martes, 17 de septiembre de 2019

La leyenda de Siurana



Siurana es un precioso pueblo de Tarragona.

Se esconde entre las montañas de Montsant y las de Prades, situado a 737 metros sobre el nivel del mar, se asienta sobre un enorme peñón de roca caliza que domina los valles de los ríos Siurana y Cornudella. Pertenece a la comarca del Priorat.

Iglesia de Santa María
Destacan sus casas y calles empedradas de origen medieval sobre la cima de una colina, junto a las ruinas de un castillo árabe, una fortificación que cerraba el paso al núcleo urbano. Se conservan restos de muros y de una cámara. El edificio más relevante es la iglesia de Santa María, de estilo románico, del siglo XII, con una sola planta, que tiene una portada con un tímpano figurado enmarcado por tres arquivoltas de medio punto; estas descansan sobre seis columnas con capiteles decorados.


Hay un asteroide dedicado a Siurana de Tarragona, de un diámetro de dos kilómetros, se encuentra entre las órbitas de Marte y Júpiter y tiene una órbita de 3,24 años.

La fecha de la conquista del castillo no es segura, fue entre 1153 y 1154. La conquista del último reducto musulmán dio lugar a leyendas como la de la Reina Mora, recopiladas por el escritor Joan Amades:

Se dice que la reina Abdelazia, mujer de gran belleza, al verse asediada por los cristianos, prefirió precipitarse al vacío con su corcel blanco. Para evitar que el caballo se detuviera ante la muerte, le tapó los ojos. Pero el animal quiso parar y clavó sus patas en el suelo, quedando la huella de su herradura en la roca. Otros dicen que las marcas son del impulso antes del salto. Sea como fuere, se ve clavada en la roca la huella de la herradura, en el lugar conocido como «El Salto de la Reina Mora».

 
Entrada al castillo y pueblo

lunes, 16 de septiembre de 2019

Nuevo Akelarre Literario nº 48: La partitura

Conscientes del lenguaje universal de la música y de lo que la misma incide en nuestras vidas, nos hemos inspirado en una partitura antigua para desgranar con palabras las notas que no sabemos interpretar en un pentagrama. 

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Disfruten con nuestros cuentos

domingo, 15 de septiembre de 2019

2001: Odisea del espacio



Gran película dirigida por Stanley Kubrick y basada en un cuento de Arthur C. Clarke titulado «El centinela», escrito en 1948 y publicado en la revista 10 Historia de Fantasía, en 1951.

Fue estrenada en 1968, y se dice que es la película de ciencia ficción más respetuosa con las leyes de la física, aunque existen varios fallos como el bolígrafo que recoge la azafata y que no gira sobre su centro de gravedad, el alunizaje al remover polvo, algo que no debería ocurrir en un lugar sin atmósfera…, pero hay que tener en cuenta que fue hecha antes de la misión Apolo 11.

La trama comienza millones de años atrás, antes de la aparición del Homo sapiens, unos primates descubren un monolito, ortoédrico, que los conduce a un estadio de inteligencia superior. Otros millones de años después, un monolito idéntico, enterrado en la luna, incita a los científicos de la NASA a enviar una misión al espacio.

Llega el año 2001 y la nave espacial Discovery 1, viaja a Júpiter con cinco tripulantes y un supercomputador. Después de una lucha mortal entre el astronauta Dave Bowman y HAL 900, un ordenador con inteligencia artificial que se encarga de controlar todos los sistemas de la nave espacial, otro monolito envía al astronauta a una nueva dimensión.

Sus avanzados efectos especiales la hicieron acreedora de un premio Óscar en dicha categoría. En 1991 fue seleccionada para su preservación en el National Film Registry.

Nueva y antigua a la vez aborda temas como la evolución humana, la tecnología, la inteligencia artificial y la vida extraterrestre. 

Un viaje hacia la inmortalidad, sobrecogedor y misterioso.


viernes, 13 de septiembre de 2019

Malena Teigeiro: El farero







Cuando le escuchó que la culpa era de la luna llena, alarmada, le dijo que esa noche no había. Él, inquieto, perturbado, moviéndose de un lado a otro, murmura que si no sabe que la niebla que la cubre trae mala suerte, que hay que bañarse en el agua del mar para huir de sus oscuras sombras. Sin mirarla, se viste exaltado. Confunde los botones al abrocharse la camisa, quedándosele una punta más larga que la otra, pero no le importa. 

“Tengo que hacerlo.” Le susurra al oído mientras la besa. Quería huir de las malas almas. De la parca. De los lobos que aúllan reclamando a la luna su sombra. Se despidió con un leve movimiento de la mano. Impaciente, cerró la puerta. Ella se llevó los dedos a los labios en el vano intento de retener el beso. Se acercó a la ventana, pequeña, verde, con seis cristales. Lo vio bajar, saltando sobre las rocas cubiertas de algas, que como palmas marchitas lo agarraban. Iba alegre. Iba a bañarse en la playa, a purificarse en el agua del mar teñido por la cola de plata. Al principio corría tras él, pero ahora no. Y dejó de hacerlo porque le asustaba la música que derramaba el mar al batir en la arena. Era turbia, extraña. Al menos ella nunca la había escuchado antes. Cerró la ventana llorando.

Era un hombre simpático. Y buen mozo. Alto, moreno, fatuo; de pelo ondulado largo y brillante que velaba sus ojos negros y acariciadores, a veces de mirar torcido. Nada más conocerlo se enamoró y desde entonces vivían juntos en la casita blanca del faro, justo al borde de las rocas que bajan hasta el mar. Cuando le preguntó por qué no se casaban, le contestó que más valía vivir en pecado que dejar pistas de la felicidad a las malas almas. Y la abrazó sin más.
Pasado el tiempo se sentía yerma, triste, y decidió volver a trabajar, pero su suegra, hierática, insolente, le indicó que no podía hacerlo, que a su hijo no le sentaba bien que lo dejaran solo. Que no se preocupara, que nunca le iba a faltar el dinero. “Nietos, eso es lo único que te pido. Nietos”, repetía con el dedo amenazante. Con la misma mirada torcida, abrió el bolso y le puso en la mano un puñado de billetes.

Y aquella noche, como siempre desde que dejó de seguirlo hasta el mar cuando la niebla velaba la luna, subió hasta la linterna del faro. Asomada al balcón de hierro, anhelante, vigila la playa. Lo vio arrancarse la ropa y caminar desnudo por la arena hacia el agua helada, negra. Lo vio dejarse llevar por la corriente, nadar entre las ondas de blanca cresta. Él cree que cuando la ola del mar bate sobre la arena derramando su espuma, es que quiere perderse en el vientre de las conchas. Y que él, al meterse entre las olas, se enardecerá de pasión y podrá volver a derramar su amor en ella.

Entró en el faro y dejó fija la linterna, para que, al dejar caer su haz de luz sobre sobre el negro mar, le mostrara otra vez el camino de vuelta.



miércoles, 11 de septiembre de 2019

Socorro González-Sepúlveda Romeral: Hilaria






Ella vivía a su modo, que era el modo en el que vivía la mayoría de la gente de su edad, sexo y condición social, es decir, aburrida. En su vida, todo era absolutamente plano. Nunca pasaba nada. Iba al cine una vez por semana, a veces, al teatro. Salía a comer a algún restaurante con amigos, cada vez menos. Invitaba a cenar a sus hijos, algún sábado, paseaba al perro y leía, pero aquella primavera…aquella primavera atípica en la que no llovió ni un solo día, en la que calentaba el sol más de la cuenta y los árboles florecían a destiempo, aquella primavera, Hilaria también floreció, de forma metafórica, claro está, pero efectiva.

Comenzó por ir a la peluquería y teñirse el pelo de un rojo intenso. Luego, para completar su transformación se fue de tiendas con su sobrina, veinte años más joven que ella, para comprar ropa nueva. Se embutió en unos vaqueros, con dos tallas menos de las que usaba normalmente, una blusa de seda que le dejaba un hombro al descubierto y, de paso un lunar muy sugestivo. Por último, unas botas de tacón alto, con las que creció de golpe doce centímetros. 

Cuando se vio reflejada en la luna de los escaparates, no se reconoció y,  al llegar a casa, el perro se la quedó mirando de forma impertinente, pero a renglón seguido, se puso a mover la cola como dando su aprobación. Este detalle subió la autoestima de Hilaria y la indujo a dar el siguiente paso.

Buscó en la guía telefónica el número de su amigo de la infancia, aquel que la había amado desde siempre a pesar de casarse con otra. Aquel, que ahora estaba viudo y era diputado por Izquierda Unida, con el que había compartido huelgas y encierros en iglesias… amigo y camarada, todo en una pieza. Lo llamó y lo invitó a la manifestación del domingo de “La España vaciada” lo convenció de que era una causa justa y que recordarían viejos tiempos… Dicho y hecho, quedaron en el metro de Colón. Ella lo reconoció al instante, aunque estaba un poco más gordo y bastante más calvo. A él le costó bastante reconocer a su antigua amiga en aquella mujer pelirroja.

Se unieron a la “mani” entre los tambores de Calanda y unas señoras de Soria que bailaban jotas. Pronto se cansaron de caminar entre los manifestantes, los altos tacones no eran muy apropiados y el ruido les impedía hablar de sus cosas, y se fueron a un sitio tranquilo, un hotel discreto, donde comieron y después tomaron una habitación para pasar el resto del día. ¡El encuentro lo merecía! A partir de aquí: luceros de la mañana eran sus ojos, amapolas sus mejillas, el rojo de su pelo fuego apasionado. Ella sintió las manos de su amigo como de seda. 

Tic-tac. Tic-tac, el reloj de pared seguía indiferente.

© Socorro González- Sepúlveda Romeral

martes, 10 de septiembre de 2019

Paula de Vera García: Ella y él, dos que fueron uno (DB Super oneshot)




El Torneo se había terminado por fin. A pesar de haber sido solo una hora, se había hecho tan largo… Por un instante, tras ser eliminado, Vegeta había temido no poder cumplir su promesa a Bulma de volver con ella y con Bra, ni a Cabba la de resucitarlo. Aun sin decirlo en voz alta, el Saiyan había estado aterrorizado durante esos pocos minutos hasta que sus compañeros habían derrotado a Jiren. Y cuando Androide 17 deseó que todos volvieran a la vida estuvo casi tentado de abrazarlo él mismo. Al menos, eso significaba que seguía habiendo Saiyans en otros universos…


No obstante, en cuanto entraron en Capsule Corp por la puerta de la terraza, apenas tuvo tiempo de sostener un bulto de tela que cayó en sus brazos antes de que una menuda figura le estrujara la cintura entre los suyos, deshecha en lágrimas.


-¡Vegeta! -clamó Bulma-. Menos mal que has vuelto. ¡Que todos habéis vuelto! ¡Estaba tan preocupada…!


-Pero… ¡Bulma! ¿Qué haces? -se resistió el Saiyan, tras reponerse-. ¡Para, mujer! ¡Ya está bien!


Su esposa, tras ser consciente en un segundo de lo que estaba haciendo, se separó de golpe como si la hubieran pinchado.


-Yo… Yo… -lo miró insegura, mientras Bra lloraba sin remedio en brazos de su padre. Había sido un impulso, pero debía haber recordado lo que él opinaba de las manifestaciones de cariño público-. Ay, lo siento. Olvidaba que…


Los dos se miraron con cierta tensión mientras Bra seguía llorando y algunos de los otros presentes los señalaban con evidente sorpresa y la respiración contenida. Pero entonces, de espaldas a todos, Vegeta sonrió con levedad, solo para Bulma y le apretó el codo en un simple gesto que ella reconoció.


-No importa -susurró él-. Yo...


-¡Eh, Vegeta!


El aludido apretó lo dientes. Maldito Kakarot… Ojalá se detuviera el tiempo en aquel momento. Interiormente solo quería abrazar a Bulma, a su hijo; seguir teniendo a su hija contra el pecho para siempre. Pero el mundo de fuera los esperaba.


-Trae -le indicó Bulma, solícita y sin rastro ya de lágrimas en los ojos, tendiendo las manos hacia el bebé-. Ya me ocupo yo…


Solo entonces, ambos se dieron cuenta de que, sorprendentemente, Bra había dejado de llorar y se había acurrucado contra el pecho desnudo de su padre. Este notó un escalofrío cuando sus manitas le acariciaron la piel y tragó saliva. Sin quererlo, una extraña sensación de posesión hacia aquella niña, que ya había percibido cuando la cogió por primera vez de recién nacida, se enroscó sobre su corazón con fuerza, casi haciéndolo jadear de la sorpresa.


Vegeta dudó, inseguro sobre qué hacer. Pero cuando su orgullo de guerrero se impuso, aceptó depositar a aquella preciosa criatura en brazos de Bulma. Sin embargo, no pudo evitar que algo invisible tirara de él hacia Bra cuando se separaron del todo, reprimiendo un escalofrío.


Cuando la bebé estuvo acomodada, Bulma sonrió con calidez y le hizo un gesto señalando a sus espectadores.


-Venga, vamos con los demás.



***



La noche había caído hacía rato y la casa estaba en silencio. Después de acostar a Trunks y Bra, Bulma y Vegeta se habían dedicado a reencontrarse como solo eran capaces de hacerlo en privado: desnudos, sudorosos y enredados entre las sábanas.


-¡Madre... mía! ¿Cómo es... que acabamos… siempre así? -jadeó ella cuando acabaron, derrotada entre sus brazos.


-¿Así cómo? -quiso saber él, curioso, tratando a su vez de recuperar el resuello.


Bulma sonrió con ironía y le guiñó un ojo.


-Ya sabes. En la cama, teniendo sexo salvaje, después de que me pegues el susto de mi vida.


Vegeta soltó una risita ronca mientras acariciaba distraídamente la curva de su cintura.


-Bueno, yo creo que está bien, ¿no? -Bulma frunció el ceño, picada-. Venga, no te pongas así -rogó él, mordaz-. Sé que a ti también te gusta que esto pase.


Bulma arrugó los labios, sacudiendo la cabeza.


-Eres imposible, ¿lo sabes? -Vegeta se limitó a soltar una de sus risitas breves de conformidad-. Pero bueno, está bien -claudicó ella, paseando un dedo por su suave pecho de mármol-. Además, tengo que admitir que a pesar de que muchas veces me dejas todo perdido de suciedad, también me gusta cómo hueles cuando vuelves de entrenar o pelear…


Vegeta, tras torcer el gesto ante la milésima alusión en su matrimonio a su descuido con la limpieza, soltó una carcajada corta y la miró con una ceja enarcada a causa de la sorpresa que le produjo semejante declaración.


-¿En serio? -se sorprendió, haciendo que Bulma enrojeciera intensamente-. Hm. Bueno, si lo sé no vuelvo a ducharme nunca más.


-¡Oh! ¡Ni se te ocurra!... -lo regañó Bulma, alzando la cabeza para mirarlo-. Aunque -ronroneó acto seguido, acercando el rostro hasta que sus narices se tocaron- sí puedo esperar a ducharme contigo la próxima vez que vuelvas de hacer ejercicio... ¿Qué opinas?


Ambos rieron y se besaron con pasión. A pesar de los años, de la separación forzosa que suponía el entrenamiento de Vegeta -Bulma se quejaba de que no trabajaba de puertas para afuera, pero una pequeña parte de su ser agradecía que su marido estuviese siempre listo para protegerlos en casa de necesidad- y algún que otro Torneo loco -algo con lo que Bulma había aprendido a convivir y en los que disfrutaba y sufría al mismo tiempo viendo competir a padre e hijo-, el matrimonio se había esforzado por no perder el fuego que surgía entre sus pieles siempre que estaban juntos y a solas. Y a Bulma le encantaba comprobar que, a pesar de la fachada constante y de lo que pudieran regañar en el día a día, Vegeta seguía cambiando radicalmente cuando estaba solo con ella.


Si bien seguía siendo muy gruñón y cabezota para algunas cosas, desde que Vegeta había vuelto a la Tierra para quedarse, él jamás le había dicho una palabra más alta que la otra e incluso tenía en cuenta su opinión para según qué cosas; además, en privado la abrazaba, la besaba, aceptaba sus caprichos… En definitiva, se entregaba a ella sin ningún esfuerzo aparente. Y Bulma, a pesar de todo, apreciaba en secreto aquella forma de amor solo para ellos dos.

No obstante, cuando Bra volvió a llorar y Vegeta se levantó cual resorte de la cama, Bulma se quedó rígida como una estatua mientras lo observaba actuar. ¿Qué iba a hacer su marido? Cierto que desde lo de Célula y más desde Buu, Bulma había notado que Vegeta se abría más y más a las opciones que le ofrecía formar una familia; aunque estricto y poco cariñoso en general, el Saiyan había llegado a ser un modelo incluso para Trunks, el cual lo adoraba desde que tenía uso de razón. Cuando había nacido Bra, el Saiyan no había tenido reparos en cogerla y estar bastante pendiente de ella. Pero… ¿Levantarse así solo por su llanto nocturno? Quizá solo era por hambre; pero, aun así… Con Trunks, para bien o para mal, jamás había hecho algo semejante y Bulma era la primera que había preferido dejarlo adaptarse a la paternidad poco a poco, sin presionarlo. Pero…


Por una centésima de segundo, Bulma se asustó cuando un pensamiento terrible cruzó por su mente, para desecharlo acto seguido con violencia. ¡Qué absurdo a aquellas alturas…!


Sin embargo, no pudo evitar contener la respiración en cuanto Vegeta se inclinó sobre la cuna y tomó a la niña en brazos; eso sí, con un cuidado inusual en él. Despacio, el Saiyan se incorporó y caminó con la pequeña sujeta sobre su brazo izquierdo hacia la ventana, deteniéndose bajo la luz de las estrellas. Bulma no podía oír lo que Vegeta estaba diciendo, solo captaba un ligero susurro varonil intercalado con los gemidos de la pequeña; pero lo que estuvo claro un par de minutos después fue que la niña, mágicamente, se había calmado con aquel procedimiento e incluso emitió algún gorgorito de satisfacción.


Incrédula, Bulma se sentó del todo en la cama y apoyó los brazos en las rodillas, sintiendo la emoción ascender a sus ojos. No era posible. No podía ser que sus plegarias se estuvieran cumpliendo.


Durante un buen rato, la mujer humana se limitó a contemplar aquella escena sin moverse, por miedo a romper la magia. Vegeta, desnudo, de perfil, sosteniendo a Bra con un brazo. Las manitas de ella aferradas a uno de los dedos de la mano opuesta de su padre. Y él… Bulma tragó saliva. Vegeta sonreía. Sonreía con una ternura como pocas veces lo había visto hacerlo en su vida.


Sin poder evitarlo, Bulma alzó una mano para secarse discretamente las lágrimas, pero debió saber que él se percataría del movimiento y la burbuja perfecta que rodeaba la escena pareció quebrarse de golpe en el silencio de la noche. Vegeta se giró un poco, lo justo para mirar a su mujer; pero, curiosamente, no había enfado en su rostro. 

En honor a la verdad, mostraba una extraña serenidad.


-¿Qué ocurre, Bulma? -preguntó él, acercándose con la niña ya dormida en los brazos y sentándose en el borde de la cama-. ¿Estás bien?


La mujer, para sorpresa de Vegeta, casi por primera vez en su vida no supo qué contestar. Tenía tal mezcla de emociones corriendo por sus venas que creía que iba a explotar.


-Nunca… -arrancó, indecisa, en un susurro-. Bueno… Confieso que no pensaba que te vería así alguna vez.


A pesar de la falta de detalle, Vegeta lo entendió a la perfección y enrojeció levemente, apartando la mirada de nuevo hacia una Bra que dormía plácidamente.


-Ah, sí. Lo imaginaba -admitió en el mismo tono de voz, procurando no despertar a la bebé-. Pero no se te ocurra andar diciéndolo por ahí -amenazó acto seguido-. O arruinarás mi reputación.


Bulma se rio con levedad, sin sentirse amedrentada en absoluto.


-Tu secreto está a salvo conmigo, ya lo sabes -prometió, apoyando las manos en el hombro de su marido y la barbilla encima, la vista clavada en la pequeña durmiente-. Aunque, ¿quién pensó que acabaríamos así?


-Hm. La verdad es que nadie lo hubiera dicho.


-Menos si consideramos que me amenazaste de muerte la primera vez que te vi -apostilló Bulma con malicia calculada.


-¡Eh! ¡Y tú te fijaste en Zarbon! -se picó Vegeta, celoso, haciendo que ella sonriera divertida ante aquel absurdo recuerdo-. Todavía me acuerdo de tu voz chillona pidiendo a gritos que acabara conmigo.


-¡Ay! ¡No me digas que lo recuerdas? -se avergonzó entonces Bulma, enrojeciendo como una granada madura y escondiendo el rostro tras el hombro de él-. ¡No tienes maldita consideración de lo que sufrí en ese condenado planeta!


Vegeta rio por lo bajo, ignorando la pulla con naturalidad.


-¡Claro que me acuerdo! Que entonces no te prestara ninguna atención como mujer no significa que esos recuerdos se hayan ido de mi memoria. Me suelo acordar cuando alguien habla mal de mí. Además -agregó- te recuerdo que a mí me mataron allí, así que no te quejes tanto. Salí perdiendo yo.


Bulma frunció los labios, entre divertida y sintiendo un escalofrío involuntario. Cuando le dijeron que había muerto a manos de Buu, o cada vez que sentía que lo había perdido para siempre, creía que ella misma iba a morir de pena y de dolor. Aún tenía pesadillas con lo del demonio rosa...


-Bueno. Pues si dejas a la niña en la cuna y vuelves a la cama conmigo, te aseguro que hay un hombre maravilloso y con un cuerpo de infarto que va a salir ganando... -guiñó el ojo y él sonrió con lujuria, anticipando lo que vendría después-. ¿Qué te parece?





(Imagen: Pinterest. Inspiración: Dragon Ball Super)





© Paula de Vera

lunes, 9 de septiembre de 2019

La cocina a mi alcance: Cocido madrileño






Se dice que comparte origen con todos los cocidos y potajes que se realizan en toda la geografía española. Se apunta a una evolución de la olla podrida manchega, del cocido montañés, de los cocidos sefarditas de la edad media, del cuscús.

Su ingrediente principal son los garbanzos, muy populares en Cartago, y es muy posible que desde allí llegara a la península ibérica.

Mi amiga Almudena, castiza hasta los tuétanos, ha venido a comer conmigo trayendo dos pucheros de cocido. Uno para ella light pues quiere adelgazar y otro para mí, contundente. Es un plato único ideal para los meses de invierno. Se sirve de esta manera:

Primer vuelco: La sopa; segundo vuelvo: Los garbanzos, verduras y patatas; tercer vuelco: La carne

Eso es en los restaurantes de alcurnia. En su casa se sirve así:

Primer plato: La sopa de fideos: Con una cucharada de garbanzos en mi caso, en el de ella, no. Segundo plato: Garbanzos, verduras, patatas y carne. Se ahorra una fuente. Es una exagerada. Es un pajarito comiendo, por lo que me ha quedado cocido para una semana. Me salvé. Ni se me ocurre regañarle al respecto. 

La receta de mi amiga es para dos personas:

Ingredientes:

150 gramos de garbanzos
150 gramos de morcillo o jarrete de ternera
1 muslo de pollo o carcasa o pechuga. Lo que se tenga.
100 gramos de chorizo. Su cocido no tiene chorizo. Hay que cuidarse el colesterol.
1 morcilla. A su cocido no le ha echado por la tensión alta. Pero se ha comido la del mío. Era de cebolla, su preferida, y no ha podido resistir la tentación.
75 gramos de tocino entreverado. Su cocido no lo lleva. Está a dieta para ponerse bikini en el verano.
80 gramos de jamón serrano
1 hueso de jamón
2 zanahorias
½ repollo
2 patatas
3 dientes de ajo
Aceite de oliva y sal.


Preparación:

Coloca en una red los garbanzos ya cocidos que vienen en un frasco de cristal. Hay que ahorrar esfuerzos. En una olla a presión, añadir abundante agua, el morcillo, el tocino, el jamón y el hueso con una cucharita de sal. (Lavar bien el hueso antes de agregarlo a la olla). 

Cuando comience a hervir retirar la espuma e introduce la red con los garbanzos y retira la espuma de nuevo. Es cuando le pone la tapa a la olla y que cueza durante treinta minutos a partir de que comience a salir el vapor.

Abrir la olla para retirar un poco del caldo a una cazuela. Se pica el repollo y se agrega junto con el chorizo y la morcilla, con una pizquita de sal. Cocer todo con la tapa puesta durante quince minutos.

Agregar las patatas, las zanahorias, el muslo de pollo a la olla de los garbanzos y ponerlo todo a cocer durante diez minutos más.

Sirve la sopa en plato hondo, me lo recalca pues sabe lo inútil que soy, y todo lo demás en una fuente hermosa. Laminar los ajos, freírlos en una sartén con un chorrito de aceite y regarlo sobre la fuente.

A comer.