sábado, 25 de julio de 2026

Una verdad de Perogrullo

 



Según la RAE: perogrullada es verdad o certeza que por notoriamente sabida es necedad o simpleza al decirla.

Se considera bastante fiable la teoría de su origen en un documento de 1460 titulado «Profecía», cuyo autor firma con el seudónimo de «El Evangelista». Es un relato breve y satírico en el que se habla de un personaje, al que se describe como un ermitaño profeta, Pero Grillo. Posiblemente nunca existió, y es uno de los muchos Pedros y Juan Lanas que pululan por las expresiones populares sirviendo de prototipos de necedad.

Debió de ser un personaje muy popular de siglos pasados, pues aparece periódicamente en la literatura. Lo cita, y lo supone de origen asturiano, Francisco López de Úbeda en su obra «La pícara Justina», publicada en 1605.

Sancho Panza habla de él en el capítulo LXII de la segunda parte del Quijote: «Son esas profecías de Perogrullo, que a la mano cerrada llamaba puño».


Algunas de las más conocidas:

  • Si tratas de lavarte el pelo y no lo logras, tratas de peinarte y no lo logras, será mejor que te quites el sombrero.

  • Todos los grandes fueron chicos alguna vez.

  • Si un día vas descalzo y sientes un pinchazo en la planta del pie, seguramente te has pinchado.

  • Si estás con alguien, alguien está contigo.

  • Si dentro de una habitación quieres ver y no puedes, debes encender la luz.

  • Ruin habilidad, meter mentira para sacar verdad.


Por último, Francisco de Quevedo, en «La visita de los chistes», lo utiliza como interlocutor y pone en su boca proféticas perogrulladas como estas: 


«Las mujeres parirán,

si se empreñan y parieren

y los hijos que nacieren

de cuyos fueren serán.»



jueves, 23 de julio de 2026

Julia de Castro: Julia está bien de Bárbara Montes

 



 

La búsqueda apresurada de una solución a sus problemas permite a Sofía reencontrarse con su abuela Julia, con la tremenda historia de esta y consigo misma.

Después de la ruptura de su matrimonio y de haberse quedado en el paro, la joven se muda a casa de su abuela para cuidarla. La convivencia con la anciana va a sorprender a Sofía, sus largas conversaciones van a permitir que conozca una historia de la que nunca se habló en la familia, a la vez que le va a proporcionar la seguridad en sí misma y la fuerza necesaria para emprender una vida nueva de la que solo ella llevará las riendas.

La abuela Julia, esa mujer vulnerable y casi ciega, se descubre ante sus ojos como una joven tremendamente valiente y fuerte, capaz de hacer frente a las pruebas más duras que la guerra, las envidias y la miseria le pusieron por delante para salvar al hombre al que amaba y proteger a su propia familia.

La novela es un continuo ir y venir entre el pasado de Julia y el presente de Sofía, que se encuentra en su peor momento, atrapada en una relación que ha minado su autoestima y la ha dejado sin vigor y sin objetivos. Gracias al apoyo de la familia y a las cáusticas recriminaciones de Julia, la joven terminará por descubrirse a sí misma y a su propia fuerza bajo de la depresión y el abatimiento.

Me quedo con varias cositas interesantes de la novela. La dura historia de Julia, que parece está basada en su propia vida, su determinación y su fuerza de voluntad que la hace enfrentarse a un hombre poderoso y que siempre estuvo encaprichado de ella. Aunque también es cierto que, no muchas historias de este tipo alcanzan un final feliz. La bellísima relación entre Julia y su nieta Sofía, que retoman cuando una ya está en el ocaso de su vida y la otra iniciando su madurez, al final, ¿quién cuida de quién? Y el humor que rezuma toda la narración.

Una novela que habla de amor, del horror de la guerra, de la familia, del sacrificio, de heroísmo y, en definitiva, de la vida de las personas corrientes, como cualquiera de nosotros.

 

Julia de Castro

Mi verano en libros

Julio 2021

martes, 21 de julio de 2026

Blanca del Cerro: El rey del mundo

 



        Voy a ser el rey del mundo, pensaba mientras descansaba en su cama tras la siesta, y voy a dominar a todos, tendré a todos ellos ─y ellas, claro─ a mis pies, bajo mi batuta, como hasta ahora, pero mucho mejor, con un dominio más a fondo, más entregados, más sumisos, más miserables. Empecé bien, no lo dudo ni lo he dudado nunca, porque en los comienzos me rodeé de aquellos ─y aquellas, claro─ que no servirían en absoluto en cualquier otro escenario pues, en el fondo no saben ni sabrán jamás nada de nada. Yo lo sé, aunque ellos lo ignoren, o si no lo ignoran lo disimulan bien porque poderoso caballero... Son idiotas que a los que hay que usar y, en su momento, tirar, que es lo que haré en el futuro, cuando salga de aquí, cuando finalice mi reposo. Por eso los nombré ministros ─y ministras, claro─; por eso quise revertir el lenguaje y usar uno más acorde a mi pensamiento (el único válido); por eso me rodeé de afirmaciones ─que posteriormente fueron mentiras, pero tal hecho carecía de importancia─; por eso escalé paso a paso, pisando y machacando a cualquiera; por eso creé el mundo maravilloso en el que yo estoy arriba y el resto abajo. Si supieran lo poco que me importan… Pero había que decir lo contrario, que ellos, mi pueblo, eran lo único, lo mejor, que siempre lucharía por mis vasallos, que buscaría su bienestar, y que todo lo que hiciera sería por su bien, (como si a mí me importaran) pero siempre, siempre, cubriéndome las espaldas, nombrando jueces a mi favor, políticos a mi favor, magistrados a mi favor, iguales a mi favor, súbditos a mi favor y lacayos a mi favor. La humanidad al completo a mi favor. Y sibilinamente, sin que se percataran, me fui deshaciendo de aquellos ─y aquellas, claro─ que no pensaban como yo, que no comulgaban con mis ideas, que no seguían la línea de mi pensamiento. Y cuando salga de aquí, ya dentro de poco, seré el emperador del universo y todos ─y todas, claro─ me adorarán.

        Yo seré el rey del mundo.

        El sonido de la puerta cercenó de cuajo sus pensamientos.

        ─Es la hora del paseo ─dijo el primero de los enfermeros mientras otros dos se acercaban a la cama, le sujetaban los brazos, le levantaban y le ponían una camisa de fuerza. Así era mucho más seguro.

Salieron tranquilamente de la celda mientras el sol se colaba por la ventana un poco antes de decir adiós al mundo.

 

© Blanca del Cerro

domingo, 19 de julio de 2026

Liliana Delucchi: Un epílogo italiano

 


Hacía meses que mamá estaba deprimida, y no era para menos: mi padre la había abandonado por otra más joven. Por tanto, cuando ella apareció con dos entradas y los billetes de avión para ver Aída en la Arena de Verona, no pude negarme. Sobre todo, porque él nunca la había acompañado a la ópera.

No es que yo tuviera mejor ánimo, aunque mi frustración no era de carácter amoroso sino laboral: el proyecto en el que pasara tanto tiempo trabajando para el nuevo edificio del museo, fue rechazado.

Con mi hermana no podía contar. Estaba enfadada con mamá porque cuando tiempo atrás le dijo que nuestro padre se veía con otra, hizo oídos sordos. Afirmó que era lo que los hombres hacían habitualmente. Ya se le pasaría…, como tantas otras veces.

Así que, mami y yo, apoyadas una en la otra, como dos náufragos en busca de la orilla salvadora, emprendimos viaje.

No estaba muy segura de que escuchar una ópera, con esos finales tan dramáticos, fuera lo idóneo para nuestro estado. Si nos ponemos a analizar los argumentos, las que no mueren de tuberculosis, se suicidan. ¡Vaya! ¿Tal vez el inconsciente de mi madre fantaseaba con ese final para quien le había robado el marido? No soy nadie para juzgar, y menos a esta mujer a la que adoro.

Intenté convencerla de que nos inclinásemos por otro tipo de viaje, más divertido, algo que nos dibujara una sonrisa. Recurrí a todos los fundamentos posibles, ¿acaso en la vida no hay circunstancias lo suficientemente trágicas como para, encima, ir a buscarla a un escenario? Y para más INRI en Verona, donde los amantes más famosos de la Historia encontraron su final.

Es evidente que no estaba en mi mejor momento. De la misma manera que no pude convencer a los miembros del jurado de aquel concurso sobre mi proyecto arquitectónico, tampoco lo logré con mi madre. Dos de dos, iba bien.

Llegamos días antes del estreno para hacer un poco de turismo, disfrutar de esa ciudad maravillosa, su gente, comida y comprar una cantidad ingente de cosas que no necesitábamos. Volvíamos a mi niñez o peor aún, adolescencia.

La noche era cálida, como mis sentimientos hacia quien sufría porque su mundo se había acabado. Eso pensaba ella. He de confesar que la representación fue sublime, no sólo por la música y las interpretaciones, sino que la puesta en escena era digna de semejante espacio.

Cuando llegó el dúo final, en que Aída y Radamés se unen ante la inminencia de la muerte, mi madre rompió a llorar. Busqué un pañuelo en mi bolso, pero nunca llevo cuando lo necesito, y entonces vi que el caballero que estaba a su izquierda, un elegantísimo italiano, le ofrecía el suyo.

Argumenté dolor de cabeza para no cenar con ellos. A su regreso al hotel, mamá me contó que se llama Giuseppe.

—Como Verdi—. Agregó— Y, por supuesto, le gusta la ópera.

© Liliana Delucchi

viernes, 17 de julio de 2026

La cabina telefónica

 



 

Fue inventada por William Gray en 1889, quien patentó su diseño en Hartford, Connecticut. La primera máquina que permitía realizar llamadas sin la intervención de un operador, cobrando el costo de la llamada directamente.

Estas cabinas telefónicas han dejado una huella imborrable en el paisaje urbano y en la cultura popular. Han sido representadas en películas y obras de arte, simbolizando una era de comunicación. El diseño más conocido son las rojas usadas en varias ciudades del mundo.

En España, la primera se instaló en 1928, en Madrid, en el Parque del Retiro, donde hoy está Florida Park. En aquel entonces se necesitaba una operadora para atender las llamadas.

Sin embargo, si nos referimos a las cabinas tal como las conocimos, con un cubículo destinado a albergar el teléfono público, hay que retroceder a 1963 cuando se instalaron las primeras cabinas telefónicas de este tipo en España.

Comenzaron a desplegarse en las vías públicas de nuestras ciudades, primero en Madrid y Barcelona, y posteriormente en otras ciudades. Estas primeras cabinas solo eran válidas para realizar llamadas urbanas. Los modelos estaban hechos de aluminio y vidrio, con un aparato de fichas y soportes especiales que contenían la «Guía telefónica urbana» de la propia población. 

En los años de 1970, llegaron las cabinas que aceptaban monedas, cuando Telefónica comenzó a sustituir los teléfonos antiguos por nuevos aparatos adaptados para las pesetas.

En su apogeo, 1990, España llegó a tener más de cuarenta y dos mil cabinas en funcionamiento.

Hoy, se encuentran en vías de desaparición por falta de rentabilidad a pesar de estar consideradas servicio universal en Derecho europeo, a pesar de haber representado un punto de conexión vital en la vida cotidiana de muchas personas antes de la llegada de los teléfonos móviles.

 

Adiós

Querida cabina

¡Cuántos recuerdos!

Adiós

 

miércoles, 15 de julio de 2026

Nuevo Akelarre Literario nº 130: Terrazas de verano



Las terrazas son para el verano. En pleno verano nos apetece acercarnos a una terraza para disfrutar del buen tiempo. El duro invierno nos mantuvo más encerrados de lo que hubiésemos querido, por eso ahora nos falta tiempo para coger el teléfono y quedar con amigos.

Pinchad en el link y disfrutad de nuestros cuentos.