viernes, 23 de julio de 2021

Juan Ángel Juristo: Virginia Woolf. Diarios 1925-1930

 

Virginia Woolf, la vida es un soplo en una llama

Virginia Woolf
La escritora Virginia Woolf cuando tenía 20 años. / Wikipedia

Salvo el caso de Flush, que se publicó en Destino en la década de los cincuenta y Una habitación propia que publicó Seix Barral en 1967, la obra de Virginia Woolf se editó entre nosotros sólo tras la muerte de Franco, y no es descabellado suponer que las entonces incipientes plataformas feministas tuvieron mucho que ver con la rápida traducción y edición, por parte de Lumen (ay, Esther Tusquets, cómo se te echa de menos) de las obras de una de las grandes escritoras del siglo XX. Pero había una laguna que sólo ahora parece rellenarse, una ausencia casi imperdonable habida cuenta de que muchas de las obras de la autora británica se han reeditado de manera constante en estos treinta años, aprovechando el tirón mediático, como la reedición de La señora Dalloway cuando se estrenó el film Las horas, que dirigió en 2002 Stephen Daldry con música de Philip Glass e interpretada por Nicole Kidman, Meryl Streep Julianne Moore y las sucesivas tiradas de Una habitación propia y Tres guineas, ensayos donde Virginia Woolf expone su ideario de la libertad femenina, incluída una ingenua posición ante la guerra con la esperanza de que fueran las mujeres las que acabaran con la lacra. Esa ausencia imperdonable es la edición de los Diarios de la autora británica que parece que se va a hacer cargo la editorial Tres Hermanas: a lo largo de algunos años se publicarán los cinco tomos de los que constan y ahora, a finales de este mes, saldrá el primero de ellos, que abarca los años que van desde 1915 a 1918 en traducción de Olivia de Miguel y prólogo de Inés Martín Rodrigo. Laguna imperdonable que esperamos quede anegada con una edición impecable.

Porque hasta ahora la publicación fragmentaria de los Diarios de Virginia Woolf ha sido un tanto caótica, por emplear una palabra amable. Los Diarios constan de casi treinta cuadernos que se conservan desde 1979 en la Biblioteca Pública de Nueva York y son prácticamente la única obra que Virginia Woolf quiso salvar de su casa londinense de Tavistock Square antes de que la destruyera los bombarderos alemanes en 1940. Este material ha sido tratado en las ediciones anglosajonas de dos maneras: Leonard Woolf hizo una selección de los Diarios de su esposa y destacó sólo aquello que tenía que ver con sus reflexiones literarias. Llamó a éstos Diarios de un escritor y fue una de mis primeras experiencias de lectura de la escritora británica en la versión francesa de Editions du Rocher bajo el título de Journal d´un ecrivain. Leonard Woolf publicó aparte La muerte de Virginia, texto más breve que trata de los últimos días de la vida de su mujer antes de que se suicidara ahogándose en el río Ouse. Por su parte, Anne Olivier Bell editó en cinco volúmenes los Diarios en 1977 en la Hogarth Press, que hay que decir no están completos del todo a pesar de su ingente material y que es la versión que publicará Tres Hermanas en español aunque la publicidad inherente a estos casos se empeñe en lo contrario.

Hasta ahora, salvo la edición de Siruela que reproduce en su integridad el tomo tercero de los Diarios, es decir, los que comprenden los años que van de 1925 a 1930, han sido parciales, cosa que no debe importar siempre que se diga que no recogen los textos completos. No ha sido así, desde la traducción de Justo Navarro, con el título de Diario íntimo, hasta la llamada Hogarth House, 1915-1921, traducida por Antonio Merino, Inma Arrillaga y Sara Múgica, que es casi una mera repetición de la versión de Navarro, las versiones españolas han sido traducciones de fragmentos y es ahora, con la proyectada edición de Tres Hermanas donde se aborda la edición completa de Anne Olivier Bell.

Virginia Woolf
Portada de los ‘Diarios’ de Virginia Woolf que publicara hace un tiempo la Editorial Siruela

La introducción es del sobrino de Virginia Woolf, Quentin Bell, autor de una celebrada y primeriza biografía de su tía, y la edición de la mujer de éste, Anne Olivier, que en muchas ocasiones ha declarado que cree que todo lo que se anota en esos Diarios de la tía de su marido no se ajusta a la realidad. En realidad la cuestión, aunque importante para la familia, nos importa poco porque lo interesante de estos textos son justamente el modo en que percibía las cosas la autora de Las olas, una de las narraciones más curiosas que nos haya sido dado leer, como bien dejó constancia en un bello ensayo su traductora al francés, Marguerite Yourcenar.

Parece ser que la edición respeta la grafía de la autora, que anotaba “&” y no “y” cuando quería describir situaciones cotidianas y se reservaba esa “y” para reflejar momentos más elevados. La Yourcenar, con su tremenda lucidez, afirma que Virginia Woolf era una mística y que no lo sabía. Como los místicos, la verdad es que proyectaba estados de ánimos en cosas materiales, como la manía del grafismo, y lo cierto es que la mente de esta mujer, depresiva, bipolar que se dice ahora con especial falta de rigor, que veía la vida y sobre todo el Tiempo como una secuencia llena de atmósferas, de tono, fue capaz de detectar como pocos el espíritu de su tiempo y, desde luego, el irrepetible, el suyo, transfigurando el mundo, dándonos un buen ramillete de obras maestras.

Hora es ya de sumergirse en su intimidad.


Juan Ángel Juristo

Cultura Libros


 10 de noviembre de 2017

miércoles, 21 de julio de 2021

Blanca del Cerro: Apareció la Justicia

 



        Apareció la Justicia, como surgida de la nada, con la frente alta, el corazón rebosante y una espada en la mano, y miró a su alrededor. Tenía el aspecto de un hada e incluso de una diosa. Pese a sus ojos vendados, contempló una espesura negra y quedó envuelta en un gran silencio. Todo lo que la rodeaba se había cubierto de intriga, aunque no le dio excesiva importancia pues, allí por donde pasaba, solían plantearse problemas y, en la mayoría de los casos, encontraba soluciones. Y siempre vencía. Por algo era la Justicia.

        Pero aquella tarde era demasiado negra, o demasiado espesa, y se pegaba a la piel como nunca le había sucedido. Algo pringoso y sucio pululaba en el aire. Su larga cabellera se desparramaba al viento.

        Jamás supo cómo, de algún lugar oculto surgió un dragón con los ojos rojos y la atacó sin esperarlo, aunque la Justicia estaba preparada para tales contingencias. Se había curtido en muchas batallas. Iba a ser una pelea fácil porque aquel no era rival para ella, pero tras el monstruo apareció un segundo dragón de ojos morados, y la pelea empezó a complicarse. Por muchos golpes que asestara, eran dos los enemigos y no iba a resultar tan sencillo como cabía esperar.

Los golpes caían y las fuerzas se debilitaban. La Justicia luchó como nunca sin ayuda de nadie y, a punto de vencer, apareció un tercer dragón con los ojos amarillos y rojos y la pobre se vio acorralada. Pese a todo, la Justicia levantó su espada y continuó enfrentándose a ellos. Ella sola contra tres rivales. Los cobardes siempre necesitaban unirse porque solos no eran nadie.

La lucha se prolongó durante horas que parecieron interminables, pero solo era una cuestión de tiempo: sus enemigos lo sabían.

Los golpes cayeron y cayeron uno tras otro, y la Justicia, cada vez más débil y triste, dobló las rodillas y, finalmente, se desplomó en un rincón sola, herida y abandonada. Y allí permanece agonizando a la espera de que alguien vaya a socorrerla.

 

© Blanca del Cerro

 

#cuentosparapensarBlancadelcerro

 

lunes, 19 de julio de 2021

Liliana Delucchi: El ausente

 


Quizás a usted le llame la atención lo que voy a contarle, señora, porque viene de la capital y le parecerá rara esta historia, pero sepa que en las ciudades de provincia nos conocemos todos, al menos los que vivimos en los barrios cercanos al río. Dígame si le tiro mucho, no estoy acostumbrada a tratar con cabellos tan dóciles como el suyo.

La Esmeralda trabajaba en una de las más antiguas librerías. Ella conocía las letras, ¿sabe?, una de las pocas de su generación que había aprendido a leer, por eso la emplearon, y según afirmaba había leído algunas novelas. Yo mucho no me lo creo, porque a la pobrecita le faltaba algún que otro tornillo, aunque guapa, sí que era. Muy guapa. Cuando iba por la calle parecía una princesa, tan alta y rubia, con unos ojos azules como los suyos, señora, cristalinos y profundos. La chica noviaba desde que era una adolescente con el Jacinto, un mozo bastante atractivo pero muy bruto. No tenía modales, señora, usted no lo hubiera empleado ni para limpiar el establo. Pero a ella le gustaba, no sé si por costumbre o porque se lo habían ordenado sus padres, porque los de él tenían una forja y ganaban bastante dinero.

La cuestión es que un día aparecieron un montón de máquinas junto al río, iban a hacer no sé qué obra y con los armatostes llegaron unos hombres de la capital. Ingenieros, decían. El jefe era apuesto, bien vestido, como todos ustedes, los de la capital, de los que se levantan el sombrero para saludar a una dama. Estábamos encantadas, nos hacía sentir importantes y todas las mujeres le sonreíamos o dábamos alguna manzana cuando volvíamos del mercado. Y claro, el hombre, culto como debía de ser, fue a la librería. Y conoció a la Esmeralda. Dicen que fue amor a primera vista.

––Me tira un poco aquí ––dijo la señora, y se acomodó un mechón. –– Y entonces, ¿qué pasó?

Disculpe. Que empezaron a verse. En El Espolón, a la vista de todos. La muchacha quería lucirse ante sus vecinos andando con ese señor elegante, pero Jacinto se enteró y aunque a él no le importaba, porque se decía que andaba con otra de un pueblo cercano, al padre de él sí. Le pareció una afrenta y una tarde fue donde estaban las máquinas y pidió hablar con el jefe. Dicen que lo amenazó, que le soltó un montón de improperios y que le gritó que dejaba a la chica o recibiría una paliza por parte de sus hombres. Parece que el herrero tenía un montón de operarios fortachones que le eran muy fieles, ¿sabe usted?

Pero el ingeniero no se acobardó. Le dijo que amaba a Esmeralda y que no renunciaría a ella. Y vino la paliza. Tres costillas rotas y un pie que parecía que lo había arrollado un tren. Intervino la policía y detuvieron a los maleantes, sin embargo, el padre del Jacinto quedó en libertad.

––¿Cómo que quedó en libertad? ¿El ingeniero no denunció las amenazas? ––pregunta la señora desde el espejo.

Eso no lo sé, señora, porque nosotros a la policía ni acercarnos. Lo que sé es que a la pobre Esmeralda la echaron de la librería. Parece que el Jacinto, o su padre, amenazaron al propietario y la chica se puso a servir, aunque no duró mucho. Ya sabe lo que son los hombres con las criadas bonitas…

––No. No lo sé.

Disculpe, señora, me imagino que entre la gente de su clase no sucede, pero aquí, se aprovechan de ellas. Bueno, pero sigo con mi historia, que aunque es un poco truculenta, tal vez la entretenga mientras le cepillo el pelo.

Una mañana, sería enero o febrero, no recuerdo, porque venteaba y había caído mucha lluvia, encontraron el cuerpo sin vida de la muchacha. Allí, en El Espolón, con la ropa sucia y rajada, sin abrigo y la cara inflada a golpes. Dicen que el ingeniero lloró sobre su cadáver y que días después la siguió al Más Allá. La policía no informó sobre cómo lo hizo, pero en los periódicos escribieron eso de «encontró la muerte por su propia mano». Aquí no se investiga mucho, señora, los caciques heredan el poder de unos a otros.

Lo único que sé es que los días de ventisca y lluvia nadie se acerca a El Espolón. Todos afirman haber visto a un hombre bien trajeado y con abrigo que lo recorre, de una punta a la otra y que se detiene a sollozar justo en el lugar donde encontraron el cuerpo sin vida de la Esmeralda. Luego se interna en la niebla del final del paseo.

© Liliana Delucchi

sábado, 17 de julio de 2021

Paula de Vera García: No nos rendiremos (Ban y Elaine)

 


Aquella noche, el bosque de Benwick dormía como si fuera cualquier otro día que llegaba a su fin. Las hadas que debían reposar se recogían en sus pequeños huecos, mientras las guardianas se mantenían alertas en sus posiciones. Aunque estas no eran las únicas que no podían, o no querían, conciliar el sueño.

―Eh, Ban…

Al escuchar aquella voz a su espalda, el meditabundo rey de Benwick se giró apenas para observar a la recién llegada; al menos, antes de dejarse abrazar por la espalda como a él le encantaba. Sin embargo, apenas tuvo humor para devolverle una sonrisa carente de alegría a su preciosa esposa cuando esta le apoyó el mentón en la barbilla.

―¿Qué ocurre, Ban? ―preguntó Elaine, solícita―. ¿No puedes dormir?

Tras dudar unos segundos que se hicieron eternos, el monarca negó con la cabeza y apartó la vista de nuevo hacia el exterior de la ventana… Hacia su reino.

―Hoy hace un año de su desaparición ―musitó, en cambio.

A su espalda, notó cómo la reina hada que era la luz de todos sus días se tensaba por un instante.

―Sí... ―suspiró ella, sin ser capaz de decir nada más―. Parece que hace una eternidad. Y, a la vez, parece que fue ayer cuando…

El hada calló y el hombre apretó los labios, conteniendo la tristeza a duras penas. Un año, y aún no lo habían encontrado. ¿Dónde estaría? Elaine, por supuesto, leyó en su mente de inmediato como en un libro abierto. Quizá por ello, unos segundos después, susurró―. ¿Sabes? A pesar de todo... Algo me dice que Lance está bien. 

Ban inspiró hondo, sin saber si creerlo también o no.

―¿Tú crees?  ―preguntó al final.

Elaine reacomodó su barbilla sobre su hombro antes de responder, en voz queda, pero convencida:

―Desapareció con Jericho. Si ambos están juntos, estoy segura de que a Lance no le pasará nada. 

Ban suspiró.

―Ojalá tengas razón ―rezó, en voz muy baja aunque audible para ella―. Pero... Aunque...sigo sintiendo que, en parte, lo he decepcionado.

―Ban, no digas eso ―le suplicó Elaine de inmediato, apartándose para cambiar de posición y sentarse desnuda sobre su muslo izquierdo, que él mantenía flexionado al estar sentado junto al alféizar―. Él quiere que te sientas orgulloso de él. Quiere ser como tú eras ―insistió entonces Elaine, tomándole el rostro con las manos―. Sé que no persigue otro objetivo. Confía en mí.

Ban ladeó la cabeza y mostró media sonrisa amarga, al tiempo que rodeaba la cintura de ella con un brazo amoroso.

―Quizá debería habérselo dicho más a menudo ―susurró, nostálgico, mientras recordaba la noche antes de su desaparición. Tragó saliva cuando sintió que un desagradable nudo de derrota buscaba apoderarse de nuevo de su garganta―. Ojalá... Hubiera podido saberlo... 

―Ban ―Elaine se inclinó para apoyar la frente en su barbilla, silenciándolo sin violencia―. No pienses eso ¿de acuerdo? Lo encontraremos algún día, no nos rendiremos. Me lo prometiste. ¿Te acuerdas? 

Ahí sí que Ban la miró con media sonrisa enamorada. Por supuesto que lo recordaba. Esa… y todas las promesas que le había hecho en el pasado y siempre se había asegurado de cumplir. 

―De eso no te quepa la menor duda, mi amor ―le tomó las pequeñas manos entre las suyas, enormes en comparación, y besó el dorso de sus dedos―. Juntos podemos superar lo que haga falta. 

Elaine sonrió a su vez y, despacio, lo besó con brevedad, pero con infinita ternura. Al menos, antes de bajarse de sus rodillas e invitarlo a acompañarla de nuevo a la cama. 

―Vamos, mi amor. Mañana será un nuevo día y seguiremos buscando ―le ofreció―. ¿Te parece?

Ban la observó unos instantes, como si dudara de si debía hacerlo o no. Pero, tras observar su expresión cargada de amor y bondad, el rey humano de Benwick optó por rendirse y dejarse acoger en su abrazo, yaciendo ambos entre las suaves hojas del lecho que llevaban compartiendo casi once años. Todo mientras en su mente retumbaba, una y otra vez, la promesa silenciosa que hizo el día que él desapareció… y a la que Elaine se había encargado de devolver la pasión y la intensidad:

“Pase lo que pase, Lancelot. Te lo juro. Te encontraré y te traeré de vuelta a casa”.

 

Historia inspirada en Ban & Elaine, personajes de “Seven Deadly Sins” / “Nanatsu No Taizai”

Imagen: Evolución de la relación de Ban y Elaine versión chibi, Pinterest

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jueves, 15 de julio de 2021

Nuevo Akelarre Literario nº 70: Bodegón



La dulzura de la fruta

Las frutas hacen volar la fantasía de nuestras cuentistas a situaciones tal vez inimaginables. A partir del bodegón de colores que abre este mes nuestro camino a las letras, ellas han encontrado una mujer que espera a que su esposo regrese de la mar, una anciana que comparte su amor por la pintura, un abuelo que cuida un peral o una joven que ansía la libertad.

Deseamos que el mismo gozo que produce una fruta lo encontréis leyendo nuestros cuentos.


Pinchad en el link

https://www.nuevoakelarreliterario.com/bodegon/ 

miércoles, 14 de julio de 2021

Julia de Castro: En los ojos del rey de Sonia Martínez Martínez

 



Según su autora: En los ojos del rey es una novela histórica pero no un tratado de historia. Es una autobiografía novelada con todo lo que ello implica.

Esta novela nos acerca a la vida de Alfonso XIII hasta su salida de España y la proclamación de la Segunda República, a través de las propias confidencias del monarca destinadas a Juana Alfonsa Milán y Quiñones de León, hija del rey y de Beatrice Noon, nanny irlandesa de los hijos nacidos de su matrimonio con la reina Victoria Eugenia de Battenberg.

Juana fue reconocida poco antes de la muerte de Alfonso XIII mediante un codicilo secreto a su testamento, junto con otros dos hijos nacidos de su larga relación con la actriz Carmen Ruiz Moragas: Leandro Alfonso y María Teresa.

Juana Milán mantuvo una estrecha relación con su padre una vez este partió para su exilio, tanto es así que en Ginebra, había comentarios sobre la posible nueva amante del Borbón, sin pararse a pensar en el extraordinario parecido entre ambos.

En las páginas de esta novela asistimos, desde una ventana privilegiada, tanto a la preocupación del monarca por la forma en que pasaría a la historia: “como el rey que regeneró su patria o si finalizaría sus días en el exilio”, como a la relación que mantuvo con la vida política de su época, el apoyo fallido a la dictadura de Primo de Rivera y los consejeros, más bien aduladores que le rodearon.

A la vez que, la autora nos invita a inmiscuirnos en la privacidad del protagonista: sus devaneos amorosos; su gusto por las juergas nocturnas y los saraos; su incapacidad de mantener fidelidad a ninguna mujer; la difícil relación con Victoria Eugenia tras los primeros meses de su matrimonio y en especial, después del nacimiento de su primer hijo Alfonso, heredero a la corona y hemofílico, terrible enfermedad de la que Ena era portadora; su apasionado y duradero amor por Carmen Moragas que le ofrecía lo que la reina no podía, una vida sexual acorde a sus gustos proclives a la lujuria y la sicalipsis, e hijos sanos.

Es una trama que engancha no sé si por lo cercano que podemos sentir al personaje o por el morbo que la vida íntima de los Borbones suscita y más aún en estos tiempos en los que, el Rey Emérito ha vuelto a traer el olor rancio de una dinastía con larga y controvertida trayectoria a nuestras vidas.

 

© Julia de Castro

Mi invierno en libros 2021

martes, 13 de julio de 2021

Malena Teigeiro: Húmedos amaneceres

 


Siempre iba solo. Siempre a esa hora de la madrugada próxima al esplendor de la luz del día. En ese momento en que el resol hacía brillar la humedad del suelo convirtiéndola en un espejo. Entonces ya se habían retirado ellos. Pendencieros, bulliciosos, borrachos. Le habían amargado la vida y ahora ya solo le queda sentarse a esperar.

Aquel día, sorprendido, vio que habían cambiado los bancos. Ahora eran modernos, quizá más cómodos. Pero diferentes. Ellos no se sentarían, meditó. Pero él, sí. Sacó un pañuelo y limpió el relente. Se sentó colocando las puntas de la gabardina sobre las rodillas. Últimamente le dolían las piernas. Desde allí no veía el río. Lo cierto era que desde los otros bancos tampoco. Daba igual. Como todos los días él esperaría allí, sentado. Quizá ella apareciera.

La quiso desde el primer momento. Desde el instante en que la vio, bajita, delgada y con unos profundos ojos negros, tan grandes que parecía que se le iban a salir de la cara. También era simpática. Y alegre.

Sin embargo a sus amigos nunca les gustó. Le advirtieron sobre la joven. Envidia, sonreía su corazón mientras los oía aparentemente atento. Le dijeron que tuviera cuidado, que era díscola, inquieta, con amistades no muy recomendables. También que su padre, de profesión militar y viudo desde poco después de nacer ella, presumía de atarla corta, de que con él no podría. Si la conocieran bien, no dirían esas cosas, se dice para sí. También le hablaron de su madre. Le contaron varias historias que habían hecho sufrir a su esposo. Pero a él qué podía importarle lo que hubiera hecho o cómo hubiera vivido una suegra muerta hacía ya tantos años. Sin embargo, ellos le insistían en que Cecilia se parecía a ella.

Nada le importó y, después de un noviazgo muy corto, se desposaron en la catedral.

Al principio la veía contenta, feliz. Pero no tardó más de dos meses en volver a salir con ellos. Cuando se iba, si él ya había vuelto, lo abrazaba como si le costara mucho trabajo dejarlo solo. Que no se preocupara, decía besándolo mimosa. Que solo se iba un ratito con sus amigos de toda la vida. Para ella eran los hermanos que nunca tuvo. Después, comenzó a dejar de cenar en casa. A llegar de madrugada.

––Si solo lo hago los fines de semana ––sonreía con el ceño fruncido.

Ya por entonces comenzó a vestirse raro. Sí. Comenzó a vestir faldas largas de colores brillantes. Dejó de usar sus finos y elegantes zapatos por unas sandalias de tiras de cuero. Cuando llegó el invierno se calzó unas botas negras, grandes, viejas.

––Parece que te calces para conducir las ovejas ––le dijo sonriente.

Por la expresión de su rostro supo que no le gustó.

Una tarde su hermano pequeño entró en el despacho sin avisar. Sentado en una silla delante de él, sin sacar las manos en los bolsillos, le contó que le habían dicho que la vieron cantando con unos amigos en El Espolón. Y fue a comprobarlo y era cierto. Añadió que uno de los jóvenes, el que tenía los cabellos ralos, parecía ser algo más que su amigo. Tenía que ser alguien que se le parecía, le contestó sin levantar la mirada del papel que estaba escribiendo.

––No te mereces lo que te está pasando. Espabila y pon fin a esta… ––chiscó los dedos.

Salió del despacho sin despedirse. Aquella noche fue a ver. Había llovido y la luz de las farolas hacía brillar el suelo como un espejo. De pronto se detuvo. Dos jóvenes rasgueando sus guitaras acompañan su canto. Protegido por la oscuridad, la escuchó cantar. Nunca había percibido su voz tan dulce, tan desgarrada. Delante de ellos, un negro pañuelo extendido en el suelo recogía las monedas.

Sentado en el sofá la esperó. Cuando la oyó entrar encendió la luz del salón. Ella, con las cejas apretadas, las pupilas dilatadas, y una hombruna chaqueta varias tallas más grandes de lo que necesitaba sobre los hombros, se acercó a la puerta. Aspiró con desparpajo el canuto que llevaba entre los dedos. Luego, se le acercó musitando lo que supuso era la letra de una canción. Desencajado, levantó el dedo. Le exigió finalizar con ese tipo de vida.

––Pero, ¡ya! Si es necesario, pediré el traslado ––añadió con voz ronca, levantándose del sofá.

Y ella, brillándole las pupilas como si tuvieran fuego, le gritó que era peor que su padre. Salió de la habitación dando un portazo. Aquella noche durmieron separados.

Por la mañana no estaba. Se había ido sin siquiera dejar una nota. No recogió sus cosas, ni tocó el dinero.

Ya había pasado mucho tiempo cuando la volvió a ver cantando en El Espolón. Ahora solo uno de los jóvenes acompañaba con su guitarra su voz limpia, suave, como la piel que cubría sus esqueléticas mejillas. Se acercó y dejó caer todo el dinero que llevaba en la cartera sobre el negro y raído pañuelo. Que volviera a casa. Que él la cuidaría, le susurró mientras lo hacía. Ella bajó los párpados.

Y esa noche, como tantas desde aquel día en que la angustia por verla plegaba su anciano pecho, se fue al El Espolón. Se sentó en un banco cercano al lugar en donde la última vez la escuchó cantar. Esperó. Ya aparecía la luz del amanecer cuando se colocó las manos sobre las rodillas. Levantó su casi ciega mirada al cielo.

––Señor, deseo tanto verla y escuchar su voz, su risa ––susurró implorante.

El helado viento levantó una nube de hojas secas hacia el firmamento. El anciano sonrió al verlas volar. Luego, lentamente, apoyó la espalda en el banco y desmayó la cabeza sobre el pecho.

© Malena Teigeiro