martes, 19 de febrero de 2019

Liliana Delucchi: Viaje a las nubes

Escalera de Bramante

Que no era una buena idea, ya me habían advertido mi madre y mi tía. Pero este verano no tengo con quién ir de vacaciones y la abuela insiste en conocer Roma, así que cuando me aseguraban que era muy pesada, pensé que eran exageraciones. Debí hacerles caso.

—Si sabes que soy agnóstica no veo por qué tenemos que visitar el Museo Vaticano.

Cuando decía que ansiaba conocer la Ciudad Eterna se refería a la Fontana de Trevi, de la que el Bello Marcello rescatara a una gorda rubia, protesta mientras sube las escaleras.

—No entiendo qué ves de maravilloso en estos mármoles sin fin.

No contesto, ¿para qué? Quizás si me mantengo callada ella hará lo mismo. Pero no. Sigue con una diatriba que ya no escucho, porque estoy centrada en lo que me cuenta una señorita a través de esta radio que alquilé a la entrada.

—Bueno, ya que tengo que estar aquí, llévame a ver la Capilla Sixtina, quizás pueda presenciar una fumata.

—Abuela, la fumata solo se enciende cuando finaliza el cónclave con la elección de un nuevo Papa.—

—¿Es que no piensan elegir uno ahora?

—No abuela, el actual goza de buena salud.

Está cansada, así que la dejo en el Cortile della Pigna para que tome un poco de aire y sigo mi recorrido. No sé cuánto tiempo ha pasado cuando regreso con los ojos y el alma llenos de Rafael, Leonardo y tantos otros, y la encuentro conversando con una señora de más o menos su misma edad. Me la presenta como la Signora Rossina Carpelle, que la está invitando a merendar en su casa esta tarde. En un español fluido comenta que vive a escasas calles del Vaticano.

Mi abuela está encantada, durante nuestro almuerzo no hace más que hablar de su nueva amiga que esta tarde le va a presentar a su hermano, el Cardenal.

—¿A qué viene tanto entusiasmo, abuela? Eres agnóstica. No se te ocurrirá emprender una discusión con el Cardenal, ¿verdad?

—¿Eres tonta o qué? Pienso seducirlo, después de todo es un Príncipe de la Iglesia.

¡No puedo creerlo! Pido una grappa.

—Abuela, tienes 84 años, no sé cuántos tendrá él, pero como tú dices, es un Príncipe de la Iglesia y ellos no van ligando por ahí como los simples mortales.

—Querida niña, Rodrigo Borgia era cardenal cuando se acostaba con una mujer con la que tuvo cuatro hijos a los que reconoció. Y terminó siendo Papa.


Necesito otra grappa.


© Liliana Delucchi

lunes, 18 de febrero de 2019

Paula de Vera García: Nuestro pequeño gran futuro: Capítulo 2







«Es tu responsabilidad»




El sonido llegaba a duras penas al otro extremo del pasillo, pero hacía un rato que Weaver se había quedado escuchando la conversación de su mejor amigo y la princesa a escondidas. Aunque quisiera, no podía dormir; la puerta del cubículo que les habían cedido a Azteca y a él en palacio para quedarse tras la celebración de la noche anterior, para bien o para mal, estaba cerca de la de los dos enamorados y estos habían ido justo a sentarse en la ventana de enfrente. ¿Casualidad?

«Qué más da eso. No tienes derecho a espiarlos», rezongó la voz de su conciencia en el fondo de su cerebro; aunque en una voz tan poco audible que Weaver pudo ignorarla casi sin problemas. Puesto que el ex soldado, a pesar de alegrarse de que Z por fin se hubiese hecho un hueco en la colonia, seguía rumiando su propia situación con cierta amargura.

Después de hablar con Cutter, casi pensaba que no tendría valor ni siquiera de contárselo a Azteca. De hecho, había estado tentado de rechazar la oferta de plano. Nunca había estado cerca de obtener aquel puesto ni siquiera por méritos propios, así que a su “yo” más racional –o rebelde, según se viera– aquella le parecía la opción más natural: decir que no. Además, si tenían que hacer caso al discurso del flamante nuevo general de la colonia, su intención era que las cosas cambiasen y la relación entre obreros y soldados dejase de ser una mera ilusión para convertirse en una práctica realidad. Weaver conocía poco a Cutter puesto que, hasta hacía nada, casi todas las órdenes las había dado Mandible; pero era cierto que el hosco ex coronel no parecía compartir sus locas ambiciones, más bien al contrario.

Cutter le había asegurado, tras llevárselo aparte de la fiesta para conversar en privado sobre aquel delicado asunto, que quería hacerlo diferente a su predecesor: más equilibrio, más cohesión, más comunicación con el resto de la colonia... En definitiva, más decisión conjunta; siempre amparado por el beneplácito de la reina, claro.

La otra parte de Weaver, sin embargo, buscaba imponer la lógica y recuperar algo de esa ilusión olvidada por su anterior cometido. A pesar de encantarle la vida de obrero –alicientes amorosos arriba o abajo–, su existencia como soldado tampoco había sido nunca tan aborrecible. De hecho, le gustaba también ese ambiente. Aunque ahora casi todos sus compañeros cercanos hubiesen sido masacrados en la guerra contra las termitas y los oficiales restantes fueran los antiguos fieles a Mandible, Weaver sentía un cosquilleo cada vez que pensaba en lo que ese mundo implicaba para él: acción, actividad física… Pero lo que más lo aterraba era: «¿qué va a pensar Azteca?»
Para su sorpresa, su amor había sido bastante pragmática al respecto. La vocecita, molesta pero melodiosa, que lo impulsaba sin querer a contemplar esa posibilidad de futuro, seguía dando guerra desde otro de sus segmentos cerebrales. Porque, si le ofrecían ayudar a mejorar la colonia desde una posición más elevada... ¿Quién no lo querría? Azteca se había mostrado casi envidiosa de poseer aquella responsabilidad… Pero, a pesar de lo bien que ella se había tomado la noticia del posible nombramiento de Weaver y cuánto lo había animado a decir que sí, la hormiga soldado seguía debatiéndose entre lo que parecía un destino impuesto y su amor por el mundo de los obreros...

El mundo de Azteca.

Weaver se volvió con un suspiro agotado y observó a la joven obrera dormir de espaldas a él. Era posible que, de haber podido, le hubiese ofrecido gustoso aquella opción; pero Azteca llevaba un par de semanas tratando de organizar de nuevo a los obreros con ayuda del capataz y Weaver no dudaba de que, si las aspiraciones sindicales de Z se veían realizadas, ella ocuparía un puesto predominante entre los obreros. Tenía talento, inteligencia, voluntad de trabajo y resistencia física. Sería una gran líder.

Claro que ahora que el hormiguero había terminado de construirse por el momento, ¿Habría suficiente trabajo para todos? Los obreros ya no tendrían que cavar, sino que se dedicarían a otros quehaceres. Quizá sí era hora de...

–Eh…

Weaver, que había vuelto a observar a la feliz pareja del pasillo mientras reflexionaba, dio un pequeño respingo y se giró de nuevo. Para su sorpresa, Azteca ya no estaba en la cama, sino a su lado, acariciándole el brazo con mimo y preocupación a partes iguales.

–Eh, amor mío –el soldado le acarició la mejilla a la joven obrera, procurando ocultar su tribulación sin éxito y utilizando su apelativo favorito para ella–. ¿Qué haces levantada? Aún falta para que amanezca.

–Lo mismo podría decirte yo a ti –repuso ella enarcando una ceja, socarrona, antes de ceñir la parte baja de su tórax con ambos brazos y pegarse a él–. Además, digamos que es fácil saber cuándo no estás en la cama.

Él río por lo bajo sin alegría antes de volver a mirar hacia el lugar donde discutían Z y Bala.

–¿Todavía dándole vueltas, cielo? –adivinó Azteca, siguiendo su mirada.
Weaver inspiró por la nariz.

–Sí. Y no sé qué hacer –admitió con pesar.

–¿Se lo has dicho a Z? –quiso saber ella, sin despegar la vista del aludido.

–Aún no –admitió Weaver. Cierto que sospechaba que su mejor amigo podría haber notado su repentina y momentánea ausencia de la fiesta, pero… Todavía no había reunido ni el tiempo ni el valor para confesárselo–. Aunque algo me dice que Bala sí lo sabe. Supongo que Cutter habrá consultado con ella antes...

Azteca alzó un brazo para acariciarle la mejilla con ternura.

–Weaver, sabes que decidas lo que decidas te apoyaré –le informó en el mismo tono–. Vamos. Tienes un alto sentido del deber y vocación por ayudar siempre que se necesita. Y, bueno, te vería menos –hizo un mohín de falso disgusto mientras se pegaba más a él– pero estoy dispuesta a soportarlo... Solo un poquito.

Su amado sonrió sin poder evitarlo y la abrazó con amor infinito antes de que el rostro de ella ascendiera y sus labios se encontraran con pasión mal contenida. Fuera como fuese, si estaban juntos podrían soportar lo que fuera. Sin embargo, una voz chillona desde el pasillo rompió el mágico momento al gritar, socarrona:

–Eh! ¡Para hacer manitas buscaros un sitio más privado!





 Estos son Fanfic de Antz (Dreamworks)



© Paula de Vera García


domingo, 17 de febrero de 2019

Ben-Hur (1959)




La acción transcurre en Judea en el año 30 d.C. Basada en la novela homónima escrita por Lewis Wallace en 1880, fue dirigida por William Wyler y producida por Sam Zimbalest. La compañía estadounidense de producción y distribución de películas de cine y programas de televisión, MGM, conocida por todos como la Metro-Goldwyn Mayer, se hizo cargo de ella.

En su momento fue la película más cara, con un presupuesto de quince millones de dólares. También la segunda más rentable, después de «Lo que el viento se llevó», pues recaudó más de setenta millones, solo en Estados Unidos. 

Su producción tardó cinco años. Participaron unos quince mil figurantes. Todos con barba. En el rodaje más de doscientos camellos, dos mil quinientos caballos. La diseñadora Elizabeth Haffenden supervisó un equipo de cien costureras…

El circo romano donde se rodó la carrera de cuadrigas, una de las secuencias más famosas de la historia del cine, se reprodujo a escala real del circo de Antioquía.

Charlton Heston fue Ben-Hur. Nadie dobló a Messala, Stephen Boyd, ni siquiera en la caída y posterior atropello. Durante la escena, uno de los romanos cae del carro y muere. Esa escena fue un accidente real y el actor murió en ese instante.

Para su rodaje se construyeron unos trescientos decorados copiados de edificios, estatuas o pinturas reales. Al terminar la producción se destruyeron para que no pudieran usarse posteriormente.
Junto con Titanic y El retorno del rey es la película que más Óscars ha ganado, consiguiendo once estatuillas.

En España, Irene Gutiérrez Caba dobló a Ester, hija de Simónides, quien cuida a la madre y hermana de Ben-Hur cuando estas enferman de lepra.

En 2004 fue seleccionada para su conservación en el National Film Registry. En 2016 se estrenó una nueva versión de Ben-Hur.

¿Quién no ha disfrutado de Ben-Hur?




sábado, 16 de febrero de 2019

Nuevo Akelarre Literario nº 41: El puente




La necesidad humana de cruzar pequeños arroyos y ríos fue el comienzo de la historia de los puentes.



Pinchad en el link y disfrutad con nuestros cuentos:




Disfrutad con ellos.

viernes, 15 de febrero de 2019

Cartas famosas: De Al Capone a su hijo Sonny








Cuando a Al Capone le remordió la conciencia








«Mi querido Sonny, cuando leas esta carta ya no estaré cerca de ti para rodearte con mi afecto. No te pido más que una cosa: olvida lo que fue Al Capone y recuérdame solo como a un padre que te ha adorado y nunca ha querido otra cosa que tu bien. 

Sé que te dejo una pesada herencia: mi nombre. Pero tú considerarás tu deber de hijo imponer el respeto más absoluto a mi memoria. 

Sé trabajador y protege a tu madre: ahora, ella no tiene a nadie más que a ti. Sé aquel hijo que yo no he sabido ser y, sobre todo, el hombre que yo habría debido ser».


Fecha: 1947

Contexto: El gánster escribió esta misiva poco antes de su muerte. Había sido excarcelado del penal de Alcatraz debido a los estragos que causó la sífilis en su salud.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Malena Teigeiro: El juego

Escalera de Bramante

Éramos como hermanos, pero mejor. Porque si a mi hermano le contaba algún problema, se reía de mí o lo que era peor, se iba a contárselo a nuestros padres, y él no. Él me miraba atento, dulce, cariñoso, y ante cualquier pena, siempre me consoló.

Nuestras vidas fueron paralelas. Su casa era el número diez y la mía el nueve de la misma calle. Recorrimos juntos el camino del  jardín de infancia, después el del colegio, y luego el del instituto. Como la religión de nuestros padres nos impedía  estudiar en colegios mixtos, esperábamos ansiosos el momento de entrar en la Universidad. Entonces, al fin podríamos  vivir juntos: los dos queríamos ser periodistas. Sin yo saberlo, él siguiendo el consejo de su padre, optó para la facultad de medicina. Y lo admitieron. A mí también, pero en la de periodismo. Aun así, nos veíamos con bastante frecuencia. Cuando cursábamos el último año, me invitó a una fiesta en su facultad. Te tengo una sorpresa, dijo. Vino acompañado de una chica alta, morena, y con unos ojazos verdes que envidié desde el primer momento. Además de ser muy guapa, era simpática. ¡Hasta iba bien vestida! Sentí rabia. Lo vi claro. Iba a robármelo.

Después de darle muchas vueltas, tracé un plan. Les invité al museo Vaticano. Había descubierto unos papiros en donde se relataban las primeras operaciones de cerebro hechas por los egipcios, sonreí cándida.

Les expliqué que iríamos el lunes, pues aunque el museo ese día está cerrado, tenía unos pases para investigadores. Les pareció bien y quedamos para el lunes siguiente a las cuatro, delante de la escalera de los Museos Vaticanos. Mientras subimos nos divertiremos con un juego que me han enseñado unos compañeros de curso, mentí.

Entramos en el museo y al llegar al pie de la escalera, les mostré los dos brazos que, retorciéndose como serpientes, subían paralelas hasta llegar a la cúpula de cristal.

—Tú vete por éste —le indiqué a ella—, y nosotros iremos por el otro.

Comenzamos a subir.

—¿Qué tengo que hacer? — preguntó nervioso.

—Ponte detrás de mí —le dije zalamera.

Cuando lo hizo, le cogí las manos y se las sujeté alrededor de mi cintura.

—Sígueme sin dejar de mirarla —susurré—.  Cuando la veas justo enfrente, avísame.

Muy juntos, casi pegados, yo me giraba hacia él una y otra vez haciendo gestos y bromas que él reía. Íbamos despacio. Logré retrasarnos lo suficiente para que ella nos viera continuamente. Entonces, dándome la vuelta, le coloqué los brazos alrededor del cuello, lo sujeté para que no pudiera dejarme, y comencé a besarlo con furia. Él, sorprendido, devolvía mis besos. Ella se detuvo. Nos miraba. Bajando la cabeza, se dio la vuelta y rápida corrió hasta salir del museo. Al verla huir, él, de un empujón, me tiró al suelo.

—Estás loca —se limpió los labios con  el revés de la mano y escapó detrás de ella.

En aquel instante mi vida fue otra vez como las dos colas de la escalera del Vaticano que suben paralelas y nunca se encuentran. Varias veces lo divisé a lo lejos, pero nunca volvimos a estar juntos. Intenté encontrarlo para disculparme. Lo llamé una, dos, y mil veces. Nunca contestaba. Conoce mi número, pensé. Compré otro teléfono. Fue igual. En cuanto reconocía mi voz, colgaba.

Al terminar el curso, me salió un trabajo en el hotel Venecia de Las Vegas. Desde mi despacho, veo el gran hall atravesado por el canal, las góndolas, el arrullo de las parejas. Una mañana me decidí a escribirle una carta. Le pedí perdón. Esperé intranquila su respuesta. Una tarde del mes de julio me llegó un sobre escrito con su letra. Pero la carta era de ella.

No te vuelvas a preocupar por nosotros. Te hemos perdonado y te recordamos día a día, cada vez con más contento.


Además de ser guapa, y tener buen gusto para vestir, era maligna. No solo me humillaba con sus falsas e hipócritas letras, sino que, en el mismo sobre me envió una foto. Ella y él besándose en una góndola. Estaban en Venecia, disfrutando de su amor en el viaje de bodas.


© Malena Teigeiro

lunes, 11 de febrero de 2019

Socorro González-Sepúlveda Romeral: Ellos son naturaleza


                                           
Ella, cada día de primavera y parte del verano, se despertaba con el blanco piar de las golondrinas, que pasaban la noche cogidas del alambre de tender la ropa, como una formación de soldados en blanco y negro. Antes de desayunar, se acercaba a cada una de las macetas del patio y, les quitaba con mimo las flores y las hojas secas. Luego, provista de un cubo de cinc lleno de agua y un bote vacío de conservas, tocaba con la mano la tierra para ver si estaba seca. Después las regaba. Se ponía bajo los árboles, los miraba de abajo arriba, acariciaba las primeras ramas y estrujaba con las manos las hojas de la higuera y del limonero, para impregnarlas con su olor.
  Preparaba un sombrajo y se sentaba en una silla baja a repasar la ropa, pero antes, había echado de comer a las gallinas en el corral, al par de palomas que anidaban en el pajar y a los gatos, que ronroneaban y se acercaban a ella reclamando caricias. La sombra era cambiante y la obligaba a mirar al cielo, para colocar la sábana, que la protegía del sol. Al rato, Suspiraba satisfecha.
Él, a esa misma hora, ya estaba en el campo. Se despertaba con el sol. Miraba el cielo para ver qué tiempo hacía. Caminaba deprisa, dejando atrás las últimas casas del pueblo, los cipreses del cementerio y el bosquecillo de robles que tenía que atravesar para ir a sus tierras. El hombre iba subido en un mulo y le seguía su perro, un galgo color canela que le acompañaba a todas partes y comía del mismo pan. Vestía un traje de pana pardo y abarcas, lo mismo en inviernos que en verano. Su cara, arada por el tiempo, tenía un color terroso, rojizo, fruto de la intemperie.
Llegó al pedazo de tierra que era suyo, antes de sus padres y abuelos. Tierra de raña, roja y dura. Enganchó al animal y comenzó a arar. Salían rectos los surcos, dejando a un lado y a otro los gruesos terrones. Sudaban el hombre y el mulo, el galgo correteaba sin perderles de vista. El hombre y los animales se confundían con la tierra, eran un todo con la naturaleza. Eran parte de ella, junto con la mujer del patio, el horizonte y el cielo que los cubría a todos. 
  

  
© Socorro González- Sepúlveda