miércoles, 23 de septiembre de 2026

Julia de Castro: Justicia de Yolanda Trancho

 



 

El libro que hoy os propongo es un thriller policiaco con la particularidad de que su autora, Yolanda Trancho, sabe muy bien de lo que escribe y lo que quiere dar a conocer al lector, no en vano ha trabajado durante largos años en la Unidad de Delitos Violentos y Sexuales de la policía; por ello y antes ya de abrir el libro, tenemos la certeza de que nos vamos a encontrar con la realidad más dura y descarnada, historias que suceden todos los días en nuestras calles y de las que, a veces, nos enteramos por la prensa o el telediario, pero de esa manera fría y alejada con la que nos permitimos mirar el lado oscuro cuando no nos afecta en primera persona y queremos mantener la ilusión de seguridad y normalidad en nuestras vidas.

Justicia nos presenta el trabajo diario y soterrado de un grupo de policías que investigan las sorprendentes muertes de autores de delitos violentos en Barcelona, lo que los va a llevar a tener que hacer frente a sucesos inexplicables y fuera de toda lógica y, tal vez, a enfrentar los más oscuros y recónditos secretos de sus propias vidas.

Ante hechos como los que se pueden leer en Justicia, a mí me da por pensar que, tal vez no haya más remedio que mirar de frente a nuestros propios fantasmas y dejar de lado algunas de las ideas preconcebidas que configuran toda nuestra vulnerable realidad para seguir avanzando en el camino que nos toca transitar.


Julia de Castro

Mi primavera en libros

Abril 2021

lunes, 21 de septiembre de 2026

Blanca del Cerro: Aquel día de lluvia

 



II PREMIO DEL IV CERTAMEN DE

RELATOS CIUDAD DE HUESCA (2010)

 

           



 


Tal vez, a partir de ese instante, la vida sería así, oscura, sombría, cenicienta, empapada de arpegios inaudibles y ahogada en sombras grises, tan grises que explotaban densas a mi alrededor y me las tenía que quitar de encima a manotazos. Lo cierto es que empecé a ahogarme en ellas, como si se tratara de un inmenso maremoto avanzando inquieto hasta mi soledad, esa soledad construida de distancias que él había dejado ahora entre nuestras almas y nuestros cuerpos.

        El día en que me avisaron de su muerte empezó a llover.

        Me quedé con el auricular del teléfono helado entre las manos, escuchando la siniestra noticia, mientras por mis labios se escapaba la palabra Padre, una palabra que taladraba el aire y se hacía añicos en mi cerebro petrificado.

        Las gotas de lluvia iniciaron una sinfonía de lunas tibias al compás de la mañana y se aposentaron entre los hombres como si estuvieran a punto de poseerlos, como si fueran a adueñarse para siempre de sus vidas, como si ya no quisieran abandonarlos jamás.

        La voz al otro lado de la línea, casi un susurro, me informó de que aquel hombre de hierro y fuego que fue mi padre había sufrido un repentino ataque al corazón, había sido inmediatamente trasladado al hospital y ya no pudo hacerse nada por salvarlo. Murió enroscado en el silencio y abrazado a su soledad, dejándome a mí con la mía propia, la de su presencia, la de su recuerdo, la de su ausencia. Una vez despojado de su carga, el susurro me dio el pésame y colgó.

        No lloré. No pude llorar porque mis ojos, sin saber las razones, se negaron.

        La lluvia se había apoderado de los cristales y trazaba misteriosos caminos por los que bailaba minuetos y boleros tristes.

        Los recuerdos de toda una vida aparecieron en forma de aluviones inmensos, como hordas a caballo del tiempo, e inundaron mi cerebro, abarcándolo hasta tal punto que no quedó en él ni un mínimo resquicio que no fuera el ayer. Surgieron los días de mi infancia en Huesca, nuestra ciudad, juntos los dos en aquel fastuoso jardín que rodeaba nuestra casa, consolándonos por la desaparición de mi madre, víctima de una embolia. Y vi cómo mi padre, de profesión jardinero vocacional, recogía cientos de flores y cubría por completo la tumba en la que había sido enterrada su mujer, convirtiendo aquel pedazo de tierra en un paraíso de pétalos multicolores.

        La danza de la lluvia se iba transformando lentamente en una acalorada mazurca compuesta de suspiros y sombras.

        Y surgió el pasado de nuestra vida conjunta y solitaria. Nos habíamos quedado solos los dos y teníamos que salir adelante, él con su trabajo a cuestas, yo con mis estudios a la espalda, y ambos con la vista al frente, rodeados de ramilletes de olvido y manojos de futuro.

        Mientras tanto, mientras mi mente se trasladaba al mundo inamovible del pasado, las gotas de lluvia bebían el aire.

        Él me enseñó todo lo que sabía sobre botánica y jardines, me enseñó a diferenciar las plantas, a distinguirlas, a clasificarlas, a ordenarlas, me enseñó los misterios del cuidado y el abono, me enseñó el infinito universo de las flores, sus aromas y colores, los árboles, los arbustos, las hojas, los esquejes, los pecíolos, las vainas, los pétalos, los sépalos, los tallos, los troncos, las cortezas, un mundo fabuloso en el que se movía a sus anchas y que le salvó del espectro oscuro de la desesperación.

        El sonido de las gotas se filtraba por mis venas.

        Mi padre adoraba su trabajo, amaba los jardines, todos los jardines, y me narraba historias, cientos de historias que yo escuchaba con la boca abierta a la luz del atardecer. Mi padre me explicaba que los árboles eran los pensamientos de los ángeles, que tomaban forma en la tierra para repartir bondad por el mundo. Mi padre me contaba que la luna se tragaba todas las noches el azul del mar, un azul que durante el día chocaba con el amarillo del sol, y posteriormente lo repartía por el mundo vistiendo a las plantas de matices verdes. Mi padre me decía que las flores nunca morían, sino que, cuando se marchitaban, los pétalos se elevaban hasta el espacio, donde se iban acumulando y acumulando, y a lo largo de los siglos habían formado lo que nosotros llamamos arco iris el cual, en realidad, estaba compuesto por miles de millones de flores que, de tanto en tanto, al recibir la caricia de la lluvia y el sol, mostraban todo su esplendor para recordarnos que allí estaban y allí estarían hasta el fin de la eternidad. Y me aseguraba que algún día, por algún motivo especial, estallarían y el mundo quedaría inundado de flores y pétalos. A mí me gustaban sus historias y las escuchaba embelesada.

        Tenía que ponerme en movimiento, tenía que salir y trasladarme hasta Huesca donde había vivido mi padre, tan alejado de mí, tenía que hacer frente a todos los trámites relacionados con su defunción, tenía que moverme, tenía que reaccionar, bajo aquella lluvia que machacaba incesantemente y no dejaba de machacar las almas.

        El tiempo, revestido de nostalgias y sueños, nos llevó con sus alas transparentes por los senderos de la vida. Mi padre y yo continuamos con nuestras mutuas obligaciones, siempre juntos, siempre unidos por un hilo fino de sentimientos, siempre apoyándonos el uno en el otro. Una vez finalizados mis estudios, tuve que trasladarme a Barcelona para entrar en la universidad. Había decidido estudiar Botánica. Y él quedó allí, en su casa ahora casi totalmente solitaria, con sus plantas, sus flores y sus cordilleras de nostalgias y recuerdos, cada vez más altas y más pobladas.

        Preparé un pequeño neceser con lo suficiente para pasar un día fuera y bajé al garaje a recoger el coche. En la calle me recibió un indisciplinado ejército de gotas que quiso avasallarme, pero no pudo. Bajo una manada inagotable de agua, y agua, y más agua, emprendí el camino hacia la ciudad que me había visto nacer.

        Mi padre y yo, en aquel entonces, nos dijimos adiós hundidos en un pozo de tristezas y pesares. Sería la primera vez en muchos años que viviríamos separados, tan lejos el uno del otro, puesto que, bajo ningún concepto, él abandonaría su querido hogar, pese a la propuesta que le presenté de trasladarse a vivir conmigo a la ciudad que había elegido para cursar mis estudios. Su negativa fue rotunda.

        La voz de la lluvia y los limpiaparabrisas barriendo el cristal me hicieron compañía durante el recorrido.

        Poco a poco el tiempo nos cubrió de sombras y lejanías. Siempre que encontraba un hueco —algunos fines de semana, algunos puentes, algunas vacaciones—, me acercaba a Huesca. Mi padre continuaba con su vida de silencios ahogados, cada vez más callado, cada vez más ausente, como si hubiera creado a su alrededor un universo de colores únicamente compuesto de flores y plantas: su mundo particular donde ya no tenía cabida más que él mismo y sus sueños.

        Huesca se debatía entre torrentes de agua y dolores dispersos. El cielo crepitaba. Una parte de los habitantes del barrio, no muchos en realidad, se encontraban en la casa en la que yo había nacido y vivido hasta mi traslado a la gran ciudad. Los fantasmas de los objetos por allí diseminados me arañaron la piel del alma y me acosaron con sus sábanas blancas de recuerdos y olvidos. Hicimos los correspondientes preparativos para el entierro y el funeral, que se celebrarían ese mismo día, ya que yo no tenía más remedio que volver a Barcelona lo antes posible. El cuerpo de mi padre descansaba en el ataúd. Parecía como si estuviera rodeado de un halo de colores, como si las flores que tanto había amado quisieran acompañarle en su adiós eterno. Lo miré con una tristeza sobrecogedora, lo amé como siempre y como nunca, pero no pude llorar.

        Y los años sembraron nuestros cuerpos de lejanías. Nos veíamos, pero menos, nos hablábamos, pero menos, nos recordábamos, pero menos. Mis estudios, mi trabajo, mis amigos, mi vida social, me introdujeron en un mundo totalmente distinto en el que el olvido iba aposentándose despacio a mi lado. Y no fue realmente olvido, pero sí alejamiento, él en Huesca, yo en Barcelona, la distancia, el silencio, el desapego. Siempre me decía que me echaba de menos, y yo siempre respondía que me ocurría lo mismo, pero la vida se interpuso entre nosotros y ya nada fue igual.

        Las lápidas del cementerio brillaban destilando minúsculos arroyos bajo aquella lluvia incesante que me perseguía y me acosaba desde la mañana. Nos reunimos en torno a la tumba destinada a mi padre, todos muy serios bajo los paraguas. El sacerdote pronunció unas palabras que no escuché, pues lo único que pude hacer fue hablar con mi padre en voz baja, sin lágrimas, porque no podía llorar.

        “Papá, lo siento, de verdad que lo siento. Te olvidé. Olvidé tu vida, olvidé tu existencia, olvidé tu amor, te dejé de lado. Lo siento, papá, lo siento ahora que no tiene solución. Dime que me perdonas. Dime que me quieres. Dime que sigues a mi lado. Dímelo de alguna manera. Aunque ahora sé que ya no puedes hacerlo. Lo siento. Perdona, papá, perdóname”.

        Mis palabras sonaban por dentro como olas plagadas de añoranza.

        Una vez finalizado el entierro y la ceremonia, con las paletadas de tierra resonando en mi cerebro empapado de lluvia y pesadumbre, nos dirigimos hacia la iglesia a celebrar el funeral.

        Entré en casa de mi padre al atardecer.

        Llevaba agarrada al corazón la zozobra violeta del dolor oculto, junto con un sentimiento rojo de culpabilidad reptando por mis venas por no haber podido o sabido ser mejor hija. La palabra Padre se derretía sin quererlo en mi boca, ahora que él ya no estaba.

        Las nubes en el cielo continuaban destilando su macabra danza de incertidumbres.

        Todo en el interior de la casa me hablaba de él. Pasé directamente al baño y permanecí bajo el chorro de la ducha durante mucho tiempo, como si quisiera quitarme la tristeza con otras gotas distintas a las que me habían acompañado durante aquel día de lluvia. Aquel día de lluvia en que mi corazón había quedado eternamente abierto y eternamente cerrado.

        Me acosté sin cenar. No sentía hambre, sólo dolor, y pena, mucha pena, y culpa, mucha culpa. No sé si dormí. Abría y cerraba los ojos pero siempre encontraba oscuridad, en el exterior y en el interior. Un tumulto de sombras me acarició la piel tiñéndola de ceniza negra. La figura de mi padre me acosó en sueños, y el barrio, sus habitantes, el sacerdote, el ataúd, los pésames, muchos pañuelos blancos hastiados de lágrimas, el cementerio, la iglesia, el funeral, la casa que ahora me pertenecía, el jardín, el ayer, el pasado, los dos juntos, sus cuentos impregnados de dulzura. Mi padre. Las imágenes se apiñaban en un desfile interminable. No sé cuánto tiempo permanecí en ese estado de duermevela, pero fue un extraño sonido el que me hizo abrir los ojos por completo. Me incorporé y escuché. El reloj marcaba las tres de la madrugada. En un principio pensé que sería la lluvia, pero aquello se asemejaba más a un siseo, un zumbido suave, alas de libélulas o de mariposas.

        Me levanté, me puse una bata y unas zapatillas, subí la persiana y me asomé a la ventana del que había sido mi dormitorio a lo largo de muchos años.

        Mi cuerpo quedó sacudido por un relámpago de terror y sorpresa, mientras un tropel de temblores en forma de burbujas se adueñaba de todos los rincones de mi piel y subía sin cesar hasta llegar a mi garganta. Mis pupilas reventaron de angustia.

        Aquello no era posible. Lo que tenía delante no era posible. Lo estaba imaginando, lo estaba soñando, todavía no había despertado, mi imaginación, seguro que era mi imaginación, no podía ser cierto. Lo que veían mis ojos no era posible, no, no lo era.

        Seguía lloviendo.

        El cielo continuaba derramando sus aullidos sobre la tierra, pero ya no caían gotas, que seguramente se habrían agotado. Lo que el cielo estaba enviando, lo que las nubes lanzaban, lo que zumbaba suavemente con sonido de mariposas, lo que pululaba por el aire, no eran gotas, eran… pétalos, cientos, miles, millones de pétalos, de todos los colores, de todas las formas, de todos los tamaños imaginables. La totalidad del espacio circundante estaba cuajada de pétalos.

        Aquello no era posible.

        Y los pétalos descendían suavemente, revoloteaban entre el viento, emitían un murmullo cálido, subían y bajaban al compás de un vals que nadie, salvo ellos, escuchaban, y se posaban sobre la tierra del jardín, sobre el asfalto, sobre las aceras, un tapiz infinito compuesto de millones de colores.

        Permanecí quieta y muda, transformada en estatua de carne.

        Miríadas de pétalos inundaban el césped del jardín, los balcones, los árboles, el alféizar de mi ventana, mientras el aire se encogía repleto de aromas. Extendí la mano y los pétalos de colores rozaron mis dedos. Eran suaves, muy suaves, y los sentí en la piel como un milagro.

        Miré al cielo, tan negro como el espectro de un ahogo infinito.

        Los pétalos continuaban bailando alrededor del viento mientras aquel arco iris iluminaba la noche.

        Permanecí así mucho, muchísimo tiempo, contemplando aquella extraña lluvia de flores que no cesaba de caer y caer, plagándome de su esencia, respirando su aroma, desgranando mi vida, atiborrándome de recuerdos, y de ayeres, y de sueños.

        — Papá… —dije.

        Su nombre llenó mi boca.

        El cielo, el aire, la tierra, todo lleno, todo cuajado de pétalos, millones de pétalos cayendo.

        — Papá… — repetí—. Gracias. Gracias por responderme.

        Ejércitos de pétalos.

        Entonces supe que él me había perdonado y que estaríamos siempre juntos.

        Lluvia de pétalos.

        — Gracias por escucharme, gracias por no haberme olvidado, gracias por mandarme una respuesta. Gracias por estar conmigo, papá.

        Pétalos y pétalos y pétalos…

        Aquel día de lluvia se convirtió en el más triste y el más feliz de mi vida.

        Fue en ese preciso instante cuando empecé a llorar.      

 

© Blanca del Cerro


sábado, 19 de septiembre de 2026

Liliana Delucchi: La mujer del cuadro



 Nada más despertarse, Amanda se había sentado frente al ordenador. Transcurridas dos horas, la pantalla continuaba en blanco. Durante ese tiempo se levantó a prepararse el tercer café de la mañana, regó las plantas y ordenó los jerséis por colores. Nada. Ni una sola idea para el artículo que le encargaran en la redacción. ¿Y si voy al mercado a comprar algo para comer y de paso me despejo un poco? Despejarme…, ¿de qué? Quizás del vodka que bebí anoche mientras veía seis capítulos de una miniserie. Cualquier cosa para no pensar en esta vida carente de estímulos. Mejor no rumiar sobre ello, mi terapeuta dijo que debía ser más positiva, ver las cosas bajo un prisma más provechoso. ¡Como si fuera fácil!

El sonido de la llegada de un mail le dio la oportunidad para abandonar una vez más la página en blanco. Se lo enviaba Mayte invitándola a una exposición de pintura junto con la foto de uno de los cuadros: mujer mirando a través de una ventana. Preciosa la pintura. ¿Qué estará viendo esa señora? ¿Despide a alguien o lo espera? Mejor voy a comprar el almuerzo.

Erró por los puestos del mercado sin detenerse en ninguno. De pronto se dirigió al de la carne, no porque le apeteciera o supiera qué cocinar, sino porque allí estaba él, en la cola de la carnicería, el vecino que se había mudado hacía poco a los nuevos pisos frente a su casa.

No sólo era guapo, tenía un halo de misterio de esos que a ella gustaban tanto, una especie de mirada perdida. ¿O será miope? No entendió muy bien qué era lo que él estaba pidiendo a la carnicera, pero se acercó para preguntarle cómo lo prepararía.

El joven la miró desde el fondo de unos ojos verdes brillantes como hojas de castaño humedecidas y le dio una receta que Amanda fue incapaz de recordar.

—Gracias… —dijo ella—, por cierto, soy Amanda.

—Alfonso. De nada, ya me dirás cómo te ha salido.

Y allí terminó el encuentro romántico, porque cuando se le ocurrió cómo continuar la conversación, el vecino pagó su cuenta y con un escueto «hasta pronto», abandonó el local.

Al regresar a casa, no había ocurrido milagro alguno: ningún alma, genio o lo que fuera, escribió su artículo y en la pantalla del ordenador solo encontró la foto del cuadro que le enviara su amiga.

¡La ventana!, eso es.

Entonces recordó que en la buhardilla, junto a un montón de cosas viejas había un telescopio que perteneciera a su abuelo. «No sé qué miraba la mujer de la pintura, pero sé lo que investigaré yo.»

Instaló el aparato frente a la cristalera en dirección al piso del vecino y al más puro estilo de La ventana indiscreta, se dispuso a espiar. Estoy loca, se repetía mientras direccionaba el foco hacia la casa de Alfonso. Y entonces lo vio, sentado en un salón minimalista, frente al escritorio aporreaba las teclas del ordenador. ¿Cómo puede escribir tanto y tan rápido? ¿A qué se dedica?

El segundo encuentro se produjo una tarde en que Amanda corrió escaleras abajo al ver, a través del telescopio, que él salía. Amablemente, Alfonso le preguntó cómo le había salido la comida, a lo que ella contestó que dada su mala memoria y escaso conocimiento culinario, cuando se dispuso a prepararla ya había olvidado la receta.

—Eso tiene solución —respondió el joven— te invito a cenar esta noche y así ves cómo lo hago.

Prácticamente vació su armario buscando qué ponerse para la cita. Finalmente, cuando hubo encontrado algo tan discreto como adecuado, compró una botella de vino y cruzó la calle.

Durante la velada supo que no sólo era soltero (¡bien!) sino profesor de literatura y escritor.

—¡No puedo creerlo! Eres mi salvador.

Y entonces contó que le encargaron un artículo sobre la teoría acerca de que Christopher Marlowe pudiera ser el autor de gran parte de la producción literaria de Shakespeare y…, ella no tenía idea por dónde empezar.

Regresó a su casa con una gran cantidad de libros y estuvo escribiendo hasta el amanecer. Al día siguiente revisó el texto y finalmente pulsó «enviar». Después de una ducha, compró cruasanes. Antes de llamar a Alfonso para invitarlo a desayunar, puso la mesa digna de una cita de película, y fue entonces cuando vio que su «máquina de observar» aún estaba en el salón.

A toda velocidad subió al altillo con el aparato que ahora pesaba mucho, y cuando lo hubo escondido entre un montón cosas inútiles, se detuvo un momento en la puerta, esbozó una sonrisa y murmuró: «Gracias, abuelo».

© Liliana Delucchi

jueves, 17 de septiembre de 2026

El Bosco: El gato en el jardín de las delicias

 




Es una de las obras más conocidas de El Bosco.


Se trata de un tríptico pintado al óleo. Cuando está cerrado representa el tercer día de la creación. Cuando está abierto hay tres escenas: el panel izquierdo representa el paraíso; el del centro, la lujuria; y el de la derecha el infierno.


En estos tres paneles, el Bosco inmortalizó también a los gatos, pues parece ser que les tenía mucha admiración y cariño. Y para algunos estudiosos del arte, son estos animales los que representan en esencia el significado de cada panel.


En el de la izquierda se puede ver un gato con un ratón en la boca; su aspecto es tranquilo e inocente, como Adán y Eva antes de conocer el pecado.


En el panel central, aparece un gato más estilizado y seductor, que participa activamente en la degradación humana al llevar sobre su lomo hombres y mujeres desnudos hacia la perdición.


En el de la derecha, aparece un gato de aspecto diabólico, que tortura a un condenado haciendo ruido con un tambor y no dejándole descansar en paz.




martes, 15 de septiembre de 2026

domingo, 13 de septiembre de 2026

Malena Teigeiro: Berta no quiere ver el cielo



En cuanto llega la tarde y acaba con sus quehaceres, Berta se asoma a la ventana. Siempre a la pequeña. Allí lo espera con la mente en blanco. Bueno, en blanco no, porque de su cabeza no desaparece nunca la imagen.

Martín tiene los ojos transparentes, de color verde, de ese que es como el agua del mar. Adora esos ojos que la miran de arriba abajo y que le hacen bajar los párpados avergonzada. Una de las cosas que más le gustan de él es la sonrisa. Cada vez que le baila en sus gruesos y húmedos labios, se enamora un poco más.

Berta saca medio cuerpo hacia afuera. Quiere mirar lejos, muy lejos. No. Todavía no vuelve. De nuevo se acomoda en el alfeizar de la ventana pequeña. Siempre en la pequeña. Espera. Siente frío y se arrebuja en su chal.

Ahora recuerda sus juegos de niños. Porque él y ella están juntos casi desde que nacieron. Qué día tan feliz el de su matrimonio. Todo fue perfecto. Hasta el sol fue espléndido. Sonríe. Martín era pícaro. Sí. Siempre tuvo una inocente y osada picardía que todavía la mantiene enamorada. Por eso lo espera en la ventana pequeña. Esa que le deja ver los campos y los barcos que atraviesan el canal. A ella no le gustaba mirar por la grande. Escucha el rasgar de la quilla de un barco y cierra los ojos. No. No era el de él. Porque Martín patronea con dulzura, casi mimando las aguas. Aspiró el perfume a hierba. Aunque sus ojos fueran del color del agua, él no olía a mar. Él olía a leche y a bollos, a bebé y a hogar. A veces también a vino. Y ese olor fuerte, agrio le repelía. Una ráfaga de viento le hizo sujetarse unos rizos.

Una de las cosas que más le gustaban a Berta, era sentir su calor al despertar, y todavía muchísimo más aspirar el perfume de su piel. De día, sola en la casa, echaba de menos su risa y su voz, incluso cuando protestaba por cualquier cosa. Porque, tenía que reconocerlo, su hombre, además de alto y delgado, era un poco pendenciero. Aunque ella le riñera cada vez que le contaban una de sus peleas, entendía que no había que darle importancia, que eran cosas que hacían los maridos al salir de la taberna. ¡Ya se corregirá con el tiempo! Últimamente está bastante preocupada. Son muchas las noches que llega tarde y en un estado lamentable. Recordó aquella de no hacía tanto tiempo, que lo tuvo que ayudar a subir a la habitación. Vomitó por las escaleras. Pero era un buen hombre. Aún en aquel estado Martín le pidió perdón por el trabajo que le estaba dando y le juró que no volvería a emborracharse. Ella sonrió. Era casi imposible que pudiera cumplir con su promesa.

Berta se acarició el vientre. Su bebé ya no estaba allí. Y no entendía por qué. Ahora lo recordaba. El bebé salió de su vientre el mismo día que le dijeron que Martín se había ido al cielo, que no volvería nunca más. Que la noche anterior le clavaron una faca en el pecho. Pero sabe que no es cierto, que como tantas otras veces, y aunque esté borracho, llegará a casa y la abrazará y la besará.

Y por eso Berta nunca mira por la otra ventana, la que está alta, la que solo deja ver el cielo. Teme que Martín aparezca entre las nubes con su bebé en los brazos.

© Malena Teigeiro