Mostrando entradas con la etiqueta Colaboradores: Malena Teigeiro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Colaboradores: Malena Teigeiro. Mostrar todas las entradas

domingo, 13 de septiembre de 2026

Malena Teigeiro: Berta no quiere ver el cielo



En cuanto llega la tarde y acaba con sus quehaceres, Berta se asoma a la ventana. Siempre a la pequeña. Allí lo espera con la mente en blanco. Bueno, en blanco no, porque de su cabeza no desaparece nunca la imagen.

Martín tiene los ojos transparentes, de color verde, de ese que es como el agua del mar. Adora esos ojos que la miran de arriba abajo y que le hacen bajar los párpados avergonzada. Una de las cosas que más le gustan de él es la sonrisa. Cada vez que le baila en sus gruesos y húmedos labios, se enamora un poco más.

Berta saca medio cuerpo hacia afuera. Quiere mirar lejos, muy lejos. No. Todavía no vuelve. De nuevo se acomoda en el alfeizar de la ventana pequeña. Siempre en la pequeña. Espera. Siente frío y se arrebuja en su chal.

Ahora recuerda sus juegos de niños. Porque él y ella están juntos casi desde que nacieron. Qué día tan feliz el de su matrimonio. Todo fue perfecto. Hasta el sol fue espléndido. Sonríe. Martín era pícaro. Sí. Siempre tuvo una inocente y osada picardía que todavía la mantiene enamorada. Por eso lo espera en la ventana pequeña. Esa que le deja ver los campos y los barcos que atraviesan el canal. A ella no le gustaba mirar por la grande. Escucha el rasgar de la quilla de un barco y cierra los ojos. No. No era el de él. Porque Martín patronea con dulzura, casi mimando las aguas. Aspiró el perfume a hierba. Aunque sus ojos fueran del color del agua, él no olía a mar. Él olía a leche y a bollos, a bebé y a hogar. A veces también a vino. Y ese olor fuerte, agrio le repelía. Una ráfaga de viento le hizo sujetarse unos rizos.

Una de las cosas que más le gustaban a Berta, era sentir su calor al despertar, y todavía muchísimo más aspirar el perfume de su piel. De día, sola en la casa, echaba de menos su risa y su voz, incluso cuando protestaba por cualquier cosa. Porque, tenía que reconocerlo, su hombre, además de alto y delgado, era un poco pendenciero. Aunque ella le riñera cada vez que le contaban una de sus peleas, entendía que no había que darle importancia, que eran cosas que hacían los maridos al salir de la taberna. ¡Ya se corregirá con el tiempo! Últimamente está bastante preocupada. Son muchas las noches que llega tarde y en un estado lamentable. Recordó aquella de no hacía tanto tiempo, que lo tuvo que ayudar a subir a la habitación. Vomitó por las escaleras. Pero era un buen hombre. Aún en aquel estado Martín le pidió perdón por el trabajo que le estaba dando y le juró que no volvería a emborracharse. Ella sonrió. Era casi imposible que pudiera cumplir con su promesa.

Berta se acarició el vientre. Su bebé ya no estaba allí. Y no entendía por qué. Ahora lo recordaba. El bebé salió de su vientre el mismo día que le dijeron que Martín se había ido al cielo, que no volvería nunca más. Que la noche anterior le clavaron una faca en el pecho. Pero sabe que no es cierto, que como tantas otras veces, y aunque esté borracho, llegará a casa y la abrazará y la besará.

Y por eso Berta nunca mira por la otra ventana, la que está alta, la que solo deja ver el cielo. Teme que Martín aparezca entre las nubes con su bebé en los brazos.

© Malena Teigeiro 

jueves, 13 de agosto de 2026

Malena Teigeiro: La cerveza

 


Se apretó la pajarita y sin trastocar la perfecta raya, pasó los dedos por el cabello. Aunque se pusiera gomina, sus rizos eran indomables. Con cuidado se quitó una pelusa de la solapa y se miró detenidamente en el espejo. Como si fuera un pavo real hinchó el pecho. ¡Qué lástima que no tengo cola de plumas para abrir!, se dijo sonriente. Se gustaba. Carlos conocía bien su buena planta. Y hoy debía lucirse más que nadie. Hacía ya tres días que Rita lo había dejado. La mujer, que en su tiempo debió haber sido una belleza, estaba ya muy pasadita, por lo que a Carlos hacerle arrumacos y acostarse con ella le daba bastante cosilla. Pero, gracias a Dios, ya se acabó, pensó al separarse del espejo.

Apagó la luz del vestidor, recogió las llaves y se echó una última mirada. Contempló su figura con satisfacción. Por algo le llamaban El Pavo Real, dijo en voz alta al tiempo que colocaba una sonrisa en la boca. Bajó directamente al garaje. Allá al fondo vio su coche, un deportivo regalo de María del Sol, una mejicana anterior a Rita, y del que ya se encontraba un poco harto.

El teatro de la ópera y el casino, fueron buenos sitios para encontrar mujeres adineradas que vivían solas, sobre todo los días en que, como aquel, se inauguraba la temporada. Aunque tenía que reconocer que desde hacía un tiempo ya no era lo mismo. A la ópera, con tal de tener un poco de dinero, iba cualquiera. Y el casino apenas lo pisaban unos ancianos. Otro sitio que le había dado buenos resultados era las barras de los bares de los hoteles de súper lujo. Sin embargo, allí ya solo iban los matrimonios ricachones, las estrellas de cine y gente por el estilo. Madrid, ya no era lo mismo. Incómodo, frunció la frente. Aún así, él no conocía sitio mejor que El Real al que poder ir a trabajar.

Ya en el coche, sin abandonar la sonrisa y con la cabeza bien alta, Carlos iba pensando en que tenía que tener más cuidado. Rita no había resultado lo que parecía. Si bien era cierto que tenía muchísimo dinero, era tacaña como nadie. Le resultaba casi imposible sacarle un paquete de euros, aunque esto en el fondo le hacía gracia. Sí. Le agradaba tener que trabajar con mucha cabeza. Cada noche la hacía disfrutar con técnicas desconocidas para ella, aunque eso era bastante difícil, pues como Rita decía, era una mujer de mucho mundo.

Ahora todo se había acabado, pensó al dejar el coche en el parquin. Eso sí, le cabía el honor de haber sido él quien finalizó esa relación. Sí. Fue él. Le había molestado que le negara el Porsche 911 que tanto deseaba.

—Ya estoy harto de ir en un descapotable. En Madrid, no es nada práctico. En invierno te mueres de frio y en verano el sol te machaca las neuronas —dijo haciéndole una de esas caricias que a ella obnubilaban.

—Lo del frio lo entiendo, lo de las neuronas... Será al que las tenga, cosa que no es tu caso —dijo Rita firmando un cheque por diez mil euros—. Toma Carlos. Cuida bien este dinero, porque en un tiempo no habrá más. Me voy unos meses a Nueva York invitada por mi ex.

Carlos cogió el cheque malhumorado. Esa cantidad a él no le llegaba ni para pasar el mes.

Entró en el Real. Como siempre, con los hombros hacia atrás, y el pecho hinchado como el pavo real que decían que era buscando hembra. Se estrenaba la temporada. El mejor momento para encontrar lo que buscaba. Echó una mirada alrededor. La butaca 6 de la fila 4 estaba ocupada por una morenita y su lado no había ningún caballero.

Carlos sacudió la cabeza. Se sentó en su butaca y esperó al entreacto. En cuanto la vio pasar por su lado, la empujó. Perdona, dijo engolando la voz. Ella se volvió hacia él. No te preocupes, añadió la sonriente mujer mientras sacudía la melena. Ese gesto era como el de Rita.

Pero, ¡cómo se le podía haber olvidado!, se dijo llevándose la mano a la frente. En cuanto entrara en casa tenía que decidir qué iba a hacer con su cadáver. Llevaba ya tres días en el frigorífico, lo que le estaba resultando bastante molesto. Desde entonces no había podido beber esa cerveza que tanto le gustaba tomar con el aperitivo a media mañana.

© Malena Teigeiro

lunes, 13 de julio de 2026

Malena Teigeiro: El juramento

 



Cuando estaba entonando el último Vincerò, la ópera de Puccini que tanto admiraba, vio que en el lateral del escenario lo esperaba su amigo. Ya es el día, se dijo sin dejar de advertir la sonrisa en el rostro del otro. En ese instante sintió que algo le subía a la boca interrumpiendo su canto. Era un vómito de sangre. Según caía al suelo, Marcello escuchaba el grito de horror del público puesto en pie. Apenas dos horas más tarde, el tenor había fallecido. Solo tenía cincuenta años.

Al niño que cuidaba el ganado de sus padres por las colinas de La Puglia le gustaba cantar. Según decían, su voz, dulce y melodiosa, enamoraba a las ovejas que se arremolinaban a su alrededor. Cuando escuchan sus gorgoritos, están tranquilas, afirmaban los dueños de la borregada. Pasaron los años, y en contra a lo que el párroco de su aldea creyó, la voz del joven era cada día más fuerte, más dulce, más hermosa, por lo que don Giulio decidió que, a cambio de darle clases de música, Marcello cantaría en su iglesia.

Una tarde retransmitieron por televisión Turandot. Era el estreno de la temporada de ópera en el teatro alla Scalla de Milán. El chico se quedó pasmado delante del viejo aparato. Eso era lo que él deseaba. Quería ser como aquel que en el escenario interpretaba al príncipe Calaf. Él quería cantar aquel Vincerò como ese de la televisión. Después de hablarlo con sus padres, y aunque estos no estuvieran de acuerdo, Marcello se dirigió a Milán. Él creía que en cuanto entrara en el teatro y lo escucharan, casi le rogarían que cantara para ellos.

Al encontrarse en aquella inmensa ciudad, sin montañas ni campos, Marcello entendió que lo primero que tenía que hacer era buscar un trabajo. En la misma estación, vio un cartel pidiendo barrenderos. En cuanto el jefe de esto lo vio, le gritó: Tú, ven aquí. Servirá seguro, comentó volviéndose hacia su compañero.

Esa mañana, ayudado por Luigi, otro joven barrendero que le explicaba dónde y cómo tenía que hacerlo, Marcello comenzó a trabajar en aquella estación que siempre se encontraba llena de gente. En sus ratos libres intentaba acercarse alla Scalla. Pero, quizá por su aspecto de campesino o tal vez su torpeza al dirigirse a la gente, el caso fue que en aquella grande y hermosa ciudad, a él no lo escuchaba nadie, ni siquiera para indicarle el camino hacia el teatro de la ópera. Después, volvía a la estación, en donde pasaba la noche durmiendo en un banco.

 En cuanto cobró el primer sueldo el joven le alquiló una habitación a la madre de Luigi. En aquella casa el muchacho volvió a ser casi feliz, y si no lo era del todo fue porque no podía cantar, cosa que necesitaba para vivir.

En la estación hacía un frio helador. La niebla, espesa, húmeda y sucia, lo envolvía todo. Marcelo barría los andenes pensando que lo mejor era volver a La Puglia, y olvidarse de su deseo de entonar sus óperas. Una noche más, sentado en un banco de la plaza frente al teatro, arropado por las sombras, admiraba la iluminada fachada, la entrada de los hombres de etiqueta y las hermosísimas mujeres vestidas de seda, a las que escuchaba reír. A partir de aquella, una noche tras otras, hiciera frío o calor, Marcello esperaba allí sentado hasta verlas salir. Entonces su sentimiento comenzó a ser diferente: Ya no los veía reír, sino que le parecían emocionados por lo que acababan de escuchar.

La noche que acudió a la plaza para despedirse de sus sueños, un joven, casi de su edad, se sentó a su lado. Después de presentarse, el muchacho de ojos enfebrecidos, le susurró que si le prometía quedarse para siempre con él, le ayudaría a triunfar con su voz allí, y señaló con el dedo el edificio de alla Scalla. Marcello cerró los ojos y recordó el interior del teatro que había visto en la televisión. Vio las escalinatas, los dorados palcos y las butacas de terciopelo rojo. Se vio allí, sobre el escenario, recibiendo los aplausos de un público puesto en pie. Se volvió hacia el joven. ¿Qué tenía que hacer?, preguntó ansioso. Nada, solo jurarme que a los cincuenta años te vendrás para siempre conmigo. Marcello se levantó. Estiró el brazo y le dio la mano al tiempo que decía: «Hecho.»

© Malena Teigeiro

sábado, 13 de junio de 2026

Malena Teigeiro: La vieja casona de las montañas

 


Paola y yo nos conocíamos desde que ella entró en el colegio. Y en cuanto conseguimos nuestro primer trabajo, nos casamos. Justo unos días después de volver del viaje de novios, Paola recibió la carta de un notario italiano. Decía ser el abogado de la familia de su padre, y, por tanto, el encargado de entregarle los bienes que, como única heredera, le correspondían. En la carta le rogaba que se pusiera cuanto antes en contacto con él. Después de comprobar que aquel despacho de abogados existía, Paola, que nunca había sabido que sus padres tuvieran propiedades en Italia, le contestó que aprovecharía los últimos días que nos quedaban de las vacaciones para visitarlo.

Al día siguiente partimos para Bari. Una vez instalados, lo primero que hicimos fue concertar la visita con don Giulio Lombardini. Nos recibió al día siguiente. Su sonriente y acuosa mirada nos sonreía. El hombre, sorprendido ante el desconocimiento que de sus orígenes tenía, le contó a mi mujer su procedencia, así como el motivo por el que su familia se había ido a España, que no fue otro que huir de la Gran Guerra.

Entre una especie de molesta tristeza por la historia que sobre su familia le contó el señor Lombardini, y la alegría por la fortuna con la que de repente se encontraba, firmó la recepción de todos los bienes. Rápida, y sin dejar de signar los documentos, Paola le pidió que pusiera a la venta todos los inmuebles. Don Giulio, después de clavar la mirada en su ayudante, dijo que antes de tomar esa decisión, la llevaría a conocer la casa de sus ancestros. De acuerdo, replicó mi mujer, pero hagámoslo esta misma tarde si no le importa. Apenas podemos quedarnos un par de días.

Después de algo menos de dos horas de viaje por solitarias carreteras, llegamos hasta una antigua y alta muralla. Don Giulio, aparentemente emocionado, esperó en el coche hasta que el conductor abrió el portalón. Al final de un camino rodeado de cuidados jardines, estaba la casa, que sin ser un castillo como los españoles ni un palacio como los italianos, era una especie de mezcla entre los dos. Guardando el más escrupuloso silencio, entramos en un fresco zaguán de piedra. Visitamos salas, dormitorios, subimos y bajamos escaleras, y recorrimos largos pasillos. Todo el mobiliario en aquella casa parecía tener varios siglos. Sin embargo, a ambos nos llamó la atención que estando deshabitada, se encontrara tan cálida y limpia.

—Es evidente, señora, que esta casa no se puede vender. Ella y su servicio viven aquí —rompió el espeso silencio la voz del anciano al entrar en lo que parecía ser la sala principal.

Mi mujer se giró hacia don Giulio y arqueando las cejas preguntó: ¿Quién es ella? Él, a pesar de la oscuridad que ya reinaba en la habitación, señaló un cuadro, no muy grande, de un Ángel, al que la poca luz arrancaba brillantes rayos al oro de las alas.

Paola se dejó caer en un frailuno. Estaba pálida, y sus ojos, siempre alegres y pícaros, miraban el cuadro asustados. Me acerqué y le coloqué las manos sobre los hombros. Cuando dirigí la vista hacia aquella pintura, lo comprendí. El rostro del ángel era el de una joven mujer, y esa joven era igual, exactamente igual, que Paola.

En el automóvil de vuelta los dos hicimos el viaje en silencio, silencio que aprovechó don Giulio para contarnos que en el siglo XVII, el dueño de todo aquello le ofreció a Nuestra Señora de la Anunciación que pintaría un fresco en su honor si conseguía que su esposa le diera un hijo. Nueve meses después repicaron las campanas anunciando el nacimiento de un varón. Aquel niño fue amamantado por una joven cuya pequeña hija, tenía la misión de jugar con él. Pasados unos años el pequeño contrajo una extraña enfermedad. Su padre, recordó la olvidada promesa y se apresuró a poner los medios para cumplirla.

El caballero, que tenía como amante a la madre de la compañera de su hijo, exigió que su manceba posara como modelo de la figura del Ángel anunciador. Entre chanzas y bromas, ésta posó cubriéndose el pecho con los brazos. Lo que no quiso ocultar el pintor fue la mirada pícara de sus ojos negros ni la sensualidad de sus hermosas facciones. Cuando colgaron el cuadro que serviría de muestra para hacer el fresco en la iglesia, mientras su marido admiraba la pintura, su esposa comenzó a temblar. De pronto, se giró y se dirigió a la puerta. Desde allí, castigó la arrogancia de aquella manceba y de su esposo con una maldición: Ni vivos ni muertos, los espíritus de los dos, así como los de sus criados, podrían salir de la casona. Luego recogió a su hijo y a la niña de la manceba, y se fue.

Pasaron los años y aquellos dos niños, de los que usted es la última descendiente, contrajeron matrimonio. Acababa de decir estas últimas palabras cuando llegábamos a la puerta de nuestro hotel. Allí don Giulio le entregó a Paola las viejas llaves y los antiquísimos títulos de propiedad. Y haciendo una leve inclinación de cabeza nos deseó buen viaje de vuelta.

Paola me despertó. Estaba totalmente vestida. Con la voz entrecortada me pidió que la llevara a la casona. Siguiendo su deseo y sin atreverme a preguntar qué era lo que quería hacer allí, conduje hasta la antigua propiedad. Al llegar, ella se dirigió directamente al bargueño que se encontraba debajo del retrato del Ángel. Encima de él dejó las llaves y las escrituras. A continuación, arrancó una cortina. La dejó delante del mueble y le prendió fuego. Luego continuó quemando las otras colgaduras. Todo era tan viejo y estaba tan seco, que rápidamente la habitación se convirtió en una pira.

Ya los dos fuera de la casa contemplábamos las rojas y furiosas llamas mientras horrorizados escuchábamos fuertes alaridos entre su crepitar.

© Malena Teigeiro

miércoles, 13 de mayo de 2026

Malena Teigeiro: El bosque de los níscalos

 


En nuestro bosque nunca crecieron los níscalos. Nunca, decía Berta con el dedo en alto. Sin embargo, aquel año en medio de la hojarasca y sin la protección de árbol alguno, apareció una especie de ramillete de preciosas setas naranjas. Sí. Sólo uno. Y allí sigue. Fresco, altivo, como si la luna por la noche lo hiciera renacer. Llegaron a tener una altura rara, porque ¿era o no muy raro que unas setas crecieran algo más de medio metro? Y lo más curioso fue que no parecía que pensaran dejar de hacerlo. Y claro, la noticia comenzó a correr. Como nadie quería quedarse sin verlos, los vecinos se acercaban al bosque. Ante tantas visitas el alcalde tuvo que poner un guardia para que nadie arrancara aquellos altivos níscalos. Luego llegaron los comentarios, las preguntas, el interés por conocer el motivo de lo que estaba ocurriendo. ¿Es que nadie se acordaba de que hacía años había desaparecido la hija de… ¿De quién?, interrumpió Daniela a Berta. Sí. Sí, corroboró Julieta. Ahora lo recordaba. Había desaparecido una jovencita, casi una niña. Pero, ¿de qué familia era? El guardia la miró. Su voz sonó muy ronca, más bien aguardentosa cuando dijo que no fue una niña. Era una señorita. Y no era la hija de nadie del pueblo, al menos que él supiera.

Aquella tarde hubo junta en el Ayuntamiento. Si los níscalos seguían creciendo en aquella medida, pronto serían mucho más altos que los árboles, dijo el alcalde. El secretario lo miró y rascándose el cogote susurró que si eso sucedía tendrían un problema. O no, añadió el concejal de Agricultura. Dénse cuenta que seremos el único pueblo de España, que digo de España, de Europa, del mundo, con un bosque de níscalos gigantes. El alcalde lo miraba soñoliento. Esa noche no había podido dormir con el dichoso problema rondándole la cabeza.

Mientras tanto, en el bosque, el guardia seguía hablando de aquella señorita que nunca nadie vio y como nunca nadie la vio nadie supo quién era ni de donde había llegado. Pues si nadie la vio, ni se supo que hubiera llegado, ni nadie la echó en falta, gritó Outilio, no sé por qué hablamos de ella. Conchita lo miró de arriba abajo. Luego, añadió que si no recordaba que desde que aquella mujer, a la que nadie vio, anduvo por allí sucedían cosas raras. Cierto. Cierto, aseveró Maruja. Se acercó al guardia y con los brazos en jarra le gritó que la vaca de su sobrina por aquel entonces parió una ternera con dos cabezas, y que al hijo de la Ramona las gallinas le ponían los huevos con la yema verde. Por no hablar del marido de la Antonia, al que en vez de pelo le estaban creciendo algas por las orejas.

Y mientras sus munícipes en el salón de plenos del Ayuntamiento continuaban llenando imaginarias arcas con el dinero que iban a obtener mostrando el bosque de níscalos, los curiosos vecinos que se acercaban para verlos, se iban quedando encerrados en medio de sus tallos altos, dorados, fríos, húmedos.

Ya apenas conseguían traspasar los rayos de sol la frondosidad de setas, cuando Luis, mirando hacia arriba, gritó que lo que estaba ocurriendo era como consecuencia de la magia de la joven que nunca nadie vio. Cierto, susurró Ramón. Y esa magia nos va a llevar a la ruina. Y de pronto, Conchita, alzando los brazos al cielo, dijo que si ellos opinaban como ella, que el fenómeno de las setas era porque crecían sobre la tumba de la desaparecida que nunca nadie vio, ¿por qué no enterraban también junto a ella, allí mismo, entre los níscalos, y señalaba vehementemente el suelo, a la vaca envenenada? Los cansados vecinos que en ese momento se encontraban sentados en el suelo junto al guardia y rodeados por los altísimos tallos, la miraron sorprendidos. ¿De qué vaca envenenada hablaba? De la que traía consigo la joven que nunca nadie vio. ¡Ah, esa! ¿Pero quién dijo que la joven tiraba de una vaca envenenada? Porque si era así, volvió a decir Ramón, y nadie vio a la vaca ni a la muchacha, tendrían que comenzar a pensar que no era una joven ni una bruja, sino el espíritu de cualquier maldad.

Y sin más, se levantaron. Agarrados de la mano, fueron formando un corro que iba encerrando los troncos de las setas. Conchita comenzó a tararear una canción y como si estuvieran en la alameda la noche del santo patrón, todos comenzaron a bailar alrededor de los troncos abriendo entre la raíces de las setas agujeros negros, malolientes, hasta conseguir excavar un profundo y húmedo pozo. Cuando juzgaron que era lo suficientemente hondo, se pusieron de rodillas. Elevando las manos por encima de sus cabezas como si fueran coronas, hicieron un conjuro invocando a la vaca envenenada. Poco a poco, entre una nube de humo, se fue dibujando la figura de una vaca negra, alta, de gruesa barriga y ubres llenas de leche que, como si fueran surtidores, la derramaban. Y aquel líquido amarillo, casi verde, al mezclarse con la tierra se volvió azufre, que al acercarse a los troncos de las setas los convertía en negras lajas de carbón. Aterrados, algunos con quemaduras importantes, los vecinos, dirigidos por el guardia, treparon por las paredes del pozo hasta conseguir salir. Luego, perseguidos por el fuego, corrieron hasta dejar atrás al último árbol. Desde allí, vieron acercarse a la comitiva municipal que, precedida por la banda de trompetas y tambores, anunciaba que habían encontrado la manera de hacerse ricos con las visitas al bosque de níscalos, único de su especie en el mundo. La Corporación municipal iba pertrechada de sierras y hachas. En la última reunión de la Casa Consistorial, habían decidido talar todos los árboles para que pudiera crecer a gusto el nuevo bosque de Níscalos.

Los munícipes tan solo pudieron ver el fuego fatuo que quemaba los troncos que crecían sobre la tumba de la joven que nunca nadie vio así como escuchar entre el crepitar de las llamas el triste mugido de la vaca de la leche envenenada y que, al arder, las hojas de los antiguos castaños se iban convirtiendo en finas capas de negras lajas de pizarra, que poco a poco iban cubriendo la montaña, los campos, los bosques y los espíritus de los que habían habitado aquella aldea de la que nunca nadie supo ni tampoco nadie vio.

© Malena Teigeiro

lunes, 13 de abril de 2026

Malena Teigeiro: Los recuerdos de Belinda

 


Acalorada, se sentó en uno de los sillones de la terraza. Llevaba en la mano un par de botellas de cerveza. Con un pequeño tirón de la anilla, Belinda arrancó la tapa y bebió el botellín casi de un trago. Suspirando miró por encima de los pinos. El bosque estaba tranquilo y ella, después de lo bebido, también. Abrió la segunda botella. Le dio un pequeño sorbo y pensó que si la viera su madre beber así se enfadaría con ella. Cogió un vaso y muy despacio, la vertió. De nuevo en su asiento, miró el líquido al trasluz. ¿Por qué le gustaba tanto aquella bebida amarga? A lo mejor era porque aquella amargura cubría otras más intensas. Humedeció los labios en la espuma. Era suave, fría. Se pasó la lengua intentando saborearla otro poquito. Era como un beso. La imagen de Marcos le llenaba la mente y con el corazón encogido bebió con ansia unos sorbos. Ya un poco mareada, recordó su timidez ante el abrazo de Marcos, y como se desembarazó de él. ¡Qué tonta era entonces! Aunque Marcos no lo percibiera, mientras corría por el bosque escapándose, por el rabillo del ojo lo miraba. De pie, con los brazos colgando a los lados del cuerpo y la boca entreabierta, el joven la miraba correr sin llamarla. ¿Por qué no lo hizo?

Al ir a beber otro trago, percibió que la cerveza estaba caliente, sin espuma. Tiró lo que le quedaba sobre un macizo de margaritas y volvió a la cocina a coger otro botellín bien frío. También recogió otro vaso. Así se podría hacer a la idea de que alguien la había acompañado sentado en otro de los silloncitos.

Ya de nuevo acomodada delante de la inmensidad del valle, sintió calor. Se desabotonó el cuello de la blusa y se pasó la mano por la garganta, por el escote, como si fuera una caricia. Sus dedos se convirtieron en las manos de Marcos. A su madre Marcos no le gustaba, bueno ni él ni nadie. Porque desde que se había quedado viuda solo pensaba en retenerla a su lado. Pero ellos se amaban. Volvió a sentir el amargor de la cerveza. Recordó la tarde que él le pasó el brazo por el hombro y le hizo apoyar la cabeza sobre su pecho. Al rozar con los labios su piel sintió el mismo sabor amargo que ahora. Marcos le besó el cabello. Luego, le acercó una jarra, inmensa, de barro gris, que bebió con gusto y lo hizo por el mismo sitio que él había bebido.

Vio unos pájaros volando a lo lejos. Envidió sus alas anchas, grandes, que les daban una libertad que Belinda nunca tuvo. Sería bonito ser un ave y poder volar entre las nubes. Bebió otro trago.

Mirando hacia la lejanía recordó lo bonitas que eran las fiestas de la cerveza. Sobre todo la del Oktoberfest que se celebraba en la plaza del castillo. ¡Qué alegría! ¡Qué risas, cuántos cantos! Y luego, la vuelta a casa atravesando el bosque, ese mismo bosque que ahora estaba a sus pies. Menos mal que su madre nunca se enteró de que su hija y sus amigas cruzaban entre los árboles tan solo iluminadas por la luz de la luna. Aquellos troncos oscuros, casi negros, en los que las chicas se apoyaban y ellos las abrazaban. Recordó a... ¿Cómo se llamaba? Daba igual decidió bebiendo otro poco. Ésa siempre se internaba entre los árboles hasta que nadie la podía ver. Cierto era que tuvo que casarse de prisa y corriendo. Aunque la boda fue muy divertida y bonita, eso hasta su madre tuvo que reconocerlo.

¡Hacía tantos años ya de aquello!, meditó mientras ya sin ansia, tomaba otro trago. ¡Qué rica! Qué más daba que su madre hubiera conocido que ella cruzaba por aquel bosque. ¿O nunca lo hizo? Ahora lo recordaba bien. Nunca cruzó por el bosque y tampoco dejó que la besara Marcos ni ningún otro hombre.

Su madre siempre se sintió orgullosa de su Belinda. Aunque quizá no tanto de su soltería.

© Malena Teigeiro

viernes, 13 de marzo de 2026

Malena Teigeiro: El estudiante

 


Mi marido se llama Jaimito. Repito, no Jaime, sino Jaimito.

Fue mi compañero de pupitre desde el día que comencé el colegio. No tengo ninguna duda de que si no fuera por mí, que le dejaba copiar en todos los exámenes, y le soplaba las preguntas orales, quizá no hubiera sido capaz de terminar la enseñanza básica. De eso estoy segura. Sin embargo, en lo referente a los negocios, ya era otra cosa. Ahí incluso le ayudó el nombre de Jaimito. ¿Que por qué? Pues porque al igual que en el colegio cada vez que algo ocurría el señor Iturriaga, nuestro maestro, gritaba: Jaimito, qué está pasando. Jaimito, qué haces. Jaimito, otra vez copiando, y él, fuera o no el culpable, bajaba la cabeza. También cuando había que construir un decorado, instalar unas luces, o buscar los trajes para una obra de teatro, era Jaimito el que se ocupaba de ello.

Al terminar el bachillerato, me fui a Madrid. Quería estudiar Filología en la Complutense. Me sentía feliz. Podía elegir lo que más me gustaba, las Lenguas Muertas. Estudié latín, griego, y un poco de sánscrito. Me sentía tan feliz entre todo aquello que apenas volvía a mi pequeña ciudad durante las vacaciones. Y era lógico, en Madrid se quedaba esperándome mi adorado Carlos.

Y Jaimito, cuyo nombre hizo que todos lo conocieran, decidió dedicarse a trabajar en lo que mejor sabía hacer: La búsqueda. De ese modo, cualquiera que tuviera que arreglar un lavaplatos, una máquina de coser, la necesidad de adquirir el elemento más extraño, todos, todos los que lo conocían, inmediatamente decían voy a llamar al Jaimito. Seguro que él sabe dónde encontrarlo. Y Jaimito, nadie entendía cómo, al día siguiente, a veces incluso a los diez minutos, llamaba a la puerta de la casa del susodicho con el artículo que se necesitaba.

Y así fueron pasando los años.

Cuando finalicé mis estudios, sin saber todavía qué camino tomar, volví a mi ciudad. Y allí estaba, como siempre, Jaimito esperándome.

Apenas pasados dos meses, Carlos, mi novio durante la carrera, me escribió diciendo que había descubierto su amor por Dorita, mi compañera de habitación y amiga íntima durante todos los años que duraron mis estudios. Ni le contesté. Pero eso sí, lloré un día tras otro hasta que mi madre llamó a Jaimito. Sentado a mi lado, igual que cuando lo hacía en el pupitre, mirando al frente, me susurró que le faltaba la persona que le soplara lo que tenía que hacer. Cosa que no entendí, porque en ese momento ya tenía dos tiendas y un almacén en los que podías encontrar cualquier cosa por inverosímil que fuera.

Al fin conseguí una plaza de profesora en un colegio en las afueras de la ciudad. Estaba cerca del almacén de Jaimito, por lo que él me llevaba todas las mañanas.

Y ocurrió lo que todos pensaban que tenía que pasar. Una mañana del mes de julio, nos casamos. Él estaba feliz. Yo bastante contenta. Apenas un año después nació Jaime, y luego tuvimos también dos niñas.

Y lo cierto fue que Jaimito tenía razón. Desde que nos casamos, fui la que le soplé lo que a mi juicio debía hacer, la que lo animó a abrir tiendas en otras ciudades, primero, y en otros países después, la que dejó su trabajo en el colegio para ayudarle a dirigir la cadena.

Una mañana, como antiguos alumnos, los dos fuimos invitados a nuestro colegio. Como personas con gran éxito en la vida, por entonces éramos una de las mayores fortunas del país, querían que diéramos una charla sobre la necesidad de tener una buena preparación para poner enfrentarnos a la vida.

Y sí, Jaimito, impasible, sentado a mi lado, con la mejor de sus sonrisas, escuchó de mis labios la recomendación de la necesidad de unos buenos estudios para poder encarar el futuro. Cuando terminé, desde el fondo del salón de actos, renqueante, ayudado por la que supuse era su hija, se acercó a saludarnos el señor Iturriaga. Miró a nuestros hijos y volviéndose a mi marido dijo: Copiando otra vez, Jaimito.

© Malena Teigeiro

viernes, 13 de febrero de 2026

Malena Teigeiro: Cebolla frita

 

Un poquito de sal, unas gotas de limón, una cucharada de cebolla bien frita, y otra de vino blanco, recitaba Lidia en voz alta. Y, ahora, espolvorearlas bien con pan rallado, aunque sin pasarse.

—Así es como te gustan, ¿verdad? —gritó mientras introducía la bandeja en el horno.

—¿Que me gusta el qué? —escuchó la voz de Juan que, como si fueran burbujas, flotaba en el ambiente.

Las zamburiñas era el marisco que más apreciaba su Juan. ¿A su Juan? Lidia se limpió los ojos con la puntita del delantal. Sus lágrimas no eran por culpa de la cebolla, eran porque la imagen de Manolita, la dueña del puesto 53 —el de ellos era el 54— del mercado de mariscos, le había venido a la mente.

Manolita lo heredó de su madre, doña Manuela, muerta en un accidente de coche hacía poco. Y desde que la hija lo ocupaba, su Juan no era el mismo. Ni se reía con ella ni jugaban en la cama. Ahora le descubría canas, alguna arruga alrededor de los ojos, y sobre todo le molestaban los niños. Manolita era joven, tenía el pecho prieto y tan alto que sus primeras curvas siempre estaban fuera del escote. Reía con fuerza y, como hacían todos, anunciaba sus mariscos a voz en grito, pero los de ella eran alegres, casquivanos. Tan así era, que desde que Manolita estaba al frente del puesto de su madre, las ventas en el de Juan habían bajado. Y desde que se colocó el delantal con las tiras bordadas bien tiesas, Juan enloqueció por ella. De eso Lidia estaba bien segura.

Sin embargo, desde ayer Juan estaba más hosco que de costumbre. Hasta se había enfadado con los niños durante el desayuno. Y en vez de ir con los amigos a tomar el apetitivo y jugar una partidita, se había quedado en casa tumbado en el sofá. Ni tan siquiera veía el fútbol. Lidia llamó a su madre para que se llevara los niños. Algo iba a pasar y no quería que los críos estuvieran delante.

Desde que su madre cerró la puerta, ella daba vueltas por la casa sin saber qué hacer. Y fue entonces cuando se le ocurrió cocer unos camarones y cocinar las zamburiñas. Era lo que más le podía gustar a Juan. A las dos y media, todo estaba como tenía que estar: la mesa con el mantel bordado, un búcaro azul con margaritas en el centro y una botella de Alvariño refrescándose en la nevera.

Ya sentados a la mesa, Lidia, asustada, percibía la intensa calma con que Juan pelaba los camarones. Después lo vio mojar pan en una zamburiña. De pronto levantó la cabeza. La miró despacio.

—Estás muy guapa esta mañana —susurró.

La capoteaba para darle la puntilla, pensó Lidia mientras lo veía coger el vaso de vino y bebérselo de un trago. ¿La iba a dejar y encima se burlaba de ella? O sea que, además de aguantarle los cuernos que seguro le estaba poniendo con Manolita, cocinaba lo que más le podía gustar, cuidaba a sus hijos, lo amaba desde que era una niña, ¿tenía que escuchar sus falsos piropos? No estaba guapa y lo sabía. ¡Cómo podía estarlo con los ojos rojos de tanto llorar, la delgadez escurriéndosele por las caderas, y ese pelo que nunca sabía qué hacer con él! Por ahí ya no estaba dispuesta a pasar. Se removió en el asiento. Bebió del mismo modo su vino y aclarándose la garganta lo miró de frente.

—¿Te ocurre algo Juan? —preguntó.

—Lidia, tenemos un problema —masculló sin dejar de comer las zamburiñas.

—¿Tenemos o tienes un problema? —inquirió con retintín.

Él levantando la cabeza, la miró sorprendido. Creía que todo lo de la casa les afectaba a los dos, pero si ahora las cosas ya no eran así... Continuó mojando el pan en la zamburiña. Lidia se sintió inquieta. Lo quería tanto que hasta le dio lástima. Pero, ¿era tonta o qué?, se dijo.

—Manolita...

Lidia se levantó de la silla. Que no siguiera, por favor, que no siguiera, se dijo. No estaba dispuesta a escuchar lo que le iba a decir. Cerró los ojos, lo vio saliendo de la casa con la maleta en la mano y comenzó a llorar. ¿Es que no le daban pena sus hijos? ¿Es que no sentía nada por ella después de tantos años de estar juntos?, le espetó. Juan la miraba con los ojos redondos y la boca abierta.

—Escucha Lidia, Manolita se casa con uno de Lérida, por lo que deja el puesto. Como nos está agradecida por lo que la ayudamos manteniéndolo los días que su madre estuvo en el hospital, nos lo ha ofrecido a nosotros. Si ando preocupado es porque es mucho dinero y tendríamos que pedir un préstamo al banco, y ya me conoces, a mí eso de endeudarnos no me va. Ella dice que está dispuesta a alquilárnoslo hasta que se lo podamos pagar. ¿A ti qué te parece que debemos hacer?

—Juan, no seas tan raro. Nos apretaremos un poco el cinturón, y si algún mes va peor, tiramos de los ahorros. Pide el préstamo, como hace cualquiera, y dale las gracias. Y eso sí, no me vuelvas a ocultar ninguna cosa. No sabes lo preocupada que estaba pensando que tenías un problema de salud. ¡Vaya!, que ya me veía viuda —Lidia se secó una lagrimita con a punta de la servilleta—. ¿Y sabes una cosa? —con sus cálidos ojos lo miró satisfecha—. Me alegro de que Manolita se case. Que contenta estaría su madre. Ojalá tenga mucha suerte. A mí siempre me pareció una buena chica. Y quedarse huérfana tan joven... Pero ahora, comamos, que las zamburiñas se están quedando frías. Y eso sí, en cuanto termine voy a llamar a mi madre —Lidia chupó la cabeza de camarón con deleite—. La pobre anda en un sin vivir con lo de tu posible enfermedad.

© Malena Teigeiro

martes, 13 de enero de 2026

Malena Teigeiro: Las redes

 



Pintaba puertos, playas o acantilados. Pero, sobre todo, puertos. El color del mar, los inmensos cielos que lo cubrían, la hacían volar sobre él. Le daba lo mismo colorear el verde oscuro de las playas del norte de Francia, el azul grisáceo de las islas del Pacífico, o el turquesa de las playas caribeñas. Incluso pintaba algunos puertos teñidos de rojo con lava del volcán.

Muy pocos comprendían su atracción por los puertos, que olían a aceite, a sal, y a pescado, en donde podías sentarte a charlar con los que remendaban las redes o a tomar un vaso de vino.

A veces acompañaba a Antonio, un patrón amigo de su padre que solo salía al mar en busca de la cena. Si pescaba poco, la invitaba a su casa de encima de la playa, y si habían tenido suerte, le daba los peces para que ella los vendiera. Salían al atardecer. A ella una de las cosas que más le placía era sentir el frío de la arena en los pies desnudos cuando caminaba hacia la barca. Siempre le pareció que estaba igual de fría que su padre cuando se lo trajeron muerto.

Una mañana, Antonio también apareció muerto en su cama. Algún día tenía que ser, escuchó a uno de por allí. Después de aquel comentario, Paco se le acercó. Si quería, él podía llevarla también en su barca. Ella no contestó.

Días después del entierro, Paco se acercó a su casa. Venga mujer, le dijo, que no era bueno que estuviera encerrada. Vente conmigo que voy a echar las redes esta noche. Ese día no fue, pero, al otro, cuando volvió a pedirle lo mismo, pensó que tenía razón, no era bueno estar tan sola. Además, nada le gustaba tanto como estar en el mar. Y fue con él.

Salieron varias noches hasta que una de ellas, mientras esperaban a que se llenaran las redes él, sentado en la borda, la animó a beber un trago de aguardiente. Ella apenas mojó los labios mientras el otro se bebía media botella. Le vio los ojos rojos, los labios violetas y una risa tonta. Ven, ven. Acércate, le decía balanceándose con el ritmo de la mar. Ella se acercó y de un empujón lo tiró al agua. Había aprendido a defenderse de los hombres.

Al día siguiente, al atardecer, unos pescadores encontraron la barca a la deriva. Uno de ellos la acomodó entre los aparejos, el otro recogió las redes. Paco, como un pez, apareció en ella.

Durante el juicio, le declaró al juez que fue ella la que lo empujó. Conocía lo que le pasaba a las mujeres cuando los hombres se ponían en aquel estado, y ella no estaba dispuesta a pasar por eso. El magistrado sentenció que la internaran en un siquiátrico.

Desde entonces, vive allí, y si bien es verdad que no puede mojarse los pies en el mar, ni sentir el frío de la arena en las plantas de los pies, le han dado las pinturas con las que disfruta pintando los puertos.

sábado, 13 de diciembre de 2025

Malena Teigeiro: Vicisitudes de una maleta rosa fosforito

 


Sabía que no estaba bien. Sabía que eso podía suceder, pero la prisa, la necesidad de salir corriendo me hizo superar el impulso de abrirla y colocar mejor las cosas. La culpa de que estuviera así la tendrían las botas altas trak o quizá la bolsa de aseo. El bote de laca y el de crema limpiadora eran enormes. Cerré la maleta y salí corriendo.

En la rotonda del aeropuerto, al mirar hacia atrás, me pareció ver que una parte, pequeña, eso sí, de mi falda plisada salía de la maleta. No pasa nada, me reconvine. En cuanto aparque y baje del coche, comprobaré que todo está bien. Si hace falta, antes de embarcar, la abriré para cerrarla y colocar de nuevo todo.

En el parking me di cuenta de que no tenía tiempo para ningún tipo de comprobaciones. Intentando sacarla del maletero —menos mal, que tuve la precaución de colgarme la bandolera del cuello—, sudando copiosamente, rezongaba que por qué sería tan difícil sacar las maletas del coche. Al fin logré sacarla. Lo que no pude impedir fue que con gran estruendo se cayera al suelo. Qué buena compra hice, pensé al comprobar que nada se había roto. Superada esa prueba, después de enderezarla con esfuerzo, no me cupo ninguna duda de que la maleta rosa fosforito, de cuatro ruedas, era de buena calidad. Salí del estacionamiento corriendo.

Aquella mañana me di cuenta de lo grande que era la sala de partidas. ¿Quién habría inventado esa horrible T4? A la carrera comprobé el billete. Sí. Era el mostrador 790. Justo, y como no podía ser de otro modo, entré por la puerta equivocada. Mi mostrador se encontraba al menos a un kilómetro de donde estaba. Seguí corriendo. En aquel momento ya me daba igual tropezar con una u otra persona, atropellar al carrito de un bebé, o matar al perrito, qué mono, que diligentemente andaba al lado de su dueño. Perdón, perdón, decía a cada paso recordando la máxima de mi madre: Nunca se pueden perder las maneras. Nunca.

A punto de que cerraran el mostrador de facturación, al fin, llegué. Aquí. Aquí, grité, agitando la tarjeta de embarque que había sacado por la noche, ya casi de madrugada. Señorita, me dijo la chaqueta roja. Tiene que ir a la máquina, meter sus datos y sacar la cinta de la maleta. Después pásese por el mostrador para facturar el equipaje.

Como siempre, la primera máquina no funcionaba. En la segunda, un señor mayor, amablemente me pidió ayuda. Me encanta la gente educada, recuerdo que pensé. Y me pedía ayuda a mí, que estaba a punto de perder el vuelo. Y ahí sí que perdí las maneras. Lo empujé y corrí hacia la siguiente.

Ya con el pasaporte, la tarjeta de embarque, la cinta de la maleta en la mano, volví al mostrador. El joven que me esperaba con el ceño prieto, lo primero que me dijo fue que no creía que la maleta llegara a tiempo y que como no corriera mucho, tampoco llegará usted al avión. Están llamando para embarcar desde hace un rato.

Gracias, dije, intentando no perder las maneras. Coloqué la maleta en la cinta sobre las cuatro ruedas. Él con la calma propia del que hace ese gesto una y otra vez, pegó el papelito en el asa. Le dio al botón y la cinta arrancó llevándose mi tambaleante equipaje.

Sonreí y suspiré aliviada. De pronto, la maleta se cayó de la cinta y como cabía esperar, se abrió desperdigando toda la ropa.

¡Mi bellísima maleta rosa! Era de tan buena calidad que aguantó hasta estar en la cinta para abrirse. Sin atender a los gritos del muchacho, eché a correr siguiendo las indicaciones: Pasillo J, ascensor para bajar a la plata menos 2...

Ahora, ya solo con la bandolera al hombro, podía volar los kilómetros que me separaban de la puerta de embarque. Eh. Eh, grité a la azafata que se retiraba del mostrador. Me miró con mala cara. Le entregué la tarjeta y aguantando el mal humor de todos aquellos con los que me iban cruzando, que sin duda no tuvieron a una madre como la mía, recorrí el finger y me senté en la fila 12, C.

El runrún del avión al despegar y el recuerdo de la noche anterior en la que Jimmy me había pedido por teléfono que me casara con él, hicieron que mi corazón latiera con rapidez.

Colgué a las dos de la madrugada. Y feliz, decidí que no esperaba ni un solo día para reunirme con mi amado. ¡Qué bueno era lo del internet para estas ocasiones! Busqué un billete. Solo encontré este que, con suerte, me permitiría dormir un par de horas. Después llamé a mi madre, a mi amiga Lucía, con ella hablé ni sé el tiempo, y a mi hermana Jacinta, con la que me tuve que entretener un poco. Le expliqué dónde dejaba las llaves, también le anuncié que le mandaría un mensajito con la plaza del parking. Y luego, hablando muy bajo —no sé por qué si estaba en mi casa y nadie me escuchaba—, le expliqué dónde dejaba dinero para pagar a la señora que me limpiaba el piso. Apenas me quedaba tiempo y rápido, rápido hice el equipaje. Sin haberme acostado, llegué hasta el aeropuerto.

De pronto recordé mi preciosa maleta rosa y toda la ropa desparramada. ¡Qué coño me importaba a mí la maleta y la ropa si estaba volando hacia Londres en donde me esperaba mi amado Jimmy! Me dormí feliz.

Angustiada me desperté. ¿Me esperaba Jimmy? ¡Pero si ni siquiera lo había avisado! Ahora creía recordar que con los nervios, tampoco le había dicho sí a su petición de matrimonio.

© Malena Teigeiro

jueves, 13 de noviembre de 2025

Malena Teigeiro: El poder de los colores

 


Después de romper con Olivier, su marido, con el resto del dinero que todavía le quedaba de la herencia de sus padres, y su perro Bistró sentado a su lado, conducía Ninet desde París hasta la casa que le dejaron sus abuelos. Durante todo el camino iba invadida por la tristeza que le causó tener que abandonar a Olivier, pero ya no aguantaba más sus golpes, ni sus gritos, ni sus borracheras.

Para llegar hasta la casa había que subir la montaña por un largo, estrecho y sinuoso camino de tierra, por el que Ninet condujo tomando primero una curva, luego otra, con sumo cuidado. Al parar su Peugeot rosa delante de la casona se sintió feliz. Contemplaba la fachada complacida. Era de piedra y vigas viejas que, al igual que las ventanas, lucían el mismo color que las vides que la rodeaban. Estaba igual a como era cuando de niña pasaba allí los veranos, pensó mientras abría la puerta.

A la mañana siguiente, mientras desayunaba en la cocina, decidió que tenía que pintarla. Después de tantos años, las blancas paredes estaban sucias, desconchadas. Primero, pintó de rosa su dormitorio. Y rosa también eran las telas de las cortinas que hizo, aunque estas un poco más oscuras. Siguió con el baño. En el intento de que se pareciera al mar Mediterráneo que veía desde la ventana, lo pintó de azul verdoso con trazas cobalto. El pasillo y la escalera, lo primero que veía todas las mañanas al salir de su habitación, los coloreó de azul cielo.

Se sentía feliz entre aquellos alegres tonos que le permitían soñar y dejar la tristeza.

Al fin le tocó a la cocina comedor. Ésta todavía conservaba el primitivo blanco, sucio de grasa y humo por muchas partes. En su Peugeot rosa se dirigió a la tienda de pinturas. Aparcó con cuidado delante de la puerta. Entró y pidió un bote de pintura amarilla, pero de ese color amarillo que tienen las natillas, aclaró. El hombre que la atendió, levantando las cejas, le entregó un bote. Este le quedará precioso. Es el que todos usamos por aquí. Qué estupendo, pensó Ninet viendo ya las paredes de la cocina pintadas con ese amarillito que tanto le gustaba.

Cuando comenzó a pintar, el color le disgustó bastante. No era como el de las natillas, sino como el de los limones. Sin embargo, y como aún le quedaba pintura, y aunque aquel color le producía cierta irritación, sin detenerse, pintó los muebles, las sillas, las puertas. Luego colgó cuadros, platos y llenó los vasares con las vajillas.

Sin duda, el año que viene cambiaré el color, se dijo satisfecha al cerrar la puerta después de colocar el último adorno.

Una tarde al volver de recoger flores, se encontró a Olivier sentado a la mesa. Otra vez no, gritó su interior. Miró hacia el fondo, y el amarillo de la pared le hizo subir acidez a la boca. Luego, al ver la botella de coñac encima de la mesa y a él con un vaso en la mano, sintió náuseas. Se lo rellenó. Con tranquilidad, se sirvió otro y se sentó enfrente mientras él la insultaba. Un color como aquel amarillo no era bueno para nadie, pensaba sin dejar de mirar las paredes mientras escuchaba que a gritos la amenazaba por haberlo abandonado llevándose el dinero. Cuando terminó la botella de coñac, Ninet buscó por los vasares hasta que encontró otra de aguardiente. Le rellenó de nuevo el vaso una y otra vez. Estaba ya bastante borracho cuando el hombre se levantó rabioso. Ella cerró los ojos y se encogió en la silla. Esperando sus golpes, escuchó el ruido del cuerpo al caer. Giró la cabeza y vio que de la boca de Olivier salía un hilo de babas. De puntillas, se fue de la cocina.

Era ya de noche cuando, poco a poco, arrastró el cuerpo, todavía en coma etílico, hasta el coche de Olivier. Logró sentarlo detrás del volante. Lo encendió, puso la palanca en punto muerto y retiró el freno de mano. Desde fuera del coche, agarrada al volante, lo llevó hasta el comienzo del camino. Después de un empujoncito, lo soltó. Primero se deslizaba despacio, luego, lo vio que tomaba velocidad hasta desaparecer de su vista en la primera curva. Se quedó un momento expectante. No tardó mucho en ver una gran bola de fuego. Ya tranquila, entró en la casa. Como siempre hacía, atrancó la puerta, y mientras subía por aquella escalera pintada de azul cielo, iba pensando que tenía que cambiar, pero ya, el color de la cocina. Aquel amarillo sin duda la irritaba.

© Malena Teigeiro

lunes, 13 de octubre de 2025

Malena Teigeiro: Un vestido de seda condesa

 


A doña Justinita le emocionaba todo, absolutamente todo, en la tienda de Telas, Encajes y Novedades. Incluso el olor parecía emborracharla. Por no hablar de los rollos de tela, que colocados unos al lado de los otros le recordaban a las flores del campo. Una pieza de seda rosa sobre otra de raso verde, a su lado una de batista amarilla, los algodones estampados, terciopelos y encajes, y los tules para los velos de novia, esos, bien apartados, no fuera ser que se ensuciaran.

Como siempre que era invitada a una cena de gala, dos o tres semanas antes, doña Justinita entraba en la tienda de telas. Esa vez se preparaba para la que daban en el Palacio de Oriente al rey de... —¡Vaya a saber usted de dónde!—, que andaba de visita en España. Su esposo, general de la Guardia Real, era uno de los invitados. Y como siempre, don Manuel, uno de los dueños de la tienda de telas, en cuanto la vio entrar, salió del despacho para atenderla personalmente.

La señora comenzó a contarle la necesidad que tenía de un nuevo traje de noche. Como él ya podía suponer, decía con un leve movimiento de cejas, a su esposo lo habían invitado a la cena en palacio. Y allí estaba ella otra vez, ya sabía él para qué. Y revoloteó la mano haciendo sonar unas pulseras. Tendrá que ser largo, y moderno, sin llegar a ser muy llamativo. Don Manuel sacó de uno de los cajones del mostrador el último figurín de moda. Ojeó con rapidez las hojas, hasta llegar a un vestido, bastante vaporoso, con manga francesa y un poquito de cola. Doña Justinita, pasó el dedo por encima de la fotografía, como queriendo acariciar la vaporosa muselina, mientras le comentaba que no le gustaba repetir vestidos, y como mujer de militar, tampoco podía gastar demasiado por lo que, por favor, buscara entre las sedas, rasos y muselinas, la que mejor le fuera tanto a su cartera como a su persona. Con coquetería, ladeó la cabeza y lo miró soñadora.

—Recuerde, don Manuel, que el que llevé la última vez era de organza azul pastel.

El hombre recortaba una muestra de todas las que creía que le podían valer, para que la señora pudiera elegir libremente en su casa. Medio escondido, descubrió un rollo de raso Condesa color violeta, casi morado.

—Mire, doña Justinita, éste es el color que a usted mejor le va, el violeta. Sin duda es el que más realza el verde de sus ojos. Y también tiene una buena caída para el modelo que hemos elegido —el hombre, sin dejar de alabar la tela, cortó una muestra de casi dos metros—. Mírelo en casa con la luz artificial, que es la que va a tener cuando se lo ponga —añadió mientras arrancaba la hoja de la revista.

Con cuidado, empaquetó las muestras, y en un sobre separado puso la de seda violeta y el dibujo del vestido. Sin dejar de charlar de lo pesadas que eran esas cenas, don Manuel la acompañó hasta la puerta. En cuanto hubiera decidido con cuál se quedaba, que lo llamara, y que no se preocupara, le mandaría la tela con el botones. Tras una pequeña inclinación, cerró la puerta.

Don Manuel entró de nuevo en su despacho, se sentó a la mesa y continuó repasando el libro de cuentas. A su lado, su hermano Antonio, el otro propietario de Telas, Encajes y Novedades, movía la cabeza sin levantar la mirada del libro de pedidos.

—La falda que lleva esta vez está estaba confeccionada con la última muestra que le diste, ¿no? —susurró con disgusto.

Embebido en sus cuentas, don Manuel continuó su trabajo sin contestar. De pronto dejó el lápiz en alto sobre la hoja. ¡Su adorada Justinita! Cerró los ojos y la vio, años atrás, paseando por la acera de La Gran Vía del brazo del flamante uniforme de Carlos, entonces todavía teniente de la Guardia Real. ¿Qué hubiera pasado si en vez de pegarse un tiro con su arma reglamentaria cuando hizo el desfalco, se hubiera divorciado de ella? Quizá la pobre nunca hubiera enloquecido. Y entonces él...

Suspiró profundo, bajó el lápiz y continuó repasando su columna de números.

© Malena Teigeiro

sábado, 13 de septiembre de 2025

Malena Teigeiro: La vecina

 


Como todas las mañanas Grace se dirigió a la cabina. Marcó un número, escuchó varios timbrazos, y a la voz que descolgó le pregunto por Henry. Esperó.

Ellos dos se conocían desde niños, y con apenas diez años juraron que se casarían. Sin dejar nunca de verse, continuaron sus estudios y cuando Henry ingresó en la Royal Air Force, la ilusión de su vida era ser piloto, Grace alquiló una pequeña habitación en Londres y se fue detrás de él. Enseguida decidieron contraer matrimonio. Aunque habían pasado ya muchos años de aquello, pensaba sin soltar el auricular, recordaba muy bien el día que estalló la guerra. Los llamaron a todos, por lo que ellos, que tenían preparada la ceremonia de su boda para unos días después, tuvieron que retrasarla. Pero no le importó, porque alquilaron un apartamento al que él siempre que podía venía a verla. En ese tiempo fue cuando se quedó embarazada. La alegría de Henry junto a la de ella por aquel inesperado embarazo fue casi tanta como el malestar de sus padres. Ellos no la entendían. Sin embargo, Grace, ilusionada, les hablaba de lo mucho que se querían y de que en cuanto acabara la guerra se casarían. Esta vez con un nuevo invitado, decía riendo.

Tampoco se le olvidaba la mañana que recibió el telegrama de Henry. Decía que tenía que ir a la base aquella misma tarde, que, por favor, fuera lo más elegante que pudiera, y que el coche de un amigo pasaría a recogerla a las dos de la tarde. Desde la una y media Grace esperaba delante de la puerta de su casa y no fue hasta casi las tres cuando el coche la llegó. Había mucho lío en la base, se disculpó.

El automóvil recorrió la carretera de la base y Grace, aturdida por el ruido de los motores de las avionetas que llegaban y que partían, se tapó con fuerza los oídos. El auto se detuvo delante de la puerta del pabellón, en donde Henry la esperaba con un pequeño ramo de flores en las manos. Vamos, vamos, Grace, le gritó ayudándola a bajar del Austin Seven. Tengo dos sorpresas para ti. Una buena y otra mala, le contaba sonriente llevándola cogida por el codo por los pasillos del edificio. La mala es que... Buenos esto te lo contaré a la vuelta. Y la buena es que cuando le dije al capellán de la base, Mister Murray, que estaba esperando un hijo, él se ofreció a casarnos. Azorada, con la respiración entrecortada, Grace le sonreía. Henry detuvo su carrera ante una puerta pintada de marrón. Antes de llamar, la besó. Pase, escucharon una ronca voz. Entraron. En el centro de la pequeña habitación, había una mesa de pino bastante gastado, llena de libros y documentos. Y justo detrás de ella, pegado a la pared se levantaba un pequeño altar. ¿Había llamado a los testigos?, preguntó el clérigo al sonriente novio. La puerta se abrió casi sin que hubiera terminado de pronunciar estas palabras. Eran ellos, Billy y Martín, los testigos.

Al terminar la ceremonia, ambos, ya solos, se dirigieron a la camarilla de Henry. Alguien les había dejado una botella de vino y unas galletas.

Por la mañana la despertaron unos golpecitos en la puerta. Era el conductor que la había recogido la tarde anterior. Henry se había marchado poco después de amanecer.

Con su nuevo documento en el bolso, Grace recorrió el camino de vuelta a casa. Esta vez entró en su pequeño apartamento feliz. A pesar de lo que diga tu abuela, tu papá nos quiere, le decía a su bebé mientras se quitaba el abrigo. Después de un ligero desayuno, bajó a la cabina y los llamó. A su alegría su madre le puso una pega: Una boda así, tan secreta, a lo peor no era válida. Ella rio para sí.

Después de colgar, qué suerte que la cabina estuviera instalada delante de su casa, marcó el número de la base. Unas veces podía hablar con él, otras no, pero siempre había alguien que le daba noticias de Henry.

Al fin una noche nació su bebé. Él no estaba, pero ya vendrá le dijo a su madre que la miraba llorosa.

Cerró la cabina y de nuevo se dirigió a su casa. Ya está aquí otra vez esa vigilante cotilla, se dijo malhumorada Grace inclinando la cabeza hacia su vecina. Ella no se preocupaba de la vida de nadie y no veía por qué Kate tenía que meterse en la suya. Su vecina levantó la mano con la intención de saludarla.

Era cierto. Kate estaba pendiente de la entrada de Grace en la cabina. Y unas veces cortando flores, otras recogiendo el correo, las más dejando la basura, disimuladamente la vigilaba. Ella conocía que Henry nunca pudo contarle la otra cosa, la mala, porque su avión fue de los primeros que derribaron la noche de la gran batalla. También conocía que la trastornada mente de Grace nunca quiso aceptar aquella muerte, y que cada día, desde aquella cabina, ya sin servicio, le contaba su vida y la de su hijo al que fue el amor de su vida.

© Malena Teigeiro