jueves, 21 de marzo de 2019

El arte griego

Partenón


Grecia, esa pequeña península situada al sureste de Europa, cuna de las primeras ideas que dieron forma a la cultura occidental, tanto que nuestros conocimientos y modos de pensar son consecuencia de la filosofía, la ciencia y el arte de los griegos.

Eran, más que un pueblo homogéneo, una serie de tribus que tenían en común la lengua, indoeuropea, los principales dioses y el conocimiento de descender de unos mismos antepasados.

De los elementos bárbaros y autóctonos surge el «milagro griego». Roma de manera plena adoptó sus logros, la imaginería cristiana imitó la serena belleza de los dioses paganos, el Renacimiento y el Neoclasicismo recuperó los principios griegos.

Predomina en su arte, el racionalismo, el amor por la belleza entendida como suprema armonía entre las cosas, el interés por el hombre, que es «la medida de todas las cosas», según Protágoras. Nace allí la democracia, el gobierno del pueblo.

Goethe se expresó así: Que cada cual sea a su manera griego, pero que lo sea.

El templo de la Concordia en Agrigento

Templo de la Concordia

Siglo V. Es un ejemplo de arquitectura dórica, ese orden severo y macizo, el más antiguo, el más típico y famoso del arte griego. Las columnas acanaladas, en elipse, acaban con un capitel, un cojín de piedra colocado entre una parte acanalada y otra en forma de dado, el ábaco. Sobre el arquitrabe se encuentra el friso: una decoración de losas de mármol con tres incisiones (triglifos) alternadas con cuadrados esculpidos (metopas). La techumbre es siempre a doble vertiente. El Partenón es el principal templo dórico.


El Erecteón de Atenas
Vista noreste del Erecteón

La obra maestra del arte jónico. Muestra una planta asimétrica, única entre todas las obras análogas griegas. Tal particularidad obedece probablemente al hecho de que nunca se completó. El friso del orden jónico está totalmente esculpido y el arquitrabe se divide en tres fajas ligeramente salientes.







Las cariátides que sustituyen a la columna como soporte del edificio, son la mayor variación del orden jónico. Su valor decorativo es indiscutible.






Linterna de Lisícrates
Linterna de Lisícrates. Atenas.




Es el primer ejemplo en el que el orden corintio se ha utilizado en el exterior. El corintio es el tercer orden griego, después del dórico y del jónico. Es una variante decorativa del jónico, del que toma la columna y algunos elementos del friso, añadiendo, sin embargo, una base más decorada y el característico capitel, con hojas de acanto y cuatro volutas simétricas.





Pinceladas: Al orden dórico se le suele calificar de «masculino», mientras que al jónico se le da el adjetivo de «femenino». Las columnas jónicas son más esbeltas que las dóricas, en cambio, las dóricas son más macizas y juntas cuanto más antiguas.

El teatro de Delfos

Teatro de Delfos, visto desde arriba.



Es uno de los más pequeños y más significativos ejemplos de teatro griego. Se pueden distinguir perfectamente los elementos principales: el escenario, la orquesta semicircular, el graderío (cávea), en la falda de la colina, para los espectadores.




El discóbolo de Mirón
Copia romana del British Museum



La armonía del cuerpo humano se expresa en su grado máximo. Se interesa este autor, del que nos han llegados dos obras: El Discóbolo y el Grupo de Palas Atenea y Marsias, por el estudio del movimiento del cuerpo humano no dudando en situar sus figuras en posturas violentas. Es de un acusado naturalismo, aunque se mantiene el rostro y el pelo arcaico.





El arte de Fidias
Vista de la Acrópolis

La grandiosidad, la serenidad, los amplios y naturales ropajes, la sinuosa composición que se inserta en un esquema triangular son las características del arte de Fidias, el gran escultor que realizó los trabajos en la Acrópolis ateniense, en el período de mayor esplendor del arte griego, el Siglo de Pericles.



Praxíteles, lánguida pose en "S"
Hermes con el niño Dionisio






Fue después de Fidias el más famoso de los escultores griegos. Se le conoce por la gracia de sus esculturas, como Hermes con Dionisio niño, y el primer artista griego que esculpió un desnudo femenino.







Lisipo, artista predilecto de Alejandro Magno
Apoxiomeno





Último de los grandes escultores clásicos. Fue famoso por representar a los hombres tal como «se ven» y no como «son». El atleta que después de la competición se limpia el polvo y los ungüentos, Apoxyomenos, es quizás, la más célebre de sus obras, al mostrarle todavía jadeante por la competición, se balancea nervioso sobre la planta de los pies. Esa tensión de cada elemento, es la clave de su arte.





Artes menores
Ánfora ática geométrica






El ánfora fue uno de los primeros tipos de vaso elaborados por los griegos. La cerámica ática se reconoce pues se compone de figuras rojas sobre fondo negro, o figuras negras sobre fondo rojo.







Disfrutad con esta breve aproximación al arte griego.

martes, 19 de marzo de 2019

Liliana Delucchi: Melodía ausente


Fuera por simple despiste o de forma intencionada, el caso es que Clotilde había olvidado cerrar la ventana.

Camina despacio, aspirando el olor de los lilos de la casa de enfrente, es una construcción sólida, de ladrillos y con grandes ventanales cubiertos de rejas. Los visillos, siempre echados, se mecen con el aire como queriendo escapar entre los barrotes. Y la música que sale del piano huye entre las flores hasta llegar a la joven en un baile de notas. Clotilde desconoce la melodía, pero siente que la eleva hasta las nubes.

Tengo que apresurarme, van a cerrar la tienda y no tengo nada para la cena, piensa. Se quejará, como siempre, y yo haré como que no lo escucho. Encenderá el televisor y se peleará con el árbitro del partido.

Por la ventana abierta le llega la música. Es un ángel. Un ángel que viene para llevársela entre sus brazos a un mundo de sonidos, en el que reina la suavidad, el consuelo y una siempre dulce seriedad, muy alejado de la vulgaridad cotidiana, imagina.

Una mañana cuando salía de la casa de ladrillos, la vio de lejos. Alta, delgada y tan blanca como el marfil, con el pelo rojo oscuro recogido en un moño. Caminaba como toca el piano, como si no pisara el suelo.

Otra tarde la descubrió mirando sus rosales y abrió la portezuela del escaso jardín.

—¿Le gustan mis rosas? —le preguntó con timidez. A mí me encanta su música.

Le sonrió y aceptó la flor que le regalaba, así como su invitación a tomar café. Se hicieron amigas.

Después de comer, casi todos los días Clotilde cruza la calle para adentrarse en el mundo mágico de su vecina, cierra los ojos y se sumerge en las imágenes de las revistas de ese salón tan bien amueblado, y que huele a las freesias, que hay por todos los rincones.

Era viernes por la noche cuando escuchó las sirenas y a su marido maldiciendo porque no lo dejaban oír el partido. Se asomó a la ventana y pudo ver una ambulancia detenida frente a la casa de ladrillos con grandes ventanales. Un mechón de su pelo rojo oscuro asomaba debajo de la sábana de la camilla.

—Sus pulmones están muy enfermos. No creo que resista mucho más le dijo la madre de su amiga cuando fue a verla al hospital con un ramo de freesias.

Después del funeral, el silencio se apoderó del barrio. Por la ventana abierta de Clotilde solo entraba el rumor de la lluvia. Intentó convencer a su esposo de que se mudasen, pero ésa había sido la casa de sus padres, rezongaba el marido.

Tienes la cabeza llena de pájaros y la culpa es de la que murió. En ese momento la mujer siente un calor que le sube desde el estómago hasta las sienes y quiere estar muy lejos.

Ahora sus paseos están rodeados de un silencio apenas roto por los buenos días con una vecina, o los comentarios de otra. Cuando regresa a su casa, se queda mirando por la ventana siempre abierta, a la espera de una melodía que ya no atraviesa la calle, que ya no la acompaña.


Las luces de la ambulancia frente a su casa y las llamas que los bomberos intentaban apagar, sorprendieron al hombre cuando volvía de su partida en el bar. Era noche cerrada.


© Liliana Delucchi

lunes, 18 de marzo de 2019

Paula de Vera García: Invitado a largo plazo (Vegeta & Bulma #1)







La noche había caído hacía poco rato sobre las dependencias de Capsule Corp. y la vivienda de sus nuevos anfitriones, pero Vegeta se sentía incapaz de conciliar el sueño. Cierto que había aceptado la propuesta de aquella extraña joven de pelo azul de quedarse en su casa, pero la amabilidad que le habían dispensado al llegar casi le daba náuseas. Al fin y al cabo, la primera vez había llegado al planeta dispuesto a destruirlo. ¿Es que lo habían olvidado?

No es que no agradeciera su afortunada situación: no era estúpido. Pero aquellas muestras de aceptación tan empalagosas –sobre todo por parte de la histérica rubia alias madre de la del pelo azul– habían conseguido que casi saliera corriendo y buscara refugio en el bosque. Cualquier sitio era mejor que aquello, se intentó convencer. Sin embargo, cuando le enseñaron su dormitorio y pudo darse una ducha por primera vez en muchos días, reflexionó fríamente y decidió que vivir a cuerpo de rey era a lo que estaba destinado desde que nació. ¿Por qué desaprovechar la oportunidad?

Además, si era cierto que querían recuperar a Kakarot y devolverlo a la vida, él podría intentar espiar a sus antiguos camaradas para averiguar sus puntos débiles y usarlo en su contra. Pero primero debería convertirse él mismo en Super Saiyan… Y después de la vergonzosa derrota en Namek tenía que admitir, en honor a la verdad, que no tenía ni repajolera idea de cómo conseguirlo. Más allá de despellejarse entrenando, claro estaba. ¿Qué otra salida le quedaba si no?

Cuando fue a vestirse, de nuevo en su dormitorio, el Saiyan comprobó con disgusto que solo tenía el mono y la armadura agujereados que había conseguido rescatar de la nave de Freezer en Namek. Resopló. Odiaba la idea de tener que usar ropa humana así que, por el momento, tendría que contentarse con aquella prenda. El último vestigio, pensó amargamente, de lo que había sido hasta hacía menos de un día.

Cuando se estaba terminando de enfundar las botas, Vegeta escuchó una llamada en la puerta y se puso en guardia de inmediato.

–¿Quién va? –preguntó con aspereza.

Un segundo de duda y, entonces, una voz desgraciadamente conocida se escuchó al otro lado:

–Soy Bulma. ¿Puedo pasar?

Vegeta suspiró, reprimiendo a duras penas varios tacos que pugnaban por salir de su boca. ¿Por qué no podían dejarlo tranquilo, malditos fueran todos? No obstante, se sorprendió cuando, como un autómata, se incorporó, abrió la puerta y asomó apenas medio rostro. ¿Se habría vuelto loco? ¿Lo habría trastornado tanto su muerte y posterior resurrección –benditas bolas de dragón– en Namek?

–¿Qué quieres? –ladró a la recién llegada, mientras se guardaba cualquier posible reflejo de sus pensamientos bajo una mueca ceñuda.

Ella parecía algo cohibida, cosa que complació al Saiyan. Pero la atención de este se desvió de inmediato hacia lo que ella llevaba en las manos, al tiempo que su tripa protestaba ruidosamente.

–Bueno… Yo… –la joven alzó la bandeja repleta de comida, sonriendo con las mejillas encendidas–. He supuesto que tendrías hambre; y como no has bajado a cenar…

Vegeta entrecerró los ojos, sin decir nada al principio. Su interior se debatía entre el deseo de quedarse solo y el delicioso olor de la comida que aquella patética humana le había llevado a cambio de nada.

–Está bien –claudicó finalmente el Saiyan, abriendo algo más la puerta para hacer sitio a la joven–. Pasa y deja la comida ahí –le espetó–. Y luego lárgate.
A pesar de sus rudas palabras, Bulma obedeció sin rechistar; depositando las cosas de la bandeja en la mesa auxiliar del dormitorio, una a una, antes de abrazar la plancha de metal contra ella y encaminarse de nuevo hacia la puerta.

–Buenas noches –murmuró, sin mirarlo apenas, más por costumbre que por otra cosa.

Al oír aquello, Vegeta notó una especie de puñetazo en las costillas. Algo que, sin quererlo, le indicó que debía ser al menos un poquito amable con ella. Devolverle la fórmula… ¡Algo! Sin embargo, de su boca solo salió aquello que llevaba quemándolo por dentro desde que ambos se habían encontrado en el bosque:

–¿Por qué eres amable conmigo? –inquirió con una ceja enarcada, en dirección a la espalda de la joven.

La muchacha pareció tomarse su tiempo para responder, volviéndose despacio con las manos todavía aferrando la bandeja y mirándolo fijamente.

–No lo sé, si te soy sincera –admitió con una leve sonrisa que no subió hasta sus ojos–. Pero supongo que es lo que hago cuando alguien aterriza en mi planeta sin ningún sitio adonde ir –se encogió de hombros de una manera que provocó un curioso estremecimiento al joven Saiyan–. Pero… eres libre de irte cuando quieras. Lo sabes, ¿no?

Vegeta entrecerró los ojos, pero no respondió. Se limitó a ver desaparecer la espalda de la chica por el hueco de la puerta unos segundos después y, cuando se quedó solo en la penumbra de su improvisado nuevo dormitorio, espiró con fuerza y se quedó mirando por la ventana, pensativo. Aunque ella no lo hubiera mencionado, él había empezado a recordar con nitidez el primer momento en que se habían encontrado. Él, desde su posición, había amenazado con matarla si aquel maldito canijo calvo… ¿Krilin? no le entregaba la bola de dragón.

El Saiyan apretó los puños. Si esos dos criajos no se hubiesen ido por su cuenta.... Vegeta sentía la rabia consumiendo su interior con saña… Podría haberlo logrado… Podría haber sido… El joven moreno apretó a su vez los dientes y maldijo por lo bajo, apartándose de la ventana. Ya no merecía la pena lamentarse. Freezer estaba muerto. Kakarot también, aunque quisieran revivirlo junto a los demás con las nuevas bolas de dragón. Él solo tendría que esperar su oportunidad.

Sonrió levemente con codicia mal disimulada al contemplar aquella opción. Sí, esperaría. Y cuando consiguiera su objetivo… Bueno, era evidente lo que iba a suceder, ¿no?

***

En cuanto perdió de vista a su extraño invitado, Bulma suspiró con fuerza y sintió su cuerpo relajarse de golpe, casi hasta el punto de dejar caer la bandeja vacía que llevaba en las manos. Por suerte, pudo hacer malabares a tiempo para evitar que el estridente metal golpeara el suelo y Vegeta tuviera motivos para salir al pasillo y mofarse de ella… De nuevo. La joven frunció el ceño y sacudió la cabeza, molesta, mientras sus pasos la encaminaban hacia el piso inferior. ¿Qué se había creído ese engreído? Ella solo estaba siendo amable, por supuesto, pero podía haberlo abandonado en el bosque como al perro sarnoso que era para que se lo comiera alguna bestia salvaje. ¿O no? Al fin y al cabo, si Yamcha y los demás estaban muertos era por su culpa…

Yamcha. Bulma se detuvo en seco al pensar en él. ¿Era posible…? «Pero, ¿cómo…?» No, en efecto: tras rebuscar en su interior, Bulma descubrió con cierto pasmo que no había demasiado rastro del afecto que tenía por su antiguo y difunto novio. Era como si… Bueno, como si su muerte hubiera diluido sus sentimientos, mezclados con el duelo, hasta dejar solo una curiosa añoranza que nada tenía que ver con el amor que antes le profesaba.

Casi sin quererlo, Bulma giró la cabeza para observar de reojo la puerta cerrada de Vegeta, antes de retornar la vista con rudeza al frente y sacudir con fuerza su corta melena azul. No, de ninguna manera. ¿Vegeta? ¿ÉL? «Vamos, hombre…»

Sin embargo, la joven recordó en ese momento uno de sus extraños sueños de los últimos días, mientras proseguía su ruta hacia la cocina, al tiempo que un nudo extraño se apoderaba de su estómago. «Eso jamás va a pasar», se repitió por enésima vez. «Besar a Vegeta está tan lejos en mi lista de prioridades como…» Bulma apretó los dientes, intentando pensar en la situación más desagradable posible a la que se pudiera enfrentar. Pero, de repente, era como si su mente estuviera en blanco. «¡Oh, por Dios! ¿Qué más da?», resolvió mentalmente, furibunda, mientras arribaba a la cocina y arrojaba la bandeja con violencia sobre la encimera.

–Eso nunca sucederá, y punto –declaró en voz alta, ceñuda y creyéndose sola.

–¿El qué no sucederá nunca?

–¡AY!

Bulma pegó un brinco de inmediato al percatarse de que había alguien más y se giró, dispuesta a negarlo todo. Pero frenó en seco cuando se percató de que el recién llegado era su padre.

–¡Papá! –sonrió, con absoluta inocencia–. ¿Qué…? ¿Qué haces aquí a estas horas?

El Dr. Brief se colocó las gafas con tranquilidad antes de adentrarse en la cocina a oscuras y encender el interruptor.

–¿Estás segura de que no quieres contarme nada, Bulma? Estás algo pálida...

La muchacha tragó saliva con fuerza, mientras la imagen de Vegeta no paraba de dar vueltas en su cabeza con la energía de un huracán.

–N… No, nada. De verdad –disimuló ella, sonriendo con más convicción aún–. Solo bajaba a dejar la bandeja de… Bueno, ya sabes. El Saiyan loco que hemos decidido acoger en casa –se excusó–. Pero ya… Me voy… –canturreó mientras avanzaba hacia la puerta con la pose de inocencia intacta–... ¡A la cama! ¡Buenas noches, papá! –gritó mientras desaparecía a toda velocidad por el pasillo.

El Dr. Brief, por su parte, se quedó mirando con aire pasmado el sitio por donde había desaparecido su hija antes de girarse para observar la cocina, confundido, y repetir:

–“¿Hemos?”


(Imagen: Pinterest. Inspiración: Dragon Ball Kai)

© Paula de Vera García

domingo, 17 de marzo de 2019

Blanca del Cerro: Desde el armario



       

Hay demasiada oscuridad aquí dentro. No me gusta la oscuridad y no sé qué hacer con ella. Las sombras se extienden y me quieren comer despacio, aunque no las dejo, por eso me he quedado muy quieta, sin un solo movimiento, sin un solo ruido, para ver si se alejan, y estoy a la espera de lo que pueda ocurrir al otro lado, en la habitación que contemplo desde el ojo de la cerradura.

Nunca había visto nada parecido. Es la primera vez en mi vida que palpo las tinieblas, y tienen un sabor triste y un olor a sombras secas. Me imagino que de forma similar deben oler y saber esas sombras que desconozco. Lo único que conozco es el sol, la luz y el aire, porque de allí vengo, y esto me da un poco de miedo, tan oscuro, tan sombrío, tan distinto a lo de allí fuera. Así debe ser la noche.

        No me atrevo a moverme. 

        Miro a uno y a otro lado y puedo ver a mi alrededor muchas cajas amontonadas, muchas ropas colgadas, muchos objetos, algunos de ellos realmente extraños, y mucho silencio dentro, que no en el cuarto que veo desde aquí. Por eso me encerré, por los gritos.

        Llegué con la alegría de la mañana. Había estado paseando de un lado a otro del jardín, sin parar, contenta del sol que iluminaba, de las flores que cantaban, de los árboles que reían, de la hierba dormida y suave en la que me tumbé, y de repente, me asaltó el pensamiento de que podría resultar interesante saber cómo sería por dentro aquella casa tan bonita. Me pareció que me llamaba a gritos. Dudé unos instantes y finalmente, entré. Nadie. Estuve investigando el entorno, las habitaciones azuladas, la salita violeta, los baños blancos, la cocina verde, el salón ocre, un mundo de colores en el que me sentí a gusto. En realidad, los colores son mi vida. Los colores y la luz.

        Unas voces llegaron hasta mí cuando me encontraba en la salita de estar violeta. Y las voces se acercaban y se acercaban cada vez más. Sentí miedo. No sabía qué hacer. Intenté esconderme detrás de una silla, pero allí tal vez me descubrirían, y yo no quería que me viesen porque podrían perseguirme y matarme, por lo que me oculté en el interior de un armario.

        Y el armario estaba oscuro, pero podía ver lo que sucedía sin que nadie se percatara de mi presencia.

        Los gritos me asustaron.

        A través del ojo de la cerradura vi entrar en la habitación a un hombre alto, moreno, con barba, no muy joven, aunque no podría decir su edad porque los hombres para mí no tienen edad, y a una mujer pelirroja, guapa, muy delgada, vestida de flores malvas.

        Flores… Me gustan las flores, olerlas, sentirlas, acariciarlas. Es lo mejor que he conocido y conoceré a lo largo de mi corta existencia. Y me gusta que las mujeres se adornen con flores porque se confunden con ellas, es como si se vistieran de arco iris.

        El hombre entró gritando y cerró la puerta de la salita. La mujer lloraba. No entendía sus palabras, pero la tristeza y el dolor rodeaban sus cuerpos.

        Deseaba salir de allí, a los campos, a los bosques, a la luz, a mi mundo, tan distinto a aquel lugar siniestro y oscuro en el que me encontraba atrapada.

        La mujer pelirroja tomó asiento en una de las cuatro sillas que había alrededor de la mesa. Su mirada destilaba estrellas de angustia y de soledad. Me gustaría haber podido salir de allí, haberle dicho que fuéramos juntas al jardín, a disfrutar de aquella maravillosa mañana de primavera, que se olvidase de las penas, que dejase a aquel hombre tenebroso, que sonriese porque el día pedía sonrisas. Pero no pude. Tuve miedo. Y me quedé allí, acurrucada, observando lo que sucedía.

        El hombre moreno permaneció de pie y se acercó a abrir la ventana. El aire fresco entró a bocanadas y desgarró la habitación. El hombre siguió gritando, y la mujer gritó también, y las palabras y los alaridos se mezclaron con el viento que iba y venía meciéndose tranquilamente sobre las cabezas de aquellos seres perdidos en su tristeza.

        No entendía por qué razón gastaban sus vidas en lamentos.

        El hombre se acercó a la mujer y la zarandeó por los hombros, mientras ella se dejaba hacer, llorando y cubriéndose el rostro con las manos. Más gritos. Más dolor. Más penas.

        Si mi vida pudiera ser como la suya, nunca la malgastaría en sombras y llantos. Si mi vida pudiera ser como la suya, estaría sembrada de risas.

        Y, de repente, percibí un movimiento y vi cómo el hombre, sin abandonar sus gritos, avanzaba unos pasos y se aproximaba al armario. Empecé a temblar. No sabía qué hacer. En unos instantes abriría totalmente la puerta, hasta entonces entornada, y me descubriría. Miré a un lado y a otro y, a toda velocidad, me escondí detrás de una caja alta colocada en un rincón.

        El hombre llegó al lugar donde me ocultaba, agarró con sus manos los pomos de las puertas y abrió el armario. La luz entró a chorros en mi escondite. Permanecí quieta, sin un solo movimiento, procurando acurrucarme al máximo, como si fuera una bolita diminuta, pero él no se encontraba en situación de percatarse de otra cosa más que de la furia, el odio y el rencor que llevaba dentro.

        Se dirigió directamente a los cajones que iba dejando abiertos uno tras otro mientras buscaba algo. Su cara estaba teñida de rojo, rojo púrpura, rojo amapola o rojo sangre. Yo lo miraba en silencio, sin saber qué pensar, sin saber qué hacer salvo permanecer quieta, muy quieta. Su terror se repartía por los poros abiertos del aire.

        El hombre encontró finalmente lo que buscaba. Sus ojos, muy cerca de los míos, guardaban lagunas de odio, y yo sentía ese odio palpitando y llenando todos los rincones. Agarró con sus manos un objeto, una pistola de color negro, apretó los labios, dio media vuelta, apuntó hacia la mujer pelirroja y disparó.

        Fue un espantoso sonido que rebotó miles de veces en las paredes de aquella pequeña habitación, un sonido que estalló y estalló convirtiendo la mañana en una cadena de sinsabores, tantos como los disparos que salieron de aquel objeto terrorífico.

        El hombre permaneció muy quieto y muy tranquilo. Veía su espalda desde el interior del armario. Y se acercó a la mujer, ahora tendida en el suelo y vestida de rojo. La miró con desprecio y dijo unas palabras que no pude comprender. El malva de las flores del vestido había desaparecido para siempre.

        Las puertas del armario abiertas, las ventanas abiertas, el hombre saliendo de la habitación, la luz llamándome suavemente, el aire entonando cánticos de bienvenida, la primavera profiriendo otros gritos muy distintos a los que había escuchado… gritos de sueños, de luz y de libertad. Era mi oportunidad.

        Salí del armario y revoloteé unos instantes alrededor de aquel cuerpo sin vida. Yo debía aprovechar la mía, mi propia vida, porque podía esfumarse en un instante, convertirse en niebla, como había ocurrido con ella, y era demasiado breve como para que sucediese algo así. La miré despacio, con algo de incomprensión y unas gotas de angustia. La mujer pelirroja tenía los ojos abiertos, eran muy azules y miraban eternamente al infinito.

        Debía abandonar aquel lugar de inmediato.

        No volvería a entrar en ninguna casa, no volvería a tentarme la curiosidad, no volvería a dejarme atrapar en un recinto siniestro.
        Y sin pensar en nada más, salí por la ventana al aire y a la luz para mezclarme con la primavera que estallaba a chorros.

        Había otras casas en la zona, y otras mujeres, y otros hombres, uno de ellos era el que había disparado la pistola, que ahora caminaba deprisa, hacia un coche aparcado cerca, en el que se introdujo y se alejó hacia cualquier parte. Incluso había niños jugando en los jardines. Casi todo era alegría a mi alrededor. Pero no quise detenerme, ya no. No me mezclaría con ellos. No me mezclaría con nadie. Debía disfrutar el aire de la mañana, el sol y las flores, pues las mariposas hemos de aprovechar la vida en su plenitud, porque es muy corta, y hemos de salir, volar, subir muy alto, muy alto, bebernos el viento, tragarnos la claridad, enroscarnos en las nubes, recorrer el espacio, aprovechar cada instante y no dejarnos atrapar en el interior de un armario.




© Blanca del Cerro

sábado, 16 de marzo de 2019

Nuevo Akelarre Literario nº 42: Espejos





El espejo tal como lo conocemos se originó hace aproximadamente 200 años en Alemania. En 1853 el químico Justus von Liebig desarrolló un proceso en el que aplicaba una delgada capa de plata a un lado de un panel de vidrio. Esta técnica fue adaptada y mejorada, permitiendo la producción masiva de espejos alrededor del mundo...

Si bien el espejo moderno se originó en el siglo XIX, superficies que emitían reflejos han existido desde mucho antes. Se cree que los habitantes de Anatolia, crearon los primeros espejos a partir de obsidiana pulida hace 8.000 años.




Pinchad en el link y disfrutad con nuestros cuentos:




Disfrutad con ellos.

viernes, 15 de marzo de 2019

Cartas famosas: De Fiodor Dostoievski a Anna Grigorievna

Fiodor Dostoievski







La ludopatía de Fiodor Dostoievski






Homburg, 24 de mayo de 1867.

Ania, esposa mía, perdóname y no me llames canalla. He cometido un crimen: lo perdí todo; todo lo que me enviaste, todo, hasta el último kreuzer. Ayer lo recibí y ayer mismo lo perdí. Ania, ¿cómo voy a poder mirarte ahora?
Anna Grigorievna

¿Qué vas a decir de mí? Una sola cosa me horroriza: qué vas a decir, qué vas a pensar de mí. Solo tu opinión me asusta. ¿Podrás respetarme todavía? ¿Vas a seguir haciéndolo? ¡Qué es el amor cuando no hay respeto! El juego es lo que siempre ha perturbado nuestro matrimonio. Ah, amiga mía, no me culpes definitivamente. Odio el juego, no solamente ahora, ayer también, anteayer también lo maldije; cuando recibí ayer el dinero y cambié la letra, fui con la idea de desquitarme aunque fuera un poco, de aumentar aunque solo fuera mínimamente nuestros recursos. Tenía tanta confianza en ganar algo… Al principio perdí muy poco, pero cuando comencé a perder de verdad, sentí deseos de resarcir lo apostado y cuando perdí aún más, ya fue forzoso seguir jugando para recuperar aunque solo fuera el dinero necesario para mi partida, pero también eso lo perdí. Ania, no te pido que te apiades de mí, preferiría que fueras imparcial, pero tengo mucho miedo a tu juicio. Por mí no tengo miedo. Al contrario: ahora, después de esta lección, de repente me he sentido perfectamente tranquilo respecto de mi futuro. De hoy en adelante voy a trabajar, voy a trabajar y voy a demostrar de qué soy capaz. Ignoro cómo se presenten las circunstancias en adelante, pero ahora Katkov no rehusará. En adelante, todo dependerá de los méritos de mi trabajo. Si es bueno, habrá dinero. Oh, si solo se tratara de mí, ni siquiera pensaría en todo esto, me reiría y me marcharía. Pero tú no dejarás de emitir tu juicio sobre lo que he hecho, y esto es lo que me preocupa y me atormenta. Ania, si sólo pudiera conservar tu amor… En nuestras circunstancias, ya de por sí difíciles, he gastado en este viaje a Homburg más de mil francos; es decir, alrededor de 350 rublos. ¡Es un crimen!  



Fecha: 1867

Contexto: El autor de Crimen y castigo fue un jugador empedernido. Su casa y las joyas de su esposa fueron embargadas para pagar sus deudas.