viernes, 21 de agosto de 2026

Blanca del Cerro: Alejandro

 



 

A mi sobrino Alejandro,

que murió una tarde de abril

en un accidente de moto.

Sólo tenía 26 años.

 

Los tres llegaron al barrio una tarde de sombras en la que nadie sabía si se iban a quedar quietas o acabarían devorando las calles. Finalmente, esas sombras tercas y anaranjadas se acurrucaron junto a las aceras, como acababan haciendo siempre, y contemplaron el ir y venir de los hombres lo que, al fin y al cabo, era lo que más les gustaba.

Llegaron al barrio los tres juntos, porque siempre iban juntos, aunque nadie lo supiera por aquel entonces, y se aposentaron en el bar de Curro, el que hacía esquina con la avenida principal y donde servían los mejores calamares de la ciudad. O eso decían.

Llegaron en silencio. Los tres eran jóvenes, en esa edad en la que ya has dejado de ser niño, pero todavía te falta traspasar una línea invisible para ser un hombre hecho y derecho. Los tres eran altos, delgados, musculosos y bien parecidos. Los tres contemplaban al mundo con un cierto aire de suficiencia, con esa prepotencia un tanto inhumana que caracteriza a la juventud de todas las épocas.

Y allí los conoció Alejandro mientras degustaban unas cervezas.

A principios de marzo el sol empezaba a abrirse paso por entre las nubes todavía abundantes de la ciudad y el viento las barría y las volvía a traer, como si fuera un juego de piratas. La luz surgía demasiado tímida y acariciaba.

Alejandro también era alto, más que muchos de sus compañeros, y asimismo delgado, musculoso y bien parecido, igual que los recién llegados; tenía la piel clara, muy pálida, como su padre, el pelo corto, entre rubio y moreno, una gran labia, un desparpajo natural que le abría todas las puertas y, sobre todo, una media sonrisa que cautivaba. Tal vez por esas razones, tal vez por otras, se cayeron bien desde el primer momento. Los recién llegados se presentaron y le invitaron a sentarse con ellos. Rafael, el mayor de los tres, parecía llevar la voz cantante.

Entre sorbo y sorbo de cerveza, diversas sonrisas y un par de raciones de calamares, hablaron largo y tendido y se explicaron vagamente sus vidas, sus trabajos y sus sueños. Salieron del bar de Curro con una nueva melodía en la piel, casi a la hora de comer, y se encaminaron hacia un restaurante japonés en el que degustaron los platos favoritos de Alejandro.

La charla continuó a lo largo de la tarde, durante la cual especialmente Miguel, el más simpático y abierto de los tres nuevos amigos, estuvo explicando más o menos su procedencia de un lugar lejano, sin concretar cuál, sus gustos y aficiones, la idea de establecer un negocio en su tierra y el aprendizaje al que debían hacer frente si querían cumplir el encargo que llevaban. Las explicaciones fueron someras y un tanto ambiguas, pero no necesitaban más. Gabriel, el tercer componente del grupo, mucho más serio y callado que sus compañeros y con un poder de observación netamente superior, contemplaba los movimientos de los demás y sonreía ante los comentarios de Miguel y el interés cada vez mayor de Alejandro.

Tras la cena, a base de pinchos y vino como casi siempre, se dirigieron a jugar al casino.

La noche se diluyó lenta entre cartas, fichas, sonrisas, apuestas y envites. Tuvieron buena racha y ganaron una considerable cantidad con la que al día siguiente celebrarían el buen inicio de aquella amistad en un restaurante de lujo. Alejandro tenía la suerte entre los dedos, siempre había sido así y siempre lo sería. Salieron del majestuoso edificio con muchas sonrisas en los labios.

Cuando Alex se acostó esa madrugada un poco fría y un poco desangelada, pensó con agrado en sus nuevos amigos, y ni por un instante se le pasó por la cabeza cualquier otra idea que no fuera tal amistad. El cielo en ocasiones nos oculta sorpresas que ni siquiera llegamos a sospechar.

Al día siguiente, sábado y día de trabajo, ya que trabajaba los fines de semana, Alejandro comentó a Marta, la más especial de entre sus múltiples amigas, y a Carmen, su futura cuñada, la irrupción de aquellos tres jóvenes en su vida, las actividades que habían llevado a cabo la tarde anterior y el deseo de que llegasen a conocerlos en un futuro próximo.

Volvió a encontrarlos el lunes siguiente, y el martes y el miércoles, y así hasta el viernes y, después de una cena en distintos bares o restaurantes, siempre deseaban ir al casino o a cualquier lugar donde pudiesen aprender técnicas de juego, ya fuera póker, bacarrá, ruleta, dados o black jack. Y allí observaban y aprendían, y Gabriel, el más serio y el más concentrado, tomaba continuamente notas, y juntos planteaban variadas preguntas, algunas un tanto absurdas y otras perfectamente lógicas, porque, según confesaban, no acababan de comprender el mecanismo de los juegos en su totalidad. Son tantos, argumentaban, y algunos realmente complicados. Alex reía por lo que para él resultaba tan sencillo. ¿De dónde venís? ¿De alguna galaxia? Cuestionaba a sus amigos. Y ellos se miraban con una cierta complicidad y también reían porque las sonrisas son fáciles y cuestan muy poco esfuerzo. Tenemos que poner en marcha un garito similar cuanto antes, nos lo han encargado y no podemos volver con las manos vacías, decían ellos. Y Alex no dejaba de sonreír.

El mes de abril irrumpió de repente en la ciudad con un calor poco habitual. Las flores empezaban a serpentear por las praderas y a envolver al mundo con su característico aroma de campanillas.

El aprendizaje de los tres jóvenes continuó a marchas forzadas a lo largo de la primera semana de abril. Alejandro no acababa de comprender la razón por la cual tenían tanta prisa, pero no por eso dejaba de ayudarles. Y ellos continuaban intentándolo, pero sin conseguirlo del todo. No sé qué pasa, se quejaban, no es tan fácil como pensábamos. Os falto yo, decía Alex pensando que aquellos chavales parecían un poco pasmados. Llevadme a vuestro país y yo os pongo en marcha un casino maravilloso. Eso no puede ser, es imposible, respondía Rafael. Pues no veo por qué, contestaba. Y ellos no hablaban, tal vez por vergüenza o por miedo, y se miraban un poco más serios que de costumbre, con unos gestos de complicidad imposibles de descifrar.

Y así continuaron, entre fichas, cartas y risas, pero los días pasaban y los jóvenes no terminaban de captar la esencia de los juegos que tan sencilla resultaba para Alex. Estos chicos no saben lo que quieren en realidad, pensaba. Bueno, sí, instalar un casino en su tierra, pero tampoco es tan difícil. Y comentaba con Marta y con Carmen y les explicaba lo curiosos que eran sus nuevos compañeros, su simpatía, su amabilidad, también su cerrazón, y hablaban del día en que serían presentados, algo que nunca llegaba nadie sabía por qué. Y Alejandro no pensó, porque no se le ocurrió pensarlo, que siempre estaba solo con sus tres nuevos amigos, que nunca coincidía con el resto de la pandilla, que habitualmente iban los cuatro a todas partes sin otra compañía, que si ahondaba en aquella relación un tanto peculiar comprobaría la existencia de una serie de puntos un tanto curiosos, o extraños, o incluso anómalos, pero Alejandro no pensaba en tal tipo de cuestiones porque disfrutaba hasta tal punto de la vida que no se detenía nunca a dilucidar si un asunto era mejor o peor, sino simplemente aceptaba las circunstancias tal como venían sin adentrarse excesivamente en determinados pormenores.

Y una tarde gris plomizo, con el calor temprano de abril remoloneando junto a los cuerpos, los tres amigos estuvieron hablando sobre la absoluta necesidad de terminar su estancia en la ciudad. Nos están llamando y ya tenemos que marcharnos, dijeron sin especificar quién, ni cuándo, ni dónde. Pero no habéis aprendido todavía, chicos, comentó Alejandro, os falta mucho camino por recorrer aún si queréis montar un buen garito en vuestra tierra. Venga, insistió, llevadme con vosotros y os enseñaré. Yo me hago cargo y os lo dejo listo. No, no puede ser, respondieron riendo, es demasiado pronto. Alejandro no comprendió sus palabras, pero no preguntó y continuó insistiendo. Sería maravilloso estar en tierras lejanas, porque a él le gustaba la aventura, visitar otros países, conocer mundos distintos, y pasar una buena temporada lejos de todo, aprender incluso otro idioma, aunque los tres amigos hablaban un perfecto español y supuso, aún sin saberlo a ciencia cierta, que procederían de algún país hispanoamericano. Por alguna desconocida razón, jamás habían hablado de su lugar de procedencia, ni de quién les enviaba, ni de otras cuestiones aparentemente importantes que tal vez ni siquiera se le pasaran por la cabeza.

Tenemos que partir, dijeron Rafael, Miguel y Gabriel una mañana de finales de abril, con los cerezos y los almendros reventando de flores a su alrededor y pintando de rosa la ciudad. Quiero ir con vosotros, insistió Alejandro, quiero ir porque lo cierto, no nos engañemos, es que no tenéis ni idea de lo que vais a hacer. No es posible iniciar una empresa de tal envergadura con vuestros escasos conocimientos; os habéis esforzado, no hay duda, pero os queda mucho por aprender. Yo voy, me quedo allí una temporada, os dejo todo preparado y vuelvo. En ese instante los tres amigos se pusieron muy serios y se miraron a hurtadillas, con los labios plegados y los suspiros contenidos. Alex se preguntó qué sucedía siempre que hablaba de su posible estancia en aquel país ignorado, pues ellos parecían ponerse nerviosos y siempre procuraban evitar el tema, pero no comentó una palabra y siguió insistiendo. Sería tan divertido… Finalmente, los tres amigos bajaron la cabeza y se dispusieron a salir. Fue Gabriel quien, mirando a Alex directamente a los ojos, le espetó: “Tal vez no vuelvas. ¿Lo has pensado?” Pero él sonrió, con esa mirada tierna que guardaba para los momentos más decisivos, y se dijo que de cualquier lugar se puede retornar siempre, ¿por qué no iba a volver? Mañana nos vemos, se despidió de ellos, y se diría que estaban tremendamente serios, más que de costumbre, y que un dolor extraño les corroía por dentro, y cuando salieron del restaurante en el que habían comido, parecía que habían tomado una decisión, pero con excesivo esfuerzo, como si no desearan llevarla a cabo, pero no tuvieran otra solución u otra alternativa. Está bien, dijeron al final, tú lo has querido. Por supuesto que lo he querido, y que lo quiero, respondió Alejandro, porque toda aventura es maravillosa. Unas más que otras, contestó Miguel, no lo olvides, Alex. Mañana nos vemos… allí.

Alejandro montó en su moto, arrancó el motor y se dirigió hacia la carretera.

Aquella tarde de finales de abril empezó sombría, como envuelta en mantos de algodón muy oscuros, que se la llevaron a pasitos lentos por las sendas de la tristeza y el dolor, pues fue en esa tarde borrosa y turbia cuando el cuerpo de Alejandro reventó para siempre al tomar una curva, en brazos de no se sabía qué desquiciado destino. No era una curva muy pronunciada, ni la velocidad excesiva, ni existió otro vehículo contra el que colisionara, ni hubo falta de prudencia, ni se dio ninguna circunstancia peligrosa. Simplemente ocurrió. Las hebras del fatalismo se trenzaron en aquel instante y el aire estalló en mil pedazos.

El cuerpo de Alejandro quedó desmadejado sobre el asfalto.

Todo un silencio de lágrimas y preguntas sin respuesta envolvió la vida de los que permanecieron, mientras un ahogo de color gris ceniza consumía lentamente las almas.

Tras el tanatorio, el entierro y todo el manto de dolor, rabia e incomprensión que rodea tales eventos, Marta y Carmen fueron las únicas que se percataron de que aquellos grandes amigos de los que tanto hablara Alex en el último mes, no habían aparecido. Entre la multitud de jóvenes que asistieron al último adiós, Rafael, Miguel y Gabriel no estuvieron presentes. Bien era cierto que ellas no llegaron a conocerlos, tampoco el resto, nadie sabía ni siquiera cómo eran o qué aspecto tenían, algo que resultaba un tanto curioso a la par que misterioso. Alejandro aseguró en diversas ocasiones que se iría con ellos a ayudarles a montar un garito de juego en su país, pero ellos… ni siquiera habían hecho acto de presencia. Todo aquello sonaba muy raro.

Marta y Carmen empezaron a investigar. Preguntaron a Curro, el dueño del bar donde supuestamente Alejandro los había conocido, pero Curro no supo de qué le hablaban. Es extraño, comentó Marta, esto es cada vez más extraño, supuestamente se conocieron en este lugar y estuvieron conversando varias veces. Curro tendría que saber quiénes eran. Asimismo, interrogaron a Sunka, la encargada del restaurante japonés donde tan a menudo cenaban, y ella aseguró que Alejandro últimamente siempre había ido solo. No era posible, según las palabras de Alex. Indagaron asimismo en otros lugares a los que supuestamente acudían, pero la respuesta fue siempre la misma. No lo entiendo, se dijo Carmen, es como si esas tres personas de las que tanto hablaba Alejandro jamás hubieran existido. No comprendo nada, corroboró Marta. ¿Y si realmente no hubieran existido? Entonces, ¿por qué Alex tendría que inventarse unos personajes inexistentes? Y sobre todo ¿con qué fin? ¿Para qué?

Marta y Carmen continuaron sus pesquisas, pero nadie, absolutamente nadie, sabía una palabra de aquellos tres hombres. Por mucho que preguntaron, por mucho que indagaron, por mucho que investigaron, nadie supo dar cuenta de ellos.

Rafael, Miguel y Gabriel…

¿Quiénes eran en realidad? ¿De dónde habían surgido? ¿Cuál era su procedencia? ¿Qué habían querido de Alejandro? ¿Qué habían buscado? ¿Por qué habían aparecido? ¿Por qué habían desaparecido con él? ¿Tendrían algo que ver con… su muerte?

Rafael, Miguel y Gabriel…

Los tres surgieron una tarde sin saber cómo ni de dónde y buscaron a Alejandro en silencio, tan en silencio que nadie más supo de su existencia, y se hicieron amigos, le propusieron aprender las técnicas de los juegos para llevárselas a su país, o a su lugar de residencia, o a su morada, y él se ofreció a ir con ellos para ayudarles.

Rafael, Miguel y Gabriel…

Los nombres de los tres principales arcángeles.

“Medicina de Dios”, “¿Quién como Dios?” y “Fortaleza de Dios”.

Aquello no podía ser posible.

Carmen y Marta se miraron aterrorizadas. No puedo creer lo que estamos pensando, se dijeron. ¿De verdad consideras que…? ¿De verdad? ¿Estás segura? No sé… ¿Cómo estar segura de algo así? Es de locos, no es real, parece un sueño, o una pesadilla. Alex se ha ido con ellos, claro que sí. Alex se ha ido con ellos para ayudarles en su misión. Ellos se lo han llevado. Le necesitaban. Nos lo han arrebatado.

Alejandro…

La noche hacía estragos en las almas. Y era demasiado oscura, como una cohorte de fantasmas al acecho.

Las dos jóvenes salieron de la casa con los pensamientos aturullados. Resultaban tan imposibles las conclusiones que habían sacado que necesitaban respirar aire cuanto antes, bocanadas de aire fresco, por lo que se dirigieron a un parque cercano a vaciarse de conjeturas, de irrealidades y de certezas. Las estrellas reventaban en el cielo. Y allí, entre petunias y violetas, lirios y nomeolvides, hablaron con él mirando al infinito.

Ya sabemos dónde estás, querido Alex, ya sabemos cuál era tu destino. Un destino cruel para nosotros, pero quizás no tanto para ti. Aunque parezca increíble, aunque nos resulte imposible, aunque no entendamos el misterio que encierra, ya sabemos lo que ha sucedido. Ellos, los tres arcángeles, vinieron a buscarte porque querían aprender, porque les habían encomendado la misión de montar un garito de juegos allá arriba, sí, allá arriba. Parece increíble ¿no es cierto?, pues allá arriba también necesitan divertirse, y un casino es una gran diversión, que te lo digan a ti, y vinieron y buscaron al mejor, y tú eras el mejor. Por eso te fuiste, por eso te llevaron, por eso te arrebataron, en realidad te necesitaban, era una aventura grandiosa, y ahora estarás haciendo lo que más te gustaba, y te encontrarás bien, en tu propia salsa, no cabe ninguna duda.

Un casino de juegos y tú al mando. Quién lo iba a pensar… Enseñarás a todos, te moverás en tu terreno, te rodearás como siempre de amigos, tendrás cientos de alumnos, aplicarás y perfeccionarás tus técnicas, jamás perderás la sonrisa y estarás disfrutando realmente, con la eternidad a tus pies. Así, para siempre.

Alejandro…

Y aunque aquí nos hayas dejado llenos de vacío, por lo menos podemos conjeturar, y casi asegurar, que ahora eres feliz.

© Blanca del Cerro

miércoles, 19 de agosto de 2026

Liliana Delucchi: El regalo

 


—Tu novia es un poco presumida.

Fueron las palabras de mi madre cuando la conoció. Tiempo después, el día de la pedida, agregó: «Sus padres son agradables, aunque equivocaron el nombre, en vez de Paloma debieron ponerle Pavo Real.»

Hice caso omiso. Su belleza, elegancia y excelente dicción me cautivaron desde la primera vez que la vi…, y me casé con ella.

Si bien me llamaba la atención la cantidad de tiempo que dedicaba a su persona en gimnasios, salones de belleza y compras, mi embeleso cuando aparecía con un nuevo atuendo me hacía sentir el más orgulloso de los hombres.

Con el tiempo descubrí que no solo quería destacar con su físico, sino también con su conversación. ¡Santo Dios! ¿Cómo se puede hablar tanto? La pobre no soportaba dejar de ser un instante el centro de interés y era capaz de interrumpir la disertación sobre filosofía de cualquier erudito para relatar su última tabla de entrenamiento. Por momentos yo sentía vergüenza ajena, pero el día que me armé de coraje para llamar su atención sobre lo inapropiado de esa conducta, terminé durmiendo en la habitación de invitados.

Pensé que las cosas cambiarían cuando quedó embarazada. Y volví a equivocarme. Dijo que sería el primer y último hijo. No pensaba volver a estar gorda tantos meses y, además, afirmó: «La ropa de futura mamá la diseñan monjas de clausura.»

Ni se molestó en elegir el nombre de nuestra hija. La llamé Clara, el nombre de una chica dulce y afable que conocí en mi época de estudiante. La niña no me defraudó, era tal como aquella joven.

Paloma no es lo que se dice maternal. Creo que se sentía humillada ante sus amigas porque nuestra hija no es un bellezón. A veces la veía gorda, otras demasiado flaca; con piernas muy largas o demasiado cortas y el pelo hoy encrespado y mañana lacio.

En cambio yo la veía perfecta. Al regresar del trabajo siempre la encontraba en su habitación, haciendo deberes o leyendo y me encerraba con ella para contarle cuentos o ayudarla con sus estudios. Es muy inteligente. Al cine también íbamos juntos, para Paloma las películas infantiles carecen de glamour.

Por mi parte, me negaba a ver la distancia cada vez mayor entre madre e hija…, aunque quizás decir distancia es quedarse corto. Lo supe el día que llevé a Clara a la casa de mis padres. Cuando le preguntaron qué era lo que más le gustaba del campo, la niña respondió: «Estar lejos de mamá.»

Así fue como empezaron nuestros viajes de fin de semana, los dos solos. Ella adoraba cuando había algún puente, porque nos permitía permanecer más tiempo alejados de nuestro hogar, hasta que una noche, cuando regresábamos de una excursión, me abrazó y dijo que no quería entrar en casa.

—Vámonos, papi, a ella no le va a importar. Cómprale un regalo y ya está.

Entonces recordé el comentario de mi madre y supe qué sería del agrado de mi mujer.

La tarde en que Clara y yo partimos, el pavo real se enseñoreaba por el jardín, con sus hermosas plumas desplegadas y sus sonoros y continuos graznidos.

—Se llevarán de maravilla —dijo mi hija mientras se ajustaba el cinturón de seguridad—. Arranca, papá. Ya es hora de irnos.

© Liliana Delucchi

lunes, 17 de agosto de 2026

Ávila del Rey, Ávila de los Caballeros o simplemente Ávila

 



Esta localidad celtibera y romana, con población autóctona vetona pasaría al poder visigodo, antes de caer bajo dominio musulmán en el 714. Fue ocupada varias veces por los monarcas cristianos hasta que Alfonso VI, la conquistó y encargó su repoblación a Ramón de Borgoña en el 1088. 

Desde ese momento Ávila se convirtió en una de las grandes ciudades de Castilla.  Se le concedieron fueros y privilegios, tuvo voto y alcalde mayor.  Durante la guerra civil castellana se reunieron en esta ciudad los principales representantes del bando contrario a Enrique IV y, después de ridiculizar una efigie de este monarca en la plaza pública, lo destituyeron y eligieron en su lugar al infante Alfonso.

Está situada a 1128 metros de altitud, la más alta ciudad y capital de provincia de España, sobre un escarpe rocoso que domina el valle del Adaja.

Su seña de identidad es su muralla medieval. Un recinto amurallado de forma rectangular, de dos kilómetros y medio de perímetro, con ochenta y dos torreones salientes que refuerzan la muralla de unos doce metros de altura media.  La más alta de sus torres es el llamado Cimorro, en el sector oriental que es en realidad el robusto ábside de la catedral.

La catedral es la más antigua de España en estilo gótico.  El maestro Fruchel dirigió su construcción en la segunda mitad del siglo XII, y sus continuadores la acabaron ya en el siglo XIV.  El museo catedralicio conserva piezas muy notables, el cáliz gótico de San Segundo, la custodia de Juan de Arfe de 1571…

La iglesia románica de San Vicente del siglo XII, posee un magnífico conjunto escultórico de la época, las portadas meridional y occidental, sepulcro de San Vicente, Sabina y Cristeta.  La iglesia del convento de Santo Tomás, es uno de los ejemplares más típicos del estilo Isabelino; en su interior sobresalen el retablo mayor, obra de Pedro de Berruguete y el sepulcro del príncipe Don Juan, hijo de los Reyes Católicos. 

Se conservan también en la ciudad una serie de pequeñas iglesias románicas como la de San Andrés, San Segundo con el sepulcro del titular labrado por Juan de Juni en 1572, San Pedro, San Nicolás…, y algunos conventos relacionados con Santa Teresa como el de Gracia, el de la Encarnación, el de San José llamado el de la Santa con fachada barroca.       

Su casco histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1985.

   


Visitadla

sábado, 15 de agosto de 2026

15 de agosto: Día de la Asunción


 

Nuevo Akelarre Literario nº 131: Las dunas

 


Las dunas

El desierto es un destino imprescindible que ha atraído a viajeros y aventureros de todas las épocas. Las inmensas dunas con sus cambios de colores a medida que avanza el día, caravanas de camellos, paisajes lunares, espejismos…, son imágenes evocadoras imposibles de resistir a la pluma de estas cuatro escritoras que han querido rendirle su personal homenaje.

Pinchad y leed nuestros cuentos. Un abrazo

https://www.nuevoakelarreliterario.com/las-dunas/

jueves, 13 de agosto de 2026

Malena Teigeiro: La cerveza

 


Se apretó la pajarita y sin trastocar la perfecta raya, pasó los dedos por el cabello. Aunque se pusiera gomina, sus rizos eran indomables. Con cuidado se quitó una pelusa de la solapa y se miró detenidamente en el espejo. Como si fuera un pavo real hinchó el pecho. ¡Qué lástima que no tengo cola de plumas para abrir!, se dijo sonriente. Se gustaba. Carlos conocía bien su buena planta. Y hoy debía lucirse más que nadie. Hacía ya tres días que Rita lo había dejado. La mujer, que en su tiempo debió haber sido una belleza, estaba ya muy pasadita, por lo que a Carlos hacerle arrumacos y acostarse con ella le daba bastante cosilla. Pero, gracias a Dios, ya se acabó, pensó al separarse del espejo.

Apagó la luz del vestidor, recogió las llaves y se echó una última mirada. Contempló su figura con satisfacción. Por algo le llamaban El Pavo Real, dijo en voz alta al tiempo que colocaba una sonrisa en la boca. Bajó directamente al garaje. Allá al fondo vio su coche, un deportivo regalo de María del Sol, una mejicana anterior a Rita, y del que ya se encontraba un poco harto.

El teatro de la ópera y el casino, fueron buenos sitios para encontrar mujeres adineradas que vivían solas, sobre todo los días en que, como aquel, se inauguraba la temporada. Aunque tenía que reconocer que desde hacía un tiempo ya no era lo mismo. A la ópera, con tal de tener un poco de dinero, iba cualquiera. Y el casino apenas lo pisaban unos ancianos. Otro sitio que le había dado buenos resultados era las barras de los bares de los hoteles de súper lujo. Sin embargo, allí ya solo iban los matrimonios ricachones, las estrellas de cine y gente por el estilo. Madrid, ya no era lo mismo. Incómodo, frunció la frente. Aún así, él no conocía sitio mejor que El Real al que poder ir a trabajar.

Ya en el coche, sin abandonar la sonrisa y con la cabeza bien alta, Carlos iba pensando en que tenía que tener más cuidado. Rita no había resultado lo que parecía. Si bien era cierto que tenía muchísimo dinero, era tacaña como nadie. Le resultaba casi imposible sacarle un paquete de euros, aunque esto en el fondo le hacía gracia. Sí. Le agradaba tener que trabajar con mucha cabeza. Cada noche la hacía disfrutar con técnicas desconocidas para ella, aunque eso era bastante difícil, pues como Rita decía, era una mujer de mucho mundo.

Ahora todo se había acabado, pensó al dejar el coche en el parquin. Eso sí, le cabía el honor de haber sido él quien finalizó esa relación. Sí. Fue él. Le había molestado que le negara el Porsche 911 que tanto deseaba.

—Ya estoy harto de ir en un descapotable. En Madrid, no es nada práctico. En invierno te mueres de frio y en verano el sol te machaca las neuronas —dijo haciéndole una de esas caricias que a ella obnubilaban.

—Lo del frio lo entiendo, lo de las neuronas... Será al que las tenga, cosa que no es tu caso —dijo Rita firmando un cheque por diez mil euros—. Toma Carlos. Cuida bien este dinero, porque en un tiempo no habrá más. Me voy unos meses a Nueva York invitada por mi ex.

Carlos cogió el cheque malhumorado. Esa cantidad a él no le llegaba ni para pasar el mes.

Entró en el Real. Como siempre, con los hombros hacia atrás, y el pecho hinchado como el pavo real que decían que era buscando hembra. Se estrenaba la temporada. El mejor momento para encontrar lo que buscaba. Echó una mirada alrededor. La butaca 6 de la fila 4 estaba ocupada por una morenita y su lado no había ningún caballero.

Carlos sacudió la cabeza. Se sentó en su butaca y esperó al entreacto. En cuanto la vio pasar por su lado, la empujó. Perdona, dijo engolando la voz. Ella se volvió hacia él. No te preocupes, añadió la sonriente mujer mientras sacudía la melena. Ese gesto era como el de Rita.

Pero, ¡cómo se le podía haber olvidado!, se dijo llevándose la mano a la frente. En cuanto entrara en casa tenía que decidir qué iba a hacer con su cadáver. Llevaba ya tres días en el frigorífico, lo que le estaba resultando bastante molesto. Desde entonces no había podido beber esa cerveza que tanto le gustaba tomar con el aperitivo a media mañana.

© Malena Teigeiro

martes, 11 de agosto de 2026

Capilla de la Conversión: Santuario de Loyola

 


El santuario domina el paisaje de Azpeitia en Guipúzcoa. Es un edificio de los siglos XIV-XV, edificado en torno a la casa torre de la familia de los Loyola. Consiste en una serie de edificios construidos en estilo barroco churrigueresco alrededor del lugar de nacimiento de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús.

 

La parte inferior es de piedra, evocando su pasado de fortaleza y la superior de ladrillo que representa la evolución a una casa palaciega. Sobre la puerta se ve el blasón de los antiguos Loyola, compuesto por una olla colgada de una cadena y flanqueada por dos lobos rampantes.

 

En la Capilla de la Conversión hay un altar y a un lado una estatua de Ignacio de Loyola, quizá en el mismo rincón donde el hombre se acurrucó hace siglos. Estar en el lugar sagrado donde se recuperó, se enfureció, se reconcilió, se convirtió y finalmente aceptó, es sentir la historia de la habitación.

 

Entre junio de 1521 y febrero de 1522, en esta modesta habitación de la última planta, con sus vigas de madera oscura y ventanas emplumadas, Ignacio se recuperó de sus graves heridas de la batalla de Pamplona. Las lecturas le abrieron a un nuevo mundo: el de las emociones de Dios que afectan a la forma de vivir.

 

Poco a poco, Dios enamora a Ignacio, e Ignacio se enamora de Dios.

 

Una de las obras más famosas y fecundas de san Ignacio fue el libro de Los Ejercicios Espirituales. Es la obra maestra de la ciencia del discernimiento. Empezó a escribirlo en Manresa y lo publicó por primera vez en Roma, en 1548, con la aprobación del Papa.

 

Encima del altar, en una de las grandes vigas hay una inscripción:

 

Aquí se entregó a Dios, Íñigo de Loyola


San Ignacio de Loyola por Pedro Pablo Rubens

Museo Norton Simon de Pasadena