A mi sobrino Alejandro,
que murió una tarde de abril
en un accidente de moto.
Sólo tenía 26 años.
Los tres llegaron al barrio una tarde de sombras en la que nadie
sabía si se iban a quedar quietas o acabarían devorando las calles. Finalmente,
esas sombras tercas y anaranjadas se acurrucaron junto a las aceras, como
acababan haciendo siempre, y contemplaron el ir y venir de los hombres lo que,
al fin y al cabo, era lo que más les gustaba.
Llegaron al barrio los tres juntos, porque siempre iban juntos,
aunque nadie lo supiera por aquel entonces, y se aposentaron en el bar de
Curro, el que hacía esquina con la avenida principal y donde servían los
mejores calamares de la ciudad. O eso decían.
Llegaron en silencio. Los tres eran jóvenes, en esa edad en la
que ya has dejado de ser niño, pero todavía te falta traspasar una línea
invisible para ser un hombre hecho y derecho. Los tres eran altos, delgados,
musculosos y bien parecidos. Los tres contemplaban al mundo con un cierto aire
de suficiencia, con esa prepotencia un tanto inhumana que caracteriza a la
juventud de todas las épocas.
Y allí los conoció Alejandro mientras degustaban unas cervezas.
A principios de marzo el sol empezaba a abrirse paso por entre
las nubes todavía abundantes de la ciudad y el viento las barría y las volvía a
traer, como si fuera un juego de piratas. La luz surgía demasiado tímida y
acariciaba.
Alejandro también era alto, más que muchos de sus compañeros, y
asimismo delgado, musculoso y bien parecido, igual que los recién llegados;
tenía la piel clara, muy pálida, como su padre, el pelo corto, entre rubio y
moreno, una gran labia, un desparpajo natural que le abría todas las puertas y,
sobre todo, una media sonrisa que cautivaba. Tal vez por esas razones, tal vez
por otras, se cayeron bien desde el primer momento. Los recién llegados se
presentaron y le invitaron a sentarse con ellos. Rafael, el mayor de los tres,
parecía llevar la voz cantante.
Entre sorbo y sorbo de cerveza, diversas sonrisas y un par de
raciones de calamares, hablaron largo y tendido y se explicaron vagamente sus
vidas, sus trabajos y sus sueños. Salieron del bar de Curro con una nueva
melodía en la piel, casi a la hora de comer, y se encaminaron hacia un
restaurante japonés en el que degustaron los platos favoritos de Alejandro.
La charla continuó a lo largo de la tarde, durante la cual
especialmente Miguel, el más simpático y abierto de los tres nuevos amigos,
estuvo explicando más o menos su procedencia de un lugar lejano, sin concretar
cuál, sus gustos y aficiones, la idea de establecer un negocio en su tierra y
el aprendizaje al que debían hacer frente si querían cumplir el encargo que
llevaban. Las explicaciones fueron someras y un tanto ambiguas, pero no
necesitaban más. Gabriel, el tercer componente del grupo, mucho más serio y
callado que sus compañeros y con un poder de observación netamente superior,
contemplaba los movimientos de los demás y sonreía ante los comentarios de
Miguel y el interés cada vez mayor de Alejandro.
Tras la cena, a base de pinchos y vino como casi siempre, se
dirigieron a jugar al casino.
La noche se diluyó lenta entre cartas, fichas, sonrisas,
apuestas y envites. Tuvieron buena racha y ganaron una considerable cantidad
con la que al día siguiente celebrarían el buen inicio de aquella amistad en un
restaurante de lujo. Alejandro tenía la suerte entre los dedos, siempre había
sido así y siempre lo sería. Salieron del majestuoso edificio con muchas
sonrisas en los labios.
Cuando Alex se acostó esa madrugada un poco fría y un poco
desangelada, pensó con agrado en sus nuevos amigos, y ni por un instante se le
pasó por la cabeza cualquier otra idea que no fuera tal amistad. El cielo en
ocasiones nos oculta sorpresas que ni siquiera llegamos a sospechar.
Al día siguiente, sábado y día de trabajo, ya que trabajaba los
fines de semana, Alejandro comentó a Marta, la más especial de entre sus
múltiples amigas, y a Carmen, su futura cuñada, la irrupción de aquellos tres
jóvenes en su vida, las actividades que habían llevado a cabo la tarde anterior
y el deseo de que llegasen a conocerlos en un futuro próximo.
Volvió a encontrarlos el lunes siguiente, y el martes y el
miércoles, y así hasta el viernes y, después de una cena en distintos bares o
restaurantes, siempre deseaban ir al casino o a cualquier lugar donde pudiesen
aprender técnicas de juego, ya fuera póker, bacarrá, ruleta, dados o black
jack. Y allí observaban y aprendían, y Gabriel, el más serio y el más
concentrado, tomaba continuamente notas, y juntos planteaban variadas
preguntas, algunas un tanto absurdas y otras perfectamente lógicas, porque, según
confesaban, no acababan de comprender el mecanismo de los juegos en su
totalidad. Son tantos, argumentaban, y algunos realmente complicados. Alex reía
por lo que para él resultaba tan sencillo. ¿De dónde venís? ¿De alguna galaxia?
Cuestionaba a sus amigos. Y ellos se miraban con una cierta complicidad y
también reían porque las sonrisas son fáciles y cuestan muy poco esfuerzo.
Tenemos que poner en marcha un garito similar cuanto antes, nos lo han
encargado y no podemos volver con las manos vacías, decían ellos. Y Alex no
dejaba de sonreír.
El mes de abril irrumpió de repente en la ciudad con un calor
poco habitual. Las flores empezaban a serpentear por las praderas y a envolver
al mundo con su característico aroma de campanillas.
El aprendizaje de los tres jóvenes continuó a marchas forzadas a
lo largo de la primera semana de abril. Alejandro no acababa de comprender la
razón por la cual tenían tanta prisa, pero no por eso dejaba de ayudarles. Y
ellos continuaban intentándolo, pero sin conseguirlo del todo. No sé qué pasa,
se quejaban, no es tan fácil como pensábamos. Os falto yo, decía Alex pensando
que aquellos chavales parecían un poco pasmados. Llevadme a vuestro país y yo
os pongo en marcha un casino maravilloso. Eso no puede ser, es imposible,
respondía Rafael. Pues no veo por qué, contestaba. Y ellos no hablaban, tal vez
por vergüenza o por miedo, y se miraban un poco más serios que de costumbre,
con unos gestos de complicidad imposibles de descifrar.
Y así continuaron, entre fichas, cartas y risas, pero los días
pasaban y los jóvenes no terminaban de captar la esencia de los juegos que tan
sencilla resultaba para Alex. Estos chicos no saben lo que quieren en realidad,
pensaba. Bueno, sí, instalar un casino en su tierra, pero tampoco es tan
difícil. Y comentaba con Marta y con Carmen y les explicaba lo curiosos que
eran sus nuevos compañeros, su simpatía, su amabilidad, también su cerrazón, y
hablaban del día en que serían presentados, algo que nunca llegaba nadie sabía
por qué. Y Alejandro no pensó, porque no se le ocurrió pensarlo, que siempre
estaba solo con sus tres nuevos amigos, que nunca coincidía con el resto de la
pandilla, que habitualmente iban los cuatro a todas partes sin otra compañía,
que si ahondaba en aquella relación un tanto peculiar comprobaría la existencia
de una serie de puntos un tanto curiosos, o extraños, o incluso anómalos, pero
Alejandro no pensaba en tal tipo de cuestiones porque disfrutaba hasta tal
punto de la vida que no se detenía nunca a dilucidar si un asunto era mejor o
peor, sino simplemente aceptaba las circunstancias tal como venían sin
adentrarse excesivamente en determinados pormenores.
Y una tarde gris plomizo, con el calor temprano de abril
remoloneando junto a los cuerpos, los tres amigos estuvieron hablando sobre la
absoluta necesidad de terminar su estancia en la ciudad. Nos están llamando y
ya tenemos que marcharnos, dijeron sin especificar quién, ni cuándo, ni dónde.
Pero no habéis aprendido todavía, chicos, comentó Alejandro, os falta mucho
camino por recorrer aún si queréis montar un buen garito en vuestra tierra.
Venga, insistió, llevadme con vosotros y os enseñaré. Yo me hago cargo y os lo
dejo listo. No, no puede ser, respondieron riendo, es demasiado pronto.
Alejandro no comprendió sus palabras, pero no preguntó y continuó insistiendo.
Sería maravilloso estar en tierras lejanas, porque a él le gustaba la aventura,
visitar otros países, conocer mundos distintos, y pasar una buena temporada
lejos de todo, aprender incluso otro idioma, aunque los tres amigos hablaban un
perfecto español y supuso, aún sin saberlo a ciencia cierta, que procederían de
algún país hispanoamericano. Por alguna desconocida razón, jamás habían hablado
de su lugar de procedencia, ni de quién les enviaba, ni de otras cuestiones
aparentemente importantes que tal vez ni siquiera se le pasaran por la cabeza.
Tenemos que partir, dijeron Rafael, Miguel y Gabriel una mañana
de finales de abril, con los cerezos y los almendros reventando de flores a su
alrededor y pintando de rosa la ciudad. Quiero ir con vosotros, insistió
Alejandro, quiero ir porque lo cierto, no nos engañemos, es que no tenéis ni
idea de lo que vais a hacer. No es posible iniciar una empresa de tal
envergadura con vuestros escasos conocimientos; os habéis esforzado, no hay
duda, pero os queda mucho por aprender. Yo voy, me quedo allí una temporada, os
dejo todo preparado y vuelvo. En ese instante los tres amigos se pusieron muy
serios y se miraron a hurtadillas, con los labios plegados y los suspiros
contenidos. Alex se preguntó qué sucedía siempre que hablaba de su posible
estancia en aquel país ignorado, pues ellos parecían ponerse nerviosos y
siempre procuraban evitar el tema, pero no comentó una palabra y siguió
insistiendo. Sería tan divertido… Finalmente, los tres amigos bajaron la cabeza
y se dispusieron a salir. Fue Gabriel quien, mirando a Alex directamente a los
ojos, le espetó: “Tal vez no vuelvas. ¿Lo has pensado?” Pero él sonrió, con esa
mirada tierna que guardaba para los momentos más decisivos, y se dijo que de
cualquier lugar se puede retornar siempre, ¿por qué no iba a volver? Mañana nos
vemos, se despidió de ellos, y se diría que estaban tremendamente serios, más
que de costumbre, y que un dolor extraño les corroía por dentro, y cuando
salieron del restaurante en el que habían comido, parecía que habían tomado una
decisión, pero con excesivo esfuerzo, como si no desearan llevarla a cabo, pero
no tuvieran otra solución u otra alternativa. Está bien, dijeron al final, tú
lo has querido. Por supuesto que lo he querido, y que lo quiero, respondió
Alejandro, porque toda aventura es maravillosa. Unas más que otras, contestó
Miguel, no lo olvides, Alex. Mañana nos vemos… allí.
Alejandro montó en su moto, arrancó el motor y se dirigió hacia
la carretera.
Aquella tarde de finales de abril empezó sombría, como envuelta
en mantos de algodón muy oscuros, que se la llevaron a pasitos lentos por las
sendas de la tristeza y el dolor, pues fue en esa tarde borrosa y turbia cuando
el cuerpo de Alejandro reventó para siempre al tomar una curva, en brazos de no
se sabía qué desquiciado destino. No era una curva muy pronunciada, ni la
velocidad excesiva, ni existió otro vehículo contra el que colisionara, ni hubo
falta de prudencia, ni se dio ninguna circunstancia peligrosa. Simplemente
ocurrió. Las hebras del fatalismo se trenzaron en aquel instante y el aire
estalló en mil pedazos.
El cuerpo de Alejandro quedó desmadejado sobre el asfalto.
Todo un silencio de lágrimas y preguntas sin respuesta envolvió
la vida de los que permanecieron, mientras un ahogo de color gris ceniza
consumía lentamente las almas.
Tras el tanatorio, el entierro y todo el manto de dolor, rabia e
incomprensión que rodea tales eventos, Marta y Carmen fueron las únicas que se
percataron de que aquellos grandes amigos de los que tanto hablara Alex en el
último mes, no habían aparecido. Entre la multitud de jóvenes que asistieron al
último adiós, Rafael, Miguel y Gabriel no estuvieron presentes. Bien era cierto
que ellas no llegaron a conocerlos, tampoco el resto, nadie sabía ni siquiera
cómo eran o qué aspecto tenían, algo que resultaba un tanto curioso a la par
que misterioso. Alejandro aseguró en diversas ocasiones que se iría con ellos a
ayudarles a montar un garito de juego en su país, pero ellos… ni siquiera
habían hecho acto de presencia. Todo aquello sonaba muy raro.
Marta y Carmen empezaron a investigar. Preguntaron a Curro, el
dueño del bar donde supuestamente Alejandro los había conocido, pero Curro no
supo de qué le hablaban. Es extraño, comentó Marta, esto es cada vez más
extraño, supuestamente se conocieron en este lugar y estuvieron conversando
varias veces. Curro tendría que saber quiénes eran. Asimismo, interrogaron a
Sunka, la encargada del restaurante japonés donde tan a menudo cenaban, y ella
aseguró que Alejandro últimamente siempre había ido solo. No era posible, según
las palabras de Alex. Indagaron asimismo en otros lugares a los que
supuestamente acudían, pero la respuesta fue siempre la misma. No lo entiendo,
se dijo Carmen, es como si esas tres personas de las que tanto hablaba
Alejandro jamás hubieran existido. No comprendo nada, corroboró Marta. ¿Y si
realmente no hubieran existido? Entonces, ¿por qué Alex tendría que inventarse
unos personajes inexistentes? Y sobre todo ¿con qué fin? ¿Para qué?
Marta y Carmen continuaron sus pesquisas, pero nadie,
absolutamente nadie, sabía una palabra de aquellos tres hombres. Por mucho que
preguntaron, por mucho que indagaron, por mucho que investigaron, nadie supo
dar cuenta de ellos.
Rafael, Miguel y Gabriel…
¿Quiénes eran en realidad? ¿De dónde habían surgido? ¿Cuál era
su procedencia? ¿Qué habían querido de Alejandro? ¿Qué habían buscado? ¿Por qué
habían aparecido? ¿Por qué habían desaparecido con él? ¿Tendrían algo que ver
con… su muerte?
Rafael, Miguel y Gabriel…
Los tres surgieron una tarde sin saber cómo ni de dónde y
buscaron a Alejandro en silencio, tan en silencio que nadie más supo de su
existencia, y se hicieron amigos, le propusieron aprender las técnicas de los
juegos para llevárselas a su país, o a su lugar de residencia, o a su morada, y
él se ofreció a ir con ellos para ayudarles.
Rafael, Miguel y Gabriel…
Los nombres de los tres principales arcángeles.
“Medicina de Dios”, “¿Quién como Dios?” y “Fortaleza de Dios”.
Aquello no podía ser posible.
Carmen y Marta se miraron aterrorizadas. No puedo creer lo que
estamos pensando, se dijeron. ¿De verdad consideras que…? ¿De verdad? ¿Estás
segura? No sé… ¿Cómo estar segura de algo así? Es de locos, no es real, parece
un sueño, o una pesadilla. Alex se ha ido con ellos, claro que sí. Alex se ha
ido con ellos para ayudarles en su misión. Ellos se lo han llevado. Le
necesitaban. Nos lo han arrebatado.
Alejandro…
La noche hacía estragos en las almas. Y era demasiado oscura,
como una cohorte de fantasmas al acecho.
Las dos jóvenes salieron de la casa con los pensamientos
aturullados. Resultaban tan imposibles las conclusiones que habían sacado que
necesitaban respirar aire cuanto antes, bocanadas de aire fresco, por lo que se
dirigieron a un parque cercano a vaciarse de conjeturas, de irrealidades y de
certezas. Las estrellas reventaban en el cielo. Y allí, entre petunias y
violetas, lirios y nomeolvides, hablaron con él mirando al infinito.
Ya sabemos dónde estás, querido Alex, ya sabemos cuál era tu
destino. Un destino cruel para nosotros, pero quizás no tanto para ti. Aunque
parezca increíble, aunque nos resulte imposible, aunque no entendamos el
misterio que encierra, ya sabemos lo que ha sucedido. Ellos, los tres
arcángeles, vinieron a buscarte porque querían aprender, porque les habían
encomendado la misión de montar un garito de juegos allá arriba, sí, allá
arriba. Parece increíble ¿no es cierto?, pues allá arriba también necesitan
divertirse, y un casino es una gran diversión, que te lo digan a ti, y vinieron
y buscaron al mejor, y tú eras el mejor. Por eso te fuiste, por eso te
llevaron, por eso te arrebataron, en realidad te necesitaban, era una aventura
grandiosa, y ahora estarás haciendo lo que más te gustaba, y te encontrarás
bien, en tu propia salsa, no cabe ninguna duda.
Un casino de juegos y tú al mando. Quién lo iba a pensar…
Enseñarás a todos, te moverás en tu terreno, te rodearás como siempre de
amigos, tendrás cientos de alumnos, aplicarás y perfeccionarás tus técnicas,
jamás perderás la sonrisa y estarás disfrutando realmente, con la eternidad a
tus pies. Así, para siempre.
Alejandro…
Y aunque aquí nos hayas dejado llenos de vacío, por lo menos
podemos conjeturar, y casi asegurar, que ahora eres feliz.
©
Blanca del Cerro

No hay comentarios:
Publicar un comentario