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domingo, 20 de noviembre de 2022
lunes, 19 de marzo de 2018
Luis Miguel García de Mora: Pregón de feria de mi padre
Para el forastero amigo
Llégate a La Solana, forastero
amigo. Estamos en feria. Pasa unos días con nosotros, entrégate con alma noble
al pueblo y el alma noble del pueblo se te entregará reventando como un clavel.
Y, ¡Cuidado!, no prejuzgues
su valía. No midas a la población por unas afueras nada bellas o por un
pedregoso o polvoriento camino. Adéntrate. El gran pueblo te acoge y vencerá
cualquier ligera impresión apriorística; ríndele tú después, forastero amigo,
el homenaje que merece por sus méritos, por su ajetreo diverso y dinámico y por
su espíritu de innata expansión afectiva.
No tendrás más remedio… Si
en tantos casos creíste tocar oro y te resultó deleznable oropel, aquí de fijo
va a sucederte lo contrario; creerías estar ante una burda imitación y has de
convencerte muy pronto que palpas oro legítimo, oro de ley, que no bruñe porque
le cubre una vieja capa de moho, a la buena de Dios, inconsciente el
preciadísimo metal de su importancia.
La feria, en cuanto fiesta,
te será grata. Este año, la disfrutaremos en el marco vegetal y vistoso del
parque. Con esta escenografía incomparable la feria cobrará rango inusitado. En
la plaza de la Iglesia y del Ayuntamiento la fiesta quedaba chata y era
eminentemente más pueblerina. Por amplitud de terreno, por estética y por higiene,
la feria ha elegido un nuevo trono. Todo ha de bailar al ritmo exigente y
renovador de los tiempos…
Ha sido aciago el año
agrícola, nervio de nuestro cotidiano vivir. La gente, eternamente esperanzada,
sufre con la espantosa realidad que trajeron las sequías; y la crisis vinícola,
con una óptima cosecha a la vista, acentúa el malestar. Pero es un malestar
íntimo, para «internos»,
que se aguanta con ejemplar entereza, y del que no se hace ostentación ni
bandera. A la chita callando, forastero amigo, se pudren los pesares en el
corazón, pero que no trascienda demasiado el disgusto, que estamos en feria y
tú, visitante, tienes que percibir en nuestros actos y gestos la más encendida
cordialidad, iluminada la faz de cariñosa simpatía. Es claro que se gastará
menos dinero, pues hay poco. Pero siempre rodará como para reiterar que La
Solana es uno de los pueblos más rumbosos y desinteresados de La Mancha.
Por cierto que si estás,
amigo, al tanto de las inquietudes regionales, sabrás que, pareja con la exaltada
reivindicación de toda La Mancha, corre veloz la reivindicación solanera. La
Solana, no obstante constituir la notoriedad de un buen granero y de una panzuda
tinaja de vino y de ofrecer a los ámbitos la gala genuina y maravillosa de su
industria hocera, era un pueblo, si no ignorado, poco o mal conocido. Hoy ya sabe
la gente que La Solana existe, que La Solana «pita»;
hoy
está en candelero, en la cúspide de las localidades provinciales. Quienes más
quienes menos, todos coadyuvamos al fomento de su mejor y más esclarecida fama
y al prestigio de sus materiales y espirituales valores.
Las visitas de calidad que
en los últimos meses nos honraron, acrecentaron nuestra personalidad y
valimiento por cuanto aquí vieron y de aquí dijeron, y aunque ya dimanaron algunas
de índole económica, todavía hemos de esperar repercusiones favorabilísimas.
Todo sea por la gloria de La Solana, el pueblo que fue víctima de una
prolongada preterición… ¡Adelante! Gritamos, y, mitad por mitad poetas y locos -como aquel Caballero que
desfacía entuertos-,
manumisos al fin de la incomprensión ajena, alzamos el vuelo audaz y
arrebatador de las águilas para situar en la prócer altitud del monte al pueblo
bienamado…
Ven, forastero amigo, y
verás lo que hay en la superficie y en el subsuelo. Verás franqueza, prestancia
y un orgullo razonable, definiciones privativas de La Solana. No faltes para
comprobarlas. Te esperamos. Tú pulsarás cuánto es este pueblo y cómo somos los
que, nacidos en él o a él adaptados, vamos a recibirte. El oro está, ¡una mina
de oro! Escarba, y te cegará su brillo, que disimulaba el moho, al sol
implacable de julio…
¡Por La Solana en sus
ferias, por los solaneros en su algazara y por los forasteros amigos que nos
acompañen, alcemos el vaso sagrado de nuestros más generosos e hidalgos deseos!
© Miguel García de
Mora
Boletín de La Solana
de Ferias, 1959
lunes, 19 de febrero de 2018
Luis Miguel García de Mora: Poesías de mi padre
Teresa
y Malagón
hecha
de nardo y piedra barroqueña
¿Qué
viste en Malagón para quedarte
y
alzar aquí tu fundación ingente,
de
los mejores de las treintitantas
como
tu afán divino te exigiera?
Malagón
era, así, pueblo signado…,
y
al margen de las causas que impulsaron,
tu
venida al azar de nuestra tierra,
algo
hallarías en Malagón que obrara
la
magia azul de tu parada y fonda
y
poner manos a tu plan aína.
Fuera
de doña Luisa y el respeto
que
los Medinaceli merecieran,
estaba
el núcleo llano y generoso,
digno
de unirse a él en cuerpo y alma.
Y
el Malagón de la vejez remota,
del
futuro animoso y prometiente,
del
campo ameno y la cosecha fácil,
de
las lomas amables y jocundas,
de
los valles cromáticos y alegres,
de
la atmósfera diáfana y salubre,
del
clima bonancible y querencioso,
de
las gentes colmas de virtudes
-a la buena de Dios,
como se dice-
el
Malagón del siglo dieciséis,
nuncio
y promesa de los que siguieran,
tu
monasterio teresiano
por
arte y gracia de su propio aliento,
por
gala y gloria de sus propios dones.
Teresa
de Jesús fuese la chispa
que
prendió para izar el gran cenobio;
mas
Malagón -y cuanto en él había-
ofreció
su entidad para el proyecto.
A
medias ambas partes, surgió, ¡Hermoso!,
este
palomarcico que embelesa
a
todos cuantos son o cuantos llegan
a
la villa manchega en todo tiempo.
Sin
Teresa no hubiera aquí una casa;
sin
Malagón… no hubiera una Teresa
cultivando
la flor de su Carmelo,
anhelosa
en tener nidos a punto
para
tantas palomas que arribaran,
malagoneras
y de muchos lares…
Consta
que fueron dieciocho aquellas
primeras
avecillas que posaron
en
los alveolos que Teresa abriera
y
que santaron las raíces a otras,
y
a otras después, y siempre, siempre, siempre…,
las
que en los siglos vayan acudiendo.
Por
donde si se cuenta de la monja
de
que fundó un convento en este pago,
que
fue el tercero y de los más excelsos,
pues
irradió su celo al Nuevo Mundo,
dígase
igual que aquí encontró la Santa
suelo
abonado para toda empresa:
un
semillero y lo que falta hiciere,
que
siendo del Señor era perfecto.
De
Malagón, Teresa es la Patrona
y
es la hija, también, y madre amada,
en
tanto es Malagón las mismas cosas
de
la noble abulense que aquí plugo
lanzar
las redes de su amor inmenso
a
través de un convento incomparable,
que
es más bien un hosanna permanente
por
el encuentro de la monja y pueblo…
Teresa
y Malagón, cimas semejas,
motivos
pariguales a un destino
común
de fe, de lucha y esperanza
hacía
aquello que escapa de la vida
por
el camino de la vida eterna,
unidas
van al aire de la historia.
© Miguel García de Mora.
Miguel García de Mora Gallego, «El narrador de La Mancha» nació en Manzanares en 1916 y murió en La Solana en 2013. Llega a este Blog de la mano de su hijo Luis Miguel que lo define como un hombre sencillo y un periodista incansable. Para su hija Gloria, su padre, fue un manchego de pro, de franqueza campechana y corazón abierto, que se sintió Quijote y Sancho en extraña confusión.
Convento de San José
El convento de Carmelitas Descalzas de San José del Salvador de Malagón, fue fundado por Santa Teresa de Jesús el 11 de abril de 1568. Su arquitecto fue Nicolás de Vergara el Mozo.
viernes, 19 de enero de 2018
Luis Miguel García de Mora (Lumigarmo): Crónicas de mi padre VII
La Mancha, 1901…
Como
sucedáneo del ferrocarril, a principios de siglo se estableció el servicio
Villanueva de los Infantes-Manzanares que fracasó por el boicot de los
labradores.
Decían que aquella máquina
les espantaba las mulas…
Era alrededor de 1901… El
campo de Montiel, con sus tres mil y pico de kilómetros cuadrados, no tenía
ferrocarril -ni
lo tiene-, y
alguien buscó un sucedáneo para enlazar la población de Villanueva de los
Infantes con la estación de Manzanares, pasando por La Solana.
Ese alguien, un precursor,
llamábase don Nicolás Muñoz, ingeniero mecánico, que había emigrado a América y
de donde vino, como buen indiano, con bastante plata, deseoso de invertirla en
algo que redundara en beneficio de su patria chica.
Y, al efecto, ideó una
original máquina de transporte -invento
propio o adaptado de otro del Nuevo Mundo-
que se alimentaba con leña. El vehículo era una especie de vagón de
ferrocarril, con el departamento de la caldera delante. Tenía una regularcita
capacidad.
(Podemos verlo en la
fotografía que nos presta don Isidro López de Haro, un señor de La Solana, cuyo
padre se cuenta entre los viajeros de la escena captada en cuestión. En ese
momento el remedo de tren hacía su parada en la carretera a la entrada de dicho
pueblo).
El negrísimo humo de su
chata chimenea, sobre el pardo paisaje, era como una ilusión ferroviaria sin guardabarrera…
Prestaba al terreno una creencia de civilización. Y daba el vehículo también
tanto o más ruido, relativamente, que el más potente convoy de hierro.
A tal extremo, que éste fue
precisamente la causa de que el benemérito y romántico servicio de viajeros
durara solo unos meses. Los labradores le presentaron desde su principio el más
tenaz y exacerbado boicot. El horrísono trepidar de la máquina alarmaba a las
caballerías por la carretera, haciéndolas salir a la cuneta con sus pesados
carros y galeras, e incluso, a su paso por las tierras de cultivo, espantábanse
las bestias y luego costaba trabajo hacer que tirasen nuevamente del arado. Y
esto no lo podían tolerar los hombres del agro. ¡Estaría bueno!
Por la carretera no había
circulado todavía, según se sabe, más artificio de ruedas de tracción no
hipomóvil que el “cuatro cilindros” de don Antonio Maura, una vez que la
familia García-Noblejas le invitó a visitar las lagunas de Ruidera (entonces
prácticamente desconocidas desde los tiempos de Don Quijote y Sancho), y los
animales no estaban acostumbrados a semejante ruidoso “modernismo”. Otra cosa
hubiera sido, claro, de haber topado con el ferrocarril, duro e inflexible,
pues tantos ellos -los
animales-
como sus amos habríanse visto obligados a contemporizar con él, “velis nolis”.
Pero el nuevo servicio era
de un particular, un enemigo “menor”, y los agricultores intensificaron su
animosidad, tangibilizándola como podía. ¡Hasta colocando grandes palos y
piedras en la carretera! El señor Muñoz tuvo que requerir la protección de la
Guardia Civil y en cada viaje iba de escolta una pareja.
Más, así y todo, los
ataques continuaban, y aunque el sistema de locomoción resultaba cómodo, rápido
y barato para los viajeros de la vasta comarca, que solían viajar en pesadas
tartanas y carros, se impuso la ley de la fuerza con el “aquel” de que a los
campesinos se les asustaban las bestias de labor y acarreo. Y el ingeniero don
Nicolás, que pensó hacer algo importante a favor de sus paisanos, clausuró su
explotación. Un magnífico anticipo, sí, ya que no de la vía férrea, de las
modernas líneas de autocares de nuestros días.
Y dícese que, dolido por la
incomprensión de la gente, se volvió a las Indias.
© Miguel García de Mora. Escritor
27 de julio de 1965
Revista semanal "Dígame"
Miguel García de Mora Gallego, «El narrador de La Mancha» nació en Manzanares en 1916 y murió en La Solana en 2013. Llega a este Blog de la mano de su hijo Luis Miguel que lo define como un hombre sencillo y un periodista incansable. Para su hija Gloria, su padre, fue un manchego de pro, de franqueza campechana y corazón abierto, que se sintió Quijote y Sancho en extraña confusión.
martes, 19 de diciembre de 2017
Luis Miguel García de Mora (Lumigarmo): Crónicas de mi padre VI
Ruidera, un delicioso
marecito en tierra muy adentro…
A pesar de tales que otros problemas ambientales, de la frecuente sequía o de todo lo contrario…, que como sucede en todas partes también llega a estas comarcas tan de tierra adentro, el sistema de las Lagunas de Ruidera, encrestado en el manchego Campo de Montiel y compartido por las provincias de Albacete y Ciudad Real, constituye una de las principales zonas húmedas de España confirmada internacionalmente. Y de soberana belleza, quizá la más bella de todas.
En el Alto Guadiana y
formado por un rosario de hoyas de alimentación cársica, el sistema ha debido
ser siempre uno de los parajes más insólitos y hermosos de la Península
Ibérica, aunque no cobró fama hasta los comienzos del XX (dicen que uno de los
primeros automóviles que por él circularon fue el de don Antonio Maura), al
comedio del cual su nombradía se incrementó con buena parte a favor de Víctor
de la Serna por sus crónicas viajeras para el diario ABC. Después, afluencias
máximas.
Ruidera recibe todo el año
visitantes nacionales y extranjeros, aunque la mayor presencia se registra en
los meses cálidos, desde abril a octubre. La pesca es un gran atractivo:
blac-bass, lucio, carpa, barbo, comiza, como la caza en los cotos próximos, en
lo que tanto prolifera la perdiz roja. Cientos de miles de personas llegan al
año, unas por días sueltos, otras por fines de semana, otras por temporada,
amén de las que tienen en propiedad apartamentos o chalecitos y allí que van en
cualquier tiempo y por indeterminados períodos.
Son quince las cervantinas
lagunas, que asimismo conocieron Don Quijote y Sancho, a los que un joven
recitó una seguidilla, aparte de dos o tres charcas de mucha menor entidad.
Tomadas de sur a noroeste, éstos son sus nombres que más parecen apodos, con su
extensión en hectáreas.
Blanca, 17 hectáreas;
Conceja, 32; Tomilla, 11; Tinaja, 12,2; San Pedro, 31,7; Redondilla, 2 (cuando
llueve poco, se seca); Lengua, 18,8; Salvadora, 8,6; Santo Amorcillo, 11,8;
Batana, 6,7; Colgada, 84; del Rey, 31; Cueva Morenilla, 8,2; Coladilla, 8 y
Cenagosa, 11,8… Motes y topónimos, tanto da; todos, absolutamente populares y
lógicos.
En total, la superficie de
las tornasoladas y dulces aguas de estas deslumbrantes Lagunas de Ruidera ronda
las trescientas hectáreas. La llamada Blanca se encuentra en la provincia de
Ciudad Real e inicia la serie, y las siguientes, hasta la denominada Colgada
partida por gala en dos por ambas provincias, en la de Albacete, siendo las
restantes de la jurisdicción de Ciudad Real, a la que corresponde el
Ayuntamiento de Ruidera, que hasta hace poco dependía de Argamasilla de Alba y
es ya Municipio independiente, convertido en los largos estíos en una diminuta
pero auténtica estación turística veraniega, colmadamente frecuentada.
Con la laguna Cenagosa o
Cenegal acaban las linfas del sistema, que son como una marecito en tierra tan
adentro, y se formaliza el curso del misterioso Guadiana, el río de nombre
romano que ya sin otros contratiempos emprende su camino de seiscientos
cuarenta kilómetros hasta dar en morir en el Atlántico por Ayamonte. La mar océano
lo recibe sin excesivos alardes, tan suavemente como, por Sanlúcar de
Barrameda, recibe al Guadalquivir. Son muertes que apenas se notan… Aunque
alguien nos diga: ¡Mira, ahí se unen y ahí se separan estos ríos del océano!,
nos cuesta trabajo descubrir el punto exacto. Algún rizo de algunas casi
imperceptibles olas, y nada más.
El Atlántico se lleva los
secretos de estos ríos que le han ofrendado su vida con su historia y su
generosidad… Y el encanto de Ruidera, entre tantos otros. Un enamorado de las
lagunas, el pintor Antonio Iniesta, las captó dos o tres mil veces, o más aún.
Locura.
© Miguel García de Mora. Escritor
Lunes, 27 de agosto de 2001
ABC
Miguel García de Mora Gallego, «El narrador de La Mancha» nació en Manzanares en 1916 y murió en La Solana en 2013. Llega a este Blog de la mano de su hijo Luis Miguel que lo define como un hombre sencillo y un periodista incansable. Para su hija Gloria, su padre, fue un manchego de pro, de franqueza campechana y corazón abierto, que se sintió Quijote y Sancho en extraña confusión.
domingo, 19 de noviembre de 2017
Luis Miguel García de Mora (Lumigarmo): Crónicas de mi padre V
¡Ahí está, ahí está!
Desde «La Celestina» a la Puebla de Montalbán
La última adaptación de «La Celestina» representada en el madrileño teatro de la Comedia, nos puso una vez más en relación con su inmortal autor, Fernando de Rojas, y, por extensión obligada, con la patria chica de éste, la Puebla de Montalbán…
Y así, concatenando cosas,
motivos y lugares, hemos dulcemente caído una vez más en este pueblo -pueblo, puebla- que baña el toledano Tajo
y que siempre nos proyecta mensajes para que la visitemos y la amemos.
Antes, empero, de
internarnos por ella, la curiosa novedad: en la Puebla existe, y funciona
magníficamente, una nutrida sociedad de pescadores con nombre de pez, que,
gracias a las linfas del padre río y del cercano embalse, presta una amable
recreación deportiva al ambiente puebleño.
Esta actividad da algo más
que comentar a la gente, una versión novedosa y sedante de la vida que corre y
que sin duda aclara horizontes de nebulosidad económica, disipando, siquiera
sea pasajeramente, malos humores por el paro, la emigración y demás aspectos
negativos como nos depara la existencia, nunca plenamente feliz para todos…
Al margen de ello, que no
es poco, ahí está, ahí está, otra historia y otras presencias que no son mancas
aun comparándolas, en la realidad y en la canción de moda, con la simbólica
puerta de Alcalá de la capital de España.
Ahí está, abierta de par en
par, la puerta de Puebla de Montalbán, que ya viene de la Edad del Bronce, con
sus siglos tangibles reposando en el castillo medieval, que no se restaura,
pero que no desaparece… Una fortaleza que como tantas otras de lueñes candelas
aporta una nota más de vetustez y significación a la villa. ¿Qué núcleo, con un
vestigio de tal naturaleza, no se siente orgulloso de su ayer, por eso de que
del recuerdo «también» se
vive?
Y además, con su Plaza
Mayor, epicentro del caserío, alma y corazón de esta espléndida ciudadanía. Las
plazas mayores son el cogollo, el perfume y el amor de los pueblos y de las
ciudades, lo más noble, lo más definidor y lo que más busca el viajero
sensible. La Plaza Mayor de la Puebla está también ahí, ahí está… para quien la
quiera saborear como el mejor vino solera, con su macizo y a la vez airoso
tipismo.
Unos amigos nos llevan a la
ya conocida iglesia parroquial de la Virgen de la Paz, que aturde y sobrecoge,
como impresiona y embelesa la torre de San Miguel, acaso una de las más bellas
de la región y proclamada «altiva altura»
por entendidos y profanos. Es una edificación como para raptarla físicamente
pero que, al no poder ser así. ¡qué lástima!, la aprehendemos con la magia del
pensamiento.
Hay calles con casas
blasonadas, con escudos de títulos e hijosdalgos; y un antiguo hospital de la
Caridad que retrotrae robustas vivencias; y una mansión palacial de los Osuna
que igualmente nos alarga un retazo, con su friso feudal, de hondas épocas
seculares.
Por acá y por allá, seres
que bullen, que gozan, que sufren, que insisten en el campo, que trabajan en
pequeñas fábricas y talleres, que cada día van y vienen de otras localidades en
busca del sustento, al no hallarlo en los propios límites… Seres que todo lo
merecen y todo lo esperan… Hay, asimismo, realidades y proyectos, porque no
todo es lapidariamente positivo ni adverso… Y hay también, ¡y que no falten
nunca!, grandes ilusiones en la juventud, muchas ilusiones, muchas esperanzas…
Hemos de sobrevivir y hay que extender una carta de crédito para el futuro… ¡Súrsum
corda!
Prendidos en la Puebla de
Montalbán, admirando, comentando, suponiendo, sugiriendo… con un limpio
tintillo reconfortante sobre la mesa han transcurrido las horas felices… Al fin,
hay que desandar el camino de la capital, Toledo. Pero con plomo en el ala,
bendiciendo que «La Celestina»,
un teatro de Madrid, nos amistara de nuevo con Fernando de Rojas, hijo
ilustrísimo de la Puebla de Montalbán, y determinase -la vida es así- un gratísimo
desplazamiento a la tierra donde nació, que también, doblemente, hemos de
bendecir con la máxima unción.
Avistando la ciudad
imperial, todavía hacíamos nuestra la canción: ahí está, ahí está…, ahí queda,
Tajo adelante, un pueblo hermoso,
histórico, monumental, asequible, casi fraterno, como lo son tantos otros de
nuestra geografía… y acreedor, como tantos otros, a la mayor suerte del mundo.
© Miguel García de Mora. Escritor.
8 de junio de 1988
Diario Lanza
Diario Lanza
Miguel García de Mora Gallego, «El narrador de La Mancha» nació en Manzanares en 1916 y murió en La Solana en 2013. Llega a este Blog de la mano de su hijo Luis Miguel que lo define como un hombre sencillo y un periodista incansable. Para su hija Gloria, su padre, fue un manchego de pro, de franqueza campechana y corazón abierto, que se sintió Quijote y Sancho en extraña confusión.
lunes, 25 de septiembre de 2017
Luis Miguel de Mora García (Lumigarmo): Crónicas de mi padre IV
La capa española, un tanto
de capa caída
En Ciudad Real existe una
Asociación de Amigos de la Capa que es veterana y agrupa a gentes diversas. Son
varias decenas de entusiastas…. Mas, sumando los de la capital a los de la
provincia, tal vez, desgraciadamente, no queden en este ámbito más de un par de
centenares de capistas…
Triste, sí. La castiza capa
española, que hasta tiene bellamente su «Día»,
va en declive… Casi todos los años y desde hace varios, cuando asoma el
invierno, formulamos nuestra pregunta a los veteranos de los lugares de nuestra
constante singladura, y en mayor medida, de los manchegos:
-Oiga,
tío Romualdo, ¿cuántas capas se ven todavía en la villa?
Y el tío Romualdo, o el
hermano Zacarías, o el hidalgo don Nicolás, nos suelen contestar,
indefectiblemente:
-Pocas,
amigo, pocas… La gente de ahora es muy «descastá» y
no la cree cómoda, sobre todo a la hora de montar en un cacharro.
Desde luego, éste es el mayor
obstáculo que la capa ofrece hoy por hoy. Pero es que muchos no se dan cuenta
de que si la capa no es idónea para tripular una «moto» o
meterse célere en un «utilitario», sí
que lo es, y muy salada a mayor abundamiento, para vestir, para ir de paseo,
para acudir a una reunión, a una función de teatro… Es o debe ser en tales
casos oportuna, garbona, elegante, señorial y, por supuesto, caballeresca,
ahora, remontando el XX, como en el XVI, en que alcanzó su máximo predicamento.
Sí, en todo eso que decimos y en veinte circunstancias más, y nadie será capaz
de negarlo aunque la prenda no esté actualmente en órbita.
Pero estamos seguros de que
volverá la capa (cuya paremiografía, no obstante, se ha mantenido a lo largo
del tiempo), porque vendrá con la moda misma, que es la que trae todo lo nuevo
o lo que fue. Solo falta que en alguna parte brote el chispazo en la juventud y
contagie a los demás, incluso a los menos jóvenes y a los maduros que
desertaron de tan gentil atavío. La capa no estará solo en los armarios, en las
cómodas y arcones, con bolas de naftalina y a veces cerca e infiltrándose del
penetrante aroma del azafrán o los cominos; no vendrá únicamente para que las
mujeres, en los carnavales, se las pongan encima y por eso de que una buena
capa todo lo tapa… o para que cuatro mocitos las resuciten en la noche de
jarana.
La capa ha de volver por
sus fueros -y
vuelos-
limpiamente, y su aire ha de prestar entidad y esteticismo al hombre, galán u
otoñal, y su embozo ha de conferir tibieza y distinción a los cuellos
varoniles. Ha de ser así, porque la moda no es que vuelva, sino que trae,
además de lo que nunca existió, aquello que existió antaño y merece la pena
recobrar.
De cualquier modo, pocas «pañosas»
se
han destruido en nuestros hogares. Quien pudo pensar en hacerse otra prenda con
una capa se arrepintió presto y volvió a guardarla como una reliquia. Ya es
sintomático de su prestigio y hasta de sus puntillos de veneración. Cualquier
día, quizá el invierno próximo, surja la «novedad» de
la capa española y falten fábricas para hacer paños y sastres para
confeccionar. ¡Ah! Conste que no estamos pretendiendo su propaganda; solo hablamos
en nombre de los enamorados de su gracia. Y porque, también, antojásenos
absurdo que no tenga hoy una utilización como la ha tenido, con las naturales
variantes, desde tan remotas calendas.
Nadie aspirará a que la
capa nos cubra siempre nuestras más o menos jacarandosas humanidades. Ni lo
permite la actividad viajera de los «homos» actuales,
ni por estolidez hemos de imitar al personaje de «La
rosa del azafrán»:
¡Mira qué guapa,
Lo que tú me
propones no me s’escapa,
Que vaya to el
verano
Con esta capa, con
esta capa!
Pero sí nos satisfará que la vigencia de la «pañosa» torne a nosotros
masivamente, sin discriminaciones de ningún tipo. Hay en ella, dentro o fuera
de múltiples otras consideraciones, un hechizo, un sutil encanto, un
romanticismo como no se da en las gabardinas y gabanes. Y verdaderamente
nuestra vida de relación y de estar tiene oportunidades para echársela a los
hombros y lucirla y lucirnos.
En tanto esto llega, ¡ay!, tenemos
provincias donde apenas si quedarán doscientos incondicionales prácticos.
© Miguel García de Mora. Escritor
Diciembre 1979
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