miércoles, 29 de abril de 2026

Cristina Vázquez: Romántica confusión

 


Llevaba meses sumida en una desagradable apatía, casi tristeza, después del inesperado abandono de Gerardo. Fue muy feo, muy poco señor, como dijo mi madre. “Mejor que haya sido ahora que si no, hija, días de gloria te hubiera dado el sinvergonzón ese”. Yo la miraba tratando de convencerme del futuro horrendo que me esperaba si, por fin, hubiera oído la marcha nupcial agarrada del brazo del sinvergüenza ese. Ponía cara de convencida mientras recordaba su risa, las caricias apasionadas y los proyectos que compartimos.

Para consolarme, mis padres nos invitaron a mi amiga Margarita y a mí a un crucero por el Mediterráneo. Nos subimos a ese paquebote lujosísimo, llenas de excitación y ganas de divertirnos. Bajo la premisa de que las penas con pan son menos, que nosotras redujimos a las penas con alcohol son menos, nos bebimos con disciplina y alegría parte de la bodega. Estaba todo incluido, nos decíamos en una justificación engañosa.

En el barco viajaban unos alemanes estupendos, un par de vikingazos, para entendernos. En el que yo me fijé era alto, rubio, fuerte y con ese cierto aire militar en sus gestos que a mí me arrebató desde el primer momento. Su español era mediocre, artificioso, pero suficiente para entendernos y ganar el concurso de baile que organizó el crucero justo en la mitad del viaje. Era sorprendente la agilidad de Wilhem Frederick, que así se llamaba, aunque algo mecánico dirigía sus pasos. Había hecho un curso de baile en Múnich, su ciudad natal, y agradecía sobremanera, me confesó con dulzura en la noche de nuestro triunfo, el aprovechamiento de sus clases.

—Así como el curso de español que me permite decirte lindezas a la luz de la luna —remató su romántico discurso.

Margarita trataba de bajar un poco mi entusiasmo. Ella me aclaraba que estos germanotes estaban muy bien para pasar el rato, pero que no le encontraba a Willy, ya le llamábamos así, mucho salero y aguantarle esos parlamentos supuestamente románticos, resultaba un poco ridículo. Que me fijara en las manos, insistía mi amiga, las tenía un poco bastas.

—Ya se te está poniendo cara de besugo enamorado. Calma —me recriminaba cada poco.

Me daba igual, después del abandono de Gerardo, volver a sentir unas manos masculinas, un poco callosas, pero fuertes y amables, me llenó de esperanza en el género humano. Willy me contó las maravillas de la Oktoberfest, el momento más glorioso, precioso y animoso de su bella ciudad, y me miraba expectante para que yo reconociera su sabiduría y amplio vocabulario en español.

—Muy bien, muy bien —aplaudía yo, después de chocar nuestras copas llenas de cerveza.

Él era un cervecero tradicional que amaba su país y su fiesta. Me dio un largo discurso sobre la elaboración y cómo lo hacían en su fábrica. Fue muy detallado en todos los pasos, las diferencias de maduración y tipo de lúpulos que utilizaban.

—Mi fábrica, la mejor del mundo —sus ojos refulgían de orgullo.

Convencí a Margarita de que además de guapo era dueño de una fábrica y amaba lo que hacía. ¿No era ejemplar? Un propietario con ese interés por su producto. Yo empezaba a utilizar términos precisos: alcohol por volumen, bock, enfriador de mosto…

Antes de que terminara el crucero quedamos que iría a la fiesta, él se ocuparía de mí. Y así fue. Fui a Múnich y me situé donde me indicó para verle desfilar. Y le vi, aunque me costó reconocerlo con el traje típico y el sombrerito ayudando a los caballos que arrastraban el carro lleno de barriles. Sentí que mi entusiasmo se resquebrajaba un poco, era difícil encajar al guapo vikingo del lujoso crucero con este personaje insignificante en el desfile.

Cuando después nos reunimos con sus amigos, a los que encontré ruidosos y un tanto vulgares, me dije que no tenía criterio para valorarlos y que era una estirada. Y aunque amablemente se dirigieron a mí en inglés, al cabo del rato y de varias cervezas terminaron hablando alemán. Hicieron un brindis especial por España y la novia española que había conocido en el crucero que le regaló la empresa por ser el mejor empleado.

¿Empleado? ¿Pero no era el dueño?

© Cristina Vázquez

lunes, 27 de abril de 2026

Julia de Castro: Cielos de Carbón II. Los límites del abismo de Gonzalo Arjona

 



 

Carlos, profesor universitario, ha vivido en un precario equilibro los últimos tres años desde aquel impactante viaje a París, donde un violento reencuentro con su pasado supuso tal perturbación en su existencia que terminó con la ruptura de su matrimonio con Susana.

Desde aquel viaje no puede dejar de pensar en Ruth, su amor de juventud y la persona que desató el vendaval que experimentó y que estuvo a punto de costarle la vida; aquellos hechos que pusieron patas arriba todo su universo.

Una oferta de trabajo del departamento de inteligencia estatal para luchar contra el terrorismo islámico llega para alterar ese estado de vacío y letargo por el que transita desde hace ya tiempo.

Esta nueva tarea va a llevar a Carlos a recorrer Beirut, Londres, Cali, Orán o el Sáhara en una búsqueda frenética y peligrosa contra unas amenazas muy reales y tangibles.

Al igual que en Cielos de Carbón I Cruce de sombras, Gonzalo Arjona nos introduce en una carrera trepidante por evitar lo tantas veces inevitable, mientras nos convierte en testigos directos de la lucha interior del protagonista de la novela.

Una historia que atrapa desde las primeras páginas y mantiene al lector en tensión mientras recorre esos enclaves que tan bien describe y tan bien conoce Gonzalo.

Un imprescindible la lectura de esta historia que puede leerse después de la primera parte o por separado, pues ambas tienen entidad propia. Yo recomiendo seguir el hilo que su autor ha marcado y leer las dos obras una tras de otra para entender todos esos mensajes que nos lanza desde las páginas de sus dos novelas.

 

Julia de Castro

Mi verano en libros

Julio 2022

sábado, 25 de abril de 2026

Cosméticos

 





El término se creó en el siglo XVII a partir de la palabra griega Kosmetikós que significa: «relativo a la ornamentación». Su uso se remonta a la antigüedad.

Hace 6000 años en el antiguo Egipto ya se usaba el maquillaje. Hombres, mujeres y niños, con independencia de su clase social, recurrían a la cosmética para embellecer su cuerpo, con fines religiosos y medicinales.


En la antigua Roma se daba mucha importancia a la estética y el cuidado personal. Popea, esposa de Nerón, inventó una pasta de miga de pan mojada en leche de burra, con la que se cubría toda la cara antes de acostarse.

La leche de burra se usaba para dar frescura a la piel. En el libro XXVIII de su Historia natural, Plinio el Viejo menciona la leche de burra como excelente cosmético.

Para realzar la belleza y cuidar la piel se utilizaban polvos de arroz, aceites perfumados, cremas para el rostro y ungüentos para el cuerpo. Además, aplicaban máscaras faciales y utilizaban tintes para el cabello. Los perfumes elaborados a partir de flores y especias también eran muy populares.

Los ingredientes naturales han sido la base de los productos de belleza: aceite de oliva, miel, arcilla, aceite de coco y leche de burra.

Un buen maquillaje muestra la piel suave, más juvenil. Las sombras, los delineadores resaltan los ojos y la mirada se hace más profunda, el lápiz de labios los hace ver más gruesos, oculta imperfecciones…

Un buen maquillaje puede lograr que un joven parezca viejo o viceversa, algo muy necesario para los actores.

Un buen maquillaje hasta puede lograr un despertar sexual o resaltar esa timidez propia de las mejillas sonrojadas.

jueves, 23 de abril de 2026

Mujeres protagonistas

 



A lo largo de la historia de la humanidad, hay multitud de ejemplos del talento, la valentía y el poder de las mujeres, aunque no siempre se ha reconocido.

A pesar de las barreras y desigualdades que sufrieron, estas mujeres dejaron una importante huella y hoy continúan siendo una fuente de inspiración.

En el siglo X la astrónoma y matemática árabe Fátima al-Fihri fundó la Universidad de Al-Qarawiyyin en Marruecos, la más antigua del mundo en funcionamiento.

En el siglo XVII, la astrónoma y matemática italiana María Gaetana Agnesi fue la primera mujer en escribir un libro de matemáticas, rompiendo barreras y contribuyendo al avance del conocimiento científico.

Hedy Lamarr, además de una exitosa actriz de Hollywood en la década de 1940, fue una inventora brillante. Lamarr y el compositor George Antheil desarrollaron un sistema de comunicaciones inalámbricas que sentó las bases de la tecnología Wifi y el Bluetooth.

En el campo de la literatura, la británica Mary Shelley escribió con 18 años, Frankenstein, considerada la primera novela de ciencia ficción moderna, dando lugar a un nuevo género.

Marie Curie fue la primera mujer en ganar dos premios Nobel en distintas especialidades científicas. Emmeline Parkhurst, logró el derecho al voto para las mujeres en Gran Bretaña. Ada Lovelace, primera programadora de la historia. Rosalind Franklin, química y cristalógrafa británica que contribuyó al descubrimiento de la estructura del ADN. Florence Nightingale, considerada precursora de la enfermería moderna y matemática.

Y muchas más. Si ellas pudieron…

Tú puedes

martes, 21 de abril de 2026

Blanca del Cerro: La maldad

 



Amán-Suley, rey de reyes y dios de dioses, el hombre de los ojos negros y aspecto de ángel, era feliz. Era el ser más feliz del universo. Se miraba al espejo y veía a Dios, porque él lo era. Y como tal, se adoraba.

Poco a poco, con la lentitud de los besos que le concedían las mujeres a su alrededor, había ido configurando la vida a su antojo, se había adueñado de todo, había ido moldeando el mundo, había eliminado aquello que le molestaba en su entorno y lo había convertido en ventajas para sí mismo y sus secuaces. Mediante el poder que le confería su situación de rey de reyes al mando de una nación tan poderosa como la suya, había comprado a jueces, magistrados y policías, había sometido a políticos y opositores, había estructurado el entorno a su antojo, había eliminado el delito de robo para poder robar, el de violación para poder violar, el de blasfemia para poder blasfemar, el de rebelión para poder someter y el de latrocinio para poder defraudar. No le quedaba más que el de asesinato.

En el momento que el delito de asesinato quedara abolido, podría actuar a su antojo. Y en ese mismo instante, en primer lugar, haría desaparecer a los ancianos, que resultaban una carga para el Estado; en segundo, sacaría los tanques a la calle para deshacerse de todo el que le molestase y quisiera oponerse a sus deseos; en tercero, eliminaría de inmediato a aquellos que no se arrimaran a su pensamiento. Después… se relamía los labios con ese después.

La figura del espejo, de una belleza inigualable, sonreía ante tan maravilloso panorama.

Al día siguiente, lluvia y viento por doquier, como si hasta el firmamento llorase de pena, quedó abolido el delito de asesinato de las leyes del Estado. Tras estampar su firma, acompañada de una inmensa sonrisa, consideró que ahora sí, ya se había convertido en el emperador del mundo entero. Ahora podría actuar a sus anchas, ahora podría disponer de las vidas a su antojo, ahora sería omnipotente. Eso significaba ser Dios.

La puerta de su despacho se abrió en ese momento. El viento golpeaba los cristales a gritos. Un hombre alto y elegante, un hombre de confianza, el director de las fuerzas armadas de la nación, una de las pocas personas que podía presentarse armada ante Aman-Suley, rey de reyes y dios de dioses, se acercó al jefe del estado, le miró directamente a los ojos y, sonriendo de forma maquiavélica, desenfundó su pistola reglamentaria con la mano derecha, la levantó y le descerrajó un tiro en la frente mientras exclamaba:

— Gracias a ti, ya no soy un asesino.

Aman-Suley cayó al suelo y dejó de existir. Y el universo entero descansó en paz.


©Blanca del Cerro

 

domingo, 19 de abril de 2026

Liliana Delucchi: Una lengua difícil

 


Nunca tuve problemas para aprender idiomas, pero el alemán…, no podía con él. Mi padre se empeñaba en que lo estudiara, «Alemania es la dueña de Europa en la actualidad, olvídate del inglés. Tienes que asimilar su lengua y lograr hablarlo como una nativa». Pero a mí, tantas consonantes seguidas se me atravesaban, me costaba hilvanar una palabra y más aún tejer una frase.

De nada sirvieron los emolumentos que mi familia gastó en las clases de Fräulein Katharina, ni los años en el Goethe-Institut. Seguía sin dar pié con bola. Pero yo sabía que papá no iba a cejar en su empeño.

Es un hombre hecho a sí mismo, para quien el trabajo, la voluntad y, sobre todo la disciplina, son la base para triunfar en la vida. Se le había metido entre ceja y ceja que yo fuera una economista internacional consolidada y para ello tenía que terminar esa carrera y hablar varios idiomas a la perfección.

¿He dicho que mi pasión era la historia del arte? Pues sí. Lo era, pero de nada me sirvió porque quien iba a pagar mis estudios había decidido un camino en otra dirección.

Así fue como terminé en Múnich en un curso intensivo. La belleza de la ciudad y lo agradable de su gente, tiró abajo mis prejuicios. En mi mente, influida por Hollywood, los alemanes en general iban vestidos con uniformes de Hugo Boss, marchando con el paso de la oca y la mano levantada. Nada más lejos de la realidad, eran tanto o más guapos que los de las películas y llevaban prendas tan desenfadadas como las mías.

El curso comenzó en septiembre. Me hice amiga de Francesca, una italiana del norte con tantas ganas de aprender el idioma como yo. Cuando terminábamos las clases íbamos a callejear por la ciudad. Así fue como nos enteramos de la proximidad de la Oktoberfest y, aunque la cerveza no es nuestra bebida preferida, decidimos hacer una excepción y aproximarnos al evento.

El primero en acercarse fue Otto. En España lo llamaríamos un macizo: alto, rubio y con un físico de gimnasio que quitaba el hipo. Le ofreció una jarra de cerveza a Francesca. Debió suponerla alemana ya que, como es de Trieste, tiene el pelo color del oro, imagino debido a algún ancestro austríaco. Cuando mi amiga le respondió en italiano, pude ver al teutón casi desmayarse de placer. Entonces, levantó la mano para llamar a sus amigos, a quienes nos presentó como Franz, Fritz, y Gerd. Uno más guapo que el otro.

Quizás fueran las clases de la Fräulein Katharina o los eternos años en el Goethe, pero de pronto, ante esos representantes de la raza germana, yo estaba hablando alemán. No sabía a cuál elegir, creo que me decanté por Franz por ser quien besaba mejor.

Amanecía cuando regresamos a casa. El trayecto me pareció interminable. Quizás no había tantas curvas, pero el efecto de las cervezas me hizo caminar en zigzag hasta la puerta.

A la mañana siguiente, creo que era domingo, el teléfono sonó sobre las diez. Miré entre sueños la pantalla del móvil. Era mi padre.

—No sé nada de ti desde hace días, hija. ¿Qué haces?

Aparté la cabeza de Franz (¿o era Fritz?) que descansaba entre mis pechos, antes de contestar:

—Lo que tú me aconsejaste, papi, aprender alemán.

© Liliana Delucchi

viernes, 17 de abril de 2026

Señales de tráfico

 





Conjunto de signos de la vía pública que establece un lenguaje general para transitar por caminos y carreteras.

Tienen su origen durante el imperio romano. Los llamaban miliarios y eran columnas de piedras donde se recogían diversos datos: destinos, distancias, nombre de la vía…  Y fue el Miliario de Oro, erigido en Roma, el que marcaba el inicio de todas las calzadas del imperio y en el que estaban las distancias desde ese punto a las principales ciudades.

El primer semáforo del que se tiene constancia se puso en Londres en 1868, junto a la abadía de Westminster. John Peake Knight lo creó. A los pocos meses de ser instalado explotó de manera accidental. Contaba con dos lámparas de gas y unos brazos mecánicos: durante el día, el brazo vertical indicaba «seguir» y en horizontal había que «parar». Por la noche, el gas prendía una mecha de dolores rojo y verde que debía accionar un policía.

Será a finales del siglo XIX cuando surja en Alemania la primera señal de tráfico moderna. El STOP. Una señal metálica con forma de calavera que se iluminaba de noche.

En 1909, en París, se establecieron las primeras señales de tráfico comunes en Europa. En España el primer semáforo se instaló en 1926, en Madrid, en el cruce de las calles Alcalá y Gran Vía.

No fue hasta la década de los cincuenta cuando se introdujeron las célebres figuras humanas que resaltan sobre los colores para regular a coches y peatones.

Poco a poco se generalizó el uso de las indicaciones de circulación y en 1968 los países europeos unificaron sus señales con el mismo criterio. Cada señal tiene una forma diferente: las triangulares, son señales de peligro; las circulares son señales de prohibición y las cuadradas y rectangulares informan u orientan.  




Buen Viaje