II PREMIO DEL IV CERTAMEN DE
RELATOS CIUDAD DE HUESCA (2010)
Tal vez, a partir de ese instante, la vida sería
así, oscura, sombría, cenicienta, empapada de arpegios inaudibles y ahogada en
sombras grises, tan grises que explotaban densas a mi alrededor y me las tenía
que quitar de encima a manotazos. Lo cierto es que empecé a ahogarme en ellas,
como si se tratara de un inmenso maremoto avanzando inquieto hasta mi soledad,
esa soledad construida de distancias que él había dejado ahora entre nuestras
almas y nuestros cuerpos.
El día
en que me avisaron de su muerte empezó a llover.
Me
quedé con el auricular del teléfono helado entre las manos, escuchando la
siniestra noticia, mientras por mis labios se escapaba la palabra Padre, una palabra que taladraba el aire
y se hacía añicos en mi cerebro petrificado.
Las
gotas de lluvia iniciaron una sinfonía de lunas tibias al compás de la mañana y
se aposentaron entre los hombres como si estuvieran a punto de poseerlos, como
si fueran a adueñarse para siempre de sus vidas, como si ya no quisieran
abandonarlos jamás.
La voz
al otro lado de la línea, casi un susurro, me informó de que aquel hombre de
hierro y fuego que fue mi padre había sufrido un repentino ataque al corazón,
había sido inmediatamente trasladado al hospital y ya no pudo hacerse nada por
salvarlo. Murió enroscado en el silencio y abrazado a su soledad, dejándome a
mí con la mía propia, la de su presencia, la de su recuerdo, la de su ausencia.
Una vez despojado de su carga, el susurro me dio el pésame y colgó.
No
lloré. No pude llorar porque mis ojos, sin saber las razones, se negaron.
La
lluvia se había apoderado de los cristales y trazaba misteriosos caminos por
los que bailaba minuetos y boleros tristes.
Los
recuerdos de toda una vida aparecieron en forma de aluviones inmensos, como
hordas a caballo del tiempo, e inundaron mi cerebro, abarcándolo hasta tal
punto que no quedó en él ni un mínimo resquicio que no fuera el ayer. Surgieron
los días de mi infancia en Huesca, nuestra ciudad, juntos los dos en aquel
fastuoso jardín que rodeaba nuestra casa, consolándonos por la desaparición de
mi madre, víctima de una embolia. Y vi cómo mi padre, de profesión jardinero
vocacional, recogía cientos de flores y cubría por completo la tumba en la que
había sido enterrada su mujer, convirtiendo aquel pedazo de tierra en un
paraíso de pétalos multicolores.
La
danza de la lluvia se iba transformando lentamente en una acalorada mazurca
compuesta de suspiros y sombras.
Y
surgió el pasado de nuestra vida conjunta y solitaria. Nos habíamos quedado
solos los dos y teníamos que salir adelante, él con su trabajo a cuestas, yo
con mis estudios a la espalda, y ambos con la vista al frente, rodeados de
ramilletes de olvido y manojos de futuro.
Mientras
tanto, mientras mi mente se trasladaba al mundo inamovible del pasado, las
gotas de lluvia bebían el aire.
Él me
enseñó todo lo que sabía sobre botánica y jardines, me enseñó a diferenciar las
plantas, a distinguirlas, a clasificarlas, a ordenarlas, me enseñó los
misterios del cuidado y el abono, me enseñó el infinito universo de las flores,
sus aromas y colores, los árboles, los arbustos, las hojas, los esquejes, los
pecíolos, las vainas, los pétalos, los sépalos, los tallos, los troncos, las
cortezas, un mundo fabuloso en el que se movía a sus anchas y que le salvó del
espectro oscuro de la desesperación.
El
sonido de las gotas se filtraba por mis venas.
Mi
padre adoraba su trabajo, amaba los jardines, todos los jardines, y me narraba
historias, cientos de historias que yo escuchaba con la boca abierta a la luz
del atardecer. Mi padre me explicaba que los árboles eran los pensamientos de
los ángeles, que tomaban forma en la tierra para repartir bondad por el mundo.
Mi padre me contaba que la luna se tragaba todas las noches el azul del mar, un
azul que durante el día chocaba con el amarillo del sol, y posteriormente lo
repartía por el mundo vistiendo a las plantas de matices verdes. Mi padre me
decía que las flores nunca morían, sino que, cuando se marchitaban, los pétalos
se elevaban hasta el espacio, donde se iban acumulando y acumulando, y a lo
largo de los siglos habían formado lo que nosotros llamamos arco iris el cual,
en realidad, estaba compuesto por miles de millones de flores que, de tanto en
tanto, al recibir la caricia de la lluvia y el sol, mostraban todo su esplendor
para recordarnos que allí estaban y allí estarían hasta el fin de la eternidad.
Y me aseguraba que algún día, por algún motivo especial, estallarían y el mundo
quedaría inundado de flores y pétalos. A mí me gustaban sus historias y las
escuchaba embelesada.
Tenía
que ponerme en movimiento, tenía que salir y trasladarme hasta Huesca donde
había vivido mi padre, tan alejado de mí, tenía que hacer frente a todos los
trámites relacionados con su defunción, tenía que moverme, tenía que
reaccionar, bajo aquella lluvia que machacaba incesantemente y no dejaba de
machacar las almas.
El
tiempo, revestido de nostalgias y sueños, nos llevó con sus alas transparentes
por los senderos de la vida. Mi padre y yo continuamos con nuestras mutuas
obligaciones, siempre juntos, siempre unidos por un hilo fino de sentimientos,
siempre apoyándonos el uno en el otro. Una vez finalizados mis estudios, tuve
que trasladarme a Barcelona para entrar en la universidad. Había decidido
estudiar Botánica. Y él quedó allí, en su casa ahora casi totalmente solitaria,
con sus plantas, sus flores y sus cordilleras de nostalgias y recuerdos, cada
vez más altas y más pobladas.
Preparé
un pequeño neceser con lo suficiente para pasar un día fuera y bajé al garaje a
recoger el coche. En la calle me recibió un indisciplinado ejército de gotas
que quiso avasallarme, pero no pudo. Bajo una manada inagotable de agua, y
agua, y más agua, emprendí el camino hacia la ciudad que me había visto nacer.
Mi
padre y yo, en aquel entonces, nos dijimos adiós hundidos en un pozo de
tristezas y pesares. Sería la primera vez en muchos años que viviríamos
separados, tan lejos el uno del otro, puesto que, bajo ningún concepto, él
abandonaría su querido hogar, pese a la propuesta que le presenté de
trasladarse a vivir conmigo a la ciudad que había elegido para cursar mis
estudios. Su negativa fue rotunda.
La voz
de la lluvia y los limpiaparabrisas barriendo el cristal me hicieron compañía
durante el recorrido.
Poco a
poco el tiempo nos cubrió de sombras y lejanías. Siempre que encontraba un
hueco —algunos fines de semana, algunos puentes, algunas vacaciones—, me
acercaba a Huesca. Mi padre continuaba con su vida de silencios ahogados, cada
vez más callado, cada vez más ausente, como si hubiera creado a su alrededor un
universo de colores únicamente compuesto de flores y plantas: su mundo
particular donde ya no tenía cabida más que él mismo y sus sueños.
Huesca
se debatía entre torrentes de agua y dolores dispersos. El cielo crepitaba. Una
parte de los habitantes del barrio, no muchos en realidad, se encontraban en la
casa en la que yo había nacido y vivido hasta mi traslado a la gran ciudad. Los
fantasmas de los objetos por allí diseminados me arañaron la piel del alma y me
acosaron con sus sábanas blancas de recuerdos y olvidos. Hicimos los
correspondientes preparativos para el entierro y el funeral, que se celebrarían
ese mismo día, ya que yo no tenía más remedio que volver a Barcelona lo antes
posible. El cuerpo de mi padre descansaba en el ataúd. Parecía como si
estuviera rodeado de un halo de colores, como si las flores que tanto había
amado quisieran acompañarle en su adiós eterno. Lo miré con una tristeza
sobrecogedora, lo amé como siempre y como nunca, pero no pude llorar.
Y los
años sembraron nuestros cuerpos de lejanías. Nos veíamos, pero menos, nos
hablábamos, pero menos, nos recordábamos, pero menos. Mis estudios, mi trabajo,
mis amigos, mi vida social, me introdujeron en un mundo totalmente distinto en
el que el olvido iba aposentándose despacio a mi lado. Y no fue realmente
olvido, pero sí alejamiento, él en Huesca, yo en Barcelona, la distancia, el
silencio, el desapego. Siempre me decía que me echaba de menos, y yo siempre
respondía que me ocurría lo mismo, pero la vida se interpuso entre nosotros y
ya nada fue igual.
Las
lápidas del cementerio brillaban destilando minúsculos arroyos bajo aquella
lluvia incesante que me perseguía y me acosaba desde la mañana. Nos reunimos en
torno a la tumba destinada a mi padre, todos muy serios bajo los paraguas. El
sacerdote pronunció unas palabras que no escuché, pues lo único que pude hacer
fue hablar con mi padre en voz baja, sin lágrimas, porque no podía llorar.
“Papá,
lo siento, de verdad que lo siento. Te olvidé. Olvidé tu vida, olvidé tu
existencia, olvidé tu amor, te dejé de lado. Lo siento, papá, lo siento ahora
que no tiene solución. Dime que me perdonas. Dime que me quieres. Dime que
sigues a mi lado. Dímelo de alguna manera. Aunque ahora sé que ya no puedes
hacerlo. Lo siento. Perdona, papá, perdóname”.
Mis
palabras sonaban por dentro como olas plagadas de añoranza.
Una vez
finalizado el entierro y la ceremonia, con las paletadas de tierra resonando en
mi cerebro empapado de lluvia y pesadumbre, nos dirigimos hacia la iglesia a
celebrar el funeral.
Entré
en casa de mi padre al atardecer.
Llevaba
agarrada al corazón la zozobra violeta del dolor oculto, junto con un
sentimiento rojo de culpabilidad reptando por mis venas por no haber podido o
sabido ser mejor hija. La palabra Padre
se derretía sin quererlo en mi boca, ahora que él ya no estaba.
Las
nubes en el cielo continuaban destilando su macabra danza de incertidumbres.
Todo en
el interior de la casa me hablaba de él. Pasé directamente al baño y permanecí
bajo el chorro de la ducha durante mucho tiempo, como si quisiera quitarme la
tristeza con otras gotas distintas a las que me habían acompañado durante aquel
día de lluvia. Aquel día de lluvia en que mi corazón había quedado eternamente
abierto y eternamente cerrado.
Me
acosté sin cenar. No sentía hambre, sólo dolor, y pena, mucha pena, y culpa,
mucha culpa. No sé si dormí. Abría y cerraba los ojos pero siempre encontraba
oscuridad, en el exterior y en el interior. Un tumulto de sombras me acarició
la piel tiñéndola de ceniza negra. La figura de mi padre me acosó en sueños, y
el barrio, sus habitantes, el sacerdote, el ataúd, los pésames, muchos pañuelos
blancos hastiados de lágrimas, el cementerio, la iglesia, el funeral, la casa
que ahora me pertenecía, el jardín, el ayer, el pasado, los dos juntos, sus
cuentos impregnados de dulzura. Mi padre. Las imágenes se apiñaban en un
desfile interminable. No sé cuánto tiempo permanecí en ese estado de
duermevela, pero fue un extraño sonido el que me hizo abrir los ojos por completo.
Me incorporé y escuché. El reloj marcaba las tres de la madrugada. En un
principio pensé que sería la lluvia, pero aquello se asemejaba más a un siseo,
un zumbido suave, alas de libélulas o de mariposas.
Me
levanté, me puse una bata y unas zapatillas, subí la persiana y me asomé a la
ventana del que había sido mi dormitorio a lo largo de muchos años.
Mi
cuerpo quedó sacudido por un relámpago de terror y sorpresa, mientras un tropel
de temblores en forma de burbujas se adueñaba de todos los rincones de mi piel
y subía sin cesar hasta llegar a mi garganta. Mis pupilas reventaron de
angustia.
Aquello
no era posible. Lo que tenía delante no era posible. Lo estaba imaginando, lo
estaba soñando, todavía no había despertado, mi imaginación, seguro que era mi
imaginación, no podía ser cierto. Lo que veían mis ojos no era posible, no, no
lo era.
Seguía
lloviendo.
El
cielo continuaba derramando sus aullidos sobre la tierra, pero ya no caían
gotas, que seguramente se habrían agotado. Lo que el cielo estaba enviando, lo
que las nubes lanzaban, lo que zumbaba suavemente con sonido de mariposas, lo
que pululaba por el aire, no eran gotas, eran… pétalos, cientos, miles,
millones de pétalos, de todos los colores, de todas las formas, de todos los
tamaños imaginables. La totalidad del espacio circundante estaba cuajada de
pétalos.
Aquello
no era posible.
Y los
pétalos descendían suavemente, revoloteaban entre el viento, emitían un
murmullo cálido, subían y bajaban al compás de un vals que nadie, salvo ellos,
escuchaban, y se posaban sobre la tierra del jardín, sobre el asfalto, sobre
las aceras, un tapiz infinito compuesto de millones de colores.
Permanecí
quieta y muda, transformada en estatua de carne.
Miríadas
de pétalos inundaban el césped del jardín, los balcones, los árboles, el
alféizar de mi ventana, mientras el aire se encogía repleto de aromas. Extendí
la mano y los pétalos de colores rozaron mis dedos. Eran suaves, muy suaves, y
los sentí en la piel como un milagro.
Miré al
cielo, tan negro como el espectro de un ahogo infinito.
Los
pétalos continuaban bailando alrededor del viento mientras aquel arco iris
iluminaba la noche.
Permanecí
así mucho, muchísimo tiempo, contemplando aquella extraña lluvia de flores que
no cesaba de caer y caer, plagándome de su esencia, respirando su aroma,
desgranando mi vida, atiborrándome de recuerdos, y de ayeres, y de sueños.
— Papá…
—dije.
Su
nombre llenó mi boca.
El
cielo, el aire, la tierra, todo lleno, todo cuajado de pétalos, millones de
pétalos cayendo.
— Papá…
— repetí—. Gracias. Gracias por responderme.
Ejércitos
de pétalos.
Entonces
supe que él me había perdonado y que estaríamos siempre juntos.
Lluvia
de pétalos.
—
Gracias por escucharme, gracias por no haberme olvidado, gracias por mandarme
una respuesta. Gracias por estar conmigo, papá.
Pétalos
y pétalos y pétalos…
Aquel
día de lluvia se convirtió en el más triste y el más feliz de mi vida.
Fue en
ese preciso instante cuando empecé a llorar.
© Blanca del Cerro