miércoles, 27 de enero de 2021

Emelina López: El sufrimiento




Lied: Canción lírica breve para voz solista y acompañamiento de piano, generalmente propia de los países germánicos en la música clásica y romántica.  

Autor: José Manuel Jiménez (Lico) nació en Trinidad (Cuba). Estudió piano con Georg Armbrust en Hamburgo y con Carl Reinecke e Ignaz Moscheles en Leipzig. En 1876 ganó el primer premio en el Conservatorio de París. Regresó a Cuba en 1879 siendo profesor en la ciudad de Cienfuegos. Regresó a Alemania en 1891 donde se casó y trabajó como profesor de piano en el Conservatorio de Música de Hamburgo. Murió el 15 de enero de 1917.

Pianista: José Luis Fajardo nació en Pinar del Rio (Cuba), en el seno de una familia de grandes músicos, como José Fajardo (Fajardo y sus estrellas), Alberto Fajardo (violinista y director de orquesta) y Gloria Fajardo (Gloria Stephan). Muy joven se trasladó a Puerto Rico y posteriormente a Asturias, donde residiría con sus tíos en Grado, estudiando en el Conservatorio de Oviedo con Miguel Gomis y en Grado, con su amigo Florentino Fernández (Tino). En 1966 ingresa en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid.

Posee la medalla Lincoln-Martí (Washington), el Primer Premio Casa Viena (Oviedo), Premio Lecuona del Centro Cubano de España, Medalla de Oro del Canal 11 de TV (Puerto Rico) y el «Albéniz Institute Award» (Nueva York).

Desde su primera ejecución en público de las obras de Lecuona, el día de Santa Cecilia de 1963, en el Seminario de Oviedo, ha sido uno de los pocos pianistas que ha dado a conocer en el mundo la extensa obra del genial compositor.

Soprano: Emelina López nació en el pueblo habanero de Regla el 10 de noviembre de 1948. Realiza su formación musical bajo la orientación pedagógica de Margarita Horruitiner.

Gana el primer premio compartido de la segunda edición del Concurso Nacional de canto de la UNEAC (1973) y tres años después debuta en la Ópera Nacional de Cuba, en el rol de Leonora, de El trovador, de Verdi.

En la década de 1980 se establece en España, donde reside en la actualidad. Estuvo casada con el actor, historiador y crítico Teófilo Calle, hoy fallecido.

 


DISFRUTAD




lunes, 25 de enero de 2021

Lugares de peregrinación: Santiago de Compostela (España)

 



Muchos son los caminos que conducen a Santiago: el francés, el portugués, el inglés, la Vía de la Plata, el de Sanabrés, el de Liébana…

El camino francés fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1993, y en el 2015 se declararían también los caminos del Norte.

Su origen se remonta a la época medieval, a la aparición de los restos del Apóstol Santiago en Campus Stellae, y desde entonces ha sido y es un motor de desarrollo cultural, económico y artístico.

Cuando un peregrino echa a andar va hacia una meta, pero también inicia ese viaje hacia la introspección personal, esa ansia del propio descubrimiento, esa magia de fe, solidaridad, hospitalidad, búsqueda del silencio y también de las voces multiculturales, de estar en contacto con la naturaleza, de apreciar montes, umbrías, esa luminosa sequedad de las llanuras que caracteriza a muchos de estos caminos.

Este año 2021 es Xacobeo. Ocurre cuando el 25 de julio, día del Apóstol Santiago coincide en domingo. Y la catedral de Santiago con su Puerta Santa abierta espera a los peregrinos.



¡Ultreia!

Saludo entre peregrinos. Sirve para animarse unos a otros en sus largas y duras jornadas por los caminos de Santiago. También se dice:


¡Buen camino!













sábado, 23 de enero de 2021

Juan Ángel Juristo: Entrevista a Fernando R. Lafuente

 

Fernando R. Lafuente: “Madrid siempre fue una ciudad abierta, ajena al provincianismo”

Fernando R. Lafuente
Fernando R. Lafuente en la presentación del anuario del Cine Iberoamericano 2016 de la Casa de América. / Casa de América (Flickr)

Escrito en el cielo (Alfaguara) es una antología de textos sobre Madrid que recoge textos de  autores españoles y latinoamericanos que tienen como paisaje de fondo la ciudad. Esta antología está compuesta de textos escritos sólo desde la Transición hasta nuestros días y aun y así la cosa comprende 154 autores. Es, con toda probabilidad, una antología única en su género y dedicada a la ciudad europea que más literatura ha generado, por encima de Londres o París. Martín y Antón Casariego y Fernando R. Lafuente han sido los responsables de esta bella edición que se presentó en la pasada edición de la FIL de Guadalajara donde Madrid era la ciudad invitada.

Hemos realizado esta entrevista a Fernando R. Lafuente, madrileño hasta extremos ramonianos, que fue Director General del Libro, Director Adjunto en el diario ABC, responsable de ABC Cultural y desde hace años es el Secretario de Redacción de Revista de Occidente, como él mismo dice en broma “el nuevo Fernando Vela”. En ella habla del modo en que se realizó el libro, amén de reiterar una vez más la gran pasión que siente por la ciudad donde nació, lugar que nunca abandonó en su memoria incluso cuando vivió temporadas fuera de España, como en Pekín, donde ejerció de profesor en unos tiempos en los que China aún no se había abierto al exterior.

— Usted nació en Madrid, en un barrio muy de la ciudad, y siempre hizo gala de amarla. Entre sus autores estudiados se halla el gran Ramón, uno de los grandes cantores de Madrid. Imagino que realizar esta antología habrá sido un goce hallado…

“El goce ha estado, de ahí lo de extraordinaria, en contemplar Madrid como personaje literario desde una perspectiva contemporánea”

— Ha sido una experiencia dura y extraordinaria. Dura, porque, junto con Antón y Martín Casariego, hemos reunido 154 narradores de obras publicadas a partir de 1977, año de las primeras elecciones democráticas desde 1936. Y en el libro se dan cita autores de muy diversas, distintas y distantes generaciones, gente de la Generación del 27, como Francisco Ayala, de la postguerra, como Cela y Delibes y así en adelante hasta hoy. El goce ha estado, de ahí lo de extraordinaria, en contemplar Madrid como personaje literario desde una perspectiva contemporánea, con sus múltiples variantes de personajes, calles, costanillas, bares, huecos y recovecos. Historias cruzadas que se dan cita en un mismo escenario a través del tiempo. Aquí confluyen una formidable diversidad de estilos e intenciones. Madrid es el centro del libro. Todo gira en torno al paso de la Historia, contada por un arco de narradores memorable.

— ¿Aparte de Ramón, quienes son para usted los escritores que mejor han definido la ciudad?

— Son tantos, pero uno de ellos es, sin duda, Galdós, después, Baroja, Arturo Barea; también, Manuel Chaves Nogales, Cela, Umbral, Fernán Gómez, García Hortelano, Chirbes, por citar sólo a los que ya no están entre nosotros. Todos los que aparecen en el libro apuntan un paisaje y un escenario único, que es de todos y no es de nadie, o, ya serán del lector para siempre. Una ciudad tan profundamente literaria alberga un centón de historias por contar. Pero hay que buscarlas, desentrañar lo que se narra, abrir los espacios al sentido y sensibilidad de cada narración. Lo curioso es que una ciudad, la gran ciudad del siglo XX, es un caudal inagotable para la literatura.

— El trabajo debió ser arduo: 154 autores…

— Infinito. La selección trató de ser lo más representativa, para Madrid y la narrativa. Búsqueda de los fragmentos que serían seleccionados, acuerdo con los autores y editores para los permisos de reproducción, ordenación cronológica según el asunto del que se tratara en cada caso; selección de las ilustraciones (aquí Antón Casariego realizó un trabajo exquisito), búsqueda de las imágenes más cercanas a la narración…

— Podría hablarme del criterio seguido para esta selección…

— En primer lugar, obras publicadas a partir de 1977. Queríamos subrayar con ello la idea del Madrid democrático. Estas obras podían referirse a épocas anteriores, de esta manera cubrimos desde la entronización de Alfonso XIII hasta hoy mismo, con el 15-M. No nos paramos a seleccionar tendencias, generaciones, modelos narrativas, modas o gustos personales. Entre los tres fuimos seleccionando toda obra resultara un capítulo para sumar a lo que, al final, es el libro: una enciclopedia narrativa de Madrid. Sin duda, no están todos, pero todos los que están, son. Ya señaló Henry James que “la casa de la ficción tiene un millón de ventanas”. Y Madrid siempre fue una ciudad abierta, plural, ajena al provincianismo. Si algún escritor falta, en ocasiones no fue por deseo nuestro sino porque no conseguimos los derechos, debido, fundamentalmente a herederos…

— Una nota definitoria de la personalidad de la antología podría ser la enorme variedad de los puntos de vista adoptados. ¿Sería ésta una buena definición de la personalidad de Madrid?

“Los narradores latinoamericanos ha sido una voluntad expresa, porque a veces, desde España se olvida que formamos una misma y diversa narrativa”

— Sin duda, por aquí hay escritores del llamado “boom” latinoamericano y posteriores a ellos. Quisimos que fuera una antología de escritores en español. No hacía falta, ni mucho menos, que fueran nacidos en Madrid, ni en España. La nómina de narradores latinoamericanos ha sido una voluntad expresa, porque a veces, desde España se olvida que formamos una misma y diversa narrativa. Todos los estilos narrativos en español que se han dado cita en estos cuarenta años de democracia, creemos, sin autocomplacencias, que están recogidos en el libro. Madrid, el ambiente intelectual y cultural de Madrid, no de ahora, sino, desde luego desde principios del pasado siglo XX ha sido, como bien indica en su pregunta, la diversidad.

— A pesar de poseer una literatura profusa, no conozco antologías de este tipo sobre Madrid. ¿Sería ésta la primera?

— Ahora con los nuevos soportes tecnológicos uno no se atrevería a firmarlo, pero de la dimensión, modesta ambición de ésta y proyección abierta a América, debe haber pocas, si las hay.

— ¿A qué cree que se debe el hecho de que a pesar de su tamaño Madrid supere a París o Londres en referencias a ella misma en la literatura?

— La cosa tiene su gracia, desde luego. Una posible razón, absolutamente provisional claro, es la confluencia de gentes llegadas a la ciudad desde cualquier lugar de España e Iberoamérica y encontrarse en un ámbito propicio a la creación. Aún en condiciones muy difíciles para expresarse libremente, como fue la Dictadura franquista. Y a pesar de las persecuciones políticas, los escritores encontraban en Madrid el escenario clave de la historia por contar. Una vez con la recuperación democrática la ciudad se convierte en el centro experimental de actitudes, hechos, cambios y deseos de unas cuantas generaciones.

Fernando R. Lafuente
Cubierta de ‘Escrito en el cielo’. / Alfaguara

— El libro no es sólo una antología literaria sino que posee un buen archivo fotográfico de la ciudad. Archivo histórico, por otro lado. ¿Fue fácil la selección? Lo digo porque a veces el exceso de material no deja ver el árbol…

— Como ya he señalado, todo el mérito, y es mucho, se debe al buen hacer de Antón Casariego, responsable de la búsqueda y selección de imágenes. Un enorme diseñador gráfico.

— ¿Qué le hubiera gustado aportar de la ciudad que no haya podido ser por razones evidentes ? Aparte del aparato pictórico se me ocurre el musical…

— Y el cinematográfico. Si en la narrativa queda plasmada la “historia íntima” (como señaló Balzac para la novela) de personajes y tramas, el cine, bueno o malo o regular, ha dejado en la pantalla la imagen física de la ciudad, las voces de los personajes, las formas de hablar, los cambios plásticos de la geografía urbana. No estaría mal pensar en hacer lo mismo pero en un documental, por ejemplo

— ¿Tiene pensado volver a retomar algún libro sobre Madrid pero pensado de otra manera? Parece que las posibilidades de Madrid son múltiples, como caras tiene la ciudad…

— Retomo a Madrid todos los días, pues como señaló Ramón, Madrid, como Londres, como Buenos Aires, como Lisboa, como Roma, tal vez como París, es una ciudad muy “paseandera”. Si algún día retomo Madrid como materia literaria, no dude de que será el Madrid en el que nací. Los diversos Madrid en los que he vivido y, sobre todo, el Madrid por el que paseo, paro en las tabernas, leo en los parques y disfruto ya sea la estación del año que sea. Para cada estación del año hay un Madrid distinto. Miro, escucho y sueño en una ciudad a la que siempre volveré íntima y secretamente.


Juan Ángel Juristo

Cultura Libros


16 de enero 2018

jueves, 21 de enero de 2021

Libros inconclusos: El castillo, América, El proceso de Franz Kafka

 

Conocido por su novela La metamorfosis y por sus relatos cortos.  Kafka dejó tres obras inconclusas, curiosamente eran novelas. Pocas de sus obras fueron publicadas en vida, la mayor parte fueron publicados por Max Brod, amigo y albacea, quien ignoró los deseos del autor de que los manuscritos fueran destruidos. Murió en 1924 con 40 años.

El Castillo: La comenzó en 1922, su editor y amigo Max Brod le escribió animándole para terminarla. Fue publicada en 1926 -dos años después de su muerte.

América: Nació en 1911. Fue publicada en 1927. Un libro que cuenta la historia de un joven inmigrante que debe ir a Nueva York con la mujer que dejó embarazada. Es reconocida como una de las novelas más graciosas del autor y cabe destacar la descripción de América cuando él nunca fue.

El proceso: Escrita en 1914 y publicada en 1925 por su editor. Cuenta la historia de un oficinista de un banco que es arrestado inesperadamente.

martes, 19 de enero de 2021

Liliana Delucchi: La princesa y el santo

 


Desde que se trasladó a esa ciudad costera iba casi a diario al puerto. Los barcos tenían para ella la magia de las lecturas de su niñez: navíos atravesando tormentas, marineros subyugados por los cantos de las sirenas y la visión promisoria de la costa más allá de los mástiles. Sin embargo, nunca se atrevió a navegar.

––Son cárceles en las que, además, te puedes ahogar.

Eso había dicho el tío Florencio, un anciano que en su vida solo había pisado la tierra, cuando Natalia le contestó que surcar mares era la mayor idea de libertad que se le pudiera ocurrir. A él también le gustaban los barcos, le dijo, y nada le hacía más ilusión que formar parte de ese grupo de gente dispuesta a atravesar el Atlántico.

Aquel otoño de 1927, le explicó a su sobrina, él apenas contaba cinco años cuando la familia decidió emprender una nueva vida en un buque que tenía el nombre de la hija del Rey Víctor Manuel III y de la Reina Elena, el Principessa Mafalda. Cada mañana, desde que se habían instalado en Génova, el niño iba al puerto a ver esa gran mole que lo trasladaría a Buenos Aires en solo catorce días, junto con sus padres y hermana mayor.

Todo estaba preparado, billetes, equipaje y las ilusiones, cuando a falta de tres jornadas para iniciar la travesía, Rosa, su hermana, enfermó y Florencio vio partir la nave enarbolando un pañuelo a modo de despedida. Envidiaba a aquellos que desde la cubierta alzaban los brazos saludando a quienes quedaban en tierra. La familia decidió esperar a que la niña mejorara para tomar el próximo barco.

Fue su padre quien, mientras desayunaba la mañana del 26 de octubre, leyó en el periódico la terrible noticia: El Principessa Mafalda se había hundido frente a las costas de Brasil. Su madre se negó a esperar a otro trasatlántico: «Dios nos ha salvado esta vez, no lo pongamos a prueba de nuevo». Y volvieron todos a casa. Allí pasó Florencio su juventud y cuando llegó la hora de los estudios superiores se trasladó a la gran ciudad. El puerto seguía manteniendo su magnetismo y el joven iba cada tanto a las tabernas que rodeaban las dársenas, pero si bien algunos de sus amigos emprendieron viajes, las palabras de su madre habían quedado en su memoria.

––Pero esa es mi historia, jovencita, quizás la vida tenga otros designios para ti ––dijo a Natalia una tarde en que estaban sentados frente a un bosque de mástiles.

Poco antes de morir de extrema vejez, el anciano pidió ver a la joven y le entregó una medalla con la imagen de San Telmo.

––Es el protector de los navegantes ––susurró con la poca voz que le quedaba- Mi madre me la prendió de la chaqueta cuando íbamos a viajar y aunque nunca subimos a ese barco, jamás me he separado de ella.

Cuando años más tarde Natalia ojeaba un folleto de viajes, vio el anuncio de una naviera que botaba un nuevo trasatlántico, su nombre era San Telmo. En ese momento supo que iba a emprender la travesía a la que tanto había temido.

© Liliana Delucchi

lunes, 18 de enero de 2021

Blanca del Cerro: Cadena de besos



Uno de los recuerdos más dulces de mi vida fue el de mi abuela paterna. Se llamaba Marta y en ese recuerdo se mezcla la fantasía, el sueño y un dulce aroma a jazmines que siempre la perseguía como si fuera un perro hambriento. Era una mujer firme y, hasta cierto punto, espectacular, con un halo de autoridad que la hacía especial a los ojos de casi todos.

Mi abuela Marta —ojos de miel, labios carnosos y la eternidad en la frente—afirmaba que los besos forman una cadena alrededor de la Tierra, una cadena invisible que jamás debería interrumpirse, porque el día que alguien, sin saber quién ni cómo, la cortase, cuando faltasen los besos entre la humanidad, el mundo se terminaría para siempre. Y nos perseguía con su cantinela de caricias a flor de piel, como un vendaval de suspiros arropándonos a nosotros, sus siete nietos.

Todos los domingos comíamos en su casa y nos reunía a su alrededor para contarnos unas historias que escuchábamos embelesados. Yo la admiraba por su fuerza, por su sabiduría y por ese encanto que emanaba de ella en forma de torrente, una suerte de brisa suave que desprendía magia. Nos besaba de una forma especial, convirtiendo tal acto en un rito sagrado del que no queríamos ni podíamos huir porque no deseábamos contribuir al final del mundo sino al contrario, y ella sonreía, y nos sentíamos muy a gusto. El amor escapaba a chorros de sus pupilas. Así domingo tras domingo a lo largo de once años, una época realmente maravillosa en la que nadie imaginó lo que nos esperaba.

Ignoro de dónde vino aquello, pero un día nos despertamos todos abrumados por algo que llamaban pandemia. Lo cierto es que ignoraba el significado de aquella palabra, que entonces escuché por vez primera, lo que encerraba, lo que era y cómo se produjo, siendo como una especie de plaga maléfica que había atacado al planeta entero al que de repente sumió en una especie de letargo espantoso. Los goznes del mundo entero empezaron a chirriar. La televisión gritaba, los gobiernos temblaban, los habitantes del mundo caían bajo las fauces malditas de aquella suerte de enfermedad, los hospitales se llenaron, y los cementerios, las vidas empezaron a diluirse, y nos obligaron a encerrarnos en nuestras casas. Los niños dejamos de ir al colegio. Y el mundo en su totalidad adquirió el aspecto cadavérico de un monstruoso fantasma.

Lo grave, lo que me resultó más terrorífico, es que los seres humanos empezaron a alejarse unos de otros, como si se tuvieran miedo, como si de sus ojos surgiera la enfermedad que nos asolaba y atacara a otros, como si cada uno de nosotros fuera el portador oculto de aquella miseria. El mundo empezó a encogerse, a reconcentrarse en sí mismo. No salíamos de casa salvo para lo imprescindible, y los pequeños ni siquiera pisábamos la calle ya con el miedo entre todos, una suerte de centinela acosador.

Dejamos de ir a comer a casa de la abuela Marta, la vida se diluía y el amor empezó a colarse por las rendijas de la nada como un espectro sinuoso. Porque, además de las salidas, se prohibieron las reuniones, y el trato con los demás quedó reducido a un hilo de silencio cada vez más largo que empezó a envolvernos y, en cierto modo, a destrozarnos. Se prohibieron los besos y los abrazos por temor al contagio, y eso sí que me pareció terrorífico porque mi mente infantil, recordando aquellas tardes suaves de domingo, se preguntaba: ¿Qué sucederá con la cadena de mi abuela Marta? ¿Y si se corta? ¿Y si nos quedamos sin ella? ¿Y si desaparece?

No sé si sentía más temor por la enfermedad en sí o por la ausencia de esos besos de los que empezamos a carecer, continuamos por acostumbrarnos y terminamos por rechazar.

Algo o alguien estaban rompiendo muy lentamente la cadena de besos que daba la vuelta al mundo, aquella de la que tanto hablara mi abuela. Y esta desaparecía gota a gota.

Así transcurrieron tres largos años durante los cuales la oscuridad y la tristeza a partes iguales se fueron haciendo dueñas de los hombres. La mente del mundo se retorcía a pasos agigantados. La humanidad entera, sin besos ni cariño, quedó sumida en un letargo silencioso e inconcebible.

La cadena de amor se había volatilizado, dejó de rodearnos y envolvernos para siempre. Esa que sucumbió poco a poco, esa que los hombres debíamos haber conservado a toda costa, esa a la que jamás debíamos haber renunciado y que, como por arte de magia, había dejado de existir.

Mi alma se llenó de una angustia de color granate como jamás había sentido.

Y sucedió lo inevitable.

Ese domingo nos levantamos pronto. Era el cuarto año de la pandemia, cuando las almas ya ni siquiera caminaban de puro hastío y la vida se arrastraba revestida de sinsentidos. Nada parecía presagiar la hecatombe y nadie supo exactamente lo que sucedió, salvo yo que llevaba mucho tiempo esperándolo, ignoraba el qué en realidad, pero sabía con total certidumbre que había llegado la hora de la verdad, esa que no debía haber salido nunca de su madriguera pero que la humanidad obligó a escapar.

Aquella mañana limpia pasó a ser noche muy oscura. Fue así, de repente, casi sin percatarnos: un temblor terrorífico se extendió por toda la Tierra; el cielo se hizo gris, las nubes se apelotonaron y reventaron, los vientos se elevaron, los volcanes explotaron todos a la vez, el mar se hizo un inmenso rugido, los astros se convirtieron en masas informes, los rayos poblaron el firmamento y, mientras todo aquello ocurría, el día se transformó en una oscuridad mezquina que empezó a poseer la vida tragando y tragando todo lo que encontraba a su paso.

La noche, como un inmenso agujero negro, succionó al mundo. Mi último pensamiento fue para mi abuela Marta y su cadena de besos.

Y ya todo dejó de ser.

 

© Blanca del Cerro

 

Relato ganador del segundo premio del Primer Certamen Literario del grupo "Sígueme leyendo, por favor".