martes, 7 de abril de 2026

Abril, aguas mil…

 


Abril es el cuarto mes de nuestro actual calendario, el gregoriano. Pero en sus orígenes era el segundo, ya que para los antiguos romanos el calendario se abría con la primavera, en el mes de marzo, cuando la naturaleza después del invierno, despierta, revive.

A través de los siglos y por influencia del latín, el nombre de este mes, aprilis, se asentó en la lengua de muchos pueblos y casi con la misma escritura. En italiano es aprile; en inglés, April; en francés, abril; y en castellano y portugués, abril.

El refrán «en abril aguas mil», evoca la principal característica climática de este mes lluvioso, propicio y beneficioso para los cultivos. Después de los meses de invierno, abril trae consigo la necesaria humedad que permite la germinación de semillas y el crecimiento de las plantas.

Este mes se asocia, también, con la llegada de la primavera. Después de los meses fríos y oscuros del invierno, abril anuncia el despertar de la naturaleza. Los días se alargan, las flores comienzan a brotar y los árboles recuperan su verdor. Las lluvias de abril contribuyen a este renacimiento, nutriendo la tierra y creando un ambiente adecuado para el florecimiento de la vida.

Para la Iglesia católica este mes está dedicado a la Eucaristía, al Espíritu Santo, a la Divina Misericordia.



domingo, 5 de abril de 2026

Sol Cerrato Rubio: Melaza




Me sumergiría en tus abrazos

un día grisdos mil años bisiestos,

tres millones de eones afrutados.


Extraña sucesión pausada

jaqueando las vetas de los ópalos murciélagos.


Este enamoramiento repentino.

Esta enfermedad de los sentidos.

Esta levedad en las piedras del camino.


Música suave afinando tus párpados

y mis oídos.


¿Cuánto durarán estos sensuales sostenidos?

¿Y cuánta melaza derramará sobre mis instintos?



Sol Cerrato Rubio 

viernes, 3 de abril de 2026

Amantes de mis cuentos: La familia que me inspira

 



La prima Cecilia era muy especial. Organizaba los cumpleaños de toda la chiquillería de la familia y del barrio. 

Hacía con sus manos piñatas, nunca repetía modelo, que eran las delicias de todos. La mía, aquel año, era de Spiderman, mi héroe.

Repleta de chuches, sí, pero también de sorpresas: canicas, silbatos, lápices de colores, monedas de un centavo y de cinco. Y cuando yo saltaba gritando que tenía mucho dinero con cinco monedas de un centavo, me hacía ver que mi hermana con una sola de cinco tenía la misma cantidad que yo. Eso me costaba creerlo. En mi mano había más monedas.  

La prima Cecilia tenía los ojos tan grandes, que despedían una luz azulada como la de los cocuyos, como las luciérnagas, y cuando se lo decía me explicaba que no me confundiera que estos bichos no estaban emparentados, que no eran familia. Y yo que sí, y ella que no.

Siempre sabía lo que yo estaba pensando y me contestaba sin que hubiera hecho la pregunta. Con mucho misterio declaraba que ella era una bruja buena o mala según la ocasión, una lechuza, una arpía, un basilisco… Pero, yo dándole un beso, la llamada mi hada madrina.

 

© Marieta Alonso Más

jueves, 2 de abril de 2026

Amantes de mis cuentos: Desafortunado aniversario

 



Ayer, el tío Joaquín y la tía Cecilia cumplieron sesenta años de casados, sus bodas de diamante. Como era martes dejaron la celebración para el domingo y ella pudo asistir a su cita con el dentista.

Por lo visto se le estaba desgastando la dentadura, chirriaba los dientes de noche, apretaba la mandíbula y el dentista le recomendó una férula dental. Tuvo la suerte que en la consulta tenía una que le iba al pelo, perdón a la boca y a un precio muy asequible. El único problema era el color rojo cereza madura. Las transparentes costaban mucho más, sí, y total ella solo la tenía que utilizar en la noche. Tan acomodaticia como siempre, la tía Cecilia, aceptó.

Cenaron, vieron un rato la televisión, y llegó la hora de irse a dormir. Esa noche, la luna llena incidía en el espejo del dormitorio mostrando luces y sombras. La tía Cecilia, como siempre, se lavó los dientes, se embadurnó de cremas, se colocó los bigudíes, estrenó el nuevo artefacto bucal, comprobó que luces, puertas y ventanas estaban como debían estar y se acostó. El tío Joaquín, se acurrucó a su lado y le dijo algo al oído, ella se dio la vuelta riendo.

¡Ayyyyyy! 


El grito del marido se oyó a dos kilómetros de distancia. Fue lo último que dijo e hizo el pobre hombre que nunca había estado enfermo.

 

© Marieta Alonso Más

 

miércoles, 1 de abril de 2026

Amantes de mis cuentos: Pasión por los cometas

 



Me encantan. Cierro los ojos y los imagino como un símbolo de libertad. Los científicos, tan sosos, nos dicen que son cuerpos celestes formados por polvo, rocas y partículas de hielo que orbitan alrededor del Sol.

Y yo me pregunto, si por un casual, los cometas fueran cientos de guerreros uniformados con espadas al viento, con esa luz blanca que es capaz de cegar y que con su sola presencia defendieran al Sol de intrusos no deseados; esos que saben que la raza humana no podría sobrevivir sin el calor de sus rayos. Nunca se sabe dónde puede estar el peligro. Además, necesito ese color dorado tan bonito del verano. Mi piel es tan blanca que mi abuela dice que soy la representante de la leche en la Tierra.

Hay dos cometas que me vuelven loca de amor. El Halley, ése que orbita cada 76 años y que se llama así en honor a quien calculó su órbita en 1705, Edmund Halley. Mi padre vio a ese famoso y estudiado cometa, dos veces: en 1910 y 1986. Yo solo he podido disfrutar de él en el 86. Al otro, que se verá en 2061 no llegaré con vida, pero quizás desde esa otra dimensión a la que iremos todos, pueda verlo hasta más cerca y tal vez, salude al astrónomo inglés y con su ayuda convertirme en un cometa que viaje cada año haciendo «eses» para deleite de los niños. Todo es posible. ¿No creen?

El segundo cometa de mis amores es el de Navidad. La estrella de Belén que guio a los Reyes Magos hasta el Niño Jesús y que simboliza esperanza, guía y eternidad.

Mi madre era una gran repostera y sus hijas le salieron golosas. Nos hacía Flan de leche condensada, Pudin de pan con almendras y pasas, Bocado de la Reina, Brazo gitano, Cometas de Navidad con chocolate negro y estrella incluida. Hay cosas que son imposibles de olvidar. Se te hace la boca agua solo con pensar en ellas.

Ya sé, ya sé, que la Navidad no solo es el tiempo comprendido entre Nochebuena y Reyes Magos, que no está en los regalos, ni en los postres, ni en las vacaciones… Pero, hay que ver lo que ayudan para sentir a Dios y poner en alza el amor y la paz.

© Marieta Alonso Más

martes, 31 de marzo de 2026

Las palabras

 



 

Es increíble todo lo que pueden llegar a hacer las palabras: pueden herir y sanar, alterar o reconfortar. Pueden ser sinceras o falsas, pensadas o espontáneas…, y son uno de nuestros mayores tesoros.

Las decimos, las escribimos, las leemos y compartimos. Aprendemos con las palabras prestadas de otros y también transmitimos a otros. Hay palabras que es mejor no decir. Porque no hacen falta.

Las que juzgan sin intentar comprender. Las que son falsas. Palabras de maledicencia o de crítica injusta, de chismorreo y de condena. Palabras innecesarias, o cháchara para llenar silencios que asustan. Palabras de burla que ignoran el dolor del débil. Palabras que apuñalan por la espalda.

Es mejor callar aquello en lo que sabemos que no estamos siendo honestos, o lo que no diríamos en persona. Callar aquello que levanta muros y genera desconfianza y fracturas.

Es mejor callar lo que envenena los sueños y marchita la vida.

 

¿No os parece?

domingo, 29 de marzo de 2026

Cristina Vázquez: La foto

 



La foto presidía la repisa de la chimenea. Un par de floreros a cada lado le daban un aspecto de humilde altarcito. Nines había vuelto a residir al cortijo de sus padres en Extremadura. Seguir viviendo en Barcelona, sin haberse quitado nunca el pelo de la dehesa o de charnega de feo acento, la había hartado.

Recogió el modesto piso que compró con sus ahorros y lo poco que aportó José, su marido. Pidió el despido en la fábrica de montaje en la que había conseguido ser jefa de equipo y tener a casi treinta mujeres bajo su mando y decidió volver a sus orígenes. Habilitó parte del cortijo para vivir allí con José y el resto lo hizo hotel rural. Su marido al principio protestó un poco por el cambio. A él la dehesa…, que sí, Nines, que era una belleza, pero él no tenía tanta vida espiritual para vivir en el campo y la tele no se veía bien y la pifi —siempre bromeaba al pronunciar wifi—, era más inestable que el mar. A lo que se negó fue a tener piara de cochinos. Que vendiera la montonera y le dieran unos buenos jamones a cambio.

 El hotel empezó a funcionar poco a poco y Nines volvió a trabajar sin descanso. Se ocupaba de que todo estuviera cuidado y José con su labia recibía a la gente y cuadraba las cuentas. Poco a poco se acostumbró a esta vida, es más, le encantaba.

—Vivo como un marqués —se ufanaba—. Y además hay una clientela muy interesante. ¡Si hasta vienen extranjeros a ver pájaros!

Estos comentarios los hacía en el bar del cercano pueblo donde todos conocían a la Nines desde pequeña. Y ponderaban lo lista que era, lo lista y lo valiente, porque sin haber ido al colegio, emigró desde jovencita y se hizo un porvenir.

Una tarde apareció un cliente de una edad aproximada a la de Nines. A ella le pareció el colmo de la elegancia y finura. Hablaba con un acento que a ella le resultó exótico y le recordó a un jefe inglés que tuvieron en la fábrica durante unos años. Era un señor muy educado que la distinguió no solo en el trabajo, aumentándole la responsabilidad y el sueldo, sino también un poco en su corazón, le confesó una tarde poco después de cerrar la fábrica. Era la mujer más atractiva e inteligente que había conocido. Nines se derritió cuando se lo confesó con ese acento tan suave, pero enseguida comprendió que con aquel hombre no había porvenir y en cambio sí mucho peligro.

Así que ahora al escuchar a este nuevo cliente, algo en ella que permanecía dormido, más que dormido acorchado, se despertó con la emoción del recuerdo juvenil. ¡Ay Peter! Ella siempre le agradeció a José que la salvara, eso se decía, del inglés aquel. Él era un buen hombre, sin duda, y bien plantado, aunque un tanto cabeza hueca y su conversación la aburría. Pero es que ella era muy exigente, ya se lo decía su madre. El tal Peter también lo fue cuando ella le dijo que o se casaban o no se volvían a ver. Cómo pretendía casarse con él, si ni siquiera había ido a la escuela, le espetó con crueldad. Nunca olvidaría su cara de desprecio y la desolación que sintió. Tardó en comprender el mérito que había tenido estudiando por las noches y sacando, ya mayor, sus cursos para no ser una burra.

El señor que fue al hotel hablando con ese acento y que a Nines la descuadró, estuvo tres días y se despidió cortésmente. Al ir a recoger el cuarto vio que en la mesilla de noche tenía una foto olvidada. Se quedó mirándola un largo rato. Era una foto preciosa de unos niños que salían de la escuela con sus mochilas a la espalda. Se podían intuir sus sonrisas, aunque no se les viera la cara. Guardó con cuidado la foto y la miraba todos los días, hasta que decidió ponerla en el sitio principal y destacarla con los jarroncitos.

—Yo soy la tercera de la derecha —repetía a quien se admirara de la foto—. Para mí es un recuerdo inolvidable de cuando fui al colegio.

© Cristina Vázquez