras que la Virgen de la granada fue adquirida por el XIV duque de Alba en 1817.

La Virgen de la Granada. El Prado


Giorgio Vasari describe el retablo de La Anunciación de Fra Angélico y afirma que la Virgen no parece pintada por la mano del hombre, y se refiere al pintor como poseedor de «un raro y perfecto talento» y que «nunca levantó el pincel sin decir una oración ni pintó el crucifijo sin que las lágrimas resbalaran por sus mejillas».

Según recoge el escritor dominico Serafino Razzi, Miguel Ángel dijo que Fra Angélico debía de haber visto a la Virgen en los cielos antes de pintarla en La Anunciación.

A diferencia de otras obras maestras el retablo de La Anunciación no salió del museo durante la Guerra Civil.

Preciosa exposición que nos ofrece el Museo del Prado, desde 18 de mayo hasta el 15 de septiembre de 2019.

La Virgen de la Humildad.
Museo Thyssen-Bornemisza. Barcelona

No dejéis de verla

sábado, 13 de julio de 2019

Malena Teigeiro: Un nuevo puesto de trabajo


¿Qué cómo prefiero estar aquí a trabajar por la calle? ¡Oh! señor, yo no soy ingeniero, como usted, ni médico, como su amigo. Y ya se sabe, que sin estudios, ni arriba ni abajo, se tienen muchas posibilidades de éxito. En cualquier caso, como ahora tenemos un momentito de descanso, se lo cuento.

La culpa de todo la tuvieron los celos. Desde que él se encaró con el Jefe, Éste, llenito de razón, que no niego que la tuviera, nos puso a todos los protestones en la calle. Fue entonces cuando montamos esta cooperativa, que he de reconocer que a pesar de las crisis, no nos ha ido nunca mal. Pero, ¡en fin! A lo que iba. Le diré que todavía hoy no entiendo por qué me marché. A mí siempre me gustó el estilo de nuestro antiguo Jefe, su temple, su corrección. Y no sé por qué en aquel momento, como hacen tantos otros, sobre todo los que como yo no tenemos estudios, ni formación, ni criterio y por tanto, estamos siempre con el que más alborota, seguí al que más chillaba, o sea, al que rige todo esto. Ahí, en ese instante, comenzó mi desventura.

Verá. Mi nuevo jefe lo tiene claro, él es el único que manda. Además, como es guapo, con buen tipo, cuando sale en busca de clientes, no le va mal. Para ser justos le diré que le va de perlas. Yo siempre intenté emular su estilo, pero, claro, ni soy alto, ni tengo sus ojos color carbón, ni el pelo negro brillante de ese aceite que se pone y cuya marca mantiene en secreto. Por no decir nada del perfume extraño, varonil, que deja estela a macho ahí por donde pasa. Como podrá comprender, cada vez que intentaba ligarme a una muchachita de esas de tez nacarada, elegante, rubia, o a un muchachito esbelto, de piel bronceada, y abdomen de estatua griega, que ahora también los hay muy lanzados, ellos se reían de mí.

Y no crea, que andaba ya muy preocupado cuando el jefe me mandó llamar. Me dijo que me iba a despachar a calderas si no era capaz de encontrar algún cliente. Que ya llevaba muchos años en fundido a negro, que no sé qué quiere decir, ¿usted sí? Tampoco. Da igual. Pues me dijo que si aún no había podido aprender el oficio, sintiéndolo mucho, estaba dispuesto darle mi puesto a otro. Al parecer, han llegado últimamente unos becarios de lo más espabilados, empujando de lo lindo. Además, no crea que yo no me doy cuenta de que todos estos muchachitos de ahora tienen una facha que da gloria, claro, cómo han sido bien alimentados y casi siempre tienen estudios, pues, ¡ya se sabe!

Sigo con lo mío. Una tarde decidí cambiar de plaza de trabajo y me fui a Madrid, una ciudad de alegres y divertidas noches. No andaba aún muy bien ubicado, cuando me tropecé con El Retiro, un parque muy bonito en donde, aún no lo comprendo, me dijeron que le habían colocado una estatua a mi jefe, y decidí acercarme a verla. Más que nada para tener algo que comentar con él cuando lo viera. Siempre está bien poder alabarlo un poco.

Circulaba por los paseos intentando encontrarla, cuando vi venir hacia mí una jovencita, luego me percaté de que no era tan joven. Era muy guapa, delgada, y de aspecto algo triste. Para mi sorpresa, aquella belleza cojeaba. Ésta es la mía, pensé, porque con ese defecto, a lo mejor era una joven sin pretensiones.

Me acerqué a ella y me tiré al suelo fingiendo una torcedura de tobillo. Fue una de mis mejores interpretaciones. La muchacha, con sus inmensos ojos azules espantados, me ayudó a levantarme.

Que si me había hecho daño, me preguntó. Nunca podrá hacerme daño un ángel, contesté con un leve aleteo de pestañas. Eché de menos las del jefe, largas rizadas, espesas, pero parece ser que las que mis ojos lucen, aunque pobres, hicieron su papel, y en el estado emocional de aquella mujer al verme por los suelos, causaron el efecto deseado.

¿Me puede acompañar a tomar un café?, le pregunté. No sé si puedo andar solo. Creo que me he torcido un tobillo. Ella, tiesa, sin mirarme ni contestar, frunció la nariz. ¿Qué le pasa?, pensé yo. Siguió frunciendo la nariz olisqueando el aire, como si fuera un cerdito en busca de su adorada trufa. De pronto sacó del bolso un precioso pañuelito de batista con muchas puntillas. ¡Qué seductor perfume dejó en el aire aquella blanca telita! Con él se tapó la nariz.

¡Lávese!, dijo, mirándome a la cara. ¿No le da vergüenza a un joven tan agraciado como usted ir oliendo a porquería, a azufre? ¡Lávese! Repitió levantando un dedo. Creí que iba a pegarme. Y, renqueante, se fue como alma que lleva el diablo.

Ante mi fracaso, suspiré profundo. Me encogí de hombros ¡Otra vez será! Y me dispuse a contemplar la estatua. Levanté la cara. Mi mirada se quedó clavada en aquel cuerpo de piedra. Nunca podré compararme con el apolíneo joven que luchaba contra las serpientes, pensé. Levanté los brazos y, en barrena, me introduje por la tierra hasta llegar a las oficinas. Abrí la puerta del despacho del jefe y le dije que quería cambiar de puesto.

Y desde entonces, este es mi lugar de trabajo. Y no crea, aquí en calderas, aunque haga un poco de calor, se está mucho más tranquilo que andando por los tugurios en busca de algún alma que arrastrar a los infiernos.