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sábado, 21 de septiembre de 2024

Caleti Marco: La novela de Blanca del Cerro: ¿Y tú, donde estás Dios?

 


 

 


 

¡Una buena lectura para este verano!

 







Con ¿Y tú dónde estás, Dios?, Blanca del Cerro nos invita a una profunda reflexión. ¿Hasta dónde es capaz de llegar el ser humano para sobrevivir?

Teje una trama cargada de incógnitas a buen ritmo y con el protagonista, Leonardo, un muchacho que desde su nacimiento no lo ha tenido fácil. Vivirás años duros en los que él tendrá que valerse por sí mismo buscando recursos para subsistir frente a los retos de la vida.

Las obras literarias de Blanca del Cerro no te dejan indiferente, ¡eso nunca! ni con su creación más reciente como es el caso que os ocupa ¿Y tú dónde estás Dios? ni con las anteriores.

No es la primera vez que ella nos anima a hacer un ejercicio cargado de imaginación, pero absolutamente verosímil por mucho que nos pueda sorprender. Siempre con su sello realista y cercano jugando con figuras metafóricas que enriquecen el relato.

Leonardo, el protagonista, vive con su madre en un pequeño pueblo. Salvo contadas relaciones con algunos vecinos, su existencia transcurre de espaldas a la comunidad de su aldea. Es un muchacho inteligente y reflexivo que se siente en permanente comunión con la madre tierra.

Un cataclismo de desproporcionadas dimensiones le hará reaccionar ante su mundo que, de la noche a la mañana, se torna hostil y despiadado, en el que luchar por sobrevivir es lo único que importa.

Os puedo asegurar que mientras leáis la novela os mantendréis atentos e impacientes por saber qué va a suceder a continuación. Ocurre de principio a fin; no puedes dejarla. Os dolerá el corazón, pero caminaréis con el protagonista sin poder evitarlo, siempre a su lado, hasta su desenlace final, un final realmente sorprendente.

 

© Caleti Marco

viernes, 7 de abril de 2023

Caleti Marco: Habló el silencio

 



Disfruté mucho con los preparativos. Siempre deseé navegar a bordo de un velero; hasta ese momento mis viajes por mar habían sido en grandes buques de crucero. El tiempo se detendría, estaba convencida de ello; esperaba con feliz ansiedad que llegase el momento de embarcar.

Y zarpamos al atardecer con un levante prometedor; nos lanzamos a la aventura sin pensarlo. El patrón, un avezado hombre de mar, conocía bien el terreno; años de experiencia lo avalaban. Nos sentíamos seguros y animados junto a él. Todo discurría con normalidad; hasta la luna, brillante y cautivadora, nos daba la bienvenida.

Era mi primera vez; la primera vez que abordaba una travesía por mar a vela. Me situé de pie en la proa para observar con detalle el entorno sin obstáculos antes del anochecer. Me dejé acariciar por el viento que enredaba mis cabellos y ceñía mis ropas marcando las líneas de mi figura. Cerré los ojos unos minutos y me abandoné al placer de aquella nueva sensación. El viento mostraba su fuerza, y batía la mayor enmascarando cualquier otro sonido en aquella inmensidad. Miré hacia popa, mis amigos charlaban.

Pasó el tiempo sin que yo fuese consciente del momento; me desentendí del todo. Y… de pronto me estremecí, me había alejado tanto mentalmente…  por un instante no supe dónde estaba. Reaccioné, abrí los ojos; era noche cerrada. El viento rugía a nuestro alrededor, una blanca estela de luz proyectaba su halo sobre la superficie del agua; fijé la mirada en aquella oscuridad, iluminada tan solo por el reflejo lunar. Noté cómo las olas iban creciendo en intensidad; vapuleaban la embarcación a uno y otro lado, haciendo escorar el casco.  El patrón, expresivo y sin la menor alteración, manejaba el timón con firmeza. Me desplacé hasta llegar a su lado tratando de sostenerme y no tropezar; me acomodé junto a él al abrigo de su persona en la popa para verle dirigir la embarcación.

Él, manteniendo el control sobre la rueda, se aproximó y me sujetó bien.  Para no caer me ayudó atándome a un extremo de la popa. Desde mi asiento yo saltaba y saltaba entusiasmada y feliz al ritmo de las olas que acunaban con furia nuestra nave. Desde allí, me sentía volar por encima de las aguas que en ocasiones intentaban pasar por encima de cubierta. Aquella euforia desencadenada en mí, era pura sintonía con la bravura del mar que nos rodeaba.

De repente me paralicé; sentí vértigo. El patrón impertérrito se mantenía en silencio como lo estaba desde el principio, y sin formular una sola palabra trató de calmar mi desasosiego; me soltó del arnés al que estaba amarrada y me condujo a la «bañera» junto a mis compañeros de viaje que reían divertidos. Más tarde en el camarote, entre el temor y la inseguridad me quedé dormida; todos lo hicimos.

Amaneció. El mar era una autentica balsa; nada que ver con la noche anterior. Una ligera brisa impulsaba con suavidad al velero que surcaba las aguas. Parecía como si el casco apenas rozase la superficie del mar. Salvo el patrón todos dormían; saludé y me instalé en cubierta. Sentada fui observando el inmenso mundo que se abría ante mis ojos; a lo lejos ya se podían entrever los primeros bloques de tierra, nuestro destino.

No olvidaré jamás aquella sublime estampa; un intenso cielo azul —teñido de nubes allá en la distancia—, con el sol que pintaba de rojo el amanecer. Experimenté una inmensa paz y una rebosante armonía. ¡Qué belleza!, exclamé para mí. Tanta belleza me invadió, iluminó mi semblante y enardeció mi espíritu. Me parecía imposible poder navegar aquellas cristalinas aguas y al mismo tiempo apreciar la suave caricia del viento pasear sobre la vela.

Sentí algo difícil de explicar que caló en mi ánimo con fuerza y se mantuvo: Un sentimiento profundo que levitando, conjugaba el silencio con la ausencia.

© Caleti Marco

martes, 7 de marzo de 2023

Caleti Marco: Frío, frío, frío

 



Como de costumbre, Mario se levantó para ir a trabajar. Aunque era entrada la mañana, no había dormido mucho; estuvo de fiesta la noche anterior.

 

Le tocaba hacer guardia en el turno de noche en la fábrica; su jornada empezaba a las tres de la tarde. Intentaría reponerse del todo antes de salir, con una buena ducha, algo de comer y un buen tazón de café bien cargado. Le dolía la cabeza y no estaba en condiciones óptimas para trabajar, pero no tenía excusa.

 

Cuando llegó, una multitud se agolpaba en la entrada de la fábrica; se acercó e intentó colarse entre la gente para ver qué había pasado. Don Jacinto, el dueño, yacía tendido en el suelo; había sufrido un colapso. A los pocos minutos se oyó una sirena y una ambulancia hizo su aparición en el lugar; los sanitarios lo subieron a una camilla y lo introdujeron en el vehículo.

 

—Mario, necesito tu ayuda. Por favor acompaña a don Jacinto en la ambulancia y ocúpate de que todo vaya como es debido —oyó que le decían.

 

Asintió sin dudarlo, apreciaba mucho a ese hombre. Casi en volandas le hicieron subir y de inmediato partieron hacia el hospital.

 

Mario permanecía cabizbajo y medio dormido esperando en el pasillo. No sabía cuánto tiempo había transcurrido cuando se abrió una de las puertas y pudo reconocer a don Jacinto que reposaba sobre una camilla; una sábana le cubría el cuerpo y parte del rostro. Pensó lo peor.

 

—¿Qué ha pasado?, ¿cómo está?  

—Lo lamento señor, el paciente ha fallecido. Tenemos orden de llevarlo al depósito. Por favor acompáñenos y no se separe de él hasta que vengan sus familiares.

 

Les condujeron hasta una amplia sala. El joven, cumpliendo con su deber, permaneció erguido junto al difunto sin quitarle ojo de encima. Un enfermero entró acompañado de un hombre que por su aspecto y estado de ánimo parecía un familiar; identificó el cadáver y salieron. Mario quedó solo con el finado en la sala iluminada tenuemente por un pequeño ventanal; una mesa rectangular y una silla completaban la estancia.

 

El sueño empezó a hacer mella en él, un sopor inmenso le impedía mantener los ojos abiertos, el cansancio era cada vez mayor. A nadie se oía llegar. Mario se asomó al pasillo no sin mirar de reojo a su compañero inerte cuyo aspecto era cada vez más rígido y extraño.  Consultó el reloj, eran las dos y media de la tarde. «A saber quién vendrá ahora, estarán en el cambio de turno. Además, todos estarán comiendo», pensó convencido.

 

No lo dudó, empujó poco al difunto hacia un lado de la camilla y se tumbó a su lado; se quedó profundamente dormido. No se dio cuenta de que había una separación generosa entre la camilla y la pared por lo que en uno de sus movimientos desplazó el cuerpo de don Jacinto que cayó al suelo, quedando oculto debajo. Mario, medio dormido como estaba no se percató de lo sucedido. Se acomodó bien y se tapó hasta arriba con la sábana para protegerse de la luz.

 

Minutos más tarde, dos camilleros entraron para llevarse el cuerpo del difunto tendido en la camilla. Varias personas lloraban en silencio fuera de la estancia.

 

—Esperen —dijo una voz— lo llevaremos a la zona de velatorio y enseguida podrán verlo. —Sin duda era la familia—. Váyanse, por favor.

 

El golpe seco de una puerta lo despertó. ¿Qué ha pasado?, se preguntó Mario; todo estaba oscuro y tan frío… Permaneció quieto intentando oír algo de vida en aquel lugar. Tanteó la camilla y comprobó que don Jacinto no estaba a su lado. Unas voces se aproximaban, discutían, se oían lloros intercalados.

 

—¡No se puede pasar!, los de la funeraria no lo han preparado todavía —dijo alguien en tono autoritario.

 

Aun así, una anciana llorando y a empujones se coló hasta el lugar en el preciso momento en que Mario se levantaba de la camilla.  Al verlo, que como una sombra aparecía recortado sobre la semioscuridad, la mujer creyó reconocer en él a su marido y dio un desgarrado grito: ¡Jacinto! Al tiempo que se llevaba la mano al corazón. Acto seguido se desplomó haciendo un gesto de profundo dolor yendo a caer en brazos de Mario que raudo corrió hacía ella.

 

Las campanas sonaban tristes, a tañidos suaves y espaciados. En el tanatorio yace don Jacinto; todos lloran. Junto a su viuda —ya recuperada del susto y vestida para la ocasión—, un joven hace guardia orgulloso: Mario.

 

© Caleti Marco

martes, 7 de febrero de 2023

Caleti Marco: Felicidad

 



Fue desde niña un ser de constitución menuda; de carácter alegre; ingenua y recatada. Ninguno de los reveses de la vida pudo con ella.

Pasó su primer año en un pequeño pueblo del País Vasco. Lisa, que así se llamaba su madre, pertenecía a una familia de renombre de la sociedad vasca. Su prematura maternidad las relegó a madre e hija al más puro ostracismo por parte de la familia.

Lisa sería madre soltera. A pesar de las recomendaciones en contra, siguió adelante con su embarazo. «La llamaré Felicidad». Lisa estaba impaciente; aquella criatura colmaría de gozo la vida de una madre joven que se hizo mujer más pronto de lo esperado. Lisa, repudiada por su familia, acabó acogida por unos parientes en Madrid. Buscó un oficio, tenía que obtener ingresos para su sustento; no aceptaría la caridad de su familia sin aportar algo a cambio.

Años después lo conoció; tuvo que esforzarse mucho para captar su atención. Don Braulio, era un hombre riguroso —ya entrado en años— amable y cortés; solitario y algo chapado a la antigua. Culto e instruido, químico de formación. Era mutilado de guerra; un desafortunado incidente en el frente lo dejó estéril, no podía concebir hijos. Lisa vio en él su oportunidad. «Me casaré con él». No paró hasta conseguirlo. Don Braulio nunca le confesó a Lisa su discapacidad; pero ella lo sabía.

Felicidad, cansada de ver pasar hombres de diferente condición pretendiendo a su madre, aceptó de buen grado a Braulio que a partir de ese día sería su padre. «Llámame papá», le dijo nada más contraer matrimonio.

Y Felicidad fue creciendo, se convirtió en una mujer hecha, inteligente y segura, eso sí, sin perder un ápice de candor y sencillez; educada por un padre al que le costó aceptarla como hija. Braulio tardó en adoptarla, lo hizo cuando Felicidad cumplió los cuarenta años. Nada de aquel ambiente familiar algo desconcertante hizo mella en su forma de ver la vida. Felicidad era dulce y cariñosa, y seguiría siéndolo; estaba siempre feliz; cantaba a todas horas con una bonita y armoniosa voz; y en su línea, seguía volcada en ayudar a los demás. No escatimaba en hacer lo imposible por resolver cualquier circunstancia por pequeña que fuese si se lo pedían.

Su formación escolar le dio justo para concluir el bachiller superior. Lo suyo fueron los idiomas, cosa poco habitual en aquellos años. Hablaba y escribía correctamente el francés y el portugués. Lo aprendió de niña en el colegio; lo perfeccionó practicando con un par de novios que tuvo en sus años mozos, y cantando canciones en ambas lenguas. Su cualificación le sirvió para encontrar acomodo profesional en la Administración. Hacía traducciones y colaboraba con los departamentos de Comunicación Internacional del gobierno de su país.

Se enamoró locamente, de Felipe, uno de sus jefes. Lo hizo entregándose, como ella hacía siempre con todo. Pero… por desgracia se equivocó; tardó tres años en descubrir su infidelidad.  Él mantenía relación simultanea con dos mujeres; se refería a ambas como «mi novia». Ninguno de sus compañeros quiso sacar a Felicidad del error por miedo a poner en riesgo su puesto de trabajo. De hecho, seguían la broma con don Felipe, a espaldas de ella, mofándose de la ingenuidad e inocencia de la joven. Fue la última en enterarse; lo supo el mismo día que Felipe se casó.

Algo de todo esto le tocó el corazón. Se convirtió en una persona apocada y triste; la vida le había jugado una mala pasada. Su amiga Paulina, compañera de trabajo, la acogió con afecto y eso que también fue partícipe de las burlas de las que Felicidad había sido objeto. Ella, ajena a esto, aceptó confiada su gesto. Se hicieron inseparables; entre ellas se generó una gran complicidad. Felicidad recuperó el buen ánimo. Trabajaban juntas, compartían amistades, viajaban en su tiempo libre, y lloraban sus desengaños amorosos juntas.

Felicidad volvió a ser la de siempre, una mujer alegre y confiada. Generosa, dulce y cariñosa. Hábil en su trabajo y muy resolutiva. Amante de la buena vida, enamorada de los abalorios y los afeites. Se coló en la vida de sus amigos y en la de la familia de Paulina; las tardes de domingo Felicidad se incorporaba a las partidas de cartas que tenían lugar en casa de su amiga. Ahora bien, nadie la aceptó de primeras y sin embargo todos aprovechaban sus influencias y su impecable capacidad de gestionar asuntos complejos. Verla siempre junto a ellos —egoístas por naturaleza— los llevó a incorporarla como una más. Terminó haciéndose querer, sobre todo por la gente menuda de la familia de Paulina a los que contaba cuentos, compraba chucherías y cantaba canciones.

 

 

Hoy he ido a verla; la quiero. Se quedó soltera; está sola, sin familia y con pocos amigos; casi todos dejaron este mundo tiempo atrás; «eran muy mayores», me dice. —Ella jamás confesará los años que tiene— Pero… no hay que preocuparse, Felicidad es feliz; como siempre su actitud y modo de hacer honra su nombre. Vino al mundo para aportar lo mejor de ella, y a nadie dejó jamás en la estacada.

Cuando estoy con ella vive y rememora conmigo sus buenos recuerdos; te acoge jubilosa con una sonrisa. Está sorda y he de escribir las preguntas que le hago para que pueda responderme. Siempre hablamos de lo mismo; yo le sigo la corriente como si fuese la primera vez que saca el tema.

Cada vez está más torpe. Va en silla de ruedas; en absoluto se esfuerza por recuperar la capacidad de andar. Sin embargo, ¡sigue cuidando su imagen y su aspecto como nadie! Cuando me marcho de la residencia de mayores donde vive me despide con un sonoro beso: «¡Vuelve pronto!», me dice feliz, «te estaré esperando».

¡Aún le queda mucha vida por delante! Ninguno de los reveses de la vida ha podido con ella.

 

 

© Caleti Marco

sábado, 7 de enero de 2023

Caleti Marco: De altos vuelos

 



        Joven, apuesto y vanidoso; de porte altivo y arrogante. Con trazas de caballero; seguro de sí mismo e implacable en el trato, y un tanto extravagante.

        Pedro —Perico para todos— era así; ya prometía de niño. Se educó en una familia de abolengo, en la más absoluta ruina. Tan solo los apellidos darían continuidad a su rancia y anticuada estirpe, no así las posesiones que iban mermando poco a poco a medida que las condiciones económicas apretaban. Su madre veló por él, por su formación y por su imagen; le enseñó modales y a cuidar su aspecto, a vestir bien; iba siempre repeinado y pulcro hasta la exageración.

        Llegó a ser diplomático de profesión, no podía ser de otra manera. Se valió de contactos familiares con la alta sociedad para obtener trato de favor. Y dio la talla. Era un hombre inteligente; sabía moverse con habilidad y soltura. Hablaba tres idiomas. Muy completo, diría yo. Eso sí, excéntrico y caprichoso; la ambición le pudo.

        Lo más estrambótico que hizo fue cambiar de nombre; más bien lo transformó, la formulación original del suyo le parecía obsoleta y poco comercial. Un apellido contaminado por una saga decadente, eclipsada por las deudas. «No quiero que me asocien con ella», se dijo.

        Así que una vez empezó a consolidarse profesionalmente llevó a cabo una de las más absurdas tonterías, pasó de ser Pedro Alameda a Peter Path; —mera traducción al inglés de su nombre de pila y primer apellido—. La familia aplaudió, con gran estupidez, la gracia. «Es un hombre poderoso, se lo puede permitir», decían sus parientes como justificación a su chifladura. La vida le sonreiría, pero hasta un límite.

        Cumplió con todos los requisitos sociales estipulados. Se casó, con una mujer de gran belleza —decían que con mucha clase— y fue padre de tres hijos, todos varones. No llegó a conocer a fondo a ninguno de ellos, apenas les dedicaba tiempo. Obsesionado por el dinero y enloquecido por la codicia, se volcó en el trabajo por pura autocomplacencia. No paraba de viajar ni escatimaba esfuerzos ni tiempo a su labor. Pasó años en los que le daba justo para llegar a casa y ver a su esposa que lo esperaba hasta altas horas de la noche. En cuanto a los hijos, ni eso; él mismo bromeaba: «No sé cuánto han crecido mis hijos, los veo siempre en posición horizontal; ¡cuando llego a casa ya están en la cama, dormidos!».

        A punto de cumplir los cincuenta Perico empezó a sentirse agotado y viejo. Había ralentizado algo su desenfrenada actividad, aunque seguía desempeñando responsabilidades de cierta envergadura. Aquel día se encontraba en casa, y le dio por reflexionar. Fue repasando poco a poco su vida; no le gustó mucho lo que vio. En estas detuvo su mirada en el mueble de la sala, saturado de fotos familiares; todas ellas sin él. Parecían estar ordenadas cronológicamente desde los primeros años de la infancia de sus tres hijos hasta la actualidad. «¡No estoy en ninguna!», se percató alarmado.

        Hoy Perico está solo y abandonado. Una mujer a su servicio se ocupa de las tareas de la casa. No tiene familia a su lado, ni esposa; ella se cansó de sus ausencias y pidió el divorcio; se casó con otro hombre. Sus hijos, grandes desconocidos, ni se preocupan por él. Muchos amigos le han dado la espalda; ya no cuenta. Sus años de gloria y bonanza han terminado. Ha dejado de ser aquel hombre brillante y triunfador sin paliativos.

 

        Perico se acercó al basar y puso más atención. Se dio cuenta de que le era imposible identificar en las fotos a cada uno de sus hijos, no encontraba diferencia entre uno y otro. Apenas recordaba sus caras, ni los rasgos más característicos de los primeros años de sus vidas; tampoco de cuando cumplieron la mayoría de edad. No recordaba ninguna de sus más determinantes peculiaridades físicas por las que poder diferenciar a uno de otro. Miró de nuevo apesadumbrado haciendo un esfuerzo por conseguir encajar los nombres; acabó por desistir. «No soy capaz de saber quién de ellos es cada uno». ¿Qué me ha pasado?, ¿qué he hecho, o que he dejado de hacer? Todo fue por ellos —pensó convencido queriendo engañarse a sí mismo—. Han disfrutado y disfrutan de una buena vida, sin ninguna privación gracias a mí. Les he dado todo, pero… ¿quién soy yo?, ¿acaso lo sé? ¿lo sabe alguien?" Un hondo pesar lo invadió. Quedó enajenado ante aquel descubrimiento. Quería perderse y desaparecer.

© Caleti Marco

miércoles, 7 de diciembre de 2022

Caleti Marco: A mil años de aquí

 


Me sentía orgulloso de pertenecer a esta era. Los humanos del nuevo milenio no éramos gente corriente, no éramos como la de antes; nuestro nivel intelectual y cognitivo había superado con creces los estándares convencionales.

     

Corría el año 3020. Jacobo recibiría su tercer implante en pocos días; ya no era necesario el aprendizaje convencional. Desde el inicio del milenio, al cumplir cinco años el saber era incorporado artificialmente al cerebro de los pequeños. Un chip de enésima generación les proporcionaba todo lo que deberían saber con esa edad. La segunda dosis la recibirían a los ocho años y una tercera a los diez. Por último, la más importante sería incorporada con la llegada de la mayoría de edad.

       

Recuerdo el día en que me hicieron la primera implantación. Hasta ese momento, durante mis primeros años de vida, nuestro cometido había sido cultivar el afecto e intercambiar demostraciones de cariño en el núcleo familiar. Hacer realidad la semilla del amor que iría creciendo por si sola a lo largo del tiempo.

       

Con la primera dosis de conocimiento, cumplidos los cinco años de edad, percibí de inmediato que sabía leer y escribir a la perfección. Noté como las palabras fluían en mi lengua materna —lengua que había ido balbuceando durante los años precedentes—. También sabía sumar, restar, multiplicar…. y todas las operaciones matemáticas habidas, sin que faltasen las primeras nociones de naturaleza, geografía, historia y humanidades.

 

En la jornada «escolar» –que por cierto ocupaba tan solo tres horas al día— trabajábamos por proyectos. El objetivo era aprender a interrelacionar unas materias con otras, unos conceptos con otros, hasta incluso llegar a interconectar criterios cartesianos con metafísicos llegado el caso, con profundos debates, hasta emitir un juicio o conclusión. Todo ello extraído de nuestra adquirida sabiduría inoculada. Los profesores eran «guías» formados para hacernos pensar, en absoluto obligados a transmitir conocimiento alguno: ¡los teníamos todos!

Tres horas más, hasta completar seis en total en el centro de «estudios», estaban destinadas a trabajar el cuerpo, practicar deporte, o entrenar la mente a través de la ensoñación mental, el desdoblamiento psicosomático y la meditación.

       

El resto del tiempo era para nosotros. Gozábamos de una sana calidad de vida que nos permitía elegir, alimentar nuestros apegos con la familia o con nuestros amigos; jugar, viajar, «éter transportarnos» si así lo deseábamos para conocer in situ lugares y culturas que ya teníamos incorporadas a nuestra memoria a través de la tecnología. Compartir ideas y tiempo con diferentes grupos demográficos más allá de nuestras fronteras en vivo, o en remoto a través de nuestros dispositivos de interconexión cerebral.

 

Mañana sería un día especial, cumpliría diez años y me inocularían una nueva dosis. Mi único temor era si se completaría en mí el efecto en su totalidad, y sin «contra consecuencias». No todos los implantes que se llevaban a cabo tenían el mismo resultado.

 

Estaba demostrado que el grado de eficacia total sobre la población era del 95%, a estos se les denominaba «completos». El 5% restante se clasificaba como «defectuoso» o «disasimilados», destinados a desempeñar en el futuro labores ocupacionales de segundo orden.

       

En nuestra era, no existían discapacitados, ni disminuidos mentales por fallo genético o circunstancial, ya que en cuanto se detectaba se corregía, ya fuese identificado el error nada más nacer o con posterioridad.  

       

No obstante, hasta el momento de encauzar la actividad laboral, todos los seres humanos eran formados por igual, a todos se les incorporaba el mismo grado de conocimiento, y eran tratados con los mismos criterios de gestión del saber —cada uno con sus limitaciones, si se daba el caso—. Al cumplir los dieciocho años todos los grupos —«completos» o «disasimilados»— eran perfeccionados, mediante la reposición de nuevos hallazgos si los hubiere y de seis idiomas básicos. Así que, de un día para otro, eran capaces de hablar, leer y escribir perfectamente inglés, francés, alemán, español, portugués y chino; en caso necesario y dependiendo de su empleo futuro podían llegar incorporar alguna otra lengua.

 

Ansiaba vivir el momento en que mis padres me llevarían a mi tercera inoculación, al Centro de Gestión e Implantación. Iba a ser mañana, el mismo día de mi décimo cumpleaños. La sensación de dominio de tantas materias al mismo tiempo era deslumbrante; ya había pasado dos veces por una experiencia similar.

       

Me levanté temprano, no había dormido bien pensando en el gran día. El procedimiento a seguir en esta fase sería diferente de las anteriores que habían sido muy sencillas y rápidas. No me dieron detalles con antelación, supe algo acerca de ella momentos antes de empezar la intervención. Cuando llegamos al Centro, abracé emocionado a mis padres y me despedí.

       

Me llevaron a una sala insonorizada y me fueron explicando las etapas de esta inoculación, cosa que pude escuchar durante tan solo los primeros minutos, después me desvanecí. Este proceso requería permanecer unas horas en «hibernación» así que me introdujeron en una cápsula donde permanecí hasta una vez concluido el trabajo.

       

—Jacobo, los conocimientos irán apareciendo en tu mente de manera paulatina, en cuestión de 24 horas —afirmó el facultativo—. Permanece tranquilo y relajado, es importante que lo hagas. Mañana comprobaremos si se ha completado y en qué grado.

 

Un muchacho esbelto y de inteligente mirada surgió de entre la luz; era Jacobo. Un ser «completo», sí, más el exceso de sabiduría había invadido su espacio cerebral y erradicado valores imprescindibles para la vida. Jacobo había extraviado lo más intrínseco del ser: la condición de HUMANO.

 

 

© Caleti Marco


lunes, 7 de noviembre de 2022

Caleti Marco: Un clamor

 




Mi padre había pactado el casamiento; yo acababa de cumplir dieciséis años. Cuando lo supe sentí miedo, miré a mi madre a los ojos y vi en ellos el mismo temor. Ambas sabíamos que yo no estaba preparada; el impedimento no era precisamente mi corta edad, sino algo mucho más grave. A la luz de nuestro mundo, yo no estaba lista para el matrimonio, carecía de un requisito ineludible. "Izara, ni tu ni yo podremos justificar nuestros actos", pensó la madre para sí.

De inmediato me vino a la memoria la noche en que intenté huir de la aldea. Arropada por la oscuridad, corrí sin parar hasta llegar a un claro del bosque. Agotada por la carrera y sin apenas aliento, me pareció que por fin estaba a salvo.  Antes de abandonar el poblado me había provisto de alimentos para al menos subsistir los primeros días, no sabía cuánto tiempo tardaría en encontrar un refugio, ni si lo hallaría.  Tenía entonces once años; me valdría por mí misma como fuese, todo antes de ser sometida a las salvajes prácticas que pretendían llevar a cabo conmigo.

Busqué un recodo entre las rocas y me acomodé en una pequeña oquedad; acurrucada me quedé dormida. De pronto noté la presencia de alguien que me dio un golpe y perdí el sentido. Desperté en el poblado junto a mi madre.

 

Mis padres, Tekem y Talima, herrero y alfarera respectivamente, desempeñaban un papel fundamental en nuestra comunidad tribal. Él, por sus cualidades como forjador hacía posible la supervivencia de las familias. Nos proveía de utensilios para la caza y para trabajar la tierra, o nos facilitaba recipientes y elementos adecuados para cocinar a fuego. Estaba en sus manos hacer posible el confort y la seguridad de todos nosotros; sin su trabajo nada sería posible. Ella, maestra alfarera, fabricaba vasijas y recipientes aptos para la conservación de alimentos y otros usos.

Cuando yo vine al mundo, mis padres eran mayores y ya formaban una gran familia con ocho hijos varones. Por imposición, al poco de nacer yo, mi madre dejó la alfarería y fue instruida por mi abuela como curandera; ser partera o curandera era un grado, y la ancianidad motivo de prestigio y fuente de influencia; a personas como ella se les atribuía poderes sobrenaturales.

Por su cualidad y rol, la ablación a las niñas formaba parte de su responsabilidad. En las creencias de mi pueblo había razones culturales y religiosas de peso para hacerlo y conseguir, con esa intervención, "una feminidad pura" en la mujer, imprescindible para más tarde contraer matrimonio.

Aunque llevase tiempo realizando esta práctica, mi madre se sentía cada vez más contrariada al tener que llevarla a cabo, conocía los riesgos. Y por supuesto, no la quería para mí, su hija. Bien es verdad que mi "purificación" la ejecutaría otra persona de su rango, no ella.

No obstante, mamá quería evitar a toda costa el trance a su pequeña; temía por mi vida y no sabía qué hacer. Ella lo había sufrido en su infancia como tantas otras niñas. Algunas de sus amigas y hermanas fallecieron por esa causa antes de haber cumplido los doce años.

Los días previos a la fecha de celebración, lloraba cada noche sin consuelo. Sin embargo, no se atrevía a pronunciar una sola palabra en contra, por temor a perder su estatus en la tribu y ser repudiada, maldita o víctima de malos augurios por parte de los espíritus.

 

Y llegó el gran día, un día difícil para mi madre. Minutos antes de comenzar el ritual, se puso en pie, tomó la palabra y exclamó ante todos:  "Lo haré yo, Izara es mi hija".  Acto seguido mamá se acercó hasta mí y me condujo a la cabaña. Ya en la intimidad me abrazó, y comprendí que la intervención no se llevaría a cabo. Sería nuestro secreto.

 

© Caleti Marco

 

Nota: Actualmente la ablación aún se realiza en aproximadamente 29 países de África y en algunos de Asia y Oriente Medio. Se estima que entre 100 y 140 millones de niñas y mujeres de todo el mundo han sido sometidas a la MGF.

lunes, 10 de octubre de 2022

Caleti Marco: Tintó

 



        La comitiva circense tenía por delante varios kilómetros hasta llegar a su próxima parada. Los paisanos de la localidad de destino les esperaban como otros años; celebrarían con ellos las fiestas del santo patrono.

        Mariola y Armand, ocupaban una de las mejores autocaravanas; por algo su número en la carpa era de los más esperados y aplaudidos, también el más arriesgado. Su jornal superaba holgadamente el de otros compañeros.  Aquella noche estaban nerviosos; la llegada al mundo de su primer hijo era inminente. Después del feliz acontecimiento todo volvería a la normalidad. Su número en el trapecio había quedado suspendido unos meses atrás, la gestación de su pequeño marcaba la pauta de su trabajo.

        Y nació Tintó, así le pusieron de nombre. Nació casi solo, asistido por las temblorosas manos de su padre. Mariola abrazó al pequeño que Armand colocó sobre su pecho; la emoción hizo brotar lágrimas de alegría; los tres se fundieron en un enternecedor abrazo. Los compañeros se acercaron a conocerlo entusiasmados por el feliz acontecimiento.

        Tintó creció al desamparo de sus jóvenes padres, en manos de una chiquilla, la hija de los malabaristas que se hizo cargo de él desde sus primeras horas de vida. Rodeado de un sinfín de personajes divertidos o grotescos propios del ambiente circense, Tintó fue haciéndose mayor. Los padres, obsesionados por su trabajo, apenas le dedicaban tiempo. Ejercitar y crear nuevos números era su objetivo. El trapecio sin red, que ellos practicaban, no admitía fallos de ninguna clase.

        El pequeño cumplió cuatro años sin que nadie se percatase de su estado. "Es tan callado", decían… No articulaba una sola palabra, tan solo a veces emitía algún sonido gutural acompañado de gestos con las manos. "Es que… tardará en hablar", afirmaba la madre, "no hay de qué preocuparse". Lo cierto es que ni un solo sonido coherente salía de sus labios, eso sí, entendía todo lo que le decían, su oído era perfecto, pero se expresaba por señas. El tiempo fue pasando sin que Armand ni Mariola tomasen medidas.

        Por fin, un buen día, decidieron visitar a un especialista. Tintó había cumplido once años y seguía igual. No había un precedente como aquel en la familia; el doctor no comprendía cómo el chico entendía todas las palabras y las escribía, pero sin embargo era incapaz de pronunciarlas. Su oído estaba impecable y las cuerdas vocales en perfecto estado como para hacerlo. Sopesaron sin mucho afán la idea de abandonar el circo en busca de un remedio definitivo. Se sentían culpables.

        No podrían seguir de gira permanente, Tintó requería una mayor atención, no solo la terapéutica sino también la escolar. Finalmente quedó a cargo de sus abuelos. "Tenemos que seguir trabajando para costear los gastos, hijo". Esas fueron sus palabras antes de marcharse.

       

        Y Tintó cumplió los dieciséis, ya era todo un hombrecito que continuaba mostrándose mudo para algunos. Por otra parte leía y escribía perfectamente, y asistía al colegio con normalidad. Con buenas calificaciones en todas las materias y más aún en educación física; desde muy niño había ido ejercitando su cuerpo con entrenamientos constantes. Sin embargo, jamás le verías subido a un columpio y menos si estaba suspendido en el aire a mucha altura; las acrobacias temerarias no eran lo suyo.

        Ahora bien, su habilidad expresiva a base de movimientos con su cuerpo o sus extremidades hacían posible lo imposible; era capaz de mostrar una estancia cerrada, o perfilar con sus manos un objeto; reproducir el movimiento reptal de una culebra; el gesto agresivo de un felino o la fuerza de un oso. Desde niño y en secreto, entrenaba todo tipo de lenguaje corporal. Para practicar, invitaba a sus amigos; jugaba con ellos a la adivinación para adecuar y llevar a extremo la perfección de sus estampas. Era capaz de reproducir las cualidades propias de cualquier ser incluidas las especies voladoras, representadas por él aun sin levantarse del suelo.

        Armand y Mariola, despegados afectiva y físicamente de Tintó, vivían su profesión de forma obsesiva; parecía como si su hijo no existiese, estaban ajenos a las actividades desarrolladas por el muchacho. De vez en cuando hacían la llamada telefónica de turno para saber de él, pero imposible cruzar una palabra con Tintó, claro. Una vez al año lo visitaban.

 

        Aquel día el empresario les había dado el día libre. París les abría un sinfín de posibilidades para disfrutar antes del día en que ofrecerían su número en el trapecio; les bastaría con pasear, sería más que suficiente. Mariola y Armand estaban felices, el éxito de la compañía era cada vez más notorio. Todo les iba bien.

        De pronto, Armand observó a lo lejos un cartel que presidía la cabecera de una marquesina, la del "Gran Teatro"; anunciaba el debut de un joven. Les llamó poderosamente la atención su colorido, iluminación y efectos sonoros. Mariola tiró de Armand para acercarse a verlo con más detalle, y…  se llevó las manos a la boca para ahogar un grito de sorpresa. "¡Es Tintó, nuestro hijo, Armand"!  En letras grandes se leía su nombre junto a una imagen del muchacho.

 

        A sus espaldas sonó una voz; Mariola y Armand se volvieron. Era la de un joven, de buen porte, esbelto y de gran belleza. Era Tintó; cruzaron sus miradas reconociéndose. El muchacho les correspondió observándoles con dureza y desprecio; se alejó de ellos sin pronunciar una sola palabra como llevaba haciendo, como castigo por su abandono, desde los primeros años de su infancia.

 

© Caleti Marco

domingo, 7 de agosto de 2022

Caleti Marco: Ensueño

 


   Salí al exterior de la cabaña con mi taza de café en la mano. ¡Bello lugar! Llevábamos diez años allí, bueno… yo sí, mi mujer faltaba de mi lado desde los últimos cinco. No obstante, era… como si ella no se hubiese ido.

   Recordé el día que descubrimos la casa sobre aquel pequeño promontorio a modo de acantilado sobre el mar. La ilusión de nuestra vida: retirarnos a un lugar como aquel, y… así lo hicimos. Amábamos las mismas cosas. Teníamos por costumbre compartirlo todo, como nuestro amor por la lectura. Al atardecer solíamos leer juntos textos, relatos, o poemas de nuestros escritores preferidos.

   A sus ochenta y tres años Roberto se mantenía fuerte y con buena salud. Cojeaba ligeramente de la pierna derecha por una caída que le obligaba a llevar bastón. Hoy es un día muy especial, se hubieran cumplido cincuenta años juntos… ¡Cuánto te echo de menos!, pensó. Después de fallecer su esposa decidió empezar un diario. La sentía tan cerca… así le haría partícipe de todo.

   Se vistió con esmero y salió dispuesto a dar su paseo matinal por la playa. Se abrigó bien, calzó sus botas y por último su gorra negra. El viento soplaba con fuerza levantando salpicaduras de agua y arena a su paso. Sin embargo, continuó procurando no acercarse demasiado a la orilla por temor a mojarse. De pronto le pareció oír unos gritos en el extremo norte de la playa, agudizó el oído y fijó la mirada, de primeras no vio nada. Permaneció atento hasta que por fin identificó a alguien. ¡Parecía un hombre que angustiado intentaba llegar nadando a la costa! Miró a su alrededor para pedir ayuda, estaba completamente solo. Él había sido un gran nadador, así que sin dudarlo Roberto se quitó parte de la ropa y se zambulló en el agua.

   Las corrientes de esa parte de la costa eran peligrosas y lo arrastraban dificultando su labor. El viento soplaba cada vez más. Un repentino golpe de mar lo arrojó contra las rocas magullando brutalmente su costado, aun así, hizo un esfuerzo y finalmente consiguió alcanzar al hombre. De nuevo una fuerte ola los empujó contra el acantilado y … todo se hizo negro.

   La habitación del hospital estaba en penumbra, el sonido intermitente de un monitor rompía el silencio, un cuerpo yacía inconsciente sobre la cama. Era Roberto, acababa de ingresar, lo habían encontrado inconsciente a la orilla del mar. Su único hijo acudió rápidamente a su lado. No sabiendo el tiempo que su padre permanecería en ese estado, decidió incorporar a su estancia algunos de los objetos más queridos para él. Entre otros dejó sobre la mesilla de noche el diario que tan celosamente cuidaba y mimaba. Anotaciones sobre horas antes de ocurrir el accidente estaban allí, a partir de ahí páginas y más páginas en blanco sin completar.

   Pasó el tiempo y se cumplió un año del suceso; Roberto continuaba en el mismo estado. Por ser una fecha tan señalada su hijo no quiso faltar, así que fue a visitarlo. Al entrar en la habitación del hospital observó abierto el diario que él había dejado un año atrás a su padre. Cuál no sería su sorpresa al ver que a continuación de la última página que él vio redactada un año antes, aparecían páginas escritas. Leyó algunas frases saltando de una a otra línea y la sorpresa era cada vez mayor. Entre otras cosas, relataba con detalle lo ocurrido aquel día en la playa; pero sin pena, con regocijo, feliz siempre; además parecía como si alguien hubiese permanecido día y noche con él desde entonces. Por un instante el hijo pensó que lo habría escrito su padre en algún momento de lucidez, pero... es que ¡no había despertado del coma en todo el tiempo!

   Sorprendido se preguntó quién se habría atrevido a hacerlo; pero no pudo averiguar nada. Dolido se sentó a su lado, tomó la mano de su padre entre las suyas y lloró amargamente. De pronto el diario cayó al suelo. El muchacho se levantó a cogerlo, lo abrió y fijó su atención en la última página, la cual sorprendentemente con movimientos lentos y algo bruscos se iba llenando de letras que formaban palabras; las lágrimas no le dejaban ver con claridad. Se restregó los ojos con el dorso de la mano para seguir mejor la escritura que iba apareciendo sobre el papel en blanco. Se completó una frase que le heló el corazón; jubiloso, sin poder contener el llanto leyó:

“Hijo, soy yo tu madre, no me he separado de él ni un momento… hemos escrito nuestras cosas los dos juntos durante todo este tiempo”.

© Caleti Marco

 

 

jueves, 7 de julio de 2022

Caleti Marco: Oxígeno

 



Tardó en descubrirlo…

Marcia se educó a la antigua usanza para ser esposa y madre, y lo fue. No obstante, a costa de mucho sacrificio, llegó a desempeñar un importante rol profesional como "mentora". Una mujer emprendedora donde las haya, instruida y lista para encarar la vida, con ambiciones y algo frustrada —algunas se le resistieron— pero siempre con la mente abierta. Sin embargo, había permanecido oculta sin saberlo, entre años de conformismo y de responsabilidad mal entendida. No la dejaron, como se dice ahora y siempre se dijo, "ser ella misma". Por supuesto, fue víctima de su propia elección.

Y… ¿qué es eso de "ser uno mismo"? nos preguntamos muchas veces. Decían que "para conseguirlo había que ser libre". Y es que la libertad —aquello que tu persigues y que realmente nunca sabes bien de que se trata —, es más bien una falacia, un espejismo.  Ser libre es utilizar la libertad para elegir qué hacer en cada momento, incluso sobre aquello que nunca te hubiese gustado tener que decidir.

Y Marcia tuvo una certeza, saber cual NO era el camino a seguir; se tomó un respiro e intuitivamente se dejó llevar. Sin librarse por completo de sus rémoras sociales, a lo convencional, se aseguró de que todo quedase en buenas manos, su casa, su esposo del que se había separado, y sus hijos —ya crecidos e independientes—, a los que adoraba y educó en el amor y la justicia. Para ellos, sin palabras, hizo doctrina de su talante y de su sentir más genuino.

Marcia sabía que tenía que dejar las cosas atadas y resueltas, nada tenía que quedar pendiente antes de poner distancia; nada debería ensombrecer su propósito. La consigna fue, "vaciar para volver a llenar". Dio un paso adelante; emprendió un viaje, debilitada por el esfuerzo y lo duro de las últimas decisiones tomadas, pero firme para no desfallecer antes de empezar.

Recorrió Europa, parte de Asia, India y Rusia, con su "furgo", ella sola; así debía ser. Pasó un año explorando el mundo, desempeñó aquí y allá oficios para mejorar su economía, y retornó cargada de energía y fuerza. Compartió su pan y sus recursos; experimentó cómo era vivir con lo justo; aprendió a ver lo mísero de algunos y a saborear lo sublime de otros. Disfrutó y aprendió a apreciar el valor de las pequeñas cosas de la vida. Habló su espíritu; se reconfortó y reconfortó a otras almas que como ella necesitaban una dosis de "oxígeno" que les ayudase a replantear su vida, sin "enojar" abiertamente a su destino, ni ir en su contra.

Elegir, ¡eso sí que es una suerte! Elegir entre lo que la vida te pone delante; salir a su encuentro sin miedo, mirar de frente, sin presión, sin convencionalismos, sin pretender cumplir los deseos de otros. ¡Qué fácil es decirlo, y qué difícil llevarlo a cabo! se decía para sí.

Ahora Marcia es otra persona, con sus valores de siempre. ¡Ha ganado una segunda vida que se abre ante sus ojos!

 

© Caleti Marco

martes, 7 de junio de 2022

Caleti Marco: De puntillas por Arlés

 



En palabras de Vicent van Gogh "Dibujar es luchar por atravesar un invisible muro que parece alzarse entre lo que sientes y lo que eres capaz de hacer". Y lo suscribo. Qué difícil es a veces transmitir lo que llevas dentro y quieres compartir a toda costa. Y es que al igual que otros muchos, al menos yo, necesitaba un impulso inspirador que guiase mi mano, de lo contrario nada sería capaz de poner sobre un lienzo en blanco.

Por eso cuando finalicé mi carrera de Bellas Artes decidí emprender un viaje por la Provenza francesa. Arlés, sería el primer lugar a visitar, una de las más pintorescas localidades del país vecino, para mí, más por el espíritu que atesora que por otra razón: El paso de Vicent Van Gohg por el lugar en el siglo XIX, uno de los hombres más influyentes en el arte del XX, así como fuente inagotable de inspiración para muchos en su época, como también lo fue para mí en la mía.

Si bien este artista aparece en los libros de historia como un hombre atormentado, oscuro, y depresivo, se diría que su legado es todo lo contrario. Un legado repleto de luz y color, de expresión emocional y magnetismo; valores que nos ponen en contacto con el universo personal del artista más allá del firmamento natural, vinculado de principio a fin, tanto a la realidad como a lo imaginado.

Y allí fui, a Arlés, a conocer parte de su trabajo de "primera mano"; uno de los viajes más estimulantes de mi vida. Me sumergí en su entorno, hasta posarme en aquel mundo de bohemia y lujo simultáneos. Llevaba su obra en mi médula a buen recaudo, grabada a fuego.

Recorrí los escenarios de su inspiración, campos y calles de aquel lugar. Caminé despacio, escuchando cada uno de los pasos que daba. Pisaba con miedo, casi de puntillas queriendo pasar desapercibida, sin apenas rozar el suelo para no romper el encanto. Que nadie me abordase, era mi deseo, y mi anhelo, verme transitar por sus calles o jardines sin ser vista, penetrar virtualmente en aquellas rústicas viviendas y compartir el espacio con su gente, imaginar cómo habría sido su vida o, por qué no, perderme en la inmensidad de los campos y degustar el aroma de aquellos parajes que tanto le inspiraron a él.  

No pude resistirme y mientras caminaba fui reproduciendo cuidadosamente los cuadros que él pintó durante el año que permaneció en Arlés, escenas en las que yo me convertí en protagonista.  Me vi allí, como si de una refinada dama se tratase, sentada en el café, su café, o recorriendo aquellas estancias que tan familiares fueron para él como el jardín central del Hospital de Arlés. Notaba su presencia en cada esquina, en cada color, en cada trazo, él estaba en cualquier lugar, tanto en mansiones, como eras, campos, o puentes levadizos sobre el Ródano.

Y fui capaz de aferrarlo todo, quedarme con ello tal y como él, Vicent van Gogh, lo vio y lo plasmó en sus cuadros; en los que desveló partes imposibles de captar por el ojo humano a base de desvirtuar la perspectiva natural mostrando la cara oculta. Logró lo imposible: exponer "el todo". ¿Sería una idea inspirada en aquella reflexión sobre la vida que recoge una de las cartas que escribió a su hermano Theo?  "¿Es la vida enteramente visible para nosotros, o bien solo conocemos antes de la muerte un solo hemisferio?"

Tocaba reanudar el viaje a otros destinos. El día era soleado y fresco, me sentía jubilosa y llena. Y sí, algo me llevé y también algo de mí quedó entre las paredes y adoquines de aquel lugar. Mientras me alejaba pensé ¿Es posible sentir tanta inspiración con tan solo respirar el mismo aire?

 "Y es que los artistas, aún habiéndose ido de nuestro mundo, nos hablan a las generaciones siguientes a través de sus obras y de lo que hizo posible su creación".  

 

                                                               © Caleti Marco