miércoles, 19 de agosto de 2026

Liliana Delucchi: El regalo

 


—Tu novia es un poco presumida.

Fueron las palabras de mi madre cuando la conoció. Tiempo después, el día de la pedida, agregó: «Sus padres son agradables, aunque equivocaron el nombre, en vez de Paloma debieron ponerle Pavo Real.»

Hice caso omiso. Su belleza, elegancia y excelente dicción me cautivaron desde la primera vez que la vi…, y me casé con ella.

Si bien me llamaba la atención la cantidad de tiempo que dedicaba a su persona en gimnasios, salones de belleza y compras, mi embeleso cuando aparecía con un nuevo atuendo me hacía sentir el más orgulloso de los hombres.

Con el tiempo descubrí que no solo quería destacar con su físico, sino también con su conversación. ¡Santo Dios! ¿Cómo se puede hablar tanto? La pobre no soportaba dejar de ser un instante el centro de interés y era capaz de interrumpir la disertación sobre filosofía de cualquier erudito para relatar su última tabla de entrenamiento. Por momentos yo sentía vergüenza ajena, pero el día que me armé de coraje para llamar su atención sobre lo inapropiado de esa conducta, terminé durmiendo en la habitación de invitados.

Pensé que las cosas cambiarían cuando quedó embarazada. Y volví a equivocarme. Dijo que sería el primer y último hijo. No pensaba volver a estar gorda tantos meses y, además, afirmó: «La ropa de futura mamá la diseñan monjas de clausura.»

Ni se molestó en elegir el nombre de nuestra hija. La llamé Clara, el nombre de una chica dulce y afable que conocí en mi época de estudiante. La niña no me defraudó, era tal como aquella joven.

Paloma no es lo que se dice maternal. Creo que se sentía humillada ante sus amigas porque nuestra hija no es un bellezón. A veces la veía gorda, otras demasiado flaca; con piernas muy largas o demasiado cortas y el pelo hoy encrespado y mañana lacio.

En cambio yo la veía perfecta. Al regresar del trabajo siempre la encontraba en su habitación, haciendo deberes o leyendo y me encerraba con ella para contarle cuentos o ayudarla con sus estudios. Es muy inteligente. Al cine también íbamos juntos, para Paloma las películas infantiles carecen de glamour.

Por mi parte, me negaba a ver la distancia cada vez mayor entre madre e hija…, aunque quizás decir distancia es quedarse corto. Lo supe el día que llevé a Clara a la casa de mis padres. Cuando le preguntaron qué era lo que más le gustaba del campo, la niña respondió: «Estar lejos de mamá.»

Así fue como empezaron nuestros viajes de fin de semana, los dos solos. Ella adoraba cuando había algún puente, porque nos permitía permanecer más tiempo alejados de nuestro hogar, hasta que una noche, cuando regresábamos de una excursión, me abrazó y dijo que no quería entrar en casa.

—Vámonos, papi, a ella no le va a importar. Cómprale un regalo y ya está.

Entonces recordé el comentario de mi madre y supe qué sería del agrado de mi mujer.

La tarde en que Clara y yo partimos, el pavo real se enseñoreaba por el jardín, con sus hermosas plumas desplegadas y sus sonoros y continuos graznidos.

—Se llevarán de maravilla —dijo mi hija mientras se ajustaba el cinturón de seguridad—. Arranca, papá. Ya es hora de irnos.

© Liliana Delucchi

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