martes, 23 de julio de 2024

Julia de Castro: El mal de Corcira de Lorenzo Silva

 




Hoy os voy a hablar de una novela negra. El mal de Corcira es una de las obras de Lorenzo Silva, que protagonizan los famosos detectives de la UCO, Bevilacqua y Chamorro.

En esta ocasión Bevilacqua se enfrenta, sin su compañera que se encuentra herida, a un caso que le va a llevar a rememorar sus inicios como Guardia Civil en el País Vasco en una época en la que estas circunstancias conllevaban un verdadero y continuo riesgo personal.

El cadáver de un varón es hallado en una solitaria playa de Formentera, desnudo y con signos evidentes de violencia. Un caso que, sus superiores, le ordenan investigar debido a la identidad del individuo y los lazos que, un día, les unieron. Treinta años atrás, Belvilacqua participó en la detención de este vasco que, posteriormente, fue condenado por colaboración con ETA.

El caso le llevará desde la isla donde el muerto fue visto en las zonas gay acompañado de algunos jóvenes hasta Guipuzcoa, donde residía, en su intento por esclarecer un caso, que parece esconder más de lo que se ve a simple vista y enfrentarse con el muro de los familiares, amigos y antiguos compañeros de la banda terrorista.

Esta vuelta al pasado va a mostrarnos sus inicios en primera línea de la lucha contra el terror de ETA. Relato duro de lo que se vivía estando tan cerca de “la bestia”.

Con este título, el autor hace referencia a una de las primeras guerras civiles del mundo griego, la de Corcira, actualmente Corfú. Una lucha encarnizada entre conciudadanos que llevan a Belvilacqua a hacerse preguntas.

© Julia de Castro

Mi otoño en libros

Diciembre 2023

 

domingo, 21 de julio de 2024

La Gran Plaza de Bruselas (Bélgica)

 


Constituye uno de los espacios urbanos más bellos de Europa. Fue destruida en el año 1695 y en lugar de reconstruirla en un estilo contemporáneo prefirieron volverla a levantar en su estilo anterior.

Se trata de una de las pocas plazas principales de una ciudad europea que no alberga ninguna iglesia ni ningún otro lugar de culto, lo que reafirma la función administrativa y mercantil.

El Ayuntamiento que conserva intactos sus componentes góticos y del siglo XVIII, ocupa la mayor parte del lado sur de la Gran Plaza y está formado por un grupo de edificios que se organizan alrededor de un patio rectangular interior. Aunque permaneció en pie a pesar del bombardeo de 1695, por la artillería francesa, fue restaurado experimentando una nueva modificación en el siglo XIX.

Al otro lado de la plaza se encuentra el segundo gran edificio principal, La Casa del Rey de España, en la esquina con la calle Beurre, hoy convertida en Museo Municipal. El primitivo edificio fue construido entre 1515 y 1536 por orden de Carlos V. En 1696-1697 fue de nuevo construida por orden de la corporación de panaderos.

La casa de los Duques de Braganza da la impresión de ser la mayor del resto de las casas que rodean la Gran Plaza, pero en realidad se trata de una monumental fachada de estilo barroco clásico construida por orden del consejo municipal en 1695. Este edificio engloba siete casas individuales que en sus orígenes albergaban las corporaciones de diferentes oficios y asociaciones de artesanos.

Cada una de las casas que rodean la Gran Plaza tiene su nombre propio. El tamaño varía, algunas apenas han cambiado algo desde principios del siglo XVIII, mientras que otras han sufrido una modernización radical. Los pisos inferiores han sido convertidos en restaurantes, cafés o tiendas.

El Cornet, antigua casa de la corporación de bateleros, dotada de una estrecha fachada barroca que posee algunos rasgos de principio del período rococó.

El Cisne, bautizada así por el relieve que adorna su fachada, enfrente del Ayuntamiento del otro lado de la calle Charles Buls, originalmente fue un albergue, pero tras la reconstrucción del siglo XVII la corporación de carniceros la compró y embelleció gracias a los ingresos obtenidos por una venta de lana, así lo anuncia una inscripción en lo alto de la fachada.

A su lado se localiza la casa de los Cerveceros, con una llamativa portada barroca en la que se incluye una inscripción.

Una de las fachadas más estrechas es la de la casa del Ciervo, en el ángulo de la calle de La Colline, tiene la anchura de dos ventanas y una sobria fachada de piedra blanca.

Patrimonio de la Humanidad desde 1998.



viernes, 19 de julio de 2024

Liliana Delucchi: El tesoro escondido

 


La puerta del salón se abre dejando entrar una corriente de aire.

—Aquí estáis, mis chiquitines —la voz de Carlota hace que los cachorros abandonen la ventana y se acerquen a la joven—. ¿Qué estabais escudriñando a través del cristal? ¿No os gusta el nuevo jardinero?

Carlota se sienta en un sillón y da unos golpes a los almohadones llamando a los mellizos, que de un salto se arrebujan junto a ella en espera de sus caricias.

—Os he traído golosinas. A ver, Guido, esta para ti. No tragues tan rápido que te hará mal. Muy bien, Natasha, así me gusta. Despacio, despacio.

El sonido de unos pasos sobre la madera hace que los cachorros salten del sillón. Ya están en su cesta cuando la voz ronca de doña Matilde irrumpe en la atemperada habitación.

—Te estaba buscando.

—He venido por un libro que me he dejado, tía.

—Y a malcriar a tus perros.

Sin responder al comentario de la señora mayor, Carlota se acerca a la biblioteca y coge un ejemplar para dar veracidad a sus palabras, mientras doña Matilde recorre el salón pasando el dedo por los muebles en busca de alguno que no fuera limpiado a conciencia.

—¿Crees que tu hermano nos honrará con su presencia estas navidades?

—No lo sé, tía. Dependerá de sus exámenes. Posiblemente venga para Reyes.

—A buscar su paga, seguramente.

Carlota aprieta los labios para no responder. ¿Cuánto tiempo más tendrá que permanecer en esa casa? Álvaro le prometió que el año que viene ya no estaría allí, que está ahorrando dinero con sus trabajos temporales fuera de la universidad, que la rescatará. Pero, ¿será suficiente con lo que tiene y el capital del fideicomiso que les dejó su padre? Este último no es demasiado.

—Comeremos en una hora. Asegúrate de que esos chuchos permanezcan aquí, no quiero verlos soltando sus pelos por toda la casa—. Gruñe Doña Matilde antes de abandonar la habitación.

La joven se acerca a la cesta donde están sus cachorros, se tumba en el suelo junto a ellos y siente la respiración cálida de los animalitos en su cuello. Gracias, queridos, susurra, si no fuera por vosotros me moriría en este mausoleo oscuro y frío.

Cuando se marcha al comedor, no es consciente de que no es la única que abandona el salón. Los mellizos se escabullen y parten al jardín.

—A nuestro rincón no irá el nuevo jardinero, solo se ocupa de las flores, la zona que elegimos es de matorrales —comenta Guido.

—He conseguido un poco más —dice Natasha— Son las vueltas de la compra que la cocinera ha dejado sobre la mesa.

—Y yo abrí el bolso de «la Matilde» y le quité unos billetes. Pero, escarba, escarba. Hemos de guardar antes de que se den cuenta de que hemos salido.

—¿Tendrán suficiente para marcharse? Si Álvaro viene para Reyes, todavía están las navidades para conseguir más— respira agitado mientras sus patas se hunden en la tierra— Seguro que las visitas traerán joyas y alguna otra cosa que podamos coger.

—Esperemos. Y ahora, al salón, a nuestra cesta.

Antes de que oscurezca, Carlota, como todos los días, sale al parque con sus cachorros. Es el mejor momento de la jornada, cuando a solas con ellos siente en sus pulmones el aire fresco del invierno. Respira profundamente antes de correr detrás de los animalitos. Los ve dirigirse a una zona de matojos donde aún no se ha derretido la escarcha de la mañana.

 —¿Dónde vais? Esperadme.

Cuando llega a una zona cubierta de retamas desnudas, descubre a Guido escarbando la tierra; Natasha la llama con suaves ladridos y la joven, curiosa, se acerca para ver qué están tramando.

Las patas de los cachorros han dejado al descubierto un agujero que contiene una caja que la joven reconoce como la de las galletas de los perros. ¿Cómo la han traído hasta aquí? ¿Quién los ha ayudado? Cuando levanta la tapa descubre una considerable cantidad de dinero. La cierra y vuelve a cubrirla con tierra; su mirada interroga a los mellizos que, sentados a sus pies, menean la cola.

—¡Vámonos! Ya volveremos más tarde.

Durante la cena la tía Matilde le pregunta a qué se debe su prolongado silencio, ella pretexta dolor de garganta y se excusa para dejar la mesa sin tomar el café. Cuando Carlota oye los pasos del personal retirarse a sus habitaciones, decide ponerse el abrigo sobre el pijama y resolver el misterio de esa tarde.

No llega sonido alguno de la casa dormida, y en la profunda oscuridad del jardín oye, de vez en cuando, un secreto susurro de ramas, como si un pájaro nocturno las rozara. En un momento dado le parece escuchar unos pasos procedentes de la calle y retrocede contra el rincón donde se halla; pero los pasos mueren (o eso cree) en la distancia y dejan un silencio más profundo.

Es entonces cuando los faros de un coche iluminan la reja de entrada. ¡Es Álvaro! Corre a abrirle con el dedo sobre la boca pidiendo silencio. Su hermano desciende del coche y como dos fantasmas se acercan al tesoro escondido.

—Ve a buscar a los cachorros. Yo me ocupo de coger la caja y dar la vuelta al coche.

Carlota corre hacia la casa. Al acercarse ve a sus mascotas mirando desde detrás del cristal. Con sigilo abre la puerta del salón, coge la cesta con sus juguetes y les indica que la sigan. Envueltos en la clandestinidad de la noche vuelan más que caminan los tres hasta el coche. Álvaro ya tiene el motor encendido y parten los cuatro para no volver.

© Liliana Delucchi

miércoles, 17 de julio de 2024

Isla de Vancouver: Bella y misteriosa

 

De User:Nikater - Own work by Nikater, submitted to the public domain. Background map courtesy of Demis, www.demis.nl., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2867491


 

La isla fue explorada en 1789 por el capitán español Esteban José Martínez que construyó el Fuerte san Miguel cerca de Yuquot con el fin de reafirmar la soberanía española de la isla y defender sus derechos de navegación, ya reivindicados por Núñez de Balboa para toda la costa pacífica en 1513. Este sería el único asentamiento español en el territorio del actual Canadá.

En 1791, los indios musqueam recibieron la visita del comandante español José María Narváez que bajo las órdenes del criollo Juan Francisco de la Bodega y Quadra exploró el estrecho de Georgia. Un año más tarde, 1792, el capitán George Vancouver, explorador inglés, entró en la ensenada Burrard. Hubo un enfrentamiento entre Reino Unido y España que se resolvió de forma pacífica a favor del Reino Unido.

En un principio la isla llevaba el nombre de Quadra y Vancouver aunque acabó siendo conocida únicamente con el nombre del capitán inglés.

Su clima es el más suave de Canadá y se encuentra en el llamado bosque húmedo templado. Y aquí es donde el abeto Douglas fue registrado por primera vez por Archibald Menzies. El norte, el oeste y el centro de la isla albergan los grandes árboles de coníferas asociados a la costa de la Columbia Británica. Los ríos, lagos y costa de la isla son famosos por la pesca de trucha, salmón…  

Hay que destacar que la ciudad de Vancouver no se encuentra en la isla del mismo nombre.




lunes, 15 de julio de 2024

Nuevo Akelarre Literario nº 106: Un laberinto mágico




El laberinto es un espacio para ser recorrido que se encuentra en el límite entre el paisaje y la arquitectura. Se caracteriza por permitir experimentar una cierta iniciación o prueba a través de sus diferentes rutas, mientras se busca el centro o la escapatoria de este. Quizás el más recordado sea el de Creta, con el mito del Minotauro.

En este lugar mágico nuestras escritoras sitúan diferentes historias: la de una joven indecisa; una mujer que ha de tomar una resolución; alguien que inicia una nueva carrera y un niño que intenta emular a un héroe.


Pincha en el link y disfruta


https://www.nuevoakelarreliterario.com/el-laberinto/ 

sábado, 13 de julio de 2024

Malena Teigeiro: La espera

 


El día en que acompañado por sus padres, Tomás fue a la perrera y los recogió, los dos tuvieron la certeza de su mucha suerte. Aunque su madre protestara, desde la primera noche los tres durmieron en la misma habitación. Durante el día, el niño jugaba con ellos en el jardín. Incluso cuando estudiaba sentado a su mesa, les tiraba una y otra vez una pelota que ellos recogían y dejaban de nuevo encima del tablero. A los canes les gustaba su rutinaria vida: Sonaba el despertador, se levantaban los tres, él corría a abrirles la puerta del jardín… Y siempre, siempre, antes de que el autobús del colegio se detuviera delante de la casa, tenía unos minutos para jugar con ellos. Luego, lo miraban irse. Ellos moviendo el rabo y él agitando la mano desde detrás de la ventanilla. A partir de entonces, los dos andaban por la casa dormitando sobre los cojines o sobre las mantas que la madre de Tomás colocaba al pie de los sofás. Y así, hasta que se acercaba la hora en que el niño iba a llegar. Entonces era cuando de nuevo, lo esperaban detrás de os cristales, allí, en el mismo sitio en que lo despidieron. Y luego, al entrar en la habitación, mientras se quitaba los zapatos, a veces divertido, otras enfadado, casi siempre sin darle ninguna importancia, les contaba lo sucedido durante el día.

Así fueron pasando aquellos años en los que todos en la casa parecían ser felices, hasta que llegó el día en que Tomás terminó el colegio y con sus rizos de niño, entró en la universidad. Fue entonces cuando su padre se marchó. Ellos que percibieron su disgusto, intentaban distraerlo con sus juegos. Lo cierto fue que pocas veces lo consiguieron. Sin embargo, y a pesar del abandono de su padre, hubo algo que nunca cambió: Tomás seguía contándoles sus cuitas, sus deseos y avatares.

Tiempo después, los dos, pensando en cuando comenzó todo, llegaron a la conclusión de que un par de años antes de que dejara de ir a la universidad, algo había cambiado en su amigo. Como siempre, él seguía atravesando cada tarde el jardín, sin embargo, dejó de llamarlos para jugar. A Tomás, Tomi, como le llamaba la chica con la que salía, ahora también le gustaba la noche. Y poco a poco, su olor a infancia, a cacao y mantequilla, cambió y lo mismo que su amiga, comenzó a oler a tabaco y alcohol. Lo cierto era que ambos arrastraban un perfume a vino, a algo espeso que nunca lograron descifrar. Preocupados percibieron que su mirada carecía ya de su infantil alegría, y su rostro de joven deportista se había afilado, incluso había perdido el lustroso moreno de andar siempre al aire libre. Sin embargo, ellos seguían esperándolo desde detrás de los cristales. Pero ya no volvía al atardecer. No. Ahora lo hacía de noche, muchas veces con las luces de la mañana. Inquietos, desde su puesto de vigías lo veían atravesar el jardín dando tumbos. Y aunque ya no les arrojaba la pelota ni los acariciaba, al escuchar el ruido de la puerta al abrirse, ellos seguían corriendo a su lado.

Sin embargo, ya no lo despertaban lamiéndole la cara como siempre hicieron, porque su baba era amarga, y el agrio sudor les repelía.

Aquella mañana los despertaron los sollozos de la madre de Tomás. Poco después escucharon a su padre, al que hacía tiempo no habían visto. El hombre entró en la casa enfurecido. También aparecieron sus primos, que con el rostro alelado, esperaban sentados en el sofá del salón debajo del cual ellos solían esconderse. Uno, creían que fue el que llamaban Jorge, los descubrió y comenzó a acariciarlos entre las orejas. Y también llegaron muchos amigos, y muchas flores.

Luego, desaparecieron todos.

Y ahora que el olor a flores se ha desvanecido, y la casa vuelve a estar en calma, como siempre a media tarde vuelven a esperarlo desde detrás de los cristales. Y seguirán haciéndolo. Confían en que al menos su sombra volverá a atravesar el jardín.

© Malena Teigeiro