domingo, 17 de noviembre de 2019

Paseos por Madrid: Iglesia de San Jerónimo el Real








Tuvo su origen en el Monasterio de los Jerónimos fundado por Enrique IV en 1464. Su primitivo emplazamiento estaba al borde del río Manzanares en el camino de Madrid al Pardo, pero la insalubridad del lugar motivó su traslado en 1502 por orden de los Reyes Católicos.

Las obras, posiblemente del maestro Enrique Egas, comenzaron con una nave, capillas entre los contrafuertes, crucero, cabecera poligonal y coro alto a los pies. Se cubre con bóvedas de crucería, como Santo Tomás de Ávila y San Juan de los Reyes en Toledo.

Los materiales utilizados son los característicos de la arquitectura madrileña, ladrillo y mampostería.

Aunque Madrid no era aún la capital del reino, el monasterio estuvo muy relacionado con la monarquía, como lugar de celebración de cortes, de exequias fúnebres y como iglesia juradera. También fue residencia real antes de que fuera construido el Palacio del Buen Retiro.

El claustro barroco (actualmente integrado en el Museo del Prado como parte de la ampliación diseñada por el arquitecto Rafael Moneo y al que se le conoce popularmente como «El cubo de Moneo»), se debe al arquitecto agustino fray Lorenzo de San Nicolás, quien comienza las obras en 1672 siguiendo los cánones de la arquitectura escurialense. Busca en su interior el coro de estilo gótico isabelino, que reconocerás porque se sustenta sobre un arco carpanel.

En el templo tuvo lugar la jura como heredero de los reinos de Castilla el malogrado príncipe Baltasar Carlos de Austria. Durante la guerra de Independencia las tropas napoleónicas, al mando del general Joaquín Murat, tomaron posesión del Palacio del Buen Retiro y del monasterio, ocasionando grandes desperfectos al utilizar el recinto monacal como cuartel, destrozando la iglesia y saqueando las obras artísticas que albergaba.

La desamortización de Mendizábal de 1836 acarreó su ruina. Es en 1854 cuando se devuelve el culto a San Jerónimo convirtiéndolo en iglesia parroquial.

En 1905 comenzó la construcción de la escalinata y el atrio para la celebración matrimonial entre el rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg, el 31 de mayo de 1906. De la misma fecha es el órgano.

El 27 de noviembre de 1975 el cardenal Vicente Enrique y Tarancón presidió la misa votiva del Espíritu Santo, en el comienzo del reinado de Juan Carlos I.

Si te ha sorprendido de día, de noche iluminada es espectacular. 

Detente un momento y disfruta contemplando su majestuosa silueta.





sábado, 16 de noviembre de 2019

Nuevo Akelarre Literario nº 50: El pájaro




Este pájaro descansa en una valla de su alto vuelo por las cumbres andinas. ¿Un pájaro meditará? Quizás. 

Lo que sí ha hecho es hacer volar la imaginación de nuestras cuentistas hacia muy diferentes lugares. Acompáñanos en este viaje.

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Como todos los días quince de cada mes

Disfrutadlos

viernes, 15 de noviembre de 2019

Carolina Olivares: En un lugar del mar




En un lugar del mar
aguardan los sueños que están por cumplir.

Cada atardecer, sentada frente a ti,
con la vista puesta en el horizonte
divisaba una bella puesta de sol
mientras la brisa acariciaba o azotaba mi cara.

A veces, llevaba conmigo una hoja de papel y un lapicero
y escribía lo que sentía que tú me dictabas
o dibujaba aquello que proyectabas en mi mirada.

Y los barquitos que navegaban
despertaban en mi alma el deseo de poseer un imposible...
Aunque sé que nadie podrá ser dueño de ningún mar.

Cada vez que introduje mi cuerpo en tus aguas
imaginé mundos imaginados;
mundos que ningún Dios creó aún;
mundos que cobran vida en mentes soñadoras.

En un lugar del mar...
Hay un mundo que solo existe dentro de mí.

© Carolina Olivares


jueves, 14 de noviembre de 2019

Una bonita ocasión para vernos

Os espero 


en la Casa del Libro

calle Maestro Victoria, nº 3
(Zona Puerta del Sol)
28013 Madrid
16 de noviembre de 2019
Horario: de 11:00 a 14:00 y 
de 17:00 a 21:00 horas

¡Consigue tu ejemplar firmado! 





miércoles, 13 de noviembre de 2019

Malena Teigeiro: Mister Townsend


—Señora, no se pueden tocar los vestidos —los dedos de la celadora le golpeaban el hombro cuando acariciaba el rojo tafetán. Ella, con los ojos brillantes, le sonreía. Echó una mirada al reloj. Qué tarde se le había hecho contemplando aquel maniquí. Se dio la vuelta y salió del museo. Se fue directamente a su hotel, y sentada sobre el borde de la cama, marca el número de Berta. Le dijo que estaba cansada y que para cenar, pediría algo en la habitación.

—¿Estás bien abuela?

—Sí, sí. Tú diviértete y no te preocupes.

Era una joven encantadora, musitó. Después de pedir un sándwich, se acomoda delante de la ventana, e igual que entonces, descorre la brocada tela de las cortinas y contempla los tejados de París.

En la merienda familiar del día de su ochenta cumpleaños, su nieta le dijo que había leído en el periódico que iban a celebrar el centenario de la tienda de la calle Vergara, número 2, y que como homenaje a su trabajo le hacían al señor Balenciaga una exposición en París.

—Estarás contenta —le acariciaba la mejilla—. Si quieres te llevo. Es más, te invito.

—De acuerdo. Te tomo la palabra, pero yo corro con los gastos del hotel. Porque no pienso ir a uno de esos a los que vais vosotros.

Aquella noche abre la gaveta de su cómoda y rebuscando entre sus recuerdos, encuentra el pañuelo con sus iniciales, la rosa, ya seca, que estruja hasta hacerla polvo, luego revuelve entre las fotografías y cartas hasta que sus dedos la reconocen. Seguía allí, tal y como la había recibido, en su antiguo sobre, envuelta entre las dobleces del fino pliego de papel. Con la carta entre los dedos, recuesta la cabeza en el respaldo de su butaca y cierra los ojos.

Lo conoció un atardecer en el que desfilaban para un matrimonio americano, más tarde supo que se llamaban Mr. y Mrs. Townsend. Al separar con la enguantada mano la liviana y transparente cortina, esbelta, hierática, desciende los dos escalones que la separaban del salón. Nada más verla aparecer envuelta en la seda roja, él alza el cuerpo y turbado abre los ojos. Su mujer, lo contempla de reojo y tacha el número de la tarjeta que ella sostenía entre los dedos. ¿Por qué desconfiará de él?, recuerda que caviló entonces.

A la mañana siguiente un botones del Hotel de Londres y de la Inglaterra, llega a la tienda con un sobre. En su interior había un cheque firmado por Mr. Townsend, por el importe del traje de seda rojo y una nota diciendo que a la vuelta de su viaje les avisaría para que se lo enviaran.

No entendía por qué, le había dicho, meses después, la encargada alzando mucho las cejas, pero tenía que desfilar de nuevo con el traje adquirido por un cliente. Sí, el de fiesta, el que estaba guardado en el almacén. Cuando bajaba los escalones, lo volvió a ver. Esta vez, solo. Él, sentado en la liviana silla dorada, con la pierna cruzada, le insinúa que se acerque. Ladeando la cabeza, y sin dejar de mirarla, acaricia la suave tela de la falda. El calor de la cuadrada palma de la mano en la cadera, la hizo palidecer.

Le ordenaron que entregara el vestido en el Hotel de Londres y de la Inglaterra, y aunque no era ése su trabajo, acompañada por un botones que llevaba el primoroso estuche de madera colgado del hombro, llama a la puerta de la suite.

—Pase, y espere un momento.

Después de abrir, el botones deja la caja encima del sofá y se va cerrando la puerta. Acercándose al balcón, ella separa el visillo. Contemplaba el mar, la hermosa playa de La Concha cubierta de niebla cuando reconoce el calor de la mano que se detiene sobre su hombro.

—¿Le apetece una copa? —en su rostro serio, sonreían los ojos grises.

Aquella misma tarde se marcharon juntos a París. Pasean por parques y bulevares, almuerzan en coquetas brasseries, y cenan casi todas las noches en Maxim´s, y con el traje de seda rojo, lo acompaña a la ópera para ver Madame Butterfly. La anciana entreabre los ojos y después de un profundo suspiro, se pasa la mano por la frente, como intentando retener un sueño. Siempre supo que aquellos habían sido los días más felices de su vida.

Volvió sola a San Sebastián y tal y como le había prometido, recibe su pasaje. Y días después, inquieta, anhelante, enamorada, en un lujoso buque atraviesa el mar hasta llegar a Nueva York, en donde el secretario de Mr. Townsend la instala en un apartamento cerca de la empresa en donde él trabajaba. Así se facilitan mis visitas, le había dicho cuando la abrazaba por la noche. Hasta que, una mañana, apenas sin equipaje, ella desembarca de nuevo en San Sebastián, con su preciosa hija en brazos y el recuerdo de un juicio interminable. Apenas unos días después de su llegada, vuelve a trabajar en la tienda, pero esta vez como encargada.

Años más tarde, recibió una carta. Al mirar el remite de aquel sobre amarillo, grande, de basto papel, reconoce el nombre del entonces joven secretario, el que la había ido a ver con un billete y los datos de la cuenta en donde le ingresarían el dinero, el que le ordena, de parte de Mr. Townsend, que no vuelva a verlo y que regresara con la niña a España. Cumpliendo su deseo se embarca apenas sin equipaje, incluso deja el vestido rojo en el armario y con la angustia en el pecho, apoyada en la baranda, vio alejarse la ciudad entre la niebla. ¡Qué sería de él!

Dentro del sobre amarillo había uno más pequeño y un pliego escrito a máquina. En él, le informaba del fallecimiento de Mr. Townsend, de que su hija era la heredera, y de todas las cuestiones legales para afectaban a la niña. Le decía también que al recoger sus efectos personales, había encontrado la carta que le adjuntaba, y como iba dirigida a ella, se la enviaba por si fuera de su interés.

Con un profundo suspiro había rasgado el pequeño sobre blanco con su nombre escrito a máquina y al desenvolver la hoja de papel, reconoció la letra de Mr. Townsend, quizá nerviosa. Le decía cuánto la amaba y que estaba preparando todo para poder vivir, por fin, juntos. Se irían a un país lejano en donde serían felices sin que nadie supiera quienes eran. Seguía hablándole del orgullo que sentía cada vez que la tenía entre sus brazos… La fecha, era de unas semanas antes de que lo hubieran venido a buscar. ¿Por qué nunca se la había entregado? Recordó de pronto aquel impetuoso viaje que hizo de la noche a la mañana. La terrible tragedia. Después de leerla una y otra vez, ya casi estaba sin luz cuando la dobla y la vuelve a guardar. Luego observa la fotografía que acompaña al escrito. Estaban, muy juntos, sentados en uno de aquellos bancos de tablitas de maderas de la barca que los llevaba por el río Hudson. Se les veía sonrientes, él con el pelo levantado, revuelto, y ella cubierta con un pañuelo de colores sin que se le notara el embarazo.

Nada le hacía presagiar el día que se hicieron aquella foto lo que más tarde sucedería. Se incorpora. ¿Nada? ¿Por qué no quiso ver que estaba inquieto, a veces excitado, a veces excesivamente fogoso? Secándose las lágrimas con la yema de los dedos, se vuelve a recostar.

Estaban cenando cuando llamaron a la puerta de su apartamento. Él se levantó de la mesa y después de darle un beso, con los ojos brillantes, le ruega que no se preocupe, que todo se arreglaría. Y se fue sin protestar con aquellos dos señores que lo llevaron detenido. Parecía haberlos estado esperando. Ella asistió al juicio día tras día, tratando de encontrar su mirada para darle ánimo, pero su luz, aquella luz feliz que la había enamorado, iba hundiéndose día a día, hasta borrarse del todo la mañana que el presidente del jurado pronunció la palabra: «Culpable». En ese instante él, perdido, se vuelve a mirarla y quizá buscando su tranquilidad, intenta una sonrisa.

Nunca pudo olvidar la triste mirada de aquellos ojos dulces, llenos de amor, que todavía la despertaban por las noches. Dobla el papel y suspira profundo. Sí al menos hubiera podido besarlo, abrazarlo durante aquellos años.

De nuevo escucha su voz, quizá más grave, en la sala de visitas, la única vez que le permitió visitarlo: Solo así podía irme contigo. Fue entonces, solo entonces, cuando ella se convenció de que él había sido el asesino de Mrs. Townsend.





lunes, 11 de noviembre de 2019

Socoro González-Sepúlveda Romeral: Los abuelos



Como soy la última de una familia numerosa y, mis padres me tuvieron ya mayores, no llegué a conocer a ninguno de mis abuelos. Vi sus retratos, guardados en el cajón de la cómoda junto con los libros piadosos, que a mí me gustaba particularmente remover. Como estas fotografías estaban tomadas en momentos concretos y solemnes, la idea que tengo de ellos resulta un tanto irreal.

Así, el retrato de los abuelos paternos es una fotografía de estudio, con falsas columnas y pose impostada. Los dos miran al fotógrafo intentando sonreír, pero no lo consiguen. Resultan serios y tristes. Hay otra del abuelo con sus dos primeros nietos, mi hermano mayor y una prima, aquí su cara se dulcifica y mira a sus nietos con orgullo, ellos, en cambio, parecen asustados.

El retrato de mis abuelos maternos es mucho más atractivo. Debe estar hecho por un fotógrafo ambulante, pues la familia al completo posa en el patio de la casa. Mi abuelo con cara sonriente y redonda, rodeado de sus cinco hijas, una más, de su primer matrimonio y su segunda esposa sentada junto a la máquina de coser Singer. Mi abuelo parece feliz entre las siete mujeres. Mi madre, muy pequeña, tiene un trozo de pan en la mano.

Siempre tuve envidia de mis amigas, porque hablaban de sus abuelos. Envidiaba los mimos y los dulces que recibían; también envidiaba verlos llegar a la escuela cogidos de la mano del abuelo… Así que, como yo no tenía, adopté uno. El que estaba más a mano era mi tío abuelo, que vivía enfrente de casa. No, no era cariñoso ni conmigo ni con sus nietos de verdad, en realidad, tenía muy mal genio, pero podía servir.

Alto, delgado, más viejo que joven, vestía traje oscuro en invierno y en verano y un sombrero negro de paño, que no se quitaba nada más que en la iglesia. Se le veía con frecuencia a la puerta de su casa, sentado en un viejo sillón de mimbre, que se había adaptado a la forma de su cuerpo, tomando el sol en invierno y el fresco en verano, pero siempre, fumando y leyendo novelas del Oeste. Sus ojos, pequeños e inteligentes, que no necesitaban gafas para leer, miraban socarrones y maliciosos. Yo iba a su casa con frecuencia porque mis primas me daban de merendar y me dejaban hojear revistas atrasadas de Blanco y Negro. Entonces, era muy pequeña y aun no sabía leer, cuando me regalaron mi primer cuento fui corriendo a pedir a mi tío abuelo que me lo leyera, él me miro de hito en hito.

─ ¿Qué hacen en la escuela que no te enseñan a leer?

Y, cogiendo el cuento comenzó: Érase una vez…

© Socorro González-Sepúlveda Romeral

domingo, 10 de noviembre de 2019

Paula de Vera García: La carta de Brago (Zatch Bell One Shot)



Aquel día, a Brago le costó levantarse de la cama más que nunca. Tras unos meses de descanso y readaptación, tocaba volver a la escuela, al día a día de la tediosa rutina. Terminar los estudios algún día, graduarse, comprometerse... Bla, bla, bla.

"Qué aburrido", pensó, descorazonado. De repente, aquellos dos años en el mundo humano se le antojaban solo un bonito sueño. Y aunque parte de su orgullo aún estaba escocido por haberse quedado a las puertas de ser rey, por otro lado, sabía que nadie, nadie, podía derrotar a un Bao Zakeruba. Ni siquiera alguien con sus poderes. Brago era lo suficientemente listo como para haber asumido a tiempo que no podía ganar, pero tenía que intentarlo. Eso sí que no se lo hubiese perdonado.

Por otro lado, estaba Sherry. A pesar de haber sido casi cuatro años mayor que él y de solo verla como un simple instrumento al principio, después del esfuerzo, de las caídas, de volver a levantarse y, sobre todo, de lo de Zophis, el mamodo negro había llegado casi a apreciarla como una igual.

Ella también se había esforzado por mejorar, por crecer, por superarse con un solo objetivo en mente, mientras lo ayudaba a él a llegar más arriba que nadie. Sin quererlo, Brago había llegado a sentir que él también tenía que ayudarla a conseguir su meta. En cierta manera, podía decirse que le había tomado cierto afecto. Y cuando le había confesado que lo llevaría a ser rey costara lo que costase... Brago había confirmado sus sospechas. No podía haber elegido mejor compañera y así se lo hizo saber antes de partir de su lado.

Aquella mañana, Brago se vistió con cierta pereza no exenta de elegancia; ajustándose la camiseta de rejilla, el peto negro, los pantalones y la capa de pelo mientras no dejaba de mirarse en el pequeño espejo de su habitación. Las casas en las que habitaba todo su clan eran de piedra gris, pulida, amuebladas de forma bastante austera. Eran guerreros, un pueblo sencillo pero orgulloso que se tomaba muy en serio toda su tradición. Por ello, Brago tuvo que admitir con un traicionero suspiro que, aunque lo quisiera, debía olvidarse de lo sucedido en el mundo humano, incluyendo a Sherry. Cuanto antes, mejor.

Sin embargo, en cuanto bajó por las escaleras hacia el amplio comedor-cocina de la planta baja, fue acercarse a la mesa ya preparada para el desayuno y un extraño paquete oscuro captó su atención, levantando un escalofrío por su espina dorsal sin motivo aparente. Llevaba el sello real. Brago frunció el ceño y alargó una mano cautelosa para tomar el paquete en sus manos y sopesarlo, extrañado. Su pueblo vivía más o menos alejado de la corte, por lo que no entendía qué interés podía tener su antiguo rival en enviarle nada. Por él, como si Zatch no volvía a dedicarle un solo pensamiento. Tenía otras cosas mejores en las que centrarse.

Pero, cuál no fue su propia sorpresa cuando vio que sus dedos, como por inercia, desenvolvían el paquete y desparramaban su contenido sin cuidado por encima de la mesa de madera negra. Brago removió los objetos con una uña, hasta que un pequeño sobre captó su atención y decidió comenzar por él. En el interior, una carta sencilla, pero que alteró todos los sentidos de Brago en un instante, revelaba los intereses del rey.

“Queridos súbditos del reino Mamodo. Compañeros y amigos de todos los rincones.
Ha pasado algún tiempo desde que volvimos del mundo humano y sé que todos, igual que yo, dejasteis un trozo de vuestro corazón allí. Es por ello que quiero concederos, en estos primeros meses de mandato, un deseo que sé que os gustará. Los que lo deseen pueden escribir una carta a su compañero humano, que haremos llegar a través del portal entre mundos. En el paquete encontraréis los elementos necesarios para el ritual y el envío. ¡Gracias a todos y espero que nos veamos muy pronto! Atentamente: el rey, Zatch Bell”.

Brago resopló antes de morderse el labio con cierta aprensión y soltar la misiva como si quemara. De repente, quería lanzar todos aquellos elementos al blanco fuego de la chimenea. "Maldito Zatch”, rechinó para sus adentros. Unos minutos antes, el mamodo negro estaba dispuesto a olvidar a Sherry de una vez por todas, sin creer aún que una humana hubiese podido dejar semejante vacío en su corazón. Pero ahí estaba el pasado para reírse de él en su cara. Brago apretó los puños y recogió los materiales sin cuidado, intentando rehacer el paquete con mala maña y, por qué no, cierto enfado no reprimido.

-¿Brago?

El mamodo adolescente se tensó de golpe y, como un reflejo, escondió el paquete en el interior de su capa mientras se giraba.

-Padre.

El mamodo enorme, muy parecido a él, pero con el cabello mucho más largo y la expresión endurecida, que tenía delante lo observaba con los brazos cruzados. Debía de acabar de bajar de sus aposentos, igual que él hacía unos minutos.

-¿Estás bien, hijo?

Brago se tragó como pudo su ansiedad y asintió secamente.

-Claro, padre -afirmó mientras se sentaba junto a él en la mesa y el desayuno transcurría como cualquier otra mañana que recordase.
Durante el resto del día, Brago no volvió a pensar en la dichosa carta.
No obstante, cuando retornó a casa y ascendió hasta su dormitorio, al arrojar la capa sobre la cama, un sonido sordo sobre el armazón de la misma lo hizo alzar la cabeza, alerta y reprimiendo una maldición al recordar el paquete de Zatch. Llevaba todo el día en el bolsillo interior forrado de piel.

Con un suspiro y las manos extrañamente temblorosas, asegurándose de que su puerta estuviera bien cerrada para evitar miradas indiscretas, Brago extrajo el paquete de su escondite y lo llevó, sosteniéndolo entre las yemas de los dedos como si quemase, hasta su escritorio frente a la ventana. Durante unos minutos, el mamodo lo observó, debatiéndose por dentro entre abrirlo y escribir la misiva que su negro corazón clamaba a gritos, o arrojarlo a la chimenea sin pensarlo dos veces. Al final, la mano de negras uñas se alargó hacia el envoltorio y lo deshizo… mientras la otra mano acercaba papel y pluma. Brago chasqueó la lengua, indeciso.

-Querida...

No, demasiado cursi. Él no era así. Suspiró y se masajeó el puente de la nariz. Sherry y él habían estado unidos por su libro, por la fuerza de sus corazones... En el fondo, se conocían más de lo que quizá ninguno estaba dispuesto a admitir... Pero Brago se sentía como un niño dando sus primeros pasos en vez de como casi un adulto que había madurado a base de lucha y voluntad. Suspiró, dudó un instante... Y se lanzó a escribir casi sin pensar.

Hola, Sherry. Espero que cuando te llegue esta carta estés bien. Por aquí todo ha vuelto a la normalidad... Salvo porque ese mocoso de Zatch es rey, claro. Pero nos va bien. Ha permitido que todos sigamos con vida y de momento parece que las cosas están tranquilas. Quién sabe... Espero que Coco también esté bien y sigáis siendo buenas amigas. Sonará extraño, pero prefiero recordarte cuando sonreías y no cuando estabas preocupada por ese imbécil de Zophis y lo que le había hecho a tu mejor amiga; ese brillo en tu mirada cuando luchabas por lo que creías de verdad.
Para tu información, ahora ese canalla engolado me evita todo lo que puede, incluso cuando estoy solo. Supongo que es una buena señal.
No quiero que nadie más lea esta misiva, pero... Te echo un poco de menos, Sherry. Sé que es una estupidez, pero añoro los momentos en que me regañabas, cuando me sorprendías haciendo lo que no debía, cuando sabías que estaba al otro lado de la pared y discutíamos hasta tirarnos los trastos a la cabeza y cuando entrenábamos juntos. Yo... Lo que te dije antes de irme era verdad, aunque no lo parezca. Estoy feliz de que hayas sido mi compañera y sigo creyendo que sin ti no hubiese llegado hasta el final. Quiero... Darte las gracias. Me abriste los ojos, me hiciste mejor mamodo y maduré a tu lado, aunque me mandaran a la otra punta del mundo. Has sido una parte muy importante de mi vida y espero poder volver a agradecertelo en algún momento...

Estoy desvariando y tengo que irme. Solo... Cuídate, ¿vale?

Un abrazo,

Brago

No quería releerlo. No quería ni mirar la misiva. Si lo hacía, seguramente querría abofetearse por idiota. El mal ya estaba hecho. Sin más preámbulo, Brago dobló la carta, siguió las instrucciones, vio cómo el sobre se ponía negro igual que las tapas de su antiguo libro de conjuros cuando estaba en la Tierra, y observó la carta alejarse en una voluta de magia de color violáceo hasta que desapareció de la vista.

***

Sherry estaba en el jardín de la finca jugando al bádminton con Coco cuando llegó la carta de Brago. Cuando su mayordomo se la trajo, pensó que era una misiva más de algún admirador, dada la emoción de su sirviente; últimamente no hacía más que buscarle posibles maridos con los que compartir su enorme fortuna. Pero cuando la tuvo en sus manos, su corazón aleteó al comprobar el color negro del sobre. Era de él. Sin apenas pensarlo, tiró la raqueta, abrió el papel con un dedo tembloroso y comenzó a leerla. Mientras lo hacía, se emocionó más de lo que creía; al terminarla, no pudo evitarlo y depositó un beso sobre el negro papel de la envuelta, con los ojos llenos de lágrimas. La verdad es que se había acostumbrado tanto a tener a Brago cerca, incluso a apoyarse en él, que durante meses se le había antojado imposible casi levantarse de la cama sabiendo que se había ido. Pero aquella carta demostraba que, pasara lo que pasase, en el fondo jamás estarían separados.

-¿Qué pasa Sherry? ¿Estás llorando?

Con un respingo, la aludida se dio cuenta entonces de que su mejor amiga la observaba con evidente preocupación, mientras su mayordomo se mantenía sonriendo con ternura en un segundo plano. Sherry, al contemplarlos, sonrió sin esfuerzo.

-Sí, pero de felicidad. Es una carta de un viejo amigo -por un instante,

Sherry dudó al observar a Coco: ¿dónde estaba su carta? Bueno, casi era preferible que Zophis no hubiese enviado nada. Coco había olvidado todo respecto a los mamodos y, después de la manipulación de ese mequetrefe, casi era mejor así. Sin embargo, la media sonrisa de Coco le indicó que, en este caso la joven castaña pensaba que lo que Sherry tenía era un novio secreto-. No pienses cosas extrañas, Coco. De verdad.

La otra sonrió más ampliamente.

-Lo que tu digas, pero creo que deberías ir a verlo cuanto antes.

A lo que Sherry compuso una mueca algo triste, aunque no exenta de esperanza, antes de responder:

-Ahora vive lejos y va a ser muy difícil que nos volvamos a ver. Pero… -la joven contempló un instante más la carta-. Sí que sé que, pase lo que pase, llegue quien llegue a mi vida a partir de ahora… a él nunca lo olvidaré.

Imagen: fanart Zatc


© Paula de Vera García