Un hombre choca conmigo frente al Museo del Prado. Disculpe.
Y se va dejando tras él un rastro de aromas. Por un instante siento un torrente
de recuerdos: la playa, la brisa marina, la madera de pino... Me siento en un
banco cercano.
Poco tiempo estuve sola. A mi lado aparece un anciano
igualito a Plinio el Viejo que me sonríe y sin preguntarle nada me suelta que la
perfumería es el arte de hacer perfumes y que se practica desde los albores de
la civilización, que los egipcios fueron pioneros en la utilización de esencias
aromáticas, que los griegos asociaban los perfumes con la belleza y la salud. A
lo mejor el hombre que pasó por mi lado rozó a Plinio y le han venido todos
estos recuerdos.
No para de hablar. Ahora cuenta que los romanos incorporaron
el perfume a los baños públicos, a los vestidos y a los rituales sociales. Y no
contento con eso continúa con voz monótona: en Persia, en los jardines reales
cultivaban rosas y azafrán para destilar esencias, usando alambiques
primitivos. Y que hoy, la perfumería combina arte, ciencia y cultura.
A duras penas me lo quité de encima y me dirigí al Metro. Ya
en el vagón, entraron media docena de adolescentes. Venían de jugar un partido
de fútbol, ellos tan altos y yo tan baja, mi nariz quedaba a la altura de sus
axilas. No sé cómo volví a tener a Plinio a mi lado y me cuenta que según
Darwin los humanos y los monos descendemos de un tronco común que se separó
hace millones de años. Que los chimpancés son los primos más cercanos a la
humanidad.
¡Oh, Dios mío! Estos chicos tan altos y tan guapos, no han
tenido tiempo de pasar por la ducha y han creado una identidad olfativa única. ¿Qué
remedio pondrían los egipcios, los griegos, los romanos, los persas…? Plinio me
sacó de dudas: el perfume.
© Marieta Alonso Más

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