sábado, 19 de enero de 2019

Liliana Delucchi: Trío de engaños



Medio oculto tras la silueta de su doncella personal, la Sra. Dubois descubre la imagen de su marido en el espejo. Ya listo para salir, con los guantes en la mano, preguntó a su esposa qué planes tenía para esa noche. Jugar a las cartas, fue su escueta respuesta, y continuó dando instrucciones a su doncella sobre el recogido del su cabello y la colocación de las plumas en el tocado. Perlas en el cuello y las orejas, y un broche en el sombrero, completarían el atuendo. Su compañera de entretenimiento sería su hermana pequeña, a quien iba a escoltar un actor que conociera quién sabe dónde. No es que la señora tuviese demasiados remilgos a la hora de juzgar a los amigos de Natalie, sobre todo porque, independientemente de los orígenes de los mismos, la divertían. Pero le llamaba la atención  que, aún después de haberse negado a seguir financiando la forma de vida de su hermana Natalie la semana pasada, ésta volviera para jugar y, además, acompañada. Como no había conseguido otros jugadores, aceptó la oferta y los invitó a cenar. Suspiró tranquila. Apostar era una de las aficiones favoritas de la Sra. Dubois que, noche tras noche, arriesgaba unos cuantos luises.

La mesa para tres ya estaba preparada cuando entraron en el comedor. Después de una cena ligera, disfrutaron de un copioso postre acompañado por unos buenos espirituosos, compañeros ideales para una noche de juego.

La partida no pudo empezar mejor. La Sra. Dubois acumulaba monedas y copas. Decidió suspender estas últimas porque su vista había empezado a nublarse, aunque no tanto como para no ver que iba perdiendo.

Diestra en hacer trampas, despegó el naipe adherido debajo de la mesa para situaciones de emergencia y, tranquila, lo jugó.

—No quiero más bebida —indicó con voz grave y un ligero revoloteo de mano a su obsequiosa criada.

A pesar de su tono, la doncella insiste. Levanta los ojos hacia la joven, cuya mirada le señala al invitado.

El joven actor tiene la mano izquierda escondida tras su espalda, pero de momento no ha ganado ni una moneda. La señora se encogió de hombros y siguió jugando. Cerca de la madrugada había mermado tanto su dinero, que hasta tuvo que darle la sortija de rubíes al actor. Se despidió de ellos molesta.


Al recontar la criada los naipes, se encontró con tres ases, que rápida mostró a la señora Dubois. Ella, al verlos, frunciendo el ceño los arrojó al suelo. ¡Tramposa!, pensó, comprendiendo que su hermana pequeña se había servido de un cómico para llevarse el dinero que se había negado a darle para renovar su guardarropa.

© Liliana Delucchi

viernes, 18 de enero de 2019

Blanca del Cerro: Querido papá



Querido papá:
Perdona que no te haya escrito durante este montón de días, pero hemos estado fuera, en la playa, con el tío Gustavo y la tía Sonia, además de los primos. La verdad es que lo he pasado muy bien, nos hemos bañado en el mar, hemos visitado varios sitios fuera del pueblo y nos hemos divertido. También allí me he acordado de ti. El tío Gustavo y la tía Sonia han alquilado este año un apartamento y nos han invitado a pasar allí todo el tiempo que queramos, pero mamá dice que sólo será posible algún fin de semana largo o algún puente por su trabajo pues, como casi acaba de empezar a trabajar en unos grandes almacenes, no tiene vacaciones. Bueno, no acaba de empezar, la verdad es que ya lleva unos meses, pero da igual, tampoco podemos veranear como antes. Con los primos me río mucho, son muy graciosos pero un poco brutos y, siendo yo la única niña, quieren hacerme perrerías, pero no les dejo. Bruno ha cateado tres y la mayor parte de las veces no nos acompañaba porque los tíos decían que tiene que estudiar, por lo que casi siempre salía con Alejandro y con Jaime.
Gracias por tu felicitación y por tu regalo. Es el primer cumpleaños que pasamos separados y espero que sea el último, porque te echo mucho de menos.
Ahora, en verano, mamá se va a trabajar por las mañanas y, como no quiere dejarme sola, pues no tengo cole, me lleva a casa de una señora que me cuida, que se llama Eduvigis (¡vaya nombre!). Allí no estoy mal porque hay otros niños y jugamos hasta después de comer que viene mamá a buscarme. Cuando vuelvan los tíos, que será a final de mes, me vendrán a recoger y estaré con ellos, aunque yo le digo a mamá que ya soy mayor y puedo quedarme sola en casa, pero ella no quiere, dice que todavía no, que soy demasiado pequeña, y yo pienso que ocho años son ya muchos ¿verdad? Tú me entiendes.
A ver cuando vienes, porque ya hace mucho tiempo que no te veo. Dice mamá que estás en América, muy, muy lejos y que no puedes venir hasta dentro de no se sabe cuándo, pero podrías hacer un esfuerzo por mí y también por mamá, porque ella está un poco triste. Ahora menos que antes, pues al principio de marcharte se pasaba el día llorando. Ahora ya no llora, pero yo sé que no está contenta porque contigo se reía y ya no lo hace.
No sé si te lo he dicho ya, pero este año me voy a cambiar de cole. Me ha dicho mamá que estaré mejor en uno público, aunque no sé cuál es la diferencia entre el del año pasado y el nuevo. Me da un poco de rabia porque ya tenía amigas allí, pero mamá dice que en éste hay también niños, no sólo niñas, y que me lo pasaré mejor y, además, no tendré que llevar uniforme.
Bueno, querido papá, en la próxima carta te explicaré más cosas. Cuéntame qué haces y si me echas de menos como yo a ti. No te preocupes por mamá que yo la cuido bien. Acuérdate de mirar mi estrella por las noches. Es muy importante.
Un beso muy, muy, muy fuerte de tu hija que te quiere:
Estrella

Firmó, dobló la carta, la introdujo en un sobre, escribió las señas que ya se sabía de memoria y me la entregó. Yo debía franquearla al día siguiente y echarla al buzón.
―No la leas, mamá ―dice.
―Eres un poco desconfiada, Estrella ―respondo―. No se debe leer la correspondencia ajena, aunque sea de tus propios hijos. ¿No es eso lo que te he enseñado?
Me mira con su carita dulce que me recuerda a un melocotón recién cortado del árbol. Tiene los mismos ojos oscuros, casi negros, de su padre, como dos pozos insondables.
Ya no me pregunta cuándo va a volver Roberto de América, ni cuándo vamos a ir nosotras a verlo, ni por qué se ha marchado, ni qué hace tan lejos. Ya no me hace preguntas. Se contenta con las cartas que envía y recibe cada quincena, o cada mes. Sabe que no debe escribir más a menudo porque su papá está trabajando mucho para que nosotras podamos vivir bien.
Roberto. Su nombre se me atraganta en la boca. Todavía me produce una suerte de sensación entre el desasosiego y la ternura. No puedo evitarlo. Y no sé si podré evitarlo algún día.
Me guardo la carta en el bolso.
―Mañana la mandaré junto con la correspondencia de la empresa ―le indico a mi hija. Y ella queda convencida.
Nos sentamos a cenar en la mesa del comedor. Estrella me habla de lo que podíamos hacer el fin de semana, ir a ver una película, o salir de compras, o pasear por el parque, o ir a casa de sus otros primos, los que han vuelto de vacaciones. Aparentemente ya se ha olvidado del club de golf, y de sus clases de tenis que tuvo que abandonar, y de sus amigas ricas que dejaron de llamarla. Tras la cena, recojo los platos, dejo todo en la cocina, vemos un poco la televisión y, antes de las diez y media, tal y como la he enseñado, se levanta, me da un beso de buenas noches y se dirige a su dormitorio. Me alegro de que sea una niña obediente, aunque yo sé que tiene carácter. Me pongo a planchar mientras veo un programa de escaso interés, pues prefiero cualquier concurso absurdo o cualquier película mediocre, por muy malos que sean, antes que la madeja inagotable de mis pensamientos. También tuve que despedir a Maruja, la asistenta, y soy yo quien se encarga de todas las labores domésticas. Cuesta mucho cambiar de modo de vida, especialmente cuando es a peor. Al finalizar la plancha, recojo la ropa y me voy a la cama.
El día amanece bañado en resplandores. Mis ojos recorren la habitación dando saltos por las paredes. A las siete menos cuarto de la mañana, como todos los días desde hace algo menos de un año, salto de la cama, me ducho, me arreglo, llamo a Estrella y preparo el desayuno.
Las dos juntas cogemos el autobús. Prefiero moverme en transporte público y utilizar el coche únicamente en ocasiones especiales, pues el precio de la gasolina es otro problema añadido. Dejo a Estrella en casa de Eduvigis, prima de mi cuñado Gustavo, una mujer muy agradable, quien la cuida hasta las cinco, hora en que voy a buscarla. Tiene una casita con jardín y mi hija puede jugar con otros niños.
Son las siete y media pasadas cuando llego a la oficina. Mi hermana Amparo me consiguió un puesto de oficial administrativo en los grandes almacenes donde trabaja su marido desempeñando el cargo de director de recursos humanos. Fue una verdadera suerte. Pese a haberme mantenido al día con las nuevas tecnologías, tuve que reciclarme, y aún sigo haciéndolo pues la juventud empuja fuerte. Y no es que no sea joven, acabo de cumplir treinta y seis, pero la vida me ha arrollado de una manera inconcebible. Cuando me casé con Roberto era una niña de dieciocho años. Tuve dos abortos antes de que naciera Estrella.
Me agrada encontrarme a solas en la oficina. Ni siquiera se me ocurre pensar que los objetos que me rodean parecen espectros. El silencio me acaricia. Son veinte minutos maravillosos hasta las ocho de la mañana en que empiezan a llegar mis compañeros.
Me acoplo en mi puesto de trabajo, abro el bolso y saco la carta que Estrella ha enviado a su padre. Una más. La leo y sonrío. Se me escapa una lágrima cuando llego al párrafo que reza: “…al principio de marcharte se pasaba el día llorando. Ahora ya no llora, pero yo sé que no está contenta porque contigo se reía y ya no lo hace”. Estrella es una niña muy perceptiva.
Enciendo el ordenador, entro en un archivo llamado CARTAS DE ROBERTO A ESTRELLA y empiezo a escribir.

Mi querida hijita Estrella:
Cada vez me cuesta más hacerlo. Cada vez es más difícil mantenerme firme, aunque sé que no me queda otro remedio.
He recibido tu carta que, como siempre, me ha encantado. Me gusta que hayas estado en la playa con los tíos y los primos, y que te lo hayas pasado tan bien. Es bueno ir a la playa al menos una vez al año para recibir los rayos del sol y el salitre del mar.

Estrella es una niña muy perceptiva, no hay duda, y, aunque sólo tiene ocho años, pronto empezará a percatarse de las extrañas cuestiones que rodean su vida.

Yo también te echo mucho de menos, pero no sé cuándo podré ir a visitaros.

O tal vez llegue a enterarse de la lúgubre historia que rodea a sus padres a través de algún bienintencionado conocido de esos que pasean su miseria por el mundo desvelando secretos bien guardados. ¿Quién sabe lo que sucederá más adelante?

El trabajo me mantiene aquí, alejado de vosotras hasta no sé cuándo, tal vez dos o tres años, tal vez más, no lo puedo saber. Pero, a pesar de todo, a pesar de lo que me retiene aquí, siempre pienso en ti y en tu madre, siempre estáis en mi corazón.

Al principio, cuando Roberto desapareció y tuve que improvisar diciendo a Estrella que su padre había sido destinado a América, pensé que el olvido se iría aposentando poco a poco en el corazón de una niña tan pequeña, pero no fue así, en absoluto, en lo concerniente a su padre.

Quiero que sigas cuidando de tu mamá, como me dices que haces, y que no la dejes llorar porque yo estoy aquí y, aunque lejos, es como si estuviera con vosotras, al menos con el pensamiento.

No sé hasta cuándo podré mantener tan burda farsa pero prefiero esto antes que confesarle la verdad, antes de que sepa que su padre es un sinvergüenza que nos abandonó hace un año sin una palabra de adiós o de despedida, que me encontré con las manos vacías, que poco después supe por su abogado los detalles de su salvaje comportamiento, que su adiós era definitivo y que recibiría puntualmente todos los meses una pequeña pensión para los gastos de Estrella, que Gustavo, mi encantador cuñado, quien contrató a un detective para averiguar lo que todo el mundo callaba, me informó de que mi marido me había dejado por una mujer veintidós años más joven que él, que tuve que cambiar de casa, que tuve que empezar a trabajar, que tuve que olvidar todo aquello que me había rodeado, que tuve que privarme de lo que había poseído. Y no me lamento por mí ―yo puedo salir adelante con más o menos facilidad― sino por ella. Por nuestra hija.

        No me habías dicho nada acerca de tu cambio de cole. Estoy seguro de que el nuevo será mejor que el otro, y de que volverás a tener muchos amigos porque tú eres una niña muy alegre y muy simpática, y todo el mundo te quiere mucho. Como yo.

        Nada le importó su hija, que lo adoraba y lo adora. Nada le importó su vida. Nada le importó su familia, sus amistades, su trabajo. Nada le importó nada. Se fue. Desapareció como una bruma siniestra. Y yo me quedé hundida en una zanja de ahogo. En aquel entonces, me costaba incluso respirar.

        La verdad es que, con ocho años, ya eres bastante mayor, en eso te doy la razón, pero no del todo. Todavía tienes muchas cosas que aprender, para eso vas al cole, y además debes obedecer a todo lo que te diga mamá, y hacerle caso siempre.

        Los primeros meses fueron terroríficos. Por un lado, las explicaciones iniciales y el disimulo ante Estrella. Por otro, mi familia, que me ayudó y me arropó entre sus brazos. Yo me sentía demasiado débil. Fue una suerte el hecho de que Roberto no tenga padres y que su única hermana viva en Australia. Esa ausencia de seres queridos por parte de mi marido me ahorró muchos disgustos.

        Con respecto a mi vida en estas tierras, poco más te puedo contar de lo que ya te he explicado en otras cartas anteriores. Mucho trabajo, muchas horas de oficina y muchos problemas.

        Transcurridos dos semanas, o dos meses, o tal vez menos, quién sabe, no recuerdo bien cuánto porque el tiempo se estira y se encoge en función de una serie de circunstancias, una mañana de domingo Estrella se acercó a la cocina con un sobre en la mano y me lo entregó diciendo que la tarde del día anterior se había dedicado a escribir una carta a su padre. Quiso saber cuál era su dirección en América. Me pilló totalmente desprevenida. Abrí mi bolso, saqué un papel, hice que leía y me acordé de un melancólico tango. La calle donde vive tu padre ahora es Corrientes, 348, segundo piso, Buenos Aires, Argentina, dije. Ella escribió el sobre y me pidió que echara la carta al correo.

        Pero, a pesar de los problemas y del trabajo, puedo asegurarte, como he hecho otras veces, que todo esto es muy bonito. Me gustaría que lo vieses. Porque las cosas son muy grandes, mucho más grandes de lo que te podrías imaginar, las montañas, los valles, los lagos, las distancias, y hay paisajes preciosos, y ríos inmensos, y tengo el mar cerca. Lo único que me falta sois vosotras.

        Así empezó la farsa. Y así continuará. No sé hasta cuándo. Algún día tendrá que saberlo.
Me da mucho miedo seguir por este camino, pero no puedo causar un disgusto a mi hija. Me siento incapaz. Prefiero que piense que su padre la sigue adorando y, tal vez, algún día, le diré… no sé. Lo cierto es que no lo sé. Quizás, en un futuro, Roberto quiera verla de nuevo y pueda indicarle que siga la farsa. O, si no vuelve a aparecer, le diré que ha muerto. O buscaré otra solución.

Por supuesto que me acuerdo de mirar tu estrella todas las noches. En ella te veo, y en ella va mi pensamiento y todo mi amor para ti.

Mi hija siempre dice que su nombre viene de una estrella situada allá arriba, a la derecha, un poco lejos, que es la suya, y continúa el juego en sus cartas, y también conmigo.
No habla mucho de su padre. Cada vez menos, pero sus misivas, tan tiernas, me indican que no deja de pensar en él. Tengo todas guardadas ―una veintena aproximadamente― en uno de los cajones de mi mesa.

Cariño, tengo que seguir trabajando. Espero que sigas portándote bien y que cuides a mamá. Te escribiré de nuevo en cuanto pueda.

Oigo ruidos. Ya deben ser las ocho y de un momento a otro aparecerán mis compañeros. Voy a imprimir la carta, que guardaré en mi cajón, como hago siempre. La semana próxima la enviaré para que Estrella la reciba un par de días después. Me gusta contemplar la alegría de sus ojos y el temblor de sus labios cuando abro el buzón y allí está, la misiva de su padre que vive y trabaja en América, que no puede venir a visitarla pero que la adora y no la ha olvidado.
Te quiere mucho:
Papá


jueves, 17 de enero de 2019

Paula de Vera García: Un perfecto comienzo (Ginger & Rocky)




Rocky corría como jamás había corrido en toda su vida. Sus pequeños pulmones parecían querer estallar de un momento a otro, mientras que sus finas patas amenazaban con hacerlo caer en el instante menos esperado. Pero no podía pararse. En la intensa penumbra aún podía escuchar los pasos, sigilosos pero certeros, de su perseguidor.

A su izquierda, de repente, empezó a resonar un chasquido sordo, como si algo muy grande se arrastrase con desgana por el suelo en su dirección. Rocky gimió en un jadeo y torció a la derecha, sin estar del todo seguro de a dónde se dirigía. No lo iban a atrapar otra vez. Tenía que escapar de aquella vida y no volver. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?

Entonces, como en un sueño, vio una luz al final de la oscuridad. Un diminuto triángulo que prometía la ansiada libertad. El joven gallo obligó a sus patas a correr un poco más... «Solo un poco más», se dijo, esperanzado. Al menos, hasta que una sombra se interpuso en su camino cuando sólo le quedaban unos pocos metros para alcanzar la salida de la carpa. Su mayor pesadilla, el cañón. El domador se erguía junto a él, estático, recortado contra la luz del exterior. Ahora esta había adoptado un brillo lúgubre y amenazador, nada parecido a la esperanza que parecía irradiar unos segundos antes. A su espalda, sus dos perseguidores se detuvieron: una cobra jaspeada a su izquierda y un león enorme a su izquierda. Rocky no quiso contemplar sus sonrisas triunfantes. Total, siempre era así… 

Despacio, el domador se abalanzó sobre él y Rocky se encogió con un grito. Rezando, sin esperanza, porque aquello terminase pronto.

Pero al abrir los ojos, lo siguiente que vio no fue el interior del temido cañón sino algo muy diferente. Jadeando desconcertado, el gallo se frotó los ojos y trató de enfocar mejor lo que lo rodeaba. Se encontraba en una pequeña caseta provisional de madera, tumbado sobre una cama blanda de paja. Esta y un par de estructuras de madera, que hacían las veces de banquetas, eran los únicos muebles de la estancia. Pero, sin quererlo, aquello provocó que Rocky se relajase de inmediato. El circo había quedado atrás hacía tiempo, aunque menos del que le gustaría. Y ahora…

Gruñendo, se desperezó, se incorporó y bostezó sonoramente. Poco a poco, la realidad se imponía a sus demonios y volvía a recordar todo lo sucedido en las últimas semanas: la huida de la granja, la llegada a la isla, el comienzo de una vida nueva… El gallo sonrió, satisfecho, mientras se encaminaba despacio hacia el exterior de la caseta.

Fuera hacía un día espléndido, sin una nube. Los restos del avión en el que habían llegado apenas eran ya un montón de tablas sueltas. La mayoría de sus hermanas habían sido utilizadas para construir otras estructuras: una escuela, casas nuevas, el almacén… Tenía que admitirlo: nunca le había gustado el estilo “gallo del gallinero”, pero había llegado a apreciar a las chicas. Eran valientes, decididas y capaces de hacer grandes cosas juntas. Aunque, bueno: luego estaba… ella.

Ginger se encontraba de espaldas a él, a dos metros escasos de distancia, discutiendo algo con Bunty y Mac que no llegaba a escuchar del todo. Solo oía palabras sueltas, pero por lo visto Ginger le estaba exponiendo una serie de ideas a Mac y esta argüía, generalmente en contra, en base a sus notas. Bunty se limitaba a hacer sus clásicos comentarios cínicos.

Rocky podía haber estado observando toda la mañana. Pero su posición fue rápidamente descubierta por Bunty cuando esta se giró un poco de más hacia su posición. La gallina más grande tardó un instante en darse cuenta de que, en efecto, él estaba allí. Pero cuando lo hizo, se calló de golpe, lo que hizo que Ginger se girara a su vez y su mirada se iluminase. Rocky no se cansaría jamás de ver ese brillo en sus ojos verdes.

–Buenos días, dormilón –lo saludó de lejos–. ¿Has dormido bien?

Él fingió como si no llevase un rato escuchando, aunque sabía que a ella no podría engañarla por mucho rato, antes de bajar los escalones y aproximarse.

–Bastante bien. Aunque no quiero interrumpir. Seguid a lo vuestro, por favor…

Sin embargo, la mirada que cruzaron Mac y Bunty le dio la indicación precisa de que, por un rato, Ginger volvería a ser solo suya.

–No hay prisa, esto puede esperar –arguyó Bunty guiñando un ojo.

Mac, como de costumbre, masculló algo ininteligible para Rocky antes de seguir a su compañera colina abajo y desaparecer de la vista. Ginger casi hizo amago de retenerlas, pero después se lo pensó mejor. Como había dicho Bunty, la arquitectura podía esperar. Y más si tenía una estupenda alternativa aguardando a sus espaldas…

–Oye, de verdad que no quería interrumpir –se disculpó el gallo con absoluta inocencia cuando ella se giró para encararlo–. Si estás ocupada…

Ginger, por su parte, lo interrumpió en ese momento agarrándolo del pico y plantándole un beso en el mismo; algo de lo que, en honor a la verdad, Rocky tampoco se hubiese cansado nunca.

–Nunca estoy lo bastante ocupada como para no estar un rato contigo –sonrió la gallina anaranjada mientras él pasaba un ala cariñosa por su cintura–. ¿Has dormido bien?

Rocky dudó un microsegundo, sin saber si hablarle de sus pesadillas o no, antes de desechar la idea y asentir con la cabeza.

–No te voy a mentir. Esto es mejor que compartir cama con el abuelo…

Ginger se rio antes de volverse a mirar la isla, por donde sus compañeras y el propio Fowler se afanaban en seguir dando forma a lo que sería su nuevo hogar. Lejos del recuento, del encierro, de poner huevos por obligación bajo pena de muerte…

–¿Sigues enamorada de este lugar? –quiso saber Rocky, situándose a su espalda y rodeando su cuerpo con los brazos–. ¿Cómo el primer día?

Ginger asintió.

–O más –aseguró–. Aquí podremos formar una colonia a nuestro antojo sin nadie que nos diga lo que tenemos que hacer.

Rocky sonrió a su espalda, emocionado. Él mismo jamás hubiese soñado con un paraíso semejante. Pero ahora que lo tenía delante y entre sus brazos, no quería volver a pensar en sus pesadillas ni en su pasado. El futuro se abría a sus patas como un sendero luminoso y colmado de felicidad. No pensaba desaprovecharlo.

Como si hubieran pensado lo mismo, entonces, tanto Ginger como Rocky se giraron hacia la caseta y después se miraron, cómplices.

–¿Los has mirado esta mañana? –preguntó ella.

Rocky rio por lo bajo.

–Lo hago todos los días, princesa –replicó mientras ambos se encaminaban, de común acuerdo, hacia la entrada de lo que sería su futuro hogar común. Una vez allí, ambos se quedaron quietos y abrazados en el umbral. Observando, con emoción contenida, los dos pequeños huevos que ocupaban un nido en el rincón junto a la cama de paja que Rocky y Ginger compartían.

–¿Sabes? No sé si estamos preparados para esto –confesó Ginger con suavidad pero sin asomo de preocupación, al tiempo que apoyaba la cabeza en su hombro–. Pero sé que lo haremos lo mejor que sepamos.

Rocky la ciñó con más fuerza y besó su sien con infinito amor.

–No te preocupes por eso, muñeca –la giró para mirarla a los ojos y prometió–. Pase lo que pase, aquí estaremos a salvo. Y ellos –señaló a sus futuros retoños– también.

Ginger lo abrazó de nuevo y ambos se quedaron así, mirando de nuevo hacia el horizonte; hacia una nueva vida sin miedo, sin persecución, sin barreras para su felicidad. En definitiva, hacia un futuro mejor para todos ellos.

Porque, ¿quién podría encontrarlos nunca en aquel alejado reducto de paz?


(Fanfic corto basado en personajes de “Chicken Run: Evasión en la Granja [Dreamworks])

© Paula de Vera García

miércoles, 16 de enero de 2019

Jorge Porta: El último vuelo de la libélula












¿De qué sirve el clamor de las palabras, si el corazón calla?
Agustín de Hipona









El otoño no tardaría mucho más, porque los días comenzaban a devolver su tiempo a la noche. Pronto, según Amélie, todo volvería a la normalidad, refiriéndose al cambio de hora del verano, que a ella le molestaba.

La encargada de la portería, ahora gruesa, debió ser bella en su juventud. Escapó a Suiza con sus padres, huyendo del peligro, se establecieron primero en Montpellier y, por fin, en Boulazac, una pequeña villa y hoy suburbio al sureste de Perigueux.

Si bien había nacido en Volendam, al noroeste de Amsterdam, una bellísima ciudad sobre el Atlántico norte, se decía oriunda de la Dordogne, donde sus padres, él relojero y ella modista se habían establecido y vivido mientras pudieron. Se afirmaba judía, aunque la única fiesta que observaba fuese el día anual del perdón.

Si alguien mencionaba el triste tema del Holocausto daba la callada por respuesta y miraba con intensidad a los ojos de su interlocutor hasta doblegarle: Silencio y mirada, lo mismo que había hecho el Dios de Abraham, Isaac y Jacob.

Excepto el domingo, a las siete de la mañana se la podía encontrar limpiando los vidrios y espejos de la portería. De la una a las tres en punto de la tarde, tomaba su siesta, pero quien viniese unos minutos después de las tres, hallaría la portería abierta y a Amélie embargada en alguna labor de aguja e hilo. Hasta las siete y treinta de la tarde se la podía localizar sentada en aquella baja silla de costura, cruzadas las manos sobre la tela almidonada de su blanco delantal, en espera de la campanada de la media, para regresar la sillita a su sitio, revisar que todo quedara en orden y cerrar su portería.

Fernando tenía mucho que agradecerle desde que había quedado solo. Amélie se preocupaba de pequeños detalles y le mimaba alguna vez con paté o confite que ella preparaba o que recibía de sus parientes, sobre todo los días lluviosos insistía en que la soledad no fuese buena. Ella tenía por qué saberlo. Su marido había muerto hacía ochos años: «…estar tan al tanto de la portería ‒afirmaba con un deje de tristeza‒ llenaba su soledad».

Apenas colocó el llavín en la cerradura del portón, como por arte de magia cesó la lluvia, lo que le causó fastidio. Amélie le vio tan empapado que, poniendo a un lado su labor, tomó de prisa unas toallas de aquellas que conservaba a mano, siempre frescas y fragantes, salió al paso del joven que ya entraba al vestíbulo, deteniéndose apenas cruzó el dintel, como si temiera mojar el embaldosado.

‒¡Santo Dios, Fernando, que tanto te ha calado la lluvia! ‒le dijo mientras le alcanzaba las toallas para que se secase el pelo y la cara.

El sonrió y trató de minimizar el frío que comenzaba a sentir. La fuerte lluvia había traspasado su impermeable. Fue necesaria otra toalla para que el muchacho se descalzara y secara los pies. Sus mocasines y calcetines estaban empapados. Amélie dejando sobre una silla de la portería una de las toallas, entró presurosa a su apartamento y regresó con las pantuflas que habían pertenecido a su marido.

Fernando sabía la inutilidad de discutir con quien demasiado a menudo llevaba la razón. Tomó de las viejas manos que no habían perdido su belleza la correspondencia, dio las buenas noches y se dirigió al ascensor. Cuando se disponía a entrar en este, escuchó el repiqueteo que denunciaba una fuerte lluvia que no cesó hasta poco antes del siguiente amanecer.

Revisó cada uno de los sobres. Tiró cinco de ellos a la cesta y puso los otros sobre la mesa. Con las dos revistas que también había recibido entró a su habitación, una estancia ni pequeña ni grande, dotada de una gran ventana abierta al norte, protegida por persianas que filtraban la luz.

Escuchó la actividad de la calle. Puso las revistas sobre su butaca y cerró la parte central de la amplia ventana. Pensándolo de nuevo, levantó un pelín dos de las cristaleras de guillotina permitiendo que el paso de un poco de aire circulara en la estancia. La lluvia había llegado desde el sur y todo estaba seco.

Sobre un pliegue de la cortina había una libélula de brillante abdomen escarlata que, por extraño que parezca, no escapó asustada cuando cerró la ventana. Solo volvió su cabeza, en dirección a Fernando, y este no pudo sustraerse a la seducción de tanta belleza. Movió la mano para tocarla, pero voló perdiéndose de vista.

Resignado, giró y decidió ducharse. Iba camino de la ducha cuando reconoció sobre una de las mesillas de noche el sobre y recordó que aún no había mirada la película contenido en él. Había prometido mirarla, lo había olvidado, y decidió hacerlo. La húmeda tarde invitaba a quedarse en casa.

Ya enfundado en su pijama, se dirigió, primero al televisor y después a su butaca, y mientras preparaba todo, recordó el incidente de la libélula. La casualidad se la descubrió sobre la alfombra, escorada sobre una de sus alitas, como un barco abandonado sobre la arena. No había sobrevivido a su último vuelo. Se le ocurrió que quizás ya el insecto agonizaba cuando rehuyó su mano.

Se puso de pie, tomó la libélula de abdomen rojo cuidando de no quebrar sus alas para depositarla en una cajita negra de cartón. La acomodó sobre el algodón, ajustó la tapa con vidrio y devolvió el conjunto a la repisa. Recordó que tenía una etiqueta de aquellas que nombran los especímenes en los museos. En ella pondría la fecha de la muerte y el nombre científico de tan bello ejemplar. Podría descansar con dignidad en un féretro propio.

Se arrebujó en su butaca para mirar la película. Le decepcionó la calidad del filme. Lo devolvería al día siguiente. Aún era temprano y la lluvia, que no cesaba, invitaba a tomar algo caliente. Preparó una taza de chocolate, lo consumió saboreándolo, y se fue a la cama.

Al día siguiente, le recibió otra mañana de lluvia intermitente. El tiempo que había permanecido en su oficina había transcurrido rápido. Le disgustaba dejar cosas a medio hacer. Echó un vistazo a su agenda del día siguiente comprobando que saldría a media mañana. Así decidió permanecer un poco más para terminar de esbozar un par de cartas y firmar las que debían ser enviadas. Desde su escritorio vio que había cesado de llover. Guardó todo bajo llave y abrigándose con su impermeable anduvo hasta el ascensor, pulsó el botón de llamada y se replegaron las puertas.

Pasó por frente a la portería a las 7:40 de la tarde. Subió a su piso. Todo continuaba en orden. Depositó la correspondencia sobre la mesa sin revisarla y, mientras se dirigía a su habitación, reconoció la cajita con la libélula. Con un gesto mecánico la engavetó en el aparador, debatiendo qué le atraía más, si echarse un rato en la cama o ducharse. 

La vida pasa.




 © Jorge Porta





martes, 15 de enero de 2019

Nuevo Akelarre Literario nº 40: El Espolón



Es el paseo ajardinado más popular de la española ciudad de Burgos con un importante arbolado. Fue creado a finales del siglo XVIII configurándose durante el XIX. Conecta el Arco de Santa María con el Teatro Principal y está considerado como el “salón” de la ciudad.

La palabra espolón se relaciona con el hecho de tratarse de unos terrenos inundables a orillas del rio Arlanzón, que fueron elevados en ese lugar mediante estribos y contrafuertes para protegerlo de las crecidas del rio.

Por el andén central, conocido antaño como paso de las Acacias, discurría la carretera que unía Madrid a Bayona y los burgaleses iban a pasear presenciando el paso de las diligencias.


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domingo, 13 de enero de 2019

Malena Teigeiro: El Gaviota



A Marga Cancela

Cuando desapareció su esposo, Rosa tenía cuatro hijos. Un fuerte temporal se llevó la barquita en la que iba de marinero. Aún hoy lo llora y no sabe muy bien por qué.

—¡Era tan buen mozo!, pero he de reconocer que no me trató bien —pensaba pasándose la mano por la frente, como queriendo ahuyentar sus negros pensamientos,  apoyada en el mostrador del colmado abierto en el zaguán de su casa.

Ahora estaba muerto y era mejor olvidarse de sus otras mujeres. —No puedo, suspira.— La primera en amargarle la vida fue su suegra. Una mujer de las de mete mete. Cada vez que se compraba un trozo de tela para hacerse un vestido, la escuchaba: “Tú gastando y mi hijo dejándose la vida entre las olas.” Ahora que lo pensaba, ¿sería meiga la vieja? En fin, qué le importaba ya. Era ella la que tenía que sacar a sus hijos adelante sin saber cómo. El colmado apenas le daba para comer. Echó un vistazo al reloj. Era ya tarde. Salió de detrás del mostrador y cerró las puertas.

Se fue a arreglar preocupada. El domingo a la salida de la iglesia, don José se le acercó. Después de un leve galanteo, le dijo que el martes la iba a visitar al anochecer, pero con mucha discreción. Ella se imagina para lo que es. Le gustaban las mujeres, o al menos de eso hablaban los vecinos, y era lo suficientemente lista como para saber a lo que iba. Aunque no le gusta la idea de ser la querida de nadie, bastante sufrimiento tuvo con las de su marido, necesitaba el dinero. ¡Ay, Dioni, con lo que yo te quise siempre! Era tan guapo, tan apuesto, que ninguna mujer se le resistía. Cada vez que la veía llorar, su madre le decía que no se quejara, que mucha era su suerte, porque ella era la legítima, la de la Iglesia. ¡Qué buena y sacrificada ha sido siempre su madre! Cuando el domingo después de comer le cuenta que don José le pidió visitarla, la anima. “Dile que sí. Estás sola. Qué daño haces. Ni siquiera a su mujer, que ya ni se entera de nada.” Y el martes su madre se fue a recoger a los niños a la escuela para llevarlos a su casa a cenar y dormir.

—Si puede ser, al menos de momento, que los niños no vean al viejo— le había dicho sonriente.

Se puso el vestido con flores rojas, el que tanto le gustaba al Dioni, a ver si la ayudaba un poquito, y luego de soltarse la coleta, se cepilló la melena.

Cuando don José entra en su casa por la puerta de atrás, la que da al gallinero, le acaricia la cara. Rosa, dijo, cada día que pasa estás más buena. Sin soltar el puro, la abraza por la cintura y restriega su barrigudo cuerpo al suyo.

—Pase, pase. Que le tengo una copita preparada en el comedor —lo separa zalamera.

—No me ofrezcas copitas que hoy tengo que estar claro.

Entraron en el comedor y Rosa se sienta enfrente, al otro lado de la mesa. Él acerca su silla hasta pegarla a la suya. Las gruesas piernas abiertas. La bragueta abultada. Los ojos vidriosos. Le levanta la falda y coloca una mano sobre la rodilla.

—Rosa, Rosa —murmura dándole palmadas en el desnudo muslo—. Vamos a dejarlo, que me pierdes.

Vuelve a sentarse enfrente y, suspirando, con los dedos cortos, orondos, de uñas amarillentas, sacude el cigarro en el cenicero. Aquel redondo y grueso cigarro, la estremece.

—Desde la noche en que el mar se llevó al Gaviota, no he dejado de pensar en ti. ¿Te acuerdas de la terrible galerna? —la vio bajar la cabeza. Sus ojos la acarician—. Cómo no ibas a hacerlo si con él se fue tu Dioni. Y mira que era marinero el barquito. Qué lástima de hombres —con la vista fija en ella, frunce las cejas. Suspira y le da una calada al cigarro—. Pues vamos a lo que he venido. Tú Rosa, te has quedado muy mal de dinero, que ya me lo dijo tu madre. Y como en tu casa con eso del colmado hay un trasegar de gente, a nadie le puede extrañar que entre yo, o algún otro. ¿Verdad? —¡Anda que ahora mi madre ahora se mete a alcahueta!— ¿Qué te parecería recibir a tres o cuatro de nosotros algunas noches?

La mujer da un salto en su asiento. Se retuerce las manos nerviosa.

—Don José, yo… Tenga en cuenta que solo lo hice con un hombre y era mi marido.

Las lágrimas aparecieron en sus mejillas al tiempo que una sonora carcajada retumba entre los muros de la casita. El hombre saca un pañuelo y se suena ruidosamente.

—¿En qué estás pensando, mujer? Con el Gaviota, Rosa, además de tu marido, también se nos fue el Santi, el de la taberna. Y la Encarna, su madre, que ya anda mayor la pobre, como bien sabes, la cerró. Bueno, pues, al cerrarla, nos ha dejado sin casino. Si nos prestas tu comedor y guardas el secreto, te daríamos el diez por ciento del dinero que se mueva. Tan solo vendremos dos o tres tardes a la semana.

© Malena Teigeiro


viernes, 11 de enero de 2019

Socorro González-Sepúlveda Romeral: Mi mundo al revés


                                                      



Tenía que empinarme para ver mi cara reflejada en el espejo. Yo era muy pequeña y el espejo, que estaba incrustado en la pared encalada del patio, también. Me gustaba ver las cosas reflejadas, me parecían más hermosas, además, veía su otro lado, aquel que quedaba oculto para mí. Por eso, como un juego, me subía en una silla para verme entera, aunque por partes, o ver, a medias, las cosas de mi entorno e imaginarme el resto.
El patio era mi universo, en él pasaba muchas horas mirando las ilustraciones de un libro, porque aún no sabía leer. Junto con los gatos, tendidos al sol, los dos perros grandes y viejos. La pareja de palomas que bajaban a comer al patio, desde su nido en lo alto del pajar.  Una perdiz enjaulada. Un viejo peral, un granado y un limonero. El lilo llenaba el patio de insectos y olores. Los arriates rebosaban geranios y la hiedra, siempre verde, cubría la mayor parte de las paredes.  
Una vez al año, el lugar se transformaba. Ocurría la víspera de las fiestas, cuando para encalar las habitaciones, sacaban todos los muebles al patio: somieres y colchones enrollados, mesas boca abajo, sillas apiladas junto a los arriates. Cuadros vueltos cara a la pared, los cajones de las cómodas mostrando impúdicamente su contenido. La vajilla buena, descabalada, se extendía sobre una manta al lado de las mesillas de noche, cada una de ellas, con su santo y su libro de oraciones.
Pero lo que transformó mi pequeño universo fue el espejo grande del armario de dos lunas, que las atareadas mujeres, tapadas hasta las cejas para no mancharse de cal, dejaron con mucho esfuerzo, en una esquina del patio. En él se reflejaba todo, pero… al revés.
 Vi a los gatos ronroneando, platicando con un par de ratoncitos, que habían salido de su agujero sin temor. La perdiz había dejado su jaula y contaba a las palomas, que zureaban sin parar, como era su vida en el campo. Los dos perros se habían sentado en las sillas y hojeaban mi libro de ilustraciones. Mi padre leía en voz alta «La perfecta casada». La vajilla buena estaba colocada debajo de la mesa con los cubiertos de alpaca, copas, servilletas y un ramo de lilas en el centro. El peral daba peras al vino, el limonero zumo de manzana y se abrieron las granadas, como labios dispuestos al beso, para enseñar sus granos rojos. Los geranios, que habían sido invitados, se colocaron alrededor de la mesa.  ¡Todo listo para cenar! Gritó alguien.  Y desperté.



© Socorro González-Sepúlveda