miércoles, 2 de septiembre de 2026

Amantes de mis cuentos: El trabajo no era bueno para mi salud hasta que...

 



Mi padre me puso a trabajar en la oficina de un amigo, ya estaba bien de hacer el vago, dijo cabreado. Que mi cabeza no regía del todo bien era verdad, pero si sabía ir detrás de las chicas y comer con pasión, glotonería mejor dicho, también podía poner el mismo empeño en currar. Mi madre me hizo señas de que no le llevara la contraria. Mi progenitor es muy bueno, pero tiene un genio diabólico.

Y aquí estoy. En un sótano lleno de archivadores, estanterías, con una trituradora rompiendo papeles de hace un siglo. Siento que hay algo raro en el ambiente, los fantasmas parecen más una certeza que una suposición.

Hay una taladradora con vida propia, recojo los redondeles que caen por el suelo como si fueran copos de nieve, se reproducen sin que nadie ponga de su parte. Esto no me gusta nada. Así que decido sentarme a conversar con los espíritus. Han resultado ser amigables y les encanta trabajar.

Buena señal, así que he estado sentado en una sillón de ejecutivo dando órdenes, que se llevan a cabo en un momento. Y en menos de lo que canta un gallo hemos terminado de romper papeles.

Todo está limpio, recogido y lo único que he hecho ha sido llevar unos sacos enormes, negros, llenos de papeles a los contenedores. Menudo trabajo, no crean. Seis viajes. Los compañeros cuando me vieron cargando hasta con diez sacos a la vez no se lo podían creer y se miraban unos a otros. Tengo mucha fuerza. Lo hice porque los espectros me explicaron que ellos no podían salir de aquella habitación y por unos amigos se hace lo que haga falta.

Hasta el jefe salió, el amigo de mi padre, no se podía creer mi hazaña y el muy egoísta me dijo que al día siguiente haría lo mismo en un despacho con papeles de alto secreto.

Se me heló la sangre y me fui hablar con mis amigos, a contarles el problema. Nos sentamos, ellos en el suelo y yo en el cómodo sillón. A uno de ellos se le ocurrió que si los metía a todos en un saco y los llevaba a la espalda, a lo mejor, podrían pasar de un lugar a otro, sin problemas. Así lo hicimos. Y desde entonces soy el gran jefe del grupo de las ánimas, más feliz de este mundo. Ellos son mis amigos de verdad y mi padre, desde entonces, no logra cerrar la boca de la impresión.



© Marieta Alonso

martes, 1 de septiembre de 2026

Amantes de mis cuentos: La vida es cuento

 



De niña me encantaban las carrozas, mi abuela las llamaba berlinas. Desde que mi madre, sentada en mi cama, me leyó, por primera vez, el cuento de Cenicienta no tuve otro objetivo en la vida: Cada calabaza que encontraba era un carruaje, cada ratón un caballo y mi perro Pluto dejó de ser un canino para convertirse en un cochero con lujosa librea.

Mi hada madrina fue el vecino de casa, quien, un día, con una varita mágica, sacó del pajar un carro lleno de excrementos, pero cuando las mujeres de mi familia lo limpiaron, pintaron y adornaron, fue lo más bonito que he visto en mi vida.

No tengo hermanos. Lo que tengo son cuatro tías, una madre y una abuela. En mi casa lo femenino está en alza. Las cinco hijas de mi abuela salieron muy diferentes, lo que sí tenían en común era un gran amor entre ellas. Lo demostraban discutiendo a todas horas.

La que mangoneaba, la sabidilla, era mi madre, la pequeña. Pero, lo que es la vida: las cuatro mayores, siendo guapas, simpáticas y trabajadoras, se quedaron para vestir santos. Por el contrario, mi madre, que de esas tres virtudes andaba bastante escasa, se casó cinco veces. Pienso que se enamoraban de ella por ese olor a melocotón en almíbar que destilaba.

Gracias a Dios enviudó de todos ellos sin tener hijos. Y una tarde lluviosa decidió que no podía esperar, que el arroz se le pasaba y salió a la calle en busca de un príncipe. No olvidó llevar sus zapatos de cristal. A los nueve meses nacía yo, su única hija. El heredero al reino no volvió a aparecer.

Crecí y con los años aquellas fantasías desmedidas fueron perdiendo importancia, hasta que las dejé de percibir. Fue gracias a mi abuela que no paraba de aconsejarme:

—Haz el favor, no imites a tu madre. ¡Abre los ojos! ¡Y déjate de cuentos!

 

© Marieta Alonso Más

 

lunes, 31 de agosto de 2026

De Madrid al cielo: «Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son»

 



Capital de España, está cerca del centro geográfico de la Península Ibérica con el kilómetro 0 en la Puerta del Sol como punto de referencia para la carretera radiales de España.

Es una de las capitales más altas de Europa, situada a unos 657 metros sobre el nivel del mar.

Tiene un clima mediterráneo continental, caracterizado por veranos calurosos e inviernos fríos, con una gran amplitud térmica diaria y anual.

El río Manzanares es el principal río que atraviesa Madrid, afluente del río Jarama, atraviesa el corazón de la capital y proporciona un oasis verde a la ciudad con su proyecto de reurbanización Madrid Río. Francisco de Quevedo lo inmortalizó  en el Siglo de Oro con los versos: «Manzanares, Manzanares, arroyo aprendiz de río», debido a su escaso caudal y a sus frecuentes sequías.

Su emblemático parque de El Retiro, en el centro de la ciudad, abarca 125 hectáreas y contiene más de 15000 árboles.

La Casa de Campo con una extensión de más de 1722 hectáreas, es uno de los parques más grandes de Europa, cinco veces mayor que el Central Park de Nueva York.

Madrid y tres de sus alrededores:

El Escorial

Situado a unos 45 km al noroeste de la ciudad, es una de las más singulares construcciones renacentistas de España y de Europa.

Este histórico complejo incluye: un Palacio Real, una basílica, una biblioteca y un monasterio. Todo rodeado por la belleza natural de la Sierra de Guadarrama.

Aranjuez

Se encuentra al sur de Madrid a orillas del río Tajo. Y podemos ver el Palacio Real, el Jardín del Parterre, Jardín del Príncipe, Casa del Labrador, Mercado de Abastos, Iglesia de san Antonio de Padua…

Cercedilla

Al noroeste de Madrid fue creada como lugar de paso y hospedaje en la antigua calzada romana que unía Titulcia con Segovia, en la llamada vía Antonina.

La han visitado veraneantes famosos como Santiago Ramón y Cajal, Gloria Fuertes, Vicente Alexandre, Luis Rosales, Joaquín Sorolla…

Y muchos más lugares dignos de verse.

 


sábado, 29 de agosto de 2026

Cristina Vázquez: Célebre espectáculo

 


A medida que el barco se iba acercando a su destino, el temor por su nueva vida se instaló en Amandina como un pesado collar. Hacía meses que no veía a su marido, con quien se había casado por poderes, y le inquietaba qué podría encontrarse en este alejado país. La dulzura del aire y la pureza de la luz, a medida que se acercaban, le ayudó a aliviar sus temores.

Cuando por fin arribaron, lo buscó entre la muchedumbre. Llevaba años viviendo en ese país tropical, del que le escribía maravillas: su exuberancia, la amabilidad de la gente, la bondad del clima. También le describía animales exóticos y frutas nunca saboreadas en la península. Al no verlo al bajar a tierra, sintió que el imaginario collar que la abrumaba, volvió a colgarse con la fuerza de la desilusión y la incertidumbre. ¿Y si no aparecía? ¿Qué iba a ser de ella?

Mientras esperaba llena de zozobra y baúles a su alrededor, vio acercarse a un hombre delgado, vestido de oscuro que sostenía contra su pecho un sombrero Panamá. Su paso era lento y su mirada baja. Al llegar junto a ella, en voz doliente le preguntó si era la señorita Amandina, la esposa de don Fernando. Ella afirmó que sí y él se presentó como Aurelio Bastarrechea, su socio y hombre de confianza. Amandina, asustada, quiso saber por qué no estaba esperándola. ¿Había sucedido algo? Creía que no, seguro que no, y movió el sombrero para dar énfasis a su respuesta. En una llamada de días atrás, continuó Aurelio, le había pedido que, si no volvía a tiempo, por favor, se ocupara de recogerla e instalarla en la casa.

—Lo siento, señorita —bajó aún más la voz—. Pero hace días que no sabemos nada de él.

Amandina se sentó, más bien se cayó sobre uno de sus baúles, y tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no romper a llorar. Sin noticias, repitió la joven, como si con la repetición de esa horrible realidad, la pudiera alejar de ella. Sí, sin noticias, afirmó el delgado hombre, además, carraspeó, el lugar donde se encontraba era muy peligroso.

—Lo mejor será que vayamos a casa y así podrá descansar.

Con un inesperado gesto autoritario, Aurelio llamó a unos porteadores para que llevaran su equipaje al coche. Pese a su aturdimiento, Amandina se fijó que tenía unas bonitas manos y unos ojos profundos. Hicieron el trayecto que, aunque a ella se le hizo largo, pudo observar hermosos palmerales y playas de arena blanquísima bañadas por un mar transparente. Como iba en un coche de caballos descubierto disfrutó de los diferentes aromas dulces, penetrantes y el piar de unas aves de brillante y desconocido plumaje. Una cierta calma, gracias a la belleza de lo que le rodeaba, se fue apoderando de ella. Seguro que en poco tiempo estaría de vuelta ¿verdad?, y Aurelio amablemente afirmaba con la cabeza.

Al llegar a la casa, Amandina, pese a su inquietud, no pudo dejar de deslumbrarse ante el inmenso jardín, que luego supo acababa en la ribera de un caudaloso río. Todo estaba en perfecto orden, lleno de flores exóticas de maravillosa fragancia. Oyó un ruido, como si alguien arrastrara con suavidad algo por el suelo, y aparecieron unos hermosos y desconocidos animales que extendían una cola de inigualable belleza.

—¿Qué aves son esas? —preguntó asombrada.

—Pavos reales.

—¿Pavos? No pueden llamarse así, parecen salidos del Paraíso.

Cuenta la leyenda, no sabemos si fue cierta o no, que desde entonces les dieron ese sobrenombre. Fernando no volvió y Amandina se quedó dueña y señora de esa propiedad y otras muchas que recibió en herencia de su fallecido esposo. Con el tiempo y dado el amor que tomó a esos pájaros, los educó para que bailaran desplegando en sucesivo orden, y hasta con gracia, sus hermosas colas. El espectáculo adquirió tal fama que venían de todo el continente a verlos.

Aurelio siguió hasta su muerte siendo su socio, su hombre de confianza y el padre de su larga prole.

© Cristina Vázquez

jueves, 27 de agosto de 2026

Gloria Fuertes: El amor te convierte

 



Este poema de 1997, refleja el estilo de la autora, lleno de metáforas sobre la intensidad del sentimiento y el dolor que este nos puede dejar.



El amor te convierte en rosal...

y en el pecho te nace una espina

robusta como un clavo

donde el demonio cuelga su uniforme.


Al tocar lo que amas te quemas los dedos,

y sigues, sigues, sigues hasta abrasarte toda;

después, ya en pie de nuevo,

tu cuerpo es otra cosa,

es la estatua de un héroe muerto en algo,

al que no se le ven las cicatrices.





© Gloria Fuertes




martes, 25 de agosto de 2026

Castillo Templario de Peñíscola (Castellón, España)

 



La imponente fortaleza fue construida por los templarios entre 1294 y 1307, a imagen y semejanza de los que antes habían levantado en Tierra Santa. Está situada en el Bajo Maestrazgo, junto a la costa mediterránea. La ciudad, amurallada se asienta en un promontorio rocoso que alcanza 46 metros de altitud, unido al continente por un tómbolo, istmo o estrecha lengua de arena, que une un islote al continente.

Conocida por los griegos con el nombre de Quersonesos, los romanos la denominaron península, aludiendo a su forma.  Fue ocupada por los árabes en el 718, y reconquistada por Jaime I de Aragón en 1234. De 1249 a 1275 perteneció a los Moncada. Pasó luego a la orden de Montesa en 1319, y en 1409 se convirtió en sede pontificia de Benedicto XIII de Aviñón, el Papa Luna, que residió en el castillo hasta su muerte.

Destaca en todo el conjunto la sobriedad y solidez de su construcción, tanto en las estancias templarias como en las estratégicas e intrincadas dependencias pontificias que realizaría más tarde Benedicto XIII. Uno de los mayores intereses arquitectónicos del castillo se encuentra en la solución abovedada del Cuerpo de Guardia y en la austeridad y severa proporción de la Basílica de los Templarios.

Las austeras salas, sobrios patios y adustas torres; todo el conjunto está rodeado por el omnipresente Mediterráneo, la fortificación que la rodea es de época de Felipe II, y fue construida por Bautista Antonelli. En 1423 pasó a pertenecer a la Santa Sede, pero Alfonso V, la reincorporó a la Corona de Aragón en 1430. Desde el 4 de junio de 1931 es Monumento Histórico-Artístico Nacional. 

Este castillo, junto al Vaticano y el Palacio de los Papas de Aviñón, es una de las tres sedes pontificias de la historia.

domingo, 23 de agosto de 2026

Julia de Castro: Las tinieblas y el alba de Kent Follet

 



“Empecé a preguntarme cómo sería Kingsbridge antes de convertirse en una ciudad próspera", cuenta el autor y de esta reflexión llega la novela que hoy comento.

Estamos ante la precuela de Los pilares de la tierra. La historia se desarrolla durante la alta Edad Media, muy próxima al fin del milenio, época pintada, en general, como oscura y sumida en la superstición, la ignorancia y el feudalismo, en una Inglaterra que se encuentra acosada por galeses, por el oeste y vikingos, por el este.

Combe, aldea de mercaderes y pescadores, sufre el brutal ataque vikingo y la vida de sus habitantes cambia radicalmente. Entre ellos, una familia de constructores de barcos lo pierde todo y tiene que emprender camino hacia la mísera aldea de Dreng’s Ferry. Allí les espera una paupérrima granja y un ambiente viciado y corrupto, donde los poderosos y sus secuaces abusan de su posición y su poder, esclavizando a los más desfavorecidos y burlando las leyes, tanto del rey como de la iglesia, a través de intrigas y artimañas.

En este caldo de cultivo, el joven Edgar, maestro constructor; Ragna, joven normanda, casada con el Conde sajón, Wilwulf y, Aldred, un monje con un objetivo: convertir una pequeña abadía en un centro de saber, se encuentran y se convierten en aliados en una lucha desigual contra los peligrosos hermanastros del conde: Wigelm y el maquiavélico obispo Wynstan.

Es un libro que se lee fácil porque, como nos tiene acostumbrados su autor, es capaz de atrapar la atención de principio a fin. Yo he disfrutado de la forma en que nos muestra la vida y las costumbres de la época en el entorno en que se desarrolla; las alianzas políticas a través de los matrimonios; las luchas enconadas por el poder, incluso entre hermanos; las penurias de los vasallos para pagar los impuestos al señor que no atendía a ningún tipo de razones; el mínimo peso que tenían las mujeres en la sociedad y, sobre todo, los incipientes proyectos de construcción, sin herramientas y con pocos conocimientos.

Dicho esto, tengo que añadir que me ha defraudado y mucho. Las tinieblas y el alba se me ha quedado muy corta, muy previsible, muy facilona. Los malos, malísimos y la suerte siempre de su lado. Los buenos, buenísimos, y muy listos, lo que no les sirve para salir airosos de sus batallas con los primeros. Eso sí, desde las primeras páginas sabemos que, a pesar de tantas y tantas desgracias, el bien vencerá, el mal será derrotado y la historia de amor, por muy imposible y descabellada que parezca, tendrá un final feliz, como en los cuentos.

Julia de Castro

Mi verano en libros

Julio 2021