Me
llamo Pepín y tengo siete años. Ayer murió mi padre, estamos en
abril, comienzo de la primavera y mi madre no deja de llorar. Dice
que ahora es viuda, que me he quedado huérfano y que mi padre se
llevó a la tumba la llave de la despensa. Eso no lo he entendido muy
bien porque nuestra despensa no tiene cerradura. Le ha dicho a sus
mejores amigas que corran la voz de que ahora en adelante se dedicará
a lavar y planchar ropas ajenas. Visto y no visto, ya en el velorio
había conseguido a seis clientas.
Hoy,
después del entierro se ha sentado a escribir en una hoja en blanco.
Ha doblado el pliego y me ha pedido que se lo entregue en mano al
señor Rodríguez, el dueño de la tienda de víveres de la esquina.
Le fiaba a mi familia todo lo que comprábamos durante el año. Y cuando terminaba la zafra, a finales de mayo, iba de la mano de mi
padre a pagar nuestra deuda. Era muy habitual comprar de esa manera.
Salí
de casa a todo correr, a cumplir con el recado. Al llegar un
dependiente me saludó preguntándome:
—Hola, Pepín, ¿qué vienes a buscar?
—Quiero
hablar con el señor Rodríguez
No
hubo necesidad de llamarlo. Apareció y me invitó a pasar a la
trastienda, donde estaba su escritorio. Me pidió que me sentara en
su sillón y él lo hizo en un taburete.
Le
entregué el papel que había escrito mi madre. Lo leyó despacio.
Movió
la cabeza de arriba a abajo y me dijo que hablaríamos de hombre a
hombre.
—Sí,
señor.
—Necesito
que me hagas una promesa.
—Sí,
señor.
—A
partir de este momento, tú eres el deudor.
—Sí,
señor. Pero, ¿eso qué es?
Me
lo explicó.
—¡Ah!,
y dile a tu madre que no se preocupe. La deuda anterior queda
cancelada. Borrón y cuenta nueva. Y recuerda tu promesa. No me
falles.
—No,
señor.
Sellamos
el contrato con un apretón de manos.
Pasaron
los años. Cada primero de abril mi mamá me daba un sobre con el
dinero y yo se lo entregaba en mano al señor Rodríguez, que decía
en voz alta: se renueva el contrato entre José Pérez García y esta
Sociedad Anónima.
Pude
estudiar gracias a las becas que conseguía por las buenas notas que
sacaba. Al terminar mi carrera, obtuve un buen trabajo. Y no había
pasado ni seis meses cuando me presenté, esta vez con mi madre,
delante del señor Rodríguez, a pagar nuestra deuda y cancelar el
contrato, prometiendo a ese hombre que tanto nos ayudó, que de
ahora en adelante, compraríamos al contado.
©
Marieta Alonso Más