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lunes, 19 de marzo de 2018

Luis Miguel García de Mora: Pregón de feria de mi padre


Para el forastero amigo

Llégate a La Solana, forastero amigo. Estamos en feria. Pasa unos días con nosotros, entrégate con alma noble al pueblo y el alma noble del pueblo se te entregará reventando como un clavel.

Y, ¡Cuidado!, no prejuzgues su valía. No midas a la población por unas afueras nada bellas o por un pedregoso o polvoriento camino. Adéntrate. El gran pueblo te acoge y vencerá cualquier ligera impresión apriorística; ríndele tú después, forastero amigo, el homenaje que merece por sus méritos, por su ajetreo diverso y dinámico y por su espíritu de innata expansión afectiva.

No tendrás más remedio… Si en tantos casos creíste tocar oro y te resultó deleznable oropel, aquí de fijo va a sucederte lo contrario; creerías estar ante una burda imitación y has de convencerte muy pronto que palpas oro legítimo, oro de ley, que no bruñe porque le cubre una vieja capa de moho, a la buena de Dios, inconsciente el preciadísimo metal de su importancia.

La feria, en cuanto fiesta, te será grata. Este año, la disfrutaremos en el marco vegetal y vistoso del parque. Con esta escenografía incomparable la feria cobrará rango inusitado. En la plaza de la Iglesia y del Ayuntamiento la fiesta quedaba chata y era eminentemente más pueblerina. Por amplitud de terreno, por estética y por higiene, la feria ha elegido un nuevo trono. Todo ha de bailar al ritmo exigente y renovador de los tiempos…

Ha sido aciago el año agrícola, nervio de nuestro cotidiano vivir. La gente, eternamente esperanzada, sufre con la espantosa realidad que trajeron las sequías; y la crisis vinícola, con una óptima cosecha a la vista, acentúa el malestar. Pero es un malestar íntimo, para «internos», que se aguanta con ejemplar entereza, y del que no se hace ostentación ni bandera. A la chita callando, forastero amigo, se pudren los pesares en el corazón, pero que no trascienda demasiado el disgusto, que estamos en feria y tú, visitante, tienes que percibir en nuestros actos y gestos la más encendida cordialidad, iluminada la faz de cariñosa simpatía. Es claro que se gastará menos dinero, pues hay poco. Pero siempre rodará como para reiterar que La Solana es uno de los pueblos más rumbosos y desinteresados de La Mancha.

Por cierto que si estás, amigo, al tanto de las inquietudes regionales, sabrás que, pareja con la exaltada reivindicación de toda La Mancha, corre veloz la reivindicación solanera. La Solana, no obstante constituir la notoriedad de un buen granero y de una panzuda tinaja de vino y de ofrecer a los ámbitos la gala genuina y maravillosa de su industria hocera, era un pueblo, si no ignorado, poco o mal conocido. Hoy ya sabe la gente que La Solana existe, que La Solana «pita»; hoy está en candelero, en la cúspide de las localidades provinciales. Quienes más quienes menos, todos coadyuvamos al fomento de su mejor y más esclarecida fama y al prestigio de sus materiales y espirituales valores.

Las visitas de calidad que en los últimos meses nos honraron, acrecentaron nuestra personalidad y valimiento por cuanto aquí vieron y de aquí dijeron, y aunque ya dimanaron algunas de índole económica, todavía hemos de esperar repercusiones favorabilísimas. Todo sea por la gloria de La Solana, el pueblo que fue víctima de una prolongada preterición… ¡Adelante! Gritamos, y, mitad por mitad poetas y locos -como aquel Caballero que desfacía entuertos-, manumisos al fin de la incomprensión ajena, alzamos el vuelo audaz y arrebatador de las águilas para situar en la prócer altitud del monte al pueblo bienamado…

Ven, forastero amigo, y verás lo que hay en la superficie y en el subsuelo. Verás franqueza, prestancia y un orgullo razonable, definiciones privativas de La Solana. No faltes para comprobarlas. Te esperamos. Tú pulsarás cuánto es este pueblo y cómo somos los que, nacidos en él o a él adaptados, vamos a recibirte. El oro está, ¡una mina de oro! Escarba, y te cegará su brillo, que disimulaba el moho, al sol implacable de julio…

¡Por La Solana en sus ferias, por los solaneros en su algazara y por los forasteros amigos que nos acompañen, alcemos el vaso sagrado de nuestros más generosos e hidalgos deseos!



© Miguel García de Mora
Boletín de La Solana de Ferias, 1959   


lunes, 19 de febrero de 2018

Luis Miguel García de Mora: Poesías de mi padre

Éxtasis de Santa Teresa.
Escultura de Gian Lorenzo Bernini

Teresa y Malagón

Oh, Teresa, valiente y abnegada,
hecha de nardo y piedra barroqueña
¿Qué viste en Malagón para quedarte
y alzar aquí tu fundación ingente,
de los mejores de las treintitantas
como tu afán divino te exigiera?
Malagón era, así, pueblo signado…,
y al margen de las causas que impulsaron,
tu venida al azar de nuestra tierra,
algo hallarías en Malagón que obrara
la magia azul de tu parada y fonda
y poner manos a tu plan aína.
Fuera de doña Luisa y el respeto
que los Medinaceli merecieran,
estaba el núcleo llano y generoso,
digno de unirse a él en cuerpo y alma.

Y el Malagón de la vejez remota,
del futuro animoso y prometiente,
del campo ameno y la cosecha fácil,
de las lomas amables y jocundas,
de los valles cromáticos y alegres,
de la atmósfera diáfana y salubre,
del clima bonancible y querencioso,
de las gentes colmas de virtudes
-a la buena de Dios, como se dice-
el Malagón del siglo dieciséis,
nuncio y promesa de los que siguieran,
tu monasterio teresiano
por arte y gracia de su propio aliento,
por gala y gloria de sus propios dones.

Teresa de Jesús fuese la chispa
que prendió para izar el gran cenobio;
mas Malagón -y cuanto en él había-
ofreció su entidad para el proyecto.
A medias ambas partes, surgió, ¡Hermoso!,
este palomarcico que embelesa
a todos cuantos son o cuantos llegan
a la villa manchega en todo tiempo.
Sin Teresa no hubiera aquí una casa;
sin Malagón… no hubiera una Teresa
cultivando la flor de su Carmelo,
anhelosa en tener nidos a punto
para tantas palomas que arribaran,
malagoneras y de muchos lares…

Consta que fueron dieciocho aquellas
primeras avecillas que posaron
en los alveolos que Teresa abriera
y que santaron las raíces a otras,
y a otras después, y siempre, siempre, siempre…,
las que en los siglos vayan acudiendo.
Por donde si se cuenta de la monja
de que fundó un convento en este pago,
que fue el tercero y de los más excelsos,
pues irradió su celo al Nuevo Mundo,
dígase igual que aquí encontró la Santa
suelo abonado para toda empresa:
un semillero y lo que falta hiciere,
que siendo del Señor era perfecto.

De Malagón, Teresa es la Patrona
y es la hija, también, y madre amada,
en tanto es Malagón las mismas cosas
de la noble abulense que aquí plugo
lanzar las redes de su amor inmenso
a través de un convento incomparable,
que es más bien un hosanna permanente
por el encuentro de la monja y pueblo…
Teresa y Malagón, cimas semejas,
motivos pariguales a un destino
común de fe, de lucha y esperanza
hacía aquello que escapa de la vida
por el camino de la vida eterna,
unidas van al aire de la historia.





© Miguel García de Mora. 


Miguel García de Mora Gallego, «El narrador de La Mancha» nació en Manzanares en 1916 y murió en La Solana en 2013. Llega a este Blog de la mano de su hijo Luis Miguel que lo define como un hombre sencillo y un periodista incansable. Para su hija Gloria, su padre, fue un manchego de pro, de franqueza campechana y corazón abierto, que se sintió Quijote y Sancho en extraña confusión. 


Convento de San José

El convento de Carmelitas Descalzas de San José del Salvador de Malagón, fue fundado por Santa Teresa de Jesús el 11 de abril de 1568. Su arquitecto fue Nicolás de Vergara el Mozo.


Lo más importante de la iglesia es el Retablo Mayor, de estilo barroco toledano, obra de Germán López Mejías, de Toledo. Está considerado uno de los retablos más bellos del siglo XVIII.

Convento de San José
(Malagón)


viernes, 19 de enero de 2018

Luis Miguel García de Mora (Lumigarmo): Crónicas de mi padre VII





La Mancha, 1901… 
Como sucedáneo del ferrocarril, a principios de siglo se estableció el servicio Villanueva de los Infantes-Manzanares que fracasó por el boicot de los labradores.





Decían que aquella máquina les espantaba las mulas…

Era alrededor de 1901… El campo de Montiel, con sus tres mil y pico de kilómetros cuadrados, no tenía ferrocarril -ni lo tiene-, y alguien buscó un sucedáneo para enlazar la población de Villanueva de los Infantes con la estación de Manzanares, pasando por La Solana.

Ese alguien, un precursor, llamábase don Nicolás Muñoz, ingeniero mecánico, que había emigrado a América y de donde vino, como buen indiano, con bastante plata, deseoso de invertirla en algo que redundara en beneficio de su patria chica.

Y, al efecto, ideó una original máquina de transporte -invento propio o adaptado de otro del Nuevo Mundo- que se alimentaba con leña. El vehículo era una especie de vagón de ferrocarril, con el departamento de la caldera delante. Tenía una regularcita capacidad.

(Podemos verlo en la fotografía que nos presta don Isidro López de Haro, un señor de La Solana, cuyo padre se cuenta entre los viajeros de la escena captada en cuestión. En ese momento el remedo de tren hacía su parada en la carretera a la entrada de dicho pueblo).

El negrísimo humo de su chata chimenea, sobre el pardo paisaje, era como una ilusión ferroviaria sin guardabarrera… Prestaba al terreno una creencia de civilización. Y daba el vehículo también tanto o más ruido, relativamente, que el más potente convoy de hierro.

A tal extremo, que éste fue precisamente la causa de que el benemérito y romántico servicio de viajeros durara solo unos meses. Los labradores le presentaron desde su principio el más tenaz y exacerbado boicot. El horrísono trepidar de la máquina alarmaba a las caballerías por la carretera, haciéndolas salir a la cuneta con sus pesados carros y galeras, e incluso, a su paso por las tierras de cultivo, espantábanse las bestias y luego costaba trabajo hacer que tirasen nuevamente del arado. Y esto no lo podían tolerar los hombres del agro. ¡Estaría bueno!

Por la carretera no había circulado todavía, según se sabe, más artificio de ruedas de tracción no hipomóvil que el “cuatro cilindros” de don Antonio Maura, una vez que la familia García-Noblejas le invitó a visitar las lagunas de Ruidera (entonces prácticamente desconocidas desde los tiempos de Don Quijote y Sancho), y los animales no estaban acostumbrados a semejante ruidoso “modernismo”. Otra cosa hubiera sido, claro, de haber topado con el ferrocarril, duro e inflexible, pues tantos ellos -los animales- como sus amos habríanse visto obligados a contemporizar con él, “velis nolis”.

Pero el nuevo servicio era de un particular, un enemigo “menor”, y los agricultores intensificaron su animosidad, tangibilizándola como podía. ¡Hasta colocando grandes palos y piedras en la carretera! El señor Muñoz tuvo que requerir la protección de la Guardia Civil y en cada viaje iba de escolta una pareja.

Más, así y todo, los ataques continuaban, y aunque el sistema de locomoción resultaba cómodo, rápido y barato para los viajeros de la vasta comarca, que solían viajar en pesadas tartanas y carros, se impuso la ley de la fuerza con el “aquel” de que a los campesinos se les asustaban las bestias de labor y acarreo. Y el ingeniero don Nicolás, que pensó hacer algo importante a favor de sus paisanos, clausuró su explotación. Un magnífico anticipo, sí, ya que no de la vía férrea, de las modernas líneas de autocares de nuestros días.


Y dícese que, dolido por la incomprensión de la gente, se volvió a las Indias.  





© Miguel García de Mora. Escritor
27 de julio de 1965
Revista semanal "Dígame" 







Miguel García de Mora Gallego, «El narrador de La Mancha» nació en Manzanares en 1916 y murió en La Solana en 2013. Llega a este Blog de la mano de su hijo Luis Miguel que lo define como un hombre sencillo y un periodista incansable. Para su hija Gloria, su padre, fue un manchego de pro, de franqueza campechana y corazón abierto, que se sintió Quijote y Sancho en extraña confusión. 



martes, 19 de diciembre de 2017

Luis Miguel García de Mora (Lumigarmo): Crónicas de mi padre VI

Laguna del Rey





Ruidera, un delicioso
marecito en tierra muy adentro…






A pesar de tales que otros problemas ambientales, de la frecuente sequía o de todo lo contrario…, que como sucede en todas partes también llega a estas comarcas tan de tierra adentro, el sistema de las Lagunas de Ruidera, encrestado en el manchego Campo de Montiel y compartido por las provincias de Albacete y Ciudad Real, constituye una de las principales zonas húmedas de España confirmada internacionalmente. Y de soberana belleza, quizá la más bella de todas.

En el Alto Guadiana y formado por un rosario de hoyas de alimentación cársica, el sistema ha debido ser siempre uno de los parajes más insólitos y hermosos de la Península Ibérica, aunque no cobró fama hasta los comienzos del XX (dicen que uno de los primeros automóviles que por él circularon fue el de don Antonio Maura), al comedio del cual su nombradía se incrementó con buena parte a favor de Víctor de la Serna por sus crónicas viajeras para el diario ABC. Después, afluencias máximas.

Acantilados en los bordes de la Laguna Lengua

Ruidera recibe todo el año visitantes nacionales y extranjeros, aunque la mayor presencia se registra en los meses cálidos, desde abril a octubre. La pesca es un gran atractivo: blac-bass, lucio, carpa, barbo, comiza, como la caza en los cotos próximos, en lo que tanto prolifera la perdiz roja. Cientos de miles de personas llegan al año, unas por días sueltos, otras por fines de semana, otras por temporada, amén de las que tienen en propiedad apartamentos o chalecitos y allí que van en cualquier tiempo y por indeterminados períodos.

Son quince las cervantinas lagunas, que asimismo conocieron Don Quijote y Sancho, a los que un joven recitó una seguidilla, aparte de dos o tres charcas de mucha menor entidad. Tomadas de sur a noroeste, éstos son sus nombres que más parecen apodos, con su extensión en hectáreas.

Blanca, 17 hectáreas; Conceja, 32; Tomilla, 11; Tinaja, 12,2; San Pedro, 31,7; Redondilla, 2 (cuando llueve poco, se seca); Lengua, 18,8; Salvadora, 8,6; Santo Amorcillo, 11,8; Batana, 6,7; Colgada, 84; del Rey, 31; Cueva Morenilla, 8,2; Coladilla, 8 y Cenagosa, 11,8… Motes y topónimos, tanto da; todos, absolutamente populares y lógicos.
Salto en cascada desde la laguna Santo Amorcillo a la Batana

En total, la superficie de las tornasoladas y dulces aguas de estas deslumbrantes Lagunas de Ruidera ronda las trescientas hectáreas. La llamada Blanca se encuentra en la provincia de Ciudad Real e inicia la serie, y las siguientes, hasta la denominada Colgada partida por gala en dos por ambas provincias, en la de Albacete, siendo las restantes de la jurisdicción de Ciudad Real, a la que corresponde el Ayuntamiento de Ruidera, que hasta hace poco dependía de Argamasilla de Alba y es ya Municipio independiente, convertido en los largos estíos en una diminuta pero auténtica estación turística veraniega, colmadamente frecuentada.

Con la laguna Cenagosa o Cenegal acaban las linfas del sistema, que son como una marecito en tierra tan adentro, y se formaliza el curso del misterioso Guadiana, el río de nombre romano que ya sin otros contratiempos emprende su camino de seiscientos cuarenta kilómetros hasta dar en morir en el Atlántico por Ayamonte. La mar océano lo recibe sin excesivos alardes, tan suavemente como, por Sanlúcar de Barrameda, recibe al Guadalquivir. Son muertes que apenas se notan… Aunque alguien nos diga: ¡Mira, ahí se unen y ahí se separan estos ríos del océano!, nos cuesta trabajo descubrir el punto exacto. Algún rizo de algunas casi imperceptibles olas, y nada más.


El Atlántico se lleva los secretos de estos ríos que le han ofrendado su vida con su historia y su generosidad… Y el encanto de Ruidera, entre tantos otros. Un enamorado de las lagunas, el pintor Antonio Iniesta, las captó dos o tres mil veces, o más aún. Locura. 



© Miguel García de Mora. Escritor
Lunes, 27 de agosto de 2001
ABC 






Miguel García de Mora Gallego, «El narrador de La Mancha» nació en Manzanares en 1916 y murió en La Solana en 2013. Llega a este Blog de la mano de su hijo Luis Miguel que lo define como un hombre sencillo y un periodista incansable. Para su hija Gloria, su padre, fue un manchego de pro, de franqueza campechana y corazón abierto, que se sintió Quijote y Sancho en extraña confusión. 

domingo, 19 de noviembre de 2017

Luis Miguel García de Mora (Lumigarmo): Crónicas de mi padre V

Imagen de la Torre de San Miguel




¡Ahí está, ahí está!




Desde «La Celestina» a la Puebla de Montalbán











La última adaptación de «La Celestina» representada en el madrileño teatro de la Comedia, nos puso una vez más en relación con su inmortal autor, Fernando de Rojas, y, por extensión obligada, con la patria chica de éste, la Puebla de Montalbán…

Y así, concatenando cosas, motivos y lugares, hemos dulcemente caído una vez más en este pueblo -pueblo, puebla- que baña el toledano Tajo y que siempre nos proyecta mensajes para que la visitemos y la amemos.

Antes, empero, de internarnos por ella, la curiosa novedad: en la Puebla existe, y funciona magníficamente, una nutrida sociedad de pescadores con nombre de pez, que, gracias a las linfas del padre río y del cercano embalse, presta una amable recreación deportiva al ambiente puebleño.

Esta actividad da algo más que comentar a la gente, una versión novedosa y sedante de la vida que corre y que sin duda aclara horizontes de nebulosidad económica, disipando, siquiera sea pasajeramente, malos humores por el paro, la emigración y demás aspectos negativos como nos depara la existencia, nunca plenamente feliz para todos…

Al margen de ello, que no es poco, ahí está, ahí está, otra historia y otras presencias que no son mancas aun comparándolas, en la realidad y en la canción de moda, con la simbólica puerta de Alcalá de la capital de España.

Ahí está, abierta de par en par, la puerta de Puebla de Montalbán, que ya viene de la Edad del Bronce, con sus siglos tangibles reposando en el castillo medieval, que no se restaura, pero que no desaparece… Una fortaleza que como tantas otras de lueñes candelas aporta una nota más de vetustez y significación a la villa. ¿Qué núcleo, con un vestigio de tal naturaleza, no se siente orgulloso de su ayer, por eso de que del recuerdo «también» se vive?

Y además, con su Plaza Mayor, epicentro del caserío, alma y corazón de esta espléndida ciudadanía. Las plazas mayores son el cogollo, el perfume y el amor de los pueblos y de las ciudades, lo más noble, lo más definidor y lo que más busca el viajero sensible. La Plaza Mayor de la Puebla está también ahí, ahí está… para quien la quiera saborear como el mejor vino solera, con su macizo y a la vez airoso tipismo.

Unos amigos nos llevan a la ya conocida iglesia parroquial de la Virgen de la Paz, que aturde y sobrecoge, como impresiona y embelesa la torre de San Miguel, acaso una de las más bellas de la región y proclamada «altiva altura» por entendidos y profanos. Es una edificación como para raptarla físicamente pero que, al no poder ser así. ¡qué lástima!, la aprehendemos con la magia del pensamiento.

Hay calles con casas blasonadas, con escudos de títulos e hijosdalgos; y un antiguo hospital de la Caridad que retrotrae robustas vivencias; y una mansión palacial de los Osuna que igualmente nos alarga un retazo, con su friso feudal, de hondas épocas seculares.

Por acá y por allá, seres que bullen, que gozan, que sufren, que insisten en el campo, que trabajan en pequeñas fábricas y talleres, que cada día van y vienen de otras localidades en busca del sustento, al no hallarlo en los propios límites… Seres que todo lo merecen y todo lo esperan… Hay, asimismo, realidades y proyectos, porque no todo es lapidariamente positivo ni adverso… Y hay también, ¡y que no falten nunca!, grandes ilusiones en la juventud, muchas ilusiones, muchas esperanzas… Hemos de sobrevivir y hay que extender una carta de crédito para el futuro… ¡Súrsum corda!

Prendidos en la Puebla de Montalbán, admirando, comentando, suponiendo, sugiriendo… con un limpio tintillo reconfortante sobre la mesa han transcurrido las horas felices… Al fin, hay que desandar el camino de la capital, Toledo. Pero con plomo en el ala, bendiciendo que «La Celestina», un teatro de Madrid, nos amistara de nuevo con Fernando de Rojas, hijo ilustrísimo de la Puebla de Montalbán, y determinase -la vida es así- un gratísimo desplazamiento a la tierra donde nació, que también, doblemente, hemos de bendecir con la máxima unción.

Avistando la ciudad imperial, todavía hacíamos nuestra la canción: ahí está, ahí está…, ahí queda, Tajo adelante, un  pueblo hermoso, histórico, monumental, asequible, casi fraterno, como lo son tantos otros de nuestra geografía… y acreedor, como tantos otros, a la mayor suerte del mundo.


© Miguel García de Mora. Escritor.
8 de junio de 1988
Diario Lanza

   

Miguel García de Mora Gallego, «El narrador de La Mancha» nació en Manzanares en 1916 y murió en La Solana en 2013. Llega a este Blog de la mano de su hijo Luis Miguel que lo define como un hombre sencillo y un periodista incansable. Para su hija Gloria, su padre, fue un manchego de pro, de franqueza campechana y corazón abierto, que se sintió Quijote y Sancho en extraña confusión. 


lunes, 25 de septiembre de 2017

Luis Miguel de Mora García (Lumigarmo): Crónicas de mi padre IV









La capa española, un tanto de capa caída











En Ciudad Real existe una Asociación de Amigos de la Capa que es veterana y agrupa a gentes diversas. Son varias decenas de entusiastas…. Mas, sumando los de la capital a los de la provincia, tal vez, desgraciadamente, no queden en este ámbito más de un par de centenares de capistas…

Triste, sí. La castiza capa española, que hasta tiene bellamente su «Día», va en declive… Casi todos los años y desde hace varios, cuando asoma el invierno, formulamos nuestra pregunta a los veteranos de los lugares de nuestra constante singladura, y en mayor medida, de los manchegos:

-Oiga, tío Romualdo, ¿cuántas capas se ven todavía en la villa?

Y el tío Romualdo, o el hermano Zacarías, o el hidalgo don Nicolás, nos suelen contestar, indefectiblemente:

-Pocas, amigo, pocas… La gente de ahora es muy «descastá» y no la cree cómoda, sobre todo a la hora de montar en un cacharro.

Desde luego, éste es el mayor obstáculo que la capa ofrece hoy por hoy. Pero es que muchos no se dan cuenta de que si la capa no es idónea para tripular una «moto» o meterse célere en un «utilitario», sí que lo es, y muy salada a mayor abundamiento, para vestir, para ir de paseo, para acudir a una reunión, a una función de teatro… Es o debe ser en tales casos oportuna, garbona, elegante, señorial y, por supuesto, caballeresca, ahora, remontando el XX, como en el XVI, en que alcanzó su máximo predicamento. Sí, en todo eso que decimos y en veinte circunstancias más, y nadie será capaz de negarlo aunque la prenda no esté actualmente en órbita.

Pero estamos seguros de que volverá la capa (cuya paremiografía, no obstante, se ha mantenido a lo largo del tiempo), porque vendrá con la moda misma, que es la que trae todo lo nuevo o lo que fue. Solo falta que en alguna parte brote el chispazo en la juventud y contagie a los demás, incluso a los menos jóvenes y a los maduros que desertaron de tan gentil atavío. La capa no estará solo en los armarios, en las cómodas y arcones, con bolas de naftalina y a veces cerca e infiltrándose del penetrante aroma del azafrán o los cominos; no vendrá únicamente para que las mujeres, en los carnavales, se las pongan encima y por eso de que una buena capa todo lo tapa… o para que cuatro mocitos las resuciten en la noche de jarana.

La capa ha de volver por sus fueros -y vuelos- limpiamente, y su aire ha de prestar entidad y esteticismo al hombre, galán u otoñal, y su embozo ha de conferir tibieza y distinción a los cuellos varoniles. Ha de ser así, porque la moda no es que vuelva, sino que trae, además de lo que nunca existió, aquello que existió antaño y merece la pena recobrar.

De cualquier modo, pocas «pañosas» se han destruido en nuestros hogares. Quien pudo pensar en hacerse otra prenda con una capa se arrepintió presto y volvió a guardarla como una reliquia. Ya es sintomático de su prestigio y hasta de sus puntillos de veneración. Cualquier día, quizá el invierno próximo, surja la «novedad» de la capa española y falten fábricas para hacer paños y sastres para confeccionar. ¡Ah! Conste que no estamos pretendiendo su propaganda; solo hablamos en nombre de los enamorados de su gracia. Y porque, también, antojásenos absurdo que no tenga hoy una utilización como la ha tenido, con las naturales variantes, desde tan remotas calendas.

Nadie aspirará a que la capa nos cubra siempre nuestras más o menos jacarandosas humanidades. Ni lo permite la actividad viajera de los «homos» actuales, ni por estolidez hemos de imitar al personaje de «La rosa del azafrán»:

¡Mira qué guapa,
Lo que tú me propones no me s’escapa,
Que vaya to el verano
Con esta capa, con esta capa!

Pero sí nos satisfará que la vigencia de la «pañosa» torne a nosotros masivamente, sin discriminaciones de ningún tipo. Hay en ella, dentro o fuera de múltiples otras consideraciones, un hechizo, un sutil encanto, un romanticismo como no se da en las gabardinas y gabanes. Y verdaderamente nuestra vida de relación y de estar tiene oportunidades para echársela a los hombros y lucirla y lucirnos.

En tanto esto llega, ¡ay!, tenemos provincias donde apenas si quedarán doscientos incondicionales prácticos.


© Miguel García de Mora. Escritor 

Diciembre 1979