jueves, 2 de diciembre de 2021

Amantes de mis cuentos: Catábasis

 


 

Tenía un porte soberbio a sus ochenta años. Consultaba su reloj cada cinco minutos. Una sombra la cubrió y pensó que la iban a secuestrar. No. Solo querían darle un beso.

 

―¿Cómo estás, mamá?

 

Levantó la cabeza. Esa voz la tenía muy dentro en su corazón.

 

―Bien ―miró a su alrededor y confesó― Nuestro hijo no viene a verme.  

 

Había enviudado veinte años atrás. Una mañana se cayó de la forma más tonta y se rompió la cadera. Le quedó una pequeña cojera que disimulaba con un bastón. Hubo que contratar a una persona. Al principio se la veía contenta. Pero un fin de semana encontró a la joven en la puerta de su casa:

 

―Su madre no me permite entrar.

 

Estaba sentada en su sillón favorito. Al verla gritó:

 

―Sinvergüenza. Pretendes acostarte con mi marido.  

 

El avance de la enfermedad fue como descender por una escalera con descansillos.

 

 © Marieta Alonso Más

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miércoles, 1 de diciembre de 2021

Amantes de mis cuentos: Batiburrillo

 



Nací con el don de lenguas. Mi madre era francesa, mi padre español, un abuelo inglés, una abuela alemana, otro abuelo ruso, otra abuela griega. A eso habría que sumar dos bisabuelas italianas, dos judías, dos bisabuelos suecos, dos nigerianos. No quise entretenerme con los tatarabuelos ya que muchos rumores indicaban que habían sido piratas, vikingos o bárbaros.

El caso es que siendo un bebé ya surcaba los cielos en aviones, avionetas, helicópteros…, visitando a la familia. Y confieso que siento terror a las alturas. En lo único que quizás podría sentirme cómodo es en los globos, pero no he tenido el coraje de comprobarlo.

Además, por mi trabajo viajo constantemente. El último vuelo fue demencial. Con tantas turbulencias pensé que eran mis últimas horas de vida. Me tapé la cabeza con esa manta que te ofrecen los aviones que no llega a cubrirte por completo y le pedí a Jesús, en arameo, para que no perdiera tiempo en traducir, que tuviera misericordia de mí, que la muerte fuera instantánea, que no la viera venir, que no sufriera. Os lo ruego.

Un ruido de espanto tronó en mis oídos. Noté que unas manos toqueteaban mi tersa barriga, no eran insinuantes, no te hagas ilusiones, me dije; pretendían quitarme el cinturón de seguridad. Me destapé el rostro y una preciosa mujer me incitaba a salir rápido de allí, teníamos la suerte de estar al lado de la salida de emergencia. No tuvo necesidad de repetírmelo. Abrió la puerta. Allí estaban los equipos de rescate. Venían con un colchón y nos gritaban que nos tirásemos sobre él. Ella me empujó y los dos caímos uno encima del otro. Nunca me había visto en esa deliciosa postura, pero duró poco. Nos animaban a ponernos en pie a toda prisa. Detrás venían cayendo otros pasajeros.

Fue mi día de suerte. No morí. ¡Ni siquiera un rasguño! Solo me dejé atrapar por esa valiente mujer que me salvó la vida, a la que nunca más he vuelto a ver, y sin embargo, sigue presente en mis sueños.

 

© Marieta Alonso Más

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lunes, 29 de noviembre de 2021

Cristina Vázquez: El buen dormir

 


Siempre fue nerviosa. Ya lo decía su madre que desde niña siempre durmió mal.

A Matilde le alteraban el sueño la luz de las farolas, o el ruido de los transeúntes al pisar la alcantarilla, o los maullidos de Pandolfo, que la niña afirmaba doctoral eran almitas del purgatorio.

—Delicadezas de princesa tiene mi hija —afirmaba contundente la madre a sus compañeras de costura en el taller donde trabajaba.

Y sin duda, delicada resultó Matildita para el dormir. En cambio, aunque nunca perdió su aire doctoral, al crecer, este se fue suavizando en una cara de simpáticos hoyuelos, nariz respingona y una expresión de pícara inteligencia en los ojos. Además, fue una estudiante aplicada que le permitió licenciarse en Geografía y con tal motivo pretendía recorrer mundo para conocer los accidentes geográficos en su esencia, aseguraba pomposa.

Consiguió una beca para venir de su Chile natal a estudiar a la madre patria. Antes de empezar el curso se fue a vivir a casa de unos parientes en Galicia, lugar nombrado tantas veces con melancolía por la madre, que adornaba esa tierra con todas las virtudes y bellezas que recordaba de su infancia.

Y allí apareció la chilenita, como la llamaron desde el primer momento, causando curiosidad y sorpresa a los del pueblo. La tía abuela Jacinta la instaló en el mejor cuarto del primer piso de su vivienda. Una habitación aseada y llena de recuerdos, algunos de su madre. Una habitación que Matilde sintió como propia nada más entrar.

Agotada, se acostó en la cama un poco húmeda en el que se mezclaba el olor a espliego y a lejana boñiga de los animales. Una cama blanda, acogedora, en la que esperaba soñar y soñar. Pero al apagar la lámpara, pese al antifaz que siempre se ponía para que no le molestara la luz y los tapones en los oídos, una claridad intermitente e intensa que se colaba bajo las contraventanas, y el ruido de los cascos de los animales por la trocha le impidieron dormir.

A la mañana siguiente, la cara de desolación de la tía Jacinta al ver lo demacrada que estaba la sobrina, era sincera.

—¡Ay! pobre Matildiña, después del viaje tan largo, no dormir —le decía pesarosa—.

Es una faena.

De repente, se le iluminó la expresión a la anciana mujer y afirmó que tenía la solución. Llamó a una vecina y dio unos recados. Le dijo a la chilenita que no se preocupara que todo tenía remedio.

—Ya verás como sí —y una sonrisa algo desdentada iluminó la cara de Jacinta.

Al cabo del rato llamaron a la puerta y apareció un mocetón cumplido. Alto, rubio tirando a rojizo, con una suave pelusilla en los brazos y unos ojos de un azul tan intenso, que parecían haberse bebido el mar.

—Este mozo es Luisiño, el más seguro de la comarca. Te dará un paseo en su barca y dormirás.

Matilde no entendía la relación entre el dormir y la barca, pero se fue encantada con el hombretón que enseguida la enlazó por la cintura guiándola con seguridad hacia el faro. Se pararon un momento a contemplar la increíble torre que aún alumbraba desde los romanos, le dijo él.

—La Torre de Hércules —añadió ella con su encantador aire doctoral y una mirada apreciativa al faro y al hombre

—Tú vas a dormir bien —le aseguró sonriente Luis— y no volverás a irte lejos, porque si no yo tendría que subir a lo alto para llamarte a través de la mar océano y no quiero.

El hablar suave, las cosas sorprendentes que le iba contando y su presencia firme, dulce y próxima, le dieron una flojera a Matilde que ella interpretó como efecto del cansancio y el cambio de horas.

Al llegar al pie del faro, una barquita pintada de verde se balanceaba esperando a su dueño, pero la joven aseguró que se sentía incapaz de subirse a ella pues se marearía.

—No te preocupes, bobita, ese dulce balanceo no marea, pero tengo una cabaña ahí abajo, también de tiempos romanos, donde estaremos tranquilos.

Tranquilos no estuvieron, pues el dulce balanceo fue de otro oleaje y cuando Luis la tocó en el hombro ya era de noche y entraban las ráfagas de luz del faro por debajo de la puerta.

—Ya te dije que dormirías.

La vieja Jacinta en su casa, se acababa un puro sentada cerca del fuego con una comadre.

—Ya lo sabía yo que Luisiño la haría dormir —escupió una hebra de tabaco—. Espero que acepte el dinero pactado, porque son muchas las horas que lleva con la chilenita. Pero es que no hay nada peor que no dormir. Si lo sabré yo.

Y se arrebujó en el chal mirando cómo las llamas se iban consumiendo.

© Cristina Vázquez

sábado, 27 de noviembre de 2021

MJ Pérez: El amor más importante

 

No sé en qué momento me di cuenta de que tú eres la persona que de verdad necesito a mi lado. Eres quien me hace feliz, quien me da las fuerzas para seguir adelante, quien siempre está conmigo y nunca me deja atrás. Tú no pasas por mi vida, tú eres mi vida, y sé que nunca estoy sola si tú estás aquí.

Tú has pasado a ser lo primero en lo que pienso al despertarme y mi último pensamiento antes de irme a dormir cada noche. Eres mi fuerza, mi compañía y quien me sostiene. Me das fuerzas, me sumas voluntad cuando más la necesito. Tus ojos, brillantes y llenos de sueños, me dan valor, tu fuerza me empuja y sé que nunca me faltarás.

Vuelvo a mirarte una vez más. Como hago cada vez que tengo la oportunidad. Hoy estás despeinada y con cara de no haber tenido la mejor noche. Ayer dormimos poco. Pero tu sonrisa no se apaga y yo te la devuelvo a la vez. Alargo la mano y toco la pulida superficie del espejo. Si estamos juntas, puedo con todo.



Porque tú, mi reflejo, eres el amor más importante que necesito. Porque sé que mientras te quiera tanto como tú me quieres a mí, puedo con todo lo que venga y vendrá. Juntas podemos.

 

Lo podemos todo

 

 

 

© MJ Pérez

jueves, 25 de noviembre de 2021

Lugares de peregrinación: San Andrés de Teixido (Galicia)

 


Famoso santuario, situado en un enclave espectacular muy próximo a unos de los acantilados más altos de Europa con vistas al océano Atlántico, donde se puede oír el viento y las olas batir contra las rocas. Lo encontraréis en Cedeira, provincia de A Coruña, ya que pertenece a la comarca de Ferrolterra, en las rías altas gallegas.

Allí «va de muerto quien no fue de vivo». Y es que según la leyenda Andrés, el apóstol, como buen pescador, llegó a San Andrés de Teixido por mar. El batido oleaje del Atlántico condujo su barca contra los descomunales acantilados y allí quedó petrificada, asomando la quilla para que podamos ver, hoy en día, lo que a simple vista es una roca inmersa en el océano.

Jesús le encomendó este lugar al santo, donde se asentó y levantó su templo gótico de estilo marinero. A cambio de habitar en una serranía tan remota, el Señor le prometió que todo el mundo habría de peregrinar a su lugar de culto, comprometiéndose incluso a que aquellos que no lo hiciesen en vida acudirían a San Andrés de Teixido, reencarnado en animal, tres veces, antes de entrar en el Reino de los Cielos.

Los romeros tenían y tienen la costumbre de dejar una piedra en los «milladoiros», túmulos de piedras, que se encuentran en lugares determinados: cerca de un santuario, cruce de caminos, parajes sagrados… Las piedras de los milladoiros, dice la leyenda que: «hablarán en el Juicio Final» para decir qué almas cumplieron con la promesa de ir a San Andrés.

En las cercanías, al lado de las cuestas de bajada al santuario se conservan más de media docena de milladoiros, formados por miles y miles de piedras que los peregrinos han ido depositando a lo largo de los siglos.

Se cree que la peregrinación a Teixido comenzó​ a partir de la Edad del Hierro, durante la cultura castreña, aunque de hecho el primer registro de la existencia de peregrinación aparece en el año 1391, en el testamento de una señora de Vivero, cuyo original en gallego antiguo dice así:

Iten mando yr por min en romaria a Santo Andre de Teixido, porque llo tenno prometudo, et que le ponnan enno seu altar hua candea commo he hua muller de meu estado. (original en gallego, 1391).

Hago ir por mí en romería a San Andrés de Teixido, porque se lo tengo prometido, y que le pongan en el altar una vela del tamaño de una mujer de mi estado. (traducido al castellano).

A San Andrés de Teixido hay que ir preferiblemente en vida. Es más seguro. Para aquellos, que por desconocimiento, incredulidad o pereza no lo hacen, recuerden que tendrán que ir después de muertos. Es por ello que en el camino de San Andrés de Teixido encontramos especies animales de todo tipo, y los vivos deben tener cuidado al pisar para no interrumpir a las almas en peregrinación.



martes, 23 de noviembre de 2021

Emelina López: Yambambó



Canto negro: Yambambó

Autor: Nicolás Guillén

Soprano: Emelina López Morejón


La música es el arte más directo, entra por el oído y va al corazón.


domingo, 21 de noviembre de 2021

Tratado de los Toros de Guisando

 

De Cruccone - Trabajo propio, CC BY 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=12758047


En 1464 Castilla vive tiempos convulsos. Por aquel entonces era rey Enrique IV de Trastámara. Un grupo de nobles castellanos espoleados por Juan Pacheco, marqués de Villena y Maestre de Santiago, se rebeló con la intención de hacer abdicar al rey y deponer a su valido, Beltrán de la Cueva. Los nobles rebeldes llegaron a realizar una ceremonia, la Farsa de Ávila de 1465, en la que depusieron simbólicamente a Enrique IV y entronizaron en su lugar a su medio hermano Alfonso. La muerte del infante en julio de 1468, complicó el panorama, y convirtió a Isabel, en la candidata de los nobles rebeldes.

Sin embargo, la infanta prefirió, en principio, no tomar el título regio, pero sí el de princesa y pactó con Enrique. Ambos se reunieron en el cerro de Guisando, muy cerca de la actual localidad abulense de El Tiemblo, en una venta donde hoy, en la explanada por donde discurría la cañada real, se ve un conjunto de toros o verracos de piedra de origen prerromano. El rey llegó desde Cadalso, la infanta desde Cebreros, tal y como detallan las crónicas.

El pacto fue firmado el 18 de septiembre de 1468, siendo ratificado al día siguiente. Por tal jura, Isabel fue proclamada princesa de Asturias y reconocida como heredera de la Corona de Castilla. El matrimonio de la princesa debía realizarse solo con el consentimiento previo del rey. Juana, la hija de Enrique IV, quedaba desplazada de la posible sucesión, al declararse nulo el matrimonio del rey y la reina.

Sin embargo, la boda de Isabel con Fernando, el heredero del trono aragonés, celebrada en 1469 en Valladolid y que no contaba con la aprobación del rey, motivó el repudio de la Concordia por Enrique IV. El rey reconoció nuevamente los derechos de su hija Juana en la Ceremonia de la Val de Lozoya, el 25 de noviembre de 1470.

Con la muerte de Enrique IV comenzó la guerra civil por la sucesión. Y ya se sabe que venció la futura reina católica, Isabel.

Algunos historiadores del derecho discuten la veracidad del Tratado de los Toros de Guisando, dado que no se ha conservado ningún documento original. Lo que sí nos han llegado copias como la conservada en el Archivo de la Casa de Villena, Fondo Frías del Archivo Histórico Nacional de Pares. Y es que el marqués de Villena fue uno de los principales artífices de este pacto, por lo que resulta verosímil que una copia se guardara en el Archivo de su casa.


            Isabel de Castilla          Enrique II de Castilla