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viernes, 25 de abril de 2025

José Luis Labad: Preludio

 



Barro, versos y vida

 

El barro o lodo es una mezcla semilíquida de agua y tierra compuesta por sedimentos, partículas de polvo y arcilla. Los depósitos de barro se endurecen con el paso del tiempo hasta convertirse en roca sedimentaria llamada lutita. Así se describe la composición del barro, ese elemento que sirve para construir, para crear y para dar materia y vida.

De igual manera, las palabras se integran en una mezcla parecida a la anterior, son como una composición que está en nuestro interior, aguardando pacientemente para tornarse en barro, en mensajes para dar carácter a los versos que depositamos en el aire y que lanzamos al infinito junto a nuestros sentimientos, a nuestras alegrías, a nuestro amor o sencillamente a nuestra forma de ver y vivir la vida.

Posteriormente, esos sentimientos se van alineando para dar orden al resto de la estructura y así, permitir que emerja ese poema que nos llegue al corazón y se quede a vivir para permanentemente dentro de nuestro espíritu, formando de esa forma una argamasa de letras, tinta y papel que darán origen a las composiciones más increíbles y más bellas que jamás se pueda imaginar.

La poesía es la parte intrínseca que nos falta y que la encontramos muy pocas veces en nuestro camino. La poesía no es solo de quién la escribe, también es para quién se escribe, para quién goza con ella y para todos aquellos que la consumen devotamente como si de una droga se tratara. Pero esta vez, para dar y ser savia en sí misma, para crear formas e imágenes de sueños irrepetibles, de sueños inconfesables, de sueños de amor.

Por eso la poesía es como el barro, un elemento moldeable que en manos del artesano, hace que florezcan esos sentimientos que nos acompañan en toda la obra. Poesía y barro, dos elementos que conviven juntos en la imaginación en y los sueños de sus creadores y que se perciben en cada átomo que existe dentro de cada una de ellas.

Las sensaciones de la poesía se encuentran en cualquier parte, en cualquier lugar o en cualquier rostro perdido que pasa junto a nosotros, sin dejar rastro, solo una estela de sensaciones que nos hacen componer un verso y seguidamente otro más hasta que la tinta de la pluma se quede incrustada en nuestros dedos sin poderla borrar.

La poesía es como el aire, se aprecia en el rostro, pero no lo puedes atrapar. Sientes que la brisa recorre tu piel, pero no la consigues acariciar. Son sensaciones que invaden la mente y se quedan cobijadas allí para siempre y nunca las logras echar.

Barro y aire, poesía y sentimientos. Amargor de boca el día que no puedes crear. Dulce de leche en los labios cuando logras un solo verso, un mísero y sencillo verso, que será el principio de un poema y posteriormente de otro más y así, hasta ver tu obra plasmada en un libro o alojada en el corazón de un lector desconocido.

Hoy comencé a escribir y las musas esta vez, no han pasado de mí, pues sin barro no hay vida y sin poesía… ¿Qué sería de la vida?

 

Barro que da relieve

al tiempo.

Barro de las juntas

 de versos deshojados.

Barro de la larga

 agonía deshilachada.

Barro, versos, vida,

formas hechas con mimo,

poemas creados con imágenes,

palabras confeccionadas con limos.

Palabras de barro.

 

José Luis Labad

martes, 25 de marzo de 2025

José Luis Labad: Manuel

 



En el hedor de la noche

 Permíteme que hoy no te respete,

que me enfade contigo por consentir

que el mundo muera por sus pecados

sin tu perdón magnánimo, sin tu caridad,

sin tu misericordia y sin tu bondad.

Permíteme que hoy escupa al suelo

y deje de creer en ti.

 

 

La ciudad dormía desde hacía horas, el invierno se presentaba gélido y riguroso. Las noches dejaban sus dentelladas crueles en las calles solitarias de Soria. Nuestra querida Soria. Caminábamos por los soportales de la calle de El Collado, lentamente, cabizbajos, arropados interiormente con papeles de periódico que nos calentaban y nos protegían un poco del relente nocturno. Las columnas estaban llenas de propaganda de partidos políticos. Me acerqué a la estatua de Gerardo Diego, miré en el interior de su taza de café. No había nada. Sonreí por hacer esa tontería. Mi padre también sonrío y me dijo.

―Dile a don Gerardo que no se lo tome todo, que deje un poco de café para nosotros.

Reímos los dos a carcajadas, risas que resonaban por la calle desierta. Continuamos andando para entrar en calor. No había prisa alguna. Buscamos minuciosamente en los cubos de basura que había junto a los restaurantes y hoteles para encontrar alguna cosa que poder llevarnos a la boca. Los restos de un plato de alguien que se permitiera esos lujos y los hubiese desechado, para nosotros, era un manjar o sencillamente un vehículo de supervivencia que nos permitiera ver el sol un día más. El hedor era insoportable, pero teníamos que comer y había que entrar en aquellos contenedores buceando entre los desperdicios disputándole a las ratas el sustento, mientras ellas nos amenazaban enseñándonos sus dientes que le erizaban a mi padre el vello del cuerpo.

Rebuscando con paciencia encontramos media hamburguesa, una manzana entera y unos mendrugos de pan blando, no estaba tan mal, por lo menos comeríamos esa noche.

―No es que sea una buena dieta Mediterránea, pero algo tenemos hoy para quitarnos el hambre ―me dijo mientras me guiñaba un ojo.

Oímos un silbido desde una de las puertas posteriores de uno de los restaurantes, un hombre me dio un tazón de leche caliente y unas cuantas galletas. El recipiente humeaba y aquel olor, me trasladó hacia una vida distinta, me hizo recordar cuando mi madre me traía un vaso de leche a la cama, me contaba un cuento, me arropaba y me daba un beso que me llegaba al corazón. Mi padre me dijo que me lo bebiera para que no se enfriara y que dejara las galletas para después como postre. Volví a la realidad. Fui bebiendo a pequeños sorbos mientras caminábamos y me calentaba las manos con aquel tesoro.

Nos sentamos sobre unos cartones que habíamos cogido del embalaje de una nevera y nos arropamos con la vieja manta roída que siempre nos acompañaba. El Parque de la Alameda de Cervantes, sería, una noche más, nuestra morada, nuestra casa, nuestro lugar donde soñar con fantasías mejores que la realidad que teníamos a nuestro lado. Dispusimos la comida en el único plato que poseíamos y rezamos. Mi padre me miraba con pena mientras escogía los mejores bocados para mí, esa noche al menos tenía un poco de pan para él. Siempre me pregunté por sus rezos, Dios nos había abandonado el día en el que nos arrebataron nuestra casa y mamá meses después, murió de pena en la lúgubre sala de espera del hospital. Yo, a mi corta edad, no entendía de aquellas oraciones, pero a él le calmaba hacerlo todas las noches acordándose de mi madre en esos momentos.

Hablábamos poco. No había mucho que decir. Todo era gris en nuestras vidas, además, qué podríamos decirnos el uno al otro, que no supiéramos ya. El silencio, que hablaba por nosotros y la pena, eran nuestras armas para seguir estando juntos.

Esa noche me dijo lo mucho que me quería, que le perdonase por todo el daño que nos había causado a su madre y a mí, por no haber sabido cuidar de nosotros. No pude decir nada, solo sonreí. Volvió a callar. Me acarició la cabeza, me dio un beso y se acurrucó junto a mi cuerpo para protegerme del frío.

Esa noche cerró los ojos y nunca más volvió a abrirlos. Observé a lo lejos como se llevaban su cuerpo inerte y sucio. Sentí una cruel punzada de dolor en mi corazón mientras dos lágrimas rodaban por mis mejillas abrasándome el rostro. No me atreví a acercarme.

La ambulancia se perdió entre el ruido de las sirenas y las luces rojas, y con ella se fueron mis últimos recuerdos. Recogí nuestras escasas pertenencias: un mechero, un paquete de papel con unas cuantas colillas, la preciada manta de cuadros, una bolsa de tela y una foto de mi madre y mía de cuando era pequeño.

Anduve sin rumbo toda la noche. Llegué a la calle de San Martín Cuesta, empezaba a llover. Estaba solo, desvalido, perdido y sin ganas de seguir viviendo. Me senté junto al olmo seco de Antonio Machado y lloré, lloré recordando que al día siguiente sería mi cumpleaños. Estaba desorientado en una selva de asfalto y miedo. Dentro de unas horas cumpliría diez años y estaba solo. Muy solo. Terriblemente solo y abandonado. Llovía y el agua había traspasado mi corazón.

Han pasado tres años desde esa noche y continúo con una soledad que me atenaza la garganta sin dejarme respirar. Hoy, sigo preguntándome por la solidaridad de la gente, y sobre todo, me pregunto: ¿Dónde está Dios?

Hoy, continúo viviendo entre el olor de las basuras, el hambre y la soledad de la madrugada. Hoy también llueve como aquella noche.

Me siento junto aquel olmo seco, tan cerca del cementerio del Espino que puedo sentir el llanto de los muertos, el ruego de los afligidos y el ruido de mis tripas clamando por un mísero trozo de pan.

Tengo sueño, este viejo olmo me servirá de apoyo y de cobijo en esta noche triste e incierta.

Cierro los ojos y recuerdo los versos de Antonio Machado que alguna vez me recitaba mi padre antes de dormir, para que me olvidara del hambre y la miseria que nos acompañaba.

 

Con los primeros lirios

y las primeras rosas de las huertas,

en una tarde azul sube al Espino,

al alto Espino donde está su tierra.

 

Buenas noches, querida mamá. Buenas noches, papá. Buenas noches, también a usted, don Antonio.

 

 

Del libro Relatos ante el espejo

de José Luis Labad


martes, 25 de febrero de 2025

José Luis Labad: Crecer entre silencios

 



(Despertando de un mal sueño)

 

He crecido entre silencios,

entre el ruido de las tripas

y el rumor de la insolencia,

también he paseado por las calles desiertas

mientras me temblaban las piernas.

 

Alguna vez el corazón

se me ha salido de la boca

y me he visto obligado a llorar.

 

He llorado por los exilios,

por los barrotes que encerraban vidas,

por los tristes días de invierno sin pan,

por los enfermos sin medicinas,

por la falta de compasión,

y sobre todo, por la escasez de libertad.

 

Alguna vez me he sentado en la línea

que marca el cielo con la tierra,

esperando a que cambiara el tiempo

y llegaran instantes mejores.

 

He crecido tantas veces en silencio

que no os lo podéis ni imaginar.

Crecimos en la ignorancia política,

entre silencios y el miedo a hablar,

entre injusticias y tiros al cielo,

entre fábricas contaminantes,

entre déspotas sin piedad

y entre recuerdos ingratos

que no se me han de olvidar.

 

Pero la historia pasa página

y es tiempo de perdonar,

aunque por mucho que queramos

nunca será el instante

para dejar de recordar.




José Luis Labad 

sábado, 25 de enero de 2025

José Luis Labad: Amaro

 



Perdiendo los recuerdos

 

Primer premio de relato corto VIII edición

“Amor en un minuto” de la cadena SER Madrid-Sur

 

Muestra tus lágrimas para que yo las vea

y no mires atrás, solo dirígete al futuro.

Hoy, hay lágrimas, mañana si hay suerte

habrá sonrisas que marcaran

el camino hasta el cielo.

 

En estos momentos de incertidumbre y desasosiego en mi vida, te mando esta misiva, para comunicarte que estoy bien y que en este lugar, me tratan con respeto y amabilidad, aunque es muy triste. La gente, va de un lado para otro sin decir nada, las jeringuillas corren por los pasillos de la mano de unos locos con bata blanca, que al menor desacato, ponen correas y mordazas a los que no obedecen. Hay silencio, tranquilidad, pero de pronto, todos empiezan a gritar e intentan salir de aquí, pero estoy bien, de verdad que estoy bien, pronto me recuperaré de esta triste enfermedad y volveremos a disfrutar de esos paseos cogidos de la mano por la orilla del río.

Todos los días viene a verme una mujer que me habla de sus cosas y de sus hijos, me enseña fotos y me dice que un hombre mayor que sale en ellas, soy yo, y que los niños que hay allí, son nuestros hijos. Pobrecilla. Creo que no está bien, pero le dejo que hable y la miro a los ojos, que por cierto son azules como los tuyos y la consuelo muchas veces cuando llora amargamente. Pobre mujer. No quiero que estés celosa, pues ya sabes que solo te quiero a ti, pero esa mujer… me inspira sosiego y no puedo dejarla sola. Sé que le hago falta. Me dice que no vive en el hospital, pero creo que sí. Me miente. Está enferma y seguro que no la dejan salir. No entiendo porque nos tienen juntos, a enfermos normales, con personas que no están en su sano juicio.

Suele venir todas las tardes a última hora, deja la foto en la mesilla, me afeita, me ayuda a ponerme el pijama, me da la cena, que por cierto cocina muy bien y no como en este sitio.

Sé que no te gustará lo que te voy a decir, pero tengo que contártelo, cuando viene y se va, me da un suave beso en los labios, un beso que me deja algo así, como un recuerdo a sabor a manzanilla, como los que tú me dabas cada día y que ahora en la lejanía los añoro. Le tengo que dejar que haga estas cosas es el único momento en que la veo sonreír, pero te amo solamente a ti.

Querida mía, que mi recuerdo permanezca siempre en tu corazón, pues tu cariño es mi única esperanza. Me despido de ti, esperando que si tus padres te dejan venir a visitarme algún día, así lo hagas.

Un beso muy fuerte amada mía.

Siempre tuyo. Amaro


lunes, 4 de noviembre de 2024

José Luis Labad: Esta noche, mamá...


 

Esta noche, mamá, quiero decirte, 

que de mayor quiero ser bombero, médico, soldado, 

policía, barrendero, enfermero, conductor de ambulancia, 

tractorista o simplemente un voluntario que ayude 

siempre a la gente en silencio y con el corazón 

en un puño viendo tanto dolor.


No quiero ser político o alto funcionario

acomodado en su sillón viendo las desgracias

de tanta gente sin hacer nada.


Me siento mal, mamá.


No entiendo cómo discuten en la televisión

sin que se junten e intenten por un día ser humanos.


No puedo ver cómo juegan con nosotros

como si fuéramos peones de una partida de ajedrez.


Hoy tampoco podré dormir, sin que estés a mi lado, mamá.


Te añoro, tanto…

© J.L. Labad 

martes, 26 de diciembre de 2023

José Luis Labad: No me quites la palabra

 


 (Cuando la palabra se convierte en paz)

 

No me quites la palabra

ni pongas mordazas a la paz.


No te sientas extraño entre versos

ni busques explicación en su sonido,

y por favor, déjala volar.


La palabra es intercambio de amor,

de culturas, de sensaciones, de dichas,

y muchas veces también de conflictos injustos

que nos hacen retorcernos en nuestro sillón.


Somos capaces de transmitirla con la voz,

también la colocamos en un papel

o sencillamente la depositamos en el aire.


Somos palabra. Palabra llena de matices,

de sentimientos internos a flor de piel,

de despedidas en andenes vacíos,

de encuentros malgastados por los rincones.


Son mensajes encerrados en botellas

lanzados con esperanzas al mar,

son aquellos sucesos que callamos

por miedo a la verdad, o por vergüenza. 


Son paz y guerra. Amor y deslealtad.

Las escribimos en los libros para soñar,

las colocamos cerca del corazón

tan solo para sentirnos cerca de ellas.


Las ubicamos en pancartas para reivindicar,

para sentirnos unidos, para pedir la igualdad.

Las envolvemos en papel de seda para regalar,

para conciliarnos o para volvernos a enamorar.


Por eso, te pido y te imploro,

que no me quites la palabra

que sin ella nunca viviremos en paz.

 

 

José Luis Labad Martínez

 

 

 

Email: joseluislabad@gmail.com

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miércoles, 25 de octubre de 2023

José Luis Labad: Fango y Barrio

 



Paseando por las calles de Orcasitas

 

En el extremo oeste de Madrid, junto a la carretera dirección a Toledo, se encuentra mi barrio. Construido a finales de los años cincuenta, y que, en su origen, fue un proyecto vanguardista para dar una solución racional al grave problema de las condiciones de viviendas. Mentiras y más mentiras.

Tres mil viviendas cimentadas sobre arcillas expansivas e ilusiones jornaleras, yacían sobre estruendos de bloques de ladrillo hueco. Cimentaciones irregulares construidas bajo reivindicaciones y llantos de gente sencilla, llena de sueños, paseaban por sus calles. Un barrio formado por una plástica composición geométrica de bloques de doble crujía de seis plantas y de hileras de unifamiliares adosados, de dos alturas con patio, que albergaban cantos y risas de sus nuevos moradores. Así nacía mi barrio.

Pero entre toda esa felicidad, se escondía la desdicha, una tragedia cruel y malvada que hizo estremecer no solo los cimientos de sus casas, también a sus moradores.

Recuerdo aquella tarde de mil novecientos setenta y dos, cuando mi barrio empezó a temblar ante las grietas grises de las tardes de un verano, que sin pena ni gloria, se hundía entre el horror y las risas que esquilmaban las ilusiones de una pobre gente que solo añoraba un hogar.

Ese fue el tiempo en que el barro inundó las calles: La tristeza estuvo presente en el semblante de todos los vecinos de ese humilde y castigado barrio por la mano de los facinerosos y opresores agentes de nuestro tiempo. Poco ha cambiado.

Mi barrio no es como los demás, está hecho con sudor, con lágrimas, con sueños, ante las injusticias y con la falta de libertad, de aquellos años de ilegalidades, vergüenzas y miedo, en donde la iglesia, se convertía en improvisado centro de reivindicación de la gente humilde. Esa, también, era otra Iglesia.

Años en que el hambre llamaba en muchas puertas y se quedaba a vivir para siempre, eran tiempos difíciles. Eran épocas de la otra España, la de la sangre en las rodillas, la que no salía en el NO-DO, la del rechinar de dientes. Era esa España en la que el hambre se paseaba de puerta en puerta, campeando a sus anchas. Una sociedad solidaria de platos de comida caliente que circulaban por los corredores de la desesperación, de esas familias que suspiraban por un jornal digno.

Ese era mi barrio. El barrio de un niño de ocho años que venía de pasear su traje de comunión de capitán de marina por el bulevar de Menéndez y Pelayo. Un barrio sin luz, sin nada, en dónde se escuchaba el llanto de una madre que tenía miedo a la oscuridad y de un niño recién nacido, que buscaba día a día, dar un sentido a su vida.

Así es mi barrio. Es distinto, es especial, no es bonito, pero tampoco feo, no tienen grandes hombres, ni importantes mujeres, pero está hecho con jirones de corazones que claman al viento por sus derechos. Orcasitas, el Poblado de Orcasitas, un lugar donde vivir, un sinónimo de igualdades y sueños compartidos. Ese es mi barrio.

 

Mi barrio busca rincones,

muros de granito

tallados por el paso

del tiempo.

 

Mi barrio es templanza

recogida entre

las altas tapias

del cementerio.

 

Mi barrio eres tú

que habitas en él,

que lo entiendes

y lo comprendes.

 

Mi barrio está hecho

de barro y lágrimas,

de hiel y miel,

de luna y estrellas.

 

Mi barrio es de todos,

sin importarnos

la raza o el credo,

su condición o procedencia.

 

Mi barrio es mi barrio

lleno de barro

y grietas en las casas

y ninguno se le parece.

 

 

José Luis Labad Martínez

 

 

 

Email: joseluislabad@gmail.com

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