En el hedor de la noche
que me enfade contigo
por consentir
que el mundo muera por
sus pecados
sin tu perdón
magnánimo, sin tu caridad,
sin tu misericordia y
sin tu bondad.
Permíteme que hoy
escupa al suelo
y deje de creer en ti.
La ciudad dormía desde hacía horas, el invierno se presentaba gélido y riguroso. Las noches dejaban sus dentelladas crueles en las calles solitarias de Soria. Nuestra querida Soria. Caminábamos por los soportales de la calle de El Collado, lentamente, cabizbajos, arropados interiormente con papeles de periódico que nos calentaban y nos protegían un poco del relente nocturno. Las columnas estaban llenas de propaganda de partidos políticos. Me acerqué a la estatua de Gerardo Diego, miré en el interior de su taza de café. No había nada. Sonreí por hacer esa tontería. Mi padre también sonrío y me dijo.
―Dile a don Gerardo que no se lo tome todo, que deje un poco de café para nosotros.
Reímos los dos a carcajadas, risas que resonaban por la calle desierta. Continuamos andando para entrar en calor. No había prisa alguna. Buscamos minuciosamente en los cubos de basura que había junto a los restaurantes y hoteles para encontrar alguna cosa que poder llevarnos a la boca. Los restos de un plato de alguien que se permitiera esos lujos y los hubiese desechado, para nosotros, era un manjar o sencillamente un vehículo de supervivencia que nos permitiera ver el sol un día más. El hedor era insoportable, pero teníamos que comer y había que entrar en aquellos contenedores buceando entre los desperdicios disputándole a las ratas el sustento, mientras ellas nos amenazaban enseñándonos sus dientes que le erizaban a mi padre el vello del cuerpo.
Rebuscando con paciencia encontramos media hamburguesa,
una manzana entera y unos mendrugos de pan blando, no estaba tan mal, por lo
menos comeríamos esa noche.
―No es que sea una buena dieta Mediterránea, pero algo tenemos hoy para quitarnos el hambre ―me dijo mientras me guiñaba un ojo.
Oímos un silbido desde una de las puertas posteriores de uno de los restaurantes, un hombre me dio un tazón de leche caliente y unas cuantas galletas. El recipiente humeaba y aquel olor, me trasladó hacia una vida distinta, me hizo recordar cuando mi madre me traía un vaso de leche a la cama, me contaba un cuento, me arropaba y me daba un beso que me llegaba al corazón. Mi padre me dijo que me lo bebiera para que no se enfriara y que dejara las galletas para después como postre. Volví a la realidad. Fui bebiendo a pequeños sorbos mientras caminábamos y me calentaba las manos con aquel tesoro.
Nos sentamos sobre unos cartones que habíamos cogido del embalaje de una nevera y nos arropamos con la vieja manta roída que siempre nos acompañaba. El Parque de la Alameda de Cervantes, sería, una noche más, nuestra morada, nuestra casa, nuestro lugar donde soñar con fantasías mejores que la realidad que teníamos a nuestro lado. Dispusimos la comida en el único plato que poseíamos y rezamos. Mi padre me miraba con pena mientras escogía los mejores bocados para mí, esa noche al menos tenía un poco de pan para él. Siempre me pregunté por sus rezos, Dios nos había abandonado el día en el que nos arrebataron nuestra casa y mamá meses después, murió de pena en la lúgubre sala de espera del hospital. Yo, a mi corta edad, no entendía de aquellas oraciones, pero a él le calmaba hacerlo todas las noches acordándose de mi madre en esos momentos.
Hablábamos poco. No había mucho que decir. Todo era gris en nuestras vidas, además, qué podríamos decirnos el uno al otro, que no supiéramos ya. El silencio, que hablaba por nosotros y la pena, eran nuestras armas para seguir estando juntos.
Esa noche me dijo lo mucho que me quería, que le perdonase por todo el daño que nos había causado a su madre y a mí, por no haber sabido cuidar de nosotros. No pude decir nada, solo sonreí. Volvió a callar. Me acarició la cabeza, me dio un beso y se acurrucó junto a mi cuerpo para protegerme del frío.
Esa noche cerró los ojos y nunca más volvió a abrirlos. Observé a lo lejos como se llevaban su cuerpo inerte y sucio. Sentí una cruel punzada de dolor en mi corazón mientras dos lágrimas rodaban por mis mejillas abrasándome el rostro. No me atreví a acercarme.
La ambulancia se perdió entre el ruido de las sirenas y las luces rojas, y con ella se fueron mis últimos recuerdos. Recogí nuestras escasas pertenencias: un mechero, un paquete de papel con unas cuantas colillas, la preciada manta de cuadros, una bolsa de tela y una foto de mi madre y mía de cuando era pequeño.
Anduve sin rumbo toda la noche. Llegué a la calle de San Martín Cuesta, empezaba a llover. Estaba solo, desvalido, perdido y sin ganas de seguir viviendo. Me senté junto al olmo seco de Antonio Machado y lloré, lloré recordando que al día siguiente sería mi cumpleaños. Estaba desorientado en una selva de asfalto y miedo. Dentro de unas horas cumpliría diez años y estaba solo. Muy solo. Terriblemente solo y abandonado. Llovía y el agua había traspasado mi corazón.
Han pasado tres años desde esa noche y continúo con una soledad que me atenaza la garganta sin dejarme respirar. Hoy, sigo preguntándome por la solidaridad de la gente, y sobre todo, me pregunto: ¿Dónde está Dios?
Hoy, continúo viviendo entre el olor de las basuras, el hambre y la soledad de la madrugada. Hoy también llueve como aquella noche.
Me siento junto aquel olmo seco, tan cerca del cementerio del Espino que puedo sentir el llanto de los muertos, el ruego de los afligidos y el ruido de mis tripas clamando por un mísero trozo de pan.
Tengo sueño, este viejo olmo me servirá de apoyo y de cobijo en esta noche triste e incierta.
Cierro los ojos y recuerdo los versos de Antonio Machado que alguna vez me recitaba mi padre antes de dormir, para que me olvidara del hambre y la miseria que nos acompañaba.
Con
los primeros lirios
y las
primeras rosas de las huertas,
en
una tarde azul sube al Espino,
al
alto Espino donde está su tierra.
Buenas noches, querida mamá. Buenas noches, papá. Buenas
noches, también a usted, don Antonio.
Del libro Relatos ante
el espejo
de José Luis Labad
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