sábado, 29 de agosto de 2026

Cristina Vázquez: Célebre espectáculo

 


A medida que el barco se iba acercando a su destino, el temor por su nueva vida se instaló en Amandina como un pesado collar. Hacía meses que no veía a su marido, con quien se había casado por poderes, y le inquietaba qué podría encontrarse en este alejado país. La dulzura del aire y la pureza de la luz, a medida que se acercaban, le ayudó a aliviar sus temores.

Cuando por fin arribaron, lo buscó entre la muchedumbre. Llevaba años viviendo en ese país tropical, del que le escribía maravillas: su exuberancia, la amabilidad de la gente, la bondad del clima. También le describía animales exóticos y frutas nunca saboreadas en la península. Al no verlo al bajar a tierra, sintió que el imaginario collar que la abrumaba, volvió a colgarse con la fuerza de la desilusión y la incertidumbre. ¿Y si no aparecía? ¿Qué iba a ser de ella?

Mientras esperaba llena de zozobra y baúles a su alrededor, vio acercarse a un hombre delgado, vestido de oscuro que sostenía contra su pecho un sombrero Panamá. Su paso era lento y su mirada baja. Al llegar junto a ella, en voz doliente le preguntó si era la señorita Amandina, la esposa de don Fernando. Ella afirmó que sí y él se presentó como Aurelio Bastarrechea, su socio y hombre de confianza. Amandina, asustada, quiso saber por qué no estaba esperándola. ¿Había sucedido algo? Creía que no, seguro que no, y movió el sombrero para dar énfasis a su respuesta. En una llamada de días atrás, continuó Aurelio, le había pedido que, si no volvía a tiempo, por favor, se ocupara de recogerla e instalarla en la casa.

—Lo siento, señorita —bajó aún más la voz—. Pero hace días que no sabemos nada de él.

Amandina se sentó, más bien se cayó sobre uno de sus baúles, y tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no romper a llorar. Sin noticias, repitió la joven, como si con la repetición de esa horrible realidad, la pudiera alejar de ella. Sí, sin noticias, afirmó el delgado hombre, además, carraspeó, el lugar donde se encontraba era muy peligroso.

—Lo mejor será que vayamos a casa y así podrá descansar.

Con un inesperado gesto autoritario, Aurelio llamó a unos porteadores para que llevaran su equipaje al coche. Pese a su aturdimiento, Amandina se fijó que tenía unas bonitas manos y unos ojos profundos. Hicieron el trayecto que, aunque a ella se le hizo largo, pudo observar hermosos palmerales y playas de arena blanquísima bañadas por un mar transparente. Como iba en un coche de caballos descubierto disfrutó de los diferentes aromas dulces, penetrantes y el piar de unas aves de brillante y desconocido plumaje. Una cierta calma, gracias a la belleza de lo que le rodeaba, se fue apoderando de ella. Seguro que en poco tiempo estaría de vuelta ¿verdad?, y Aurelio amablemente afirmaba con la cabeza.

Al llegar a la casa, Amandina, pese a su inquietud, no pudo dejar de deslumbrarse ante el inmenso jardín, que luego supo acababa en la ribera de un caudaloso río. Todo estaba en perfecto orden, lleno de flores exóticas de maravillosa fragancia. Oyó un ruido, como si alguien arrastrara con suavidad algo por el suelo, y aparecieron unos hermosos y desconocidos animales que extendían una cola de inigualable belleza.

—¿Qué aves son esas? —preguntó asombrada.

—Pavos reales.

—¿Pavos? No pueden llamarse así, parecen salidos del Paraíso.

Cuenta la leyenda, no sabemos si fue cierta o no, que desde entonces les dieron ese sobrenombre. Fernando no volvió y Amandina se quedó dueña y señora de esa propiedad y otras muchas que recibió en herencia de su fallecido esposo. Con el tiempo y dado el amor que tomó a esos pájaros, los educó para que bailaran desplegando en sucesivo orden, y hasta con gracia, sus hermosas colas. El espectáculo adquirió tal fama que venían de todo el continente a verlos.

Aurelio siguió hasta su muerte siendo su socio, su hombre de confianza y el padre de su larga prole.

© Cristina Vázquez

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