viernes, 2 de octubre de 2026

Amantes de mis cuentos: Técnicas para enamorar

 




Aquel verano de mis dieciséis años tomé la decisión de enamorarme. Todos mis amigos tenían novia y yo estaba más solo que la una. Mi afición era leer, leer y leer.


Me gustaba la poesía, las novelas, los comics, los periódicos, los anuncios... Debía encontrar a la chica de mis sueños para no llegar a ser un solterón empedernido, como diría la abuela.


Hice un repaso de las chicas que conocía. Y me desanimé. Todas ellas estaban rodeadas de moscones, salvo una que me dije: Esa es tan rara como yo. Siempre está sola.


Un día la vi paseando por el camino que lleva al Castillo y como alguien caído del cielo me acerqué. Ni cuenta se dio. Tuve la intención de decirle muchas cosas, pero me había vuelto mudo. No arrancaba a hablar. Se me olvidaron las palabras.


Menos mal que me acordé de Benedetti y tomé carrerilla. Como si no existiera pasé por su lado como un loco trovador, repitiendo más o menos:


Mi táctica es mirarte

aprender como eres,

quererte como eres


Para mi asombro escuché una voz melodiosa:


Mi táctica es hablarte

y escucharte,

construir con palabras un puente.



Me paré en seco. Tartamudeando continué:


Mi táctica es quedarme en tu recuerdo.

No sé cómo ni sé con qué pretexto,

pero quedarme contigo.



Y, anda que no me quedé. Llevo con ella más de sesenta años.

Cuando discutimos por nimiedades, ella recita al uruguayo y se acaba el problema. Gracias a ese hombre que nunca tuvimos el placer de conocer, encontramos la solución perfecta para nuestras desavenencias. Es como si fuera de la familia, porque recitándolo tuvimos doce hijos. Al primero lo bautizamos con su nombre.


© Marieta Alonso Más


jueves, 1 de octubre de 2026

Amantes de mis cuentos: Malandra por obligación

 



La tía Julia, que no tenía responsabilidad con nadie y nadie la tenía con ella, se vio de repente ante la tesitura de dar de comer, vestir y atender a siete sobrinos entre dos y ocho años. A su hermana y cuñado les había dado la ventolera de coger rumbo hacia la Eternidad sin comentárselo siquiera.

Ella, que tanta fama tenía de trabajadora y honrada, cualidades que le permitieron colocarse de cocinera en el palacio de los condes de su pueblo, se vio abocada a agilizar la mente, por los acuciantes intereses familiares y las bocas abiertas de aquellos rapaces. Salir bien parada de tristes andanzas y utilizar las manos para hurtar con astucia, fue algo realmente imprescindible.

Tanta picardía y maña se dio que para todos siguió siendo la persona más honrada de su pueblo. Y eso que trapicheaba con las sobras, ya fueran alimentos de la despensa, ropa de los armarios, jabón de olor, agua de colonia... Todo lo afanaba para que sus niños no pasaran hambre y estuvieran como una patena de la cabeza a los pies.

 

 

© Marieta Alonso Más

martes, 29 de septiembre de 2026

Cristina Vázquez: Inútil espera

 


De mayor, ya casi anciano, Gabriel recordaba la imagen de su tía siempre asomada a la ventana. Se llamaba Lucrecia y era la hermana pequeña de su madre que vivía con su abuela viuda. Gabriel la recordaba ágil, de talle flexible y fino, bromista y en su cara las pecas y un par de hoyuelos le daban una expresión de risa contenida que iba a explotar en cualquier momento. Otras veces, en cambio, su rostro se demudaba en un gesto triste, el tono de su voz se volvía violento y algo en ella daba miedo. Pero él la adoraba.

—Eres y serás siempre mi preferido, Gabriel —le acariciaba la mejilla con un dedo—. Te pusieron ese nombre porque cuando naciste dije que tenías cara de ángel.

A continuación, dándole un pellizco echaba a correr asegurándole que eso se lo decía a todos los sobrinos, así la querrían más. Una tarde que repetían ese juego y Gabriel iba detrás de ella, se giró con brusquedad y cogiéndole la cara entre sus manos, le miró desde la profundidad de sus ojos color miel. A lo mejor dentro de poco se tendría que ir muy lejos, estaba esperando a un hombre, un novio que la llevaría a vivir a un país precioso.

—Dentro de poco, Gabriel, pero… —y en voz baja—, me tienes que guardar el secreto. Solo tú lo sabes.

Recuerda que sintió una mezcla de orgullo y tristeza, ¿por qué se tenía que marchar, por qué era un secreto, quién era ese hombre? Y esa tarde algo en él se quebró, algo a lo que no supo dar nombre.

Pasados unos meses, la inquietud de Gabriel, al ver que su tía se quedaba, fue disminuyendo y cuando le preguntó cuándo se iba a ir, ella, tapándole la boca, le exigió que nunca, nunca lo repitiera o dejarían de ser tía y sobrino. Al poco tiempo de decirle esto, recordaba la punzada que sintió la mañana que su madre se fue precipitada de casa, sin arreglar, con el abrigo echado de cualquier manera sobre los hombros y volvió tarde en la noche con un desconsuelo marcado en la oscuridad de sus ojeras.

No volvió a ver a su tía en mucho tiempo. Si preguntaba dónde estaba, un silencio ominoso, o no eran cosas de niños, que se callara, por favor, era la atribulada, inconclusa respuesta que le daban. Él intuyó que algo terrible o, al menos, incómodo o vergonzante había sucedido. La ausencia de Lucrecia, bajo esas misteriosas condiciones, le hicieron desconfiar del mundo de los mayores. Sintió por primera vez un sabor amargo que no conseguía aliviar con caramelos. Comprendió cuánto la quería, cuánta alegría y cariño le daba esa divertida mujer en comparación a los rígidos modos de padres y otros tíos.

Al fin, después de unos años, le comunicaron que iban a visitar a la tía.

—Como la quieres tanto puedes venir con nosotros —argumentó su padre con una solemnidad amenazante—. Pero he de advertirte que será muy duro verla.

Gabriel acababa de cumplir quince años, su recuerdo era un oasis en el desconcierto adolescente y afirmó que sí, que estaba dispuesto.

Llegaron a un edificio de tres plantas de un color gris desvaído, rodeado de un jardín pobre y mal cuidado. Al entrar, observó unas plantas desanimadas que trataban de aligerar el aspecto lúgubre de aquella casona con rejas en las ventanas. Esperaron un momento en un despacho hasta que un médico de afectuosa sonrisa les pidió que le siguieran. Nunca olvidaría el ruido de las tres vueltas de llave que dio para abrir, el olor a cerrado del cuarto y la figura de espaldas que se inclinaba sobre la ventana. Solo un atisbo de su frágil cintura le pudo recordar la agilidad, la gracia de antaño.

Se quedó horrorizado, quiso salir, pero en ese momento ella se dio la vuelta y sonrió. ¡Gabriel! Se había transformado en una desconocida. Seca, triste, casi una anciana, solo pudo reconocer el color miel de sus ojos, aunque sin brillo. Se acercó y le puso una mano en la nuca para arrimarse a su cara.

—Dentro de poco me iré —susurró con torpeza—, guárdame el secreto y te llevaré conmigo. Después se giró y volvió a asomarse a la ventana.

Cuando salieron, arrastrando los pies pasillo adelante, acompañados por el amable doctor, éste les iba diciendo que estaba mejorando, aunque les costara creerlo. Además, continuó, había sido una bendición poder evitar la cárcel.

—Fue un asesinato terrible el de aquel desconocido.

© Cristina Vázquez

domingo, 27 de septiembre de 2026

Canto del ruiseñor

 



Llega en primavera desde clima más cálidos, se establece en los bosques bajos y se anida entre arbustos y matorrales, muy cerca del suelo.

El macho deja oír su voz hasta que llegan las hembras y cuando están haciendo el nido mientras la madre incuba sus cuatro o cinco pequeños huevos verdosos.

Pero cuando nacen las crías, el padre deja de cantar y su voz se convierte en una especie de graznido.

El cambio no parece del todo involuntario, pues si algo malo ocurre con las crías, el ave vuelve a entonar su hermoso canto animando a su compañera durante la nueva puesta.

Los ruiseñores, salvo que perezcan o desaparezcan los polluelos, crían solo una vez al año, en mayo. Por tanto, desde mediados de junio deja de oírse su canto, aunque permanecen entre los arbustos hasta las últimas semanas del verano o las primeras del otoño.

En la época que cantan lo hacen por la mañana, aunque su canto queda amortiguado por otros sonidos de la naturaleza, permanecen en silencio por la tarde y comienzan de nuevo muy entrada la noche, cuando el resto de las aves guardan silencio. Entonces su canto se oye a más de un kilómetro de distancia.

viernes, 25 de septiembre de 2026

Parque Nacional de los Arcos: Paraíso de Roca Roja

 


Está ubicado en el estado de Utah en Estados Unidos y alberga más de dos mil arcos naturales de arenisca, rocas gigantes, grandes torres, pináculos y cúpulas que conforman un paisaje en tono rojizos, formas, texturas y contrastes único en el mundo.


Las fuerzas de la naturaleza han ido moldeando este increíble paisaje desde hace millones de años, cuando surgió un yacimiento de sal subterráneo al evaporarse el mar que bañaba la región.



Con el paso del tiempo este yacimiento se fue cubriendo con sedimentos y rocas, pero la sal, inestable bajo presión, empezó a moverse, empujando la tierra y creando bóvedas y huecos.


La erosión, el agua y el viento desgastaron la roca, formando arcos y otras estructuras. Las heladas abrieron las grietas y el viento removió el material suelto. Así han resultado espectaculares esculturas rocosas, algunas de las cuales continúan cambiando y erosionándose.


Un regalo de la naturaleza con una extensión de más de 300 km2 donde se rodaron escenas de películas como Indiana Jones y Thelma & Louise.


El arco más famoso y emblemático del parque es el Arco Delicado. No es el mayor, pero por su ubicación es una de las mejores vistas.



miércoles, 23 de septiembre de 2026

Julia de Castro: Justicia de Yolanda Trancho

 



 

El libro que hoy os propongo es un thriller policiaco con la particularidad de que su autora, Yolanda Trancho, sabe muy bien de lo que escribe y lo que quiere dar a conocer al lector, no en vano ha trabajado durante largos años en la Unidad de Delitos Violentos y Sexuales de la policía; por ello y antes ya de abrir el libro, tenemos la certeza de que nos vamos a encontrar con la realidad más dura y descarnada, historias que suceden todos los días en nuestras calles y de las que, a veces, nos enteramos por la prensa o el telediario, pero de esa manera fría y alejada con la que nos permitimos mirar el lado oscuro cuando no nos afecta en primera persona y queremos mantener la ilusión de seguridad y normalidad en nuestras vidas.

Justicia nos presenta el trabajo diario y soterrado de un grupo de policías que investigan las sorprendentes muertes de autores de delitos violentos en Barcelona, lo que los va a llevar a tener que hacer frente a sucesos inexplicables y fuera de toda lógica y, tal vez, a enfrentar los más oscuros y recónditos secretos de sus propias vidas.

Ante hechos como los que se pueden leer en Justicia, a mí me da por pensar que, tal vez no haya más remedio que mirar de frente a nuestros propios fantasmas y dejar de lado algunas de las ideas preconcebidas que configuran toda nuestra vulnerable realidad para seguir avanzando en el camino que nos toca transitar.


Julia de Castro

Mi primavera en libros

Abril 2021