La tía Julia, que no tenía
responsabilidad con nadie y nadie la tenía con ella, se vio de repente ante la
tesitura de dar de comer, vestir y atender a siete sobrinos entre dos y ocho
años. A su hermana y cuñado les había dado la ventolera de coger rumbo hacia la
Eternidad sin comentárselo siquiera.
Ella, que tanta fama tenía de
trabajadora y honrada, cualidades que le permitieron colocarse de cocinera en
el palacio de los condes de su pueblo, se vio abocada a agilizar la mente, por
los acuciantes intereses familiares y las bocas abiertas de aquellos rapaces.
Salir bien parada de tristes andanzas y utilizar las manos para hurtar con
astucia, fue algo realmente imprescindible.
Tanta picardía y maña se dio
que para todos siguió siendo la persona más honrada de su pueblo. Y eso que
trapicheaba con las sobras, ya fueran alimentos de la despensa, ropa de los
armarios, jabón de olor, agua de colonia... Todo lo afanaba para que sus niños
no pasaran hambre y estuvieran como una patena de la cabeza a los pies.
© Marieta Alonso Más

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