lunes, 14 de junio de 2021

Julia de Castro: El apicultor de Alepo de Christy Lefteri

 


Alepo, Siria, guerra, refugiados. En los últimos años estas palabras u otras tantas de tristes connotaciones se han convertido en sinónimos. El Apicultor de Alepo es la historia de la huida de una familia desde el horror a la esperanza pasando por la miseria, el abandono y la realidad de occidente para con todas esas personas que no tienen más salida que dejar lo que siempre han conocido y amado.

Nuri Ibrahim, apicultor y Afra, pintora, toman la difícil decisión de escapar de su tierra, dejando atrás lo que más aman, después de haber perdido a su hijo Sami y al ver como todo su mundo se desmorona y sus vidas corren un serio peligro.

La esperanza de una vida mejor en Inglaterra donde ya reside un familiar, una de las personas que más han influido en la vida de Nuri, les hace enfrentar un viaje peligroso y dramático en el que se van a encontrar con la cara más oscura y pútrida de la inmigración: mafias, hambre, prostitución, burocracia, prejuicios y un largo deambular por míseros campos de refugiados.

Nuri nos relata las dificultades de su viaje a la vez que echa la vista atrás, a su vida en Alepo y a su pasión por las abejas entre las que lleva años viviendo. A través de sus recuerdos y sus vivencias, nos muestra claramente diferenciadas, las imágenes del antes y después de una vida que, como tantas y tantas, quedó truncada por la locura de la guerra.

El apicultor de Alepo es una llamada de atención, un grito soterrado que retumba en las conciencias. Esos hombres, mujeres y niños que se ven forzados a salir al mundo desconocido sin posibilidad de elección y que se enfrentan, una y otra vez, con una muralla que les impide lo que tanto ansían, a algunos de una forma definitiva.

Historia dura porque nos pone delante de los ojos la realidad sin velos y la inquietante certeza de que el ser humano es el único depredador que amenaza al propio ser humano de multitud de formas diferentes: violencia, opresión, expolio, pero también: abandono, indiferencia, falta de empatía.

La autora de esta novela Christy Lefteri, sabe bien de lo que habla, no solo por ser inglesa de padres grecochipriotas que tuvieron que dejar su tierra y buscar un lugar lejos después de la invasión turca, sino por el trabajo que ha desarrollado en un centro de refugiados griego.


© Julia de Castro

Mi invierno en libros 2020

domingo, 13 de junio de 2021

Malena Teigeiro: Un cuento para mis nietos

 


Además de ser hija única del señor Evans, Mathilda era la dueña de la casa de muñecas. Me contó que su abuela se la dejó en herencia y que era de estilo Tudor. Quizá fuera verdad. Lo que sí era cierto es que estaba bastante destartalada, aunque eso sí, todo en ella era muy  rico, decrépito y elegante. Y en cuanto a eso del estilo, pues… ¡Lo sería! En ella, rodeados de plata, porcelanas y encajes, vivía un matrimonio con tres hijos, un niño que siempre iba vestido de marinero, una niña linda como una flor, un precioso y gordito bebé,  y dos criadas. Con todos ellos jugábamos a diario Mathilda y yo.

De pronto nos dimos cuenta de que en la casa moraba un okupa. Era un ratón blanco, pequeño, con el hocico rosado.

––Quizá se escapó del laboratorio de mi padre ––exclamó Mathilda.

El padre de Mathilda, un señor con gafas y físico de profesión, era un hombre muy serio e importante que trabajaba con animalitos. Nosotras, durante unos días, estuvimos muy atentas a ver si preguntaba por él, pero como no lo hizo, decidimos quedarnos con ratón.

Y así, como Perico por su casa, iba el ratón por las habitaciones y pasillos de la casa de muñecas estilo Tudor. El problema vino cuando una noche la dueña se fue a meter en la cama y se la encontró ocupada por Pepe, que era el nombre con el que bautizamos al blanco ratoncito. La señora de porcelana, muy delicada de maneras, pelirroja y con la piel muy blanca, comenzó a gritar, y a gritar. No contenta con eso, se subió encima de un sillón del que no encontrábamos la manera de hacerla bajar. Todos los muñecos, como locos, comenzaron a correr por pasillos y escaleras, pues de los gritos de la señora dedujeron que alguien la estaba atacando. Cuando entraron en el dormitorio y vieron al pequeño y blanco ratón que comparado con aquellas personitas de porcelana parecía un enorme monstruo, también comenzaron a gritar, incluso el padre, cosa que nos pareció bastante cobarde por su parte. La niñera, que era de una aldea chiquitita rodeada de granjas y animales, fue la única que al verlo se quedó tan tranquila. Sonriente, se dirigió a la cuna, cogió al asustado bebé y salió del cuarto entonando una nana. Nosotras intentábamos calmar al resto de los muñecos diciéndoles que aquel ratoncito era bueno, limpio y que estábamos seguras de que también era generoso. Pero ellos, cerriles, obstinados, señalándonos con el dedo, nos dijeron que o aquel monstruo se iba de la casa o llamaban a la policía. Ante esa tremenda amenaza, sin saber qué hacer, nos mirábamos una a la otra con desespero.

––Lo cierto es que este ratón tiene el rostro un poco duro ––rumió Mathilda sentada en el suelo apretando la falda de su vestido.

––Cierto ––añadí yo––. Una cosa es andar por la casa, y otra, muy diferente,  meterse a dormir entre las sábanas de fina batista.

Después de pensarlo mucho, le hicimos a Pepe una cama dentro de una caja de laca china. Era muy linda. Pensamos que le iba a gustar porque en la tapa la caja tenía una muñequita que cuando le dabas vueltas a una llave pequeña y dorada, seguía los compases de un vals. Cuando quisimos recoger a Pepe para colocarlo en su nuevo dormitorio, el ratón se abrazó a los laterales de la cama. Y no contento con eso, al parecer furioso porque le molestábamos, amenazante, nos mostró sus dientecillos. Comprendimos que su disposición a irse era nula, y pronto supimos por qué: A su lado, mamaban de sus tetillas cuatro pequeños ratoncitos. Eran rosados, sin pelo, con dos rallas chiquititas por ojos. Nos quedamos quietas. Realmente, no podíamos sacar de allí a aquella  pobre madre.

Luego de mucho pensar, colocando cajas de zapatos, unas encima de otras, hicimos otra casa de muñecas. Con cuidado de no molestar a aquella mamá, fuimos sacando los muebles, todos excepto la cama, colocándolos en las nuevas habitaciones. Y cuando ya tuvimos la casa dispuesta, trasladamos a la familia de porcelana. Parece que les gustó su nueva morada, incluso le escuchamos decir a una de las criadas que su dormitorio era más amplio que el de la casa vieja.

La preciosísima casa de muñecas de estilo Tudor de Mathilda, fue llenándose con las cosas que cada día llevaba Pepa ––por cierto, desde que lo encontramos en la cama de la señora de porcelana, como no podía ser de otra manera, comenzamos a llamarle Pepa––. Y como lo que llevaba eran en su mayoría restos de comida robados en la cocina de la madre de Mathilda, la casa, además de destartalada, ahora estaba siempre sucia y maloliente. Pero a ellos parecía no importarles.

Y así fue pasando el tiempo, y los bebés ratones crecieron sanos y guapos, encantados de poder patinar sobre el rallado suelo de ricas maderas. Y cuando después de ir a la universidad, convertidos ya en jóvenes ratones de bien, contrajeron matrimonio formando nuevas familias,  la casa de muñecas de estilo Tudor que Mathilda heredó de su abuela, se convirtió en una ratonil comuna, no muy limpia ni ordenada, en donde Pepa, rodeada por todos sus hijos y nietos vivió feliz y contenta.

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© Malena Teigeiro

sábado, 12 de junio de 2021

Amantes de mis cuentos: El baile del ayer (Versión francesa)

 


LE BAL D’HIER
Marieta Alonso


Le ciel pleurait. Nous ne pourrons pas aller au parc, dit grand-mère. Les enfants se regardèrent les uns les autres avec malice, et ils arrivèrent à la convaincre qu’avec les imperméables, les bottes en caoutchouc et les masques on ne se mouillerait pas. On verra bien, dit-elle en allant s’habiller.

 

Dans la rue des flaques de différentes dimensions rêvaient de devenir des lagunes, les lagunes des rivières, et les rivières  la mer. On n’est jamais heureux avec ce que l’on a. C’est ce qu’elle avait appris de la vie.


Elle marchait sur le trottoir avec sa canne, et les enfants pataugeant sur la route, ils arrivèrent à destination. Elle chercha des yeux le mendiant, qui jouait de la flûte, caché dans les arcades de la Grande Place. Sa musique était gaie et invitait à danser.

 

Chaque fois qu’elle l’entendait, ses pieds suivaient les notes. Son corps n’était plus celui d’avant, en revanche, son esprit semblait avoir vingt ans lustrés, avec la même envie de vivre, de rêver, de jouer avec l’amour. Elle se souvint de la fois où elle sentit une main légère dans son dos et qu’elle s’envola dans les airs qui firent se déployer la jupe. Elle montra quelque chose de plus que le nécessaire. Cela ne dura qu’un instant, heureusement; si cela avait duré une éternité, les commérages continueraient encore à résonner. Elle n’oublia jamais cette valse de l’Empereur, Ha, Strauss! Quel chatouillement!


C’était l’époque où elle n’avait pas besoin de soutien-gorge. Les décolletés de ses vêtements restaient fermes, insinuants, séduisants, et attiraient tous les regards.

 

Un cri puéril l’a tira de son rêve:

 

Grand-mère! Réveille-toi! Mon frère n’arrête pas de sauter dans les flaques et il me mouille avec l’eau sale.

 

Traducida con mucho cariño: 

María Ramírez Sánchez nació en Melilla y con 8 añitos se fue a vivir a Oujda, una ciudad del entonces protectorado francés del norte oriental de Marruecos, a muy pocos kilómetros de la frontera con Argelia. Con 21 años se vino a Madrid, donde ha trabajado haciendo traducciones francés-español hasta su jubilación, y donde ha formado una bonita familia de la que se siente muy orgullosa. 

Un millón de gracias María.  


El baile de ayer

Marieta Alonso

El cielo amaneció llorando. No podremos ir al parque, pronosticó la abuela. Los chicos se miraron entre ellos con picardía, y la convencieron que entre los chubasqueros, las botas de agua y las mascarillas no se mojarían. Ya veremos, respondió y se fue a vestir.

En la calle charcos de distintos tamaños soñaban con llegar a ser lagunas, las lagunas con ser ríos, y los ríos con la mar. Nunca se está contento con lo que se es. Eso lo aprendió de la vida.

Ella, por la acera con su bastón, y los niños chapoteando por la calzada llegaron a su destino. Se entretuvo en buscar al mendigo, que tocaba la flauta, resguardado en los soportales de la plaza Mayor. Su tonadilla era alegre, invitaba a bailar.

Cada vez que lo oía, se le iban los pies tras las notas. Su cuerpo ya no era el de antes, en cambio, su mente parecía tener veinte lustrosos años, con las mismas ansias de vivir, de soñar, de juguetear con el amor. Recordó aquella vez que sintió una mano ligeramente ahuecada en la espalda y voló por los aires en una floritura que hizo que la falda se desplegara. Enseñó algo más de lo debido. Solo duró un instante, menos mal, si hubiese durado una eternidad las habladurías seguirían sonando. Nunca olvidó aquel vals del Emperador, ¡Ay, Strauss! ¡Qué cosquilleo!

Eran tiempos en que no tenía necesidad de usar sujetador. Los escotes de sus vestidos se mantenían firmes, insinuantes, seductores, mientras atraían todas las miradas.

Un grito infantil la sacó del ensueño:

¡Abuela! ¡Despierta! Mi hermano no para de saltar en los charcos y me salpica con el agua sucia.

© Marieta Alonso

 

 


viernes, 11 de junio de 2021

Socorro González- Sepúlveda Romeral: Tocan a Gloria

 


Cuando trabajaba en el taller de costura, escuchábamos todos los seriales de la radio mientras cosíamos. También hablábamos de novios. Yo no les contaba nada a mis compañeras, pero sabía que Tomás se me declararía  en las próximas fiestas.

Lo conocía desde siempre. Su era estaba pegada a la mía. Siempre me miraba de una forma especial, como si quisiera comerme y, a la vez, como si yo estuviese arriba, en un lugar muy alto, y él no me alcanzase. Yo sentía un calor, que me subía del estómago a la cabeza, y me llenaba de alegría. Una alegría, que nunca antes había sentido.

Llegaron las fiestas y, cuando los  músicos empezaron a tocar, yo le esperé sin atreverme a bailar con otros, pero él no se decidía a sacarme a bailar. Ya muy tarde, se acercó a mí un poco bebido. Luego supe que lo hizo para atreverse.

─¡Tienes que casarte conmigo! ─dijo de sopetón.

─¡Será si yo quiero! ─le contesté.

─Eres la más guapa del baile y la más alta ─él era bajito─. Me dio la risa.

─¿Por eso te quieres casar conmigo?

─No solo por eso ─s  cortado─. Es que… No sé cómo explicarlo. Siento una cosa muy rara cuando te veo y pienso en ti todo el rato. Tú no puedes casarte con nadie más que conmigo.

Cuando acabó el baile ya éramos novios.

La boda fue en septiembre y un mes antes, en agosto con todo el calor, la petición de mano. Por la noche, vinieron a pedirme toda la familia de Tomás, sus padres y todos sus hermanos, que eran muchos. Preparamos la mesa del comedor con galletas y vino dulce. Todos comieron y bebieron mucho, como si no hubiesen cenado. El padre de Tomas me regaló la pulsera de pedida. Mi padre dijo que nos compraría los muebles, que ya estaban encargados y pusimos fecha para la boda. Se habló del banquete y de los invitados, del ajuar y de lo que cada uno aportaría para poner la casa. Tomás estaba muy contento, porque de sus hermanos era el primero que se casaba.

Llovió el día de la boda, pero no se mojó el vestido, todo blanco de blonda, con el velo de tul, el mismo que llevó mi madre en su boda. Nos casó el mismo  cura que nos había bautizado, don Hilario, que llevaba más de veinte años en el pueblo y quería mucho a Tomás. Nos hizo un sermón muy bonito, que hizo llorar a la madre de Tomás. Yo pensaba que ese día no era para llorar y me distraje con las flores que adornaban la iglesia. Eran blancas.

Un tío de Tomás nos dejó una casa para vivir hasta que nosotros tuviéramos la nuestra. Era una casa pequeña, de una sola planta, pero el patio y el corral eran grandes. En el patio había un peral y un rosal. Yo puse tiestos con geranios y sembré alhelíes. Las gallinas, que compramos a una vecina, las pusimos en el corral en un gallinero que improvisamos. Eran muy ponedoras y cada día  sacaba tres o cuatro huevos; cuando juntaba una docena iba a venderlos a la tienda, también guardaba para hacer dulces.  Me gustaba mucho cuidar de las gallinas y coser en el patio. Allí tenía Tomás dos jaulas con perdices de reclamo.  Cazar era algo que le gustaba una barbaridad y salía muchos domingos a cazar con sus amigos. A mí me llevó un día con él y le dije que nunca más volvería, que era engañar a las pobres perdices cuando acudían al canto del macho. Tomás se reía. Se reía siempre y por todo. Mi hermana decía que tenía un buen carácter y yo mucha suerte de estar casada con él.

No hacía ni tres meses que nos habíamos casado, cuando me quedé embarazada. Me lo notó la madre de Tomás, porque había tenido muchos hijos. Cuando llegó Tomás del campo se lo dije. Me cogió en brazos y empezó a dar vueltas conmigo loco de alegría. Cuando me soltó, yo estaba tan mareada que tuvieron que sujetarme para no caer.

La niña nació un día de febrero que hacía mucho viento y frío. Tomás fue a avisar a mi hermana para que ayudase a la comadrona, que no hacía más que decir: ¡Empuja! ¡Empuja un poco más! Sentía un dolor tan grande que pensaba que me moría y gritaba llamando a mi madre, ─que había muerto cuando yo tenía doce años─. Cuando la comadrona me enseñó la niña, casi no la miré. Solo tenía ganas de llorar. Tomás entró en la habitación y dijo que era muy bonita, pero se le notaba la desilusión  porque no había sido un niño.

Luego llegó un niño, después otro y otro. Tomás decía que cada vez eran más guapos, que habíamos aprendido a hacerlos muy bien y, que, el día de mañana, tendría muchas ayudas en el campo. Yo me enfadaba y le decía que no quería que mis hijos, de mayores, trabajaran en el campo; que yo quería que fueran médicos o veterinarios, como los que había en el pueblo, que eran respetados por todos. Tomás se reía y contestaba que ya se vería, que estudiar en la capital costaba mucho dinero, que eso era para los ricos.

Dinero no teníamos pero teníamos algunas tierras que me había dado mi padre como dote. Tomás siempre decía que las tierras no se vendían porque pasaban de padres a hijos, que así había sido toda la vida.

Los niños, menos los dos últimos, iban a la escuela. Les gustaba estudiar y eran muy listos, eso decía el maestro y la maestra de mi hija mayor, que estaba muy alta y era muy responsable. Los niños eran más traviesos, alegres como Tomás  y rubios igual que él.

Aquel invierno fue muy duro. Costaba mucho calentar la casa solamente con la lumbre en la cocina y un brasero en el comedor. Juanito, el tercero de mis hijos, que se constipaba cada invierno, cayó enfermo. El médico, que venía cada día a visitarlo, mandó que guardase cama. Dijo que aislase al enfermo del resto de mis hijos, que lavase sus platos aparte. Tenía tuberculosis. Se me cayó el mundo encima. Yo ventilaba bien la habitación y abrigaba al enfermo con una manta y una pelliza de su padre, que había arreglado para él. Juanito pálido y con la cara roja por la fiebre se parecía a la Blancanieves del cuento. Cuentos quería que le contasen todo el rato. Yo pasaba con él todo el tiempo  que podía. Me llevaba la costura a su cuarto y le hacía compañía. Los niños cuando iban a verle no pasaban de la puerta. Tomas, cuando venía del campo, lo primero que hacía era ir a ver al niño y siempre le traía algo: unos huevos de paloma, un pájaro o una piedra redondita como una pelota pequeña. Él se ponía muy contento, pero su padre salía de la habitación muy triste.

Cuando llegó la Navidad, pusimos el belén en el comedor. Era un  belén sin figuras humanas solo tenía ovejas, patos y gallinas y un niño Jesús muy grande, desproporcionado. Tomás  hizo una zambomba para cada niño, no la estrenaron. No pudimos ir a la Misa del Gallo, como otros años. Tomás encendió un buen fuego en la cocina y allí cenamos. Oíamos desde casa a la gente que pasaba cantando. Las coplillas alegres de la Navidad me sonaban tristes. Esa noche, Tomás y yo, la pasamos entera en la habitación del niño. Estaba muy malito.

El día que murió, amaneció nevado. El patio, el corral, los tejados y la calle estaban blancos y silenciosos. El reloj de la plaza daba las horas y se oían lejanas, como en sordina. Mi hijo murió de madrugada y no pudo ver la nieve. Yo estaba vacía por dentro, y no podía llorar. La casa se fue llenando de gente. Vinieron la familia, los vecinos, los amigos. Yo no quería ver a nadie solo quería estar con mi niño. Mi hermana me ayudó a vestirlo, la misma que me ayudó a traerlo al mundo. Mi hija se ocupó de lavar y vestir a los niños y de explicarles que su hermano había muerto.

Llegó la hora del entierro. Ya estaba preparado el niño en su caja de madera forrada de raso blanco, adornada con flores de papel, también blancas, de las  que hacen las monjitas. La iglesia estaba llena. Los hombres no habían ido al campo ni los niños a la escuela por la nevada. Tocaban las campanas.

─Tocan a gloria ─dijo alguien─ porque es un niño.

Después de la misa, todos nos dirigimos al cementerio. Yo quise acompañar al niño hasta el final, llegué rodeada de mis hijos. En un rincón habían cavado un hoyo. Allí nos dirigimos, Tomás me sostenía, el dolor que yo sentía me impedía fijarme en el suyo, pero me fije en el blanco de la nieve, todavía sin pisar, sobre las tumbas, sobre los cipreses… y en la gente que nos miraba con pena.

Cuando volvíamos del cementerio, anochecía. La nieve ya estaba sucia y se empezaba a derretir, los tejados goteaban y se encendían las escasas luces de las calles. Ladraba un perro, el del pastor que volvía para guardar las ovejas. En el cementerio había quedado el niño solo.

Entramos en la casa. Me fui a su habitación y, en un rincón, estaban sus zapatitos abandonados. ¡Por fin! Empecé a llorar, primero despacito después, los sollozos, cada vez más rápidos, se convirtieron casi en gritos. Tomás vino asustado, quiso abrazarme para consolarme.

─¡No te acerques! ─Grité como loca─ ¡No dormiré más contigo! No volveré a tener, nunca más, un hijo que se me muera.

                                            

 

© Socorro González- Sepúlveda Romeral 

jueves, 10 de junio de 2021

Feria del libro en Paracuellos del Jarama 2021

Comparto con vosotros la entrevista realizada por un medio local en la @ferialibroparacuellos

Muchas gracias a  Paracuellos del Jarama por esta bonita iniciativa.

Muchas gracias a su gente. Encantadores.





Hasta el año que viene.

Para verla al completo pinchad aquí


miércoles, 9 de junio de 2021

La cocina a mi alcance: Arroz con bacalao

Me encanta el bacalao asado, en salsa, con aceite, con crema de leche, dulce a la miel, en salazón. Como me lo pongas.




Me encanta el arroz de grano corto, de grano medio, de grano largo, silvestre, integral. Como me lo pongas.




Mi amiga Caridad, que lo sabe, me trajo ayer un enorme táper para que comiéramos las dos este rico plato de arroz con bacalao.

Hay muchas teorías sobre su origen, pero parece que la que toma más fuerza es la que dice que se trata de un plato tradicional de Cuba, eso asegura mi amiga. Se cree que el bacalao fue llevado a la isla por los vascos. Como sucede con muchos platos hay un montón de teorías que acreditan su origen en la cocina levantina, gitana, maña…

No voy a discutir por ello. Lo que quiero es empezar a comer.

Pero Caridad que es una bailona de mucho cuidado se puso a cantar y a moverse al ritmo de Sarandonga ese delicioso son cubano de Compay Segundo que Lolita Flores popularizó cambiando el ñame con bacalao, por arroz con bacalao. He aquí dos estrofas con las diferentes versiones:

 

Compay Segundo

Sarandonga nos vamos a comer

Sarandonga un chiricuchiri

Sarandonga en el alto del puerto

Sarandonga un ñame con bacalao

Sarandonga que mañana es domingo.

 

Lolita Flores

Sarandonga nos vamos a comer

Sarandonga un arroz con bacalao

Sarandonga allá en lo alto del puerto

Sarandonga que mañana es domingo.

 

Aquí va la receta:

Ingredientes

2 tazas de arroz

2 ajos

1 pimiento rojo

500 gramos de bacalao

1 litro de fumet de pescado

Azafrán o colorante

Preparación:

Mejor bacalao desalado, de lo contrario hay que desalar y desmigarlo.

Lo primero en una paella doramos los ajos en láminas. El ajo y el bacalao se aman así que, si queréis ponerle más y os gusta, mejor.

Agregamos el pimiento rojo cortado en dados. Rehogamos hasta que quede blando. Agréguese el bacalao, dorarlo todo y añadir el arroz medido por tazas, dejando dorar todo. Remover de continuo para que no se pegue el fondo.

Añadir doble cantidad de caldo de pescado que de arroz, déjese cocer hasta que se seque. Agregamos el colorante y dejamos cocinar unos 18 minutos. Los primeros minutos a fuego fuerte y continuamos a fuego suave.

Mi amiga unas veces lo deja secar y otras lo deja caldoso.

 

Riquísimo de cualquier manera.

lunes, 7 de junio de 2021

Curiosidades de la vida vegetal

 

De Cristian Ordenes - Mercado de Sucre, CC BY 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3232779


Un vegetal es un ser orgánico que crece, vive y se reproduce, aunque no se traslada de un lugar por impulso voluntario. Carecen de aparato locomotor. Ya Aristóteles distinguía entre los animales que crecen, viven y sienten; los vegetales que crecen y viven; y los minerales que crecen, pero no viven ni sienten.

Desde la antigüedad se han desarrollado nuevas respuestas a las necesidades humanas basadas en el uso de vegetales, tanto en la alimentación como en las aplicaciones médicas, textiles, industriales y como fuente de energía renovable.

La vida vegetal se desarrolla, generalmente, fija en el suelo. Tienen crecimiento continuo en las raíces, ramas externas, tallos, y sensibilidad ya que responden a estímulos externos como la luz, el agua, contactos…  

Los alimentos vegetales incluyen a las hortalizas, como las verduras y los tubérculos, y las legumbres. La lechuga, el tomate, el apio y la cebolla son vegetales. No obstante, existen muchos más tipos de vegetales como los frutos secos, las algas, las setas...

Hoy se sabe que el 85% de la vida vegetal se encuentra en el océano. La NASA en el 2011 descubrió que, en las aguas del océano ártico, a pesar de estar cubiertas por una capa de hielo de más de noventa y un centímetros, hay más plantas marinas microscópicas que en cualquier otra región oceánica del mundo.

Actualmente hay más de 350.000 especies vegetales, y cada día hay más personas que practican el régimen alimenticio llamado vegetarianismo.



De Claus Ableiter - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2776102