jueves, 23 de septiembre de 2021

Juan Ángel Juristo: Monumento de amor, Epistolario y Lira

 

Juan Ramón Jiménez, inédito


Juan Ramón Jiménez y Zenobia Campubrí, recién casados

Es ya un lugar común referirse al fondo sin fin que parece tener la maleta dejada por Fernando Pessoa, maleta que ha permitido, y la cosa no ha acabado, editar inéditos del poeta portugués durante treinta años: he llegado, por ejemplo, a contar cuatro ediciones aumentadas de El libro del desasosiego en mi biblioteca y alguna que otra edición de relatos policíacos, amén de poemas inéditos de alguno de sus heterónimos más logrados e, incluso, dar a la luz algún que otro nuevo heterónimo, eso sí, de importancia menor. Tan lejos ha llegado la cosa que parece cierto que Pessoa se ha convertido en un poeta rentable para las editoriales y, por supuesto, para las universidades, donde existe una auténtica industria filológica dedicada al poeta.

Pero a nosotros nos sucede algo similar aunque su alcance no traspase el ámbito de nuestras fronteras idiomáticas por cuestiones de marketing, no de excelencia poética. Me refiero a la cantidad de papeles inéditos que sigue otorgando Juan Ramón Jiménez, un poeta que nunca dejó de revisar su obra, haciendo de toda ella una especie de work in progress perpetua que sólo la muerte podía resolver. Así, y por limitarme a lo más reciente, es decir, lo editado en escasas semanas, se han publicado en la Fundación José Manuel Lara, y bajo el título de Historias, 27 poemas inéditos, algo que se ha convertido cada cierto tiempo en costumbre, recordemos los dos tomazos de miles de páginas que Espasa publicó de las prosas de Juan Ramón Jiménez donde nos encontramos maravillas como Madrid posible e imposible , Crímenes naturales o Un león andaluz, mientras la Residencia de Estudiantes acaba de editar la totalidad de las cartas que Juan Ramón dirigió a lo largo de su vida a Zenobia Camprubí, su mujer, y persona esencial para que el poeta pudiera, sencillamente, sobrellevar su inquieta existencia, dedicada en exclusiva a la adoración a la poesía, a realizar una obra que va creciendo con el tiempo y que nos muestra la enorme grandeza e importancia de quien, probablemente, sea el gran poeta español del pasado siglo. Yo, desde luego, así lo creo. El libro se completa, no podía ser de otro modo, con las cartas de Zenobia en respuesta y que, casi seguro, hace de este libro algo único, un acontecimiento literario.

Monumento de amor. Epistolario y lira, es el título descriptivo dado a esta correspondencia en estupenda edición de María Jesús Dominguez Sio, un epistolario fechado en anteriores entregas con el mismo título entre 1913 y 1916, es decir, los años que transcurren desde que Juan Ramón conoció a Zenobia hasta su matrimonio, que produjo ese gran libro que es Diario de poeta y mar, pero que en esta ocasión incluyen las cartas que el poeta dirigió a su mujer desde ese emblemático 1916 a 1956, en total 727 cartas, de las que las primeras 412 están escritas en esos tres años que van de 1913 a 1916. Increíble.

Portada de ‘Monumento de amor. Epistolario y lira’, el último epistolario publicado del poeta Juan Ramón Jiménez. / La Residencia de Estudiantes


Todo aderezado con ese aire de época que le otorga un aire de cursilería irremediable, como por otra parte leemos en las cartas que Pessoa dirigía a su novia,
 Ofelia, que encima era mujer medio analfabeta y el poeta se sentía obligado a emplear vocabulario de folletín. Pero vayamos a Zenobia y Juan Ramón: él la quiere, ella le dice que no lo tiene claro y que lo que debería ser es un hombre de provecho, tener un trabajo fijo y remunerado, que es manirroto, que no sirve ni para hacerse un cosido, y él, entonces, saca pecho y le envía listado de lo mucho que trabaja y adjunta listado de publicaciones y traducciones, amén de colaboraciones. No olvidemos que Zenobia era hija de madre norteamericana y tenía mucho aprecio por los valores burgueses y puritanos.El libro finaliza, como sugiere el título, con la inclusión del poemario Lira, pero con todo creo que lo mejor de esta correspondencia son las cartas de Zenobia: en los años de noviazgo ella le dirige misivas donde, se diría ahora, “le da caña”; ella le reprocha, una y otra vez, ser grosero, mostrarse bruto, insultarla, ofenderla; él, entonces, se rebaja cual hombre apaleado y le promete, una y otra vez, enmendarse, no volver a las andadas y cambiar definitivamente, y esto se repite de nuevo, incesantemente, hasta el punto de que uno se pregunta si no está asistiendo a un código secreto, eso sí, muy íntimo, oculto tras unas palabras de matiz sadomasoquista de baja intensidad.

Juan Ramón se rebela contra esa tradición y le pide en matrimonio y formar una pareja alejada tanto de los valores burgueses anglosajones como de los del tradicionalismo español y ser dos que llevan los avatares del día compartiendo alegrías y amarguras. Sucede lo irremediable: una correspondencia que al principio habíamos empezado con energía, se nos va deslavazando poco a poco hasta el punto de no reconocer al poeta más grande de su tiempo, no pronuncia frase sobre literatura, y hacernos una idea equivocada de una de las mujeres más emprendedoras e interesantes de aquella España anclada en tremendo conservadurismo.

La importancia, pues, de este tremendo tomo, 1337 páginas, radica en ofrecernos la totalidad de esa correspondencia. Es probable que una antología hubiera resaltado la calidad escondida entre los convencionalismos de la época, pero nos hubiera dejado una sensación falsa, la de esconder esa profusa nadería en la que todos navegamos cuando caminamos en amorosas aguas.

Es de agradecer.


Juan Ángel Juristo

Cultura Libros



10 de septiembre de 2017

miércoles, 22 de septiembre de 2021

martes, 21 de septiembre de 2021

Anton van Dyck (Amberes, 1599 - Londres, 1641)

 

Autorretrato con un girasol (1632)
Reino Unido. Colección particular 

La carrera de este pintor flamenco, fue breve, pero apoteósica. Nació en Amberes y murió en Londres a la edad de cuarenta y dos años, siendo enterrado en la Catedral de San Pablo.

Empezó como aprendiz de Hendrick van Balen (1609-12), y se reveló como artista precoz.  Luego trabajó con Jordaens y con Rubens.  Pasó el examen de maestro en 1618. Su primera pintura datada es el Retrato de un hombre de setenta años, de 1613, en el que son evidentes las enseñanzas de van Balen. Sin embargo, bien pronto y con solo dieciséis años, abrió un taller personal, junto a su amigo Jan Brueghel el Joven.

Cardenal Bentivoglio
(1623)


Dos años más tarde el coleccionista Howard le introdujo en la corte de Inglaterra y le inició en la pintura veneciana. Marchó a Italia. En Roma recibió dos importantes encargos del cardenal Bentivoglio, un retrato de cuerpo completo suyo y una crucifixión. Retrató también al cardenal Maffeo Barberini, que luego sería papa con el nombre de Urbano VIII. Se estableció en Génova donde se le dio el nombre de «Il Pittore Cavalieresco». En Palermo conoció a la pintora Sofonisba Anguissola de 90 años. Durante el encuentro, que van Dyck describió como «muy cortés», Sofonisba, casi completamente ciega, dio preciosos consejos y advertencias al joven pintor. Carlos I le llamó a Londres en 1632, le nombró «Sir» y le colmó de honores y de dinero.  Van Dyck pintó entonces lo mejor de la aristocracia inglesa. 

Un gran pintor de temas religiosos, y sus grandes lienzos para las iglesias de Flandes y de Brabante ofrecen una versión original del barroco, sobrio y suave, aunque su verdadera gloria artística se funda en su labor de retratista. Fue en Italia donde creó ese estilo refinado y elegante que caracterizó su obra, así como un tipo de retrato en el que los nobles son captados con porte orgulloso y figura esbelta. Jinetes sobre briosos caballos, damas sentadas con severa indumentaria.  El horizonte situado a poca altura, la figura vista de abajo arriba y otros recursos compositivos contribuyeron a crear la monumentalidad de sus retratos.  En Bruselas para una clientela de burgueses, amigos y artistas, van Dyck volvió a la fórmula flamenca tradicional del retrato de medio cuerpo, a la simplicidad, a un colorido más ligero, a un toque que expresaba los rasgos individuales, la vida espiritual…

Carlos I (1637)

El Museo del Prado posee unas veinticinco obras de este pintor, además está presente en el Museo Thyssen-Bornemisza, el Museo de Bellas Artes de Bilbao, el Monasterio de El Escorial, la Academia de San Fernando, el Hospital de la Venerable Orden Tercera de San Francisco en Madrid, en la Colección BBVA, Museo Cerralbo y Museo de Bellas Artes de Valencia.

Se dice que van Dyck fue admirador y alumno de Rubens, y también un amigo, y que Rubens, cuando se dio cuenta de las capacidades del joven alumno, que habría podido ensombrecer su nombre, hizo todo lo posible para alejarlo de Amberes con cartas de recomendación y garantizándole la ayuda de ricos personajes.

Y hay quien piensa que la vida de van Dyck es comparable a la de Rafael, ambos murieron jóvenes y antes de ver, uno las atrocidades del saqueo de Roma en 1527, y el otro la ejecución de Carlos I de Inglaterra en 1649.   

 

María de Medici (1631)

       

 

lunes, 20 de septiembre de 2021

Feria del Libro Distrito La Latina: Del 22 al 26 de septiembre 2021

 


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domingo, 19 de septiembre de 2021

Liliana Delucchi: El viaje

 


Era un lunes de invierno como cualquier otro. En la calle lo esperaba el autobús del colegio y la mochila contenía los deberes hechos. Se detuvo, como cada día, delante del espejo del pasillo para ponerse la gorra del uniforme. Nunca le había gustado ese casquete granate con rayas verdes que le obligaban a llevar, y mientras se lo ajustaba a la cabeza escondiendo sus rizos castaños, escuchó el silencio que llegaba desde el comedor. Entonces supo que sus padres estaban desayunando. Desde hacía tiempo, los mejores momentos entre ellos se sintetizaban al pedirse algo que estuviera sobre la mesa. Los otros eran gritos e insultos. Por suerte, cuando esos vendavales atravesaban la casa, Anastasia dejaba lo que estuviera haciendo para correr a abrazarlo.

––Date prisa, Alejandro. ––La voz de su querida Anastasia era clara, como un susurro, tan lejos de las órdenes de mamá.

Fue entonces cuando descubrió que habían puesto otro espejo en la pared, justo enfrente del que tenía delante y su imagen se repetía una y otra vez hasta el infinito. Corrió escaleras abajo, y tras un rápido beso a su cuidadora, se acomodó en el segundo asiento del vehículo que lo llevaría a clase. «Hoy toca ciencias, ¡bien!» Le dijo a su amigo, a quien conocía desde el parvulario. Alfredo no le contestó, sumido en el juego de la Nintendo.

––¿Sabes? Hoy he descubierto una cosa ––continuó como si su compañero lo estuviese escuchando–– Si pones un espejo frente a otro, tu cuerpo se multiplica tantas veces que no puedes contarlos. Pero si soy capaz de llegar hasta el último reflejo, quizás me encuentre cuando era un bebé… O tal vez cuando fui pirata, explorador o lo que quiera que haya sido en otra vida.

––En álgebra nos enseñan que si bien más por más es más, también lo es menos por menos. –Susurró Alfredo.

––No te entiendo.

––No sé, pero si saturas algo con su propia esencia, quizás por aquello del menos por menos…, ocurra lo contrario.

Esta última idea que le sugirió su amigo no lo abandonó durante la jornada y al regresar a su casa sintió alivio cuando Anastasia le dijo que su madre había salido. Podría detenerse a bucear dentro del laberinto de los espejos enfrentados. Papá no era problema porque nunca lo veía antes de acostarse.

A pesar de la hora que estuvo buscando, fue incapaz de encontrar nada más que su reflejo con uniforme del colegio, ninguno de soldado, de indio o de rey. El problema es que solo me veo de frente y de espaldas, se dijo, tengo que construir un cubo para verme por todos los lados.

––Es para un trabajo de ciencias –explicó a su padre cuando lo encontró en la biblioteca leyendo informes––. Necesito cuatro espejos tan altos como yo y dos que midan como el ancho de estos. Bueno, las medidas, si te parece, se las doy al de la cristalería.

El hombre lo miró un instante por encima de sus gafas, antes de contestarle que enviaría a su chofer a comprarlos y de preguntar dónde haría el experimento.

––En el desván. Hay un arcón que me servirá para encajarlos.

––Mientras sea allí arriba, no hay problema, pero intenta no ensuciar y, sobre todo, no romper ningún espejo, ya sabes que son siete años de mala suerte. ¡Cómo si necesitáramos más! –Y el hombre volvió a su lectura.

Para el sábado ya tenía todo el material, solo precisaba estar solo, aunque eso no era un inconveniente, ya que sus padres saldrían, cada uno por su lado como siempre, dejando a Alejandro a cargo de Anastasia. Ni a ella permitió que se acercara. «Los inventores y los genios necesitan soledad», le gritó desde las escaleras cuando la mujer lo llamó para el almuerzo. Con una sonrisa ella volvió a la cocina pensando que cuando tuviera hambre ya iría a reclamar su comida.

De a poco fue montando el hexaedro irregular, colocó las superficies reflejantes hacia adentro. Con unos ángulos de metacrilato y pegamento fijó los tres lados. En el suelo puso uno de los dos espejos pequeños y terminó de ajustar los lados ya puestos. Esperó a que el pegamento se endureciera. Verificó que la estructura tuviese la solidez necesaria. Al que haría las veces de techo del cubo lo apoyó en la parte superior de los tres espejos.

Rápidamente, al verse reflejado en la luna opuesta, tomó conciencia de lo que ocurriría. Tuvo miedo de asomarse al interior. Esperó… La tarde iba cayendo acompañada de las sombras del jardín que se estiraban, hasta que todo desapareció envuelto en noche.

Encendió una lámpara y la bombilla se multiplicó al infinito dentro del hexaedro inacabado, creando un vórtice de luz. El efecto era mágico. Pensó en el momento previo al Big Bang, cuando todo se contraía en un solo punto. Aún no había ocurrido.

Entró con los ojos cerrados y con sus manos lo corrió hasta taponar la caja de lunas. La luz que penetraba por las rendijas de los lados aumentó el torbellino. Abrió sus ojos y pudo advertir el prodigio: las imágenes, repetidas ad infinitum no se multiplicaban; contrariamente, se dividían. Sus manos, que estaban más próximas a una de las lunas, fueron las primeras en difuminarse.

Años más tarde solo Anastasia lloraría su desaparición.

© Liliana Delucchi

viernes, 17 de septiembre de 2021

Paula de Vera García: “La princesa a la que nadie quería”

 

~Un cuento sobre la importancia de los sentimientos y de enseñar a los niños a explorar tanto los positivos. como los negativos~

 


 

Hace mucho tiempo, en un reino muy lejano, vivía una princesa altiva y caprichosa llamada Alina. Tenía el pelo de color castaño claro, los ojos verdes y alargados; también era alta y hermosa, de lo que alardeaba por todo el castillo. Algo que no era muy bien recibido por la servidumbre. El rey y la reina se tiraban de los pelos por todo esto, pero nada conseguía bajarle los humos a la princesa. Hubo un tiempo en que su hermano, el heredero a la corona y el único hasta ahora capaz de hacerla sentirse avergonzada de su altivez, al menos en apariencia, se movía tras ella por el palacio; reprobándole su actitud cada vez que se pasaba de la raya. 


Pero ahora era distinto: él se encontraba inmerso en una guerra contra un reino lejano y lo único que podían hacer los monarcas era preguntarse qué era lo que necesitaba su hija, para ser un poco más humilde. Un día le quitaron todas las pertenencias que pudieran parecer innecesarias; pero ella se irritó de tal forma y dio tantos gritos, que sus padres lo devolvieron todo a su sitio sin decir ni mu. Sin embargo, aquello no podía seguir así.


Casualmente, un día llegó una joven al castillo pidiendo empleo como dama de compañía para la princesa. Fue conducida ante los reyes, que dudaron y deliberaron mucho antes de aceptarla, aunque ella aseguraba que era disciplinada y obediente.


―No es eso lo que nos preocupa ―le dijo la reina―. No sé si tenéis conocimiento del temperamento de mi hija. 


La doncella se quedó callada un segundo, pero luego movió la cabeza afirmativamente.


―No sería el primer caso que encuentro ―aseguró.


Ante aquello los monarcas no tuvieron más remedio que admitirla en el servicio. Después mandaron que la acompañaran a conocer a la princesa. Al verla llegar, Alina observó con indiferencia cómo se inclinaba y luego preguntó:


―Y esta ¿quién demonios es?


―Me llamo Nela, Alteza ―respondió la otra, antes de que uno de los guardias la pudiera presentar― y soy vuestra nueva dama de compañía ―añadió seriamente.


―No necesito más damas ―contestó Alina, de malos modos. Ya tengo cuatro, es todo lo que me hace falta.


―Con permiso… Una de ellas acaba de dejar el cargo, así que yo ocuparé su lugar.


Alina sonrió con arrogancia.


―Como quieras, pero no me molestes.


―No lo haré.


Pasaron los días y un rumor comenzó a correr por el palacio. Se decía que la princesa se había hecho amiga de su nueva dama y que juntas hacían de las suyas por los pasillos, mientras se reían en voz baja. Nadie se explicaba este nuevo comportamiento de Alina y menos sus padres. Así que un día la llamaron a la sala del trono, cuando estaban solos, para hablar con ella:


―Alina ―empezó su padre―, tengo curiosidad por algo ¿Es cierto lo que dicen de que te has hecho amiga de tu nueva dama de compañía?


―Se llama Nela, papá ―dijo ella, feliz, como si su padre no lo supiera― y es mi mejor amiga. No sé qué habría hecho si no la hubieseis contratado.


―Alina. Vas a cumplir once años. ¿No crees que Nela es un poco mayor para ti? Tiene diecisiete. Y no olvides que es una sirvienta y debe hacer sólo lo que se le ordene; como vestirte, asearte o acompañarte en las ceremonias, pero sin involucrarse mucho...


―¡No seas así, mamá! ―protestó la princesa―. A ella le encanta jugar y me ha enseñado muchas cosas: Naturaleza, Historia…


―Está bien, está bien... Puedes jugar con ella, pero ten cuidado. No puede uno fiarse de la servidumbre...


Alina se cruzó de brazos muy enfadada por el comentario y, rápidamente, se dio la vuelta y se fue a su cuarto.


Ya por la noche, Nela vino a arroparla como siempre, pero la niña no dijo gracias, como siempre; sino que se quedó callada, mirando a su doncella. Ella miró de vuelta a la princesa y le pareció muy raro lo que vio. Estaba llorando.


En todo el tiempo que Nela había estado a su servicio, nunca la había visto llorar ni nunca nadie había podido verlo, tampoco; al menos, por lo que le habían dicho las otras damas. Nela se acercó a la cama y se sentó junto a Alina.


―¿Qué te preocupa, mi señora? ―le susurró. 


La princesa le cogió la mano.


―Tú nunca te vas a ir ¿verdad?


Nela no contestó enseguida. La pregunta la había pillado desprevenida, pero al final dijo sólo una palabra:


―Depende.


―¿De qué?


La dama sonrió.


―Algún día lo entenderás ―dijo


Luego, se levantó y se dirigió a la puerta.


―¡Espera, Nela! ¿Cuándo lo entenderé?


Pero ella ya había cerrado la puerta y se había ido. Alina se enfurruñó, se levantó y abrió la puerta para salir detrás de ella; pero se quedó muy sorprendida cuando vio que, en vez del oscuro pasillo se encontraba en un enorme bosque de colores. Los árboles eran altísimos y sus copas negras casi no dejaban pasar la luz del sol. Los troncos eran de color azulado y la tierra del suelo era anaranjada brillante. 


La niña se quedó tan maravillada que soltó la puerta, la cual inmediatamente se cerró con un golpe y desapareció ante los ojos de la princesa. Alina caminó hacia el lugar donde había estado, pero allí no había nada. Desesperada, intentó buscar una salida de aquel bosque, pero no vio ningún sitio por donde escapar; así que lo único que se le ocurrió fue ponerse a llorar sin remedio. De pronto, una mano se posó sobre su hombro, y, al levantar la cabeza, Alina vio que Nela estaba con ella. Sin embargo, ya no estaban en el bosque, sino en una enorme cúpula de cristal en el medio de una profunda niebla de color verdoso que giraba alrededor de la sala. Nela la ayudó a levantarse.


―Bienvenida al Mundo de los Sentimientos ―le dijo―. Yo seré tu guía aquí. Sígueme.


―¡Espera, Nela! ―gritó Alina, pero la otra siguió andando hacia la puerta―. ¿No me reconoces? Soy Alina, la princesa de...


Antes de que pudiera terminar de hablar, Nela volvió y la agarró del brazo para tirar de ella hacia la salida.


―No te irás de aquí hasta que completes todas las pruebas ―le dijo.


―¿Qué? ―gritó Alina mientras la arrastraban―. ¡No, no quiero! Quiero volver a mi palacio, yo...


―No te irás de aquí hasta que completes todas las pruebas ―repitió con falsa voz cariñosa. La niña vio que se acercaban sin remedio a la niebla verde y, sintiendo que se iban a caer, cerró los ojos aterrorizada y temblando de miedo.


Cuando los abrió de nuevo, estaban en otro sitio, en tierra firme. Era un pasillo muy parecido al de su palacio, pero la diferencia era que las paredes eran completamente lisas y de rojo intenso. La niña no entendía nada.


―Nela ¿qué pasa aquí?


―Estás en el Mundo de los Sentimientos. Aquí ayudamos a la gente que parece que no los tiene, a descubrir los suyos.


―¡Yo sí tengo sentimientos! ―chilló Alina muy enfadada―. Ves, ahora estoy irritada. ¿Eso no es tener sentimientos?


―Si es lo único que sabes hacer, no ―respondió la otra con tranquilidad― y ahora, silencio,. Nos acercamos al final.

Estuvieron un rato caminando, tanto que a Alina le empezaron a doler las piernas.


―¿Cuánto falta? ―preguntó, empezando a hartarse.


―Poco.


Nela lo dijo sin emoción, como si fuera algo que hubiese aprendido de memoria. Alina no podía preguntarse otra cosa que no fuese:


«¿Cómo puede estar en el Mundo de los Sentimientos, si parece que no tiene?» 


Pero luego recordó la época en palacio en la que jugaban juntas; su risa, su cariño... Le parecía imposible que aquella fuera Nela.


―La querías mucho ¿verdad? ―preguntó la dama.


La princesa la miró, sin comprender a qué venía la pregunta. Sabía que se refería a su amiga, pero era muy raro que se lo preguntara la propia Nela hablando de sí misma. Alina decidió que, definitivamente, aquella no era su amiga. Nela había desaparecido. La chica que la guiaba debía ser un doble... O algo. 


―A ella sí ―contestó con seriedad―, pero a ti, no.


No sabía porque lo había dicho, pero ya era tarde. La chica simplemente la miró sin un asomo de sentimientos y despareció en la nada. Alina miró a todos lados, pero Nela o quien fuera se había esfumado. Sin pensar, echó a correr por el pasillo rojo, sólo pensando en una cosa: encontrar a la chica y pedirle perdón por lo que había hecho. 


Sin darse cuenta, salió a un bosque muy parecido al primero y sólo el tropezarse con una piedra la devolvió a la realidad. Allí vio algo horrible. Nela estaba atada a un árbol y cinco hombres la rodeaban a siete pasos de distancia, llevando arcos y flechas. Todas las cuerdas estaban tensas y las flechas apuntaban al corazón de la chica. Ella miró a Alina, pero no dijo nada, ni pidió socorro; pero la princesa supo que no podía dejarla allí. Era su amiga… y era de verdad. 


Inconscientemente, saltó al frente y se puso delante de Nela justo cuando los hombres disparaban. La niña vio venir las flechas y sintió que un torrente de algo desconocido brotaba de ella, algo a lo que sin pensarlo podía dar nombre: miedo, dolor, desesperanza, cariño, felicidad, tristeza... Todos los sentimientos inimaginables. Y justo en ese momento, cuando la primera flecha estaba a punto de tocarla, se despertó.


Alina miró a su alrededor. Estaba de nuevo en su habitación, sentada en la cama con todas las sábanas revueltas, el camisón empapado de sudor y temblando de frío. No entendía nada. ¿Sólo había sido un sueño? No podía ser, era demasiado real...


―No ha sido un sueño ―dijo una voz a su derecha. 


La princesa se giró y vio allí a Nela, observándola y sonriente. Alina sacudió la cabeza, confusa.


―Entonces, ¿qué ha sido?


―Un viaje al centro de tu corazón. Llámalo sueño si quieres, puesto que estabas dormida, pero en realidad te he llevado a descubrir tus verdaderos sentimientos, a conocerte a ti misma, puesto que no conocías otra cosa que no fuera la vanidad, la altivez o el desprecio. Pero existen otro tipo de sentimientos, que cuando los conoces bien, te ayudan a ser mejor con los demás. Por ejemplo, el miedo, la tristeza; el cariño o la complicidad y el aprecio por otra persona. Esto último es lo que podemos llamar amistad, lo que ahora mismo nos une a ti y a mí. Y que, si te lo propones, puede unirte a muchas otras personas más y te dará felicidad. Cuando te dije que si me iba o me quedaba dependía de ti, me refería a tus sentimientos. Debía asegurarme de que eras capaz de sentir todo tipo de emociones 


―Y entonces ¿tú qué eres? Si dices que me has llevado, cómo... pero entonces ¿te vas a ir o...? 


La niña empezó a preguntar, pero Nela sólo la mandó callar con un gesto y dijo:


―Duerme feliz, princesa. Mañana será otro día.


Alina intentó protestar, pero los ojos se le empezaron a cerrar antes de que pudiera decir nada. No obstante, antes de dormirse vio a Nela salir y observó que en su espalda se agitaban dos enormes alas transparentes. Era un hada.


Desde ese día, la princesa no volvió a saber nada de Nela, pero gracias a ella empezó a tratar bien a los criados; a querer mucho más a sus padres y, además, ganó un montón de amigos. Alina, por fin, era una princesa a la que la gente quería.

 

Cuento infantil original

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