viernes, 13 de marzo de 2026

Malena Teigeiro: El estudiante

 


Mi marido se llama Jaimito. Repito, no Jaime, sino Jaimito.

Fue mi compañero de pupitre desde el día que comencé el colegio. No tengo ninguna duda de que si no fuera por mí, que le dejaba copiar en todos los exámenes, y le soplaba las preguntas orales, quizá no hubiera sido capaz de terminar la enseñanza básica. De eso estoy segura. Sin embargo, en lo referente a los negocios, ya era otra cosa. Ahí incluso le ayudó el nombre de Jaimito. ¿Que por qué? Pues porque al igual que en el colegio cada vez que algo ocurría el señor Iturriaga, nuestro maestro, gritaba: Jaimito, qué está pasando. Jaimito, qué haces. Jaimito, otra vez copiando, y él, fuera o no el culpable, bajaba la cabeza. También cuando había que construir un decorado, instalar unas luces, o buscar los trajes para una obra de teatro, era Jaimito el que se ocupaba de ello.

Al terminar el bachillerato, me fui a Madrid. Quería estudiar Filología en la Complutense. Me sentía feliz. Podía elegir lo que más me gustaba, las Lenguas Muertas. Estudié latín, griego, y un poco de sánscrito. Me sentía tan feliz entre todo aquello que apenas volvía a mi pequeña ciudad durante las vacaciones. Y era lógico, en Madrid se quedaba esperándome mi adorado Carlos.

Y Jaimito, cuyo nombre hizo que todos lo conocieran, decidió dedicarse a trabajar en lo que mejor sabía hacer: La búsqueda. De ese modo, cualquiera que tuviera que arreglar un lavaplatos, una máquina de coser, la necesidad de adquirir el elemento más extraño, todos, todos los que lo conocían, inmediatamente decían voy a llamar al Jaimito. Seguro que él sabe dónde encontrarlo. Y Jaimito, nadie entendía cómo, al día siguiente, a veces incluso a los diez minutos, llamaba a la puerta de la casa del susodicho con el artículo que se necesitaba.

Y así fueron pasando los años.

Cuando finalicé mis estudios, sin saber todavía qué camino tomar, volví a mi ciudad. Y allí estaba, como siempre, Jaimito esperándome.

Apenas pasados dos meses, Carlos, mi novio durante la carrera, me escribió diciendo que había descubierto su amor por Dorita, mi compañera de habitación y amiga íntima durante todos los años que duraron mis estudios. Ni le contesté. Pero eso sí, lloré un día tras otro hasta que mi madre llamó a Jaimito. Sentado a mi lado, igual que cuando lo hacía en el pupitre, mirando al frente, me susurró que le faltaba la persona que le soplara lo que tenía que hacer. Cosa que no entendí, porque en ese momento ya tenía dos tiendas y un almacén en los que podías encontrar cualquier cosa por inverosímil que fuera.

Al fin conseguí una plaza de profesora en un colegio en las afueras de la ciudad. Estaba cerca del almacén de Jaimito, por lo que él me llevaba todas las mañanas.

Y ocurrió lo que todos pensaban que tenía que pasar. Una mañana del mes de julio, nos casamos. Él estaba feliz. Yo bastante contenta. Apenas un año después nació Jaime, y luego tuvimos también dos niñas.

Y lo cierto fue que Jaimito tenía razón. Desde que nos casamos, fui la que le soplé lo que a mi juicio debía hacer, la que lo animó a abrir tiendas en otras ciudades, primero, y en otros países después, la que dejó su trabajo en el colegio para ayudarle a dirigir la cadena.

Una mañana, como antiguos alumnos, los dos fuimos invitados a nuestro colegio. Como personas con gran éxito en la vida, por entonces éramos una de las mayores fortunas del país, querían que diéramos una charla sobre la necesidad de tener una buena preparación para poner enfrentarnos a la vida.

Y sí, Jaimito, impasible, sentado a mi lado, con la mejor de sus sonrisas, escuchó de mis labios la recomendación de la necesidad de unos buenos estudios para poder encarar el futuro. Cuando terminé, desde el fondo del salón de actos, renqueante, ayudado por la que supuse era su hija, se acercó a saludarnos el señor Iturriaga. Miró a nuestros hijos y volviéndose a mi marido dijo: Copiando otra vez, Jaimito.

© Malena Teigeiro

miércoles, 11 de marzo de 2026

El David de Miguel Ángel

 



Es una de las obras maestras del Renacimiento, de las esculturas más reconocidas y admiradas de Miguel Ángel y símbolo de la ciudad de Florencia.

Está hecho en mármol blanco y es la representación del adolescente David bíblico cuando todavía era pastor, en el momento previo a enfrentarse con Goliat. Fue esculpido mediante cincel. Miguel Ángel lo diseñó para que fuese admirado desde cualquier punto en contraposición a la manera medieval que diseñaba las esculturas para ser vistas exclusivamente de frente. Su cuerpo se encuentra girado con un ligero contrapposto: la pierna izquierda se adelanta a la derecha, el brazo izquierdo se eleva y se curva hasta que la mano casi toca el hombro, mientras que el brazo derecho se deja caer hasta que la mano toca el muslo, el torso se curva sutilmente, la cabeza mira hacia su izquierda, manteniendo los ojos fijos en su objetivo, con las pupilas en forma de corazón y con el ceño fruncido.

Contrapposto es el término italiano utilizado para describir una figura con la mayor parte de su peso sobre un pie para que sus hombros y los brazos giren fuera del eje de las caderas y las piernas. Esto da a la figura un aspecto más dinámico o relajada. En escultura, se usa para dar sensación de movimiento.

Además, de su belleza y perfección técnica el David de Miguel Ángel alberga algunas curiosidades interesantes:

·   Para representar a un adolescente tiene la cabeza y las manos demasiado grandes y los brazos bastante largos. Es estrecho de caderas y las piernas están muy separadas. Existe una aparente incoherencia, ya que, a pesar de ser un personaje judío no está circuncidado.

 

·    Miguel Ángel seleccionó personalmente el bloque de mármol. Este había sido abandonado, debido a sus imperfecciones, en los talleres del Duomo de Florencia por más de 40 años. El artista mandó levantar un muro alrededor del bloque para protegerlo de los curiosos. Tardó cuatro años en terminarlo.

 

·     La escultura se presentó el 8 de agosto de 1504. Se necesitaron 40 hombres para trasladarla desde el taller a la Piazza de la Signoria. Actualmente se encuentra en la Galería de la Academia de Florencia.

lunes, 9 de marzo de 2026

La cocina a mi alcance: Tarta de manzana sin horno

 



La especie progenitora del manzano fue domesticada unos cinco mil años antes de nuestra era. Originaria de Asia Central, de los bosques de la cordillera Tian Shan, en la frontera entre las actuales China, Kazajistán y Kirguistán, a través de la Ruta de la Seda, llegó a Europa y a Asia Oriental. Luego a América.

En la antigua Grecia lanzar una manzana a alguien era declarar el amor de uno; y de manera similar, atraparlo era mostrar simbólicamente la aceptación de ese amor.

Un epigrama que reivindica la autoría de Platón afirma: ​

«Te tiro la manzana, y si estás dispuesta a amarme, tómala y comparte conmigo tu niñez; pero si tus pensamientos son lo que ruego que no sean, tómala y considera cuán efímera es la belleza».

Platón, Epigrama VII

 

Hay un proverbio inglés: «An apple a day keeps the doctor away» que significa: Una manzana al día mantiene alejado al médico. En español dicen así: Una manzana cada día, de médico te ahorraría. A pesar del proverbio, no hay evidencia de que comer una manzana diariamente tenga efectos significativos en la salud.

Pero, esta tarta de manzana, sin horno, dice mi amiga Pilar, puede alejarte del médico para toda la vida.  

 

Ingredientes

3 manzanas

75 gr de mantequilla

2/3 tazas de azúcar

Nueces cortadas

Zumo de ½ limón

1 cucharadita de canela

1 taza de harina de repostería

2 huevos

½ taza de leche desnatada

Almendras fileteadas

 

La vamos a preparar en una sartén antiadherente.

Pelamos y cortamos las manzanas en trocitos del mismo tamaño. Las ponemos en un bol con el zumo de limón y reservamos.

Mientras tenemos las manzanas macerándose, preparamos la masa. Tamizamos la harina, la mezclamos con el azúcar y la mantequilla. Amasamos bien hasta tener la masa. Los huevos los iremos incorporando poco a poco. A continuación, la leche. 

En la sartén, ponemos la manzana con el zumo. Dejemos que se caramelice con sus propios jugos durante unos minutos. Podemos añadirle un poco de mantequilla para que nos quede más suave la manzana. Pasados unos 10 minutos estará tierna.

En ese punto vertemos la masa y tapamos. A fuego lento dejamos que se vaya cocinando.

Esta técnica nos permitirá crear un dulce sin horno. Tardará unos 35 minutos en estar lista la masa. Le daremos la vuelta y decoramos con unas almendras fileteadas o nueces.

 

Espero que sea todo un éxito. Ya me diréis.

sábado, 7 de marzo de 2026

Marzo engañador, un día malo y otro...

 



Es el tercer mes del año y tiene 31 días. Su llegada da comienzo a la primavera en el hemisferio norte: América del Norte, Europa, Asia y parte de África. Y el otoño en el hemisferio sur: América del Sur, parte de África y Oceanía.

El nombre de marzo procede de Martius, el primer mes del antiguo calendario romano. Debe su nombre a Marte, dios romano de la guerra.

Una de sus piedras es la aguamarina, simboliza el coraje. Su flor es el narciso. ​ Los signos zodiacales son Piscis hasta el 20 de marzo y Aries desde el 21 de marzo en adelante.

Países con otros nombres para marzo:

En finés, se le llama maaliskuu, que se cree que tiene su origen en maallinen kuu. Significa mes terroso y puede referirse a la primera aparición de tierra bajo la nieve del invierno.​En ucraniano, checo, esloveno, el mes se llama berezen, březen, breznik que significa «el mes de los abedules». Aunque en esloveno, el nombre tradicional es sušec, que significa el mes en que la tierra se seca lo suficiente como para que sea posible cultivarla. La palabra Mart en turco viene del nombre del dios Marte.

Para la Iglesia católica, este mes está dedicado a San José de Nazaret.




jueves, 5 de marzo de 2026

Sol Cerrato Rubio: Avatar

 



 

Vivir día a día, momento a momento

con este avatar reseteándose

y cambiando de pixeles.

 

A veces camina confiado.

Otras, se cristaliza en un gran sueño.

 

Se rompe, se desploma y no comprende

la realidad de los fenómenos

que ha coprotagonizado.

 

Un marco con plantas liofilizadas.

Minerales precipitándose

en diamantes y esmeraldas.

 

Todo nace, brota, fluye y se diluye,

en un instante creativo

de esta bóveda que huye.

 

 

Sol Cerrato Rubio

 

martes, 3 de marzo de 2026

Amantes de mis cuentos: Éramos pocos y...

 


 

Desde que se ha levantado no ha parado ni un momento. Limpieza general en aquel piso de pequeñas dimensiones, abarrotado con muebles muy modernos, paredes con tonos que contrastan, libros por doquier, una leonera por habitación y dos maletas en la puerta. A todo correr está haciendo la comida para irse a trabajar. El malhumor la inunda. Y, encima, su marido le pidió anoche el divorcio.

—Din … don …

Se abre la puerta quedando una rendija sujeta con una cadena

—¿Quién es?

—Disculpe, ¿podría ayudarme? Busco a un profesor de literatura y no sé en cuál piso vive.

—No conozco a ningún profesor de literatura.

—Es ruso

—Como si fuera chino. Le digo que no le conozco.

—Es alto y delgado.

—Como si fuese enano y gordo. Lo siento. Se me quema el condumio y su búsqueda no es mi problema. Pregunte al conserje.

—¿Dónde vive el conserje?

Se oyó el golpe seco de la puerta al cerrarse y un grito. Cuatro dedos quedaron empotrados.

 

© Marieta Alonso Más

lunes, 2 de marzo de 2026

Amantes de mis cuentos: Historias de la niñez. Don Eutiquio

 



 

El sacerdote de mi pueblo solía decirnos en la catequesis que el día que a Dios se le ocurriera bajar a darnos un buen repaso, no nos preguntaría si hemos ido a misa, no, no; mirándonos a la cara nos interrogaría sobre si hemos amado al prójimo como a nosotros mismos. Y lo decía con su sempiterna sonrisa socarrona, que dejaba en el aire la duda de si hablaba en broma o en serio.

Yo, a mis siete años, por si las moscas, lo creía a pies juntillas. Y desde entonces, cada vez que se me ocurría utilizar mi tirachinas para lanzarle un pedrusco a la cresta del gallo, me preguntaba si aquél también sería mi prójimo, porque no sabía cómo explicarle a esa ave galliforme que no debía despertarme tan temprano con su estridente quiquiriquí. 

Primero, durante mi vida estudiantil y luego en la laboral tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no ponerle la zancadilla a quienes me empujaban, en aquel quítate tú para ponerme yo. La de veces que me birlaron la novia delante de mis narices, hasta que encontré esa maravillosa mujer, futura madre de mis hijos, que los espantó a todos, eligiéndome a mí; o cuando le dieron al hijo del alcalde, que solo destacaba en deporte, matrícula de honor, y yo quedé en un honroso segundo lugar, con el expediente repleto de dieces, o la vez que le dieron al sobrino del empresario, el puesto de Gerente, cuando yo me lo había ganado con creces. Menos mal que a los seis meses le dio un patatús y ocupé el puesto.

Ahora, con los años, llegado a la vejez, he empezado a pensar que aquel cura, llevaba razón. A trompicones llegué donde me propuse llegar sin tener que pisar a nadie.  Y, miren por donde..., hoy, me alegro.

Apoyado en mi bastón, en el banco de un parque, imitando aquella pícara sonrisa suya, me pregunto si don Eutiquio aprobó su examen cuando se presentó ante el Señor.

 

© Marieta Alonso Más