martes, 4 de mayo de 2021

Sol Cerrato Rubio: Inmunidad Universal

 



 Muchas veces me pregunto...

¿Cómo será el día en que recuperemos nuestra libertad?

Sin mascarillas, ni geles, ni distancias de seguridad.

Volver a viajar sin cierres perimetrales y más restricciones de movilidad.

¡Poder salir de esta gran ciudad!

 

¿Cuántos años tendrán que pasar para abrazarnos sin miedo al contagio viral?

¿Cómo serán esos besos que no dimos y ahora nos acompañarán?

¿Y las caricias cómo serán?

 

Volverán nuevas diásporas vacacionales y noches envolventes junto al mar.

 

¿Cómo saldremos de esta pesadilla?

¿Reforzados o más frágiles?

En fin, el tiempo lo dirá.

 

Hoy en día estamos muy pendientes de la potencia de esas vacunas que empiezan a dejarse ver, aunque algunos duden de su efectividad, validez e interés.

 

Y muchos estemos en contra de sus patentes para lograr una inmunidad universal.

 

© Sol Cerrato Rubio

 

Amantes de mis cuentos: La magia en cada rincón (Versión francesa)

 






La magie dans tous les coins








La cousine Gisel aimait les fleurs. À vingt-trois ans, allant du bras de son père jusqu’à l’autel, le bonheur jaillissait de ses yeux et elle montrait à ses amies le précieux bouquet de marguerites qu’on lui avait offert. Ils avaient déjà dit oui, et tout à coup! on a entendu des cris et des détonations.

Elle sentit que son mari déconcerté la jetait par terre et se jetait sur elle pour la protéger. Elle fut la seule survivante de ce massacre. Quand tout fut devenu silencieux, et avant l’arrivée de la police, elle  sortit de l’église avec sa robe blanche toute tachée de sang, serrant fortement son bouquet de mariée.

Elle arriva dans la maison solitaire de son enfance, mit le bouquet de fleurs dans un vase en céramique, prit la moitieé d’une d’aspirine et la jeta dans l’eau, puis elle s’assit à attendre sans savoir quoi.

Les années passaient les unes après les autres jusqu’à dix et chaque matin au réveil elle souriait à ses marguerites, toujours si fraîches et luxuriantes. Elle leur disait bonjour, les aspergeait d’eau et commençait sa routine.

Jusqu’à ce qu’un matin, en entrant par la porte du lycée où elle enseignait, elle se heurta sur un homme d’air égaré, un nouveau professeur. Peu à peu, il fleurta avec elle en lui envoyant des fleurs, lui offrant des chocolats, une autre de ses faiblesses, et il arriva ainsi à lui pénétrer le cœur.

Le mariage fut célébré dans l’intimité et après le banquet ils retournèrent à la maison. Malgré le calme, il y avait quelque chose d’étrange dans l’ambiance. Elle se dirigea vers la chambre à coucher. Les marguerites s’étaient enfuies et seul un pétale attendait sur la table, qui, en la voyant, s’envola vers elle, se posa sur ses lèvres, puis disparut.

 

 Traducida con todo cariño por: 

María Ramírez Sánchez nació en Melilla y con 8 añitos se fue a vivir a Oujda, una ciudad del entonces protectorado francés del norte oriental de Marruecos, a muy pocos kilómetros de la frontera con Argelia. Con 21 años se vino a Madrid, donde ha trabajado haciendo traducciones francés-español hasta su jubilación, y donde ha formado una bonita familia de la que se siente muy orgullosa. 

Un millón de gracias María.  


La magia en cada rincón

 

La prima Gisel sentía pasión por las flores. A sus veintitrés años, yendo del brazo de su padre hacia el altar, la felicidad le brotaba por los ojos y enseñaba a sus amigas el precioso buqué de margaritas que le habían regalado. Ya habían dicho el sí quiero, y ¡de pronto! se oyeron gritos y detonaciones.

Sintió que su desconcertado marido la tiraba al suelo y se le echaba encima para protegerla. Fue la única superviviente de aquella masacre. Cuando todo se volvió silencio, y antes de que llegara la policía, desanduvo el pasillo con el vestido blanco manchado de sangre, abrazada al ramo de novia.

Llegó a la solitaria casa de su niñez, puso el ramillete en un búcaro de cerámica achaparrado, partió una pastilla de aspirina por la mitad y echándola en el agua, se sentó a esperar no sabía qué. 

Los años fueron pasando uno detrás de otro hasta diez y cada mañana al despertar sonreía a sus margaritas, asombro de todos por seguir tan frescas y lozanas. Les daba los buenos días, las salpicaba con agua y comenzaba la rutina.

Hasta que una mañana, al entrar por la puerta del instituto donde impartía clases, tropezó con un hombre de aire despistado, un nuevo profesor. Poco a poco la fue camelando con flores, agasajándola con chocolate, otra de sus debilidades, y así fue calando en su corazón.

La boda se celebró en la intimidad y tras el banquete regresaron al hogar.  A pesar de la quietud había algo extraño en el ambiente. Se dirigió al dormitorio. Las margaritas habían huido y solo un pétalo esperaba sobre la mesa, que al verla voló hacia ella. Se le posó en los labios y desapareció.

 

© Marieta Alonso Más        

lunes, 3 de mayo de 2021

Amantes de mis cuentos: Enfoque familiar

 


 

Nació en el Hierro, una de las siete islas canarias. Su madre le llamó Airam por si podía tomar toda la fuerza, el coraje, el ánimo de un olvidado guerrero guanche y así equilibrar lo flojo que resultó ser su padre a la hora de trabajar.

De niño, prometía, pero se echó a perder en el camino y en vez de trabajar los campos de sol a sol iba de un pueblo a otro imitando a los juglares de épocas pasadas y cobrando la voluntad.

La pobre mujer cayó en una depresión. Toda su vida afanándose, con unos deseos de superación increíbles y se encontraba en su vejez trabajando sin parar para mantener a los dos hombres de la casa. A Dios rogaba por su hijo, el padre no tenía remedio.

Y un día, las tornas cambiaron… 

 

En verdad, si soy sincero, no tenía pensamientos de matarme a trabajar, pero en honor a mi madre, que la había visto llorar noche tras noche mientras lavaba y planchaba ropa ajena, decidí escribir mis andanzas y enviarlas a una revista de viajes. Como la fortuna me persigue, los relatos fueron un éxito, se vendían como la espuma. Varias editoriales comenzaron a acosarme y elegí a la que mejor pagaba. Tras una lluvia de premios fue imposible salir a la calle sin escolta. Mi fama superaba todo lo imaginable y mi cuenta corriente engordaba cada día.

Mi madre dejó de llorar. El orgullo se le salía por los ojos. Así que en mi fuero interno comprendí que era impensable dejar de trabajar al menos hasta que la pobre muriese. No iba a ser yo, su único hijo, el que le diera tamaño disgusto. Mi padre, en cambio, que nunca sintió aprecio por mí, ni antes ni ahora, hace su agosto cobrando a mis espaldas por cada dedicatoria que solicitan mis fans. 

 

   © Marieta Alonso

domingo, 2 de mayo de 2021

Feliz día de las Madres

 

Una rosa blanca para las mamás que están en el cielo


Dios no podía estar en todas partes y por tanto, hizo a las madres.

Rudyard Kipling


Una rosa roja para las que están a tu lado

Amantes de mis cuentos: La romántica tontorrona

 



 

La luna se ha dormido,

Las pléyades también.

Es medianoche y duermo sola.

Safo

 

 

Es medianoche y duermo sola. No me refiero a los versos de Safo. Es mi realidad. No logro conciliar el sueño. Mis pensamientos giran alrededor de la persona que amo. De día logro apartarlo de mi mente, de noche se hace el dueño absoluto. Y no soy correspondida.

 

He de conformarme solo con su amistad y para mí no es suficiente. Ya tengo muchos otros amigos que copan ese espacio. Me siento sin fuerzas para abandonar esta quimera. Lo he intentado y no encuentro a nadie como él. Con otros me siento vacía. Si llama, es para que le resuelva algún problema, y ahí estoy, a pesar del dolor que siento solo con verle.

 

Es amor, es pasión ¿qué es? Su mirada agita todo mi ser. Y todo mi afán es soñar con sentir una caricia suya mientras le devuelvo la mirada y sonrío al escucharle contar que anoche estuvo en el cine en compañía de esa otra mujer, a la que le ha comprado un anillo y me lo enseña para que dé mi aprobación.

 

¡Qué bonito!, le dije. Y llorando me di la vuelta lanzando suaves improperios: tontaina, bobalicón, majadero, memo, tardo, tarado, babieca…

 

Allí se quedó escuchando aquellas injurias sin rechistar, pasmado.

 

 

© Marieta Alonso Más

sábado, 1 de mayo de 2021

Amantes de mis cuentos: El pesebre

 



Siempre he sido adicta a los mercadillos. No es culpa mía el que los tenderetes sean mi adoración, a mi madre también le encantaban. Así que desde que estaba dentro de ella, arropada en su barriguita, disfrutaba con ellos. Y conste que no soy de las que compro por comprar. Me detengo en todos y revuelvo entre las gangas, me paro a escuchar los reclamos y los precios en todos los idiomas imaginables, y a veces regreso a casa con las manos vacías. He de confesar humildemente que para mí los mercadillos de Navidad son el súmmum de la alegría, del bienestar.

Y aquí estoy de pie, mirando sin ver, con la mente en el pasado. Los sucesos que evoco con intensa claridad ocurrieron hará unos cincuenta años. Aquella mañana contemplaba una figura de San José entre mis manos, cuando conocí al que unos meses después iba a ser mi marido. Un joven alto al que no le llegaba al pecho, con la cara del mismo color de la azúcar de caña, refinada, claro; y los ojos verdes como aceitunas, herencia de mi suegra. Vestía con decencia al decir de mi abuela. Con una sonrisa preciosa me ofreció la figura de la Virgen en una mano y la del Niño en la otra. Debía comprar el misterio al completo.

−¿Qué precio tiene todo? –hablé sin desviar mis ojos de los suyos.

−Es mi regalo de Navidad.

Creía que era el tendero y resultó ser otro adicto a los mercadillos. Como yo.

Nos casamos y nos fuimos de alquiler a una casa lo suficientemente amplia para que pusiéramos en el sótano un Belén gigante y perenne. Cada diciembre íbamos en busca de figuras, que si el buey, que si la burra, que si un pozo, que si unas ovejas, que si los Reyes, los pastores... ¡Todo un mundo sin faltar detalle! Y en el lugar más destacado, el pesebre con las tres figuras motivo de nuestra unión.

Ahora recuerdo las cosas que de verdad tienen importancia, como aquella rama que se rompió con la brisa, la porción de palabras entrecortadas que me pedían un sí, para siempre. Era mi novio moviendo la cabeza como si le apretara el cuello de la camisa. El muy tonto pensaba que me iba a negar. Y lo que hice fue estamparle un beso bien sonoro para que no se fuera a arrepentir. Luego nacieron mis cinco hijos, uno detrás del otro. También rememoro aquella pizca de conversación con mi primogénito de cuatro años que me contaba en secreto que tenía novia; y el llanto coral que ofrecían al obligarles a tomar sopa de fideos cuando lo único que querían comer era macarrones con tomate. Una ráfaga de imágenes me muestra un hospital, un cementerio y una viuda vestida de negro.   

Vuelvo a la realidad. Lo que son las cosas, pensé, ahora no me acuerdo de nada. Un día quise abrir la puerta de mi casa y resultó ser la del vecino. Otro puse un melón en el armario a enfriar; y un sábado el monedero apareció en el congelador junto al pescado. Así empezó todo.

Sigo paseando de puesto en puesto y sonrío a quienes me rodean. De pronto, alguien dice: ¡Mamá! Es mi marido tan joven como siempre, con su pelo encrespado. Le oigo lanzar un suspiro de alivio. Detrás de él esa mujer y esos tres hombres que dicen ser mis hijos. Por lo visto buscaban a una anciana que se había extraviado, y en vez de llamar a la policía, que es lo que se hace en esos casos, se acercaron al mercadillo de Navidad.

Tomo la mano de mi Pepe, y lo convenzo para comprar la figura de un herrero. Regresamos tan contentos a casa, seguidos por esos que dicen ser mis hijos y que más bien parecen mis guardaespaldas.    

 

© Marieta Alonso Más