domingo, 19 de mayo de 2019

Liliana Delucchi: Un hada gigante



Falta poco. Por eso he venido a sentarme sobre nuestra maleta. Son todas muy parecidas y no quiero que se confundan. En ella llevo mi cuento y mi muñeca. El libro es el de Mamá Cabra y los Siete Cabritos, que la abuela me leía todas las noches. Es mi preferido y también el único que me regalaron. Aunque ella sabe muchas historias, ésa es la que más me gusta. Se quedó en el pueblo, dice que ya está muy vieja, y que con lo que le costó hablar castellano, no está para aprender otro idioma que suena tan raro. Aquí, en el barco, hay mucha gente que habla raro, pero he jugado con otros niños y aunque a veces no los entienda, me divertía igual. Ellos no saben de mis amigas las hadas, que veces se escondían entre las coles, mientras hubo coles, pero después vinieron esos hombres que se llevaron las hortalizas que cultivábamos. Mi padre ocultó algunas en el granero, y por suerte no las encontraron, así pudimos comer hasta que marchamos para el puerto. Nunca había visto tanta gente junta; se empujaban y mostraban papeles para subir al barco. “No te despegues de mí”, me había dicho papá. Y no me separé ni un momento. Ni de él ni de nuestra maleta, porque dentro llevo mi muñeca que es un hada. Me daba mucha pena la pobrecilla, allí encerrada, pero como es invisible, seguro que en algún momento se escapó para pasear por la cubierta.

Cuando nos separamos de los primos, lloré. Mamá me dijo que no lo hiciera, que ellos también emigrarían pronto. No sé qué quiere decir esa palabra, debe ser algo malo, porque hacía pucheros, pero yo le apreté la mano para que no tuviese miedo. Vamos a un país donde no te despiertan los aviones y donde la gente no corre para esconderse. Además, allí está el tío Julián, que le consiguió un trabajo a mi padre y que dice que podremos comer todos los días y varias veces al día.

Suena la sirena, estamos llegando y toda la gente se va para adelante. Yo no, no quiero separarme de mi maleta, además, si el hada que nos espera en el mar es tan grande como dicen, seguro que la veré desde aquí. Mamá me dijo que tiene una isla para ella sola, que me llevará a verla y que levanta una antorcha que es capaz de iluminar hasta la aldea. Entonces… quizás pueda ver a la abuela.


sábado, 18 de mayo de 2019

Feria del Libro: Boadilla del Monte



VIII Feria del Libro de Boadilla del Monte

Allí estaré 
en los jardines del Palacio del infante don Luis
el sábado 18 y domingo 19 de mayo
de 11:00 a 21:00 horas 

¿Me acompañas?

Palacio del infante don Luis - Boadilla del Monte


Paula de Vera García: ¿Qué me está pasando? (Vegeta y Bulma #5)








La habitación, tan conocida para él en los últimos dos meses, estaba en penumbra. Entre las sábanas de la gran cama, una silueta encogida parecía dormir. Vegeta tragó saliva y se dio la vuelta para irse. No tenía que haber ido…

–¿Vegeta?

«Oh, mierda».

Despacio, el Saiyan se giró para mirar a la silueta que, medio incorporada, lo encaraba con expresión somnolienta bajo la tenue luz procedente del pasillo.

–Me han dicho que estabas enferma –se escuchó decir, atónito–. Solo pasaba a ver cómo estabas.

En la tenue luz, Vegeta sintió su corazón volcar cuando Bulma sonrió a medias. «Maldita sea, tío… Maldita sea», rezongó de nuevo esa voz oscura en su alma. «Ni se te ocurra mencionarlo», le espetó su lado racional con acidez, haciendo que el primer ente se refugiase de nuevo en las sombras. ¿Cómo podía siquiera pasársele aquella opción por la cabeza?

–Eres un encanto, Vegeta –agradeció entonces Bulma, sacándolo de golpe de su negra reflexión–. Gracias.

Vegeta asintió antes de, con horror, ver cómo sus pies se movían hacia el interior del dormitorio como si tuvieran voluntad propia. Al cerrarse la puerta, ambos se quedaron casi a oscuras, pero Bulma se esforzó por incorporarse y sentarse con las rodillas flexionadas bajo las sábanas. El Saiyan se sentó en el borde de la cama, sintiendo que había perdido definitivamente la cabeza.

–Tu padre me ha dicho que no entrara, pero ya sabes lo mal que se me da acatar órdenes –bromeó sin querer, antes de poder refrenar su lengua.

Bulma lo observó con la cabeza ladeada.

–Bueno, yo siento haberte arruinado la diversión de esta noche –siguió bromeando ella, mientras sus miradas se cruzaban en la penumbra–. ¿Qué tal ha ido el día de entrenamiento?

Vegeta tragó saliva. Aquella situación se le estaba yendo de las manos y no era capaz de espabilar y largarse de allí dando un portazo. ¿Por qué?

–Bien, como siempre –replicó, distraído–. Te… ¿han dicho qué tienes?

Por el rabillo del ojo, apenas vio el movimiento de ella encogiéndose de hombros en un gesto de ignorancia.

–Aún no, pero mi padre dice que tendrá los resultados mañana –ambos se quedaron en un silencio incómodo, inseguros, antes de que Bulma volviera a hablar–. Oye, Vegeta…

–¿Qué?

Aquello estaba mal. Rematadamente mal. Tenía que irse antes de que…

–¿Te importaría…? –Bulma se echó los rizos hacia atrás, indecisa–. ¿...quedarte esta noche conmigo?

Vegeta se quedó congelado ante aquella petición, antes de girarse lentamente para escudriñar la penumbra que la ocultaba. Apenas podía verla y, por suerte, ella a él tampoco.

–Tsch –chasqueó la lengua, en un gesto típico de él–. ¿Qué pasa? ¿Me has visto cara de enfermera?

Lo quisiera o no, aquella ruda pregunta provocó que el tono de Bulma cambiase de golpe al hastío cuando pronunció:

–Oh, no hablas en serio.

Vegeta se cruzó de brazos.

–Claro que hablo en serio –se defendió, sintiendo un desagradable nudo en el estómago que le indicó que una pequeñísima parte de él sí quería quedarse–. No soy una cuidadora.

Bulma bufó con cierta indignación que Vegeta hacía tiempo que no escuchaba y le revolvió las tripas sin pretenderlo.

–Esto es increíble –rezongó ella, antes de encararlo en la oscuridad y apoyarle a tientas un dedo acusador en el hombro–. Pues para que lo sepas, yo sí soy una dama enferma y desvalida que necesita un poco de cariño –la joven retiró la mano y se cruzó de brazos, haciendo caso omiso a la posible reacción de Vegeta. El rostro del cual, si no había pasado por todos los colores posibles en menos de un minuto, le faltaba muy poco–. Pero, en fin, supongo que tendré que buscarme otro hombre más atento con el que divertirme a partir de ahora...

–Qué? –se escandalizó Vegeta, como por reflejo y antes de poder siquiera pararse a pensar lo que estaba haciendo. Y ante la falta de respuesta de Bulma, la increpó–. ¡Oye, eso no es justo!

Bulma apartó el rostro y alzó la nariz con aire ofendido, haciendo caso omiso de su enfado a propósito.

– Tú verás.

Vegeta apretó los dientes y los puños, conteniéndose por no hacer alguna tontería. Su interior se debatía entre el orgullo eterno, que abogaba por mandarla a paseo, y el fondo de su corazón, que lo único que deseaba era algo de comprensión. La parte, sin duda, que había terminado impulsando su relación con Bulma después de casi un año de convivencia en la misma casa. Sin quererlo, cuando Bulma se giró para tenderse en la cama de nuevo y un leve reflejo procedente del exterior iluminó su rostro, algo se agitó en el interior del Saiyan al verla tan pálida y desvalida. No quería pensar en que fuese amor, no era tan estúpido y no era algo que jamás se hubiese planteado como tal; solo se lo pasaban bien en la cama y flirteaban de vez en cuando a escondidas, pero nada más allá… ¿Verdad?

–Está bien –claudicó él al cabo de un rato, en el que su corazón ganó la batalla con cierto esfuerzo. Bulma se giró un poco, sorprendida, pero no dijo nada–. Me quedaré un rato contigo. Pero como mucho hasta el amanecer –advirtió él–. No quiero que me pillen aquí.

Bulma se volvió del todo y sonrió, tendiendo una mano para invitarlo a echarse sobre las sábanas. Vegeta aceptó con cautela y sin tocar sus dedos, aunque moviéndose casi como si en vez de una cama aquello fuera una arena movediza. Aprovechando que Bulma le había vuelto a dar la espalda, tras tumbarse, Vegeta se permitió relajar algo el rostro y enterrarlo contra la almohada, nervioso como pocas veces en su vida.

–Vegeta.

–¿Hm?

–¿Sabes de qué me estoy acordando?

El Saiyan puso los ojos en blanco. A ver con qué le salía ahora…

–¿De qué?

Bulma sonrió para sí, sin que él la viera.

–De cuando nos escapamos a las montañas del Este –Bulma acarició la sábana distraídamente–. Todavía recuerdo la cara de mi padre cuando volví sin los minerales que le había prometido encontrar. Creo que empezó a pensar que se me estaba yendo la cabeza –rio sin querer.

A su espalda retumbó entonces un sonido que Bulma no había escuchado nunca. Una risa corta, bronca, masculina e increíblemente atractiva, que pasó tan rápido como había venido.

–Es curioso –comentó ella, girándose unos milímetros.

–¿El qué? –replicó Vegeta con cierta sequedad, siendo consciente de que había cometido un desliz.

Bulma, por su parte, no se molestó por su tono y agregó, en cambio:
–Nada. Solo que… –dudó, pensando que quizá lo había soñado–... creo que es la primera vez que te oigo reír... Normal.

Él enarcó una ceja, intrigado.

–¿Normal?

–Sí, ya sabes –Bulma se giró del todo y le apretó un poco el entrecejo con el dedo–.  Sin estar enfadado con el mundo o querer aniquilarnos a todos.

Tras reponerse del estupor provocado por aquel comentario, sin quererlo, Vegeta se volvió a reír por lo bajo y sacudió la cabeza, incrédulo.

–Mira que eres rara, Bulma –le dijo sin acritud.

Ella hizo un mohín divertido.

–Raro tú –rio sin querer, mientras volvía a darle la espalda.

Los dos se quedaron entonces en silencio, con los ojos fijos en la penumbra, hasta que Vegeta musitó en voz muy baja, casi contra el pelo de Bulma:

–No estuvo mal esa escapada –al Saiyan lo aterró comprobar cómo aquella confesión le provocaba un extraño placer interior, antes de colocar una mano sobre la cintura de Bulma. Para bien o para mal, solo de recordar el tacto de su piel desnuda sus hormonas se disparaban sin remedio–. Aquella cueva fue un gran descubrimiento.
Bulma asintió despacio.

–Es un lugar que encontré cuando era muy pequeña y me perdí en una excursión –recordó ella, casi como para sí misma–. Siempre me gustó ir allí si necesitaba estar tranquila.

«Y lo ha compartido conmigo», pensó Vegeta, algo aterrado. «Y eso no ha alterado sus buenos recuerdos. ¿Es posible que…?»

«No», decidió. «No es el momento de entrar en ese camino». Aquello solo lo hacía porque Bulma estaba enferma y necesitaba un poco de compañía; pero al día siguiente, o cuando ella se encontrase mejor, todo volvería a la normalidad.

–Bulma.

–¿Hm? –repuso ella, ya empezando a entrar en el mundo de los sueños.

Vegeta dudó un instante.

–Buenas noches.

De espaldas a él y con los ojos cerrados, la muchacha sonrió.

–Buenas noches, Vegeta.

Unas horas después, cerca del amanecer, el Dr. Brief subió a ver a su hija. No quería creer en los resultados que habían arrojado los análisis, sobre todo sospechando quién más podría estar implicado, pero ahí estaban. Bulma esperaba un bebé y el científico no estaba seguro de si ella era consciente de este hecho o no; en realidad, no lo creía probable. ¿Cómo se tomaría la noticia? ¿Y el padre? ¿Qué ocurriría a partir de aquel momento?

Sin embargo, cuando llegó a la habitación y abrió la puerta con cuidado, parte de sus dudas desaparecieron al ver las dos siluetas que dormían abrazadas; una sobre las sábanas, otra bajo ellas. Pero, sabiendo cómo era el carácter del futuro padre de la criatura, mientras el sol comenzaba a asomar por el horizonte, el Dr. Brief rezó más que nunca porque sus peores predicciones no se cumplieran.
No si la felicidad de su querida y única hija dependía de ello.

(Imagen: Pinterest. Inspiración: Dragon Ball Kai)

© Paula de Vera García

viernes, 17 de mayo de 2019

Ramón L. Fernández y Suárez: Dos excepcionales agentes de la lírica



Desde su ya lejana aparición, el concepto de lo Lírico discurre por dos senderos diferentes los cuales, de suyo, se apoyan mutuamente. El género poético desde sus homéricos inicios aparece vinculado a la rítmica transmisión oral de las epopeyas clásicas. Lo musical pues, está presente en el quehacer de rapsodas y trovadores. Músicos y poetas han de crear o interpretar sus habilidades para enriquecer la vida ciudadana. Cuando lo consiguen, su presencia se hace inexcusable.

Quiero hoy dar testimonio a través de estas dos páginas de la labor de un par de artistas muy disímiles que han dejado huella profunda en mi afición a la música y las bellas letras:

CARMEN de SILVA y ELVIN HOXHA

De la primera me permitiré hacer uso de un ejemplo para ilustrar por qué me he hecho devoto de los productos de su ya largo, brillante y continuado esfuerzo literario.

Hay un desván, dentro del pensamiento,
donde piden posada los olvidos,
las cosas, las palabras, los sentidos,
todo lo que navega a barlovento.

Ella escribe y al escribir se entrega y nos regala la dulce y nostálgica elegancia de sus versos, sus novelas y de sus relatos. Ella se deja poseer por la literatura aún sabiéndose dominadora potencial de sus recursos. Por eso es capaz de transmitir a sus lectores aquellos sentimientos que la invaden en el momento en el que, olvidándose de que es mujer, madre o abuela, no rehusa dejar puertas abiertas a la autenticidad de aquellas emociones que dan luz a su existencia y han iluminado constantemente su horizonte espiritual.

Esta escritora, a quien hoy homenajeamos, puede generar en sus lectores igual clima de euforia y bienestar anímico que el otro intérprete que hemos citado.

Este joven angorense ha llenado de armonía esta mañana, con el estallido de su arco, toda la Plaza de Oriente, ya engalanada con su mejor floración primaveral. Una vez más la célebre sonata para violín y piano del belga Cesar Franck fue el argumento musical que desde sus excepcionales dedos consiguió desatar el delirio en el público que presenciaba su recital de fin de grado en los cursos superiores de la Fundación Isaac Albéniz de Madrid.

Elvin Hoxha derrocha con su arte el mismo lirismo apasionado que se agazapa en los versos de nuestra Carmen Silva. Idéntica vehemencia en su quehacer artístico que hasta motiva el entusiasmo incontrolable de quien es su profesor. A sus escasos años de vida y de aprendizaje va cargando con un itinerario plagado de premios y medallas desde Moscú al Vaticano. Sus párpados cerrados durante la ejecución facilitan un enérgico equilibrio entre ritmo y melodía, firmeza en los staccati y nítida claridad en el fraseo. Con las notas musicales producidas por sus dedos prodigiosos es capaz de atrapar nuestra atención como lo hace la poeta con sus versos cuando se halla en el trance de la creación. Pero no es sino en el último movimiento de la obra señalada cuando la ejecución del canon que la finaliza dibuja en nuestra mente la viva imagen de un par de gaviotas que volando en paralelo sobre el mar arrastran nuestros pensamientos rumbo a lejanos horizontes de ilusionada libertad.

Sirvan estas letras de homenaje, gratitud y reconocimiento a ambos artistas cuya presencia puede aportar a tantas vidas solitarias un estímulo mayor que una inyección de adrenalina.



© Ramón L. Fernández y Suárez

jueves, 16 de mayo de 2019

Nuevo Akelarre Literario nº 44: La torre de Hércules



La Torre de Hércules

La imagen austera y potente del faro impacta al que lo ve. Pero todavía impresiona más si pensamos que bajo sus fachadas se encuentra el original romano, el más antiguo del mundo y el único que se conserva en servicio, desde el que los romanos contemplaban el «Finis terrae».

Construida  en la segunda mitad del siglo I por un arquitecto de Coimbra, de nombre Gaio Sevio Lupo, su luz ha sido desde siempre un punto de referencia para los navegantes.

Hoy día el faro está reconocido por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

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Ya nos diréis si os han gustado

miércoles, 15 de mayo de 2019

Cartas famosas: Simone de Beauvoir a Jean Paul Sartre





Querido pequeño ser:

Quiero contarle algo placentero e inesperado que me pasó: hace tres días me acosté con el pequeño Bost. Naturalmente, fui yo quien lo propuso; el deseo era de ambos y durante el día manteníamos serias conversaciones, mientras que las noches se hacían intolerablemente pesadas. Una noche lluviosa, en una granja, estábamos tumbados de espaldas, a diez centímetros el uno del otro, y nos estuvimos observando más de una hora. Al final, me puse a reír tontamente mirándole, y él me preguntó: “¿De qué se ríe?”

Y le contesté: “Me estaba preguntando qué cara pondría si le propusiera acostarse conmigo”. Y replicó: “Yo estaba pensando que usted creía que tenía ganas de besarla y no me atrevía”.

Remoloneamos aún un cuarto de hora más antes de que se atreviera a besarme. Le sorprendió muchísimo que le dijera que siempre había sentido ternura por él, y anoche acabó por confesarme que hacía tiempo que me amaba. Le he tomado mucho cariño. Estamos pasando unos días idílicos y unas noches apasionadas. Me parece una cosa preciosa e intensa, pero es leve y tiene un lugar muy determinado en mi vida: la feliz consecuencia de una relación que siempre me había sido grata. Hasta la vista, querido pequeño ser; el sábado estaré en el andén. Tengo ganas de pasar unas interminables semanas a solas contigo. 

Te besa tiernamente tu Castor.



Destinatario:

Su pareja sentimental, Jean-Paul Sartre.






Fecha: 1937.

Contexto: La pareja tenía un pacto por el cual se permitían otras relaciones. Aquí, ella relata el inicio de su romance con Jacques-Laurent Bost, un intelectual ocho años más joven.

lunes, 13 de mayo de 2019