miércoles, 1 de abril de 2020

Amantes de mis cuentos: Tómalo con calma



Con un portazo y un tajante exabrupto había puesto fin a muchos años de estresante vida familiar. Ocurrió el mismo día en que la empresa quebró y le pusieron de patitas en la calle.

‒Las cosas se hacen bien o no se hacen ‒pensó cerrando los ojos con fuerza. Si quería comenzar una nueva vida debía cortar por lo sano. Era hora.

Al salir de su casa llevaba el documento nacional de identidad, cincuenta euros, un pentagrama y el abrigo. Su mujer había muerto veinte años atrás, dejándole cinco hijos pequeños que ahora, cumplidos los treinta y cuatro el mayor y veinticinco el más joven, debían aprender que la vida no era una juerga perenne. Algo había hecho mal. Aunque eran buenas personas se pasaban el día haraganeando en casa y viviendo a su costa. No quisieron estudiar por no ser genios, ni trabajar por no gustarles el capitalismo.
Decidió dejarles casa, coche y la nevera llena. Para empezar, iban a tener más que él. Por ellos había abandonado sus sueños de juventud. Y se marchó sin mirar atrás para no caer en la tentación de volver.

Todo esto lo piensa mientras se inclina para agradecer los aplausos que resuenan en aquel teatro de sus sueños juveniles, tras haber ejecutado como solista al piano, sonatas, mazurcas, nocturnos… Sonríe al recordar la cara de aquel agente de talentos, al que se presentó con una partitura de su creación. Estaba tan nervioso que cuando le pidió que se sentara al piano para verificar si lo que decía era cierto, sin pensarlo se quitó el abrigo revelando que lo único que llevaba puesto era un minúsculo slip. Aún no sabe si aquel hombre se quedó con la boca abierta por su ejecución o por su indumentaria.

Recorre con la vista las relucientes arañas de cristal de bohemia, los palcos, las butacas y se queda paralizado. Sus cinco hijos en primera fila, de pie aplaudiendo a rabiar, le lanzan besos al aire, gritando: Vuelve a casa papá. Te echamos de menos. La vida es muy dura sin ti.




© Marieta Alonso Más

martes, 31 de marzo de 2020

Amantes de mis cuentos: Fantasmas en la estación de Chamberí (Versión francesa)






Des fantômes dans  la station de métro de Chamberí

Quand cette brillante journée du 21 mai 1966 les portes se fermèrent avec un bruit assourdissant, mon fiancé et moi nous nous embrassions passionnément dans un coin de cette station. Nous ne nous sommes même pas rendu compte. Il venait de me demander en mariage et avec l’émotion nous sommes restés enfermés à l’intérieur.

Plus personne n’est monté ou descendu d’un wagon, les trains ne s’arrêtaient plus. Nous parcourions tout le quai les bras en l’air en gesticulant, mais les passagers ne nous voyaient pas. Ils étaient si occupés dans leurs pensées, ou en lisant ou en parlant que personne n’a entendu nos cris. On montait les marches des escaliers et on frappait aux portes d’entrée et de sortie. Rien…… Il n’y avait que du silence.

Mon homme, avec ces yeux couleur noisette pleins de vie, perdut tout espoir. Il me prit par la main et nous nous sommes assis à attendre un miracle. Nous rêvions des mantecades de ce couvent près de ma maison, de la source d’eau cristalline de notre quartier; nous pensions à l’angoisse que ses parents et que les miens auraient pour notre disparition. Nous nous émitouflions sur le sol du guichet avec mon manteau bleu marine et sa veste en velours marron. En attente, toujours en attente. Le fait de pleurer nous soulageait….

De nombreuses années passèrent, et un jour les portes s’ouvrirent et il commença alors un aller-venir de gens, de maçons, de charpentiers, de peintres, des hommes avec des casques donnant des ordres… Notre ancienne station de métro de Chamberi, notre foyer, allait devenir un musée. Nous nous sommes présentés devant eux, mais aussi bien que les passagers des trains, ils n’ont pas écouté nos voix. Peu importe …

Maintenant nous nous amusons à parcourir le musée, à regarder des photographies, des logos, des affiches, le sifflet avec lequel le chef de station donnait le signal d’ouverture et de fermeture des portes… Et même si nous faisons des bruits étranges, si nous bousculons de temps en  temps les visiteurs, si  nous passons entre les couples d’amoureux  et si nous jouons avec les enfants, ils ne sont que très peu nombreux  à sursauter.

L’oubli  fait mal…..


Traducida por: 

María Ramírez Sánchez nació en Melilla y con 8 añitos se fue a vivir a Oujda, una ciudad del entonces protectorado francés del norte oriental de Marruecos, a muy pocos kilómetros de la frontera con Argelia. Con 21 años se vino a Madrid, donde ha trabajado haciendo traducciones francés-español hasta su jubilación, y donde ha formado una bonita familia de la que se siente muy orgullosa.

Un millón de gracias María.

Fantasmas en la estación de Chamberí

Cuando aquel luminoso 21 de mayo de 1966, las puertas se cerraron con un ruido ensordecedor, mi novio y yo estábamos dándonos un apasionado beso en uno de sus rincones. Ni cuenta nos dimos. Me había pedido que nos casáramos y con la emoción nos quedamos dentro.

Ya nadie volvió a subir ni a bajar de ningún vagón, los trenes no paraban. Recorríamos todo el andén con los brazos en alto haciendo señales, pero los pasajeros no nos veían. Iban tan ensimismados en sus pensamientos, leyendo o hablando que nadie se percató de nuestros gritos. Subíamos los peldaños de las escaleras y dábamos golpes en las puertas de entrada y salida. Nada. Todo era silencio.

Mi hombre, con aquellos ojos color de avellana llenos de vida, perdió la esperanza. Me tomó de la mano y nos sentamos a aguardar un milagro. 

Soñábamos con las mantecadas de aquel convento cerca de mi casa, con la fuente de agua cristalina de nuestro barrio, pensábamos en la angustia que tendrían sus padres y los míos por nuestra desaparición. Nos arrebujábamos en el suelo de la taquilla con mi abrigo azul marino y su chaqueta de pana marrón. Esperando, siempre esperando. Llorar hacía que nos sintiéramos mejor.

Muchos años pasaron y un día se abrieron las puertas y comenzó un ir y venir de gentes, albañiles, carpinteros, pintores, hombres con cascos dando órdenes… Nuestra antigua estación de Chamberí, nuestro hogar, se iba a convertir en museo. Nos presentamos ante ellos, pero lo mismo que los pasajeros de los trenes, no nos hicieron caso. Poco importa ya.

Ahora nos entretenemos recorriendo el museo, viendo fotografías, logotipos, carteles, el silbato con el que el jefe de la estación daba la señal de apertura y cierre de puertas… Y aunque hacemos ruidos extraños, algún que otro empujoncito a los visitantes, pasamos a través de las parejas de enamorados, y jugamos con los niños, pocos son los que se estremecen.

El olvido duele.


© Marieta Alonso Más   

lunes, 30 de marzo de 2020

Carta para ti que estás en el hospital



Me llamo Marieta. No me conoces ni yo a ti tampoco. Perdona que te tutee. Que no te conozca es lo de menos, porque podríamos llegar a ser buenos amigos.

Tengo setenta años, a veces me veo sacando la cuenta entre el año en curso y la de la fecha de mi nacimiento, y me cuesta trabajo aceptar que ya tengo esta edad. Mi madre con esos años era una anciana y yo no me veo como tal.

«No debe bajar las escaleras corriendo», eso me dice el portero cuando se me olvida, porque, sabes, con la mente me siento capaz de todo, y me veo con cincuenta años, haciendo gestos al conductor del autobús para que me espere un segundo a que cruce la calle.

‒Que no la dejo en tierra ‒me decía‒, sabe que, si la veo, la espero.

Más tarde pasaba ocho horas en aquella oficina donde estuve cerca de cuarenta años, para luego llegar a casa y no tener tiempo ni de rascarme la cabeza. Siempre haciendo cosas.

Ahora estoy confinada en mi hogar por ser personal de riesgo, y por lo que sé a ti te tocó ir al hospital. Corren malos vientos, pero recuerda que a toda noche de insomnio le llega su amanecer, que el sol sale cada día, para todos, y de gratis, que no es poco.

Recuerda que todo está en cómo te despiertes. Sonríe siempre, aunque sientas ganas de llorar. No pienses. Alguien dijo: «Si quieren vivir felices, no analicen, muchachos, no analicen». Que tenemos problemas por supuesto que sí, pero hay que confiar en que todo saldrá bien.

Me gusta escribir cuentos. ¿Te gustaría leer alguno?

Por si me dijeras que sí, aquí va:



Aromas de la niñez


La colonia de la abuela sabía y olía a violetas. Todas las mañanas se sentaba ante el tocador frente a un espejo ovalado. Deshacía y se volvía hacer aquel moño como un rodete en su nuca. Como si fuera un ritual, despertaba justo en el momento, en que se ponía unas gotas tras las orejas y el cuello. Dormía con ella y el sueño olfateaba su fragancia.

A la hora del desayuno su aliento denotaba el café con leche, el pan tostado con aceite, ajo picadito y una pizca de sal, que se acababa de tomar. Ese era su desayuno. Sus manos, en cambio, sí olían a pan de hogaza y chorizo casero, era por culpa de aquellos bocadillos gigantes, que cortaba en tres trozos, para el almuerzo del niño.

El sendero que llevaba a la escuela olía a alfalfa, a boñigas de vaca, a cagarrutas de cabras, a girasoles, a jaras. Regresaba a comer y desde lejos sabía que el cocido castellano le estaba esperando y la boca se le hacía agua, pensando en el momento del pringue. Algo delicioso ese tocino con pan. Los días de fiesta la abuela hacía bacalao, arroz y patata y de postre, leche frita o natillas que las tomaba con la cuchara sopera y no con la de postre. Era muy pequeña.

Por la tarde, iban en busca de leña y tenía que colocar muy bien los trozos en la leñera, la abuela pasaba revista. Los amigos venían en su busca y dando patadas al balón llegaba la hora de la cena: sopas de ajo y luego en una sartén con un poco de aceite, se sofreían los garbanzos que habían quedado de la comida.  Cuando veía que el pequeño se quedaba con hambre le hacía una tortilla francesa ‒que no gustaba‒ o un par de huevos fritos: ‒¡Abuela, qué rico! Luego al calor de la lumbre hacía sus deberes y a la cama.

Esperaba despierto a que la abuela viniera a acostarse a su lado. Cuando hacía alguna travesura, lo amenazaba con que iría a dormir solo a su habitación. Y como por arte de magia volvía a ser el mejor chico de la aldea. Desde que sus padres murieran, le daba miedo separarse de la abuela, no se le fuera a ocurrir dejarle solo.

Nunca se durmió antes de que ella se acostara. Su agua de violetas y el beso de buenas noches eran el preludio para caer rendido y eso que de niño pensaba que dormir era una pérdida de tiempo, cuando podría estar jugando en la era, con sus amigos.



© Marieta Alonso

domingo, 29 de marzo de 2020

Cristina Vázquez: ¿Qué ocultas?


La maldita mujer me había abandonado. Una mañana encontré un pequeño bloque de piedra y una carta. Supe que era de ella, pues su papel, de un inimitable y algo cursi tono rosado resultaba inconfundible. Lo abrí tembloroso. Joven y confiado en ese momento de la vida en el que me encontraba, todo lo que provenía de ella me inundaba de una inquieta emoción.

La cuartilla rosada y con borde ondulado, simplemente decía. “Dentro está el secreto y ahí me encontrarás”. Mi asombro y rabia corrieron parejos, valiente estupidez se le ocurría a esa mujer.

Traté de localizarla, pero todo fue inútil. En el hotel dónde estuvo viviendo no dejó ninguna seña y la amiga común que nos presentó me dijo burlona.

—¿Otro incauto incapaz de retenerla?

Aunque pateé los lugares dónde íbamos, tratando de encontrar algún rastro; nada resultó. Se había volatilizado como una sombra, un sueño pensaba yo entonces lleno de romántica desesperación.

Nuestra historia de amor fue breve e intensa. Se llamaba Magda, unos años mayor que yo y de origen húngaro, afirmaba ella sin mucho convencimiento, con un acento arrastrado y una pícara expresión violeta en los ojos. Nadie pudo aclararme de dónde venía ni a qué se dedicaba, pero estar a su lado me resultaba electrizante, como si de ella emanara algo magnético que me envolvía. Mis palabras cobraban un sentido nuevo; mis ideas de creación, una amplitud y una posibilidad de ser reales, que parecían estar ya acabadas. Quería ser artista, aunque mi carrera de ingeniería y mi tradición familiar parecían estar ya trazadas. Pero Magda, sentada frente a mí, me miraba con esos ojos profundos, inquietantes, igual que un bosque al anochecer o el destello malva de la aurora sobre el hielo y el mundo se volvía ancho, profundo, abarcable y yo era el centro, el capaz. Y ahora me veía con ese papelito y una piedra sin labrar como única respuesta y recuerdo de esa mujer.

Han pasado muchos años, mis aspiraciones artísticas se quedaron en eso, aspiraciones, conformadas por una vida amable, burguesa, hasta interesante diría yo, pues al menos con mi ingeniería fui capaz de inventar unas poleas y unos martillos neumáticos que se pudieron aplicar no sólo a finalidades mecánicas, sino que tuvieron mucho éxito entre escultores para poder mover los bloques de mármol y tallarlos con más facilidad.

Y sí, el pequeño bloque de piedra me acompañó toda mi vida. Exigía que estuviera cerca de mí como una suerte de talismán y de recuerdo de felicidad, pese a las quejas familiares primero de padres, de mi mujer después, y hasta de mis hijos que lo consideraban manías caprichosas. Cuántas veces me pregunté qué quiso decirme Magda con esa críptica cartita “Dentro está el secreto y ahí me encontrarás”.

Mi invento de las poleas me hizo contactar otra vez con el mundo del arte e iba a comprobar como funcionaban en algún taller. Una mañana de diciembre, angustiosa por la bruma y el malestar que el frío ya me producía en los huesos, me empeñé en ir caminando a un taller de las afueras. El viento se colaba por los cristales mal emplomados y una única estufa calentaba el lugar, pero el escultor, un hombre joven, barbudo y sonriente, en la plenitud de la vida, lleno de entusiasmo, con poderosas manos y un ceño vibrante de inteligencia que le salía a raudales por los ojos, ¡Oh Dios mío!, casi me tienen que sostener. Eran malvas, maravillosamente malvas como un bosque al anochecer o el destello malva…

—Señor, ¿se encuentra bien?

Algo en mí se rompió sin control y tuve que esforzarme por no lloriquear en su presencia, pues sentí como si con su punzón de escultor hubiera levantado en mí una losa que sepultaba mis mejores sentimientos. Cuando me recuperé, temblequeando junto a la estufa, acabé una copa que amablemente me ofreció y en ese momento tuve la certeza de que era la persona que debía tallar mi piedra que, ahora comprendí, había sido un peso de desencanto arrastrado a lo largo de mi vida.

Me entró una excitación incontrolable y le supliqué que se instalara a trabajar en mi casa, le pagaría lo que quisiera, pero necesitaba que tallara, que diera vida a ese bloque. Y así fue. Vino conmigo y empezó a trabajar sin descanso. Me puse enfermo. El frío se había apoderado de mis huesos, mis pulmones, mi aliento, y sólo el entusiasmo por ver terminada la obra me obligaba a mantenerme absorto frente a las manos del artista, igual que si fueran las mías. Lo que veía surgir me llenaba de emoción incrédula.

Cuando estuvo terminado, acaricié la cara con delicadeza, con todo el amor que aún podían trasmitir mis helados dedos y en una suerte de adoración, le besé los fríos labios.

—Magda.

El joven me cogió en sus brazos, pues yo desfallecía, y me llevaron a la cama. No pudo explicar qué me había sucedido, le oí decir asustado, él solo intentaba reproducir la cara de su madre. Y sí, su nombre era Magda.

Fue lo último. Un sueño gris, una poderosa nube se apoderó de mí.



viernes, 27 de marzo de 2020

Selene: Ni por un instante


La depresión es obsesionarse con el pasado y la ansiedad temer al futuro. Muchos lo han definido así a lo largo de los años. Pensar en lo que ocurrió o en lo que está por venir de manera reiterativa. Dejando de lado los intensos que sean nuestros pensamientos, es muy difícil dejar atrás el pasado o no reflexionar acerca del futuro. Todos lo hacemos en mayor o en menor medida. Es algo humano de lo que no es tan sencillo escapar.

Yo, sin ir más lejos, el otro día recordé a una chica a la que consideré amiga durante mucho tiempo. Van a hacer cuatro años desde que dejamos de hablarnos porque ella así lo decidió. Pese a que, esa relación iba a acabar cortándose tarde o temprano, no pude evitar pensar en los buenos momentos y asentir. Lo hice desde la serenidad y el temple. Porque, a pesar de todo, ha quedado atrás. Forma parte de mi pasado. Es parte de mí, pero no me define.
  


Lo que nos deparará la vida es incierto. No tengo ninguna duda. El mundo camina rápido, sin descanso, la sociedad avanza y es complicado tomárselo con calma. Sin embargo, siempre con la cabeza en su sitio, es necesario poner un punto de positivismo a nuestro día a día. Dejarnos cuidar y asesorar por quien más nos quiere y por profesionales cualificados, y caminar con paso recto e intentando ser lo más felices que podamos.

Debemos empezar a dejar de culparnos porque las cosas no salgan como se espera de nosotros, tenemos que saber que es nuestro el derecho a estar tristes, decepcionados o llenos de ira. Tenemos esa oportunidad. Pero también tenemos la de demostrarnos a nosotros mismos que podemos ser nuestra mejor versión. La más sana y la más feliz.

Que nada ni nadie nos lo arrebate. Porque nuestro pasado forma parte de nuestra sangre y nuestro futuro nos pertenece. Elegir lo que hacemos con todo ello depende de nosotros. No dejemos que nos hagan creer (ni por un instante) que nuestros errores nos definen y que no tenemos derecho a darnos otra oportunidad. Nos la merecemos. Tú te la mereces.


© Selene

miércoles, 25 de marzo de 2020

Mariana Romero-Nieva: No te alcancé




Te fuiste sin hacer ruido
no querías despertarme;
la noche me había dormido,
la lluvia mojaba el aire.

La Luna llegó a mi cama
a través de los cristales
y me abrazó con su luz
para en sus brazos llevarme.

Corrí pisando las sombras,
dando saltos en el aire,
agarrada a la esperanza
porque quería alcanzarte.
 
Tu mano quiso cogerme
pero solo dibujaste
por entre nubes y estrellas,
ese adiós que me dio el aire.


© Mariana Romero-Nieva


lunes, 23 de marzo de 2020

Brújulas y Espirales: Richard Stern "Las hijas de otros hombres"

Blog literario de Francisco Martínez Bouzas

SIN CULPABLES NI INOCENTES



Las hijas de otros hombres

Richard Stern

Traducción de Laura Salas

Ediciones Siruela, Madrid, 2019, 246 páginas.


   
 Richard Stern (Nueva York, 1928 – Tybee Islands, 2013 fue sobre todo un profesor que durante más de cuarenta años impartió clases en la universidad de Chicago. Fue también escritor, pero mucho más preocupado por su trabajo docente que por la fama literaria. No obstante, publicó ocho novelas, una de ellas Las hijas de otros hombres, en 1973. En ella proyectó un gran talento y reflejó un brusco cambio de época. Está considerada su mejor novela, en la que sus personajes, a pesar de su relación adúltera, más que degenerados aparecen como marionetas del destino.. Cyntia Ryder, una de ellos, no es una víctima; es una joven voluble, desorientada. Robert Merriwether, su profesor, es una marioneta del destino. En la novela, por consiguiente, no hay culpables ni inocentes. Hay otro personaje femenino importante, Sarah, la esposa de Robert Merriwether, que es a la vez su devastación moral y el nido que le aporta seguridad a Robert Meeiwether.

   La novela, un clásico moderno de segunda categoría de la literatura norteamericana, representa, “a su feliz pequeña escala”, como escribió Philip Roth, los años sesenta, los años de la corriente hippy y de la libertad de costumbres; y supone un singular examen de la pasión amorosa. Y eso quizás explique la sucesión de hechos que se nos van presentando en el relato. Robert Merriwether se ve arrastrado por aquella corriente de amor libre. Eso explica que nos encontremos con el amor de un hombre maduro, Merriwther, profesor en Harvard, con su alumna veinteañera Cyntia Ryder. Entre los dos forjarán un intenso romance.

   El profesor tiene esposa, Sarah y cuatro hijos y el romance con Cyntia hace mella en su vida familiar. Por eso él no desea romper las ataduras con sus esposa Sarah, ni que su romance afecte a  sus hijos. Pero el deterioro familiar es inevitable. El autor, con gran agudeza, pero de forma graduada, penetra en este laberinto de quebranto, sobre todo en la segunda parte de la novela.

   A primera vista, esta es una novela que se desliza por la tradición del triángulo amoroso. Sin embargo, aunque la obra no elude la consideración de la pasión amorosa, estamos ante otro tipo de obra de ficción. Richard Stern nos sumerge en una visión mucho más profunda para que comprendamos la evolución de los personajes ante las nuevas emociones y pasiones en las que se ven inmersos. Pronto nos encontramos con los tres principales protagonistas: Robert Merriwether, es feliz en su trabajo como docente pero se siente preso por un matrimonio del que está ausente la chispa y todo fulgor. Un matrimonio perfecto posiblemente hacia el exterior, pero, en el interior de la convivencia familiar, surgen por doquier las desilusiones, el silencio, las decepciones; en definitiva el amor muerto o agonizante.

   Merriwether se refugia en su trabajo y así evita el tedio de la convivencia con su esposa. Es un personaje de salidas convencionales semimuertas que empiezan a naufragar cuando conoce a Cyntia Ryder, veinte y dos años, veinte menor que Robert Merriwether. Cyntia está llena de vida, es inteligente, curiosa, independiente y liberada de las cadenas de la sociedad tradicional. Para Robert Merriwhter, Cyntia será un soplo de vida y de aire fresco. No siente la más mínima duda ni pizca de remordimientos en seducir al profesor y convertirse en su amante. Y en efecto, no tardan en hacerse biológicamente amantes.

   Finalmente Sarah, la esposa de Robert. Es la típica ama de casa que renunció a sus ilusiones de ejercer su profesión  y optó por dedicarse en cuerpo y alma a su marido y a sus hijos. El silencio será su forma de negarle a su esposo las relaciones sexuales, y los reproches será su forma para responder a la situación.

   El amor, la pasión amorosa y el apego al hogar familiar, examinado casi con lupa por un escritor que da forma a su novela éçen un momento de gran ebullición social. Una ápoca en la que los choques de generaciones de los años sesenta habían provocado múltiples cambios en las costumbres, también en el seno de las familias.

    
                                      
Richard Stern
Richard Stern estructura perfectamente su pieza narrativa. En ella podemos diferenciar tres partes. En la primera, el autor presenta al protagonista masculino enfrascado en su retiro, su familia, la sociedad que le acoge, pero también lo negativo de un matrimonio que se halla en sus últimos estertores. En la segunda parte, el acento narrativo recae en la mutua seducción de Robert y Cyntia y en la adaptación personal de ambos. Finalmente el autor recrea, con fuerza inusitada, la ruptura matrimonial, poniendo el acento en las consecuencias personales, en los nuevos sentimientos, las dudas, los descubrimientos.

   La novela es, en definitiva, un análisis minucioso y perfectamente descrito del naufragio de un matrimonio, debido a los cambios en los sentimientos y en la moralidad de los protagonistas.

   Robert Stern nos seduce con una prosa delicada y muy fina para escuchar y transmitirnos los detalles. En resumen, una nueva novela cuyo peso y excelencia recae sobre todo en la segunda parte. Sin olvidar el viaje que el lector emprenderá a los años sesenta. El final de una década, rebosante de cambios y de luchas entre las formas de vida tradicionales y las nuevas tipologías vitales en la libertad, la libre sexualidad y los derechos de las mujeres que desde entonces terminan por imponerse y llegar hasta nosotros.


Francisco Martínez Bouzas