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martes, 7 de mayo de 2019

Mª Isabel Martínez Cemillán: El camino del Guernica

Reproducción del cuadro en un mural cerámico en Guernica y Luno



La historia del Guernica, guardado y cuidado en el Museo Reina Sofía, siempre visitado y admirado, es fascinante desde su inicio hasta el final.

Pablo Picasso, el más famoso pintor español del siglo XX, vivía en Paris en 1937 cuando recibe la visita de una delegación del Gobierno de la República, Max Aub, Aragón y Bergamín, para encargarle realice un gran cuadro para el Pabellón Español en la Exposición Internacional de Paris, que ayude a divulgar la Guerra Civil española.

A Picasso no le agrada el encargo, su vida estaba bloqueada por un tremendo lio amoroso, casado con Olga Koklova, enamorado y viviendo con la joven y bella Marie Therese, con la que había tenido una hija, Maya, y con la que quería casarse, pero no podía porque la Koklova le negaba el divorcio, y asediado y perseguido por Dora Maar, la fotógrafa de moda, pone pretextos, es un cuadro demasiado grande, no le interesa demasiado la política, no se le ocurre ningún tema impactante…

Pero… el 26 de abril, los aviones alemanes de la Legión Cóndor bombardean Guernica arrasando la ciudad y las fotos publicadas en los periódicos parisinos le conmocionan de tal forma que inmediatamente sabe lo que quiere pintar, el significado de la guerra, muerte y destrucción, dolor y sufrimiento.

Y comienza a trabajar febrilmente, hace esbozos y los cambia, se levanta de noche si se le ocurre una idea nueva, pinta con velas “como Goya”, apenas sale del estudio. Y así durante un mes, el 4 de junio, finaliza el enorme lienzo, negro, blanco y gris, absolutamente simbólico, con siete figuras principales cuya misión es emocionar, entre ellas cuatro mujeres, una, basada en La Pietá, de Miguel Ángel, el dolor de una madre con su hijo asesinado en sus brazos, escapando de las llamas, desorientada, con un quinqué, arrodillada llorando.

Aunque el cuadro no tuvo demasiada buena acogida por el gobierno español que deseaba una obra más realista, no tan universal como la guerra, el éxito fue absoluto, y finalizada la Exposición comenzaron los viajes a todos los países que deseaban conocerlo, menos España, porque Picasso no lo autorizó.

Y pasaron años. Por fin tras las intensas reclamaciones, llega a Madrid en 1981, con gran dificultad por su gran dimensión, se instala en el Casón del Buen Retiro, donde permaneció ocho meses en una gran exposición que muchos recordarán, acompañado de bocetos preparatorios.  Más tarde se instalará definitivamente en el Reina Sofía, icono universal del siglo XX.

Y creo que, con orgullo, podemos manifestar, alto y claro, que en la Historia Universal de la pintura existen tres iconos geniales españoles: Velázquez, Goya y Picasso…



© Isabel Martínez Cemillán
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

P.D. Con profundo pesar comunicamos que nuestra gran amiga y colaboradora Isabel Martínez Cemillán, ha muerto ayer día 6 de mayo a primeras horas de la mañana. 

Siempre estarás en nuestro recuerdo.

viernes, 7 de diciembre de 2018

Mª Isabel Martínez Cemillán: La Inmaculada Concepción


  
La Inmaculada de El Escorial
Bartolomé Esteban Murillo
Museo del Prado, Madrid

Mañana, día 8 de diciembre, se celebra la festividad de La Inmaculada Concepción, por eso creo oportuno hablar de ella en este mi blog, del día 7. Más cercano, imposible.

El misterio de la Inmaculada Concepción fue considerado por la Iglesia, durante siglos, como materia opinable. Italia estaba fraccionada en numerosos estados, con considerables problemas políticos y esto hizo que algunos Papas descuidaran un tanto sus funciones y, por otra parte, aún no estaba considerada como dogma de fe la infalibilidad papal.

Pero desde muchos años atrás eran muchos los preocupados por ese misterio, aunque sorprendentemente, un hombre tan santo y tan inteligente como San Bernardo dijera que María no había sido concebida sin pecado original sino inmediatamente purificada, opinión compartida por San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino.

Los grandes defensores de la Inmaculada fueron San Raimundo Lulio y la Orden franciscana, muy pronto otras Órdenes religiosas se unieron a esta teoría y fueron tan apremiantes que, en el siglo XV, el Papa Adriano V, va a establecer la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María el día 8 de diciembre. A partir de ese momento en todos los monasterios, iglesias y conventos franciscanos se dedica una capilla a esa advocación pero que, sin embargo, no será proclamada dogma de fe por Pío IX hasta 1854, con la siguiente definición «María estaba inmune de toda mancha de pecado original».

En un principio su representación iconográfica  era «El abrazo de San Joaquín y Santa Ana, padres de María, ante la Puerta Dorada del Templo de Jerusalén» hasta que, ya en el siglo XVI, se produce un hecho milagroso: un padre franciscano, especialmente devoto de la Virgen, rezaba delante de un cuadro de aquella iconografía, cuando ésta se borra y en su lugar aparece la imagen de María, de pie, sobre la bola del mundo, aplastando una serpiente (pecado original), con la luna a sus pies, (visión de San Juan en el Apocalipsis) símbolo de «María es el sol que permanece sobre la luna». 

Maravillado, emocionado, el fraile describe lo que ha contemplado y lo interpreta como un deseo de la Virgen de una representación más clara, más descriptiva, que, inmediatamente será aceptada y divulgada por pintores y escultores, nueva iconografía que con milagrosa expansión sustituirá a la antigua. Es preciso resaltar que en España aparece también otro entrañable nombre, Purísima Concepción, y que fueron tantas las mujeres que llevaban su nombre que se inventó y popularizó, un cariñoso diminutivo, «Concha, Conchita».

Por otra parte, como los pintores españoles fueron los más entusiastas, con variedad, imaginación y color los creadores de la novedosa iconografía, ¿quién no se ha extasiado, emocionado, conmovido ante las maravillosas Inmaculadas de Murillo, Alonso Cano, Zurbarán…?

© Isabel Martínez

La Inmaculada Concepción
Peter Paul Rubens
Museo del Prado


© Isabel Martínez.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Mª Isabel Martínez Cemillán: La Constitución de 1812: La Pepa

Portada de la edición original de la Constitución






Raro es el día que Gobierno, Partidos políticos, medios de comunicación, y un largo etcétera, no hablan de la Constitución, tanto que parece oportuno recordar la más famosa, la de 1812, el primer Código español que declaró la Soberanía Nacional y reconoció las libertades individuales, junto a la preciosa ciudad donde se redactó y promulgó: Cádiz, la ciudad más antigua de Occidente, fundada en 1004 a.C. «Tacita de Plata», «Salada claridad».

El proceso fue largo, tras el bochornoso engaño de Bayona, con los Reyes Carlos IV y María Luisa de Parma obligados a permanecer en Francia. Fernando, príncipe de Asturias, internado en Valençay, nombrado por el astuto Napoleón rey de España a José Bonaparte, después, ya sabemos, disolución de Las Cortes por Jovellanos, cruenta Guerra de la Independencia, y Cádiz, «la única ciudad no hollada por la bota francesa» intensamente bombardeada por los navíos de Soult, superpoblada de refugiados, azotada por epidemia, que aún tenía el humor, «la guasa gaditana» de burlarse del enemigo cantando tanguillos:

De las veinte granadas que Soult envía
se quedan diecinueve en la Bahía
y con las bombas que tiran los fanfarrones,
se hacen las gaditanas tirabuzones.

Los defensores de los derechos constitucionales prestan apoyo a los muchos diputados que habían llegado a la ciudad, y éstos, el 24 de septiembre de 1810 se reúnen en la Isla de León, primero, y en el Oratorio de San Felipe Neri, después, para redactar la nueva Constitución, un total de 304 electos, al frente Muñoz Torrero, rector de Salamanca, Argüelles, Istúriz, Capmany, Mejía Lequerica y alguno más, los llamados «diputados doceañistas».

El 18 de agosto de 1811 se presenta un proyecto básicamente liberal y Muñoz Torrero lanza una dura advertencia: «Quiero que nos acordemos que formamos una sola Nación no un agregado de varias naciones».

Los debates entre liberales, absolutistas y americanos en rebeldía, fueron largos, duros y encendidos hasta llegar a una resolución definitiva, que se promulga el 19 de marzo de 1812.

¡Por fin ha nacido la Constitución!, gritaban jubilosos y de nuevo surge el ingenio español. Alguien dijo: ¿No ha nacido el día de San José? Pues llamémosla Pepa. Y como LA PEPA, quedó para siempre.

La Constitución de 1812 fue una de las más adelantadas de Europa, abolió privilegios económicos, políticos, pero no la esclavitud y no mencionó a las mujeres, proclamó la soberanía nacional y el sufragio masculino, la separación de poderes y la libertad de imprenta, suprimió la Inquisición, reconoció la religión católica como oficial y definió los deberes del patriota: Amor a la Patria, defenderla con las armas, ser justos y benéficos y contribuir a los gastos del Estado. Un cambio radical que se puede catalogar como el primer Estado de Derecho de España.

Aunque el mentiroso y nefasto Fernando VII, la derogara en 1814, y durante unos años resurgiera un anacrónico absolutismo, a su muerte, por fortuna, vuelve la Constitución, y se promulgan otras, pero siempre basadas en La Pepa, reforzándola.

¿Y ahora estamos otra vez dándole vueltas?

Facsímil conservado en el Senado de España

© Isabel Martínez.

domingo, 7 de octubre de 2018

Mª Isabel Martínez Cemillán: Las casas-museos



Las Casas-Museos son entidades culturales que, a veces con gran esfuerzo debido a la escasez de subvenciones oficiales públicas, desean mantener el recuerdo de los seres extraordinarios que las habitaron y de alguna manera, dejaron en ellas la sombra de su personalidad y vivencias.

Solamente de escritores hay más de treinta casas a lo largo y ancho de España, en ellas nacieron, habitaron, escribieron sus mejores páginas y utilizaron los mil y un objetos cotidianos, libros, pertenencias… en resumen, las vivieron.

Casa de Lope de Vega



Comienzo en Madrid con la casa de Lope de Vega, situada, paradójicamente, en la calle de Cervantes, al que Lope no tenía demasiada simpatía, una calle de las afueras, rodeada de huertas en las que se cultivaban las acreditadas «lechugas y tomates de la tierra», al parecer, riquísimos.

Amplia vivienda, con hermosa inscripción grabada en el dintel de la puerta de entrada: «D. O. M. PARVA PROPIA MAGNA, MAGNA ALIENA PARVA», que más o menos, podemos traducir así: «Lo pequeño siendo propio, es grande. Lo grande, siendo ajeno, es pequeño».

En ella vivió el prolífico escritor más de veinte años y en ella murió en 1636. Como en su testamento describió minuciosamente todos y cada uno de muebles, enseres, cuadros y objetos, ha permitido recrear casi exactamente oratorio, despacho, alcoba, relicario, libros, todo aquello que enseña y recuerda a nuestro gran poeta.


Casa de Cervantes

  


En plena calle Mayor de Alcalá de Henares, típica casa castellana del siglo XVI, nace Miguel de Cervantes, universal escritor. Totalmente reconstruida, conserva intactos los aposentos que rodean la entrada y el patio central con pozo, amueblados con sólidos muebles castellanos, bargueños, mesas, grandes braseros, amplio comedor, donde, según costumbre, comían los hombres servidos por las mujeres, mientras que ellas lo hacían en la cocina de lumbre baja, sentadas sobre esteras, cerca del fuego. Y arriba, los dormitorios, con estrechas camas, desde hace tiempo algunos convertidos en pequeño, pero selecto Museo con las múltiples ediciones en todos los idiomas del mundo de su inmortal obra Don Quijote de la Mancha.

Casa de García Lorca



«Vivo en la preciosa Huerta de San Vicente, llena de jazmines y rosales, desde el jardín sube a mi cuarto un aire divinamente irrespirable, un aragonés, como tú, no puede nunca saber el dolor de cabeza que producen las flores en la noche andaluza», esto escribe Federico García Lorca su amigo Buñuel refiriéndose a la casa familiar donde pasó muchos veranos, rodeada de árboles frutales, sinuosos caminos y flores, muchísimas flores.

En ella escribió alguna de sus más inspiradas poesías y obras teatrales, con ese espíritu de tragedia que le caracterizaba, «Bodas de Sangre», «Yerma», «Llanto por Sánchez Mejías», quizá premonitorio de su propio trágico final.

Cedida por la familia en 1995 como foco cultural, expone, principalmente, manuscritos, retratos, documentos del propio Lorca y también de sus amigos Alberti, Dalí, y muchos más…


Casa-Museo de Salvador Dalí


En la Costa Brava, en Port Lligat está la abigarrada mansión de Dalí y Gala, surrealismo puro. En esta casa de recreo, cuando la compró sencilla casita de pescadores, realizó una caprichosa y gran ampliación porque el pintor aborrecía la arquitectura rígida y funcional que cambió por sorprendentes estancias, la sala oval, con inmenso diván circular, la de «los pájaros», con enorme jaula, pero sin pájaros, y el alucinante vestíbulo que Dalí llamaba «cuarto del oso», porque en el centro tenía un oso polar disecado.  Un patio–jardín con una panorámica que inmortalizó en alguno de sus cuadros y donde celebraban sus extravagantes fiestas, según Dalí: «Me doy el gustazo de reunir a famosos, ministros y hippies, divertidos».

Como decía, diseminadas por España hay muchas Casas-Museos en las que pasaron sus días mujeres y hombres de la talla de Unamuno, Rosalía, Machado, Gayarre, la Pardo Bazán, Juan Ramón… En ellas podemos intuir, incluso conocer, gustos, aficiones vivencias de aquellos que las vivieron y hoy recordamos con tanta admiración.  ¡Merece la pena visitarlas!

© Isabel Martínez





viernes, 7 de septiembre de 2018

Mª Isabel Martínez Cemillán: Progreso y progresismo

Alegoría del progreso
Miguel Ángel Trilles
Madrid (1922)



Hace unas semanas tuve la suerte de asistir a una conferencia sobre el significado de la palabra tan escuchada hoy a diario, «progreso y progresismo» y digo la suerte porque el ponente, un profesor universitario, la definió  con suma claridad: «Progreso es la búsqueda incesante de la verdad, la bondad y la belleza, que conllevan las tres formas esenciales de la vida: Amor, Amistad y Soledad, porque el amor es la completa unión de dos vidas, caminar juntos y unidos, pero distintos, porque la personalidad es única e irrepetible; la amistad, una colaboración vital con mutua confianza, comprensión y ayuda; y la soledad, más la diferencia sensible entre lo que se desea y se tiene, que el estar físicamente sólo».

Y yo pregunto, ¿tiene esto algo que ver con lo que ahora nos venden continuamente como progresismo? Pues en mi opinión, muy poco, casi nada. ¿Dónde, quien busca la verdad?, somos tan increíblemente irresponsables que cuando hay que indagar y asumir algún error miramos hacia otro lado buscando a quien echar la culpa

¿Dónde está la bondad?, cada cual va a lo suyo y si para progresar y triunfar es necesario mentir y calumniar, y esto lo estamos viendo a diario, pues se miente y se calumnia y… «a otra cosa, mariposa».

Y ¿Dónde está la belleza?, por desgracia abunda, casi impera, el feísmo, lo cutre, el terrible (a mi me lo parece) tatuaje masivo, el mal lenguaje, tan utilizado por los impropios «mediáticos», nunca como ahora el invocado «regeneracionismo», está haciendo tanta falta.

La prisa, la velocidad, la rapidez sin reflexión, son las secuelas del falso progresismo, con los que algunos, bastantes, pretenden, lamentablemente ilusionarnos, ¿lo van a conseguir? Pues esperemos que no y triunfe la inteligencia, el sano esfuerzo y la comprensión.


© María Isabel Martínez.

sábado, 7 de julio de 2018

Mª Isabel Martínez Cemillán: Historias y Leyendas de las Iglesias de Madrid - San Nicolás de los Servitas

San Nicolás de los Servitas
Vista desde el ángulo suroeste

 Decíase en aquel aún pequeño Madrid del siglo XV que, entre iglesias y conventos, casi un centenar se contaban. Campanarios, torrecillas y cúpulas se erguían deseosas de alcanzar el azul del cielo. 

Muchas han desaparecido, bastantes, afortunadamente, se conservan, otras se levantaron más tarde, todas tienen su historia, algunas, entrañables leyendas, patronos y santos de profunda devoción. 

Queremos acercarnos a ellas y conocerlas y hoy empezamos con una de las más antiguas.

SAN NICOLÁS DE LOS SERVITAS

Edificada en el siglo XII, en el que fue Madrid árabe, dentro de la muralla, un barrio en el  que mudéjares y cristianos viejos habitaban, vivían, amigablemente.

Como ya en el siglo XVII, la iglesia se hundía, se consolida la hermosa torre mudéjar, (aún se conserva gran parte inferior), añadiendo un clásico chapitel. Tras diversas vicisitudes, en 1825, es adquirida por la Venerable Orden Tercera de Siervos de María, y se renueva culto y devoción, principalmente a Nuestra Señora de los Dolores, preciosa imagen con el pecho traspasado por siete espadas simbólicas, a San Pelegrín Laciosi, monje servita, modelo de santidad y, que yo sepa, único protector de la enfermedad del cáncer. 

Pero, sin duda, su imagen más conocida y devota es San Antonio, el Guindero, protagonista de preciosa leyenda:


San Antonio de Padua
Pintor: Antonio de Pereda


Subía por la Cuesta de la Vega un sudoroso hortelano sobre su asno, cargado además con dos grandes serones rebosantes de rojas y lustrosas guindas que pensaba vender en el Mercado de la Cebada, aliviando así su penuria económica. Como tenía prisa, pinchaba y azotaba al animal  que, quizá agotado, salta, cocea y arroja al suelo amo y carga, que ruedan por el polvoriento camino. Al ver el desastre, el pobre hombre, llora amargamente y clama pidiendo ayuda a San Antonio, del que era muy devoto. 

Un fraile joven y sonriente se acerca y le pregunta la causa del llanto, el hortelano contesta: “no lo ves, toda mi cosecha del año, sucia y polvorienta y yo sin venta y sin el dinero que tanto necesito”. El fraile, animoso y diligente, comienza a recoger las guindas y echarlas en el serón, ante el enorme asombro del hombre que no comprende cómo pueden estar tan frescas como recién cortadas y, agradecido le ofrece un gran puñado, pero, el fraile le dice, que se las lleve cuando regrese a la cercana iglesia de San Nicolás, donde él estaría.

Cuando feliz, con los dineros en el bolsillo y una gran bolsa de guindas, el hortelano acude a la iglesia, la encuentra vacía, decide esperar rezando, entra en una capilla, y se queda paralizado porque en el centro del altar está la imagen de San Antonio, ¡el mismo sonriente fraile que le había ayudado! Impresionado, corre por la calle Mayor, gritando, proclamando el milagro, que se extiende rápidamente por Madrid, así como la devoción por el santo, llamado desde entonces San Antonio, el Guindero, y se forma una Cofradía que, años después, junto con la imagen, pasará a la iglesia de Santa Cruz, donde aún se venera.



© Mª Isabel Martínez Cemillán

jueves, 7 de junio de 2018

Mª Isabel Martínez Cemillán: Las verbenas



Olga María Ramos, con su preciosa voz y su gran estilo personal, canta un bonito y acertado “Chotis Protesta” que dice así:

Si en Valencia tienen fallas
y el encierro en San Fermín
que nos dejen, por lo menos
las verbenas en Madrid…

Porque hay que ver, la guasa que se traen con las verbenas, que si focos, que si ruidos, ¿es que en Madrid no hay cosa buena? Pues claro que las hay: las verbenas.

Según la tradición, la primera verbena que Dios envía, es la de: «San Antonio de la Floría porque, aunque antes se celebra San Isidro, no es verbena sino romería».

Las verbenas proceden de las fiestas paganas del mes de junio, solsticio de verano, cuando las sacerdotisas cortaban ramas del florido arbusto así llamado y las ofrecían a los Dioses, después entre cantos y bailes, las regalaban como mágicos amuletos de buena suerte. Muchos, muchísimos años después, los cristianos, muy sagaces, no suprimen la fiesta (ni muchas otras paganas) sino que las adaptan y convierten en festejos lúdico-religiosos en honor de la Virgen y algunos Santos.

Las Verbenas fueron las fiestas más queridas y representativas de los barrios madrileños, los vecinos las preparaban durante meses, fabricaban cadenetas, farolillos, y mantoncillos de papel y adornaban balcones, patios y las antiguas corralas con las mejores colchas y mantones de Manila familiares.

Se sucedían una tras otra: San Antonio, San Juan, El Carmen, Chamberilero, y apretaditas, casi compartiendo calles, San Cayetano, San Lorenzo y La Paloma y al final, ya en septiembre, la Natividad de la Virgen, más conocida como «La Melonera».

La más famosa, gracias a la zarzuela y quizá la más fervorosa, con tantas madres ofreciendo a sus pequeños, «La Paloma» la más popular y alegre, la de «San Antonio», al que nadie sabe muy bien por qué adquirió su fama de casamentero, ambas subsisten, pero nada que ver con las del viejo Madrid, ya lo dijo Marquina:

Madrid, el viejo se está muriendo
nos abandona, no volverá
el Boticario de la Paloma
se ha vuelto un barman de bulevar.

Madrid se ha muerto, se alza un revuelo
cuando el entierro se ve pasar
y entre los flecos de su pañuelo
la Revoltosa rompe a llorar…”

Las chulapas, ceñido traje de percal, mantón de Manila, pañuelo blanco y rojos claveles en la cabeza, bajaban a pedir novio al Santo, siguiendo el ritual, trece alfileres de cabecita redonda y colorines en la pila bautismal, apretar con la mano extendida con fuerza, si prendía un alfiler, novio seguro, si dos, mejor todavía: «Ten un novio seguro y un pretendiente, y pasarás la vida tan ricamente, si ninguno, pues paciencia, otro año será».


Y después a la Bombilla a bailar con algún chulapo ‒chaquetilla, gorra o “parpusa” en la cabeza, blanco pañuelo en la garganta‒ un “chotis” que arribó a Madrid desde el extranjero, pero llegó a ser su baile más característico. Ya lo dice el refrán: «En llegando a Madrí, todo se vuelve de aquí».

La Bombi relucía, olía a tortilla, filetes empanados limonada y churros, muchos churros ¿alguien concibe una verbena sin churros?, vendedores y mil cosas más. Poco a poco el día clareaba, las gentes regresaban a sus casas, algunos, más resistentes y fervorosos, asistían a la primera misa aclamando al Santo: «Viva San Antonio, viva Madriz y que el año que viene yo vuelva aquí».

Afortunadamente aún se celebra la Verbena de San Antonio de la Florida, pero, en mi opinión, bastante «descafeinada», con muy poco que ver con el casticismo y la ilusión de ayer, los tiempos han cambiado. ¿A mejor, a peor? No sé, pero desde luego son distintos.



© Isabel Martínez.



lunes, 7 de mayo de 2018

Isabel Martínez Cemillán: El Sinodal de Aguilafuente



El crecimiento comercial, urbano y demográfico de la Baja Edad Media generó en Europa un incremento de lectores espectacular, a los que la copia manuscrita de textos no podía satisfacer y se comienza a buscar métodos más eficaces para solucionar tanta demanda. Será en Alemania, a mediados del siglo XV, donde Juan Gutemberg invente la imprenta, un sistema tan eficaz y novedoso que transformará el mundo.

Antes de seguir, ¿Qué son el Sinodal y Aguilafuente? Pues Aguilafuente una villa de origen romano, a 36 kilómetros de Segovia que adquirió inusitada importancia en el siglo XV al convocarse en ella un sínodo. ¿Y qué es un sínodo? Una palabra procedente del griego “synodis” que significa reunión, en este caso, una reunión de autoridades religiosas, obispos y otros eclesiásticos para tratar temas de la religión católica bajo varios aspectos:

‒Provincial, con obispo metropolitano.

‒Nacional, obispos de todo el país y autorización Papal.

‒Ecuménico, obispos de todo el mundo.

‒Episcopal, consultas variadas, incluso al Papa, y

‒Dogmático, para grandes e importantes definiciones.

Segovia, en el siglo XV, era la ciudad favorita del rey Enrique V de Castilla, poseía Colegios Superiores, donde se estudiaba Gramática, Lógica y Moral, Ceca, o Casa de la Moneda propia, Palacio Real con Corte perfectamente dotada, pero en cambio padecía una diócesis muy revuelta, casi caótica, que tenía inquieto y muy preocupado a su obispo, Juan Arias Dávila, culto, poderoso, humanista, por la escasa formación del clero, algunos apenas sabían leer, abusos reiterados, lujos inapropiados, ropaje ostentoso que habían originado un completo desacuerdo entre el pueblo y el Cabildo. Era necesaria una reforma enérgica y Dávila viaja al Vaticano en busca de soluciones autorizadas mediante Bula Papal.

En Roma conoce a Juan Parix, un alemán de Heidelberg, impresor afamado y decide llevarlo a Segovia para que, tras convocar un Sínodo, imprima todas sus actas. Y nace «El Sinodal de Aguilafuente», libro de 48 hojas impresas y 16 en blanco, en papel de gran calidad, letra redonda o romana, sin portada, con un índice de los 28 capítulos que contiene. Solamente se conserva un único ejemplar, custodiado en la Catedral de Segovia junto con el manuscrito original escrito en castellano.

Importantísimo documento, porque englobó todos los problemas que Dávila se encargó de resolver mediante severas medidas, desde pago de multas a excomunión, cumplidas con rigor y magnífico resultado.

Por tanto, resulta al menos curioso que la enorme relevancia del Sinodal se olvida y no se vuelve a conocer hasta dos siglos después, 1637, cuando el historiador segoviano Colmenares escribe ¡a mano!, con el título de «Historia del Sínodo», con todo detalle y enorme éxito no sólo el Sinodal de Aguilafuente sino que Segovia tuvo la primera imprenta de España, ya que Parix se instaló en una calle del centro e imprimió varios libros durante más de siete años. Fue en 1473 cuando la imprenta se extendió a otras ciudades, Barcelona, Sevilla, Valencia y más tarde, a Madrid, donde se conserva una histórica y bien conservada, además, visitable.

Es obvio que la imprenta fue la primera gran revolución tecnológica, similar a la que ahora estamos disfrutando, ¿sufriendo?, y que el Sinodal de Aguilafuente es uno de sus más valiosos documentos.


Iglesia de Santa María de Aguilafuente

© Isabel Martínez Cemillán.

sábado, 7 de abril de 2018

Mª Isabel Martínez Cemillán: Año Murillo en Madrid

Inmaculada de Soult (1678)
Museo del Prado, Madrid







En una de las ciudades más bonitas de España, Sevilla, resplandece una exposición pictórica conmemorativa del cuarto centenario, 400 años, del nacimiento del pintor Murillo, con el sugestivo título de «AÑO MURILLO», exponiendo parte de su extensa obra repartida por todo el mundo.

Recordemos que durante la invasión francesa el Mariscal Soult se apropió, robó, cantidad de cuadros de Murillo, unos para regalar a Napoleón, otros, la mayoría para él y venderlos a buen precio a museos y coleccionistas europeos.

En el siglo XVIII la reina Isabel de Farnesio compró alguna de sus obras maestras, otras se lograron recuperar y las tenemos colgadas en el Museo del Prado, que, discretísima y sutilmente ha recordado que también en Madrid podemos celebrar el Año Murillo visitando nuestro Museo donde están expuestas la mayoría de sus mejores obras permitiendo contemplar la evolución del artista.

Bartolomé Esteban Murillo, nació en Sevilla en 1617, felizmente casado, tuvo nueve hijos y trabajó desde muy joven larga y placenteramente toda su vida hasta que, pintando el retablo del Convento de Capuchinos de Cádiz, cayó desde lo alto del andamio, lo llevaron a Sevilla, quería morir en su casa, y falleció en 1681, a los 64 años.

Exceptuando a Velázquez, podemos conceptuar a Murillo como el más moderno pintor, calificado en tres etapas: «fría, cálida y vaporosa», con un estilo muy personal, fluido, vibrante, expresivo y bello, luz y color.

Así que celebremos el Año Murillo en Madrid contemplando, entusiasmados, sus «Inmaculadas», hizo más de treinta versiones, maravillosa la llamada de Soult, no nos extraña que se la llevara a su propia casa de Paris y que nos costara tantos años y tanto trabajo recuperarla, auténtica obra maestra de intensa belleza de los últimos años de su vida.

Sagrada Familia del Pajarito 1649-1650
Óleo sobre lienzo. Museo del Prado, Madrid

Y, también, entrañable, tierna, luminosa, la barroca «Sagrada Familia del Pajarito», preciosa escena familiar, el Niño, jugando, la Virgen, trabajando y San José, joven y agraciado, como era en realidad, lejos del ancianito oscurecido representado en siglos anteriores.

A partir del siglo XVIII, la pintura de niños es un tema importante en toda Europa, Murillo se adelanta a su tiempo pintándolos, se ha dicho con frecuencia que eran retratos de sus propios hijos, lo mismo que los rostros de sus encantadores angelitos.

Por tanto, si podemos, vayamos a Sevilla a ver los cuadros que temporalmente vuelven a Sevilla desde Oxford, Colonia, Viena, Paris… mostrando cada luz y cada sombra, cada rostro celestial y humano, cada simbolismo  y realidad, pero acerquémonos también al Prado a ver Murillo en Madrid.  Merece la pena.


1675
Londres, National Gallery
Niño espulgándose
París, Museo del Louvre

1670
Londres, Dulwich Picture Gallery 




© Isabel Martínez Cemillán