Nada más despertarse, Amanda se había sentado frente al ordenador. Transcurridas dos horas, la pantalla continuaba en blanco. Durante ese tiempo se levantó a prepararse el tercer café de la mañana, regó las plantas y ordenó los jerséis por colores. Nada. Ni una sola idea para el artículo que le encargaran en la redacción. ¿Y si voy al mercado a comprar algo para comer y de paso me despejo un poco? Despejarme…, ¿de qué? Quizás del vodka que bebí anoche mientras veía seis capítulos de una miniserie. Cualquier cosa para no pensar en esta vida carente de estímulos. Mejor no rumiar sobre ello, mi terapeuta dijo que debía ser más positiva, ver las cosas bajo un prisma más provechoso. ¡Como si fuera fácil!
El sonido de la llegada de un mail le dio la oportunidad para abandonar una vez más la página en blanco. Se lo enviaba Mayte invitándola a una exposición de pintura junto con la foto de uno de los cuadros: mujer mirando a través de una ventana. Preciosa la pintura. ¿Qué estará viendo esa señora? ¿Despide a alguien o lo espera? Mejor voy a comprar el almuerzo.
Erró por los puestos del mercado sin detenerse en ninguno. De pronto se dirigió al de la carne, no porque le apeteciera o supiera qué cocinar, sino porque allí estaba él, en la cola de la carnicería, el vecino que se había mudado hacía poco a los nuevos pisos frente a su casa.
No sólo era guapo, tenía un halo de misterio de esos que a ella gustaban tanto, una especie de mirada perdida. ¿O será miope? No entendió muy bien qué era lo que él estaba pidiendo a la carnicera, pero se acercó para preguntarle cómo lo prepararía.
El joven la miró desde el fondo de unos ojos verdes brillantes como hojas de castaño humedecidas y le dio una receta que Amanda fue incapaz de recordar.
—Gracias… —dijo ella—, por cierto, soy Amanda.
—Alfonso. De nada, ya me dirás cómo te ha salido.
Y allí terminó el encuentro romántico, porque cuando se le ocurrió cómo continuar la conversación, el vecino pagó su cuenta y con un escueto «hasta pronto», abandonó el local.
Al regresar a casa, no había ocurrido milagro alguno: ningún alma, genio o lo que fuera, escribió su artículo y en la pantalla del ordenador solo encontró la foto del cuadro que le enviara su amiga.
¡La ventana!, eso es.
Entonces recordó que en la buhardilla, junto a un montón de cosas viejas había un telescopio que perteneciera a su abuelo. «No sé qué miraba la mujer de la pintura, pero sé lo que investigaré yo.»
Instaló el aparato frente a la cristalera en dirección al piso del vecino y al más puro estilo de La ventana indiscreta, se dispuso a espiar. Estoy loca, se repetía mientras direccionaba el foco hacia la casa de Alfonso. Y entonces lo vio, sentado en un salón minimalista, frente al escritorio aporreaba las teclas del ordenador. ¿Cómo puede escribir tanto y tan rápido? ¿A qué se dedica?
El segundo encuentro se produjo una tarde en que Amanda corrió escaleras abajo al ver, a través del telescopio, que él salía. Amablemente, Alfonso le preguntó cómo le había salido la comida, a lo que ella contestó que dada su mala memoria y escaso conocimiento culinario, cuando se dispuso a prepararla ya había olvidado la receta.
—Eso tiene solución —respondió el joven— te invito a cenar esta noche y así ves cómo lo hago.
Prácticamente vació su armario buscando qué ponerse para la cita. Finalmente, cuando hubo encontrado algo tan discreto como adecuado, compró una botella de vino y cruzó la calle.
Durante la velada supo que no sólo era soltero (¡bien!) sino profesor de literatura y escritor.
—¡No puedo creerlo! Eres mi salvador.
Y entonces contó que le encargaron un artículo sobre la teoría acerca de que Christopher Marlowe pudiera ser el autor de gran parte de la producción literaria de Shakespeare y…, ella no tenía idea por dónde empezar.
Regresó a su casa con una gran cantidad de libros y estuvo escribiendo hasta el amanecer. Al día siguiente revisó el texto y finalmente pulsó «enviar». Después de una ducha, compró cruasanes. Antes de llamar a Alfonso para invitarlo a desayunar, puso la mesa digna de una cita de película, y fue entonces cuando vio que su «máquina de observar» aún estaba en el salón.
A toda velocidad subió al altillo con el aparato que ahora pesaba mucho, y cuando lo hubo escondido entre un montón cosas inútiles, se detuvo un momento en la puerta, esbozó una sonrisa y murmuró: «Gracias, abuelo».








