El tiempo que pasábamos en la casa de la sierra fue haciéndose cada vez más frecuente. En cuanto había un puente como el de octubre, los de mayo o el de los difuntos en noviembre, para allá que nos mandaban. También íbamos en cuanto acababa el colegio. Ese mes nos instalábamos con nuestra madre que iba y venía a Madrid.
La casa se llamaba La Casucha y era una pequeña construcción de piedra con un mirador cerrado por largas ventanas y un jardín medio salvaje. La mujer que había cuidado a nuestra madre cuando era pequeña era de ese pueblo y luego se quedó de guardesa. Se llamaba Valentina y a mis dos hermanos y a mí nos daba miedo.
—Es una bruja que se ha escapado de un cuento —aseguraba mi hermano José en un tono atemorizado.
Era una mujer encorvada, pero no porque fuera gibosa sino como si le costara enderezarse de la cintura para arriba. Luego entendí que había sido por cargar más peso del debido a lo largo de su vida. Siempre iba vestida de negro con un delantal de rayas grises, el escaso pelo, también negro, recogido en un minúsculo moño y le faltaban dos dedos y varios dientes.
A mi madre le decía ternezas que solo le oíamos con ella. Cuando llegaba a la casa se fundían en un cálido y prolongado abrazo. A nosotros nos daba un exiguo beso en la cabeza, gesto que agradecíamos, pues ninguno de los tres hermanos conseguimos evitar la repugnancia que nos producía esa adusta mujer.
—Mamá, por favor, no nos dejes solos con Valentina, nos da miedo —le suplicábamos indefectiblemente cuando se preparaba para marcharse.
—No os dejaría nunca con nadie que no fuera de mi total confianza —nos contestaba con una lejana sonrisa.
Nuestro padre se había muerto hacía un par de años y los tres íbamos olvidando sus rasgos, su voz y su presencia, aunque estuviera poco en casa. También olvidábamos las agrías discusiones que tenían, que habitualmente terminaban con un portazo. Pasaban varios días, incluso a veces un mes en el que él no aparecía lo que generaba una agradable tranquilidad. A veces, en estos casos nos íbamos a La Casucha, propiedad de mi madre, donde ella se renovaba y salía de esa oscura tristeza en la que se encerraba. En esos días era cuando yo oía a Valentina susurrarle palabras de ánimo, que no se preocupara, pobrecita mía, se merecía una vida mejor. Todo tenía solución. Cuando quisiera su Valentina se ocuparía.
Nos gustaba ir a pasear al bosque al que se accedía por una puerta herrumbrosa al fondo del jardín. Ese era un momento feliz, imaginábamos aventuras, el olor intenso de la tierra mojada, el ruido de los animalitos que se alejaban… Para mí fue siempre un lugar al que volver, aunque fuera en mi mente, cuando quería recuperar el bienestar y una sensación de orden, de que todo está bien.
Al ir después de las primeras lluvias buscábamos níscalos debajo de los pinares, conscientes de la prohibición de que no tocáramos ningún otro tipo de seta.
—Las hay muy venenosas —nos aseguraba Valentina—. Y no os separéis de mí, que por aquí anda la raposa.
Era el único mal recuerdo que tengo de ese bosque. Una mañana encontramos cerca de un grupo precioso de setas que parecían de caramelo, un animalito muerto.
—¿No os lo decía yo?, ese bicho se ha muerto por comer estas setas —nos las señaló con su mano sin dedos—. Andaros con ojo, no se os ocurra ni acercaros.
Cuando volvimos a los dos días no quedaba ni una seta y el caldo que hervía en la cocina despedía un olor agrío e intenso. Valentina nos echó de la cocina, no era sitio para niños, y jugueteó con una escoba como si nos echara a escobazos. Casi fue la única vez que recuerdo reírme con ella. Nos prohibió entrar durante toda la tarde, hasta que apagó el fuego.
A los pocos días de marcharse, nuestra volvió a buscarnos vestida de luto y con una cara rara; yo nunca se la había visto así antes, hinchada, ojerosa y una leve sonrisa en los labios.
—Siento deciros que vuestro padre ha muerto —nos abrazó con una ternura que yo tenía olvidada.
© Cristina Vázquez