domingo, 5 de julio de 2020

Sol Cerrato Rubio: Una nueva normalidad


Nos encaminamos a una insólita realidad

un punto de partida hacia una nueva normalidad

tan nombrada y acuñada estos días.

 

Todavía con el miedo adherido a nuestros poros,

con la emoción contenida de ver a nuestros seres queridos,

con la preocupación de un futuro incierto para muchos,

y la tristeza doliente por la pérdida de tantas vidas humanas.

 

Poco a poco vamos recobrando la compostura,

alegría de volver a pisar las calles,

los parques y los caminos,

saludar a la dependienta del herbolario,

tomar un café en el bar de la esquina,

deambular por las calzadas

llenar los parques de risas,

y dejar atrás tan cruel pesadilla.

 

Los geles y las mascarillas

hoy siempre en las mochilas,

ausencia de abrazos y caricias,

mantener las distancias reglamentarías.

 

Un estado de atención se respira en el ambiente,

sabiendo que el virus entre nosotros cohabita,

esperando cualquier pequeño despiste,

para alojarse en nuestras vidas.

 

 

© Sol Cerrato


viernes, 3 de julio de 2020

Amantes de mis cuentos: El espejo casamentero




Habían quedado en verse la noche del sábado, en la cafetería de siempre, pero él no apareció. Lo sabía. La esperanza era un sentimiento demasiado optimista, Quiso darle otra oportunidad y como la mayoría de las veces fue rechazada. Te lo dije, le recriminaba su mente. Tenías razón, contestó avergonzada, no debo hacerle caso al corazón.

Intentó llamar la atención del camarero para pagar, y tal como esperaba, miraba por encima de ella o hacia otro lado. La ignoraba. Era como si ella fuera invisible hasta que se personaba con la cuenta a punto de cerrar. No le hacía caso. El día menos pensado se iría sin pagar.

Mientras aparece, se dijo, me beberé el mojito. El primer trago en vez de pasar por la garganta buscó la salida a través de sus ojos y unas lágrimas incompatibles con su maquillaje cayeron sobre un pañuelo que surgió de la nada.

‒Gracias, muchas gracias, disculpe es que estoy resfriada ‒sollozó sin atreverse a mirar hacia arriba.

‒Posiblemente ‒oyó decir.

Con los borbotones de lágrimas el pañuelo quedó hecho un guiñapo. Llorar hizo que se sintiera mejor. Cuando se lo fue a devolver y a medida que elevaba la vista se percató de la chaquetilla blanca, y de aquel brazo donde oscilaba una bandeja.  

‒Madre mía estaré hecha un desastre.

‒Mírese en el espejo. 

No, por favor, esa superficie pulida solo trae problemas, es que usted no recuerda el cuento de Cenicienta.

Olvídese de ese cuento y piense que los espejos renacen cuando alguien se mira en ellos.

Se acercó a aquella luna con marco dorado, tan rococó, y dos imágenes se reflejaron, la de ella y la de unos ojos verdes con sed de amor.


© Marieta Alonso Más

jueves, 2 de julio de 2020

Amantes de mis cuentos: La horma de su zapato



Fue el único hijo de un alemán de pura cepa y una cubana. Al parecer tanto en el físico como en el carácter los genes cubanos prevalecieron sobre la raza aria. Guapo, bailador, jaranero, nadie se le resistía. Trabajaba lo justo porque no lo necesitaba. Descendía de una familia perteneciente a ese grupo de millonarios que pasan desapercibidos.
Sus padres se conocieron en un crucero, se enamoraron, se casaron, y aunque ella le engañó en numerosas ocasiones, su padre la aceptaba tal como era. Era un ser maravilloso a la que el aburrimiento de la vida cotidiana, deprimía. No quería tristezas a su alrededor. Cuando nació su hijo pensó que ser madre era lo mejor que le había sucedido en la vida, y hasta le perdonó que durante nueve meses su cuerpo se fuera transformando en algo con connotaciones románticas, ¡sí! pero que visto en el espejo… Menos mal que al cabo de unos meses de su nacimiento ya había vuelto a tener su estilizada figura.
No había nada que la emocionara tanto como salir con su hijo y ser la envidia de todas sus amigas. Su sonrisa la conmovía, aunque su llanto la pusiera tan nerviosa que enseguida lo entregaba a las niñeras. Cuando sorprendió en su bello rostro unas ligeras arrugas se puso a pensar en que la vejez no perdona, lo habló con su marido, y aprovechando un divertido crucero se tomaron de la mano y como quien ejecuta un paso de baile se lanzaron al profundo mar.
La pérdida de sus padres fue difícil de asimilar para Sigfrid, aunque hay que decir a su favor que ni siquiera esas circunstancias fueron capaces de quitarle ni un ápice de su encanto.
Al cumplir la mayoría de edad y yendo con un traje de Armani se daban la vuelta a mirarle tanto hombres como mujeres. Sus inclinaciones sexuales eran muy claras: ¡Ah…, la diferencia!  
A los treinta años perdió su status de soltero, la virginidad nunca se supo… ¡Era tan reservado!
Érika, fue su primera mujer, una niña mimada de la alta sociedad alemana que se enamoró de él con fruición, con egoísmo, con locura. Y eso no les condujo por un buen camino. Siendo él, un espíritu independiente con un corazón inmenso donde siempre había cabida para alguien más. Se casaron en la Catedral de Colonia con gran derroche. Todo iba bien hasta que a Érika le dio por los celos. Sufría hasta la paranoia cuando en una fiesta bailaba con todas… sin descuidarla a ella. Si pudiera enjaularle. ¡Qué felicidad! Pero él era un pájaro libre. Ella quería un hijo. Él pensaba que eso era demasiada responsabilidad. Ella se enteró que tenía amantes. Él se asombró de su discernimiento. La sensación de ser una victima anidó en el corazón de Érika. Se pasó seis meses escribiendo y retocando una carta donde plasmó todas sus quejas, y reproches. Una madrugada, de regreso de una fiesta, se tiró a la carretera con el coche en marcha, el vehículo que venía detrás hizo el resto.
‒¡Qué sandez! ¡Con lo hermosa que es la vida! Es difícil vivir con una mujer posesiva ‒pensó Sigfrid. Para cubrir las apariencias dejó de asistir a fiestas públicas durante quince días.
Cuando se cruzaba su capa española al salir del teatro, heredada del abuelo materno, nadie le hacía sombra. Le gustaba a rabiar el bullicio, el pulular de amigos a su alrededor, las noches en blanco, los intercambios.
Su segunda mujer, Brigitte, tenía dos pasiones: su marido y su dentadura. Cada dos meses se sentaba en la silla del dentista y colocaba su brazo derecho en el brazo del sillón y el izquierdo sobre el papel que hacía de babero por si necesitaba utilizarlo para secar su barbilla. El profesional mientras trabajaba la boca de la paciente apretaba su entrepierna contra el brazo de la mujer moviéndose con ritmo de izquierda a derecha, de arriba abajo. Ella le dejaba hacer. Hasta que se le ocurrió comentarlo con Sigfrid esperando que su reacción fuera digna de un hombre de honor. Pero, ¿qué podía hacer él? Sería un egoísmo de su parte criticar algo así. Pasando los dedos por su mejilla, le dijo:
‒No te lo tomes a mal. Ten en cuenta que lleva viudo varios años y tú eres una mujer que enloquece. Míralo como un acto de caridad por tu parte.
Y como en el fondo era caritativa llegó a mayores profundidades en su siguiente cita. Pero no quedó satisfecha y le entraron remordimientos sin saber a ciencia cierta si era por su formación moral o por la poca pericia del odontólogo.
Se tomó un frasco completo de barbitúricos. No dejó carta alguna. Sigfrid estaba de viaje de negocios y lo fueron a molestar en una noche de lujuria para darle la noticia. Menos mal que encontró comprensión en sus amigos a los que les daba mucha pena su mala suerte. Pasar por el trago amargo de quedarse viudo no era nada agradable. Y con esta repetía.
A los cincuenta años con una mata de pelo cano resultaba mucho más interesante que a los veinte. Solo le faltaba un hijo que siguiera su tradición. Buscó con esmero a la mujer adecuada. Mathilda era una intelectual. La naturaleza se había volcado en una persona que ni siquiera se miraba al espejo. No le daba valor a la belleza física pero allí estaba. Se dedicó a estudiar, se licenció, se doctoró y a trabajar. Tomó fama de ser una gran profesional. Sigrid la había obnubilado con su atractivo y su labia. Él quería tener un hijo que reuniera el físico de los dos, la inteligencia de ella, el don de gente de él, la amabilidad de ella, la chispa de él. No lo quería de otra forma. Y sucedió lo inesperado. Los dos se fueron en el momento del parto.
Su cuarta mujer, Helga, llevaba tras sus espaldas tres matrimonios, este sería el cuarto para los dos. Se conocían desde niños. En la adolescencia cada uno había tomado un camino diferente. Pero Helga regresó a la ciudad tras sus divorcios y se encontraron por casualidad. Simpática e inconsciente era, si cabe, aún más loca que él. Al cabo de tres años de matrimonio, Sigfrid le comentó de pasada que llevaba con ella más tiempo que con sus otras mujeres. Ella lo tomó como un elogio. Él insistía en la necesidad de tener un hijo. Ella no le llevaba la contraria, pero ponía los obstáculos pertinentes. Cuando se dio cuenta de ello insinuó que si no quería tener un hijo era hora de hacer cambios ya que llevaban demasiado tiempo durmiendo en la misma almohada. Y ella cambió de almohada. Pidió a las claras el divorcio y ella le explicó suavemente que no quería pasar por otro. No hubo forma de quitársela de encima.
Adiós Sigfrid. Te queremos. Así se despedían sus fieles amigos, mirando de reojo a la desconsolada Helga.



© Marieta Alonso Más




miércoles, 1 de julio de 2020

Amantes de mis cuentos: Una fiel aguja




Mis sueños se desplomaron aquella fría mañana en que, de repente, averigüé, que en vez de ser una guapa estudiante de astrofísica era un simple filamento de metal. En un extremo afilado y en el otro, un agujerito para insertar un hilo que servía para coser. Y también para mirar el mundo a través de los finos trabajos que una dulce joven iba haciendo muy despacio.

La curiosidad innata en mí por las vidas ajenas y la certeza de que no estaba en mis manos convertirme en lo que no era, me ayudó durante muchos años a escuchar a Lucrecia, hoy anciana, que en cada puntada recordaba sus vivencias.

‒Mi madre me enseñó todo lo que sé ‒decía justo en aquel momento en que la aldaba de bronce sacudió la puerta de madera.

Se puso en pie enderezándose poco a poco. Ya derechita, fue a abrir a quien al parecer tenía mucha prisa. Se encontró frente a una mujer muy elegante, que entró preguntando por la dueña del establecimiento. Esa señora que tiene fama de hacer maravillas con sus manos y una aguja.

Que me mencionara hizo que sintiera simpatía hacia ella. No todo el mundo se acuerda de alguien tan insignificante como yo, y oí a los hilos condolerse: De nosotros no ha hecho mención y también somos importantes. Los mandé a callar.

Explicó que la mayor de sus hijas iba a contraer matrimonio y quería un ajuar digno de una princesa. Las referencias que tenía sobre la dueña de aquella mercería le habían hecho recorrer muchos kilómetros. Sacó del bolso fotografías, dibujos y una lista astronómica de todo lo que quería. No iba a reparar en gastos.

−¿En qué fecha se efectuará el enlace?

−Dentro de diez meses.

Lucrecia tocó un timbre que estaba debajo del mostrador y apareció su sobrina Emilia a la que puso al tanto de todo y comenzó la búsqueda de telas apropiadas, mientras ella volvía a su mecedora conmigo, con el bastidor, el dedal y sus memorias.

«Me enamoré muy joven y los dos soñábamos con grandes y divertidas aventuras, pero llegó la guerra y lo destrozó todo».

La verdad era que yo estaba más atenta a lo que hablaban Emilia y la señora elegante que a Lucrecia con las repetitivas historias de su triste vida.

Como el invierno había llegado antes de lo previsto todo estaba en silencio, pero a pesar de la quietud, los caprichos de aquella clienta estaban poniendo nerviosa a Emilia. No daba pie con bola con lo que realmente quería.

‒Tiene que ser ‒le explicaba como si fuera tonta‒ el traje de novia jamás soñado.

Pero ninguno de los diseños era el adecuado. Así que pinché con delicadeza el dedo de Lucrecia para que pusiera atención. Iba asintiendo con la cabeza cuando, de nuevo, se puso en pie enderezándose poco a poco y fue hacia la trastienda, a su dormitorio. Allí abrió el armario y desde lo más profundo sacó una caja larga, rectangular. Pidió ayuda a su sobrina que, solícita, llegó de inmediato. Que viniera también la señora, rogó. Cuando entraron en la habitación pidió a Emilia:

‒Abre la caja, por favor y extiéndelo sobre la cama.

Fue en ese instante cuando reconocí aquel maravilloso vestido de novia que habíamos hecho Lucrecia y yo tantos años atrás. Con la boca abierta se quedó la clienta. No era para menos. 

‒Maravilloso ‒bisbiseaba con un brillo en la mirada y una lágrima a punto de caer‒, es justo lo que buscaba para mi hija.

Y en aquel preciso instante me sentí orgullosa de ser lo que era. Pequeña, recta, afilada y con ese agujerito llamado hondón por el que a veces ya no logra, mi querida amiga Lucrecia, enhebrar los hilos.



© Marieta Alonso Más



lunes, 29 de junio de 2020

Cristina Vázquez: La bolsa de rayas


Menuda, así es como se quedó con el paso de los años. O eso decía ella.

—Me he resumido —y se miraba las manos, un poco deformadas por la artritis, con verdadera sorpresa.

Esa manía del resumen de su cuerpo la acompañó junto con otra que repetía con insistencia. 

Era imposible que eso se hubiera perdido. Mientras no lo encontrara se quedaría cada vez más empequeñecida, aseguraba con seriedad. Por más que le preguntáramos qué era lo que se había perdido, su contestación siempre era: No es de vuestra incumbencia.

—Pero es imposible. ¿Dónde estará? —murmuraba perpleja.

Y una expresión desolada inundaba sus ojos azules, ya un poco velados por la edad, para al rato rejuvenecerse en una dulzura inapropiada y enternecedora en esa cara arrugada. ¿En qué pensaría?

Mantuvo siempre un resto de acento alemán arrastrando las erres y al contar unos chistes que no nos hacían gracia, ella indefectiblemente, con una risa contenida terminaba.

Muy Grasioso, ¿ja?

Todos sonreíamos, incluso el abuelo. Se conocieron en Francia, ella había huido de la persecución nazi por sus orígenes judíos y vivía modestamente con lo que pudo rescatar, trabajando como traductora para una editorial. Era alta, de un rubio casi albino con unos preciosos ojos azules y una mezcla de distinción y abandono que la acompañó siempre. Una energía ordenada tanto para la organización doméstica como para sus manifestaciones de cariño, era su característica. Aunque éstas fueran amables, incluso cálidas, nunca irradiaban auténtica felicidad y una vaga tristeza la encogía durante días.

Por más que la preguntaras nunca quiso hablar de su pasado y guardaba sus recuerdos en un cofrecillo de piel. Una bola de cristal, un pañuelo bordado con unas iniciales, llaves, dos fotos y una ramita con hojas secas. Pocas veces la vi contemplando esas menudencias.

Mi abuelo, en cambio, era un rubicundo afable, se desbordaba en lágrimas, abrazos y enfados con igual vehemencia, para luego volver al estado anterior a la misma velocidad. La alegría, el que no le dieran la lata y la diversión, eran las normas de su vida y esa medida la aplicaba a los demás, pero siempre que siguieran sus principios y no se le llevara la contraria. Observaba a su mujer con una amorosa perplejidad, como si no pudiera alcanzarla, pese a haberle dado una vida fácil, adinerada y mimarla a su manera. Con mucha frecuencia, cara compungida y falsa modestia, aseveraba cómo la había salvado de una situación difícil.

—Mi querida Helga, qué fortuna fue encontrarnos. Quién sabe lo que hubiera sido de ti. Mi pobre ángel —y la contemplaba con una posesión tranquila.

Ella le miraba directamente a los ojos con una indescifrable expresión y luego bajando la cabeza para concentrarse en la labor o la manualidad que estuviera haciendo, pues nunca paraban esas manos, le respondía indefectiblemente.

—Sí, fue una gran fortuna.

Una vez les oí discutir. Nunca la había visto enfadada. Sus reproches eran silenciosos, dejaba de hablar al que hubiera cometido algo inconveniente para ella. Pero esa tarde la oí exigirle que no le mintiera más, era imposible que algo tan grande se hubiera perdido. Resultaba muy cruel por su parte que no tuviera interés por encontrar lo único que le quedaba de su vida. El abuelo trató de calmarla, asegurando con violenta determinación que él había hecho lo imposible, pero todo sin resultado. Y un sonoro portazo me hizo correr escaleras abajo.

Que la abuela se iba reduciendo era un hecho, pero parecía no importarle, igual que si encontrara un placer en ir abandonando medidas y espacios. Murió tranquilamente una tarde, sentada en su sillón con el cofrecito en las manos. Lo cogí sin que nadie se percatara y lo guardé en una suerte de homenaje a su memoria secreta.

Pasaron unos años y cuando desmontamos la casa, apareció un recibo amarillento a nombre de ella, que el abuelo guardaba en su buró. Seguí la pista del mismo y resultó ser de un guardamuebles al que me acerqué llena de dudas y curiosidad. Solo había un precioso armario azul, solitario en medio de ese espacio, pintado con unos paisajes minuciosos, procedente sin duda de centro Europa y con remite de haber sido enviado desde Francia, hacía más de cincuenta años. Lo trasladé a mi casa con la esperanza de que una de esas llaves guardadas en el cofre sirviera para abrirlo. Y así fue. Esperaba que la carcoma lo hubiera estropeado y que el olor a humedad invadiera el cuarto, pero un aroma dulce a flores salió misteriosamente de él y encontré una bolsa de rayas colgada de un clavo. Dentro sólo había cartas amarilleadas por el tiempo, escritas todas con la misma letra, cartas de amor que pude entender con mi escaso alemán, y una foto. En un paisaje montañoso se destaca una pareja enlazada por la cintura. La abuela muy joven, espigada, con la cara luminosa, los ojos sonrientes y un militar alto y distinguido vestido con el uniforme nazi.



domingo, 28 de junio de 2020

Liliana Delucchi: El hombre con la barra de pan



Con la mirada puesta en el reloj de la cocina, Darío apura la magdalena y el café con leche que le ha servido su abuela. Son las cinco menos diez. En unos minutos lo verá pasar a través de su ventana.  Se limpia la boca, recoge los enseres y los mete dentro de la pila. Casi tropieza con una silla en su afán de llegar a la puerta. Solo unos instantes de retraso y puede que ya no lo vea pasar. Pero ahí está. Con su andar cansado, el abrigo raído y la barra de pan debajo del brazo. Si en su casa el pan se compra por la mañana, ¿cómo es que este anciano se pasee con su envoltorio en papel de estraza por las tardes?

Es la pregunta que se hizo hace algunos días, por eso decidió seguirlo.  A una distancia prudente y con la excusa de pasear a Tino, un perro tan viejo como la casa en la que habita, Darío anduvo los metros (¿o fueron kilómetros?) detrás del hombre que parece sacado de un cuento de Dickens; el viejo a veces canturrea, otras recoge ramas secas para separar la hierba que con esta primavera tan lluviosa ha crecido más de la cuenta. Siempre solo, siempre ausente.

El martes, el señor del sobretodo gris se internó en las huertas que rodean el río; las deportivas del niño volvieron a casa llenas de barro, lo que le valió una reprimenda de su madre. Darío le echó la culpa a Tino, dijo que se había metido en el agua y tuvo que rescatarlo. ¿Cómo explicar que su mente de detective estaba siguiendo a un sospechoso? El hombre anduvo hasta un grupo de encinas y se sentó a la sombra. Desde lejos el chico pudo ver que su pecho subía y bajaba como el de su abuela después de trajinar en el jardín.

Al día siguiente el personaje solo daba vueltas en círculo. A Darío le llegaban palabras incomprensibles, susurros que sonaban a un idioma extranjero. Es un espía, seguro. El niño intenta acercarse para ver si lleva un micrófono en la solapa. Es entonces cuando el caballero de pelo gris se da vuelta y lo ve. Asustado, el chico emprende una carrera hasta su casa y se queda mirando a través de los visillos para descubrir que el hombre, desde la acera de enfrente, lo saluda tocándose el sombrero. Darío se agita en un asombro recién inaugurado. ¡Lo ha descubierto! Decide suspender sus investigaciones por un tiempo. Pero el viernes su curiosidad puede más y reemprende el seguimiento.
La tarde augura tormenta. Bajo un cielo plomizo y con un paraguas por toda compañía, a las cinco y diez de la tarde, se calza sus botas de lluvia y emprende el camino. Esta vez el anciano toma una dirección diferente. Atraviesa un descampado y se interna en un bosquecillo de almendros que termina en una construcción desvencijada en la que se interna. Darío espera unos minutos que se le hacen horas. Sigiloso, se acerca a la casucha que tiene la puerta entreabierta. Con el paraguas termina de abrirla; sus pasos son denunciados por el lamento de la madera vieja. El resto es silencio. Silencio y oscuridad, solo rota por un punto rojo en el fondo que el niño reconoce como el de un cigarrillo encendido. Detrás de esa luz  y entre las volutas de humo Darío adivina, más que ve, el rostro del hombre.

‒Hace tiempo que me sigues ‒le oye decir desde una poltrona‒ ¿Qué es lo que quieres?

El niño traga saliva, se seca las manos húmedas en los pantalones y solo atina a decir:

‒¿Me da un poco de pan?

© Liliana Delucchi





sábado, 27 de junio de 2020

Selene: Promesa silenciosa

Alzó los ojos al cielo, con una pregunta muda en la boca apretada, con el rostro demudado por la preocupación. El estruendo se había oído muy cerca de donde él se había marchado a todo correr. Se abrazó a sí misma, sin saber qué hacer. La certidumbre de una desgracia flotaba en al aire y no sería descabellado decir que sintió miedo. Por él, por ella, por lo que podrían haber significado juntos. Sin embargo, no podía permanecer sin hacer nada por más tiempo. Así que despegó la mirada del oscuro firmamento y sus pies se movieron. Se acababa el tiempo. 

Las ramas se le clavaban en la carne, abriendo heridas en su rostro, manos y brazos desnudos. Resbaló un par de veces y se levantó otras tantas para no dejar de correr. Debía comprobar por sí misma qué había ocurrido. No podía dejar que las dudas le devorasen el corazón de aquella manera. Cuando llegó al lugar hasta el que él había acudido antes su respiración era un mar de llamas en su garganta, un collar de espinas en su pecho.

 

Pronunció su nombre, primero con un susurro y a continuación con un grito desgarrador. No hubo respuesta y sus piernas, inestables como la mantequilla, dejaron de sostenerla. «No, no por favor» se dijo mientras sus manos, arañadas y sucias, empezaban a humedecerse con las lágrimas que resbalaban hasta ellas desde su rostro. Él la encontró un rato después hecha un ovillo y tuvo que llamar su atención arrodillándose frente a ella.

 

No hubo palabras. Solo un interminable abrazo y la promesa silenciosa de que todo iría bien.

 

 

© Selene