El término se creó en el
siglo XVII a partir de la palabra griega Kosmetikós que significa: «relativo
a la ornamentación». Su uso se remonta a la antigüedad.
Hace 6000 años en el antiguo
Egipto ya se usaba el maquillaje. Hombres, mujeres y niños, con independencia
de su clase social, recurrían a la cosmética para embellecer su cuerpo, con
fines religiosos y medicinales.
En la antigua Roma se daba
mucha importancia a la estética y el cuidado personal. Popea, esposa de Nerón,
inventó una pasta de miga de pan mojada en leche de burra, con la que se cubría
toda la cara antes de acostarse.
La leche de burra se usaba
para dar frescura a la piel. En el libro XXVIII de su Historia natural, Plinio
el Viejo menciona la leche de burra como excelente cosmético.
Para realzar la belleza y
cuidar la piel se utilizaban polvos de arroz, aceites perfumados, cremas para
el rostro y ungüentos para el cuerpo. Además, aplicaban máscaras faciales y
utilizaban tintes para el cabello. Los perfumes elaborados a partir de flores y
especias también eran muy populares.
Los ingredientes naturales
han sido la base de los productos de belleza: aceite de oliva, miel, arcilla,
aceite de coco y leche de burra.
Un buen maquillaje muestra la
piel suave, más juvenil. Las sombras, los delineadores resaltan los ojos y la
mirada se hace más profunda, el lápiz de labios los hace ver más gruesos,
oculta imperfecciones…
Un buen maquillaje puede
lograr que un joven parezca viejo o viceversa, algo muy necesario para los
actores.
Un buen maquillaje hasta
puede lograr un despertar sexual o resaltar esa timidez propia de las mejillas
sonrojadas.







