domingo, 2 de agosto de 2026

Amantes de mis cuentos: Los perfumes y yo

 



Un hombre choca conmigo frente al Museo del Prado. Disculpe. Y se va dejando tras él un rastro de aromas. Por un instante siento un torrente de recuerdos: la playa, la brisa marina, la madera de pino... Me siento en un banco cercano.

Poco tiempo estuve sola. A mi lado aparece un anciano igualito a Plinio el Viejo que me sonríe y sin preguntarle nada me suelta que la perfumería es el arte de hacer perfumes y que se practica desde los albores de la civilización, que los egipcios fueron pioneros en la utilización de esencias aromáticas, que los griegos asociaban los perfumes con la belleza y la salud. A lo mejor el hombre que pasó por mi lado rozó a Plinio y le han venido todos estos recuerdos.

No para de hablar. Ahora cuenta que los romanos incorporaron el perfume a los baños públicos, a los vestidos y a los rituales sociales. Y no contento con eso continúa con voz monótona: en Persia, en los jardines reales cultivaban rosas y azafrán para destilar esencias, usando alambiques primitivos. Y que hoy, la perfumería combina arte, ciencia y cultura.

A duras penas me lo quité de encima y me dirigí al Metro. Ya en el vagón, entraron media docena de adolescentes. Venían de jugar un partido de fútbol, ellos tan altos y yo tan baja, mi nariz quedaba a la altura de sus axilas. No sé cómo volví a tener a Plinio a mi lado y me cuenta que según Darwin los humanos y los monos descendemos de un tronco común que se separó hace millones de años. Que los chimpancés son los primos más cercanos a la humanidad.

¡Oh, Dios mío! Estos chicos tan altos y tan guapos, no han tenido tiempo de pasar por la ducha y han creado una identidad olfativa única. ¿Qué remedio pondrían los egipcios, los griegos, los romanos, los persas…? Plinio me sacó de dudas: el perfume.


© Marieta Alonso Más  

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