lunes, 27 de mayo de 2019

Selene: Personas medicinales


¿Habéis escuchado alguna vez hablar de las personas medicinales? A grandes rasgos, vienen a ser esas que te transmiten un chute de buen rollo con su presencia. Aquellas que suponen un soplo de aire fresco y te animan de todas las maneras que tienen a su alcance.

A diferencia de las tóxicas (que nos hacen sentir su pesimismo y malestar), la gente medicina es de la que debemos tener en nuestra vida Se trata de gente que te hace experimentar sensaciones agradables, que te levanta el ánimo. Sobre todo en los peores momentos.



Siempre me ha llamado mucho la atención este tema, y lo mucho que puede llegar a afectarnos, y he realizado una pequeña investigación en la que he encontrado algunos rasgos que caracterizan a estos maravillosos seres que tenemos a nuestro alrededor. Échales un vistazo. Seguro que hay alguien cerca de ti que reúne todos o algunos de ellos. Quizás tú mismo.

Una persona medicina te escuchará sin juzgarte. Será coherente con lo que dice y lo que hace. Será alguien que tenga ganas de conocerte, con amabilidad, atención y un alto grado de positivismo. Será una persona que creará entornos protectores y que contagiará emociones saludables.

La mente es algo muy poderoso. Algo que debemos cuidar para que nos cuide a nosotros de manera equivalente. Por eso es imprescindible darle todo el amor que necesite, todo el cariño y todas las cosas buenas que nos pida. De ahí que estas personas sean tan importantes en nuestra vida. Su empatía, su saber estar y su simple presencia ayuda más de lo que podríamos esperar.

¡Queremos más gente así! 

La necesitamos.

sábado, 25 de mayo de 2019

Ermita de San Baudelio de Berlanga




En lo alto de una colina cerca de Casillas de Berlanga, en Soria, se alza la ermita mozárabe de San Baudelio ‒mártir galorromano del siglo IV‒ construida hacia el 1100 en la margen sur del Duero a su paso por la provincia soriana.

Pilastra central

Monumento de gran interés por su arquitectura y por sus pinturas románicas, excepcionales. Se le ha llegado a llamar «Capilla Sixtina del arte mozárabe». Del centro de la nave, de apenas 80 metros cuadrados y con forma de cubo, surge una columna cilíndrica de la que salen ocho nervaduras en forma de palmera que se prolongan en los arcos de herradura que soportan la bóveda. El arabismo es evidente en la linterna y en la tribuna. La techumbre es de teja, pero hasta 1894 fue de piedra sillar.
Arcos de herradura sostienen la tribuna

En el exterior del ábside se encuentra una necrópolis rupestre con más de dos decenas de tumbas antropomorfas toscamente talladas, orientadas de este a oeste y cubiertas por lajas.

El monumento fue ignorado hasta 1907, su divulgación hizo que, veintitrés fragmentos de los frescos que adornaban sus muros fuesen arrancados y traspasados a lienzo para ser llevados a Estados Unidos, donde se reparten entre los museos de Boston, Indianapolis, Cincinnati y The Cloisters de Nueva York. En 1957 seis de esos fragmentos se trajeron al Museo del Prado como depósito temporal indefinido del Metropolitan Museum of Art de Nueva York; a cambio, el MET se quedó con el ábside románico de San Martín de Fuentidueña (Segovia). Las salas del Museo del Prado donde se exponen reproducen la arquitectura interior de San Baudelio.

A Gerardo Diego la ermita y la historia del expolio le inspiraron estos versos:

‒Que no. ‒Sí; madre, que sí.
Que yo los vi.
Cuatro elefantes
a la sombra de una palma;
los elefantes, gigantes.
‒¿Y la palma? ‒Pequeñita.
‒¿Y qué más?
¿Un quisco de malaquita?
‒Y una ermita.
‒Una patraña,
Tu ermita y tus elefantes.
Ya sería una cabaña
con ovejas trashumantes.
‒No. Más bien una mezquita
tan chiquita.
La palma
me llevó el alma.
‒Fue solo un sueño, hijo mío.
‒Que no, que estaban allí,
Yo lo vi,
los elefantes.
Ya no están y estaban antes.
(Y se los llevó un judío perfil de maravedí).

Elefante portando un castillo

Imprescindible verla.

jueves, 23 de mayo de 2019

Brújulas y Espirales: Reciente Narrativa Egipcia escrita por mujeres

Blog literario de Francisco Martínez Bouzas

RECIENTE NARRATIVA EGIPCIA ESCRITA POR MUJERES



   Se ha escrito que Egipto es una sociedad-cebolla, protegida por múltiples capas: el Mediterráneo, el Nilo, el desierto, África, el árabe, el Islán, los coptos, los heterodoxos cristianos y musulmanes, la pobreza, el analfabetismo. Grandes escritores, el orgullo de una de las grandes civilizaciones desaparecidas. Entre todas estas constricciones o estímulos, se ha desarrollado la moderna y actual literatura egipcia, sobre todo a inicios del siglo XX cuando el mundo árabe experimentó la Al-Nahada, un movimiento renacentista que afectó a todos los aspectos de la vida, la literatura incluida.

   Las figuras literarias más representativas y conocidas de este periodo son sin duda Naguib Mahfuz (1911-2006), el primer escritor árabe que ganó el Premio Nobel de Literatura; Hussein Haykal (1888- 1956), autor de la novela Zaynab, considerada la primera novela moderna e islámica egipcia; Alaa Al Aswany (1957-1976), autor de El edificio Yacoblán; Khaled Al Khamissi (1962), autor de Taxi, una colactánea de cincuenta y ocho relatos breves, fruto de la experiencia del autor en sus viajes por el Cairo;  la escritora Nawal Al Saadawi (1931, autora de Mujeres y Sexo en que  denunció la mutilación femenina, Bahaa Taher (1935)… Escritores egipcios que han marcado la literatura contemporánea del Medio Oriente, con sus historias de vida que podrían superar sus mismas ficciones.

   Pero, como en todas las literaturas, en Egipto también existe una generación joven que escribe, superando trabas y tabúes, que se interroga desde la historia socio-política del país y que  pretende reflejar en sus obras el mundo y la sociedad que la rodea, dejando un poco al margen mitos o costumbres. Durante muchos años la narrativa egipcia ignoró la novela policial, las novelas de ciencia ficción o de terror. Los escritores y escritoras actuales, sin embargo, abordan estos temas sin complejos. En este proceso han tenido no poca importancia -y no solo en Egipto- varios jóvenes escritores y escritoras, sobre todo urbanos que combaten las trabas en las que se encuentran sometidas  las actuales mujeres árabes debido a la regresión de la sociedad hacia valores religiosos y tradiciones, mucho más conservadoras que hace varias décadas. En los años 60 y 70, las mujeres iban por la calle en minifalda, sin velo con absoluta normalidad. Hacerlo en la actualidad sería considerado una provocación social.

   En mi panorama de la actual narrativa egipcia escrita por mujeres, me fijaré en la obra de dos jóvenes escritoras, en mi opinión paradigmáticas aunque de distinto estilo y temáticas muy diferentes: Mansoura ez Eldin (Masura Eseddin como se la conoce en Europa), y Amera Badawy.


Mansoura ez Eldín:

 

   Nació en el año 1976 en una pequeña aldea del Delta del Nilo. Es una escritora con una amplia obra traducida al francés, inglés, alemán e italiano. No así al español. Debutó en el año 2001 con Shaken Light (Luz vibrante), una colección de cuentos. Pero su obra narrativa más representativa se inicia en el año 2004 con Maryam’s Maze (El laberinto de Maryam). En 2009 publica Beyond  Paradise (Detrás del Paraiso). The Path to Madness, una colección de cuentos aparece en el año 2013. Y Emerald Moutain en 2014. En el año 2009 fue seleccionada para la Beirut 39, como una de las treinta y nueve autoras y autores árabes menores de 39 años. Y su novela  Detrás del Paraíso fue finalista en la tercera edición del International Prize for Arabic Fiction, versión árabe del Premio Booker.

   La narrativa de Mansoura ez Eldin es una equilibrada amalgama de realidad y ficción. Escribe sobre la realidad fusionándola con la fantasía, la ciencia ficción, el terror… No rehúye el tratamiento literario de temas violentos o catastróficos, ya que se propone reflejar la realidad tal cual es, dando a conocer sus lados más oscuros y marginales. Su novela El laberinto de Maryam es claramente una pieza de terror y de pesadillas, en la que tienen cabida los fermentos de lo que fue y de lo que es la cultura egipcia: mezcla de religiones, de costumbres y creencias populares enraizadas en supersticiones. Pero su mundo fantástico corre siempre paralelo con el mundo real. Algo semejante ocurre con Detrás del Paraíso. Muestra la historia de la protagonista, Salma ante el descubrimiento de su propio cuerpo, su familia, su pueblo en el Delta del Nilo, a la vez que refleja los cambios experimentados por este en las últimas décadas, tras la instalación de una fábrica de ladrillos.

   En la lucha de la mujer árabe por obtener la libertad, por la equiparación en derechos con el hombre, por cambiar las normas y tabúes sociales, la figura de Mansoura ez Eldin es sin duda un gran peón, y su obra literaria, un fermento importante para que las mujeres árabes dejen de ser las víctimas no solo del patriarcado, sino también de sus madres y abuelas.

A continuación reproduzco algunos fragmentos  del primer capítulo de La Montaña Esmeralda, traducido del árabe por Eva Chaves Hernández, seguramente el único texto que podemos leer en español de la escritora.


Mansoura ez Eldin
“El polvo del camino”



“Me llamo Bustán.

Quienes me conocen bien, y son pocos, me llaman “La sacerdotisa de blanco y negro”. Los demás piensan que soy una excéntrica. Si un escritor tuviera que describirme lo haría con los atributos de una ninfa o de una mujer con el pelo color carbón y ropa negra. Me describiría limitándose a  lo que alcanzan a ver los ojos, sin poder llegar a vislumbrar lo que estalla en mi interior.

Nadie podrá comprender lo que oculto ni lo que soy capaz de hacer. Tampoco se sabrá nada sobre los misterios de hechos que tuvieron lugar hace siglos y a los que consagré mi vida. Por eso, solo yo puedo ser la escritora, o mejor, la narradora a la que se le ha encomendado llenar los agujeros de la historia y encajar todas las piezas. Una historia de la que no soy protagonista pero que no existiría sin mí.

En el año once del tercer milenio, desde mi casa con vistas al Nilo del barrio cairota de Zamalek me sumerjo sin cansancio en mis escritos, un mundo antiguo que se va desmoronando por fuera. No puedo desquitarme de las infinitas palabras que han sido transformadas, que se me escurren entre los dedos como nubes de verano cruzando el cielo. Pasa por mi mente una escena tras otra de épocas diferentes. Consigo alcanzar algunas; otras, se me escapan.

Me veo de niña, en los años sesenta del siglo XX, en lo alto del monte Daylam. Correteo detrás de mi padre en su paseo matutino mientras recita versos de Al Rumi, Al Attar o Hafiz.  Me adelanta unos metros y al darse cuenta de mi tardanza, me espera con paciencia. Recuerdo el vaho humeando en su boca. Cuando le alcanzo me sienta encima de una piedra  y así descansamos un poquito. (…)

Acordándome ahora, sentada en esta casa de El Cairo, me viene a la memoria el aroma del monte Alamut y de su vegetación. Casi puedo divisar las faldas de la montaña cubiertas de verde, las cimas coronadas por la nieve y la amplia llanura que abraza los pueblos a los pies del monte.

Aquel lejano día mi padre me indicó dónde estaban las ruinas del castillo de Alamut. Recuerdo que todas sus facciones se sumergieron en una tristeza cuyos motivos yo desconocía, tanto que se quedó parado, erguido, estirando el cuerpo al máximo mientras contemplaba el lugar y lo señalaba. Mis ojos en vez de mirar hacia allí, se quedaron clavados en aquel rostro amable de barba rala y pelo gris. Bajando a la llanura, de vez en cuando echaba la vista atrás, hacia unas ruinas sobre las que hasta entonces yo no sabía nada. Dos días después me sentó a su lado bajo la sombra del castaño y me habló sobre Hassan Al Sabbah y la secta de los hashashin. “Lo único que sobrevive son los relatos. La memoria se acaba cuando muere su dueño y solo tenemos las historias como si fueran una memoria heredada”, me dijo.”(…)

“Se preguntarán sobre qué historia hablo. Conocemos muchos relatos añadidos a Las mil y una noches pero no hemos escuchado ninguno que le falte. No se trata además  de un simple libro. Es un texto sin fin que ni siquiera cambia con lo que se le añade o suprime.

Esta historia que descifro será entretenimiento de quien me lea. Pero primero, permitidme añadir a un margen el relato de mi vida y disculpadme si aún no tenéis claras las referencias. Debéis saber que son difíciles los asuntos que van de una época a otra, las historias y la reconciliación de un remoto pasado con el presente en que vivimos. Debéis saber también que la paciencia, según dicen, es un pescador. Que sea vuestra amiga como lo ha sido y sigue siéndolo para mí, única aliada en mi accidentado camino. La misma paciencia que me acompañó hace pocos años hacia aquella casa del campo, lejos de la civilización. Recuerdo que entonces me envolvía una inusual timidez que me salía del alma llevándome detrás de lo que los demás veían como un espejismo.”



Amera Badawy:

Amera Badawy

   Amera Badawy es una escritora muy joven que ha sufrido en su propia persona la imposición de las estrictas normas y costumbres tradicionales que pretenden definir los destinos de la mujer y que todavía están vigentes en la actual sociedad egipcia en nuestros días. Su  voluntad y su tesón, sin embargo, superaron las ataduras familiares, y hoy es un ejemplo de la mujer árabe que lucha por contraer matrimonio con la persona amada. Nacida en 1991 en  Ashmun -un nombre faraónico que significa el país de la luna- un distrito ubicado en la zona sur del Delta a poca distancia del norte de El Cairo. Venciendo resistencias, estudio inglés en la Universidad de El Cairo y fue con fundadora y forma parte del Grupo Almotahida Education.

   Su narrativa refleja las costumbres de las aldeas egipcias y se basa igualmente en las creencias en espíritus dañinos que pueden habitar en los cuerpos humanos.

   Ha escrito relatos breves como Six Qiblahs for Pray. El qiblah es la dirección hacia debe orientarse el fiel musulmán cuando reza sus cinco oraciones diarias: en dirección a la Kaaba en la Mecca. En las mezquitas el qiblah suele estar indicado por el mihrab, una posición u hornacina en el interior de las mismas. La dirección de la oración islámica ritual (salat) es una de las condiciones indispensables para el rezo y para la persona que reza: mirar físicamente hacia el qiblah del corazón que es la casa de Dios y el corazón del creyente.

   En sus relatos Amera Badawy  cuestiona la existencia de un único centro o qiblah hacia el que dirigir las oraciones rituales. ¿Significa esto un rechazo del centro de la autoridad religiosa o simplemente de la común interpretación del Islan?  Hay sin duda en sus relatos una crítica de las creencias religiosas sobre la verdad de la conexión entre Dios y los hombres, que aparece en la historia de Khider, un profeta olvidado.

   Otro de sus relatos reproduce el cuento del gallo. La heroína protagonista roba el gallo sagrado en la aldea. La oscuridad anega el pueblo y la gente piensa que lo del gallo es una mentira, igual que la de la serpiente gigante, que en la cultura islámica sale da las tumbas y destruye las aldeas.

   ¿Cuál es el significado de la muerte? Lo tematiza la autora en el relato del derviche. Vemos al ángel de la muerte en la imagen del derviche golpeando las casas y las personas para tomar té, burlándose de la vida humana. Historias, muchas de ellas crueles sobre todo para la mentalidad de los árabes musulmanes creyentes.

   Otros de sus relatos abordan el significado del tiempo, en especial en el de la historia de la comadreja que se apropia de las características de la bella heroína a la que convierte en una anciana, mientras las mujeres de la casa intentan expulsar a ese espíritu maligno, capaz de destruir la vida de las personas.

   En resumen, la narrativa de Amera Badawy, aunque de cariz mítico religioso, es un grito, pronunciado en un tono sosegado a favor de la libertad. Una crítica contra el patrimonio religioso, contra los mitos que controlan la mente de las personas y que abruman de forma muy especial a las mujeres. Esto, junto con el lenguaje sumamente poético y la estructura escritural que rompe las expectativas lectoras, es lo que distingue esta colección de relatos de Amera Badawy.

   Reproduzco a continuación un fragmento de uno de sus relatos, “Ritos de paso” en la traducción de Rita Tapia Oregui.
Francisco Martínez Bouzas
"Ritos de paso"


“A la muerte de su hija, dejó de poder quedarse embarazada. Su marido tampoco se dejaba ver mucho por casa. Fue él quien, al echarse a sus brazos cuando ocurrió, asía la muñeca de su hija con fuerza, la misma a la que ella necesita poder acariciar el pelo todas las noches antes de acostarse para poder conciliar el sueño. Se acuerda de cuando, al levantarse, su alma seguía en el suelo. Su marido se agachó a recoger la serpiente muerta que le había lanzado su suegra porque estaba convencida de que su nuera estaba poseída por un espíritu de melancolía, al que había que pegar un susto para que abandonara su cuerpo y ella pudiera volver a quedar encinta. Hacía ya tiempo que se le había vencido el plazo que se les concede a las mujeres para estar en barbecho. También recuerda la última vez que la estrechó; ella ya no respondía. Le besó la frente; le llegó su olor. Le pellizcó la barbilla; tenía la piel seca. Le enjugó las lágrimas que le rodaban por las mejillas; sus ojos ya no se cerraban. Momentos más tarde, se hallaba pataleando en el suelo y suplicando a su suegra entre sollozos que no se la llevara. Era su niña. No logró, no obstante, que esta se apiadara de ella. “Ya no hay nada que puedas hacer. Ahora toca bañarla y preparar el cuerpo para el entierro”, alegó.

-Ale, vamos al cementerio a que se te quite lo que se te ha metido dentro para que me puedas dar otra nieta, que llevas ya varios meses sin conseguir quedarte preñada.

El exorcismo había comenzado hacía ya unas semanas. Primero, lo de la serpiente, después la obligaron a matar un perro callejero en un barrio desértico y a saltarlo por encima, y hoy tocaba una visita al cementerio. Debía exhumar el cuerpo de su hija. Sólo así podría espantar al alma en pena que la habitaba. Accedió porque sabía que Dios no sometería al cuerpecito de su hija al proceso de descomposición que sufren el resto de los embalajes que dejamos en este mundo. Había fallecido antes de que le diera tiempo a cometer pecado alguno en una clínica medio en ruinas.

Llegado el momento, se pusieron en camino, campo a través. Los espantapájaros graznaban, la comparsa femenina que la acompañaba la hacía sentirse asediada por una bandada de cuervos con buenas intenciones, el sol pegaba de lo lindo y había unas mariposas que revoloteaban entre las cañas que flanquean el canal. Llegaron al cementerio y allí, entronizado sobre una higuera gigantesca, como presidiendo la sesión, se encontró al jefe de los cuervos. Unos cabritos negros hacían cabriolas sobre las tumbas. En un aparte, se erguían los mausoleos de los padres del Islam, quienes merecían todo el respeto en su mundo.

De pronto, se le comenzó a acelerar el pulso; le faltaba el aire. No obstante, mantuvo la compostura, que la tenía muy ejercitada últimamente. Fue sorteando las tumbas hasta que una de las mujeres de su comitiva le señaló la de su hija. Se sentó a su vera y se puso manos a la obra. No había de temer la oscuridad frente a sí, sólo la que la acechaba por detrás. Aún así, no lograba librarse del malestar que la invadía. Asió la pala que le alcanzaron con fuerza y comenzó a desenterrar a su hija con frenesí. Por un instante, creyó oír su voz, llamándola desde las profundidades. Finalmente, dio con su cuerpo, que aún se hallaba envuelto en la sábana en la que la habían dado sepultura, aunque el estado que presentaba la misma no fuera el de antaño. No quedaba ni rastro del olor de su hija en el tufo a podrido que desprendía. Le acarició la barbilla y le enjugó el recuerdo de sus últimas lágrimas. Seguidamente, se desmoronó. Alzó la voz al cobarde que se amparaba en las alturas, berreando:

-¿Dónde está el mesías ese que nos has prometido? ¿Dónde está la vara de Moisés cuando la necesitas para que obre milagros? ¿Dónde la magnanimidad de los venerables antepasados? ¿Por qué me la has arrebatado?

Los cuervos se sumaron a su graznar, hasta que el clamor se volvió insoportable. Gritaba intentando cancelar el ruido exterior. Entonces, las mujeres que la habían escoltado hasta allí se le acercaron, la rodearon, la aplaudieron y la felicitaron. De pronto, oyó la voz de su marido llamándola de lejos.

-Somayah, larguémonos de aquí.

La abrazó, con toda aquella gente mirando. Le había traído la muñeca de su hija. Ella se la llevó a la nariz y una extraña sensación de paz la embargó. Aún conservaba su olor.”

miércoles, 22 de mayo de 2019

Juguemos con las palabras: Literatura Náutica



EL RINCÓN DE LAS LETRAS 

"JUGUEMOS CON LAS PALABRAS" 


El PROGRAMA ESTÁ COORDINADO POR 

MARIETA ALONSO 

Y LA ACOMPAÑAN LOS ESCRITORES:

JOSÉ CARLOS PEÑA 

Y

BLANCA DE LA TORRE

Haremos un recorrido a través 
de la Literatura Náutica.

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martes, 21 de mayo de 2019

Amantes de mis cuentos: Mi caballo preferido (Versión francesa)







Mon cheval préféré


"Il y avait une fois un roi qui avait une fille à marier et il décida qu’il ne la donnerait en mariage à qu’ l'homme qui monterait un beau coursier et qui sauterait et arrivait jusqu’à la terrasse du palais: et c’est ainsi qu’il l’annonça dans tout son royaume".
La grand-mère commença à raconter à sa petite-fille, comme tous les jours, cette vieille légende cubaine.
"Près du palais un père vivait avec ses trois fils dans son minuscule terrain, semé de maïs. Le petit était son orgueil, mais les deux autres… Le vieillard devait  veiller chaque nuit pour éviter que les chevaux campagnards ne mangent  son champ semé; par contre, ses deux fils ainés s’en allaient au village pour s’enivrer. Un jour ils apportèrent la nouvelle annoncée par le roi. La nuit où les cavaliers allaient faire le saut, le fils cadet  dit à son père:

‒Papa, je surveillerai ce soir le maïs. Vous êtes déjà très vieux et très fatigué.

Le père craignait que son fils ne s’endorme… mais le garçon le tranquillisa:

‒Ne vous en faites pas. J’emmènerai avec moi  une tige de maïs vert avec un piment rouge piquant et quand je commencerai à avoir sommeil, je le froterai sur mes  yeux et ainsi je ne m'endormirai pas. Il prit aussi une corde d'agave pour essayer d’attraper  l'un de ces méchants chevaux qui leur mangeaient le maïs.
A l'aube les animaux arrivèrent, comme toujours, et avec beaucoup de maîtrise il arriva à attraper le plus grand et plus beau de tous. L’animal commença à manger, mais le jeune homme tira de la  corde et l’attacha au tronc d'un arbre, jusqu'à ce que le quadrupède se sentit fatigué.

Peureux, Bandit (c’était le nom du cheval) lui expliquait que c'était le cheval du Diable et qu'il ne pouvait pas voir les lumières du jour. Il lui demanda de le lâcher et lui promettait en échange qu'aucun autre cheval ne viendrait plus jamais manger dans son champ de maïs. Mais le fils cadet ne le lâcha pas.

‒Laisse-moi partir et je te promets que quand tu toucheras trois fois le tronc de cet arbre et tu diras: "Viens, Bandit, mon cheval". ….je viendrai en courrant pour te servir.
Alors le garçon, en le regardant dans les yeux, eut confiance en lui, et ils firent un serment. Le cheval du Diable partit presqu’en volant.
Avec le lever du jour, le garçon s’en alla à sa maison et y trouva ses frères qui racontaient qu’aucun cheval  avait pu sauter jusqu’à la terrasse du palais. Quand le père s’en alla voir son champ de maïs, il  le trouva intact, la preuve irréfutable  que son fils cadet ne s'était pas endormi. Quand le soir arriva, le garçon dit de nouveau:  je m’en vais surveiller le maïs, papa.
Aussitôt qu'il arriva à l'arbre il le toucha trois fois en disant: “Viens, Bandit, mon cheval”… Au milieu d'un grand éclat de lumière le cheval  apparut,  illuminant toute la montagne. Le fils cadet le monta et aussitôt qu'il fut sur le cheval,  ses haillons  tombèrent et il se trouva portant des habits de  prince. Il se dirigea vers le village et dès qu’il fut devant le palais,  Bandit  fit un grand saut et se posa au milieu de la terrasse où se trouvait la princesse assise sur son trône.
Le roi voulut tenir sa promesse mais le garçon lui dit:

‒Non, monsieur, je dois venir encore deux fois et je me marierai alors avec votre fille.

Il s'en alla et, arrivé à l'arbre, Bandit disparut et il se retrouva de nouveau avec ses haillons. Après être arrivé à sa demeure¸il y trouva ses deux frères racontant à son père ce qui était arrivé au palais.

‒C’était moi le prince qui a sauté à la terrasse du palais du roi, dit-il humblement…

Et les frères se moquèrent de lui:

‒Tais-toi, tas d’ordures. Jamais vu de plus grand menteur!!!   Et ils lui donnèrent des gifles… et le père dut intervenir de nouveau.


La nuit suivante, le fils cadet retourna à l'arbre et le toucha trois fois en disant: “Viens, Bandit, mon cheval”.

Et voilà que le cheval apparut en traversant la montagne à toute course illuminé par la pleine lune. Et, comme la veille, il arriva au palais, sauta sur la terrasse et dit au roi:

‒Je reviendrai demain pour sauter de nouveau et alors j’épouserai la princesse.

Il  répéta à ses frères que c’était bien lui le prince. Et ils  recommencèrent à le  frapper  et à l’appeler menteur. Le père dut le défendre de nouveau.

À la troisième nuit, il arriva à l'arbre et le toucha trois fois pour l’appeler: “Viens, Bandit, mon cheval”.

Le cheval et le jeune homme arrivèrent au palais, sautèrent jusqu’au milieu de la terrasse. Là se trouvait le roi avec la princesse et le juge qui  les  maria. Et s’adressant au roi, il lui dit:

‒Je veux que vous ordonniez faire venir mon père et mes frères.

Le monarque envoya son carrosse avec une escorte de soldats et quand le père les vut venir au loin, effrayé, il balbutia:

‒Ils viennent chercher quelque chose!!! C’est sûr que vous avez fait quelque chose de mauvais dans le village et ils vont nous saisir.

‒Non, papa, nous n'avons rien fait, nous avons seulement bu et nous nous sommes amusés.

La calèche arriva et empora tous les trois. Ils tremblaient en croyant que, comme on coupe avec une faucille aiguisée la mauvaise herbe et la canne à sucre, ils allaient être décapités. Une fois au palais, on les fit monter jusqu'au trône:  là se trouvait le fils cadet comme un véritable prince, qui courut embrasser son père en le prenant dans ses bras. Il se dirigea vers ses frères et leur dit:

‒Fainéants, querelleurs, et soûlards, maintenant vous allez travailler comme des mulets dans les étables.

Il alla ensuite vers son père et lui dit avec une grande affection:

‒Vous, mon père, vous avez tout le palais pour aller où il vous plaîra. Vous ne travaillerez plus jamais et vous n’aurez jamais plus faim; mais ces deux-là ont besoin d’une bonne leçon… pas vrai?

Et l’histoire se termine là… "

Raconte-la moi encore une fois, mamie… J’y vais




Traducida por: 

María Ramírez Sánchez nació en Melilla y con 8 añitos se fue a vivir a Oujda, una ciudad del entonces protectorado francés del norte oriental de Marruecos, a muy pocos kilómetros de la frontera con Argelia.

Con 21 años se vino a Madrid, donde ha trabajado haciendo traducciones francés-español hasta su jubilación, y donde ha formado una bonita familia de la que se siente muy orgullosa.



Un millón de gracias María.


«Había una vez un rey que tenía una hija casadera y decidió que solo la entregaría en matrimonio al hombre que montara un hermoso corcel y diera un salto que llegara a la terraza del palacio, y así lo fue anunciando por todas las sitierías».

Comenzó a contar la abuela a su nieta, como cada día, aquella vieja leyenda cubana.

«Cerca de palacio vivía en un minúsculo terreno, sembrado de maíz, un padre con tres hijos. El pequeño era su orgullo, pero los otros dos… El anciano tenía que velar cada noche para que los caballos jíbaros no se comieran lo sembrado, en cambio sus dos hijos mayores se iban al pueblo a emborracharse. Un día trajeron la noticia de lo propuesto por el rey.

La noche en que iban a saltar los jinetes, el hijo menor dijo:

‒Papá, yo velaré el maíz. Usted ya está muy viejito y muy cansado.

El padre temía que se fuera a dormir. Pero el muchacho le tranquilizó:

‒No se preocupe. Me llevaré un güiro con ají picante y cuando me entre sueño me paso el ají por los ojos y así no me dormiré ‒y también cogió un lazo de pita por si podía atrapar uno de esos malvados caballos que se comían el maíz.

Por la madrugada llegaron los animales, puntuales como siempre, y con mucha maestría pudo enlazar al más grande y más lindo de todos ellos. Comenzó a jalar la bestia, pero él cobraba soga y le atrincó en el tronco de un árbol, hasta que el cuadrúpedo se cansó.

Temeroso, Bandolero le explicaba, que era el caballo del Diablo y que no podía ver los claros del día. Que lo soltara, que podía prometerle que ningún otro vendría nunca más a comer del maizal.

Pero el hijo menor no aflojaba.

‒Suéltame, que cada vez que toques tres veces el tronco de este árbol y digas: «Ven, Bandolero, caballo mío». Yo vendré corriendo para lo que te pueda servir.  

Entonces, mirándole a los ojos confió en él, e hicieron un juramento. El caballo del Diablo salió casi volando.

El muchacho con la amanecida se fue para su casa y halló a sus hermanos haciendo el cuento de los équidos que saltaron y que no pudieron llegar a la terraza del palacio. Cuando el padre fue a ver el maizal lo halló intacto, prueba irrefutable de que su hijo menor no se había dormido. 

Al acabar el día:

‒Me voy a velar el maíz, papá.

En cuanto llegó al árbol lo tocó tres veces:


En medio de un gran resplandor apareció el caballo iluminando el monte. El hijo menor se montó en él y en cuanto estuvo encima se le cayeron los guiñapos de ropa y se vio con un vestuario de príncipe. Fueron al pueblo y al llegar a palacio, Bandolero dio un salto y cayó en medio de la terraza donde estaba la princesa sentada en su trono. 

El rey quiso cumplir lo prometido, pero el muchacho dijo:

‒No señor, tengo que venir dos veces más y después me casaré con su hija.  

Se retiró y al llegar al árbol Bandolero desapareció y los harapos volvieron. Al llegar al bohío halló a sus dos hermanos haciendo los cuentos de lo que había pasado.

‒Yo era el príncipe que saltó a la terraza del palacio del rey ‒confesó con humildad.

Y los hermanos se burlaron de él:

‒Cállate y no hables, basura. ¿Habrase visto mayor mentiroso? Y le abofetearon hasta que el padre intervino.

A la noche siguiente el hijo menor se fue al árbol y lo tocó tres veces:

Ven, Bandolero, caballo mío.

Y apareció atravesando el monte a toda carrera iluminado por la luna llena. Volvió a ocurrir lo mismo que la noche anterior, llegó, saltó a la terraza, y le dijo al rey:

‒Mañana volveré otra vez a saltar y entonces me casaré con la princesa.

Repitió a sus hermanos que él era el príncipe. Y le volvieron a golpear por embustero. El padre tuvo que defenderle otra vez.

A la tercera noche, llegó al árbol y lo tocó tres veces:

Ven, Bandolero, caballo mío.

Caballo y muchacho llegaron al palacio, saltaron y cayeron en medio de la terraza. Allí estaba el rey, la princesa y el juez que les casó. Y dijo al rey:

‒Quiero que usted mande a buscar a mi papá y a mis hermanos.

El monarca envió su carruaje con una escolta de soldados y cuando el padre lo vio venir a lo lejos, espantado balbuceaba:

‒Por algo vendrán. Seguro que ustedes han hecho algo malo en el pueblo y nos vienen a prender.

‒No, papá, nosotros no hemos hecho nada, solo hemos estado bebiendo y divirtiéndonos.

Arribó la calesa y se llevó a los tres. Temblaban creyendo que, igual que se corta con un afilado machete, la maleza y la caña de azúcar, a ellos les iban a chapear la vida. Al llegar a palacio, les hicieron subir hasta el trono y allí estaba el hijo menor como todo un príncipe, que cuando vio a su padre corrió a abrazarlo. Y dirigiéndose a sus hermanos, dijo:

‒Vagos, pendencieros, y borrachines, ahora van a trabajar como mulos en los establos.

Luego, se dirigió a su padre con gran cariño:

‒Usted, papá, tiene el palacio para ir a donde le plazca. No volverá a trabajar, ni a pasar hambre, pero a estos dos hay que darles un buen escarmiento. ¿No cree?

Y colorín, colorado…».

‒Cuéntamelo otra vez, abuelita.

‒Allá voy.

© Marieta Alonso Más