lunes, 17 de febrero de 2020

Paula de Vera García: Los ángeles también pueden amar



La muchacha tembló. Su fino abrigo de tela no la protegía del gélido viento que recorría las calles de la ciudad, que una vez la había visto nacer, pero cuyas esquinas parecían ahora amenazarla y abalanzarse sobre su frágil cuerpo. Respiró hondo. Debía seguir adelante, no podía detenerse. El mundo aún no había muerto, aunque ella lo desease con todas sus fuerzas.

«¿Por qué?» se preguntó una vez más, quizá la centésima durante aquella tarde. «¿Por qué no puedo hacerlo?»

Quizá, pensó, ya era demasiado tarde. Podía ser que su corazón estuviese a punto de romperse en mil pedazos. Estaba sentada en las escaleras de la entrada del metro y espiaba con impaciencia el rellano que había bajo sus pies. Por fin, una figura esbelta y de movimientos felinos surgió del fondo. Alzó la cabeza hacia ella y Melinda sintió cómo aquellos ojos oscuros, tapados por un fino flequillo, la observaban fijamente. El joven subió las escaleras despacio, con media sonrisa adornando su rostro; tendría unos dieciocho años, igual que ella. Tenía el cabello oscuro y abundante, los pómulos marcados y unos labios perfectos. La chica hizo un esfuerzo por no sonreír de forma estúpida. Se levantó de su frío asiento e, inconscientemente, se fundió en el abrazo que su amigo le ofrecía. Él se apartó de pronto.

—Melinda... —susurró—. Estás temblando. ¿Qué te pasa?

La joven intentó responder, pero las palabras se negaban a salir de su garganta. Inclinó la cabeza para que él no pudiera verle los ojos, pero olvidaba lo tozudo que era. El chico inclinó la cabeza para intentar adivinar algo a través del pelo que caía sobre su cara.

—¿Estás bien? —preguntó. Su voz denotaba verdadera preocupación y, al ver que no contestaba, se tornó suave como terciopelo—. Mel, te conozco desde que éramos pequeños. ¿Vas a ocultarme algo a estas alturas?

Ella dudó unos segundos y, entonces, tras respirar profundamente, alzó la cabeza y lo miró directamente a los ojos.

—Digamos que en este caso es algo difícil de decir. —Apretó los labios, obligándose a no dejarse llevar por sus emociones.

Su amigo se apartó un poco; su boca se abrió a causa de la sorpresa.

—Ah… —Es lo único que acertó a decir.

Melinda sintió que el mundo se le caía encima. «Ya lo sabe, ya lo ha adivinado». No obstante, ya no podía echarse atrás.

—Lo siento —musitó—. Sé que esto no debería haber pasado, es absurdo...

Apartó la mirada, avergonzada. No se atrevía a ver el rechazo en los ojos de él. Pero las siguientes palabras que pronunció él la obligaron a alzar la cabeza.

—Absurdo, ¿por qué?

Melinda suspiró.

—Porque eres mi mejor amigo —confesó— y no quiero perderte.
La mano de él se deslizó sobre sus hombros. Mel se estremeció.

—No vas a perderme, eso sí que es absurdo —murmuró él junto a su oído—. Siempre estaré contigo, pase lo que pase.

—Pero, ¿cómo? —inquirió su amiga, desconcertada, y empezó a hablar atropelladamente—. Si sabes lo que yo siento, ¿cómo podríamos aguantarlo? Sería una situación muy incómoda y… —Los dedos de él tomaron su barbilla—. Y…

No pudo terminar la frase. Los labios de él se cerraron sobre los suyos, silenciándola. Melinda no sabía cómo debía reaccionar. En honor a la verdad, aquella era la primera vez que un chico la besaba y no tenía ni idea de cómo se suponía que tenía que actuar. Optó por la mejor de las posibilidades. Muy despacio, movió su boca tratando de corresponderlo; un poco torpe al principio, pero mejor a medida que el momento se prolongaba. Él no se separó en ningún momento, ni mostró descontento por cómo estaba haciéndolo ella.

Ya ni siquiera hacía frío alrededor.

Entonces, todo terminó. El chico de sus sueños echó hacia atrás la cabeza y sonrió. Melinda, involuntariamente, hizo lo mismo. Los brazos de él seguían ciñendo su cintura con suavidad.

—Niña tonta —le dijo—. Tanto tiempo juntos y nunca te diste cuenta…

Melinda soltó una risita nerviosa y le acarició el pelo.

—Nos hemos visto poco este último año —le recordó— y nunca tuvimos un momento de tranquilidad para los dos.

Él se rió alegremente, y la besó de nuevo, fugaz.

—Te quiero, pequeña.

—Y yo a ti.

Melinda apoyó la cabeza en su pecho, pensando en las estúpidas dudas que la habían llevado a temer que todo no fuese más que un bonito sueño. Y únicamente para proteger sus sentimientos, como si hubiese alzado una muralla alrededor de su corazón. Era verdad que hacía mucho que sospechaba lo que él sentía, pero otra cosa muy distinta era saberlo a ciencia cierta, dicho cara a cara. Las palabras de él eran música en sus oídos.

Siempre estaré a tu lado, pase lo que pase”

Sí, siempre estarían juntos. Como lo estaban desde que eran unos enanos que no levantaban dos palmos del suelo. Entre ellos ya se había establecido hacía tiempo un vínculo que nada ni nadie podría romper jamás.


© Paula de Vera García


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domingo, 16 de febrero de 2020

Nuevo Akelarre Literario nº 53: Carnavales




En carnaval parece que todo es posible. El disfraz nos lleva a poder adquirir otras personalidades y tener una cierta impunidad en nuestros actos. La máscara nos protege y esta libertad es la que lleva a imaginar a nuestras cuentistas situaciones que rompen la rutina.

Es una celebración pagana que tiene lugar inmediatamente antes de la cuaresma cristiana. Su origen está en las fiestas paganas romanas como las Saturnales, las Lupercales y las que se hacían en honor al dios del vino Baco. Según algunos historiadores su origen se remonta a Sumeria y al Antiguo Egipto hace más de cinco mil años. Su característica común es que se considera un periodo de permisividad y cierto descontrol.
Pinchad debajo y disfrutad de nuestros cuentos:

sábado, 15 de febrero de 2020

El Puente de Carlos (Praga)




Testigo silencioso desde tiempos medievales, se encuentra sobre el río Moldava, y es el más antiguo de Praga. Nos lleva desde la Ciudad Vieja a la Ciudad pequeña, los dos barrios más importantes de Praga. Pasear por ellos es adentrarse por calles empedradas, recrearse con el colorido de las casas, con carteles que te hacen pensar en épocas remotas.

Se construyó después de que el viejo puente románico de Judith ‒esposa del rey Ladislao I‒ se destruyera a causa de una inundación en 1342.

El puente Carlos tiene una longitud de quinientos dieciséis metros y la anchura es de casi diez metros, se encuentra apoyado sobre dieciséis arcos. Está protegido por tres torres. La ubicada en la cabecera de la Ciudad Vieja está considerada como una de las más impresionantes de la arquitectura gótica mundial. El Puente tuvo en su día cuatro carriles destinados al paso de carruajes, actualmente es peatonal.

Comenzó a construirse en 1357 y fue finalizado en 1402. La primera piedra la colocó el rey Carlos IV a las 5:31 horas de la madrugada del 9 de julio. Un grupo de astrólogos asesoraron al monarca y le convencieron de que esas eran la hora y la fecha precisas para hacerlo, porque si juntamos todos esos números obtendremos un palíndromo capicúa de dígitos impares ascendentes y descendentes que coincide con la siguiente sucesión de cifras: 135797531. Así el puente sería mucho más sólido y resistente, pensaron.

Fue construido con arenisca de Bohemia, y se piensa que el mortero utilizado para unir las piedras se ligó con huevo. Aunque no hay datos que corroboren esa creencia, sí se sabe que se utilizó algún material orgánico. También recomendaron alinearlo con la tumba de San Vito y con la puesta de sol del equinoccio. 

A lo largo del puente encontraremos treinta estatuas, en su mayor parte de estilo barroco, situadas a ambos lados, muchas de las cuales son copias ya que las originales se encuentran en el Museo Nacional de Praga. La primera estatua data de 1683, la de San Juan Nepomuceno, que fue tirado al río en 1393 por orden de Wenceslao IV y en el siglo XVIII fue santificado. Cuenta la leyenda que, si tocas una placa que hay sobre su base, el santo te concederá un deseo y regresarás a Praga.

Es un sitio muy transitado de día y de noche. Durante el día te tropezarás con puestos de artistas intentando ganarse la vida, por la noche con el castillo de Praga iluminado como telón de fondo, nos hace soñar.




jueves, 13 de febrero de 2020

Malena Teigeiro: El atún de Aleta azul



Sabe bien que esa forma de pescar ya la hacía su abuelo y el abuelo de su abuelo, pero a él, ahora que es mayor y la conoce bien, no le gusta el arte de la almadraba. Todo ocurrió el día que los vio atravesar el Estrecho, buscando el agua caliente. Eran listos los condenados. Nadaban agrupados por tamaños, por especies, como las camisas en los estantes de la mercería de la Lola. Iban en inmensos cardúmenes, sin comer, sin dormir, solo arrastrados por el río de agua que los empujaba, con la mente fija en llegar pronto a unas aguas más calientes que las del océano que dejaban atrás. Los vio caer en la trampa de la almadraba y le dieron lástima aquellos hermosos peces con barrigas de plata, tiesos como jureles gigantes, golpeándose unos a otros en el vano intento de escapar de las redes que los cercaban. ¡Inocentes! Pero lo que ya no pudo soportar era aquella figura del Antonio, ése sí que hacía bien aquel trabajo maldito, joven, fuerte, con las mangas de la blanca camisa, ahora manchada de sangre, remangadas sobre los codos. Todavía se despertaba viendo cómo, con una puntería mortal, los enganchaba en el ojo y ellos, arrasados de dolor, daban tal salto que subían solos al barco. Movió ligeramente la cabeza, había que ser joven y fuerte, y él ya no lo era.
Y desde el día en que tomó la decisión de no volver a echar la almadraba, cuando aún alumbra la luna, Paco sale solo en su barca, en la Rocío, a pescar los atunes. Lo que haces es peligroso, le decían en la aldea, cualquier día de estos te arrastrarán hasta el fondo del mar. Pero él, al que esos comentarios le dan lo mismo, rellena con calma su cachaba, luego con ella entre los dientes, coloca los cebos en la línea, y espera. A veces, hasta se queda dormido, pero cuando comienza a sentir el calor del sol, y un tirón de la línea lo despierta, entonces coloca los pies, todavía fuertes, apoyados en la borda, se echa hacia atrás, y le da caña, y como si fuera un matador en el coso, siente que mide su fuerza con la del animal. ¡A ver quién de los dos gana!
Esa mañana lo despertaron los fuertes tirones de su caña. Vio salir la cabeza del agua, sus ojos grandes, redondos, como los de una joven Manga japonesa, lo miraron amenazadores. Nunca había visto un atún tan grande. El pez, intentando desprenderse del anzuelo que llevaba en la boca, a veces da saltos que levantan las aguas formando olas grandes como las de las tormentas; otras, tira de la línea hacia el fondo y al ver capotar a su débil barca, Paco siente en su alma el deseo de seguirlo para descansar entre las algas del fondo del mar. Otras, lo ve correr hacia el infinito arrastrando su barquita como si en vez de un pez fuera una mula. Era tan bravo y tan grande que temió que aquel fuera su último día, pero su Rocío, sin miedo, alegre, convencida de salir airosa, lo seguía dando botes en el agua, y aunque le crujieran las maderas, igual que le sonaban a él lo huesos, aguantó las embestidas. Cuando ya agotado el pez se rindió, y comenzó a subirlo enganchado en la pequeña grúa, tan grande y pesado era que la barca se escoró, se escoró tanto que hasta llegó a entrarle agua. Virgencita del Carmen, había rezado, ayúdame a conservar el pan para el invierno. Y el pez, quizá porque lo cegó el sol, quizá porque no entendía lo que le pasaba, quizá porque la Señora había atendido a su ruego, se quedó quieto, momento que aprovechó para bajarlo y cubrirlo con la lona. Miedo le daba que saltara otra vez a la mar. Entró en la cabina y sacándose la gorra, acarició la imagen de la estampa de la Señora con los dedos. Gracias, farfulló santiguándose. Se volvió a calar su visera azul, arrancó el motor y puso rumbo de vuelta al puerto con la barca casi hundida por el peso del grandísimo atún, que de vez en cuando todavía coleaba. Sudoroso, lo miraba con tristeza, y no porque el pez, todavía vivo, hubiera fijado sus orgullosos y retadores ojos en él, sino porque el hermoso animal de aleta azul le dijo que se había hecho viejo. Aunque se pasó la mano por la frente en el intento de olvidar sus últimas horas, sabía que lo había arrastrado durante varias millas sin que él pudiera hacer nada y lo había hecho con tanta fuerza, que casi lo tira al mar, pero él, pescador viejo y avezado, aguantó el envite y le dio caña hasta que su hermoso enemigo no pudo más. Hasta que se cansó. El atún, como si reconociera sus pensamientos, cimbreó el lomo y golpeó con fuerza el suelo de la barca. Con la pipa ya sin fuego en una mano, no dejaba de contemplarlo. Le daba lástima, él solo había abandonado los océanos para ansioso, anhelante, ir en busca de una novia sobre la que desovar, igual que hacía él cuando ponía rumbo al puerto desde que, hacía ya muchos años, se llevó a su casa a la más bonita moza de la aldea, a la Rocío.


martes, 11 de febrero de 2020

Socorro González-Sepúlveda Romeral: El café




No era un auténtico café, era un bar como los demás, pero todos le llamaban «El Café». En la época de la que os hablo, lo regentaban Rufino y su mujer Petronila, Petrola en confianza. Esta era el alma del establecimiento: alta y fuerte, con un ojo de cristal, que miraba fijamente a ninguna parte, tenía buen corazón y buena mano para la cocina. Sus guisos eran célebres y celebrados por todos los clientes del Café a quiénes ella tenía encandilados con sus saberes culinarios.

El local estaba situado en la calle Mayor, cerca de la plaza de la iglesia. Era un establecimiento pequeño, cabían apenas seis mesas de mármol y unas cuantas sillas, además del mostrador de madera, tras el cual se alineaban las botellas de anís del Mono y otros licores. Un perchero, unos cuantos carteles de nitrato de Chile distribuidos en las paredes y una estufa de leña, siempre encendida en invierno, hacían del local un sitio acogedor.

En una de esas mesas, la que estaba más cerca de la estufa, se reunían los asiduos: Florencio el viudo, el tío Miguelón, fuerte como dos álamos juntos, el viejo médico, don Jesús, Félix el carpintero y mi padre. Todos iban a hacer «la partida» por las tardes y allí se pasaban las horas muertas hasta la hora de cenar. Con frecuencia, mi madre nos mandaba a mi hermano el pequeño o a mí a buscar a mi padre al Café. Recuerdo aquellas noches oscuras y frías en las que volvía con mi padre a casa.  Recuerdo, sobre todo, cuando él me arropaba con su pelliza, a mí me encantaba el olor a tabaco negro y a leña quemada que despedía.   

A mi padre, la cena de casa siempre le sabía insípida, deslavazada,  agua chirle, cuando la comparaba con los guisos de Petrola y mi madre, que estaba más que harta de aquellas comparaciones, llegó a coger un poco de manía al Café, a los tertulianos y, sobre todo, a Petrola de la  que estaba un poco celosa.

Jugaban a las cartas como siempre, aquella tarde aciaga, en que se ahorcó el herrero y, no dejó ni una carta de despedida para su mujer y sus hijos. Se desató una discusión sobre la valentía o cobardía de los suicidas, pero no se pusieron de acuerdo. El médico decía que los suicidas estaban cansados de vivir y que por eso ponían fin a su vida, el tío Miguelón dijo que era una cobardía. Petrola, con su ojo de cristal que miraba fijamente a ninguna parte, preparó enseguida una perola de estofado de patatas para llevar a los hijos del ahorcado. 

Mientras, no paraba de decir:

─ ¡Qué desgracia, Dios mío! ¡Qué desgracia tan grande!


© Socorro González-Sepúlveda






domingo, 9 de febrero de 2020

La cocina a mi alcance: Carapulcra o carapulca




Calentita con yuca o con arroz, en la costa, en la sierra, en la selva, dondequiera que usted se encuentre, hay que disfrutar del sabor de este delicioso plato. Eso me dice, mi amiga Marcela.

Y sigue… Es un plato muy popular, sobre todo en cumpleaños y fiestas familiares por ser muy rendidor. ¿Qué? Que rinde mucho. ¡Caray! Que hablamos el mismo idioma.

Y sigue… Mi país, querida amiga, ofrece el sabor más rico y amable del mestizaje ocurrido a lo largo de la historia del Perú. Españoles, chinos, italianos, japoneses, africanos han hecho que la gastronomía peruana sea una de las más sabrosas del mundo. Tiene registrados más de dos mil quinientos tipos de sopas y más de 250 postres tradicionales.

Y sigue… El ceviche es uno de los platos estrella dentro de Perú, donde incluso el 28 de junio se celebra su «Día Nacional». Nuestra amiga Rosa nos lo trajo para probarlo ¿te acuerdas?

‒Por supuesto, si tenemos la receta en este Blog.

Y sigue… La carapulcra está considerada como uno de los platos más antiguos del Perú, y proviene de la sierra. En época incaica se preparaba con papa, carne de llama o alpaca y piedras dentro de una olla de barro. Antes era comida de pobres ¿sabes? Mira, para que te enteres, la gran variedad de la gastronomía peruana se sustenta en tres fuentes: La particularidad de su geografía, la mezcla de culturas, la adaptación de culturas milenarias a la cocina moderna.

‒Déjate de rollo y vamos a comer.

‒No, no, no. Primero la receta.

Y me la da escrita con su peculiar letra picuda.

Ingredientes:

½ kilo de papa seca, si no la tienes, reemplázala por papa blanca, pero ojo, no será lo mismo.

½ kilo de carne de chancho (cerdo) o pollo

1 cebolla roja grande cortada en cuadritos

4 cucharadas de ají colorado molido

¼ de vaso de vino tinto dulce

½ taza de aceite

1 cucharadita de ajo molino

1 taza de caldo de carne

50 gramos de maní (cacahuete) tostado y molido

Perejil, comino, sal y pimienta

Preparación:

Hay que freír la carne, pero sin pasarse. Luego en una olla y un poco de aceite echar la cebolla y cuando vaya cambiando de color se le agrega el ajo molido, el ají colorado y se deja que se cocine un poco.  Agrega la carne de cerdo o pollo, mezcla bien, y echa un poco de comino, pimienta y ahora sí, lo dejas freír bien, pero sin que se te queme. Después agrega la papa cocida, con el caldo de carne, y el vino, mueve todo y déjalo cocinar unos diez minutos a fuego medio. Corrige la sal y echa el maní tostado y molido, muévelo y déjalo cinco minutos más. Mueve de rato en rato que si no se te pega en el fondo

Lo sirves con arroz blanco o yuca y decora con un poco de perejil.


¡Riquísimo!     

viernes, 7 de febrero de 2020

Juan Ángel Juristo: Recomendaciones de libros del género thriller




Las bicicletas son para el verano, vale decir, es en esta ocasión cuando ese vehículo de dos ruedas deja de ser un instrumento de transporte para convertirse en objeto de placer. La cosa, no hace falta decirlo, estriba en la estación misma, proclive a convertirse en Arcadia en el recuerdo, en los subterfugios de la memoria personal, que en el fondo no deja de ser un relato. Y la bicicleta aquí actúa como metáfora de la estación del calor, de las vacaciones, de las revelaciones del amor adolescente, de esa estación proclive a las revoluciones, el 4 de julio, el 14 de julio, fechas que supusieron un cambio en Occidente, las fechas de las revoluciones americana y francesa, las fechas míticas para el republicanismo...

Todo esto es el verano. También colas interminables para comprar cualquier cosa, intoxicaciones alimenticias, un entorno favorable a que el mundo sea tomado como una bobería continua donde sólo se bebe y se asiste a conciertos nocturnos con el ánimo de que eso es “vivir”, si se acompaña del latinajo Carpe Diem mejor que mejor, quemaduras solares, picaduras aleatorias de las carabelas portuguesas, el recuerdo para algunos españoles del comienzo de la Guerra Civil justo cuando los trenes se llenaban de niños para pasar el verano en las costas del Norte, que era lo que entonces se llevaba... 

Todo esto es también el verano. Tan cierto como las listas de libros que el ciudadano debe llevarse a la playa o la montaña o a cualquier ciudad de este ancho mundo cada vez menos ancho y que desde los medios repetimos año tras año con ánimo de cumplir un requisito casi obligatorio, amén de socorrido ya que las noticias culturales importantes, se supone, comienzan en el otoño. Con la caída de la hoja y la recolección de la uva.

Otros años en cuartopoder.es hemos recomendado libros que trataban del verano en la literatura. Era un medio de hacer partícipe al lector de que la estación cálida se desprendía ya de las páginas que éste leía mientras el libro se mantuviese abierto. Este año recomendaremos algunos thrillers, y no sólo porque el género esté de moda, junto a la novela histórica, y no sólo porque muchos piensen que es el género donde la novela de denuncia se ha refugiado hoy día, sino por estas razones, desde luego, pero también porque pensamos que siendo el verano estación propicia a ciertas fantasmagorías paranoides, de seguro producto de la exposición al sol, el género se muestra idóneo para inducir al lector a una catarsis curativa, al modo que sirven las películas de terror, ¡bien que lo saben gentes como Stephen King! Vayan, pues algunos títulos.

Sófocles. Edipo Rey

Para muchos, junto al bíblico Libro de Daniel, del que Leonardo Sciascia realizó un bello ensayo, la primera muestra de literatura de género policíaco en nuestro mundo. Edipo mata a su padre Layo, se casa con su madre Yocasta y no lo sabe hasta que, despejado el oráculo en que se había cifrado el destino del héroe, éste se arranca los ojos con las agujas de oro de su madre-esposa y...

Edgar Allan Poe. Los crímenes de la calle Morgue

Este libro es la madre nutricia de la literatura policíaca. Aquí está todo: el detective amateur que colabora con la policía a regañadientes, el suspense que aborda al lector hasta la ansiedad, el misterio aparentemente irresoluble y luego, cómo quién no quiere la cosa, el misterio que no es tal, sino que obedecía a una lógica implacable... y, además, aquí no hay mayordomo, sino un mono. El azar en lugar de la  lógica o confundiéndose con ella. Poe realiza aquí una de sus grandes obras maestras.

Anne Meredith. Retrato de un asesino. Alba Editores

Las convenciones de la novela policíaca inglesa vueltas del revés. El ambiente navideño es propicio al crimen. Hasta aquí se sigue el canon y la autora aprovecha la ocasión para realizar un terrible retrato de familia. Pero hay más: la identidad del asesino la conocemos desde el  comienzo y el suspense se desplaza ahora a si su identidad será descubierta o no. Una inteligente novela.

David Mamet. Chicago. RBA Editores



Novela que sigue punto por punto el canon del thriller norteamericano desde que Dashiell Hammett prácticamente lo inventase en Cosecha roja, una de las grandes narraciones del siglo. Asesinatos, ambientes grotescos, deformantes, corrupción a tope, personajes cínicos a pesar de ellos mismos, como si les hubiesen secuestrado su arcadia de inocencia de pertenecer a un país nuevo, revanchas, traiciones... Y todo ello en la Ciudad de los Vientos, vale decir, la ciudad que quieras colocar en su lugar...

Michelle Mcnamara. El asesino sin rostro. RBA Editores.

Acabáramos. No existiría conciencia de que el lector asiste a una representación de nuestro tiempo sin la aparición de un depredador sexual. Aquí se trata de uno especialmente reincidente, cincuenta agresiones en el espacio de diez años... todas ellas en el Norte de California hasta que se trasladó al Sur y allí cometió algunos sádicos asesinatos, unos diez. En 1986 desapareció sin dejar rastro para que la policía no supiera de su paradero. Una periodista obcecada no cejará hasta dar con su paradero... en fin, absorbente, como suele decirse.

Daniel Woodrell. Los huesos del invierno. Alba Editores

Una muy buena novela policíaca. Aunque el autor se dedique al cuento, es también autor de nueve novelas ambientadas la mayoría en los Ozarks de Misuri. Con su primera novela, Danos un beso, acuñó a falta de una definición mejor, el término country noir para definir de qué trataba. El feliz término define como nada esta última entrega donde hay un personaje llamado Lágrimas, al que le falta una oreja, y tiene una sobrina, Ree Dolly, que busca desesperadamente a su padre. 

Una recreación estupenda de ese mundo bíblico que tanto sedujo a Faulkner y donde los personajes que lo habitan son unos patológicos individuos que hubiesen dejado perplejo al mismísimo Dostoievski.



















Juan Ángel Juristo
Cultura Libros

21 de julio 2019