viernes, 13 de febrero de 2026

Malena Teigeiro: Cebolla frita

 

Un poquito de sal, unas gotas de limón, una cucharada de cebolla bien frita, y otra de vino blanco, recitaba Lidia en voz alta. Y, ahora, espolvorearlas bien con pan rallado, aunque sin pasarse.

—Así es como te gustan, ¿verdad? —gritó mientras introducía la bandeja en el horno.

—¿Que me gusta el qué? —escuchó la voz de Juan que, como si fueran burbujas, flotaba en el ambiente.

Las zamburiñas era el marisco que más apreciaba su Juan. ¿A su Juan? Lidia se limpió los ojos con la puntita del delantal. Sus lágrimas no eran por culpa de la cebolla, eran porque la imagen de Manolita, la dueña del puesto 53 —el de ellos era el 54— del mercado de mariscos, le había venido a la mente.

Manolita lo heredó de su madre, doña Manuela, muerta en un accidente de coche hacía poco. Y desde que la hija lo ocupaba, su Juan no era el mismo. Ni se reía con ella ni jugaban en la cama. Ahora le descubría canas, alguna arruga alrededor de los ojos, y sobre todo le molestaban los niños. Manolita era joven, tenía el pecho prieto y tan alto que sus primeras curvas siempre estaban fuera del escote. Reía con fuerza y, como hacían todos, anunciaba sus mariscos a voz en grito, pero los de ella eran alegres, casquivanos. Tan así era, que desde que Manolita estaba al frente del puesto de su madre, las ventas en el de Juan habían bajado. Y desde que se colocó el delantal con las tiras bordadas bien tiesas, Juan enloqueció por ella. De eso Lidia estaba bien segura.

Sin embargo, desde ayer Juan estaba más hosco que de costumbre. Hasta se había enfadado con los niños durante el desayuno. Y en vez de ir con los amigos a tomar el apetitivo y jugar una partidita, se había quedado en casa tumbado en el sofá. Ni tan siquiera veía el fútbol. Lidia llamó a su madre para que se llevara los niños. Algo iba a pasar y no quería que los críos estuvieran delante.

Desde que su madre cerró la puerta, ella daba vueltas por la casa sin saber qué hacer. Y fue entonces cuando se le ocurrió cocer unos camarones y cocinar las zamburiñas. Era lo que más le podía gustar a Juan. A las dos y media, todo estaba como tenía que estar: la mesa con el mantel bordado, un búcaro azul con margaritas en el centro y una botella de Alvariño refrescándose en la nevera.

Ya sentados a la mesa, Lidia, asustada, percibía la intensa calma con que Juan pelaba los camarones. Después lo vio mojar pan en una zamburiña. De pronto levantó la cabeza. La miró despacio.

—Estás muy guapa esta mañana —susurró.

La capoteaba para darle la puntilla, pensó Lidia mientras lo veía coger el vaso de vino y bebérselo de un trago. ¿La iba a dejar y encima se burlaba de ella? O sea que, además de aguantarle los cuernos que seguro le estaba poniendo con Manolita, cocinaba lo que más le podía gustar, cuidaba a sus hijos, lo amaba desde que era una niña, ¿tenía que escuchar sus falsos piropos? No estaba guapa y lo sabía. ¡Cómo podía estarlo con los ojos rojos de tanto llorar, la delgadez escurriéndosele por las caderas, y ese pelo que nunca sabía qué hacer con él! Por ahí ya no estaba dispuesta a pasar. Se removió en el asiento. Bebió del mismo modo su vino y aclarándose la garganta lo miró de frente.

—¿Te ocurre algo Juan? —preguntó.

—Lidia, tenemos un problema —masculló sin dejar de comer las zamburiñas.

—¿Tenemos o tienes un problema? —inquirió con retintín.

Él levantando la cabeza, la miró sorprendido. Creía que todo lo de la casa les afectaba a los dos, pero si ahora las cosas ya no eran así... Continuó mojando el pan en la zamburiña. Lidia se sintió inquieta. Lo quería tanto que hasta le dio lástima. Pero, ¿era tonta o qué?, se dijo.

—Manolita...

Lidia se levantó de la silla. Que no siguiera, por favor, que no siguiera, se dijo. No estaba dispuesta a escuchar lo que le iba a decir. Cerró los ojos, lo vio saliendo de la casa con la maleta en la mano y comenzó a llorar. ¿Es que no le daban pena sus hijos? ¿Es que no sentía nada por ella después de tantos años de estar juntos?, le espetó. Juan la miraba con los ojos redondos y la boca abierta.

—Escucha Lidia, Manolita se casa con uno de Lérida, por lo que deja el puesto. Como nos está agradecida por lo que la ayudamos manteniéndolo los días que su madre estuvo en el hospital, nos lo ha ofrecido a nosotros. Si ando preocupado es porque es mucho dinero y tendríamos que pedir un préstamo al banco, y ya me conoces, a mí eso de endeudarnos no me va. Ella dice que está dispuesta a alquilárnoslo hasta que se lo podamos pagar. ¿A ti qué te parece que debemos hacer?

—Juan, no seas tan raro. Nos apretaremos un poco el cinturón, y si algún mes va peor, tiramos de los ahorros. Pide el préstamo, como hace cualquiera, y dale las gracias. Y eso sí, no me vuelvas a ocultar ninguna cosa. No sabes lo preocupada que estaba pensando que tenías un problema de salud. ¡Vaya!, que ya me veía viuda —Lidia se secó una lagrimita con a punta de la servilleta—. ¿Y sabes una cosa? —con sus cálidos ojos lo miró satisfecha—. Me alegro de que Manolita se case. Que contenta estaría su madre. Ojalá tenga mucha suerte. A mí siempre me pareció una buena chica. Y quedarse huérfana tan joven... Pero ahora, comamos, que las zamburiñas se están quedando frías. Y eso sí, en cuanto termine voy a llamar a mi madre —Lidia chupó la cabeza de camarón con deleite—. La pobre anda en un sin vivir con lo de tu posible enfermedad.

© Malena Teigeiro

No hay comentarios:

Publicar un comentario