viernes, 25 de junio de 2021

Lugares de peregrinación: La Kaaba (Arabia Saudí)

 



Se encuentra en el centro de la mezquita Masyid al-Haram en la ciudad de La Meca. Representa el lugar sagrado, la casa de Alá donde los musulmanes de todo el mundo orientan sus oraciones. El Corán dice que fue construida por Abraham y su hijo Ismael y la esquina sureste contiene una reliquia, un meteorito de origen indeterminado, la Piedra Negra, que está rodeada por un anillo de plata.

Los peregrinos al llegar dicen: “Heme aquí, oh Señor”, y se circunvala siete veces en sentido contrario a las manecillas del reloj. El patio está rodeado de claustros y pórticos y se pueden concentrar hasta treinta y cinco mil personas. Cuenta con siete minaretes, veinticuatro puertas y un pozo sagrado que se dice fue utilizado por Agar, madre de Ismael.

En la Meca, en el año 570, nació el profeta Mahoma, y murió en el 632 en Medina. Fue enterrado en el patio de su casa, lugar en la que se hoy se alza la Mezquita del Profeta, la segunda en importancia después de la Meca.


Los cinco pilares o preceptos fundamentales del Islam son:


Profesión de fe. El primero y más importante.

La oración. Cada musulmán debe rezar cinco veces al día en dirección a La Meca.

El Azaque. Se debe dar una limosna a las personas más pobres de su comunidad

El Ayuno. Durante el Ramadán es estrictamente obligatorio.

Peregrinar a La Meca. Al menos una vez en la vida.

miércoles, 23 de junio de 2021

Brújulas y espirales: Víctor Gómez Pin, El honor de los filósofos

 

Blog literario de Francisco Martínez Bouzas

FIDELIDAD A LAS EXIGENCIAS DEL PENSAMIENTO

 El honor de los filósofos

Víctor Gómez Pin

Acantilado, Barcelona, 2020, 600 páginas

 

   

 

El honor de los filósofos es el título con el que Acantilado pone en manos de los lectores una obra de gran envergadura de Víctor Gómez Pin (Barcelona, 1944). Víctor Gómez Pin es doctor de Estado por la Sorbona, Catedrático de la Universidad del País Vasco  y, en la actualidad, catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Barcelona. Especializado en Metafísica y en Pensamiento Matemático. En 1989 obtuvo el Premio Anagrama de ensayo por su obra Filosofía, el saber del esclavo.

   El honor de los filósofos es un libro magno en varios aspectos: 600 páginas, que no pretenden ser una introducción a la filosofía sino un homenaje a los filósofos, merecedores de honestas en el sentido etimológico y más usual del término, sobre todo  a aquellas personas -de ellas trata este libro- sobre las que recayó hosquedad de forma real o simbólica. Pero que resistieron; la exigencia de fidelidad a su condición específica como animales de palabra y de razón hizo que cada una de estas personas perseverara en el combate de sí mismo.”. Fueron víctimas de la desafección por parte de los poderosos, de acusaciones que actuaron como coartada.

   Es el caso de Leibniz por reivindicar la paternidad del cálculo infinitesimal; de Tomas Moro por no subordinar la causa del papado de Roma al que servía, a los intereses de Enrique VIII. De Condocert, cuya alianza con el adversario lo convierta en enemigo de la Revolución; de Miguel Servet por haber puesto en tela de juicio dogmas teológicos como el carácter trinitario de Dios; de Copérnico y Giordano Bruno por negar la evidencia ya demostrada como falsa del geocentrismo. La hoguera fue la honestas con que los poderes públicos pagaron la fidelidad a su pensamiento de Miguel Servet o Giordano Bruno.

   Tuve la oportunidad de conocer y dialogar con Víctor Gómez Pin sobre estos y otros personajes merecedores de honor e la Semana de Filosofía celebrada en 1998 por el Aula Castelao e Filosofía de la que fue uno de los conferenciantes. Y en aquel entonces pude comprobar la admiración de Víctor Gómez Pin por estos seres humanos que no se enmendaron, a pesar de la muerte como amenaza y realidad, de pensar con radicalidad , y dieron muestras de saber responder con sus vidas a lo que consideraban que era la verdad.

   Varios son los criterios con que Víctor Gómez Pin escruta en los hombres y mujeres considerados filósofos y que homenajea en su libro: rigor en el propio discernir; firmeza para mantener esa convicción; prudencia para sortear los inevitables momentos de flaqueza; autoestima para resistir  y no derrumbarse ante la exclusión; andreia (una fuerza vital que sostiene a los seres humanos en los momentos más complejos para mantenerse fieles a sus ideas) para resistir la inmediatez del propio fin y mantener la entereza y la fidelidad a su verdad.

   

                                  

                                      Víctor Gómez Pin

 

 Este “pensador de larga carrera” que en Gómez Pin analiza estas virtudes a lo largo de este libro denso. Y la fidelidad a las mismas por parte de ciertos hombres y mujeres. Su dramatis personae incluye a pensadores de todo tipo, físicos, matemáticos, novelistas. Y comienza -como no podía ser menos- con Aristóteles exiliado dos veces de Atenas. Pero él fue el que nos ayudó a pensar. Su corpus engloba todos los saberes. Sospechoso por su condición de meteco, opuesto a los designios imperiales de Alejandro Magno. Diversas versiones nos hablan del final de sus días por envenenamiento. Sigue en este “dramatis personae” Baruch de Spinoza, filósofo holandés de ascendencia sefardita. Expulsado y condenado al exilio por los representantes de la ortodoxia hebrea, porque su obra chocaba contra la doctrina de un Dios transcendente al mundo. “Sus enemigos había logrado que el pueblo lo odiara porque aportaba los instrumentos que  permitían distinguir la hipocresía de la piedad verdadera y abolir la superstición”, escribe uno de sus biógrafos.

   Leibniz, filósofo y matemático. Acusado por los newtoninos de plagio debido a su teoría del cálculo infinitesimal. Cuando falleció, solo una persona sigue al féretro. René Decartes, filósofo y matemático, padre de la geometría analítica. Generó la desconfianza de la ortodoxia y tuvo que postergarse debido al clima creado por la condena de Galileo. Voltaire, modelo del “librepensador”, filósofo, dramaturgo y poeta. Sus Cartas filosóficas suscitan reacciones furibundas por parte de las autoridades religiosas. Posee el record de decretos en el Índice. Encarcelado y víctima de constantes persecuciones y condenas. Jean-Jacques Rousseau, contrapunto de Voltaire. Incomprendido por este y por sus mismos amigos al final de su vida: Olympe de Gogues: intentó dotar de leyes razonables al proceso revolucionario, pero fue guillotinada en 1793.

   Son muchas y muchos otros los que forman parte de este elenco de merecedores de la honestas o el honor de los filósofos: Nicolas de Condorcet, Sophie de Grouchy, André Chénier, Tomas Moro, Antoine Fusquier-Tinville, Miguel Servet, Juan Calvino, Galileo Galilei, Johannes Kepler, Hipaso de Metaponto, Téano, Pitagoras, Socrates, Hipatia… Una larga lista que tiene su remate en Mércel Proust.

    Este es solamente el exordio de un libro, con capítulos profundos y, a la vez de amena lectura. Ocho partes donde Gómez Pin da muestras de un saber enciclopédico que sabe traducir en lenguaje legible  -hay secuencias que se leen como un ameno e interesante relato-, apto para iniciados en la filosofía y para profanos en este saber. Un libro en el que quizás su tema central es en palabras del autor: ·si el pensar puede llevar a  hoguera, el no pensar quizás supone una amenaza mayor, porque en el acto de pensar está encerrada toda esperanza.”

 

Francisco Martínez Bouzas

martes, 22 de junio de 2021

Saúl Braceras: Del exilio de la ceguera

 



 

El taxi recorría la avenida Santa Fe con la molicie de una tarde soleada de otoño, para detenerse en la intersección con la avenida Coronel Díaz. El chófer lo reconoció al instante, y supo referirle un sinnúmero de citas a las que estaba agradecido. El pasajero sonreía trasluciendo su alma en el empeño.

―Por favor, déjeme ayudarlo ―dijo con rotundidad―.  Esperó que pasase un veloz colectivo, saltó a la acera y así pudo abrirle la puerta.

Con el auxilio de una, más que secretaria, descendió del coche. El hombre tiró de los bajos de la chaqueta para evitar las indeseables arrugas dejadas por el asiento.

―¿Cuánto le debo? ―Preguntó la mujer.

―Nada, señora, uno no siempre tiene el placer de llevar alguien como él.

―Gracias. ―Se limitó a decir ella y él a extender la mano en el éter.

―Soy yo el agradecido. ―Contestó quedándose al lado de su taxi, en tanto, el portero del edificio corría a franquearles el paso.

 

 

Desde mi mesa lo vi entrar en la consulta. Como un niño obediente esperó a que el borde del asiento de la silla le tocara las piernas para sentarse. El infaltable bastón jugaba entre sus manos, mientras una vacua mirada colegía dónde me encontraba, médico y relator de estas líneas. Aun así corrigió ligeramente su cabeza hacia la izquierda cuando al inhalar profundamente, producto de una alergia, terminó por determinar mi correcta localización.

―¿A qué se debe su alegría doctor? ―Espetó sin previo aviso.

―Siempre he sentido curiosidad por la capacidad que tienen los ciegos de advertir los estados de ánimo en los demás ―dije en el rol de médico cuando entrecruzaba mis brazos sobre el pecho―. Es más, muchas veces me pregunto quiénes son los ciegos en verdad.

―Si bien el hábito no hace al monje, sí la reiteración de acciones o actitudes tras una larga vida. En mi caso, son tantos años de mirar hacia adentro que el exterior se me hace algo ausente cuya pertenencia es de otro mundo… Uno tan huidizo como la ceguera para usted. La vida no me deparó el universo de colores, tonos y matices, gestos y ojos abismales.

―Comprendo, comprendo… Lo he hecho venir porque tengo buenas noticias. Los últimos exámenes dan lugar a la esperanza.

―¿Puede ser más concreto, doctor?

―Sí. Usted está en un punto donde, con una intervención quirúrgica y una correcta terapia post-operación, puedo asegurarle con un altísimo porcentaje… ―El paciente se volvió hacia mí―. Podría volver a ver.

No podía abstraerse de girar la cabeza, como si de un aguijonazo se tratara. Cerró los ojos y apoyó la barbilla en el puño del bastón. Un esbozo de sonrisa se implantó en sus labios. Supo del peso de años de oscuridad, donde los colores carecían de todo sentido, a punto tal, que el oro o el rojo se habían difuminado. En su memoria era como intentar atrapar el olor de la luz o el tacto del mes de enero. Una pesada respiración dio paso a una pregunta:

―¿Entonces?

―Ya tengo todas las pruebas y sus resultados, solo resta poner fecha para la intervención. Reitero: Se lo aseguro, podrá volver a ver. Al principio serán los contornos, después irá ganando en precisión. De todas formas, será mucho más que advertir solo luces y sombras.

Sentí, o mejor dicho, vi en sus gestos cómo mis palabras de profesional rodaban y se esparcían por el suelo, mientras repetía una negación con la cabeza. Experimenté su ausencia en pos de viejos recuerdos de la infancia, donde los juegos fueron olvidados para sumergirse en una lectura interminable hasta que llegó la catástrofe. Un infinito de signos que lo expresaban todo o casi, aunque de qué forma se precisa una tonalidad, un matiz en la pátina broncínea de un busto. Sin duda la pérdida la advertía.

Una ambulancia con la dramática carga de su sirena desconcertó al paciente, sacándolo de sus pensamientos. Un movimiento imperceptible de su derecha, tal vez involuntario, aunque propiciatorio para reiniciar el diálogo, le hizo recobrar el control. Se aclaró la voz. Levantó la cabeza.

―Doctor, espero que me comprenda. La ceguera me dio la libertad de la introspección, del intelecto. Una vida vivida por otros, donde ellos llegaron a profundidades insondables para relatarlas en prosa o en poemas. Puede sonar vacuo, pero a través de terceras personas elegidas supe más que si las hubiese vivido. Albas, atardeceres, un rostro querido, el mar iracundo, la sinuosidad de un trigal mecido por el viento. Yo lo sentí, mas nunca lo vi. Por todo esto, donde usted ve, nunca mejor dicho, un quebranto, vislumbro luz.

Esto me dio pie a un comentario y sin darme cuenta abrí mis manos antes de hablar, inconsciente de su ignorancia frente al gesto.

―Creo que debe reflexionar ante un paso importante para su vida y que no ha de ser tomado a la ligera.

―Lo sé, doctor. Hay veces en que la ciencia nos pone ante dilemas para los cuales no estamos preparados. ¡Paradojas del destino aparte! –Volvió a apoyar su cabeza sobre el mango del bastón, para agregar con voz trémula―. Me siento Homero viviendo en los ojos de Ulises una vida paralela. Tal vez se podrá argumentar su escasa realidad, mi falta de pertenencia, aunque es innegable, la estoy viviendo. No quiero ser retórico, pero antes deberíamos definir qué es la realidad para usted que ve y le intuyo del otro lado de una mesa, y qué es para mí desde mi posición.

»Además, debo decir que entre los rescoldos del recuerdo quedan los sentimientos. Estos son tan míos como de otros, siempre lo han sido; tal vez con mayor intensidad dada mi condición. Mas este mundo era y es seguro. Lóbrego, pero seguro. En definitiva, mío. Dotado de mil rutinas junto a tantas falencias, algunas muy lejanas, otras no.

»La ceguera me echó de la indignidad de una vida plena, para refugiarme en una cada vez más propia, interior, imperecedera. Apareció en el momento más propicio, la infancia. Allí los recuerdos se mezclan con ideas propias y ajenas, pero fueron torneando mi universo. Sin saberlo, sin quererlo renací en ese homo novus que sentía a través de las palabras. Éstas crearon el elogio de amigos y advenedizos junto a la reprobación de enemigos y otros advenedizos. Sirvieron fielmente para describir una y mil vidas ajenas propiciatorias de una propia. Entiendo como jactancioso citarse a uno mismo, pero el hecho central de mi vida ha sido la existencia de las palabras con la posibilidad de entretejer y transformarlas en poesía. No obstante:

»El desnivel acecha.

»Cada paso

»Puede ser la caída.

―Lo han despojado del diverso mundo,

―… De los rostros, que no son lo que eran ―agregué con los ojos puestos en su rostro afable.

Él enderezó la cabeza y me regaló una sonrisa antes de decir:

―¡Qué homenaje doctor!, conoce mis versos.

―Cómo no voy a conocer un poema suyo como El Ciego, si soy oftalmólogo y comparto nuestra época ―me sentí muy bien con mi comentario sobre su trabajo. A los humanos nos gusta participar, cuando no alardear de nuestras habilidades o conocimientos. Los médicos no estamos al margen de la servidumbre del ego… Muy al contrario.

―Por alguna extraña condición ―continuó mi paciente―, todos sufrimos la historia de nuestra época y de nuestras pequeñas vidas que cuanto más amplias, si cabe el término, más sujetas a la frustración, al desarraigo, al desamor… En definitiva, a la traición. Por contraposición, dicho estado pudo aislarme del horror al trocarlo por la insipidez de un vaso de agua tibia. Tal vez, al bloquear tantos sentimientos, nació una libertad desconocida. Si hasta la luz, generadora de mil colores, al reducirse a unos simples tonos argentinos, al imposibilitar la lectura, me regaló, a su vez, la cálida palabra de un lector amigo. Esa que generó mi propia filosofía, si se me permite la pretensión, y al encorsetarme en una vida de filósofo iletrado donde la contemplación sorda de imágenes, fue mi destino.

Se apoyó en el bastón para acomodarse mejor en la silla y giró la cabeza hacia la ventana que no podía ver, aunque sí vislumbrar, antes de ratificar:

―Por todo ello, prefiero pasar mis días en la tenebrosa oscuridad subterránea de la ceguera. Doctor, debo rehusar su ofrecimiento. Lo siento.

―¿Usted se hace cargo de su renuncia a uno de los sentidos más valorados, al que, ahora podría volver a disfrutar?

―Milton, halló El Paraíso Perdido y El Paraíso Recobrado, pero en su soneto When I Consider How My Light is Spent, me «abrió» los ojos para mi On His Blindness. Él prefería pensar que la ceguera fue el precio por su iluminación interior. Después de estas ideas esbozadas en el siglo XVII, nada resta decir al no poder mejorar el silencio. Lo siento.

Ya en pie, comencé a caminar por la consulta, tratando de razonar tamaño dislate. Me detuve frente al gran balcón que avanza sobre la larga avenida Santa Fe.

―Por favor, recapacite. No lo tome a la ligera y ya me estoy repitiendo, como dice mi mujer.

―Le ruego, doctor, sepa disculpar mi soberbia.

―¡Su actitud es totalmente contradictoria!

―Entiéndame, más allá de todo, por encima de todo, dejaría de ser Borges. Y porque soy Borges puedo ser contradictorio.

 

        © Saúl Braceras

 Dedicado a Jorge Luis Borges

                        

lunes, 21 de junio de 2021

Dendrocronología

 

Anillos de crecimiento en un tejo


Es el estudio que establece la edad de un árbol. Todo ello mediante la observación de los anillos de crecimiento anual. Además de datar los árboles, estudia las condiciones climáticas y atmosféricas durante los diferentes períodos de la historia a través de la madera.

Teofrasto en el 322 antes de Cristo mencionó la existencia de los anillos de los árboles y el hecho de que se formaran anualmente. En el siglo XV Leonardo da Vinci reconoció la relación entre los anillos y las precipitaciones atmosférica en el período vegetativo. En Francia en 1737, dos científicos y en 1745 Carlos Linneo usaron los anillos de crecimiento para datar fenómenos climáticos, y pudieron fechar una fuerte helada ocurrida en 1708 y 1709. Muchos fueron los estudios para conocer la historia de los bosques.

Sin embargo, la dendrocronología como ciencia debe ser atribuida no a un botánico, sino a un astrónomo, Andrew Ellicott Douglass, fundador del Laboratorio de Investigación de los Anillos de los Árboles, en la Universidad de Arizona, en 1937.

También se ha utilizado para establecer la edad de Ming, esa almeja de Islandia que se conoce como el animal más longevo.

 

Válvula izquierda de la concha de Ming. Tenía 507 años de edad al momento en que fue capturada


domingo, 20 de junio de 2021

Chaflán de Letras: Entrevista a Ana Iriarte



Nuestra invitada, Ana Iriarte, editora y presentadora de Hoy por hoy Madrid Oeste en la Cadena SER.

Hablamos de la Radio y los libros.


Pincha en el link

https://youtu.be/BJnCHSvHtaE 



Y disfruta

sábado, 19 de junio de 2021

Liliana Delucchi: Un regalo

 


Estaba un poco triste. Nos despedimos en el aeropuerto… En medio de unos abrazos de los que no podíamos separarnos me dio las llaves de su piso y me dijo que dejaba unos cuantos libros y algunas cosas que eran importantes para mí.

––Pasado mañana los nuevos dueños tomarán posesión así que ve y recoge todo lo que no nos hemos llevado ––susurró apretándome la mano.

A su marido lo destinaban a Australia, me separaban de ella y de mis sobrinos. ¡Australia! Eso está en las antípodas, más de treinta horas de vuelo, le dije cuando me dio la noticia antes de servirme una copa de brandy para digerir la novedad.

A pesar de las estancias vacías, queda el olor del que ha sido su hogar y, en medio del salón, junto a un montón de cajas con carteles donde se lee «Para Tomás» está la casa de muñecas: Lustrosa, con las cortinas limpias y todos los enseres bien colocados. Mi padre la había desterrado al desván el día en que nos vio jugando con ella.

––¿Qué haces? ––me gritó. –– Es para Elena, los varones no enredan con esas cosas.

Al día siguiente me apuntó a clases de boxeo y me hizo socio de su club de rugby. También me ordenó que me alejara de mi hermana, que juntos solo podíamos jugar al ajedrez. Ni siquiera a las damas, que era cosa de mujeres.

Ella, a la que le daba miedo el desván, lloró tanto que mi madre intercedió para que le bajaran la casa de muñecas a su habitación. Allí era donde nos reuníamos cuando el jefe de la familia estaba de viaje.

Me gustaba peinar a Elena y darle mi opinión sobre lo que ponerse cuando iba a alguna fiesta. Yo la esperaba despierto en su cama para que me contase sobre los modelos de las demás. Siempre estuvimos muy unidos y cuando me fui a la universidad nos escribíamos largas cartas o hablábamos por teléfono. En la actualidad las cosas serán más fáciles con el correo electrónico y los WhatsApps, aunque Australia sigue estando lejos.

Ahora estoy sentado en el suelo del que fuera su salón, frente a la casa de muñecas. Con un dedo hago balancear la mecedora que está en la entrada, me acerco para mirar por la ventana de la cocina. Todo está en orden. ¡Querida Elena!

Suena el timbre. Es Juan. Se sienta a mi lado. Su mano blanca y delicada acaricia el tejado. Me mira y sonreímos.

© Liliana Delucchi