Cuando estaba entonando el último Vincerò, la ópera de Puccini que tanto admiraba, vio que en el lateral del escenario lo esperaba su amigo. Ya es el día, se dijo sin dejar de advertir la sonrisa en el rostro del otro. En ese instante sintió que algo le subía a la boca interrumpiendo su canto. Era un vómito de sangre. Según caía al suelo, Marcello escuchaba el grito de horror del público puesto en pie. Apenas dos horas más tarde, el tenor había fallecido. Solo tenía cincuenta años.
Al niño que cuidaba el ganado de sus padres por las colinas de La Puglia le gustaba cantar. Según decían, su voz, dulce y melodiosa, enamoraba a las ovejas que se arremolinaban a su alrededor. Cuando escuchan sus gorgoritos, están tranquilas, afirmaban los dueños de la borregada. Pasaron los años, y en contra a lo que el párroco de su aldea creyó, la voz del joven era cada día más fuerte, más dulce, más hermosa, por lo que don Giulio decidió que, a cambio de darle clases de música, Marcello cantaría en su iglesia.
Una tarde retransmitieron por televisión Turandot. Era el estreno de la temporada de ópera en el teatro alla Scalla de Milán. El chico se quedó pasmado delante del viejo aparato. Eso era lo que él deseaba. Quería ser como aquel que en el escenario interpretaba al príncipe Calaf. Él quería cantar aquel Vincerò como ese de la televisión. Después de hablarlo con sus padres, y aunque estos no estuvieran de acuerdo, Marcello se dirigió a Milán. Él creía que en cuanto entrara en el teatro y lo escucharan, casi le rogarían que cantara para ellos.
Al encontrarse en aquella inmensa ciudad, sin montañas ni campos, Marcello entendió que lo primero que tenía que hacer era buscar un trabajo. En la misma estación, vio un cartel pidiendo barrenderos. En cuanto el jefe de esto lo vio, le gritó: Tú, ven aquí. Servirá seguro, comentó volviéndose hacia su compañero.
Esa mañana, ayudado por Luigi, otro joven barrendero que le explicaba dónde y cómo tenía que hacerlo, Marcello comenzó a trabajar en aquella estación que siempre se encontraba llena de gente. En sus ratos libres intentaba acercarse alla Scalla. Pero, quizá por su aspecto de campesino o tal vez su torpeza al dirigirse a la gente, el caso fue que en aquella grande y hermosa ciudad, a él no lo escuchaba nadie, ni siquiera para indicarle el camino hacia el teatro de la ópera. Después, volvía a la estación, en donde pasaba la noche durmiendo en un banco.
En cuanto cobró el primer sueldo el joven le alquiló una habitación a la madre de Luigi. En aquella casa el muchacho volvió a ser casi feliz, y si no lo era del todo fue porque no podía cantar, cosa que necesitaba para vivir.
En la estación hacía un frio helador. La niebla, espesa, húmeda y sucia, lo envolvía todo. Marcelo barría los andenes pensando que lo mejor era volver a La Puglia, y olvidarse de su deseo de entonar sus óperas. Una noche más, sentado en un banco de la plaza frente al teatro, arropado por las sombras, admiraba la iluminada fachada, la entrada de los hombres de etiqueta y las hermosísimas mujeres vestidas de seda, a las que escuchaba reír. A partir de aquella, una noche tras otras, hiciera frío o calor, Marcello esperaba allí sentado hasta verlas salir. Entonces su sentimiento comenzó a ser diferente: Ya no los veía reír, sino que le parecían emocionados por lo que acababan de escuchar.
La noche que acudió a la plaza para despedirse de sus sueños, un joven, casi de su edad, se sentó a su lado. Después de presentarse, el muchacho de ojos enfebrecidos, le susurró que si le prometía quedarse para siempre con él, le ayudaría a triunfar con su voz allí, y señaló con el dedo el edificio de alla Scalla. Marcello cerró los ojos y recordó el interior del teatro que había visto en la televisión. Vio las escalinatas, los dorados palcos y las butacas de terciopelo rojo. Se vio allí, sobre el escenario, recibiendo los aplausos de un público puesto en pie. Se volvió hacia el joven. ¿Qué tenía que hacer?, preguntó ansioso. Nada, solo jurarme que a los cincuenta años te vendrás para siempre conmigo. Marcello se levantó. Estiró el brazo y le dio la mano al tiempo que decía: «Hecho.»







