martes, 2 de junio de 2026

Amantes de mis cuentos: Ocultos deseos

 



Se cuenta que hace mucho tiempo vivió un hombre solitario de cabeza casta y cuerpo pecador.

El pobre pensaba que discurseando sobre la moral se apaciguarían las furias pasionales impuestas por la naturaleza, los tormentos de los apetitos insatisfechos, la alegría de los placeres consumados.

La de horas que gastaba de pie sobre un cajón de madera en aquella esquina del parque londinense exhortando a todo aquél que quisiera escucharle:

Ante todo, moderación en los males que aquejaban a la Humanidad si se continuaba dando rienda suelta a los instintos.

Extenuado y afónico regresaba a paso lento, como era su costumbre, a sentarse ante la chimenea que chisporroteaba mientras, en el exterior, oscuros nubarrones presagiaban un espeluznante temporal, al que esperaba con impaciencia, para salir con los brazos en alto, justo en el momento de descargar aquellas flechas de agua que le harían feliz, por limpiar las calles de toda inmundicia y a él de pensamientos obscenos. 

 

Marieta Alonso Más

lunes, 1 de junio de 2026

Amantes de mis cuentos: Todo cambia en un segundo

 



Hay a quienes les gusta viajar, otros sienten un afán por ganar dinero que da pavor, y otros, pocos, lo único que saben es trabajar. A mí lo que me apasiona es ir a desfiles de moda, no porque quiera ser modelo, no valgo para ello: soy canija. Lo que me atrae es el glamour, el ambiente, la pasarela, la combinación de creatividad y espectáculo. Nunca me he comprado nada, pero allí estoy.

Aquel día amaneció a cero grados, caía agua nieve. Me coloqué el abrigo de mi madre y cogí el paraguas. Tras el desfile, me quedé curioseando, como siempre.

En mala hora.

Al retirar uno de tantos cortinajes tropecé con un cadáver cosido a puñaladas. El cuerpo de una mujer de ojos grandes y profundos como charcos negros, miraban fijamente, el rostro manoseado por la vejez había dejado un río de sangre.

La pasarela, muda y solitaria, despertó y se oyeron pasos apresurados. No quise mirar quién era, posiblemente el asesino regresaría al lugar del crimen. Si me encontrara, ¡oh, Dios mío!, me hilvanaba. Sería su segunda víctima. Me preparé para morir. Muda de espanto, permanecí a la espera de mi destino. Alguien me tocó en el hombro y de pronto, pensé que debía luchar. Me di la vuelta amenazando con el paraguas.

Era la policía.

Me explicaron que aquella señora, una maquilladora de toda la vida, había sufrido un infarto. La sangre que había visto correr a borbotones solo eran efectos especiales y las puñaladas producto de mi imaginación. 

Lloré por aquella mujer que no conocí en vida. Y al día siguiente, me presenté en el cementerio y recordé lo que mi madre, mujer inteligente, decía: Ten un abrigo a mano, que sirva para todo, para ir a la compra, a los desfiles, a los entierros. 

 

© Marieta Alonso Más 

 

domingo, 31 de mayo de 2026

Yacimiento de Tiermes (Soria)



En el municipio de Montejo de Tiermes, al sur de la provincia de Soria, se encuentra el yacimiento arqueológico de Tiermes, un entorno de rocas y tierra roja con restos arqueológicos que dan razón de las culturas que allí se establecieron.

Tiernes y Numancia eran los dos enclaves más importantes de los celtíberos arévacos. Tras la caída de Numancia en el 133 a.C., Tiermes recogió el testigo de la resistencia y lo hizo hasta el 98 a.C., cuando fue sometida por el cónsul Tito Didio y más tarde, romanizada.

Entre los restos recuperados en excavaciones arqueológicas, los de las etapas celtíberas y romanas son los más relevantes, destacando las estancias y habitáculos excavados en la roca, la necrópolis celtíbera de Carratiermes, complejos edificios públicos como el denominado Castelum Aquae, la Casa de las Hornacinas, vivienda en la que se horadó la roca para construir las alacenas, las termas…, además de calles y elementos defensivos, como la muralla tardorromana que rodea al cerro.

De la época visigoda, sobresale la ermita de la Virgen del Val.

Actualmente, hay junto al yacimiento un museo monográfico que ofrece toda la información relevante de este lugar 

viernes, 29 de mayo de 2026

Cristina Vázquez: La casucha

 


El tiempo que pasábamos en la casa de la sierra fue haciéndose cada vez más frecuente. En cuanto había un puente como el de octubre, los de mayo o el de los difuntos en noviembre, para allá que nos mandaban. También íbamos en cuanto acababa el colegio. Ese mes nos instalábamos con nuestra madre que iba y venía a Madrid.

La casa se llamaba La Casucha y era una pequeña construcción de piedra con un mirador cerrado por largas ventanas y un jardín medio salvaje. La mujer que había cuidado a nuestra madre cuando era pequeña era de ese pueblo y luego se quedó de guardesa. Se llamaba Valentina y a mis dos hermanos y a mí nos daba miedo.

—Es una bruja que se ha escapado de un cuento —aseguraba mi hermano José en un tono atemorizado.

Era una mujer encorvada, pero no porque fuera gibosa sino como si le costara enderezarse de la cintura para arriba. Luego entendí que había sido por cargar más peso del debido a lo largo de su vida. Siempre iba vestida de negro con un delantal de rayas grises, el escaso pelo, también negro, recogido en un minúsculo moño y le faltaban dos dedos y varios dientes.

A mi madre le decía ternezas que solo le oíamos con ella. Cuando llegaba a la casa se fundían en un cálido y prolongado abrazo. A nosotros nos daba un exiguo beso en la cabeza, gesto que agradecíamos, pues ninguno de los tres hermanos conseguimos evitar la repugnancia que nos producía esa adusta mujer.

—Mamá, por favor, no nos dejes solos con Valentina, nos da miedo —le suplicábamos indefectiblemente cuando se preparaba para marcharse.

—No os dejaría nunca con nadie que no fuera de mi total confianza —nos contestaba con una lejana sonrisa.

Nuestro padre se había muerto hacía un par de años y los tres íbamos olvidando sus rasgos, su voz y su presencia, aunque estuviera poco en casa. También olvidábamos las agrías discusiones que tenían, que habitualmente terminaban con un portazo. Pasaban varios días, incluso a veces un mes en el que él no aparecía lo que generaba una agradable tranquilidad. A veces, en estos casos nos íbamos a La Casucha, propiedad de mi madre, donde ella se renovaba y salía de esa oscura tristeza en la que se encerraba. En esos días era cuando yo oía a Valentina susurrarle palabras de ánimo, que no se preocupara, pobrecita mía, se merecía una vida mejor. Todo tenía solución. Cuando quisiera su Valentina se ocuparía.

Nos gustaba ir a pasear al bosque al que se accedía por una puerta herrumbrosa al fondo del jardín. Ese era un momento feliz, imaginábamos aventuras, el olor intenso de la tierra mojada, el ruido de los animalitos que se alejaban… Para mí fue siempre un lugar al que volver, aunque fuera en mi mente, cuando quería recuperar el bienestar y una sensación de orden, de que todo está bien.

Al ir después de las primeras lluvias buscábamos níscalos debajo de los pinares, conscientes de la prohibición de que no tocáramos ningún otro tipo de seta.

—Las hay muy venenosas —nos aseguraba Valentina—. Y no os separéis de mí, que por aquí anda la raposa.

Era el único mal recuerdo que tengo de ese bosque. Una mañana encontramos cerca de un grupo precioso de setas que parecían de caramelo, un animalito muerto.

—¿No os lo decía yo?, ese bicho se ha muerto por comer estas setas —nos las señaló con su mano sin dedos—. Andaros con ojo, no se os ocurra ni acercaros.

Cuando volvimos a los dos días no quedaba ni una seta y el caldo que hervía en la cocina despedía un olor agrío e intenso. Valentina nos echó de la cocina, no era sitio para niños, y jugueteó con una escoba como si nos echara a escobazos. Casi fue la única vez que recuerdo reírme con ella. Nos prohibió entrar durante toda la tarde, hasta que apagó el fuego.

A los pocos días de marcharse, nuestra volvió a buscarnos vestida de luto y con una cara rara; yo nunca se la había visto así antes, hinchada, ojerosa y una leve sonrisa en los labios.

—Siento deciros que vuestro padre ha muerto —nos abrazó con una ternura que yo tenía olvidada.

© Cristina Vázquez

miércoles, 27 de mayo de 2026

Marie Meurdrac: Pionera de la igualdad

 




Siglo XVII. 

París. 

Su obra: «Química caritativa y fácil en beneficio de las mujeres».  

Primer libro sobre química y farmacia escrito por una mujer y para la mujer.





Pretendía que el conocimiento estuviese a disposición de todos y afirmaba que: «La mente no tiene sexo, y si las mentes de las mujeres fueran cultivadas como las de los hombres y se dedicara más tiempo y energía a instruirlas, podrían igualarlos». 

Su objetivo era romper las barreras que excluían a las mujeres del conocimiento, más allá del rol de ser buenas hijas, fieles esposas y madres generosas.

Su obra tuvo un notable éxito entre 1666 y 1738: cuatro ediciones en francés, seis en alemán y una en italiano. Está dividida en seis partes: 


Sobre los principios de la alquimia.

Sobre la elaboración de medicinas y ungüentos para distintas enfermedades. 

Sobre los animales. 

Sobre los metales, especialmente el mercurio y el antimonio. 

Consejos y métodos para aumentar la belleza. 

Símbolos, aparatos y métodos para fabricar los productos químicos. 


Algunos de sus métodos todavía se utilizan hoy en día.

A pesar de los pocos datos que se tienen sobre ella parece que su formación fue fundamentalmente autodidacta, aunque sí se cree que asistió a alguno de los talleres de Química y Farmacia de Jean Beguin en París.

Se apoyaba en la teoría de las tres sustancias de Paracelso (1493-1541) según la cual, todo cuerpo consta de sal, mercurio y azufre que deben extraerse de sustancias animales, vegetales y minerales para elaborar medicamentos.

Es una de las mujeres a las que criticó Molière en su obra «Las mujeres sabias» de 1672. Sátira en la que se critica la hipocresía y la corte de su tiempo con literatos pretenciosos y las damas obsesionadas por los avances de la ciencia. 

 

lunes, 25 de mayo de 2026

Winston Spencer-Churchill

 





El hombre del habano, el icono de la II Guerra Mundial, el escritor que ganó un Nobel de Literatura estuvo dos veces en Cuba. Allí descubrió su gusto por el ron y los puros cubanos.

Churchill y su esposa Clementine llegaron el 1 de febrero de 1946 al Aeropuerto Internacional José Martí, de La Habana.  Winston había acabado de cumplir 71 años. 

Era un hombre mayor, enfermo, y por recomendación médica había decidido tomarse dos meses de descanso. El lugar elegido fue Miami, lo había invitado Frank Clarke, un oficial retirado del ejército canadiense.

El entonces presidente de Cuba, Ramón Grau San Martín, aprovechando lo cerca que se encontraba el político que cambió el rumbo de la II Guerra Mundial, lo invitó a que visitara La Habana. El presidente Truman ofreció a Churchill un avión para el viaje, y a la hermosa Isla partió el ex primer ministro británico, junto a su esposa y Frank Clarke.

Llegaron justo 50 años después de haberla abandonado por vez primera. Y es que Churchill ya había estado en Cuba en 1895, siendo muy joven, allí tuvo lugar su cumpleaños número veintiuno, como corresponsal, durante la guerra de independencia cubana.

Del Aeropuerto Internacional José Martí fueron llevados al Hotel Nacional y luego al Palacio Presidencial para ser recibido y tener una primera conversación con el presidente Grau San Martín.

Aunque se suponía que Churchill no debía hablar en público durante su viaje, una gran cantidad de personas se había congregado espontáneamente fuera del Palacio Presidencial y convencieron a Winston de que saliera al balcón y diera un breve discurso al público, que terminó de una manera que deleitó a los habaneros allí reunidos, al decir en español: 


"¡Viva la Perla de las Antillas!"


Una anécdota contada por los abuelos habla de que el descapotable con el que Churchill paseó por La Habana era propiedad del dueño de la fábrica Partagás. Hasta de chófer le sirvió y le pidió que visitara su empresa. Lo hizo. Por lo que una de las vitolas de la marca Romeo y Julieta lleva el nombre del político británico.

Pinar del Río, famosa por su producción de tabaco distinguió al ex primer ministro británico con el título de «Hijo Predilecto».  

Churchill se acabó de ganar el corazón de los cubanos cuando en otro momento de su visita, refiriéndose a su amor por los puros, aseveró: 

 

“Cuba siempre estará en mis labios”.

sábado, 23 de mayo de 2026

Julia de Castro: ¿Te acuerdas, Candela? de Alicia Lakatos

 



Esta es una historia familiar de esas en las que, cada uno de sus miembros, encuentra su fuerza en el amor y la complicidad de los otros. Todos distintos, con vidas diferentes, aciertos y errores dispares pero unidos por ese lazo indisoluble que es la familia. A través de las voces de cada personaje vamos elaborando una composición llena de colores en la que cada cual aporta sus matices a este rico cuadro.

Tres octogenarios viviendo a caballo entre el pasado y el presente. Seis mujeres diferentes y únicas que luchan por mantener a los mayores arropados y felices mientras ellas continúan con sus vidas y encaran los reveses que se presentan siempre apoyadas en la fuerza de la familia. Y, la presencia ineludible de todos aquellos que ya no están pero que nunca se fueron del todo.

La novela se desarrolla entre Zamora y Zambia. Entre la cotidianeidad de la vida en una pequeña capital de provincia y la lucha por la supervivencia en un poblado próximo a Lusaka, un mundo que, a veces, resulta ajeno y despiadado a la vez que enamora y atrapa.

Inés, la segunda de las hermanas de esta gran familia, vuelve a casa después de años de trabajo en una misión para recuperarse de una grave enfermedad. Su padre, tíos y hermanas anhelan que no vuelva a marcharse pero Inés tiene el corazón repartido entre las calles de Zamora y el calor de los suyos y las sonrisas de los lusakitas, en especial la de María, esa pequeña muñeca a la que ayudó a nacer y que ha llenado sus días de vida y esperanza. Nunca hubiera imaginado lo que le esperaba a su vuelta, los fantasmas del pasado y el dolor de la pérdida la golpearán duro mientras, a miles de kilómetros de distancia, su familia se enfrenta a momentos difíciles por la salud de algunos de sus miembros, la vida real, ni más ni menos.

Hoy traigo este viaje al interior de las relaciones que se establecen en la familia y que, son el caldo de cultivo en el que germina nuestro carácter y la forma en la que hacemos frente a las circunstancias de nuestra vida.

 

Julia de Castro

Mi otoño en Libros

Noviembre 2021