domingo, 21 de junio de 2026

Blanca del Cerro: Me voy a Afganistán

 



—Me voy a Afganistán —dijo la ministra de igualdad tras escuchar las terribles noticias con las que amaneció aquel día un poco gris y un poco melancólico.

Las imágenes en la televisión parecían angustiosas. Invasión y dolor.

            —Yo me voy contigo a ayudar a aquellas mujeres que tanto nos necesitan —respondió resuelta la ministra de sanidad—.  En estos momentos, lo estarán pasando muy mal y todas las manos son pocas.

            Hasta el viento se había calmado y parecía escuchar sus palabras.

—Pero antes, —terció la ministra de derechos sociales— donaremos nuestros sueldos a la causa durante el tiempo que sea necesario. Prescindiremos de ese dinero que tanta falta les hace a esas pobres mujeres. Es lo mejor que podemos hacer.

Ellas, las tres flamantes ministras, henchidas de orgullo y filantropía, se dispusieron a hacer las maletas y a emprender el viaje hasta aquel país que acababa de ser invadido y en el que las mujeres serían el blanco de las iras de muchos locos. Ellas, las tres ínclitas ministras, deseaban ayudar en lo que fuera necesario, además de entregar todo el amor que rebosaba en sus corazones y un pequeño pellizco de su dinero. Ellas, las tres magníficas ministras, querían ser un ejemplo vivo de todo lo que habían enseñado, divulgado, defendido, pregonado y difundido. Por eso se marchaban con el alma rebosante de felicidad.

En la lejanía sonó un trueno.

En ese momento, poco antes de las siete de la mañana, desperté. Hora de ir al trabajo. Miré al techo y me froté los ojos.

No podía creer lo que había soñado. Un sueño, había sido un sueño, una verdadera pesadilla cargada de fantasías tan irreales como absurdas.

Tres ministras pregonando sus ideas y siendo coherentes con las mismas, algo netamente imposible e inviable, a la par que fantasioso: Afganistán, sentimientos filantrópicos, ayuda, entrega, amor, solidaridad, altruismo, humanidad, hermandad, camaradería, fraternidad…

Un profundo suspiro me acompañó.

            La imagen de las tres ministras bailaba ante mis ojos. Qué sería del mundo sin fantasía o sin imaginación, pensé mientras me estiraba.

Finalmente me levanté guardándome una sonrisa socarrona en los labios y me dispuse a enfrentarme a la realidad del día a día, la verdadera, la que no miente, la que se encuentra a la vuelta de la esquina de casi todas las vidas.

 

 

viernes, 19 de junio de 2026

Liliana Delucchi: Narciso

 


—Buenos días, señor.

—¿Ya es de día? ¡Cielo santo! ¿Qué hora es? —Preguntó el joven restregándose los ojos—. ¡Por Dios!, Fermín, no hagas tanto ruido al descorrer las cortinas, me da dolor de cabeza.

—Lo siento, su señoría. Le he traído un café, por si lo necesita antes de tomar el baño —respondió el ayuda de cámara mientras dejaba una bandeja sobre la mesilla—. ¿Qué tal ha sido su viaje por Italia?

—Agotador. Recuérdame la próxima vez que invite a una chica a ir de viaje, que antes me asesore un poco más sobre su personalidad —suspiró con desgana Beltrán mientras se ponía la bata que le alcanzaba su criado. —Dolores es muy bella, pero agotadora.

Ante el silencio de Fermín, con una sonrisa cómplice, continuó:

—No es lo que estás pensando, para eso tengo resuello de sobra —sonrió ante su propia gracia—, es que ésta es de las intelectuales. Viajera, como dijo ella. Me arrastró por todos los museos e iglesias que pudimos encontrar.

Y, de pie ante el espejo, mientras contemplaba con admiración su propia figura, siguió con su monólogo:

—Fíjate que me llevó hasta un pueblo perdido que se llama Gelatina, en la provincia de la pulga. ¡La pulga! —Soltó una sonora carcajada antes de agregar—. Esos italianos están locos, también podrían haberla nombrado mosca o, mejor, garrapata.

—Me temo, señor, que es el pueblo de Galatina, en La Puglia. He estado allí. Hay una pintura muy hermosa sobre La Anunciación en una iglesia cuyo nombre no recuerdo —corrigió Fermín mientras recogía el pijama de su patrón.

—No te preocupes, aunque me lo digas, dentro de cinco minutos lo habré olvidado —respondió el señorito—. Pero es cierto lo que dices, ese ángel era muy bonito y la tal Dolores quedó consternada ante su belleza. Creo que hasta se puso a rezar.

Beltrán pronto se olvidó del ángel, de la joven y de Italia para ordenar que le prepararan la ropa de montar.

Después del baño y ya vestido, volvió al espejo ante el que se detuvo unos instantes, mirándose de frente y de perfil.

—¡Sin cuerpazo que está el niño! —dijo orgulloso.

«Parece Narciso, pensó el criado, solo que no tendré la suerte de que se ahogue. Éste se mira en todos los cristales con los que se cruza, no en un estanque. Bueno, tan imbécil no es.»

Antes de salir de la habitación, Beltrán se acercó a los ventanales para contemplar los extensos prados de su propiedad. «¡Sin finca que está el niño!», caviló arreglándose la corbata.

—Fermín, he cambiado de opinión. En vez de un paseo a caballo iré a visitar a mi hermana al convento. Búscame un traje elegante pero sobrio, no es cuestión de hacer alarde de belleza ante las monjas —ordenó.

«Tú no has sido ni has estado sobrio en tu vida» cruzó por la mente del sirviente, aunque de su boca salió un: «Inmediatamente, señor».

Cuando Beltrán regresó por la tarde, su criado, que lo estaba esperando en el vestidor, le preguntó cómo había sido el encuentro con su hermana.

—Fíjate, cuando llegué al convento y pedí verla, una monja muy amable me dijo que era imposible, ya que en ese momento mi pequeña se estaba casando con Dios.

Se acercó al espejo y, abriendo los brazos ante su propia imagen, repitió: —¡Se estaba casando con Dios! ¿Te das cuenta, Fermín? ¡Sin cuñado que está el niño!

© Liliana Delucchi

miércoles, 17 de junio de 2026

Chocolate: Comida de dioses

 



Según cuenta una leyenda mexica, el Dios Quetzalcoatl regaló a los hombres el árbol de cacao. Según cuenta otra leyenda fue Kukulkán quien dio el cacao a los mayas después de la creación de la humanidad. Mayas y aztecas lo usaban como moneda de cambio mezclado con especie y hierbas para suavizar el sabor amargo del fruto original.

Años después el botánico Carlos Linneo lo bautizaría con el nombre científico de Theobroma, cuyo significado en griego es: alimento de los dioses.

Hernán Cortés trajo a España el «oro moreno» y al parecer fue en 1534 cuando Aguilar, uno de los monjes cistercienses de la expedición de Cortés, hizo llegar el cacao a Antonio de Álvaro, abad del Monasterio de Piedra, de Zaragoza, donde se elaboró chocolate por primera vez en España y en Europa, y donde aún se sigue elaborando un chocolate de altísima calidad, cuya elaboración es un secreto que guardan los monjes celosamente.

La incorporación de ingredientes como el azúcar, la canela o el aroma de vainilla a esta bebida es una idea con origen incierto: por un lado, se sabe que en México alrededor de finales del siglo XVI gracias a la Nao de China llegaba a gran escala la canela procedente de la isla de Ceylán y está claro que la extensión por parte de los españoles del cultivo de la caña de azúcar en América pudo haber facilitado que fuese allí donde se mezclasen ambos productos por primera vez. Por otro, es recurrente la noticia de que eso solo ocurrió al llegar el cacao a Europa. En cualquier caso, tal combinación se asocia casi siempre a obra de miembros de órdenes religiosas: Las monjas de un convento de Oaxaca (México) y el Monasterio de Piedra, en Zaragoza, son los dos lugares, en América y Europa respectivamente, parecen haber sido los primeros en añadir azúcar al cacao en 1529.

El chocolate negro cuenta con muchas propiedades beneficiosas para la salud. En la actualidad, Ghana y Costa de Marfil son los dos principales productores y exportadores de cacao a nivel global. 

 

Delicioso

 

lunes, 15 de junio de 2026

Nuevo Akelarre Literario nº 129: Alcázar Palacio de Portocarrero

 


En el año 105 el procónsul romano Aulo Cornelio Palma, fijó aquí su residencia, pero su estructura actual de defensa proviene del alcázar construido en el siglo XI durante la dominación árabe. 

Ha servido de inspiración para los cuatro cuentos que Nuevo Akelarre Literario publica este mes.



Pinchad en el link y disfrutad con nuestros cuentos


https://www.nuevoakelarreliterario.com/alcazar-palacio-de-portocarrero/

Alcázar Palacio de Portocarrero

Alcázar Palacio de Portocarrero: El Alcázar palacio de Portocarrero, escenario de la película El Reino de los Cielos, de Ridley Scott, ha sido la inspiración para nuevos relatos

sábado, 13 de junio de 2026

Malena Teigeiro: La vieja casona de las montañas

 


Paola y yo nos conocíamos desde que ella entró en el colegio. Y en cuanto conseguimos nuestro primer trabajo, nos casamos. Justo unos días después de volver del viaje de novios, Paola recibió la carta de un notario italiano. Decía ser el abogado de la familia de su padre, y, por tanto, el encargado de entregarle los bienes que, como única heredera, le correspondían. En la carta le rogaba que se pusiera cuanto antes en contacto con él. Después de comprobar que aquel despacho de abogados existía, Paola, que nunca había sabido que sus padres tuvieran propiedades en Italia, le contestó que aprovecharía los últimos días que nos quedaban de las vacaciones para visitarlo.

Al día siguiente partimos para Bari. Una vez instalados, lo primero que hicimos fue concertar la visita con don Giulio Lombardini. Nos recibió al día siguiente. Su sonriente y acuosa mirada nos sonreía. El hombre, sorprendido ante el desconocimiento que de sus orígenes tenía, le contó a mi mujer su procedencia, así como el motivo por el que su familia se había ido a España, que no fue otro que huir de la Gran Guerra.

Entre una especie de molesta tristeza por la historia que sobre su familia le contó el señor Lombardini, y la alegría por la fortuna con la que de repente se encontraba, firmó la recepción de todos los bienes. Rápida, y sin dejar de signar los documentos, Paola le pidió que pusiera a la venta todos los inmuebles. Don Giulio, después de clavar la mirada en su ayudante, dijo que antes de tomar esa decisión, la llevaría a conocer la casa de sus ancestros. De acuerdo, replicó mi mujer, pero hagámoslo esta misma tarde si no le importa. Apenas podemos quedarnos un par de días.

Después de algo menos de dos horas de viaje por solitarias carreteras, llegamos hasta una antigua y alta muralla. Don Giulio, aparentemente emocionado, esperó en el coche hasta que el conductor abrió el portalón. Al final de un camino rodeado de cuidados jardines, estaba la casa, que sin ser un castillo como los españoles ni un palacio como los italianos, era una especie de mezcla entre los dos. Guardando el más escrupuloso silencio, entramos en un fresco zaguán de piedra. Visitamos salas, dormitorios, subimos y bajamos escaleras, y recorrimos largos pasillos. Todo el mobiliario en aquella casa parecía tener varios siglos. Sin embargo, a ambos nos llamó la atención que estando deshabitada, se encontrara tan cálida y limpia.

—Es evidente, señora, que esta casa no se puede vender. Ella y su servicio viven aquí —rompió el espeso silencio la voz del anciano al entrar en lo que parecía ser la sala principal.

Mi mujer se giró hacia don Giulio y arqueando las cejas preguntó: ¿Quién es ella? Él, a pesar de la oscuridad que ya reinaba en la habitación, señaló un cuadro, no muy grande, de un Ángel, al que la poca luz arrancaba brillantes rayos al oro de las alas.

Paola se dejó caer en un frailuno. Estaba pálida, y sus ojos, siempre alegres y pícaros, miraban el cuadro asustados. Me acerqué y le coloqué las manos sobre los hombros. Cuando dirigí la vista hacia aquella pintura, lo comprendí. El rostro del ángel era el de una joven mujer, y esa joven era igual, exactamente igual, que Paola.

En el automóvil de vuelta los dos hicimos el viaje en silencio, silencio que aprovechó don Giulio para contarnos que en el siglo XVII, el dueño de todo aquello le ofreció a Nuestra Señora de la Anunciación que pintaría un fresco en su honor si conseguía que su esposa le diera un hijo. Nueve meses después repicaron las campanas anunciando el nacimiento de un varón. Aquel niño fue amamantado por una joven cuya pequeña hija, tenía la misión de jugar con él. Pasados unos años el pequeño contrajo una extraña enfermedad. Su padre, recordó la olvidada promesa y se apresuró a poner los medios para cumplirla.

El caballero, que tenía como amante a la madre de la compañera de su hijo, exigió que su manceba posara como modelo de la figura del Ángel anunciador. Entre chanzas y bromas, ésta posó cubriéndose el pecho con los brazos. Lo que no quiso ocultar el pintor fue la mirada pícara de sus ojos negros ni la sensualidad de sus hermosas facciones. Cuando colgaron el cuadro que serviría de muestra para hacer el fresco en la iglesia, mientras su marido admiraba la pintura, su esposa comenzó a temblar. De pronto, se giró y se dirigió a la puerta. Desde allí, castigó la arrogancia de aquella manceba y de su esposo con una maldición: Ni vivos ni muertos, los espíritus de los dos, así como los de sus criados, podrían salir de la casona. Luego recogió a su hijo y a la niña de la manceba, y se fue.

Pasaron los años y aquellos dos niños, de los que usted es la última descendiente, contrajeron matrimonio. Acababa de decir estas últimas palabras cuando llegábamos a la puerta de nuestro hotel. Allí don Giulio le entregó a Paola las viejas llaves y los antiquísimos títulos de propiedad. Y haciendo una leve inclinación de cabeza nos deseó buen viaje de vuelta.

Paola me despertó. Estaba totalmente vestida. Con la voz entrecortada me pidió que la llevara a la casona. Siguiendo su deseo y sin atreverme a preguntar qué era lo que quería hacer allí, conduje hasta la antigua propiedad. Al llegar, ella se dirigió directamente al bargueño que se encontraba debajo del retrato del Ángel. Encima de él dejó las llaves y las escrituras. A continuación, arrancó una cortina. La dejó delante del mueble y le prendió fuego. Luego continuó quemando las otras colgaduras. Todo era tan viejo y estaba tan seco, que rápidamente la habitación se convirtió en una pira.

Ya los dos fuera de la casa contemplábamos las rojas y furiosas llamas mientras horrorizados escuchábamos fuertes alaridos entre su crepitar.

© Malena Teigeiro