jueves, 2 de abril de 2026

Amantes de mis cuentos: Desafortunado aniversario

 



Ayer, el tío Joaquín y la tía Cecilia cumplieron sesenta años de casados, sus bodas de diamante. Como era martes dejaron la celebración para el domingo y ella pudo asistir a su cita con el dentista.

Por lo visto se le estaba desgastando la dentadura, chirriaba los dientes de noche, apretaba la mandíbula y el dentista le recomendó una férula dental. Tuvo la suerte que en la consulta tenía una que le iba al pelo, perdón a la boca y a un precio muy asequible. El único problema era el color rojo cereza madura. Las transparentes costaban mucho más, sí, y total ella solo la tenía que utilizar en la noche. Tan acomodaticia como siempre, la tía Cecilia, aceptó.

Cenaron, vieron un rato la televisión, y llegó la hora de irse a dormir. Esa noche, la luna llena incidía en el espejo del dormitorio mostrando luces y sombras. La tía Cecilia, como siempre, se lavó los dientes, se embadurnó de cremas, se colocó los bigudíes, estrenó el nuevo artefacto bucal, comprobó que luces, puertas y ventanas estaban como debían estar y se acostó. El tío Joaquín, se acurrucó a su lado y le dijo algo al oído, ella se dio la vuelta riendo.

¡Ayyyyyy! 


El grito del marido se oyó a dos kilómetros de distancia. Fue lo último que dijo e hizo el pobre hombre que nunca había estado enfermo.

 

© Marieta Alonso Más

 

miércoles, 1 de abril de 2026

Amantes de mis cuentos: Pasión por los cometas

 



Me encantan. Cierro los ojos y los imagino como un símbolo de libertad. Los científicos, tan sosos, nos dicen que son cuerpos celestes formados por polvo, rocas y partículas de hielo que orbitan alrededor del Sol.

Y yo me pregunto, si por un casual, los cometas fueran cientos de guerreros uniformados con espadas al viento, con esa luz blanca que es capaz de cegar y que con su sola presencia defendieran al Sol de intrusos no deseados; esos que saben que la raza humana no podría sobrevivir sin el calor de sus rayos. Nunca se sabe dónde puede estar el peligro. Además, necesito ese color dorado tan bonito del verano. Mi piel es tan blanca que mi abuela dice que soy la representante de la leche en la Tierra.

Hay dos cometas que me vuelven loca de amor. El Halley, ése que orbita cada 76 años y que se llama así en honor a quien calculó su órbita en 1705, Edmund Halley. Mi padre vio a ese famoso y estudiado cometa, dos veces: en 1910 y 1986. Yo solo he podido disfrutar de él en el 86. Al otro, que se verá en 2061 no llegaré con vida, pero quizás desde esa otra dimensión a la que iremos todos, pueda verlo hasta más cerca y tal vez, salude al astrónomo inglés y con su ayuda convertirme en un cometa que viaje cada año haciendo «eses» para deleite de los niños. Todo es posible. ¿No creen?

El segundo cometa de mis amores es el de Navidad. La estrella de Belén que guio a los Reyes Magos hasta el Niño Jesús y que simboliza esperanza, guía y eternidad.

Mi madre era una gran repostera y sus hijas le salieron golosas. Nos hacía Flan de leche condensada, Pudin de pan con almendras y pasas, Bocado de la Reina, Brazo gitano, Cometas de Navidad con chocolate negro y estrella incluida. Hay cosas que son imposibles de olvidar. Se te hace la boca agua solo con pensar en ellas.

Ya sé, ya sé, que la Navidad no solo es el tiempo comprendido entre Nochebuena y Reyes Magos, que no está en los regalos, ni en los postres, ni en las vacaciones… Pero, hay que ver lo que ayudan para sentir a Dios y poner en alza el amor y la paz.

© Marieta Alonso Más

martes, 31 de marzo de 2026

Las palabras

 



 

Es increíble todo lo que pueden llegar a hacer las palabras: pueden herir y sanar, alterar o reconfortar. Pueden ser sinceras o falsas, pensadas o espontáneas…, y son uno de nuestros mayores tesoros.

Las decimos, las escribimos, las leemos y compartimos. Aprendemos con las palabras prestadas de otros y también transmitimos a otros. Hay palabras que es mejor no decir. Porque no hacen falta.

Las que juzgan sin intentar comprender. Las que son falsas. Palabras de maledicencia o de crítica injusta, de chismorreo y de condena. Palabras innecesarias, o cháchara para llenar silencios que asustan. Palabras de burla que ignoran el dolor del débil. Palabras que apuñalan por la espalda.

Es mejor callar aquello en lo que sabemos que no estamos siendo honestos, o lo que no diríamos en persona. Callar aquello que levanta muros y genera desconfianza y fracturas.

Es mejor callar lo que envenena los sueños y marchita la vida.

 

¿No os parece?

domingo, 29 de marzo de 2026

Cristina Vázquez: La foto

 



La foto presidía la repisa de la chimenea. Un par de floreros a cada lado le daban un aspecto de humilde altarcito. Nines había vuelto a residir al cortijo de sus padres en Extremadura. Seguir viviendo en Barcelona, sin haberse quitado nunca el pelo de la dehesa o de charnega de feo acento, la había hartado.

Recogió el modesto piso que compró con sus ahorros y lo poco que aportó José, su marido. Pidió el despido en la fábrica de montaje en la que había conseguido ser jefa de equipo y tener a casi treinta mujeres bajo su mando y decidió volver a sus orígenes. Habilitó parte del cortijo para vivir allí con José y el resto lo hizo hotel rural. Su marido al principio protestó un poco por el cambio. A él la dehesa…, que sí, Nines, que era una belleza, pero él no tenía tanta vida espiritual para vivir en el campo y la tele no se veía bien y la pifi —siempre bromeaba al pronunciar wifi—, era más inestable que el mar. A lo que se negó fue a tener piara de cochinos. Que vendiera la montonera y le dieran unos buenos jamones a cambio.

 El hotel empezó a funcionar poco a poco y Nines volvió a trabajar sin descanso. Se ocupaba de que todo estuviera cuidado y José con su labia recibía a la gente y cuadraba las cuentas. Poco a poco se acostumbró a esta vida, es más, le encantaba.

—Vivo como un marqués —se ufanaba—. Y además hay una clientela muy interesante. ¡Si hasta vienen extranjeros a ver pájaros!

Estos comentarios los hacía en el bar del cercano pueblo donde todos conocían a la Nines desde pequeña. Y ponderaban lo lista que era, lo lista y lo valiente, porque sin haber ido al colegio, emigró desde jovencita y se hizo un porvenir.

Una tarde apareció un cliente de una edad aproximada a la de Nines. A ella le pareció el colmo de la elegancia y finura. Hablaba con un acento que a ella le resultó exótico y le recordó a un jefe inglés que tuvieron en la fábrica durante unos años. Era un señor muy educado que la distinguió no solo en el trabajo, aumentándole la responsabilidad y el sueldo, sino también un poco en su corazón, le confesó una tarde poco después de cerrar la fábrica. Era la mujer más atractiva e inteligente que había conocido. Nines se derritió cuando se lo confesó con ese acento tan suave, pero enseguida comprendió que con aquel hombre no había porvenir y en cambio sí mucho peligro.

Así que ahora al escuchar a este nuevo cliente, algo en ella que permanecía dormido, más que dormido acorchado, se despertó con la emoción del recuerdo juvenil. ¡Ay Peter! Ella siempre le agradeció a José que la salvara, eso se decía, del inglés aquel. Él era un buen hombre, sin duda, y bien plantado, aunque un tanto cabeza hueca y su conversación la aburría. Pero es que ella era muy exigente, ya se lo decía su madre. El tal Peter también lo fue cuando ella le dijo que o se casaban o no se volvían a ver. Cómo pretendía casarse con él, si ni siquiera había ido a la escuela, le espetó con crueldad. Nunca olvidaría su cara de desprecio y la desolación que sintió. Tardó en comprender el mérito que había tenido estudiando por las noches y sacando, ya mayor, sus cursos para no ser una burra.

El señor que fue al hotel hablando con ese acento y que a Nines la descuadró, estuvo tres días y se despidió cortésmente. Al ir a recoger el cuarto vio que en la mesilla de noche tenía una foto olvidada. Se quedó mirándola un largo rato. Era una foto preciosa de unos niños que salían de la escuela con sus mochilas a la espalda. Se podían intuir sus sonrisas, aunque no se les viera la cara. Guardó con cuidado la foto y la miraba todos los días, hasta que decidió ponerla en el sitio principal y destacarla con los jarroncitos.

—Yo soy la tercera de la derecha —repetía a quien se admirara de la foto—. Para mí es un recuerdo inolvidable de cuando fui al colegio.

© Cristina Vázquez

viernes, 27 de marzo de 2026

Viejo y nuevo Belchite

 



Cada vez son más los pueblos abandonados en España como consecuencia de la creciente despoblación de las zonas rurales.

Algunos de ellos, a pesar del deterioro sufrido durante décadas por el abandono, el expolio y el vandalismo, siguen siendo espectaculares. En sus calles ahora vacías podemos imaginar cómo fueron en otros tiempos.

Uno de los más populares es Belchite, en la provincia de Zaragoza, situado a 49 kilómetros de la capital y cabeza de la comarca conocida como Campo de Belchite.

Muchas de sus ruinas aún conservan la grandeza del pasado, como las de la Iglesia de San Martín de Tours, la torre del Reloj o los arcos de la Villa y de San Roque.

Los primeros testimonios humanos de la zona se hallan en la cueva de los Encantados y se remontan a la Edad del Bronce Antiguo y Medio, pero hasta la Edad del Hierro no hay constancia de presencia humana relevante. Es a finales de la Edad del Hierro cuando se producen asentamientos importantes. La presencia romana queda evidenciada por el yacimiento del cerro del Pueyo, cuya cronología no es anterior a mediados o finales del siglo I a. C. ​

Más tarde, la zona fue poblada por grupos de origen bereber relacionados con la dinastía Omeya. La ubicación geográfica, controlando la ruta con Montalbán y Teruel hacia la costa y el eje Molina-Guadalajara-Toledo, así como la recuperación de la presa romana Almonacid y su acequia, permitieron un crecimiento importante de la población.

En 1117-1118 Belchite fue conquistada por Alfonso I, el Batallador. En 1122 decide crear allí la que sería la primera orden militar a imitación de la Orden del Temple. Tras la derrota de Fraga, gran parte del territorio de la frontera sur del reino volvió a caer en manos de los almorávides. Alfonso VII de León acudió al socorro de estas órdenes pioneras. En 1143, con Ramón Berenguer IV serían absorbidas por la Orden del Temple.

Tras la Edad Media comienza un desarrollo económico del lugar siendo un próspero centro de producción agrícola, económico y administrativo de una amplia comarca. La población estaba conformada por cristianos, musulmanes y judíos con un predominio claro de los moriscos que se dedicaban preferentemente a la agricultura. En 1611 se decreta la expulsión de los moriscos, que representaban el grueso poblacional de Belchite, y se crea una nueva carta de población con el fin de atraer nuevos vecinos.

La llegada del siglo XIX representa para Belchite el comienzo de un largo declive. El 16 de junio de 1808 el general Palafox se asienta en Belchite para presentar un frente de guerra al ejército francés. Los españoles fueron derrotados. Esa victoria está reflejada en el Arco del Triunfo de París. En 1838, dentro de las guerras carlistas se produce otra batalla en tierras de Belchite. La revolución liberal implicó cambios en el sistema de propiedad de la tierra que se plasmaron mediante las desamortizaciones. Hacia 1872, de nuevo se desata un nuevo enfrentamiento carlista que tiene su repercusión en la zona.

Bombardeado y arrasado durante la guerra civil, se prohibió su reconstrucción y poco a poco se quedó sin vecinos. Muy cerca se construyó a mediados del siglo XX el pueblo nuevo de Belchite, con un estilo arquitectónico basado en el viejo pueblo, en ladrillo predominando el estilo mudéjar y el barroco. Y se reconstruyó el santuario de Nuestra Señora del Pueyo, lugar de devoción local y meta de romerías.

Se economía se basa en la agricultura y la ganadería. Destaca el olivo, los cereales, almendros. La ganadería se centra en porcinos, ovinos, bovinos, avícolas... Hay una actividad minera relevante centrada en la producción de Carbonato Cálcico de extremada pureza y blancura. Destaca la producción de aceite de oliva el cual cuenta con la Denominación de Origen Bajo Aragón. El sector servicios está asentado en el turismo que tiene como elemento clave las visitas guiadas al Pueblo Viejo y al Belchite actual.

Por sus características, el viejo Belchite ha sido escenario de diversos rodajes cinematográficos, obras de teatro, numerosas producciones audiovisuales, programas de misterio, anuncios de videojuegos… Tal ha sido la afluencia que desde 2013 solo se puede acceder con las visitas guiadas organizadas por la Oficina de Turismo.




miércoles, 25 de marzo de 2026

La tierra

 



Nuestro planeta es el más denso y el quinto mayor de los ocho planetas del sistema solar. El único, hasta el momento, con vida. Tiene aproximadamente 4550 millones de años y la vida comenzó, mucho tiempo después, hace unos 700 millones de años. Posee un único satélite natural, la Luna, que comenzó a orbitar la Tierra hace 4530 millones de años y es la que produce las mareas, estabiliza la inclinación del eje terrestre y reduce gradualmente la velocidad de rotación del planeta.

La Tierra es la morada de millones de especies, incluidos los seres humanos. Su montaña más alta es el Everest, con una altura de 8848 metros sobre el nivel del mar y el abismo más profundo es la fosa de las Marianas, con una profundidad de 10925 metros.

La Tierra cuenta con un campo magnético que la rodea y protege de la radiación solar: es la magnetosfera, responsable también de las auroras boreales y australes.

Los continentes están siempre en movimiento. Y hace unos 335 millones de años, todos estaban unidos en un supercontinente: Pangea. Nuestro planeta viaja alrededor del Sol a una velocidad de aproximadamente 108000 kilómetros por hora. Un 71% de la superficie de nuestro planeta está cubierta de agua. El agua es esencial para la vida y desempeña un papel crucial en los ciclos climáticos y geológicos.

El planeta Tierra que para nosotros es tan importante, por ser nuestro hogar, no deja de ser un punto insignificante en el vasto universo.

 

Cuidémosla

lunes, 23 de marzo de 2026

Julia de Castro: El silencio más noble de Susana López Pérez

 



 

De nuevo una novela ambientada, al menos en gran parte, en la guerra civil española y los duros y difíciles años de postguerra.

Esta es una historia contada desde el punto de vista femenino, ya que la autora nos narra la vida de tres mujeres condenadas a encontrarse. Una joven vasca de un pequeño pueblo imaginario, Ibaya, en las márgenes de la ría del Nervión; Elvira, inmigrante castellana en busca de un futuro para su familia y Renata, italiana de origen gallego que llega a una España recién salida de su conflicto bélico cuando su país está a punto de meterse de lleno en la Segunda Guerra Mundial. Un terrible suceso va a unirlas de por vida con un lazo invisible pero imposible de desatar.

La obra de Susana López tiene todos los ingredientes para hacernos sentir, vivamente, la atmósfera de las épocas que retrata. El miedo a la guerra; la desesperanza de saber que no hay futuro para los vencidos; la angustia ante las enfermedades, el hambre o la separación de los tuyos; la impotencia de ver como los poderosos y la iglesia pueden atropellar a todo aquel que consideren sospechoso de ser desafecto; la represión de cualquier pensamiento diferente; el distanciamiento de amigos y familiares por la brecha que se abrió entre ambos bandos.

Con esta novela costumbrista recorremos, no solo la vida de estas tres mujeres y de sus vecinos y familiares, desde los años veinte hasta después de muerto Franco, sino que también nos muestra las grandes diferencias entre las clases sociales y los cambios que la sociedad va asumiendo con el paso del tiempo y, como trasfondo de todo esto, la lucha de tres mujeres por sobrevivir en una sociedad que no las permite salir de la sombra de sus propias casas y de la custodia de maridos o padres pero que, a la vez, las convierte en imprescindibles para la supervivencia de los suyos.

Paseando por sus páginas, no he podido dejar de evocar esos paisajes del entorno del Bilbao industrial y su salida al mar. Guetxo, Portugalete, Gallarta, Santurce o, el propio Bilbao, no cabe duda de que la autora conoce bien estos escenarios y ha sabido trasladarnos sus olores y colores en esta novela.

Julia de Castro

Mi verano en libros

julio-2022