Amán-Suley,
rey de reyes y dios de dioses, el hombre de los ojos negros y aspecto de ángel,
era feliz. Era el ser más feliz del universo. Se miraba al espejo y veía a
Dios, porque él lo era. Y como tal, se adoraba.
Poco
a poco, con la lentitud de los besos que le concedían las mujeres a su
alrededor, había ido configurando la vida a su antojo, se había adueñado de
todo, había ido moldeando el mundo, había eliminado aquello que le molestaba en
su entorno y lo había convertido en ventajas para sí mismo y sus secuaces.
Mediante el poder que le confería su situación de rey de reyes al mando de una
nación tan poderosa como la suya, había comprado a jueces, magistrados y
policías, había sometido a políticos y opositores, había estructurado el
entorno a su antojo, había eliminado el delito de robo para poder robar, el de
violación para poder violar, el de blasfemia para poder blasfemar, el de
rebelión para poder someter y el de latrocinio para poder defraudar. No le
quedaba más que el de asesinato.
En
el momento que el delito de asesinato quedara abolido, podría actuar a su
antojo. Y en ese mismo instante, en primer lugar, haría desaparecer a los
ancianos, que resultaban una carga para el Estado; en segundo, sacaría los
tanques a la calle para deshacerse de todo el que le molestase y quisiera
oponerse a sus deseos; en tercero, eliminaría de inmediato a aquellos que no se
arrimaran a su pensamiento. Después… se relamía los labios con ese después.
La
figura del espejo, de una belleza inigualable, sonreía ante tan maravilloso
panorama.
Al
día siguiente, lluvia y viento por doquier, como si hasta el firmamento llorase
de pena, quedó abolido el delito de asesinato de las leyes del Estado. Tras
estampar su firma, acompañada de una inmensa sonrisa, consideró que ahora sí,
ya se había convertido en el emperador del mundo entero. Ahora podría actuar a
sus anchas, ahora podría disponer de las vidas a su antojo, ahora sería
omnipotente. Eso significaba ser Dios.
La
puerta de su despacho se abrió en ese momento. El viento golpeaba los cristales
a gritos. Un hombre alto y elegante, un hombre de confianza, el director de las
fuerzas armadas de la nación, una de las pocas personas que podía presentarse
armada ante Aman-Suley, rey de reyes y dios de dioses, se acercó al jefe del
estado, le miró directamente a los ojos y, sonriendo de forma maquiavélica, desenfundó
su pistola reglamentaria con la mano derecha, la levantó y le descerrajó un
tiro en la frente mientras exclamaba:
—
Gracias a ti, ya no soy un asesino.
Aman-Suley
cayó al suelo y dejó de existir. Y el universo entero descansó en paz.
©Blanca del Cerro








