lunes, 25 de octubre de 2021

Lugares de peregrinación: Lourdes (Francia)

 



En esta pequeña ciudad francesa al pie de los Pirineos se erige el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, dedicado al culto a la Virgen María, que según la tradición católica se le apareció a la joven Bernadette Soubirous en la llamada Gruta de las Revelaciones. 

En el año 1858 y durante seis meses la joven sería testigo de hasta dieciocho apariciones de una figura femenina que finalmente se revelaría como la Inmaculada Concepción, hechos que convertirían el lugar como centro de peregrinación masivo en el que hoy se levanta un complejo de templos dedicados a la veneración mariana que recibe unos ocho millones de peregrinos al año.

A partir de los hechos testimoniados por Bernadette Soubirous, la Iglesia católica consideró a la Virgen María, en su advocación de Nuestra Señora de Lourdes, la patrona de los enfermos.




sábado, 23 de octubre de 2021

Brújulas y Espirales: Pablo Cazaux, Muertos a la carta

 

Blog literario de Francisco Martínez Bouzas


RECETAS PARA EL VIAJE AL MÁS ALLÁ


Muertos a la carta

Pablo Cazaux

Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2018, 180 páginas



    


   Un curioso e inédito  chef que trabaja en el restaurante Le Rêve es el encargado de recibir a las almas vivas de los muertos que aún no son conscientes de su condición. Partiendo de este hecho, el escritor argentino Pablo Cazaux (Avellaneda, Buenos Aires, 1967)  presenta esta novela que se hizo merecedora del IX Premio Tristana de novela Fantástica. El autor es un escritor con una amplia obra narrativa (novelas y cuentos), en la que, desde distintas perspectivas, enfoca el problema de la identidad y de la violencia.

   En Muertos a la carta, el chef propone a sus comensales los platos más idóneos, dada su condición, y les transmite lo que ninguno de ellos quiso escuchar. Los cual no es de extrañar porque los muertos son muy difíciles y sus gustos, muy especiales: beber, charlar, los juegos de azar, y su humor es tan cambiante como volátil.

   La novela se halla comprimida en dos semanas. En esos pocos días, el chef M contará su trabajo y las sutilezas que se verá obligado a emplear para que sus clientes le cuenten sus vidas y comprendan que finalmente ya no son  de este mundo.

   Cuando llega un nuevo comensal -por lo general llegan en pareja-, el chef, antes de recomendarles ningún plato, les hace saber que tanto él como ellos deben saber algo sobre sí mismos. Solo entonces les ayuda a tomar la decisión, inspirándose en lo que cuentan.

   El primero que se le presenta es un sicario. Y mañana va a matar a un hombre. Tres años de intentos y todos fallidos. Acto seguido, una mujer con planes de divorcio. Una mujer, con amante oculto, que trata fatalmente a su marido, que ni siquiera le había reprochado lo del amante. Una lasaña de mejillas de ternera es el delicado menú que les prepara. El miércoles llega un hombre muerto que no sabe  de su condición. Le gusta la charla porque al tener problemas por resolver, siempre vuelve a contar sus historias. Tal es el caso de una mujer mayor acompañada por un pequeño monstruo, un enano de unos cincuenta centímetros, que anotaba números de forma compulsiva. Ninguno de los dos se sacian de comer ni de hacer de la venganza el motivo de sus vidas.

   Durante los catorce días, el chef M cuenta su trabajo y sus estrategias para que los clientes le revelen sus vidas y comprendan que están muertos y, al mismo tiempo, que nos entretiene o aterra con las situaciones que viven sus muertos vivientes, casi siempre relacionadas con aquellas almas que nunca llegan a buen fin.

  Pablo Cazaux diseña un protagonista perfectamente logrado para la función que realiza: entre cínico  y compasivo, capaz de entablar con los vivientes muertos -o muertos vivientes- jugosos diálogos rebosantes de sutil humor negro. Además el autor sabe otorgarle a la acción y a la situación que nutre cada día y cada menú, cierto aire inquisitivo y misterioso. Habla además de la muerte con una amalgama de ternura y humor negro. Y sobre todo logra que sus comensales le cuenten sus historias para llegar a comprenderse a sí mismos.

   Encontramos historias truculentas, siniestras, trágicas, trágico-cómicas y especialmente humanas. Algo tan íntimo y personal solo lo logra el chef mediante una buena conversación y el gusto. Un buen plato suele abrir las pertas de las emociones.

  

                                            
Pablo Cazaux


 La novela y sus capítulos están bien estructurados, permitiendo su escritura que se combinen en armonía la explicación que en sus recetas hace el chef M con sus reflexiones sobre la condición humana y con las explicaciones que, en los encuentros con los comensales,  estos le dan o reciben para que se atrevan a dar el paso final: el viaje al más allá porque a la mayoría lo que les duele por dentro (la vergüenza por no haber cumplido hasta el final el papel de sicario, por ejemplo), les incapacita en sus actual condición.

   Novela fantástica, pero cimentada en la realidad de la vida con un punto de partida basado en un humor inteligente, mezclado con correctas y agudas proyecciones en el diálogo, acción, inventiva y recetas reales que el autor reconoce que han sido aportadas por un chef real.

En resumen, una novela que en el humor negro halla la modalidad con la que el autor la modula hasta lograr desdramatizar las historias del último y definitivo viaje.



Francisco Martínez Bouzas

jueves, 21 de octubre de 2021

El Guernica. Historia de un icono

 



Una de las obras más importantes del arte del siglo XX. Pintado en París entre los meses de mayo y junio de 1937 por Pablo Ruiz Picasso. Representa el sufrimiento con que la guerra azota a los seres humanos, mostrando un rechazo absoluto a todas las guerras. Es un documento histórico con muchas heridas abiertas. Salvo el título no tiene ninguna referencia concreta al bombardeo de Guernica ni a la guerra civil española.

Si nos posicionamos frente a El Guernica vemos un óleo sobre lienzo de lino y yute, en tonos blancos, negros, y variada gama de grises, dentro de una estructura semejante a un tríptico.

A la izquierda del cuadro un toro.  Picasso era muy taurino. El cuerpo oscuro, la cabeza blanca, se muestra impasible ante lo que ocurre a su alrededor. Se cree que representa al bando nacional.

Bajo el toro, la madre con su hijo muerto, la cara hacia el cielo, lengua afilada y los ojos en forma de lágrima. Los ojos del niño carecen de pupila. Desgarro, dolor, sufrimiento.

Situada entre el toro y el caballo aparece una paloma, solo está trazada su silueta. Tiene un ala caída, la cabeza hacia arriba y el pico abierto. La relación entre la paloma y la flor que sostiene el soldado muerto podría ser una forma de incluir a su mujer a la que escribía y pintaba estos dos símbolos, o tal vez podría significar un rayo de esperanza, o un símbolo de la paz rota.

El caballo se cree que representa al bando republicano. Al estar la escena central focalizada en el caballo en forma piramidal, podría simbolizar a las víctimas inocentes de la guerra, o también un guiño a los barrocos. Y cabe la posibilidad de que el caballo sea una yegua.

El soldado muerto con un brazo extendido, y el otro sosteniendo una espada rota y una flor, junto con el rol de la mujer como víctima, como madre, parecen ser los verdaderos protagonistas del Guernica.

El toro, la paloma, el caballo, el soldado muerto, la madre con su hijo muerto, la bombilla, la mujer arrodillada, la mujer del quinqué, la casa en llamas, la mujer o quizás un hombre implorando, la flecha oblicua…, todos son símbolos.

Aristóteles afirmaba que no se piensa sin imágenes. Y que el pensamiento y la simbología constituyen las más evidentes manifestaciones de la inteligencia. Debo reconocer humildemente que a mí se me escapan muchos de sus significados. No creo que sea fácil acertar pues los símbolos pueden ser simples, complejos, oscuros, obvios... Quizás todo el conjunto sea la forma artística del autor de decir: «Basta de guerras».

Otro hecho relevante es que Picasso lo ubica en un interior, cosa extraña en un bombardeo. Quizá tenga que ver con la búsqueda de un refugio, o que la guerra nos afecta a todos por dentro. La altura está a ras del suelo como si invitara al espectador a adentrarse en ella, potenciando la sensación de empatía.

Ante las miles de teorías que este cuadro genera no sería mala idea dotarlo con nuestra propia imaginación, ya que hay opiniones dispares para todos los gustos. Lo único verdadero es que su valor artístico está fuera de discusión.

El encargo fue un proyecto republicano para la Exposición Internacional de París en 1937. Es la primera obra en la que Picasso se posiciona a nivel político. En este momento el artista se está alejando del cubismo para experimentar con el surrealismo. El cuadro tiene una potente influencia del cine. Su vida personal, en aquel momento, era un tanto complicada con tres mujeres a su alrededor: su esposa Olga; Marie-Thérèse, madre de su hija Maya, y su amante Dora Maar.

Picasso decidió que el cuadro permaneciera fuera de España hasta que no se restaurara la democracia. Gracias a la factura se pudo recuperar ya que había sido pagado por el Gobierno de la República y pertenecía al Gobierno Español. El cuadro no llegó a Madrid hasta 1981. Estuvo en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (Moma) durante cuarenta años, a su regreso estuvo en el Casón del Buen Retiro y luego fue llevado al Museo Reina Sofía, donde hoy se puede contemplar.

 

A este cuadro se le considera el último exiliado.

martes, 19 de octubre de 2021

Liliana Delucchi: La competición

 


De negro absoluto, las gemelas están sentadas una junto a otra ante el féretro de su padre recibiendo las condolencias de vecinos y parientes.

—Hemos pensado que, una vez celebradas las exequias y quizás transcurrido un tiempo prudencial, organizar una carrera de caballos a la que le pondríamos el nombre de su padre, dado el amor que sentía don Prudencio por estos animales —les dice el administrador en voz baja.

Las hermanas asienten con un movimiento de cabeza y un «gracias» apenas audible.

De regreso a su casa se instalan en el salón, cada una en su sofá, en su mundo, frente a frente y en silencio. Lo rompe Mercedes preguntando a su hermana si cree que deberían participar.

—Desde luego que sí, cada una con su caballo —responde Teresa sin levantar la vista de una foto—. La carrera lleva el nombre de papá.

Las niñas, huérfanas de madre a muy temprana edad, habían sido el centro de la vida de don Prudencio y, a pesar del tiempo que le insumían la finca y sus negocios, siempre estaba atento a las necesidades de sus hijas. Con el tiempo pudo comprobar que existía una competencia soterrada, y a veces explícita, entre ellas por reclamar su atención. Tenían piques sobre quién sacaba las mejores notas, cuál hacía el mejor ramo de flores o la tarta más sabrosa. Consternado, llegó a pensar si no sería necesario volver a casarse, pero desechó la idea. Era probable que otra mujer acrecentara el problema en vez de solucionarlo.

El día que Teresa le pidió un caballo se sintió halagado, pero enseguida maduró que sería mejor comprar uno para cada una. Pero me dejaréis que yo les ponga los nombres, les dijo. Y eligió Rocinante para Mercedes y Babieca para su hermana.

Lo que el padre intuyó que serían agradables paseos se transformaron en carreras entre las niñas, trampas incluidas, solo que ninguna era responsable de los engaños sino que culpaba a la otra. La adolescencia incrementó los recelos y los posibles novios el antagonismo. La madurez no logró acercarlas.

Cuando a don Prudencio le diagnosticaron la enfermedad que acabaría con su vida, llamó a sus hijas y con la dulzura que lo caracterizaba, les dijo:

—Estoy a punto de marcharme y no querría hacerlo sin una promesa por vuestra parte. Dejad de lado vuestras diferencias, eso solo os traerá desasosiego. Sin mí solo os tenéis la una a la otra. Por favor, quereos como os he querido.

Llegó el día de la carrera. Todo está dispuesto, vecinos y aparceros participan de esta conmemoración a quien durante años fuera una persona querida en la comarca.

Las gemelas están montadas cada una en su caballo. Se miran, se estudian. Se escucha un disparo y baja la bandera que da inicio a la competición. Los animales salen al galope, menos Rocinante y Babieca, que se mantienen en su sitio. Las hermanas se miran y, sonrientes, avanzan al paso en dirección al estanque en el que celebraron la última merienda con su padre.

© Liliana Delucchi

domingo, 17 de octubre de 2021

Paula de Vera García: Un día especial (Ban & Elaine) - Parte I

 


 

Aquella mañana, Ban se despertó temprano como de costumbre. Despacio, abrió los ojos con pereza y contuvo apenas un bostezo relajado. De primeras, su mirada se clavó en el techo de ramas en cuanto fue capaz de enfocar algo a su alrededor. Los nudos parecían moverse con vida propia en la madera, mientras algunos brotes discretos querían empezar a abrirse paso entre sus vetas. Ban sonrió con deleite mientras sus ojos descendían muy lentamente, siguiendo el apretado ramaje, hasta llegar a la altura del suelo del dormitorio. Una vez allí, se clavaron con especial interés en una figura pálida y estilizada situada frente a él. Sus alas se encontraban desplegadas en todo su esplendor, brillando con ese fulgor dorado tan especial que volvía loco al ex bandido con sólo mirarlo. Aunque a este hecho también contribuía la vista de las suaves curvas de su cuerpo menudo, apenas ocultas en aquel instante por la larga melena de cabello rubio y lacio cayendo por su espalda.

―Si sigues mirándome así, me voy a derretir… ―comentó Elaine entonces, sin girarse.

El humano soltó una risita ronca, pillado en falso.

―Culpable… ―reconoció, con media sonrisa lobuna y sin moverse un centímetro de su posición en la cama―. ¿Cuándo has sabido que estaba despierto?

En ese instante, su mujer se irguió y lo encaró de lado, mientras terminaba de retirarse los últimos restos de agua del rostro juvenil; eso sí, con media sonrisa irónica que Ban diría que había aprendido de él.

―¿Más o menos? Desde ese “menudas vistas” que tu mente ha dejado escapar… ―ironizó el hada―. ¿He acertado?

Ban rio con más fuerza, tocado y hundido, pero sin perder su propia mueca en ningún momento.

―Vaya. Entonces, está claro que me has cazado… ―canturreó. Elaine, por su parte, se giró del todo antes de cruzarse de brazos y observarlo con sorna―. De todas formas, cariño. No puedes pedirme que no aprecie ciertas cosas en su justa medida ―se defendió él, con fingida inocencia y sin dejar de recorrer sus curvas con mirada impune―. ¿No crees?

Para su deleite, la sonrisa de Elaine se ensanchó mientras avanzaba hacia la cama y se aproximaba a él.

―No, no se me ocurriría ―siguió ella su tono, antes de subirse a la cobertura vegetal que hacía las veces de sábanas y arrodillarse a su lado. Ban se irguió sobre los codos para aproximarse más, reprimiendo a duras penas la tentación de lanzar sus labios sobre aquel cuerpo magnífico a sus ojos―. Espero que hayas dormido bien…

Él asintió, acariciándole la mejilla con una castidad opuesta a sus pensamientos.

―Ayer fue un día especial, aunque no lo creas…

Elaine meneó la cabeza, no sin cierta diversión cargada de ternura, al saber a qué se refería.

―Bueno, es verdad que para las hadas, los cumpleaños no significan demasiado… Por lo menos, si hablamos año a año ―admitió, antes de sonrojarse y morderse el labio con aparente pudor―. Pero contigo… Me gusta celebrarlos. Lo reconozco.

Ban la miró con dulzura.

―No podría pedir otra cosa que celebrar cada día de mi vida contigo, sea el que sea ―aseguró, haciendo que ella lo imitara―. Aunque… Sólo espero que te gustara el regalo de cumpleaños…

Elaine soltó una risita encantada.

―¿Te refieres al banquete que se te ocurrió preparar aprovechando que Jericho estaba ocupada con Lance?

La mueca orgullosa de Ban se ensanchó, sin ápice de arrepentimiento.

―Bueno, creo que fue una cena muy romántica ¿no crees? Los dos solos, sin nadie que nos molestase durante mucho rato...

No añadió que el hecho de poder hacer el amor con ternura y pasión durante el resto de la noche, ya entre los muros de su dormitorio marital; justo después de dicha cena y casi sin ser capaces de reprimir sus instintos ni siquiera por el camino a la cama, para él había sido agradecimiento de sobra. Al menos, frente a lo que él consideraba apenas un detalle insignificante para todo lo que merecía su reina. Sin embargo, Elaine sólo tuvo que escuchar lo que pasaba por su mente para sonrojarse de forma deliciosa, al tiempo que se mordía el labio de nuevo con azoro.

―¡Para, Ban! Deja de pensar esas cosas tan alto, o no conseguiré que mi cara recupere un color normal en todo el día…

El aludido sonrió y sacudió la cabeza, divertido como nunca. Al menos, antes de rendirse sin esfuerzo y, en cambio, acercarse un poco más a su flamante esposa. Cuando sus labios se rozaron, Elaine tampoco se resistió y ambos se besaron durante dos minutos que se hicieron demasiado cortos. Sobre todo, cuando varios gorgoritos de tono infantil y elevado llegaron a sus oídos a través de la puerta del dormitorio. Ban contuvo sin problema su leve contrariedad por no poder seguir disfrutando de la intimidad con la mujer de su vida, mientras esta alzaba la cabeza casi de inmediato y prestaba atención a la fuente del sonido.

―Bueno… Creo que vamos a tener que dejar esto para después ¿no? ―ironizó entonces la reina hada, dirigiendo una mirada elocuente a su esposo humano.

Ban asintió con idéntico humor.

―Venga, vamos a ver al canijo, que ya es hora… ―indicó. Aunque aprovechó a tomar a su mujer por la cintura durante un breve instante, besarla por última vez y susurrar―. Y, lo dicho… Te tomo la palabra para después. ¿De acuerdo?

 

***

 

Como ambos suponían, nada más llegar al dormitorio del pequeño Lancelot, este los recibió con emoción rielando en sus ojos rojizos, mientras agitaba las manos en el aire. Elaine llegó enseguida para sacarlo de la cuna y abrazarlo, sonriendo con dicha absoluta. ¿Quién le hubiese dicho hacía más de dos años, cuando aún esperaba en la Necrópolis a que Ban encontrara la forma de devolverle la vida, que llegaría a disfrutar de semejante bendición? Lancelot era un bebé tranquilo, aunque avispado; crecía a buen ritmo y, con casi un año ya de edad, era un polvorín que hacía las delicias –o no tanto– de todo el palacio. Desde luego, había otra habitante humana del mismo que correspondía al primer grupo, y así lo demostró su amplia sonrisa cuando vio aparecer a la familia en el enorme salón comedor.

―¡Buenos días, chicos! ―saludó una Jericho jovial, como de costumbre. A sus casi veinte años, la antigua perseguidora de Ban había empezado ya a transformarse en una auténtica mujer. Muestra de lo cual era que su antaño cabello corto por la barbilla, que siempre llevaba recogido en cola de caballo, ahora empezaba a caer, en suaves ondas hasta la parte baja de sus hombros―. Pero ¿cómo está mi chiquitín?

Lancelot, por supuesto, reaccionó a aquella llamada de atención manoteando y gorjeando en dirección a Jericho. Ban y Elaine intercambiaron una risita cómplice antes de dejar que la madrina del pequeño lo cogiese en brazos y comenzase a hacerle carantoñas.

―¿Cómo va todo por el Bosque, Jericho? ―preguntó entonces Ban, tomando unas frutas de una balda cercana y comenzando a preparar los cuencos de desayuno― ¿Alguna novedad esta mañana?

La humana se encogió de hombros con naturalidad, al tiempo que le cedía el niño a una Elaine ya lista para darle el pecho. No le quedaba demasiado para empezar a dejar la lactancia, pero el hada había descubierto desde hacía unos meses que ya no podía casi concebir el hecho de no hacerlo todos los días.

―Lo cierto es que parece que todo anda tranquilo ―repuso entonces Jericho, tomando una fruta para ella y dándole un mordisco intenso antes de proseguir―. Nada comparado a hace un par de años, desde luego…

―Y mejor que siga siendo así ―repuso Ban sin acritud, sentándose al lado de su mujer y tendiéndole su desayuno, antes de acariciar con ternura la rubia cabecita de su hijo―. Que, al menos nos den un tiempo de respiro… ¿No?

Jericho rio y los otros dos la corearon. Lo cierto era que, fuera como fuese, nada parecía capaz de estropear aquella dulce tranquilidad en la que todos vivían sumidos desde hacía cosa de un año, si no más. Pero la prevención nunca era algo a tomarse a la ligera. De ahí que, varios minutos después y tras terminar todos de llenar el estómago, Ban anunciase que se iba a dar la vuelta de patrulla de rigor por el bosque. Las dos mujeres lo despidieron entonces junto con Lancelot, afectuosas; desapareciendo el padre en el preciso momento que el bebé pugnaba con más fuerza por bajar al suelo.

Con un suspiro, Elaine lo dejó hacer y lo observó gatear durante unos segundos. Al menos, antes de comprobar cómo el pequeño intentaba alzarse con esfuerzo sobre las dos piernas. Momento en que las dos mujeres presentes cruzaron una mirada cómplice y Jericho dijo:

―¿Lista para volver a intentarlo?

Elaine asintió, convencida y sabiendo de qué le hablaba

―Lance, mi amor ―llamó a su hijo. Este se giró, curioso, pero no reculó cuando ella se aproximó y se arrodilló a su lado. Entonces, el hada sonrió con dulzura y pronunció―. Bueno… ¿Qué te parece si intentamos andar un poquito?

 

Historia inspirada en Ban & Elaine, personajes de “Nanatsu No Taizai”

Imagen: Ban x Elaine, de 619Alberto

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viernes, 15 de octubre de 2021

Nuevo Akelarre Literario nº 73: El patito feo







Pinchad en el título y disfrutad


El cuento del Patito feo ha sido la excusa de nuestras cuentistas para encontrar en él situaciones que, sin desmedro de la historia del gran danés, se trasladan a otros espacios.


Un gran abrazo

jueves, 14 de octubre de 2021

Julia de Castro: A prueba de fuego de Javier Moro

 



En esta novela, la voz de Guastavino hijo nos acerca a la vida, tanto pública como privada, del “arquitecto de Nueva York”, Rafael Guatavino. 

Valenciano bautizado así por el The New York Times por su trabajo en la ciudad de los rascacielos, donde tanto él como su hijo Rafael, han dejado su huella en innumerables y espléndidas obras, cerca de 360, entre ellas: la Estación Gran Central, la entrada del Carnegie Hall, el gran hall de la isla de Ellis, parte del metro, el puente de Queensboro, la catedral de San Juan el Divino o el Museo de Historia Natural, así como otras más de 600 en EE.UU.

Además de cómo se gestaron sus grandes obras, conoceremos como consiguió reunir el dinero para cruzar el charco a través de una estafa de pagarés, que no le permitió volver a España. Dejó Barcelona en 1881 cuando su nombre era conocido y respetado en la ciudad después de la construcción de obras como la fábrica Batlló, para arribar a una ciudad en expansión en una época de máxima agitación.

Guastavino, que se dio a conocer como especialista en construcciones resistentes al fuego fundó la Guastavino Fireproof Constructios en 1889 y colaboró con los grandes arquitectos del momento.

Me ha resultado muy interesante esta lectura sobre la vida del arquitecto que, más parece una montaña rusa que la trayectoria de un profesional de la arquitectura y la construcción. Sus relaciones amorosas; sus continuas empresas fallidas y bancarrotas fruto de una nula visión para los negocios; la dolorosa separación de sus hijos que hace que se aferre a Rafael, el único que le queda a su lado; la generosidad y la afición a gastar dinero en cuanto se veía con algo en los bolsillos. Tengo que reconocer que conocía muy poco de la vida de Guastavino más allá de los edificios más representativos y eso, gracias a que tengo una arquitecta en casa, pero hay mucho más detrás del nombre.

Cientos de patentes constructivas ponen de manifiesto la enorme contribución de los Guastavino a Nueva York y otras ciudades. Sus obras tienen como marca inconfundible la bóveda tabicada de ladrillo plano de origen árabe y larga tradición en el mediterráneo español. Se trataba de cubrir el techo con ladrillos colocados por su parte plana y unidos por la parte más estrecha mediante cemento. La gran ventaja de este sistema era: menores costes y su resistencia al fuego que había asolado las ciudades de Chicago y Boston. Su gran logro fue agrandarlas para albergar monumentales edificios públicos usando un tipo de cemento más ligero e igualmente ignífugo.

Gracias a la defensa y la conservación de los edificios históricos de la ciudad en la que participaron movimientos sociales, Guastavino fue redescubierto en 1970 por los neoyorquinos.


 © Julia de Castro

Mi invierno en libros

Enero 2021